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lunes, 10 de abril de 2023

MUNDA, LA ÚLTIMA BATALLA DE CÉSAR

 

La Batalla de Munda fue una batalla decisiva de la Guerra Civil Romana que enfrentó al ejército de Cayo Julio César contra las fuerzas del bando republicano liderado por los hermanos Cneo y Sexto Pompeyo en Hispania el 17 de marzo de 45 a.C.

 

En esa época, César había derrotado a muchos de sus rivales políticos y militares, incluyendo a Pompeyo, quien había sido el principal rival de César durante la guerra civil. Sin embargo, los hijos de Pompeyo habían reagrupado un ejército en Hispania y estaban amenazando la estabilidad del control romano en la región.

 

César se desplazó hacia el sur para enfrentarse a las fuerzas de los Pompeyanos en Hispania, y se encontró con ellas cerca de la ciudad de Munda. Los Pompeyanos contaban con alrededor de 50.000 soldados, mientras que César comandaba un ejército de aproximadamente 30.000 hombres.

 

La batalla comenzó con un ataque de los Pompeyanos, que intentaron flanquear a las tropas de César, pero la formación defensiva de los soldados de César resistió el embate. César luego lanzó un contraataque, liderando personalmente a sus tropas y logrando dividir y debilitar el frente de batalla enemigo.

 

Durante la batalla, la lucha fue especialmente intensa en el flanco derecho de las fuerzas pompeyanas, donde estaban ubicados los soldados de la Legión X. Los hombres de César lograron infiltrarse en las líneas enemigas y atacar a los pompeyanos por la retaguardia, lo que generó gran confusión y desorden entre las filas enemigas. 

La brutalidad de las tropas de la Décima Legión, se debía a que meses atrás se habían amotinado contra César, y se arrepintieron. César les perdonó, y para volver a ganarse el favor de su general, los legionarios lucharon de forma muy cruenta con una ferocidad sin precedentes porque sabían que sin el perdón de César ya no iban a tener ningún futuro ni honor, a pesar de que se causó miles de muertos entre ambos bandos. 

Los legionarios de la Décima Legión, arrepentidos por haberse amotinado contra César, lo veían como un díos, y estaban dispuestos a morir por él, aunque para no desaprovecharlos César les pidió que lucharan del mejor modo posible y evitaran que el enemigo les diera muerte. La victoria era el mejor regalo que los legionarios arrepentidos podían hacerle a César, y no desaprovecharon la oportunidad para ello.

 

César también utilizó con gran efectividad a su caballería para flanquear y rodear a los soldados pompeyanos, que se encontraban en un terreno elevado y rodeado de barrancos. Esta maniobra hizo que los pompeyanos se vieran atrapados entre el ejército de César y el terreno escarpado, lo que limitó su capacidad de maniobra y les impidió recibir refuerzos.

 

A pesar de la tenacidad de las fuerzas Pompeyanas, César logró la victoria gracias a la astucia y la habilidad táctica. La batalla fue muy sangrienta y se estima que murieron entre 10.000 y 20.000 soldados de ambos bandos.

 

La victoria de César en la Batalla de Munda fue un golpe decisivo para las fuerzas pompeyanas, y puso fin a la resistencia armada organizada contra su régimen en Roma. A pesar de que la guerra civil terminó, César aún tuvo que enfrentarse a la oposición de algunos sectores del Senado y de la aristocracia romana, lo que finalmente llevó a su asesinato en el año 44 a.C.

 

Tras la victoria de César, la paz regresó a Hispania y la Guerra Civil Romana finalmente llegó a su fin causando un fuerte impacto político en Roma. Después de la victoria, César fue aclamado como un héroe y su imagen se consolidó como el de un líder fuerte y carismático, capaz de derrotar a sus enemigos más poderosos. Esto le permitió consolidar su posición en el Senado y en la sociedad romana, y allanó el camino para la transformación de la República Romana en un imperio. César fue nombrado dictador perpetuo y continuó con sus reformas políticas y militares, pero su victoria en Munda sería una de las últimas grandes batallas de su vida, ya que poco después fue asesinado en Roma por un grupo de senadores descontentos.

