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domingo, 22 de octubre de 2017

LOS ANTECESORES DE DIOCLECIANO Y LA TETRARQUÍA

ALEJANDRO SEVERO


La anarquía que siguió a la muerte de Alejandro Severo duró cincuenta años, o sea hasta el advenimiento de Diocleciano, y ya no formaba parte de la historia de Roma, sino de la descomposición de su cadáver. Resulta incluso difícil seguir la sucesión al trono, y no cabe la esperanza de que el lector, por mucha voluntad que ponga, pueda recordar los nombres de todos los que se fueron turnado, cada uno degollando regularmente a su predecesor. Limitémonos a un «memorial».

MAXIMINO

Maximino debía haberse llamado Maximión porque medía más de dos metros, con su tórax a proporción y dedos tan gruesos que usaba por anillos los brazaletes de su mujer. Era hijo de un campesino de Tracia, tenía el complejo de inferioridad de su propia ignorancia y en sus tres años de reinado no quiso poner el pie en Roma que, en efecto, jamás le vio. Prefirió quedarse entre los soldados con los que había crecido, y para financiar las guerras, que constituían su única diversión y en las que alcanzaba bonísimos logros, impuso tales tributos a los ricos que éstos atizaron contra él la rivalidad de Gordiano, procónsul de África, señor culto y refinado, pero ya octogenario. Maximino le mató al hijo en combate y Gordiano se suicidó.

GORDIANO

Los capitalistas se dirigieron entonces a Máximo y a Balbino, proclamándoles conjuntamente emperadores. Maximino estaba a punto de derrotarles a ambos, cuando fue asesinado por sus soldados. Sus adversarios no pudieron gozar de aquel triunfo gratuito porque sufrieron inmediatamente la misma suerte por obra de los pretorianos, que instalaron en el trono a su hombre, otro Gordiano. Los legionarios le mataron cuando les conducía contra los persas y aclamaron a Filipo el Árabe, que a su vez fue liquidado por Decio, en Verona.

DECIO

Decio logró ser emperador dos años, que por aquellos tiempos era casi una hazaña, y emprendió algunas reformas serias, entre ellas el restablecimiento de la antigua religión, en perjuicio del cristianismo que él quería destruir. Pero fue derrotado y muerto por los godos. A Decio le sustituyó Galo, que también murió asesinado por sus soldados, que aclamaron a Emiliano, a quien eliminaron pocos meses después.

EMPERADOR EMILIANO

Subió al trono Valeriano, ya sesentón, que se encontró con cinco guerras simultáneas a cuestas: contra los godos, los alemanes, los francos, los escitas y los persas. Fue a combatir a los enemigos de Oriente dejando los de Occidente al cuidado de su hijo Galieno; pero cayó prisionero y Galieno se quedó como único emperador. Tenía menos de cuarenta años, valor, decisión e inteligencia. En otros tiempos hubiera sido un magnífico soberano. Pero no existía ya fuerza humana para detener la catástrofe. Los persas estaban en Siria, los escitas en Asia Menor y los godos en Dalmacia. La Roma de César, por no decir la de Escipión, hubiera podido hacer frente a esas catástrofes simultáneas. La de Galieno era una embarcación a la deriva, en espera sólo de algún milagro para salvarse.

GALIENO

Uno se produjo en Oriente, cuando Odenato, que gobernaba Palmira por cuenta de Roma, batió a los persas, se proclamó rey de Cicilia, Armenia y Capadocia, murió, y dejó el poder a Zenobia, la más grande reina del Este. Era una criatura que, al nacer, se equivocó de sexo. En realidad tenía el cerebro, el valor y la firmeza de un hombre. De mujer sólo tenía la sutileza diplomática. Oficialmente actuó en nombre de Roma, y como representante suya se anexionó también a Egipto. En realidad, el suyo fue un reinado independiente que se formó en el corazón del Imperio, pero que al mismo tiempo actuó de dique contra los invasores sármatas y escitas que descendían en masa del Norte y habían invadido ya a Grecia. Galieno logró batirles con dificultad y sus soldados, en agradecimiento le asesinaron. Su sucesor, Claudio II, se los volvió a encontrar delante más fuertes que antes. También logró batirles dificultosamente en un encuentro que, si lo hubiese perdido, habría significado el fin de la misma Roma. De aquella carnicería se propagó la peste, y él mismo murió. Era el 270 después de Jesucristo.

