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viernes, 10 de abril de 2020

MARDONIO



 

Mardonio (¿-479 a. C.), noble persa, importante comandante del ejército del Imperio aqueménida durante las Guerras Médicas, en la primera mitad del siglo V a. C. (en 492 a. C. y en 480 a. C.-479 a. C.).

 

Mardonio era hijo de Gobrias, uno de los seis nobles persas que habían ayudado a Darío I a hacerse con el trono asesinando al usurpador Gaumata el 522 a. C. Como era habitual en estos casos, la alianza entre amigos quedó reforzada por matrimonios diplomáticos: Darío tomó por esposa a una hija de Gobrias y éste se casó con una hermana del rey, Radušdukda, hija de Histaspes. Es bastante probable que Mardonio fuera el primer hijo de Gobrias y la hermana de Darío, ya que tiene el mismo nombre que el padre de Gobrias (lo que sabemos por la inscripción de Behistún).

 

Por tablillas cuneiformes sabemos que Mardonio se casó con una mujer llamada Ardušnamuya. El texto fue escrito en marzo del 495 a. C., lo que nos da un terminus ante quem para la ceremonia nupcial. Esto contradice las palabras del historiador griego Heródoto de Halicarnaso, quien asegura que Mardonio "era aún un hombre joven que se había casado recientemente con Artozostra, una hija de Darío", en el 492 a. C. Por otra parte, no hay razón para dudar de que Artozostra / Ardušnamuya fuera realmente la hija de Darío y de su amada esposa Artistona (Irtašduna).

 

Como enviado especial de Darío, Mardonio se dirigió a Lidia después de la Revuelta jónica (499 a. C.-494 a. C.). Tenía la misión de reorganizar la región, cosa que hizo de forma muy moderada. Tal y como nos cuenta Heródoto, navegó a lo largo de la costa deponiendo a todos los tiranos y sustituyéndolos por democracias. La jugada era en el fondo muy astuta, ya que de esa forma era más difícil que las ciudades volvieran a rebelarse.

 

Una vez hubo finalizado este trabajo, la flota de Mardonio se dirigió al Helesponto, punto de reunión con el ejército terrestre. El conjunto contaba con 300 navíos y 20.000 hombres. La primera víctima fue Tasos, isla griega que poseía importantes minas, que se convirtió en tributaria del imperio aqueménida. La flota continuó posteriormente hacia Macedonia, territorio que fue añadido igualmente al reino de Darío. Durante esta campaña (que fue interpretada por Heródoto como dirigida contra Atenas y Eretria por su ayuda a la Revuelta jónica), Mardonio perdió muchas naves al ser cogido por una violenta tormenta cerca del promontorio de Athos, lo que probablemente le obligó a volver al Asia Menor.​

 

Mardonio había tenido mucho éxito. Existen indicios de que su ejército llegó hasta el Danubio. La conquista de Macedonia fue muy importante, ya que poseía minas de oro y podía tomarse como excelente base para futuras conquistas en Europa.

 

En el 490 a. C., los persas conquistaron varias islas del Egeo (las Cícladas y Eubea, cuya capital es Eretria), pero Mardonio, que había perdido casi una flota completa, no estaba al mando de esta expedición. Los 600 barcos estaban comandados por Datis y Artafernes. Los principales objetivos de la expedición fueron logrados (dominio del Egeo, conquista específica de Naxos, la mayor isla de las Cícladas, y creación de una zona de seguridad entre el Asia Menor y Grecia) pero fracasaron al intentar devolver el poder al antiguo tirano pro-persa depuesto de Atenas, Hipias, al verse derrotados por los atenienses en la célebre batalla de Maratón.

 

Sin embargo, habiendo conquistado Macedonia y las islas del Egeo, los persas podrían intentar de nuevo el ataque a Grecia cuando quisieran. Darío tendría que preparar concienzudamente la nueva expedición, ya que había podido comprobar que los soldados griegos estaban mejor equipados que los suyos. Así pues, los persas tendrían que reclutar un gran ejército, pero Darío falleció poco antes de que fuera puesto en marcha (486 a. C.). Fue sucedido por su hijo Jerjes I, primo y cuñado de Mardonio.

