Decidle a Vercingetórix que todos los guerreros que se encuentren dentro de Alesia deben entregar sus armas y sus cotas de malla .Esto se hará mañana justo después del amanecer, antes de que yo acepte la rendición del rey Vercingetórix. Le precederán con tiempo suficiente para arrojar todas las espadas, lanzas, arcos, flechas, hachas, dagas y mazas en la trinchera que prepararemos al respecto. Deberán despojarse de las cotas de malla y echarlas encima de las armas. Sólo entonces podrán bajar el rey y sus colegas Biturgo y Dadérax. Yo los estaré esperando ahí en ese lugar situado debajo de la ciudadela, justo en el lado exterior de las fortificaciones interiores romanas. Al amanecer. ¿Entendido ?
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
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martes, 5 de mayo de 2015
ÓRDENES DE CAYO JULIO CÉSAR A SU EMISARIO PARA ACEPTAR LA RENDICIÓN DE VERCINGETÓRIX
Decidle a Vercingetórix que todos los guerreros que se encuentren dentro de Alesia deben entregar sus armas y sus cotas de malla .Esto se hará mañana justo después del amanecer, antes de que yo acepte la rendición del rey Vercingetórix. Le precederán con tiempo suficiente para arrojar todas las espadas, lanzas, arcos, flechas, hachas, dagas y mazas en la trinchera que prepararemos al respecto. Deberán despojarse de las cotas de malla y echarlas encima de las armas. Sólo entonces podrán bajar el rey y sus colegas Biturgo y Dadérax. Yo los estaré esperando ahí en ese lugar situado debajo de la ciudadela, justo en el lado exterior de las fortificaciones interiores romanas. Al amanecer. ¿Entendido ?
LA RENDICIÓN DE VERCINGETORIX ANTE CAYO JULIO CÉSAR
Hizo construir un estrado sesenta centímetros por encima del suelo y sobre él colocó la silla curul de marfil propia de su elevado rango. Roma aceptaba aquella rendición, por lo tanto el procónsul no vestiría armadura. Se pondría la ropa ribeteada de púrpura, las sandalias marrones con hebilla en forma de cuarto creciente de consular y la corona de hojas de roble, la corona civica, que se concedía por la valentía personal en el campo de batalla y era la única distinción que Pompeyo el Grande nunca había ganado. El sencillo cilindro de marfil símbolo de su imperium era justo de la misma longitud que el antebrazo de César, que llevaba un extremo metido en la palma de la mano y el otro lo había situado en la doblez interior del codo. Sólo Hircio compartía el estrado con él.
Los que quedaban de los ochenta mil guerreros de Vercingetórix que habían vivido durante un mes dentro de Alesia aparecieron primero, como se les había ordenado. Uno a uno fueron arrojando las armas y las cotas de malla a la trinchera, y luego varios escuadrones de caballería los condujeron, como a un rebaño, hasta el lugar donde tenían que esperar.
Fue cabalgando sosegadamente entre las filas de caballería hasta llegar casi hasta el mismo estrado donde César estaba sentado. Entonces desmontó, se quitó la banda que le sujetaba la espada, desenganchó la daga del cinturón, dio unos pasos hacia adelante y depositó las armas al borde del estrado. Retrocedió un poco, dobló las rodillas y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Se quitó la corona, y luego inclinó la cabeza descubierta en señal de sumisión.
Todo esto sucedió en medio de un enorme silencio donde apenas se oían las respiraciones. Luego alguien desde una de las torres lanzó un grito de júbilo y empezó una ovación que pareció no terminar nunca.
( C. McC. )
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