ZENOBIA

Y he aquí, finalmente, que subió al trono un gran general. Domicio Aurelio, hijo de un pobre campesino de Iliria, llamado por sus soldados «mano sobre la espada». No había sido más que militar, pero tenía también fuste de hombre de Estado. Comprendió en seguida que no podía combatir contra todos aquellos enemigos, por lo que pensó ganarse alguno con diplomacia y cedió Dacia a los godos, que eran los más peligrosos, para que se estuvieran tranquilos. Después atacó separadamente a vándalos y germanos, que ya invadían Italia, y les dispersó en tres batallas consecutivas. Pero se daba cuenta de que con aquellas victorias no se evitaba la catástrofe, sino que sólo se retrasaba, por lo que recurrió a una medida que era el sello de la muerte de Roma y el comienzo del Medievo; ordenó a todas las ciudades del Imperio que se amurallasen y que en adelante cada una confiase en sus propias fuerzas. El poder central abdicaba.

AURELIANO

Sin embargo, esa visión pesimista de la realidad no impidió a Aureliano continuar cumpliendo con su deber hasta el final. No aceptó el separatismo de Zenobia, marchó contra ella, batió a su ejército, la capturó en su misma capital, condenó a muerte al primer ministro y consejero, Longino, la llevó encadenada a Roma y la confinó en Tívoli, en una espléndida villa y en relativa libertad, a que esperara tranquilamente la vejez. Por un momento Roma creyó haber vuelto a ser caput mundi y otorgó el título de Restitutor, restaurador, a Aureliano, que intentó cimentar firmemente su obra sobre bases políticas y morales. Aquel hombre singular que lo veía todo con tan desencantada claridad, creyó resolver el conflicto religioso que corroía el Imperio creando una nueva fe que conciliase los viejos dioses paganos con el nuevo Dios cristiano, e inventó la del Sol, al que hizo elevar un espléndido templo. Con él, la religión fue por vez primera monoteísta, o sea que reconoció a un solo Dios, si bien no fuese el verdadero. Ello significó un gran paso adelante hacia el definitivo triunfo del cristianismo. Por aquel dios único, y no ya del Senado, es decir, de los hombres, Aureliano declaró haber sido investido del poder supremo. Y con ello sancionó el principio de la monarquía absoluta, la que se proclama tal precisamente «por la gracia de Dios» y que, de origen oriental, se difundió después por el mundo.


En prueba, sin embargo, del escepticismo con que sus súbditos acogieron aquella invención está el hecho de que, aunque «ungido del Señor», se cargaron a Aureliano como habían hecho con casi todos sus predecesores. Y para sucederle, sin aguantar ninguna indicación del Cielo, el Senado nombró a Tácito, un descendiente del ilustre historiador, el cual aceptó sólo porque ya tenía setenta y cinco años, y, por tanto, no tenía nada que perder. Efectivamente sobrevivió sólo seis meses, y gracias a esto pudo morir en su lecho.

TÁCITO

Le sucedió (276 después de Jesucristo), Probo, que era tal de nombre y de hechos. Desgraciadamente, era también un soñador. Y cuando, tras haber ganado sus buenas guerras contra los alemanes que seguían desbordándose un poco por todas partes, puso los soldados a sanear las tierras pensando fijarlas en ellas como labradores, ellos, acostumbrados ya a hacer de lansquenete de oficio y a vivir de rapiñas, le mataron, aunque se arrepintieron inmediatamente después y erigieron un monumento a su memoria.

PROBO

Y hétenos aquí a Diocleciano, el último verdadero emperador romano. En realidad se llamaba Diocletes, era hijo de un liberto dálmata, y que sus miras eran ambiciosas se puso de manifiesto cuando intrigó para obtener el mando de los pretorianos: había comprendido finalmente que al trono no se llegaba a través de la carrera política y militar, sino a través de los pasillos de Palacio.

DIOCLECIANO

Pero también había comprendido que, una vez coronado, y para no tener el fin de todos los otros emperadores, no debía quedarse en Palacio; es más, no se debía siquiera permanecer en Roma. Y, efectivamente, su primera decisión como emperador fue la sensacional de transferir la capital a Asia Menor, en Nicomedia. Los romanos se ofendieron, pero Diocleciano justificó aquel paso con las exigencias militares. La Urbe quedaba a trasmano, el mando supremo tenía que acercarse a las fronteras para controlarlas mejor, y por esto fue dividido: Diocieciano, con su título de Augusto y la mayor parte del ejército, cuidó de las orientales, como ya hiciera Valeriano; para atender a las occidentales designó, también con el título de Augusto, a Maximiano, un buen general, que sé instaló en Milán. Cada uno de estos Augustos escogió a su propio César; Diocieciano, en la persona de Galerio, que situó su capital en Mitrovitza, en la actual Yugoslavia; Maximiano, en la persona de Constancio Cloro, llamado así por la palidez de su rostro, quien eligió por sede Tréveris, en Germania. Así se formó la llamada Tetrarquía en la que Roma no tuvo ningún papel, ni siquiera de segundo plano. Se había convertido tan sólo en la mayor ciudad de un Imperio que cada vez se volvía menos romano. Quedaron los teatros y los circos, los palacios de los señores, la chismografía, los salones intelectuales y las pretensiones. Pero el cerebro y el corazón habían emigrado a otra parte.