 

Según Heródoto, Mardonio era un partidario entusiasta de la nueva expedición a Grecia, pero ésta fue retrasada debido a una rebelión en Egipto. También tuvo lugar una revuelta en Babilonia, pero no duró mucho tiempo. Megabizo II se ocupó de ella quedando suprimida en el verano del 484 a. C. Inmediatamente después de esta rebelión, Jerjes, Mardonio, Megabizo y otros cuatro importantes comandantes pudieron dirigirse al oeste a Sardes, donde un gran ejército estaba siendo formado.

 

El primer año de expedición fue un gran éxito. Los persas no se dieron prisa, ya que tenían un ejército enorme (unos 600.000 hombres) y tenían que esperar a las cosechas en Tracia y Macedonia. En julio y agosto permanecieron en Terma (actual Tesalónica), y posteriormente se dirigieron al sur hacia Grecia. Tesalia fue conquistada sin excesivos problemas, y durante el 17, 18 y 19 de septiembre (o un día después), una batalla doble tuvo lugar. Por un lado, la flota persa fue capaz de expulsar a la griega de sus posiciones en el cabo Artemisio. Por otro lado, el ejército venció por completo (no sin serias dificultades) a la guarnición griega dejada en las Termópilas (Batalla de las Termópilas). Beocia fue añadida al imperio y el 27 de septiembre, Atenas fue conquistada. Al día siguiente la Acrópolis caía y la flota persa ocupaba el Pireo. La caballería persa destruyó el santuario de Poseidón cerca de Corinto y disparó flechas incendiarias contra uno de los puertos corintios.

 

La victoria de Jerjes era casi completa. La flota griega había huido a Salamina, una isla frente al puerto ateniense, separada del continente por un pequeño estrecho. Desafortunadamente para los persas, cuando su flota trató de atacar a los griegos en sus nuevas posiciones, sufrieron graves pérdidas (Batalla de Salamina). Para los persas esta derrota fue un contratiempo menor. Jerjes había ganado la batalla naval de Artemisio y la terrestre de las Termópilas. Había añadido Tesalia y Beocia a sus posesiones y tomado Atenas. A pesar de las pérdidas de Salamina, Jerjes podía sinceramente poner en la inscripción de Daiva que gobernaba sobre todos los griegos.

 

Sin embargo, Babilonia no estaba aún tranquila. Había rumores inquietantes y Jerjes decidió que era mejor volver a Sardes, desde donde podría vigilar Grecia y Babilonia a distancia razonable.

 

Mientras tanto, Mardonio quedó como comandante supremo de las fuerzas expedicionarias persas. Su ejército era comparativamente muy pequeño en relación al que había invadido Grecia, probablemente 150.000 hombres. Después de todo, se necesitaba un gran contingente para Babilonia. Para alimentar a estos hombres se retiró a Tesalia y abrió negociaciones con Atenas. Ofreció a la ciudad una posición predominante en el imperio aqueménida sólo a cambio de reconocer el dominio del rey Jerjes. Fue un movimiento brillante, porque si los atenienses aceptaban, no quedaría flota para proteger el sur de Grecia. Los atenienses tenían mucho que ganar porque se habrían convertido en la ciudad Estado griega más importante, pero a pesar de ello, se obstinaron en rechazar el ofrecimiento.

 

En la primavera, Mardonio marchó al sur de nuevo, reocupando Beocia y dirigiéndose a Atenas. Esperaba que los atenienses estuvieran más dispuestos a aceptar su ofrecimiento, pero se equivocó. Habiendo recibido un nuevo rechazo de rendición, Mardonio saqueó la ciudad.

 

Parecía que Mardonio era el dueño de la situación. Los espartanos, quienes tenían la mejor infantería de toda Grecia, rechazaban ayudar a Atenas. Fue sólo después de un ultimátum, que los atenienses dirigieron a los lacedemonios en el sentido de que si continuaban negándose a ayudar se verían forzados a rendirse quedando su flota en manos persas, que los espartanos entraron en razón y decidieron actuar. Enviaron un ejército al norte e invitaron a todos los griegos a unirse a ellos en la difícil misión de la liberación de Grecia.

