martes, 7 de febrero de 2023

COMPLOTS Y REVUELTAS IMPERIALES TRAS LA MUERTE DE NERÓN ( GANADORES Y PERDEDORES EFÍMEROS), POR JACQUES ROBICHON


 

La hoguera, según el antiguo rito, elevó sus llamas fragantes y aromáticas. La incineración se efectuó probablemente en el jardín de la villa de Faón al día siguiente de la muerte de Nerón. Proclamado fuera de la ley, enemigo del Estado y traidor a su patria, se debía cortar la cabeza del difunto y llevarla a los que le habían derrocado y vencido. Pero el representante de Galba ordenó que fuese respetada la promesa exigida por Nerón a sus últimos compañeros: que se ahorrase a su cadáver el tratamiento ignominioso de la mutilación.

 


Para rendir los últimos cometidos a quien «no valía más que un águila caída bajo la flecha de un cazador«, se presentaron tres mujeres: las dos nodrizas del difunto, Claudia Eglogé y Alejandra, a las que se unió Acté, la antigua amante de Nerón.

 


Acté y las nodrizas desvistieron el cuerpo, lavaron la sangre que le cubría y después le envolvieron en un manto blanco bordado de oro que Nerón había llevado en las calendas de enero para recibir los votos del Senado. Por fin, le dispusieron sobre una pirámide de madera dé sicomoro y de ciprés, derramaron esencias preciosas y lloraron volviendo la cabeza a la llama de una antorcha sagrada en la hoguera; el fuego consumió lentamente el cadáver.


 

Cuando las llamas de fuego amainaron su ardor, se roció la hogüera con vino y agua del lago Averno, invocando por tres veces el nombre del difunto, y las cenizas fueron recogidas en una urna de bronce, que se transportó a Roma. Los gastos de los funerales de Nerón se elevaron, según Suetonio, a 200.000 sestercios, lo que excluye la hipótesis de exequias clandestinas, ocultadas al pueblo y a las autoridades oficiales.

 


Los restos de Nerón fueron depositados en la tumba de la familia Domicia, en un sarcófago de pórfido que remataba un altar en mármol de Luna rodeado de una balaustrada de piedra de Tasos. Era un monumento, sombreado por álamos, que se percibía aún en el siglo II desde el Campo de Marte, en dirección a la colina de los Jardines.

 


Por otra parte, el sentimiento popular permaneció largo tiempo fiel a la memoria del último de los Ahenobarbo, el emperador citarista, al que se había acusado de haber hecho arder Roma. Desde Oriente, Vologeso, Gran Rey de los partos, que deseaba renovar su tratado de alianza con Roma, hizo saber al Senado, por medio de sus negociadores, que por encima de todo deseaba, para sus buenas relaciones con los romanos, «que la memoria de Nerón César continuara siendo honrada».

 


Por esta memoria fue por la que los romanos continuaron reverenciando y adornando con flores, en primavera y en verano, la tumba del emperador desaparecido. Al año siguiente todavía uno de sus sucesores, Vitelio, ofreció en pleno Campo de Marte, «con una multitud de sacerdotes de los cultos oficiales», un sacrificio por el alma de Nerón. Y Plutarco relató que en plena sesión del Senado, «uno de los más honestos ciudadanos», Mauricio, se levantó de su asiento para declarar que «dentro de poco, Nerón sería echado de menos».  Del mismo modo se escuchaba a simples ciudadanos, en la tribuna de los Rostros, anunciar que el muerto no estaba muerto y que volvería «para vengarse de sus enemigos».

 


Como no bastaba que se le echase de menos, el emperador caído, deshonrado y vilipendiado, el histrión que había llevado la corona de Roma, asesino de su madre, de su mujer y de su hermano, reaparecería en el Imperio como se lo había prometido al pueblo.

 


Se le vio, o creyó ver, en Asia; se le situaba en Grecia o bien en tierras de los partos; estaba vivo.

 


Los rumores de los que habla Tácito en sus Historias, que habían provocado la caída de Nerón mucho más que las legiones y los soldados del pretorio, cobraban un nuevo vigor. Ahora circulaban entre el pueblo y los soldados rumores sobre los enigmas y misterios de su desaparición, y las circunstancias de su muerte. Un súbito y asombroso cambio de opinión se estaba operando después del anuncio de su muerte: Ninfidio Sabino, que había sublevado a los pretorianos, ¿no había sido masacrado por sus soldados por haber «traicionado a Nerón»?

 


Este no había podido morir en la villa de Faón porque había decidido fugarse y dirigirse hacia las provincias con la complicidad de sus libertos de la flota; sus nodrizas habrían quemado el cuerpo de un desconocido ejecutado en su lugar y habían sido pagadas para no decir nada. Acté le había encontrado en Oriente, donde Nerón concentraba un ejército.

 


Estos «rumores» no eran realmente del todo infundados. En el mar Egeo, en el archipiélago de las Cicladas, un hombre de ojos azules y cabello rojo, hábil tocando la cítara y cantando, se había hecho reconocer por los soldados del ejército de Oriente y proclamaba su intención de desembarcar en Siria para sublevar a las legiones. Había conseguido apoderarse de la capital de la isla de Citaos, había liberado a los esclavos para engrosar sus efectivos, despojado de sus bienes a los más ricos propietarios y dando muerte a los que se le restían. Fue capturado con artimañas y asesinado por los cómitres de la flota de Miseno enviados contra él. Se ha asegurado que su «semejanza de rasgos» con el emperador desaparecido, la similitud de la edad, la corpulencia, el aspecto y los modales, eran notables. El gobernador de Galacia, Calpurnio Asprenas, dio cuenta de su misión: se trataba de un antiguo esclavo del Ponto, o quizá de un liberto de origen itálico.