MAXIMIANO

Los dos Augustos se comprometieron solamente a abdicar después de veinte años de poder, cada uno a favor de su César, a quien para empezar cada uno dio una hija propia. Pero al mismo tiempo, Diocieciano llevó a término la reforma absolutista del Estado iniciada ya por Aureliano, que contradecía plenamente aquella división de poderes. El suyo fue un experimento socialista con una relativa planificación de la economía, nacionalización de las industrias y multiplicación de la burocracia. La moneda quedó vinculada a una tasa de oro que permaneció invariable durante más de mil años. Los campesinos quedaron fijados en las tierras y constituyeron la «servidumbre de la gleba». Obreros y artesanos fueron «congelados» en gremios hereditarios, que nadie tenía derecho a abandonar. Se instituyeron las «aglomeraciones». Aquel sistema no podía funcionar sin un severo control de los precios, que fue instituido por un famoso edicto en 301 después de Jesucristo, el cual representa todavía una de las obras maestras de la economía dirigida. Todo en él está previsto y reglamentado, salvo la natural tendencia de los hombres a las evasiones y su ingeniosidad para tener éxito en ellas. Para combatirlas, Diocleciano tuvo que multiplicar al infinito su Tributaria. «En nuestro Imperio —rezongaba el librecambista Lactancio—, de cada dos ciudadanos, uno suele ser funcionario.» Pululaban confidentes, superintendentes e inspectores. Sin embargo, las mercancías eran sustraídas igualmente de los «stocks» y vendidas de estraperlo, y las deserciones en los gremios de artes y oficios estaban a la orden del día. A causa de todos estos abusos llovieron detenciones y condenas, y fortunas de miles de millones fueron deshechas por las multas del fisco. Y, entonces, por primera vez en la historia de la Urbe, viéronse ciudadanos romanos cruzar a escondidas los «límites» del Imperio, o sea «el telón de acero» de aquellos tiempos, para buscar refugio entre los «bárbaros». Hasta aquel momento habían sido los «bárbaros» quienes buscaron refugio en tierras del Imperio, cuya ciudadanía codiciaban como el más precioso de los bienes. Ahora acontecía lo contrario. Era precisamente ése el síntoma del fin.


No obstante, aquel experimento era el único que Diocleciano podía intentar. Apuntaba al encierro del mundo romano dentro de un corsé de acero para frenar su descomposición. Aunque ineficaz, el remedio estaba impuesto por las circunstancias y, pese a sus muchos inconvenientes, de algo sirvió. Constancio y Galerio, dedicados a la guerra, llevaron de nuevo las banderas romanas a Britania y Persia. Y en el interior reinó el orden. Era un orden de cementerio, donde todo se esterilizaba y se secaba. Cada categoría se había convertido en casta hereditaria, ocupada en elaborar ante todo una propia y complicada etiqueta de modelo oriental. 

LOS CUATRO TETRARCAS

Por primera vez el emperador tuvo una autentica corte con minucioso ceremonial. Diocleciano se proclamó reencarnación de Júpiter (en tanto que Maximiano se conformó, más modestamente, con serlo de Hércules), inauguró un uniforme de seda y oro, un poco como Heliogábalo, se hizo llamar domino y, en suma, se comportó en un todo como un emperador bizantino, aun antes de que la capital hubiese sido transferida definitivamente a aquellas regiones. Pero no abusó de ese su poder absoluto, del cual tal vez se reía para sus adentros, pues era un hombre de ingenio, lleno de equilibrio y de buen sentido. Fue un administrador cauto y un juez imparcial. Y, al cumplirse el plazo de veinte años de reinado, mantuvo el compromiso adquirido al subir al trono.


En 305 después de Jesucristo, con solemnes ceremonias que se celebraron simultáneamente en Nicomedia y en Milán, los dos Augustos abdicaron a favor de su propio César y yerno. Diocleciano, de cincuenta y cinco años apenas, se retiró al bellísimo palacio que se hiciera construir en Spalato y ya no volvió a salir de él. Cuando, unos años después, Maximiano solicitó su intervención para poner fin a la guerra de sucesión en que había desembocado la nueva Tetrarquía, respondió que semejante invitación sólo podía llegarle de quien jamás había visto con qué lozanía crecían las coles en su huerto. Y no se movió.