 

Los griegos se reunieron en el sur de Beocia, en las faldas del monte Citerón. Eran unos 100.000 hombres. Casi cada griego en edad de tomar armas se había presentado. Por ejemplo, los atenienses se habían quedado sólo tripulando algunas galeras. El resto de los remeros y marinos estaban ahora en el monte Citerón. El ejército griego permaneció allí, y debido a que ninguno de los dos adversarios parecía pretender avanzar, empezó una guerra de nervios.

 

Heródoto, quien es nuestra principal fuente para la Batalla de Platea, describe algunos enfrentamientos previos que tuvieron lugar en varios días. Una escuadra de caballería persa intentó provocar a un contingente griego de Megara pero fue derrotada. Después de este éxito, los griegos decidieron dejar las montañas y descender al llano entre el río Asopo y un pequeño poblado llamado Platea. Todo el tiempo, ambos ejércitos rehuyeron los ataques reales, porque ambos habían recibido los mismos augurios: saldría victorioso el ejército que esperara que su enemigo atacara primero.

 

Sin embargo, Mardonio empezó a tener prisa. Sus suministros se estaban acabando y veía crecer al ejército griego día a día. Uno de sus consejeros le advirtió que lo mejor sería retirarse a Tesalia y usar oro y plata para sobornar a los líderes griegos. Mardonio no le hizo caso, aún creía que podía resolverse el problema de una manera honorable, por medios militares.

 

Heródoto nos cuenta que una noche, un aliado persa, el rey macedonio Alejandro I, fue a visitar a los atenienses para advertirles que Mardonio atacaría al amanecer. Inmediatamente los oficiales atenienses informaron al comandante supremo griego, el príncipe espartano Pausanias. Éste pensó que si los persas atacaban, era preferible tener a los bien entrenados espartanos en el ala izquierda defensiva para contrarrestar la fuerza principal persa, dejando a los experimentados atenienses, quienes ya habían salido victoriosos en Maratón, en el ala derecha ofensiva. Al amanecer, los dos contingentes intercambiaron posiciones. Después de ser informados de una contramaniobra persa, los griegos volvieron a sus posiciones originales.

 

Hasta aquí lo que nos dice Heródoto, quien parece haber malinterpretado el incidente. Es poco probable que Alejandro I de Macedonia pudiera dejar el campamento persa sin ser visto. Parece más razonable pensar que Mardonio había enviado al rey macedonio precisamente para esa misión. Fue una jugada brillante para crear el pánico entre los griegos, quienes empezaron toda clase de movimientos agotadores.

 

El día pasó sin lucha y Mardonio estaba cada vez más ansioso por atacar. Durante la noche, sus arqueros montados atacaron la fuente de la que se abastecían los griegos entre Platea y el Asopo, esperando forzarlos a retroceder de nuevo a las montañas. Los griegos mantuvieron posiciones durante el día, siendo continuamente hostigados por los arqueros persas, pero después de la puesta de sol, se retiraron tal y como Mardonio había planeado.

 

Al ocaso, Mardonio se enteró de que los adversarios habían huido, y pensando que ya había ganado la batalla, ordenó la persecución de los griegos. Primero atacó a los espartanos, quienes se vieron forzados a retroceder. Pausanias incluso tuvo que enviar un mensajero para pedir ayuda a los atenienses, pero éstos fueron incapaces de ofrecer asistencia, ya que fueron interceptados por aliados griegos de Mardonio. Uno de los contingentes persas llegó incluso a romper la línea de batalla griega alcanzando las faldas del Citerón.

 

En ese momento, mientras estaba persiguiendo a los espartanos en retirada, Mardonio fue abatido. No se sabe cómo ocurrió, pero podemos estar seguros de que, sabiéndose ganador de la batalla, murió como un hombre feliz.

 

Este incidente cambió el curso de la batalla. Los persas perdieron coraje, lo que dio a los espartanos un breve respiro y la oportunidad de reagruparse. Atacaron al contingente persa que los perseguía, los cuales, desmoralizados, acabaron poniéndose en fuga. El campamento persa fue tomado por los atenienses y eso significó el final de la guerra. Uno de los subordinados de Mardonio en la reserva, Artabazo I, fue capaz de llevar de vuelta a casa a un gran contingente sano y salvo, acto por el que fue recompensado por Jerjes, quien le ofreció la satrapía de la Frigia Heslespóntica.