 

En cuanto a las consecuencias de la Batalla de Munda, es importante destacar que marcó el final de la era de la República Romana y el comienzo del período imperial. También contribuyó a la consolidación del poder de César y allanó el camino para la eventual consolidación del poder en manos de Augusto, el primer emperador romano.



domingo, 25 de octubre de 2020

CÉSAR EXPLICA LAS CAUSAS BÁSICAS DE LA GUERRA CIVIL ROMANA

 

Según los historiadores, el estallido de la guerra civil se remonta al momento en que envié a Italia las primeras unidades de mi ejército a través del límite provincial del Rubicón. Esa es una manera de considerar el tema, pero desde otro punto de vista es licito afirmar que la guerra civil duró toda mi vida. Las contradicciones de concepción, procedimientos y sentimientos que existían en la época de Mario y Sila permanecían aún sin resolver; y quizá no se deba a accidente alguno el hecho de que en esta pugna mayor los protagonistas, Pompeyo y yo, hubiéramos estado desde nuestros años juveniles tan relacionados con estos dos ejemplos del pasado. Pompeyo se había hecho famoso como el más brillante de los comandantes jóvenes de Sila. Yo estuve a punto de perder la vida y casi desesperaba de poder hacerme alguna vez un nombre porque era sobrino de Mario. Desde aquella época, con grandes dificultades y peligros, conseguí reanimar en cierta medida el partido de Mario. En política se me conocía como uno de los jefes del pueblo y como un opositor de aquel tradicionalismo artificial y represivo que había defendido Sila y que en el pasado había encontrado la oposición de varios miembros de mi familia de espíritu liberal. También Pompeyo se había opuesto en varias ocasiones a la constitución de Sila y había adquirido cierto renombre de político popular, pero sólo lo había hecho cuando pareció que la constitución iba contra sus propias ambiciones personales. Era claro que a su juicio los artículos de la constitución debían aplicarse a todo el mundo, excepto a él mismo. Ahora, por fin, los reaccionarios del Senado que por envidia se habían opuesto durante tanto tiempo a Pompeyo, comenzaron a comprender que todo cuanto debían pedirle era que fuera su jefe. Naturalmente, se les ocurrió que el mejor uso que podrían dar a la posición de jefe de Pompeyo era enfrentarlo conmigo. Por supuesto, la opinión que de mi tenían esos elementos reaccionarios era tan obstinadamente injusta como la que habían tenido de Pompeyo. Yo contaba con el apoyo del pueblo y de muchos elementos del Estado que podían considerarse desdorosos; pero poseía (y no es desatinado pensar que aquellos hombres deben de haberlo observado) cierto sentido de responsabilidad y eficiencia. No era, como ellos pretendían, otro Catilina. Si llegaba a ser elegido cónsul, tomaría muchas medidas que podrían deplorar los conservadores extremos (la mayor parte de ellos, atrasados en unos cincuenta años, se oponían hasta a conceder la ciudadanía a los italianos del norte), pero no aboliría, por ejemplo, todas las deudas ni toleraría ningún género de anarquía. Tanto a Pompeyo como a mi nos habían acusado, y aún se nos acusaba, de que aspirábamos a una monarquía. En ninguno de los dos casos la acusación era justa, aunque ahora, como resultado de los acontecimientos de estos últimos cinco años, comienzo a preguntarme sí ese titulo de «rey» no es el que más me conviene. Pero es verdad que en el momento de estallar la guerra civil no se me había ocurrido semejante idea.



Los hechos, desde mi punto de vista, fueron éstos: en el transcurso de las dos generaciones pasadas nuestro imperio se había convertido en una organización demasiado grande y compleja para ser gobernada con eficacia sin un planteamiento consciente y de largo alcance. El reducido clan de nobles hereditarios que había gobernado Roma podría haber desarrollado las condiciones necesarias para un mundo en constante mutación. Pero durante las dos últimas generaciones se había hecho evidente que no podían ni querían desarrollarlas. Cuando todo mostraba la necesidad de expansionarse (lo político, lo militar, lo económico), su acción fue invariablemente restrictiva. Y continuaron justificando sus deshonrosas y peligrosas prácticas con el argumento de que respetaban y aplicaban una constitución tradicionalista. Incluso Cicerón, que siempre había estado regido por un excesivo respeto por las «familias nobles», se había dado cuenta y en un libro que publicara en esa época evidenciaba la necesidad de reorganización, de flexibilizar la política y la justicia. No obstante, para él, así como para muchos otros, esa necesidad permanecía teórica. Era incapaz de traducir a frases más comunes y precisas sus abstractas palabras: reforma agraria, fundación de colonias, ampliación de la ciudadanía, seguridad fronteriza, organización del tráfico en Roma, desagües y todas las innumerables necesidades evidentes y concretas de las cuales soy consciente y me esfuerzo por subsanar. Creo que ni siquiera ahora se da cuenta de que soy tan constitucionalista como él. Esto se debe en parte a que fui educado como un aristócrata, y en parte porque mis antepasados fueron reyes y, de acuerdo a la leyenda, dioses. Recuerdo incluso cómo me impresionó el que Catilina, que sin duda merecía el calificativo de revolucionario, y que de haber podido, habría exterminado con certeza a casi la mitad del Senado (algo que a mí ni siquiera se me pasó por la cabeza), conservó hasta el final, sin duda porque provenía de una familia patricia, una veneración bastante patética por las formas. Cuando su causa estaba prácticamente perdida, él se autoproclamó (por supuesto ilegalmente) cónsul y se paseaba acompañado por lictores. En cambio, mi respeto por la constitución está basado en la razón antes que en los sentimientos.