Alcanzó los sesenta y tres años, y nadie ha sabido jamás lo que pensaba de la anarquía que empezó de nuevo después de él. Había hecho todo lo que un hombre podía hacer: la demoró durante veinte años.








domingo, 18 de junio de 2017

GALERIA DE EMPERADORES EFÍMEROS, TETRARQUÍA, Y EL EXPERIMENTO SOCIAL DE DIOCLECIANO



La anarquía que siguió a la muerte de Alejandro Severo duró cincuenta años, o sea hasta el advenimiento de Diocleciano, y ya no formaba parte de la historia de Roma, sino de la descomposición de su cadáver. Resulta incluso difícil seguir la sucesión al trono, y no cabe la esperanza de que el lector, por mucha voluntad que ponga, pueda recordar los nombres de todos los que se fueron turnado, cada uno degollando regularmente a su predecesor. Limitémonos a un «memorial».

MAXIMINO EL TRACIO

Maximino debía haberse llamado Maximión porque medía más de dos metros, con su tórax a proporción y dedos tan gruesos que usaba por anillos los brazaletes de su mujer. Era hijo de un campesino de Tracia, tenía el complejo de inferioridad de su propia ignorancia y en sus tres años de remado no quiso poner el pie en Roma que, en efecto, jamás le vio. Prefirió quedarse entre los soldados con los que había crecido, y para financiar las guerras, que constituían su única diversión y en las que alcanzaba bonísimos logros, impuso tales tributos a los ricos que éstos atizaron contra él la rivalidad de Gordiano, procónsul de África, señor culto y refinado, pero ya octogenario. Maximino le mató al hijo en combate y Gordiano se suicidó.

BALBINO

Los capitalistas se dirigieron entonces a Máximo y a Balbino, proclamándoles conjuntamente emperadores. Maximino estaba a punto de derrotarles a ambos, cuando fue asesinado por sus soldados. Sus adversarios no pudieron gozar de aquel triunfo gratuito porque sufrieron inmediatamente la misma suerte por obra de los pretorianos, que instalaron en el trono a su hombre, otro Gordiano. Los legionarios le mataron cuando les conducía contra los persas y aclamaron a Filipo el Árabe, que a su vez fue liquidado por Decio, en Verona.

FILIPO EL ÁRABE

Decio logró ser emperador dos años, que por aquellos tiempos era casi una hazaña, y emprendió algunas reformas serias, entre ellas el restablecimiento de la antigua religión, en perjuicio del cristianismo que él quería destruir. Pero fue derrotado y muerto por los godos. A Decio le sustituyó Galo, que también murió asesinado por sus soldados, que aclamaron a Emiliano, a quien eliminaron pocos meses después.

DECIO

Subió al trono Valeriano, ya sesentón, que se encontró con cinco guerras simultáneas a cuestas: contra los godos, los alemanes, los francos, los escitas y los persas. Fue a combatir a los enemigos de Oriente dejando los de Occidente al cuidado de su hijo Galieno; pero cayó prisionero y Galieno se quedó como único emperador. Tenía menos de cuarenta años, valor, decisión e inteligencia. En otros tiempos hubiera sido un magnífico soberano. Pero no existía ya fuerza humana para detener la catástrofe. Los persas estaban en Siria, los escitas en Asia Menor y los godos en Dalmacia. La Roma de César, por no decir la de Escipión, hubiera podido hacer frente a esas catástrofes simultáneas. La de Galieno era una embarcación a la deriva, en espera sólo de algún milagro para salvarse.

GALIENO

Uno se produjo en Oriente, cuando Odenato, que gobernaba Palmira por cuenta de Roma, batió a los persas, se proclamó rey de Cicilia, Armenia y Capadocia, murió, y dejó el poder a Zenobia, la más grande reina del Este. Era una criatura que, al nacer, se equivocó de sexo. En realidad tenía el cerebro, el valor y la firmeza de un hombre. De mujer sólo tenía la sutileza diplomática. Oficialmente actuó en nombre de Roma, y como representante suya se anexionó también a Egipto. En realidad, el suyo fue un reinado independiente que se formó en el corazón del Imperio, pero que al mismo tiempo actuó de dique contra los invasores sármatas y escitas que descendían en masa del Norte y habían invadido ya a Grecia. Galieno logró batirles con dificultad y sus soldados, en agradecimiento le asesinaron. Su sucesor, Claudio II, se los volvió a encontrar delante más fuertes que antes. También logró batirles dificultosamente en un encuentro que, si lo hubiese perdido, habría significado el fin de la misma Roma. De aquella carnicería se propagó la peste, y él mismo murió. Era el 270 después de Jesucristo.