 

El enfrentamiento en Platea tuvo lugar en el verano del 479 a. C., probablemente la semana del 15 de agosto.


viernes, 3 de abril de 2020

FILÍPIDES



Filípides o Fidípides (en griego, Φιλιππίδης o Φειδιππίδης)​ fue un héroe de la Antigua Grecia. Se trata de la figura central de la historia que inspiró un acontecimiento deportivo moderno: la maratón.

 

Heródoto relata que Filípides, un hemeródromonota ​ateniense, fue enviado a Esparta para pedir ayuda cuando los persas desembarcaron en Maratón.

 

Antes de abandonar la ciudad, los generales de Atenas enviaron un mensaje a Esparta. El mensajero fue un ateniense llamado Filípides, un profesional en carreras de larga distancia. De acuerdo con el relato que Filípides hizo a los atenienses a su regreso, se encontró con el dios Pan (un fauno) en el monte Partenio, sobre Tegea. 


Pan lo llamó por su nombre y le dijo que preguntara a los atenienses por qué no le prestaban atención, si él siempre se había mostrado cordial con ellos y los había ayudado en el pasado, y volvería a ayudarlos en el futuro. Los atenienses creyeron la historia de Filípides y, cuando recuperaron su prosperidad, erigieron un templo a Pan bajo la Acrópolis y, desde que recibieron su mensaje, celebraron una ceremonia anual en su honor, con carreras de antorchas y sacrificios, para solicitar su protección.


En la ocasión de la que hablo -es decir, cuando los comandantes de Atenas le encomendaron una misión a Filípides y éste explicó que había visto a Pan, Filípides llegó a Esparta un día después de haber salido de Atenas y pronunció su mensaje ante el gobierno espartano. "Hombres de Esparta -fue su mensaje- los atenienses os piden ayuda, y os ruegan que no permanezcáis de brazos cruzados mientras la ciudad más antigua de Grecia es aplastada y sometida por un invasor extranjero; Eretria ya ha sido esclavizada, y Grecia se debilita por la pérdida de una buena ciudad." Los espartanos, aunque se conmovieron por el ruego y querían brindarles ayuda, no podían hacerlo de inmediato sin quebrar sus propias leyes. Era el noveno día del mes, y dijeron que no podían marchar hasta que la luna estuviera llena. Así que esperaron a la luna llena, mientras que Hipias, el hijo de Pisístrato, guió a los persas a Maratón.
( Heródoto )

 

Heródoto escribió 30 o 40 años después de los hechos que describe, por lo que es bastante probable que Filípides sea una figura histórica. Si recorrió los 246 km que separaban a Atenas de Esparta en 2 días, por terreno escabroso, sería una hazaña digna de recordar.

 

Heródoto, por tanto, no relató una carrera desde Maratón a Atenas de Filípides, pero sí la marcha del ejército griego, que recorrió a toda prisa la distancia entre Maratón y Atenas. Esto fue porque los persas, recién embarcados en sus navíos tras su derrota en Maratón, podían rodear la península Ática en poco tiempo y tomar la indefensa Atenas. Pero para cuando los persas avistaron la ciudad, los soldados griegos ya habían llegado a ella y, viendo que la ciudad estaba bien defendida decidieron dar media vuelta y volver a Persia.


Posteriormente se encuentra un relato sobre una carrera de Maratón a Atenas para anunciar la victoria de los griegos en la obra de Plutarco (46-120), que atribuye la carrera a un heraldo llamado Tersipo —citando a Heráclides Póntico, un autor del siglo III a. C., como fuente de ese dato— o Eucles.

 

Luciano, un siglo después de Plutarco, atribuye esa carrera a Filípides: Se dice que fue Filípides, el corredor, el primero que usó esta expresión al anunciar la victoria de Maratón a los arcontes que estaban sentados y preocupados por el final de la batalla: ¡Alegraos, vencemos!. Y al decir esto, murió, exhalando su último suspiro junto con la noticia y el saludo.