Siempre he aspirado a un mundo en expansiva y tolerable libertad y sé que este mundo no puede existir sin orden. Nuestras instituciones políticas, militares y religiosas simbolizan y también preservan el orden. La gente se siente muy feliz cuando honra y respeta estas instituciones y acata cuanto ellas impongan. Sin embargo, en cada generación estas instituciones "que estructuran nuestro sistema de vida y regulan nuestras ambiciones y necesidades" están representadas por hombres de carne y hueso. Salvo en épocas muy inestables y peligrosas, estos hombres no precisan ser poseedores de sobresalientes cualidades de virtud e inteligencia. Es suficiente con que sean respetables; y en tiempos críticos, deben admitir la necesidad de un cambio. Pues estas instituciones tan venerables y reverenciadas deben ser nuestras guardianas y protectoras: si controlan nuestras acciones y refrenan nuestras ambiciones, debe ser para nuestro bienestar. Cuando sus representantes utilizan claramente las formas consagradas de gobierno para reprimir las legítimas iniciativas, distorsionar la justicia, perpetuar la ineficiencia, se propicia una situación que puede describirse como revolucionaria; aunque aun entonces, con un mínimo de inteligencia, los horrores y convulsiones de una revolución se pueden evitar.


(...)  No me gusta nada la noción de necesidad en la historia, puesto que creo que todos o casi todos nosotros gozamos en nuestros actos de cierta medida de libre albedrío. Aun ahora tengo la seguridad de que la guerra civil pudo haberse evitado y se habría realmente evitado, si se me hubiera ofrecido la oportunidad de mantener con Pompeyo una charla privada. Y sin embargo, el hecho mismo de que el estallido de esa guerra y su continuación fueran tan poco razonables, tan por entero opuestos a los deseos de la mayoría de nuestro pueblo, me hace creer a veces en que era inevitable. Detrás de Pompeyo y detrás de mí se habían congregado las mismas fuerzas, buenas y malas, que estaban detrás de Sila y de Mario, y en cierto modo la situación se había hecho, si no más clara, más abstracta. Pompeyo y yo no éramos enemigos personales, como lo fueron Mario y Sila. Es más, siempre apoyé a Pompeyo en política, y él, en virtud de su influencia, había hecho posible que yo llevara a cabo lo que deseaba hacer en mi primer consulado y posteriormente. Cada uno de nosotros podía contar con la lealtad personal de nuestros partidarios, pero la lucha no era en modo alguno una lucha de personas. Pompeyo y su partido pretendían representar el gobierno tradicional de Roma contra un hombre que era un revolucionario potencial o, mejor dicho, un revolucionario cabal. También yo, claro está, pretendía obrar legalmente y, con la ayuda de los tribunos, tenía una razonable argumentación para defender mi causa. Pero en verdad Pompeyo, con sus ojos fijos en el pasado, representaba una tradición que, a pesar de sus manifestaciones animadas y hasta convulsivamente vigorosas, estaba casi muerta; en tanto que yo, aun en ciertos aspectos proyectándome a tientas hacia el futuro, representaba algo que, nacido del pasado, se convertirá en la tradición de que vivirá la gente de edades futuras. Yo mismo habré hecho para dar forma a esta tradición algo que, no obstante, puede considerarse como necesario y más fuerte que yo. Esa tradición tendrá que existir, si la propia Roma pretende existir. Y si tuviera que morir mañana en uno de mis ataques epilépticos (que ocasionalmente resultan fatales) o si me asesinaran, y el poder volviera a manos de aquellos enemigos míos que han sobrevivido a causa de mi perdón, ese poder ya no podrá ejercerse otra vez como antes ni, creo, lo ejercerá otra vez la misma clase de gente. Serían necesarias aún más guerras, y a fin de cuentas el nuevo sistema que inicié, en parte por mi voluntad consciente y en parte por la presión de los hechos, volvería a afirmarse y continuaría desarrollándose.