ZENOBIA

Y he aquí, finalmente, que subió al trono un gran general. Domicio Aurelio, hijo de un pobre campesino de Iliria, llamado por sus soldados «mano sobre la espada». No había sido más que militar, pero tenía también fuste de hombre de Estado. Comprendió en seguida que no podía combatir contra todos aquellos enemigos, por lo que pensó ganarse alguno con diplomacia y cedió Dacia a los godos, que eran los más peligrosos, para que se estuvieran tranquilos. Después atacó separadamente a vándalos y germanos, que ya invadían Italia, y les dispersó en tres batallas consecutivas. Pero se daba cuenta de que con aquellas victorias no se evitaba la catástrofe, sino que sólo se retrasaba, por lo que recurrió a una medida que era el sello de la muerte de Roma y el comienzo del Medievo; ordenó a todas las ciudades del Imperio que se amurallasen y que en adelante cada una confiase en sus propias fuerzas. El poder central abdicaba.

DOMICIO AURELIANO

Sin embargo, esa visión pesimista de la realidad no impidió a Aureliano continuar cumpliendo con su deber hasta el final. No aceptó el separatismo de Zenobia, marchó contra ella, batió a su ejército, la capturó en su misma capital, condenó a muerte al primer ministro y consejero, Longino, la llevó encadenada a Roma y la confinó en Tívoli, en una espléndida villa y en relativa libertad, a que esperara tranquilamente la vejez. Por un momento Roma creyó haber vuelto a ser caput mundi y otorgó el título de Restitutor, restaurador, a Aureliano, que intentó cimentar firmemente su obra sobre bases políticas y morales. Aquel hombre singular que lo veía todo con tan desencantada claridad, creyó resolver el conflicto religioso que corroía el Imperio creando una nueva fe que conciliase los viejos dioses paganos con el nuevo Dios cristiano, e inventó la del Sol, al que hizo elevar un espléndido templo. Con él, la religión fue por vez primera monoteísta, o sea que reconoció a un solo Dios, si bien no fuese el verdadero. Ello significó un gran paso adelante hacia el definitivo triunfo del cristianismo. Por aquel dios único, y no ya del Senado, es decir, de los hombres, Aureliano declaró haber sido investido del poder supremo. Y con ello sancionó el principio de la monarquía absoluta, la que se proclama tal precisamente «por la gracia de Dios» y que, de origen oriental, se difundió después por el mundo.

ZENOBIA DE PALMIRA

En prueba, sin embargo, del escepticismo con que sus súbditos acogieron aquella invención está el hecho de que, aunque «ungido del Señor», se cargaron a Aureliano como habían hecho con casi todos sus predecesores. Y para sucederle, sin aguantar ninguna indicación del Cielo, el Senado nombró a Tácito, un descendiente del ilustre historiador, el cual aceptó sólo porque ya tenía setenta y cinco años, y, por tanto, no tenía nada que perder. Efectivamente sobrevivió sólo seis meses, y gracias a esto pudo morir en su lecho.

ASESINATO DE AURELIANO

Le sucedió (276 después de Jesucristo), Probo, que era tal de nombre y de hechos. Desgraciadamente, era también un soñador. Y cuando, tras haber ganado sus buenas guerras contra los alemanes que seguían desbordándose un poco por todas partes, puso los soldados a sanear las tierras pensando fijarlas en ellas como labradores, ellos, acostumbrados ya a hacer de lansquenete de oficio y a vivir de rapiñas, le mataron, aunque se arrepintieron inmediatamente después y erigieron un monumento a su memoria.

PROBO

Y hétenos aquí a Diocleciano, el último verdadero emperador romano. En realidad se llamaba Diocletes, era hijo de un liberto dálmata, y que sus miras eran ambiciosas se puso de manifiesto cuando intrigó para obtener el mando de los pretorianos: había comprendido finalmente que al trono no se llegaba a través de la carrera política y militar, sino a través de los pasillos de Palacio.

DIOCLECIANO

Pero también había comprendido que, una vez coronado, y para no tener el fin de todos los otros emperadores, no debía quedarse en Palacio; es más, no se debía siquiera permanecer en Roma. Y, efectivamente, su primera decisión como emperador fue la sensacional de transferir la capital a Asia Menor, en Nicomedia. Los romanos se ofendieron, pero Diocleciano justificó aquel paso con las exigencias militares. La Urbe quedaba a trasmano, el mando supremo tenía que acercarse a las fronteras para controlarlas mejor, y por esto fue dividido: Diocieciano, con su título de Augusto y la mayor parte del ejército, cuidó de las orientales, como ya hiciera Valeriano; para atender a las occidentales designó, también con el título de Augusto, a Maximiano, un buen general, que sé instaló en Milán. Cada uno de estos Augustos escogió a su propio César; Diocieciano, en la persona de Galerio, que situó su capital en Mitrovitza, en la actual Yugoslavia; Maximiano, en la persona de Constancio Cloro, llamado así por la palidez de su rostro, quien eligió por sede Tréveris, en Germania. Así se formó la llamada Tetrarquía en la que Roma no tuvo ningún papel, ni siquiera de segundo plano. Se había convertido tan sólo en la mayor ciudad de un Imperio que cada vez se volvía menos romano. Quedaron los teatros y los circos, los palacios de los señores, la chismografía, los salones intelectuales y las pretensiones. Pero el cerebro y el corazón habían emigrado a otra parte.