 


En el año 80, alrededor de diez años más tarde, según Dión Casio, desde hacía ya mucho tiempo no se hablaba más del fin trágico del último Julio-Claudio, salvo en Oriente, donde precisamente un potentado local, Artaban, vasallo de Roma, lo ponía en duda. Aparentemente, no sin cierta razón. En su corte vivía, identificado por personas «que habían sido recibidas en el palacio de los Cesares», el superviviente de las dramáticas jornadas de junio del 68, y el príncipe oriental protegido por los partos, «listo para recurrir a las armas» preparaba una expedición para reintegrarse en sus derechos.

 


Tito reinaba en Roma, a donde llegaban noticias alarmantes: las provincias lejanas agitadas, las guarniciones dispuestas a rebelarse en favor de Nerón. El poder se conmovió, envió una delegación a Oriente, al mismo tiempo que dio órdenes a los gobernadores para desenmascarar al impostor. Se ignora de dónde venía y cómo supo imponerse con sus engaños; sólo se ha conservado su nombre: Máximo Terencio.

 


Doce años después de su muerte, bastaba para que alguien llegase a declarar: «Se os ha engañado, Nerón vive todavía, se esconde,, pero va a reaparecer, id a recibirle. La credulidad popular, reaccionando contra «las pretensiones del orden ecuestre» y «la aristocracia de la nobleza senatorial», se alimentaba de la pervivencia de un vínculo todavía profundo, procedente de un afecto vivamente albergado, y despertaba rumores lejanos y extraordinarias noticias transmitidas de boca en boca, con los que la habilidad de los aventureros encontraba sin dificultad partidarios exaltados.

 


Ocho años transcurrieron aún. Suetonio, que entonces tenía entre quince y dieciocho años, recordará que, bajo el reinado de Domiciano, apareció un nuevo personaje «de condición poco clara» que se hacía pasar por Nerón. Una vez más, era en Oriente, y una vez más, el superviviente consiguió el enérgico sostén de la dinastía arsácida.

 


(Se puede, naturalmente, cuestionar cómo los partos, que habían podido sostener, a ocho años de distancia, la candidatura del primer pretendiente al Imperio Romano que apareció, justificaban la reaparición de un nuevo pretendiente y militaban ruidosamente en su favor. Esta aparente contradicción no parecía desanimar al sucesor de Vologeso).

 


El hombre que acababa de reaparecer, ¿codiciaba el trono de Roma, sostenido por los poderosos monarcas orientales?.  El asunto debió ser esta vez más difícil que los precedentes: Roma exigió la entrega del pretendiente, y los partos rehusaron.

 


Se emprendieron laboriosas negociaciones en las que la obstinación fue similar en ambos lados. «Ellos (los partos) le apoyaron tan ferozmente, reconoce Suetonio, que nosotros no obtuvimos satisfacción a nuestras demandas más que al precio de las más ásperas dificultades».

 


El falso Nerón fue entregado por fin a los romanos. Ni en Roma ni en Oriente se escuchó más hablar de él .

 


 En Clunia, la pequeña villa fortificada de la Hispania Tarraconense, Galba, parapetado ante la incertidumbre de su suerte, esperaba la llegada de un mensaje de su enviado a Roma; fue el propio Icelo quien se presentó. El liberto había cubierto en siete días una distancia que se tardaba generalmente doce jornadas en realizar. Pero había tenido que rendir cuentas a su señor de su misión, e informarle directamente de los acontecimientos y de los estados de ánimo en Roma desde que él la había abandonado.

 


Cuando Galba se enteró de que Nerón estaba muerto y que los pretorianos y el Senado de Roma le habían reconocido como emperador, rehusó dar crédito a estas noticias: fue necesaria la llegada de otro mensajero, portador de las «súplicas» del Senado de apresurar su venida, para vencer su incredulidad; y solamente entonces, Galba dio rienda suelta a su alegría. Lo hizo con tan poca moderación, pues había dudado y temblado, que, según los informes de Suetonio, abrazaba públicamente a su antiguo favorito, Icelo, arrastrándolo impúdicamente hacia su habitación.

 

Por fin, el anciano se puso en camino , y fue realmente a un viejo débil, medio inválido, de rasgos severos y angulosos, vestido con su manto de general, con un puñal de plata suspendido sobre el pecho, a quien los romanos vieron entrar en su ciudad.

 


Una doble reputación de avaricia y crueldad le había precedido. No debió ser desmentida y, en notable medida, iba a determinar su perdición. Su edad misma, contrastando con la del precedente César, le perjudicaba, pues hacía de Servio Sulpicio Galba el emperador más viejo desde Tiberio, «justo cuando el pueblo, anota Tácito, se decidió a juzgar a sus soberanos por la belleza y la gracia físicas».

 


Falto de estos dones, venido de una provincia lejana, se reveló enseguida que el sucesor de Nerón valía aún menos para ganar el amor de su pueblo y de los soldados. Olvidando las promesas hechas por Icelo, Galba rehusó pagar el donativum a las cohortes del pretorio.

 


«Yo escojo a mis soldados, no los compro...»

 


Apenas pronunciada, esta frase que le perjudicaba le puso inmediatamente en peligro.

 


Este peligro se concretó particularmente cuando, siete meses después de la muerte de Nerón, habiendo irritado, decepcionado y desalentado por su parsimonia, sus caprichos y sus accesos de mal humor senil, incluso a sus más firmes partidarios y teniendo en su contra a los más encarnizados adversarios del anterior principado, el nuevo emperador ofreció un sacrificio ante el templo levantado a Apolo en el Palatino.