 

El filólogo Michel Bréal fue el que, inspirándose en los relatos sobre Filípides, propuso a Pierre de Coubertin la celebración de una carrera llamada maratón dentro del programa de los modernos Juegos Olímpicos.​

 

Mientras que el maratón celebra la mítica carrera de Maratón a Atenas, desde 1983 una carrera anual desde Atenas a Esparta, el espartatlón, celebra la carrera —semihistórica, cuando menos— a través de 250 km de campiña griega.


viernes, 27 de marzo de 2020

ANACREONTE


Anacreonte (en griego Ἀνακρέων) fue un poeta griego nacido en la ciudad jónica de Teos, situada en la costa de Asia Menor (actualmente Siğacik, en Turquía), más o menos en la época de la muerte de Safo de Lesbos.
 
Se cree que su vida discurrió entre los años 574 y 485 a. C. Escapando de la amenaza persa, los habitantes de la Jonia emigraron a Tracia, donde fundaron Abdera. Junto a ellos llegó el joven poeta y se piensa que en esa ciudad escribe sus primeros versos. De Abdera pasó a Samos, a la corte del tirano Polícrates, quien lo llama para que sea maestro de su hijo homónimo. Tras el asesinato de Polícrates (522 a. C.), Anacreonte se traslada a Atenas, a la corte de los Pisistrátidas, gobernada por Hipias. Hipias mandó un barco especial para trasladarlo, según cuentan Heródoto y el pseudo-Aristóteles. Después de esto, se pierde su rastro, pero es de suponer que murió en Atenas, en donde han sido encontradas estatuas suyas y otras con dísticos de su autoría.

 
Su lírica, de tono hedonista, refinado e irónico, como se puede ver en los últimos comentarios hallados en los Papiros de Oxirrinco, canta los placeres del amor (tanto de hombres como de mujeres) y el vino, y rechaza la guerra y el tormento de la vejez, así como el culto a Dioniso, apenas en expansión en su época. Junto con Safo y Alceo forma el grupo de los poetas griegos más íntimos que cantaron acompañados por la lira. Crinágoras establece en seis de sus libros, aunque tenemos rastros de tres, contradicción explicable por las diversas ediciones a lo largo del tiempo, pues las nuestras corresponderían a las ediciones alejandrinas.
 
El amor para Anacreonte es algo fundamentalmente sensual, fugaz y pasajero. Sus composiciones sobre ese tema son sumamente breves, como quedó demostrado por los nuevos descubrimientos. Son famosos sus poemas dedicados a una "muchacha joven" a quien llama «potra tracia», así como aquellos que hacen referencia a juegos entre el poeta y algún joven del que estuviera enamorado (Smerdies, Batilo y Cleóbulo). Ha pasado a la posteridad como el poeta de los banquetes. Entre los nuevos fragmentos, hay muchos que hacen mención a Polícrates, a veces como si fuese mujer y a veces como si fuese hombre.


Sus poemas fueron copiados e imitados en épocas más tardías: le fueron asignados a él en su totalidad aunque en la actualidad se supone que no son suyos. A este compendio de poemas se le llama Anacreónticas y pertenecen, en su mayoría, a la época bizantina. Anacreonte afirmaba con frecuencia, haciendo referencia a la relación que la poetisa Safo mantuvo con sus alumnas, que aquella había sentido un amor sexual por estas. Tales afirmaciones fueron causa de rumor y con el paso del tiempo se extendieron de tal modo, que debido a ello nacieron los términos «lesbianismo» y «safismo».

martes, 24 de marzo de 2020

PERSAS SE FIJAN EN GRECIA



PISÍSTRATO

Pisístrato había muerto en el -527  antes  de  Jesucristo. Veintiún años después, o  sea  en  -506, hallamos a uno de sus dos hijos, designados  por él  para  sucederle, Hipias, en la Corte del rey de Persia, Darío, para sugerirle la idea de declarar la guerra a Atenas  y  a Grecia entera. Los grandes hombres no deberían dejar nunca viudas ni herederos. Son peligrosísimos.


Este Hipias no había debutado mal, después que su padre hubo sido depositado en la fosa. Era un mozalbete despierto que, a fuerza de estar junto al  papá, había aprendido muchas de sus triquiñuelas, y  se había apasionado por la política, a diferencia de su hermano Hiparco que, en cambio tan sólo se interesaba por el amor y la poesía, de modo  que entre ambos ni siquiera había rivalidades peligrosas. Y, sin embargo, quien provocó las desventuras que condujeron a la caída de la dinastía fue precisamente  Hiparco.