domingo, 11 de octubre de 2020

HORACIO DICE SOBRE LA GUERRA CIVIL ROMANA

Un amargo destino persigue a los romanos, y el crimen de dar muerte a un hermano, desde que la sangre del inocente Remo fue derramada en la tierra, una maldición que recayó sobre sus descendientes.













sábado, 22 de agosto de 2020

CÉSAR DICE SOBRE LA GUERRA CIVIL ROMANA



Los horrores de la paz en los cortos períodos en que ésta se suponía que existía, eran peores que las ruinas causadas por la guerra. En todas las clases sociales, la naturaleza humana se mostró bajo su peor aspecto: crueles, rapaces, traidores, serviles, arrogantes, sin escrúpulos, sin lealtad, respetaban solamente la fuerza, al tiempo que celosos de cualquier superioridad real, vivían sujetos al terror y ansiosos de infligirlo. Si algo bueno aparecía en algún sitio, parecía destinado a ser extinguido o aniquilado. Durante aquellos tiempos, los habitantes traicionaban a sus amigos, los hijos asesinaban a sus padres y los padres a sus hijos.





lunes, 26 de diciembre de 2016

domingo, 31 de julio de 2016

CÉSAR JUSTIFICA LA NECESIDAD DE UNA GUERRA CIVIL (AÑO -49)



¡ Conocidas estas cosas, Cesar arenga a sus soldados: pasa revista a las ofensas contra el de sus enemigos desde tiempo inmemorial, por los cuales se queja de que haya sido descarriado y corrompido Pompeyo, por envidia y emulación de su gloria; cuyo honor y dignidad siempre el secundo y de los que fue baluarte; lamenta que se haya dado pie en la República a un nuevo procedimiento, que se censurara y reprimiera con las armas el veto tribunicio que se había restablecido en anos anteriores. Que Sila, privado el poder tribunicio de todas sus prerrogativas, había respetado, sin embargo, su libre capacidad de veto; que Pompeyo, que parecía haber restablecido el rango tribunicio perdido, le había arrebatado incluso las atribuciones que antes tenia; que cuantas veces se había decretado "Cuiden los magistrados de que la ciudad no sufra daño alguno” (llamada y senadoconsulto con los que es convocado a las armas el pueblo romano), se había hecho con ocasión de leyes muy perniciosas, contra la violencia de los tribunos, con motivo de secesiones populares, la ocupación enemiga de los templos y de los lugares estratégicos (y estos ejemplos de años pasados, hace ver que fueron motivo de castigo con los descalabros de Saturnino y de los Gracos); nada de lo cual había sucedido en este momento, ni aun se había tramado; no se había promulgado ley alguna, ni se había entrado en negociaciones con el pueblo, ni había tenido lugar ninguna secesión. Los exhorta a que defiendan de sus enemigos la buena fama y la dignidad de aquel general a cuyas ordenes durante nueve años habían servido, con éxito, a la República, habían conseguido innumerables victorias y habían pacificado toda la Galia y la Germania. Vitorean los soldados de la legión XIII, que estaban presentes (pues al comienzo del desorden la había hecho venir, las restantes no habían llegado aun); que ellos estaban dispuestos a vengar las ofensas a su general y a los tribunos de la plebe.



( César en "Comentarios a la guerra civil")






CONSECUENCIAS DE LOS ACONTECIMIENTOS DEL AÑO 88 A. C.


 

De esta forma las sediciones, nacidas de la discordia y rivalidad, vinieron a parar en asesinatos, y de asesinatos, en guerras cabales, y ahora, por primera vez, un ejercito de ciudadanos invadió la patria como si fuera tierra enemiga. A partir de entonces, las sediciones no dejaron de ser decididas ya por medio de ejércitos y se produjeron continuas invasiones de Roma y batallas bajo sus muros, y cuantas otras circunstancias acompañan a las guerras; pues para aquellos que utilizaban la violencia no existía ya freno alguno por un sentimiento de respeto hacia las leyes, las instituciones o, al menos, la patria.


(Apiano en  "Guerras civiles")