 


El arúspice Umbricio, que oficiaba, advirtió enseguida a Galba de que le amenazaba un peligro inminente, pero el emperador dejó proseguir las plegarias y, acabada la ceremonia, volvió a encerrarse a su palacio. Un rumor le hizo salir: ¡los dioses volvían a ser clementes, protegían sus días y su gloria!

 


No era más que una trampa destinada a hacerle salir de Roma, y Galba, confiado, se hizo llevar en litera hasta el Foro.

 

Apenas hubo llegado al estanque de Curtio, una tropa de caballeros invadió la plaza espada en mano y se abalanzó sobre el equipaje imperial. Los portadores de la litera huyeron y Galba rodó por el suelo, acribillado a golpes por los soldados que daban vueltas alrededor suyo como cernícalos encarnizados sobre su presa.

 


«¿Qué hacéis?, gritó a sus asesinos, ¿no sois mis compañeros de armas?, yo soy a vosotros lo que vosotros a mí...»

 


Y sabiendo bien de dónde venía la fuerza del resentimiento contra él, el sexto heredero del Imperio de los Césares prometió a sus agresores hacer distribuir las sumas que había rehusado abonar hasta ahora.

 


Pero era demasiado tarde. Los pretorianos habían hecho ya elección de su sucesor.

 


Como no había muerto todavía, se ha establecido que fue un soldado de la XV legión, llamado Camurio, quien primero le clavó la espada en la garganta, y los demás atacaron a las piernas y a los brazos, «mientras que el torso estaba protegido por su coraza cubierta de lino. Disputaban con odio y barbarie por hacerle nuevas heridas, hasta que su cabeza estuvo ya separada del cuerpo.

 


El cuerpo de Galba quedó mucho tiempo abandonado en el lugar donde había sido mutilado. Al amparo de la noche, su intendente Argivo vino a buscarlo, pero la cabeza del emperador no fue hallada. He aquí el porqué. Un soldado que venía de recibir su dotación de trigo tropezó atravesando el Foro, con el cadáver, lo reconoció, recogió la cabeza calva, que metió en su saco, y la llevó al cuartel. Allí, los cantineros y sirvientes del ejército la cogieron para pasearla alrededor del campamento, clavada en la punta de una jabalina. Fue en estas circunstancias cómo la cabeza torturada fue rescatada, mediante el pago de cien piezas de oro, por un liberto de Petrobio el neroniano, favorito del anterior emperador y ejecutado por orden de Galba.

 

El liberto depositó su carga sobre la tumba de su señor, de donde los servidores del príncipe asesinado la recogieron para reuniría con las cenizas del cuerpo de Servio Sulpicio Galba, en los jardines que éste poseía en la vía Aureliana. Así fue el fin del séptimo César, que había creído poder suplantar a Nerón y hacerlo olvidar.

 


Cuando el sucesor de Nerón emprendió su marcha sobre Roma, ningún otro entre sus confidentes le había seguido más impacientemente que el gobernador de la Lusitania.

 


En una partida aventurada donde todo estaba lejos de ser fácil, Marco Salvio Otón, poderosa e incondicionalmente, había mantenido al legado de la Tarraconense en su rebelión contra el poder central; era justo que tuviera su parte en el triunfo y la gloria del nuevo César.

 


Esto no era solamente justo y equitativo: desde los comienzos de su unión resultó evidente que Otón no buscaba otra cosa que recoger los frutos de su alianza con el hombre que acabaría con el reinado de Nerón y conseguir su sucesión. El antiguo esposo de Popea tenía entonces treinta y seis años; no solamente era joven, sino también «el más brillante en los círculos allegados al príncipe», amado por los soldados y aureolado del prestigio de su antigua desgracia, glorificado por su antagonismo con el último César.

 


Resultó igualmente evidente que el reconocimiento de los servicios prestados no constituía la mayor preocupación de Servio Sulpicio Galba. Sin embargo, mezclado con tantos rasgos antipáticos, éste poseía un sentido muy vivo del cuidado del bien público (era la excusa que había invocado para no pagar el donativum).

 


Desde que tomó posesión de su cargo, el emperador septuagenario decidió mantenerlo sin atender más a las disposiciones que fijaron su sucesión al Imperio.

 


En seguida se supo que Galba no correspondía ni a los proyectos ni a las esperanzas de sus ambiciosos aliados lusitanos. Aunque había gobernado durante diez años su provincia con competencia, inteligencia y moderación, Otón seguía marcado por las costumbres de su juventud en la corte de Nerón; desde su separación de Popea no había vuelto a casarse; acostumbrado a mantener un tren de vida fastuoso, estaba lleno de deudas y casi no disimulaba que, si llegaba a ser emperador, «apaciguaría a sus acreedores de un solo golpe». En los círculos de Galba se planteaba esta cuestión: «¿Era útil haber arrancado al Estado de las garras de Nerón para abandonarlo en las de Otón?»

 


Desde hacía mucho tiempo, antes quizá de su rebelión, Galba había determinado su decisión de transmitir su fortuna y su nombre a un hombre joven y de nacimiento ilustre que le inspiraba la pasión más viva. No había variado: el rumor de esta adopción se extendía hoy por todo el Imperio.

 


Desde que Otón adquirió la certeza de que el viejo César había preferido a Calpurnio Luciano Pisón, de la estirpe de los Pompeyos y de los Marco Craso, y que éste le cortaba el camino hacia el trono, comprendió que no había otra solución que atacar a su rival con rapidez.