CONSTANCIO CLORO

Los dos Augustos se comprometieron solamente a abdicar después de veinte años de poder, cada uno a favor de su César, a quien para empezar cada uno dio una hija propia. Pero al mismo tiempo, Diocieciano llevó a término la reforma absolutista del Estado iniciada ya por Aureliano, que contradecía plenamente aquella división de poderes. El suyo fue un experimento socialista con una relativa planificación de la economía, nacionalización de las industrias y multiplicación de la burocracia. La moneda quedó vinculada a una tasa de oro que permaneció invariable durante más de mil años. Los campesinos quedaron fijados en las tierras y constituyeron la «servidumbre de la gleba». Obreros y artesanos fueron «congelados» en gremios hereditarios, que nadie tenía derecho a abandonar. Se instituyeron las «aglomeraciones». Aquel sistema no podía funcionar sin un severo control de los precios, que fue instituido por un famoso edicto en 301 después de Jesucristo, el cual representa todavía una de las obras maestras de la economía dirigida. Todo en él está previsto y reglamentado, salvo la natural tendencia de los hombres a las evasiones y su ingeniosidad para tener éxito en ellas. Para combatirlas, Diocleciano tuvo que multiplicar al infinito su Tributaria. «En nuestro Imperio —rezongaba el librecambista Lactancio—, de cada dos ciudadanos, uno suele ser funcionario.» Pululaban confindentes, superintendentes e inspectores. Sin embargo, las mercancías eran sustraídas igualmente de los «stocks» y vendidas de estraperto, y las deserciones en los gremios de artes y oficios estaban a la orden del día. A causa de todos estos abusos llovieron detenciones y condenas, y fortunas de miles de millones fueron deshechas por las multas del fisco. Y, entonces, por primera vez en la historia de la Urbe, viéronse ciudadanos romanos cruzar a escondidas los «límites» del Imperio, o sea «el telón de acero» de aquellos tiempos, para buscar refugio entre los «bárbaros». Hasta aquel momento habían sido los «bárbaros» quienes buscaron refugio en tierras del Imperio, cuya ciudadanía codiciaban como el más precioso de los bienes. Ahora acontecía lo contrario. Era precisamente ése el síntoma del fin.

LACTANCIO

No obstante, aquel experimento era el único que Diocleciano podía intentar. Apuntaba al encierro del mundo romano dentro de un corsé de acero para frenar su descomposición. Aunque ineficaz, el remedio estaba impuesto por las circunstancias y, pese a sus muchos inconvenientes, de algo sirvió. Constancio y Galerio, dedicados a la guerra, llevaron de nuevo las banderas romanas a Britania y Persia. Y en el interior reinó el orden. Era un orden de cementerio, donde todo se esterilizaba y se secaba. Cada categoría se había convertido en casta hereditaria, ocupada en elaborar ante todo una propia y complicada etiqueta de modelo oriental. Por primera vez el emperador tuvo una autentica corte con minucioso ceremonial. Diocleciano se proclamó reencarnación de Júpiter (en tanto que Maximiano se conformó, más modestamente, con serlo de Hércules), inauguró un uniforme de seda y oro, un poco como Heliogábalo, se hizo llamar domino y, en suma, se comportó en un todo como un emperador bizantino, aun antes de que la capital hubiese sido transferida definitivamente a aquellas regiones. Pero no abusó de ese su poder absoluto, del cual tal vez se reía para sus adentros, pues era un hombre de ingenio, lleno de equilibrio y de buen sentido. Fue un administrador cauto y un juez imparcial. Y, al cumplirse el plazo de veinte años de reinado, mantuvo el compromiso adquirido al subir al trono.


En 305 después de Jesucristo, con solemnes ceremonias que se celebraron simultáneamente en Nicomedia y en Milán, los dos Augustos abdicaron a favor de su propio César y yerno. Diocleciano, de cincuenta y cinco años apenas, se retiró al bellísimo palacio que se hiciera construir en Spalato y ya no volvió a salir de él. Cuando, unos años después, Maximiano solicitó su intervención para poner fin a la guerra de sucesión en que había desembocado la nueva Tetrarquía, respondió que semejante invitación sólo podía llegarle de quien jamás había visto con qué lozanía crecían las coles en su huerto. Y no se movió.