Probablemente éste no era, en cuanto a moralidad, peor que muchos de sus coetáneos y en materia sentimental  seguía  sus ideas, entre  las  cuales  figuraba la de una absoluta  imparcialidad  en  lo  que  atañe  a los dos sexos. Hiparco tuvo la desgracia  de  tropezar con un bellísimo  joven  llamado  Hannodio,  que  un tal Aristógiton —aristócrata cuarentón, influyente y celoso— consideraba propiedad suya. Éste concibió la idea de  desembarazarse  de  su  rival  con  el  puñal  y, para imprimir al asesinato una  etiqueta más  limpia que lo hiciese popular, pensó en extenderlo también al hermano Hipias, haciéndolo así pasar por «delito político» en nombre de la libertad y contra la tiranía. Organizó en ese sentido una conjura con otros nobles latifundistas y, con ocasión de una fiesta,  intentó el golpe, que sólo resultó bien a medias:  Hiparco dejó el pellejo en él, mientras que Hipias se salvó. Y desde aquel momento, un poco por rencor y otro poco por miedo a otros complots, el hijo y discípulo de Pisístrato, dictador liberal, indulgente e ilustrado, convirtióse en un tirano auténtico.


Los efectos de su política persecutoria no se  hicieron esperar. Aristógiton, que  había  intentado  el  golpe por motivos personales y más  bien  sucios,  y  que de momento no había encontrado ningún apoyo moral en el pueblo, tardó poco, en la fantasía de la gente, indignada por los  abusos  de  Hipias,  en  convertirse en un adalid de la libertad, en tanto que Harmodio adquiría la semblanza de un mártir, como si hubiese sido una  muchacha  inmaculada  y  acosada; y  hasta la cortesana Lena, su amante, fue aureolada de leyenda. Decíase que, detenida y torturada por la policía para que revelase los nombres de los cómplices, se había cortado la lengua  de un  mosdisco,  escupiéndola a la cara de sus verdugos.


El descontento  del  pueblo  enfureció  a  Hipias,  que a su vez enfureció al pueblo. Y cuando  el  divorcio  entre ambos fue total, los exiliados,  que mientras tanto se habían concentrado en Delfos, armaron un ejército, llamaron a los espartanos en su ayuda,  y  junto con éstos marcharon contra Atenas. Hipias se  refugió en la  Acrópolis  con  sus  seguidores.  Mas,  para poner a salvo sus hijitos, trató de hacerles expatriar secretamente. Los sitiadores los capturaron. Y el infeliz padre, por salvar la vida de los  hijos y la suya propia, capituló y marchó voluntariamente al  destierro. No hay que olvidar, empero, que por sus venas corría aún la sangre de Pisístrato, o  sea  de un hombre pronto siempre a sacrificar la  posición  por  la  familia,  pero jamás dispuesto a resignarse a la derrota.


El que mandaba a los rebeldes, al frente  de  los cuales entró en la ciudad, era Clístenes, un aristócrata por quien los demás aristócratas sentían poca simpatía porque tenía ideas progresistas. Por lo que, como los vencedores eran ellos, impugnaron su candidatura para las elecciones siguientes, y en su sitio pusieron a Iságoras, un latifundista retrógrado  que pretendía que la república se volviese a tragar todas sus conquistas sociales. Al cabo de cuatro años fue depuesto por una insurrección popular, contra la cual nada pudieron ni siquiera los espartanos, acudidos  nuevamente para apuntalar un orden constituido que, a ellos, reaccionarios encallecidos, les gustaba en extremo.


Clístenes, que había capeado la revuelta, asumió el poder y lo ejerció un poco dictatonalmente, también, pero en nombre de la democracia. Llevó a término la reforma igualitaria de Pisístrato,  duplicó  el  número de ciudadanos con derecho a voto, destruyó desde los cimientos algunas agrupaciones en tribus que constituían la fuerza de clientela de la aristocracia y que correspondía un  poco  a  nuestro  colegio  uninominal; e inauguró aquel sistema de autodefensa de las instituciones democráticas que se llama ostracismo. Cada miembro de la Asamblea popular, de la que formaban parte seis mil personas, o sea prácticamente todos los cabezas de familia de  la  ciudad,  podía  inscribir  en una pizarra el nombre del ciudadano que, según él, constituyese una amenaza para el Estado. Si esta anónima denuncia venía avalada por tres mil colegas, el denunciado se veía mandado al destierro por diez años sin necesidad de un proceso que testificase sus culpas.