 


Su primer movimiento fue sublevar a los pretorianos contra quien les había engañado, e ir a atacar a Galba al Palatino mientras cenaba. La cohorte que montaba ahora la guardia era la misma que había llevado a cabo este servicio cuando Caligula fue asesinado y que había abandonado a Nerón.

 


Otón consultó a su astrólogo Selenco: en otro tiempo, éste le había anunciado que un día se vengaría de Nerón y le sucedería en el Imperio. El astrólogo trazó de nuevo su horóscopo y aconsejó a Otón aplazar su proyecto hasta una fecha que se proclamaba como la más favorable: el decimoctavo día antes de las calendas de febrero.

 


Aquella mañana, Otón fue, según su costumbre, a saludar al emperador, quien le recibió abrazándole. Acompañó a Galba al sacrificio que iba a ofrecer en el templo de Apolo y después, bajo un pretexto fútil, se eclipsó. Había tenido tiempo de escuchar las predicciones del arúspice Umbricio.

 


Algunas horas más tarde, los cadáveres de Galba y Liciano Pisón yacían sobre el pavimento de Roma; izado sobre las espaldas de los soldados, Marco Salvio Otón se hacía proclamar emperador bajo las aclamaciones de los pretorianos; al crepúsculo, entraba en el Senado, después se presentó al pueblo que había rodeado la Curia.

 


 El nuevo César no había cometido el error de su predecesor: por jurarle obediencia y coronarlo en lugar del perjuro, el antiguo favorito de Nerón había hecho prometer a cada soldado, no 40.000 sestercios, sino 50.000, que serían abonados desde el día siguiente en las cohortes del pretorio. Otón podía creerse emperador de Roma permanente. Se equivocaba.

 

El reinado de Galba había durado siete meses; el de Marco Salvio Otón no iba a cubrir más que tres.

 


Estos tres meses —los primeros del año 69— bastaron para que se asistiera a un asombroso y completo vuelco de la situación con relación a lo que había sido desde junio del 68. Durante los diez últimos años, Otón se había declarado enemigo de Nerón, y seis meses más tarde había contribuido poderosamente a su caída. Elevado a la dignidad suprema, después de haber jugado con los sentimientos de revuelta de los pretorianos y haber dado al Senado sosiego sobre la política que se disponía a llevar a cabo, el nuevo soberano dejaba instaurarse, expansionarse, un «neronismo» militante como en los más bellos días del imperio neroniano.

 


No solamente, algunos días después de su instalación en el poder, Otón hizo abrir un crédito de cincuenta millones de sestercios para la terminación de los trabajos de la Mansión Dorada, sino que no se le veía rechazar el oírse llamar por el pueblo con el mismo nombre que su antiguo rival y predecesor. Los pasaportes de los correos oficiales llevaban, añadido en el centro, el nombre de Nerón «sin que se tomase en serio». En los diplomas que concedía, como en sus cartas a los gobernadores de las provincias, hacía seguir su firma del apodo de Nerón. Los testimonios de Plutarco y de Suetonio lo confirman: al comienzo del principado de Otón, Roma vio erigir de nuevo las estatuas del emperador suicida, y Tácito añade que él mismo, «no olvidando tampoco sus amores», hizo erigir las de Popea, abatidas por Galba.

 

El afecto de los pretorianos a su nuevo César se demostró, una noche de aquel invierno, cuando el emperador daba en el Palatino un banquete en honor de ochenta eminentes senadores. En ese mismo momento, los soldados de la XVII cohorte urbana, estacionada hasta entonces en Ostia, acababan de recibir la orden de trasladar a Roma las armas de la flota.

 

Los pretorianos se enteraron de este transporte nocturno y formaron un complot, que incluía al conjunto de los principales del Senado para derrocar a su señor. La noche estaba avanzada, los soldados quizá estaban bebidos; todos se abalanzaron al Palatino, asesinando al tribuno de la flota, responsable del transporte de armas, y se distribuyeron en el palacio, reclamando que el emperador se dejara ver. No se apaciguaron hasta que le vieron en medio de sus invitados, majestuoso y sereno. Menos, sin embargo, que los invitados del banquete imperial, quienes se interrogaban sobre las intenciones de Otón y se preguntaban si la irrupción de los guardias del pretorio no preludiaba una masacre general de la élite senatorial.

 

Ahora bien, el poder de un hombre colocado en las responsabilidades supremas del Imperio por una facción de las fuerzas militares romanas, firmemente establecido y respetado en Roma, seguía siendo, no obstante, frágil y terriblemente vulnerable. La clase política en su mayoría le había reconocido, así como el pueblo y las legiones, al menos las de Oriente y el Danubio.

 

Este no era el caso al norte del Imperio.

 

Hacia las calendas de diciembre del año 68, un nuevo legado, nombrado por Galba, había tomado la comandancia del ejército del Rin. Viejo cortesano de los reinados de Tiberio, Caligula, Claudio y Nerón. Vitelio no poseía, evidentemente, ninguna de las cualidades requeridas para ocupar este puesto; lo había obtenido, se aseguró, no por medio de artimañas, sino «únicamente por el desprecio que le tenía el nuevo emperador». Desde su llegada a los cuarteles de invierno de las legiones demostró que no estaba por debajo de su reputación: practicando una política resueltamente demagógica, el nuevo general dejó relajarse la disciplina de sus tropas, consiguiendo con ello una ganancia suplementaria de popularidad que no hizo más que crecer a lo largo de estas semanas turbias, durante las cuales, allá lejos, en Roma, los Césares se hacían y deshacían entre revueltas, intrigas y crímenes.