Alcanzó los sesenta y tres años, y nadie ha sabido jamás lo que pensaba de la anarquía que empezó de nuevo después de él. Había hecho todo lo que un hombre podía hacer: la demoró durante veinte años.




domingo, 14 de junio de 2015

EL EMPERADOR SALONINO


Salonino (Publius Licinius Cornelius Saloninus) fue hijo del emperador romano Galieno y su esposa Salonina y nieto del emperador Valeriano. Su padre le nombró César y junto con unos generales le encomendó la defensa de la frontera del Rin contra los ataques de las tribus germánicas.No consiguió cumplir con su tarea.

La derrota y asesinato de su abuelo Valeriano y la rebelión occidental contra su padre fueron la causa de su final. Tras un levantamiento de Póstumo, uno de sus generales, fue muerto por éste en Colonia en mayo/junio de 259 u otoño de 260.




miércoles, 10 de junio de 2015

EL EMPERADOR CLAUDIO II EL GÓTICO




Claudio II el Gótico (214-270), emperador romano (268-270). 



Nacido en el seno de una destacada familia de Iliria, su nombre completo era Marco Aurelio Claudio Augusto.




 Fue uno de los oficiales del Ejército romano que dirigió las fuerzas del imperio en la frontera de Iliria durante el reinado de los emperadores Decio, Valeriano y Galieno. 



Al morir este último en el 268, Claudio fue proclamado emperador por sus soldados. 




Su corto reinado, truncado con su muerte debido a la peste, estuvo marcado por el éxito de las campañas militares contra dos tribus germanas, los alamanes y los godos, que amenazaban las provincias romanas.




 Fue en reconocimiento de su victoria sobre los godos por lo que llegó a ser conocido como el Gótico.


EL BOTÍN DE NAISSO






EL EMPERADOR VALERIANO, EL EMPERADOR ROMANO QUE GOBERNÓ EN TIEMPOS DE CRISIS




Publio Licinio Valeriano (fallecido hacia el 260 d.C.), emperador romano (253-260). 

Introducción:

La historia del Imperio Romano está llena de intrigas, conquistas y personajes fascinantes que marcaron la evolución de una de las civilizaciones más influyentes de la historia. Entre ellos se encuentra Valeriano, un emperador que gobernó en una época de crisis y desafíos para Roma. En este artículo, exploraremos la vida y el legado de Valeriano, destacando su gobierno, sus logros y las dificultades a las que se enfrentó durante su reinado, con el objetivo de brindar una visión completa de su papel en la historia romana, para que los estudiantes de secundaria puedan comprender mejor este periodo clave de la antigua Roma.

 

Contexto histórico:

Valeriano nació en el año 193 d.C. en una familia noble romana y ascendió al trono en el año 253 d.C., convirtiéndose en el emperador número 30 de Roma. Su gobierno tuvo lugar en un momento de crisis en el Imperio Romano, con desafíos internos y externos que amenazaban la estabilidad del imperio. En ese momento, el imperio enfrentaba invasiones bárbaras, crisis económicas, presiones militares y conflictos religiosos, lo que hacía que su gobierno fuera especialmente difícil.




Después del asesinato de Cayo Vibio Treboniano Galo y la muerte del rival de éste, el gobernador de Mesia y también emperador Emiliano, las tropas de aquél le proclamaron emperador en el 253. 
Nombró ese mismo año a su hijo Galieno su corregente, asociándole al poder y confiriéndole por tanto el título de augusto. 

Gobierno y logros:

Valeriano asumió el trono en un momento crítico y tomó una serie de medidas para hacer frente a los desafíos que enfrentaba Roma. Una de sus primeras acciones fue nombrar a su hijo, Galieno, como co-emperador para compartir el poder y enfrentar las amenazas del exterior. Valeriano también buscó fortalecer la economía romana, promoviendo reformas fiscales y protegiendo los intereses comerciales del imperio.

 

Además, Valeriano llevó a cabo campañas militares para hacer frente a las incursiones bárbaras en las fronteras del imperio. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, Valeriano no logró frenar las invasiones y sufrió varias derrotas militares, lo que debilitó aún más la situación de Roma.

 

Valeriano también fue conocido por su política religiosa. Durante su gobierno, se mostró intolerante hacia el cristianismo, persiguiendo a los cristianos y llevando a cabo persecuciones en su contra. Sin embargo, esta política no tuvo el efecto deseado y en lugar de debilitar al cristianismo, contribuyó a su expansión, lo que muestra que el gobierno de Valeriano enfrentó desafíos tanto internos como externos.








Valeriano fue un dirigente hábil, pero a lo largo de su reinado ejércitos invasores amenazaron todas las fronteras del Imperio. 