CLÍSTENES
Era un principio injusto y por lo demás peligroso, pues se prestaba a toda clase de abusos. Pero los atenienses lo practicaron con moderación, si bien no siempre atinadamente, pues en los casi cien años que estuvo en uso, fue aplicado tan sólo en diez casos. Y el colmo de la sabiduría acaso la pusieron de manifiesto haciendo blanco de ello precisamente a quien lo había inventado. Un día en que el presidente de la Asamblea, según el enjuiciamiento habitual, preguntó a la asistencia; «¿Se halla entre vosotros alguno que consideréis peligroso para el Estado?. Y si está, ¿quién es?», muchas voces respondieron: «Clístenes.» La denuncia reunió los tres mil sufragios  exigidos  por la  ley,  con lo que el inventor del ostracismo fue «ostracizado» por aquel pueblo al que había devuelto la libertad y que, con sabia ingratitud, la usó para librarse de él, quien, con muchos méritos en su haber, podía sentirse tentado a hacer de ellos un título para legitimar una nueva tiranía.


No conocemos las reacciones del pobre proscrito. Pero el hecho de que la Historia no las haya  registrado, demuestra que fueron menos enérgicas que aquellas a las  que  se  hubiese entregado un  Pisístrato o un Hipias. Acaso Clístenes  tuvo  bastante  lucidez para darse cuenta de que la ingratitud, jamás excusable en el plano humano, a menudo lo es en el plano político. Y en el hecho de que los atenienses, convertidos por él en partícipes de la  soberanía  del  Estado, se mostrasen en seguida tan celosos de usarla en perjuicio suyo, vio probablemente el triunfo  de  su  propia obra y gustosamente sacrificó a ella su destino personal. Ya que el ostracismo no implicaba más persecución que el exilio, nos agrada pensar que  Clístenes vivió el tiempo suficiente  para  poder  ver  con qué heroico encarnizamiento los atenienses defendieron las libertades que él les había dado, cuando para amenazarlas se perfiló, por consejo de Hipias —viejo, pero aún robusto y, a  diferencia  de  Clístenes,  incapaz de perdón y  de  resignación—,  el  ejército  de Darío.


En este punto hemos  de  hacer un  pequeño inciso. Algo había cambiado, desgraciadamente, desde los tiempos en que las poleis griegas podían libremente abandonarse a sus fuerzas centrífugas y separatistas porque ningún enemigo les amenazaba. Al Norte, las bárbaras tribus ilirias, de la que habían descendido aqueos y dorios, habían dejado de caer sobre la  Hélade. Al Sur, el poderío egipcio seguía declinando. Al Oeste, Roma y Cartago todavía estaban en los albores.


Mas el peligro provenía del Este, donde hasta aquel momento, sólo había existido el reino de Lidia, fruto más que nada de la diplomacia de un gran soberano: Creso, el amigo de Solón, el cual, por bien que hubiese anexionado varias islas griegas de la Jonia, era favorable a los griegos, de los que había absorbido la cultura. Tanto, que precisamente esto fue acaso su equivocación. Pues, ocupado y preocupado solamente por ellos, no se fijó en la Persia que le crecía a las espaldas; y cuando se dio cuenta del peligro, era ya demasiado tarde.


El nuevo rey de aquel país, Ciro el Grande, había conquistado ya Babilonia y la Mesopotamia, cuando Creso le  declaró  la  guerra.  Pero  justamente  el  día de la batalla hubo un eclipse de luna.  Los  dos  ejércitos se espantaron tanto que se negaron a combatir. Poco después, Creso fue a Delfos para consultar al oráculo. Y éste le contestó que, si  lograba atravesar con sus tropas el río Halys, destruiría un poderoso Imperio. La profecía  se  cumplió.  Creso  atravesó  el río Halys, presentó batalla, y perdió un poderoso Im- perio: el suyo. Heródoto cuenta que,  al  capturarle, Ciro le puso sobre una parrilla para «sacrificarle a los dioses», como entonces se decía gentilmente, asado en su punto. En aquel momento, Creso se acordó de Solón quien, aunque con mucha diplomacia, le había exhortado a la prudencia, e invocó su nombre por tres veces. Ciro quiso saber quién era aquel Solón. Y una vez oída su historia, quedó tan impresionado que mandó desatar al prisionero. Demasiado tarde, pues  el fuego ya ardía. Pero algún  dios misericordioso  envió un buen temporal que apagó la hoguera.