 

En Germania y las Galias, el advenimiento de Galba había parecido un desafío —así como una llamada indirecta— a esas lejanas y poderosas guarniciones del norte que estaban apartadas del golpe de Estado de junio del 68. La tarde en que llegó a Germania la noticia de la proclamación de Otón, competidor afortunado venido del sur, las legiones de Vitelio se sublevaron y rehusaron prestar juramente al nuevo César. Penetrando en el pretorio donde su general se preparaba para acostarse, sus soldados le izaron a hombros paseándose por el campamento y saludándolo con el nombre de im perator... .

 

 No está asegurado que Vitelio hubiese ambicionado este título, ni que lo hubiese jamás soñado; pero como se le otorgaba, lo aceptó, y con él todas las consecuencias que se derivaban para su ejército, su provincia y el Imperio. Estimulado por las legiones, el general decidió marchar sobre Roma.

 

En medio de las borrascas heladas, la nieve y el viento del invierno, dos ejércitos comenzaron a abandonar las llanuras y los ríos del norte, más de 70.000 hombres, infantería, caballería y tropas auxiliares, para acercarse a la radiante Italia.

 

En Roma, ante el anuncio de estas noticias, Otón vio la medida de su aislamiento, así como la irrisoria insuficiencia de sus propias fuerzas militares de cara a esta masa guerrera que se dirigía contra él. Tampoco podía engañarse sobre lo que significaría el enfrentamiento que se anunciaba: lo que no se había conocido desde Augusto, la guerra civil en Roma y en las provincias, extendiéndose por todo el Imperio.

 

Nada le inspiraba más horror que una lucha fraticida; nada que le pareciese más execrable que las rivalidades mortales entre ciudadanos. En esta ocasión, confió a uno de sus íntimos que no se había rebelado contra Galba «de no saber con seguridad que el asunto podía ser arreglado sin guerra».

 

Del Palatino partieron enseguida los emisarios hacia Vitelio: Otón le ofrecía asociarle al Imperio. Naturalmente, la respuesta fue una negativa.

 

Vitelio avanzaba con confianza. En un momento en que su ejército parecía empezar a desquiciarse, se vio sobre las legiones, impacientes por entrar en combate, el vuelo «con una calma intrépida» de un águila. Aunque se había enterado que las fuerzas de Siria y de Judea permanecían fieles a Otón y que, además, habían sido llamadas tropas de Dalmacia, de Panonia y de Mesia, Vitelio estaba seguro del éxito de sus armas. Por otra parte, las Hispanias y la Narbonense venían a unirse a él. Era, desde luego, la guerra.

 

Temido por Otón, Vitelio le había pedido sus votos porque él, dice Tácito, «tenía necesidad de la guerra para hacerse dueño del poder imperial».

 

El 24 de marzo del 69, día en que los sacerdotes de Cibeles comenzaban sus ceremonias rituales en honor de la madre de los dioses, Otón fue al encuentro de su enemigo.

 

Dejaba su capital en manos del prefecto de Roma, Flavio Sabino, hermano mayor de Vespasiano. Los generales de Vitelio habían alcanzado los desfiladeros de los Alpes y descendían hacia la llanura del Po. La batalla decisiva se desarrolló, entre Verona y Cremona, en la llanura de Bredriacum. Ya fuera por la astucia, pues habían corrido de un campo al otro rumores contradictorios sobre conversaciones y rendición, o bien por la indecisión de los tribunos del ejército imperial, el hecho es que las tropas de Otón fueron diezmadas y el campo de batalla, las rutas inmediatas, los puentes y las zanjas, colmados de cadáveres.

 

Cuando Vitelio acudió a contemplar su victoria, no vio más que cuerpos a jirones, miembros despedazados, caballos y hombres mezclados, árboles abatidos, mieses trituradas y el suelo impregnado de sangre corrompida, «una devastación infernal». Entonces, mientras sus compañeros retrocedían ante el hedor de la descomposición de los cadáveres, el victorioso enemigo de quien había rechazado la guerra fraticida hasta el final, dirá esta frase que los siglos nos han transmitido:

 

«El cadáver de un enemigo huele siempre bien, sobre todo el de un ciudadano...».

 

Desde ese momento, Otón estaba decidido a morir. La tarde del 15 de abril del 69 se encerró en su habitación con un puñal metido bajo su almohada. Al amanecer, sus libertos percibieron un gemido y acudieron; sobre su cuerpo no descubrieron más que una sola herida, por encima del pecho izquierdo. Desde la mañana de enero en la que había ordenado el asesinato de Galba, había reinado durante cuarenta y cinco días.

 

Uno de los secretos del Imperio acababa de ser revelado de improviso, en el transcurso de los meses cruciales del 68-69: «Se podía hacer un César en otro sitio que no fuera Roma». Después de Galba, Vitelio, la lección no se habrá perdido.

 

Aulo Vitelio era, con cincuenta y seis años, un hombre de muy alta estatura, con las facciones constantemente enrojecidas por el abuso de la bebida y de la comida, el vientre extraordinariamente prominente y de andares pesados. Había tomado la costumbre de hacer cuatro comidas al día, porque hacía distinción entre las tres comidas ordinarias de mañana, mediodía y tarde, y la que tomaba a medianoche, la orgía, con la que coronaba su jornada. Cuando Galba le envió a Germania, al sucesor de Nerón se le ocurrió esta frase: «No tengo nada que temer de los que no sueñan más que en comer.» En eso estaba equivocado.

 

A imitación de Galba, de quien ahora se proclamaba el vengador, heredero y continuador, Vitelio no se apresuró a entrar en Roma después de su victoria sobre Otón. Saboreaba el camino del poder, deteniéndose, con los 60.000 soldados que le seguían, en todos los municipios que le aproximaban a la capital, perdiendo el tiempo en costosos banquetes, satisfaciendo su insaciable y monstruoso apetito. «Gozaba el presente.»

 

Con la llegada de las victoriosas tropas provinciales, cuya disciplina se relajaba en la medida de sus éxitos, se agregaba una multitud disparatada de libertos, bufones, histriones y gente humilde de las que Tácito ha dejado esta descripción: «Engrosando este tropel, llegaban los senadores y los caballeros salidos de Roma a su encuentro, los unos por temor, muchos por adulación, y el resto, e inconscientemente todos, porque no querían quedarse cuando los otros partían».

 

Hijo de cortesanos, elevado por Tiberio, de quien había sido uno de sus favoritos, para serlo posteriormente de Caligula, y acabar siéndolo de Nerón, y habiendo contado con el favor de Claudio gracias a Mesalina, Aulo Vitelio había ejercido el cargo de cónsul, después recibió el proconsulado de Africa y ocupó el puesto de intendente de los trabajos públicos romanos. Había estado casado dos veces, y la crónica escandalosa romana le acusaba de haber envenenado al hijo nacido de su primera unión para apropiarse de la herencia de su madre.

 

Al fin, el ejército imperial apareció a las puertas de Roma. Revestido del paludamentum, el nuevo César franqueó a caballo el puente Mulvio, espada en cinto. Sin el plácet de sus consejeros, entraría en la capital como en una villa «conquistada y entregada a su voluntad».

 

Hacía calor, pues era julio. Tres meses enteros habían transcurrido desde que Otón se había dado muerte dejando la vía libre a su competidor. Delante de las águilas marchaban los prefectos de campaña, los tribunos y los centuriones, todos vestidos de blanco; a los lados, los estandartes y las insignias de caballería; todo resplandecía con el brillo de las armas desnudas, de las corazas y de las condecoraciones. «Ejército digno del principio que no había sido Vitelio» (Tácito).

 

Con los andares de un general conquistador más bien que con los de un heredero de los Césares, entró en el Capitolio, donde le esperaba su madre Sextilia, a la que después de haber abrazado honró con el nombre de Augusta.

 

Este título, que habría satisfecho a cualquier otra madre, no podía inspirar más que temor y espanto a esta mujer austera y de irreprochable virtud. En el nacimiento de Aulo, los astrólogos habían trazado, según la costumbre, un horóscopo del cual no se sabe nada, sino que los presagios que le eran revelados asustaron de tal manera a su padre que, durante todo el tiempo que vivió, vigiló que su hijo no recibiese ningún cargo ni ninguna comandancia en las provincias. Sextilla, que había quedado viuda, había temblado cuando Galba le envió a Germania, y hoy temblaba porque le veía muy altivo y poderoso. Cuando Vitelio la abrazó públicamente «lloró al instante como si lo hubiera perdido».

 

Otra profecía sellaba los destinos de madre e hijo. Sextilia cayó enferma; Aulo ordenó a sus servidores que abandonaran sus cuidados, porque una profetisa procedente del país de los Chattes le había asegurado que sólo conocería la gloria y el poder «en caso de que sobreviviese a su madre».

 

La muerte de Sextilia no defendió a Vitelio contra la fatalidad que parecía afectar a los herederos de Nerón. En Oriente, en ese verano del 69, los ejércitos, que se habían mantenido a distancia de las revueltas y que acababan de elegir a sus generales provinciales, emulando a los de Hispania, las Galias y Germania, se sublevaron.

 

Así como Vitelio y las provincias del norte habían impugnado el poder de Otón, las legiones de las provincias orientales rechazaban ahora la obediencia al César venido del Rin. Con voz unánime, los soldados de Siria, de Judea y de Egipto, imitados pronto por los tribunos y centuriones de los ejércitos del Danubio, se pronunciaron en favor del más prestigioso de sus jefes, aquel nombrado por Nerón para conducir la guerra contra los judíos.

 

Aunque alejado de los tumultos de Roma, a este último se le vio vacilar durante algún tiempo: debió recordar entonces la predicción de su capitán Josefo, así como muchas otras que habían jalonado su existencia y le anunciaban ese destino.

 

Vespasiano iba a cumplir los sesenta años; uno de sus hijos, su primogénito, estaba con él en Judea; el otro, Domiciano, se encontraba en Roma. El mismo había temido durante mucho tiempo por su vida; en menos de un año, tres emperadores habían perdido el trono, fracasando por las disensiones mortales que resucitaban los peores días del fin de la República.

 

Abandonando la comandancia de sus tropas en Tito, Vespasiano pasó primero a Egipto, para obtener una información más amplia sobre la situación. Recibió la ovación de las tropas —y la sanción proclamada— por los soldados de su elevación al Imperio que, desde entonces, señaló la fecha del día en que, en Alejandría, el prefecto de Egipto le había hecho jurar fidelidad a sus legiones.

 

Corría el rumor de la defección de la flota de Rávena. Vespasiano hizo pasar a sus tropas y a sus generales a Italia. La guerra de los emperadores comenzaba de nuevo. Teniendo con Egipto las llaves del «granero del Imperio», se podía obligar a la capitulación a las fuerzas de Vitelio, privadas de las principales fuentes de aprovisionamiento de la península.