CIRO EL GRANDE
Así narraba Heródoto los grandes acontecimientos históricos. Según él, no solamente Creso se puso  a salvo,  sino  que  se  hizo  amigo  de  Ciro  y  gozó  toda la vida de su hospitalidad. El trono, empero, no lo recuperó. Y la anexión de la Lidia permitió a Persia asomarse el Mediterráneo, justo frente  a  Grecia,  que se las daba de dueña con la flota ateniense.


A la sazón la corona de Ciro la ceñía Darlo, un condottiero de ejércitos más  que  un  verdadero  hombre de Estado, y, como tal, propenso a calibrar la importancia de un Imperio por su extensión. De conquista en conquista, se había introducido ya en el  continente europeo, engullendo Tracia y Macedonia e instalándose así en la vertiente montañosa de la Grecia meridional.


Los historiadores dicen  que  Darío  había concebido el grandioso proyecto de imponer al mundo la civilización oriental, destruyendo todos los centros de la occidental. Lo dudamos, porque, cuando Hipias, al refugiarse en su Corte tras el exilio, empezó a atizarle contra la propia patria, Darío contestó; «Pero, ¿quiénes son esos atenienses?». Evidentemente, era la  primera vez que oía hablar de ellos. No era hombre de grandes concepciones estratégicas. Seguía una lógica militar propia, la sencillísima de todos  los  generales  desde  que el mundo es mundo, y, según la cual, la conquista  de un país no está afirmada si no es seguida por la de los países  limítrofes.  



Había  sido  la  aplicación de este principio lo que le llevó a anexionarse también las islas del  Egeo  oriental,  porque éstas  amenazaban las costas de Asia Menor donde se había instalado. Entre sus conquistas, hubo también la  de Mileto, que soportó mal el yugo  persa.  Aristágoras, uno  de los irredentistas más encendidos, fue a solicitar ayuda de Esparta, que declinó. Era una ciudad de campesinos que no veían más allá de  sus narices. Aristágoras se trasladó a Atenas y halló buena acogida. Los atenienses eran armadores y  mercaderes, para los cuales el mar lo significaba todo. Las ciudades del Egeo eran casi todas colonias jonias, o sea fundadas y pobladas por gente del Ática. Y Aristágoras era  un gran  orador: cualidad que para los buenos gustadores de Atenas era muy apreciada.


Tal vez los sucesores de Clístenes no sabían con exactitud lo que, en el llamado equilibrio de fuerzas mundiales, representaba Darío. Y de todos modos, tampoco tuvieron una idea exacta de la importancia histórica que entrañaba la decisión de atajarle el paso. Tan sólo hoy, ante los hechos consumados, podemos decir que gracias a aquello  fue  posible el  nacimiento de Europa. Si Darío hubiese pasado entonces, el Occidente se habría quedado como tributario del Oriente quién sabe durante cuántos siglos y con qué consecuencias. Pero de momento es lícito pensar que los atenienses fueron tentados solamente por la idea de contribuir al rescate de algunas ciudades que constituían sus Trento y Triste. Y fue tal vez con cierta ligereza que decidieron enviar allí a una pequeña flota de veinte naves en ayuda de los insurgentes.


Acabó mal porque, en la flota de  la  liga  jónica  que se formó para la ocasión, el contingente de Samos desertó en el momento de la batalla que se libró en aguas de Lade y que significó para los griegos una derrota colosal. Los persas reconquistaron Mileto, mataron a todos sus habitantes varones y redujeron las islas jónicas a tales condiciones que no volvieron a recobrarse nunca más. Y, con gran alegría de Hipias, declararon la guerra a Atenas.

( Indro Montanelli )