 

Habiendo franqueado los pasos de los Alpes, los otros ejércitos adheridos a Vespasiano, de Mesia y de Panonia, engrosaron los de Dalmacia, a los que habían arrastrado, invadiendo el norte de Italia.

 

Bajo las órdenes de alieno Cecina, la caballería, las máquinas de guerra y el grueso de las fuerzas de Vitelio concentradas en la capital marcharon a su encuentro. Por segunda vez en seis meses, dos ejércitos romanos iban a enfrentarse, uno a favor de Vitelio, emperador de Roma, otro a favor de Vespasiano, proclamado en Oriente.

 

 El choque se produjo en Cremona. Las legiones de Vitelio, traicionadas por su jefe, Cecina, fueron aplastadas y la villa quemada, saqueada y librada al pillaje.

 

La derrota de Cremona anunció con fúnebres tañidos el fin de las pretensiones de Vitelio por mantenerse permanente en el trono de los Césares. No podría impedir por mucho tiempo que las armas flavias descendieran de sus posiciones del Po y, al igual que él había hecho después de Bedriacum, se encaminaran en dirección a Roma y sitiaran la capital del Imperio.

 

Este acontecimiento tuvo lugar en los últimos días del otoño, cuando por todos sitios afluían las malas noticias que habían conocido anteriormente Galba y después Otón: las Hispanias, las Galias y Britania se declaraban sucesivamente a favor de Vespasiano mientras las revueltas estallaban en Germania. La guerra ponía de nuevo a Italia en ascuas.

 

En Alejandría, Vespasiano recibía las noticias de las victorias que, en lo sucesivo, le abrirían sin ningún género de dudas, el camino del Imperio. Parapetado en Roma, enfermo y extrañamente apático, Aulo Vitelio había entablado ya las negociaciones con los jefes militares flavios. El precio de su vida y su abdicación, una residencia en Campania y cien millones de sestercios eran las condiciones principales debatidas entre los beligerantes cuando los partidarios de Vitelio fueron a contrastar estos acuerdos de rendición.

 

El prefecto de Roma, Flavio Sabino, hermano de Vespasiano, era un hombre ya de edad, inclinado a la conciliación y que tenía horror a la sangre y a las masacres. Había establecido con Vitelio un protocolo de compromiso que permitiría a las tropas leales deponer las armas sin tener que suprimir nada de su honor de soldados.

 

¿Qué pasó entonces?.  Se propagó por Roma el rumor de que, en el templo de Apolo, Vitelio acababa de abdicar su poder en Sabino. Enseguida, el pueblo, excitado por las cohortes germanas, fue al encuentro de la escolta armada de Sabino, quien, desconcertado por este movimiento imprevisto de la multitud, o quizá dándose cuenta de que había sido engañado por la sumisión fingida del acorralado emperador, corrió a encerrarse con algunos fieles al Capitolio.

 

La lluvia de invierno y la caída de la tarde contemplaron finalmente el breve enfrentamiento entre cohortes urbanas y destacamentos germanos. Con la complicidad de la noche, Sabino hizo entrar en secreto, en la ciudadela a sus hijos y a su sobrino Domiciano para salvarlos de las represalias de la plebe. Al día siguiente, elementos incontrolados del pueblo y del ejército de Vitelio atravesaron el Foro para poner sitio a la más antigua fortaleza de Roma.

 

Como no disponían de armas arrojadizas, los soldados de Vitelio se armaron de antorchas encendidas que proyectaron desde los edifi­cios vecinos sobre las puertas y los techos, inflamando las águilas que sostenían el pináculo del templo de Júpiter.

 

El incendio se propagó rápidamente, el primero que devastaba el Capitolio desde los tiempos de Mario y Sila. Cogidos en la trampa que ellos mismos habían tendido, los asediados, amenazados por las llamas y la asfixia, buscaron la huida. El joven Domiciano llegó a escapar con la complicidad del guardián del templo. Su tío no intentó imitarle: la plebe reclamaba su muerte. Capturado por los sitiadores, el prefecto de Roma fue reventado a golpes, hecho pedazos, su cabeza cortada y su cuerpo mutilado se abandonó a los insultos del pueblo, porque se había atrevido a buscar la concordia y la paz.

 

Esta muerte, aun siendo tan horrible como fue, no logró igualarse, sin embargo, en horror y en ignominia con la del hombre que, allá abajo, encerrado en su palacio, la había permitido y quizá ordenado.

 

Primo Antonio llegaba por la vía Flaminia y sólo estaba a seis millas de Roma, sobre la ribera derecha del Tiber. El general Vespasiano lanzó su asalto final al alba del 22 de diciembre, cuando en el interior de las murallas, en las calles, templos y lugares de placer continuaban desarrollándose las fiestas Saturnales, comenzadas cinco días antes. Ciertos elementos de la infantería de Antonio franquearon el río, alcanzado la vía Saleria, y la caballería flavia se lanzó en dirección a la puerta Colina. La batalla entraba ahora en la ciudad y Vitelio no hizo nada por proteger a sus habitantes.

 

Mientras sus últimos partidarios libraban un combate sin esperanza, él erraba por el Palatino extrañamente silencioso. Al igual que Nerón hacía poco, Vitelio temblaba por encontrarse solo y abandonado, empujando las puertas y llamando a sus servidores. Había esperado huir a Campania y había puesto a su familia en lugar seguro; pero él, en aquella hora, no disponía más que de un caballo para escapar de su palacio. Habiendo llenado un cinturón con piezas de oro, corrió a encerrarse en la galería del portero, ató al perro delante de la puerta y se parapetó en el interior empujando el lecho y los colchones.

 

Fue allí donde el tribuno de una cohorte flavia, Julio Plácido, le descubrió, pero el estado del individuo que tenía delante era tan lamentable que el soldado no lo identificó y le preguntó si sabía dónde se encontraba el emperador. Vitelio se creyó salvado; indicó su vivienda del Palatino donde su familia se había refugiado; sin embargo, en el momento en que los soldados se marchaban, uno de los centuriones lo reconoció y habiéndole encandenado con las manos atadas a la espalda le arrastró fuera del palacio imperial hasta el Foro.

 

Flavio Josefo aseguró que Vitelio estaba entonces en completo estado de embriaguez, ya que, antes de ser desalojado por los soldados de Vespasiano, se había atiborrado de bebida en las cocinas del Palatino. Los soldados, habiendo desgarrado sus vestimentas, le habían pasado, por burla, una cuerda alrededor del cuello, como se hacía con los criminales vulgares, y así fue arrastrado a través de la ciudad entre los ultrajes y las chirigotas de la plebe.

 

Nunca una ejecución de un emperador romano fue, en verdad, tan bárbara ni tan horrible: medio desnudo, el tercer sucesor de Nerón titubeaba a través de las calles bajo los golpes y los salivazos, colmado de insultos inauditos, como si debieran achacársele a él solo todas las infamias, crímenes y excesos sin nombre, toda la corrupción, los escándalos, la impudicia y las locuras de todos sus predecesores desde el reinado de Augusto.

 

El siniestro cortejo, habiendo alcanzado al fin los Rostros, se detuvo sobre la plaza donde Galba había sido asesinado. Luego, con la cabeza echada hacia atrás agarrada por los cabellos, Vitelio fue obligado a recibir en su cara las inmundicias que el pueblo le echaba; después, con la punta de la espada, se le forzó a levantar el rostro para ver sus propias estatuas derribadas a su paso; el populacho se burlaba de sus miembros delgaduchos, de su vientre obeso, de su nariz granulosa.

 

A la vista de todo el Foro, se le empujó a las Gemonias, el mismo lugar desde donde poco antes había sido precipitado el cuerpo del hermano de Vespasiano. Y, despezado a pequeños golpes de espada, acabó por sucumbir, siendo arrastrado su cadáver clavado en un gancho y posteriormente lanzado al Tiber.

 

Desde Augusto, no hubo ningún heredero del fundador del Imperio que no muriese de muerte violenta. La posteridad de Nerón se disolvía brutalmente, en este día de julio del 69, en un frenesí sanguinario.

 

Todos los íntimos del entorno imperial, dignatarios o personajes subalternos de la tragicomedia neroniana, favoritos, confidentes, compañeros de placer, militares o civiles, que se habían sucedido de octubre del 54 a junio del 68, instrumentos de las altas y de las bajas esferas, ninguno escapó. Tigelino se cortó la garganta con una navaja de afeitar. Ninfidio Sabino, último prefecto del pretorio, que ha­bía traicionado a Nerón y estuvo tentado a hacerse proclamar emperador por sus soldados, fue degollado por ellos. Helio, que había gobernado Roma durante el viaje de Nerón a Grecia y no había podido contener la sucesión de peligros, fue ejecutado bajo Galba, así como la gala Locusta, de quien el pueblo pidió su cabeza. Espículo, antiguo gladiador que había llegado a ser guardia personal de Nerón, fue atado por la multitud bajo una monumental estatua de su señor y después la estatua fue abatida y Epículo aplastado bajo sus escombros. La traición de Faón, que había arrastrado a Nerón fuera de Roma, recibió en cierta manera su respuesta —y su salario— a tenor de la carrera que llevó este liberto: siguió sin tropiezos incluso hasta el reinado del emperador Domiciano, veinte años más tarde, después se retiró rico y colmado de honores. En cambio, su cómplice Epafrodito tuvo comparativamente menos suerte; ciertamente, él conservará largo tiempo su puesto y su influencia bajo el régimen siguiente, pero al parecer cayó en desgracia y fue relegado, después acabó siendo ejecutado bajo una acusación singular, la de que antiguamente había conspirado contra la vida de Nerón. Después de haber seguido a Nerón en su última retirada, Esporo llegaría a ser el efímero amante del prefecto Ninfidio, y después, con la llegada de Otón, el del nuevo emperador. Bajo Vitelio, el hombre que había sido favorito de casi todos los Césares desde Tiberio, apremiaba al antiguo eunuco de Nerón a exhibirse en público apareciendo en escena con papeles femeninos; Esporo prefirió abrirse las venas. Finalmente, una mujer debía sobrevivir a tantas revoluciones y tantos dramas y muertes: la viuda de Nerón, aquella Estatilia que había testimoniado tan maravillosa discreción durante las trágicas últimas semanas de su esposo, no sufrió ninguna de las represalias que durante mucho tiempo se abatieron sobre los partidarios del heredero de Nerón. ¿Se alió ella con el nuevo poder? ¿O escogió prudentemente olvidar su condición pasajera para volver a ser lo que fue de origen, una patricia mundana de costumbres libres y descendiente de cónsules?. Marco Salvio Otón, en el transcurso de su breve principado, dicen que manifestó el deseo de desposarla; ella rehusó. Antes de morir él escribía, sin embargo, una última esquela para encomendarla sus restos y su memoria. Los cronistas debieron observar un destacado silencio sobre la última emperatriz del reinado de Julio-Claudio. Es en vano que Nerón haya triunfado, dirá Chateubriand, «Tácito ya ha nacido en el Imperio». La era de los Flavios puede abrirse.