Dificultades y caída:

A pesar de sus esfuerzos, Valeriano enfrentó numerosos desafíos durante su gobierno. Las invasiones bárbaras continuaron amenazando las fronteras romanas, lo que debilitó la autoridad del imperio en las provincias periféricas. Además, las crisis económicas y los conflictos religiosos debilitaron aún más la estabilidad interna de Roma.

 

En el año 260 d.C., Valeriano sufrió una de las derrotas más humillantes de su gobierno cuando fue capturado por el rey sasánida Shapur I durante

 

la guerra contra el Imperio sasánida. Valeriano se convirtió en el primer emperador romano capturado en el campo de batalla por una potencia extranjera, lo que representó una enorme vergüenza para Roma y debilitó aún más la posición de Valeriano en el poder.

 

La captura de Valeriano por parte de los sasánidas tuvo un impacto significativo en la política y la estabilidad del Imperio Romano. Aunque su hijo Galieno asumió el trono como único emperador, el gobierno de Valeriano ya estaba seriamente debilitado. Las provincias del imperio se volvieron más independientes y la situación interna se volvió más caótica.




Conclusión:

Valeriano fue un emperador romano que gobernó en un momento de crisis y desafíos para Roma. Aunque tomó medidas para enfrentar los problemas económicos, militares y religiosos, su gobierno se vio debilitado por las invasiones bárbaras, la captura por parte de los sasánidas y la inestabilidad interna. A pesar de sus esfuerzos, su gobierno no logró superar los desafíos a los que se enfrentaba el imperio en ese momento.

 

El reinado de Valeriano es un ejemplo de cómo la historia romana está llena de períodos de cambio y desafíos, y cómo incluso los líderes más poderosos pueden enfrentarse a dificultades insuperables. El estudio de figuras como Valeriano puede ayudar a los estudiantes de secundaria a comprender mejor los altibajos de la historia y cómo los acontecimientos políticos, militares y sociales pueden influir en el destino de una civilización. La historia de Valeriano también resalta la importancia de la estabilidad interna y externa en la gobernabilidad de un imperio y cómo los líderes deben enfrentar los desafíos con estrategias efectivas para mantener el orden y la prosperidad en su reino.





Para profundizar aún más en el tema, es interesante destacar algunos aspectos adicionales sobre el emperador Valeriano:

 

Política religiosa: Durante su reinado, Valeriano implementó una política religiosa que buscaba frenar el crecimiento del cristianismo en el Imperio Romano. Emitió edictos que prohibían el culto cristiano y perseguía a los líderes y seguidores de esta fe. Sin embargo, esta política represiva no logró erradicar el cristianismo, y en algunos casos incluso fortaleció la resistencia y la identidad cristiana.

 


TREBISONDA ASALTADA POR LOS GODOS

Legado arquitectónico: Aunque su reinado fue breve y tumultuoso, Valeriano dejó un legado arquitectónico significativo. Se le atribuyen algunas obras de infraestructura en la ciudad de Roma, como la construcción de un acueducto llamado Aqua Virgo, que aún hoy en día suministra agua a fuentes y monumentos de la ciudad.

 

Relaciones con el Senado: Valeriano mantuvo una relación tensa con el Senado romano durante su gobierno. Sus políticas autoritarias y su enfoque militarista lo llevaron a concentrar más poder en sus manos, lo que generó conflictos con la aristocracia senatorial. Sin embargo, Valeriano también buscó el apoyo del Senado y nombró a su hijo Galieno como cónsul, lo que muestra que intentó equilibrar las tensiones políticas.




Legado histórico: A pesar de los desafíos y fracasos en su gobierno, la figura de Valeriano ha sido objeto de estudio e interpretación a lo largo de la historia. Algunos lo ven como un líder que intentó abordar los problemas del imperio pero se enfrentó a desafíos insuperables, mientras que otros lo ven como un emperador débil y desafortunado. El estudio de su gobierno y su captura por parte de los sasánidas ofrece una visión interesante de la complejidad y la fragilidad del poder en la antigüedad, así como de los desafíos políticos, militares y sociales que enfrentaban los gobernantes romanos en ese período.



 

En resumen, Valeriano fue un emperador romano que gobernó en un momento de crisis y desafíos para el Imperio Romano. Aunque tomó medidas para abordar los problemas económicos, militares y religiosos, su gobierno enfrentó una serie de dificultades, incluyendo invasiones bárbaras, la captura por parte de los sasánidas y la inestabilidad interna. Sin embargo, su legado arquitectónico y su papel en la política religiosa y las relaciones con el Senado son aspectos interesantes para entender su reinado. El estudio de la historia de Valeriano puede brindar a los estudiantes de secundaria una visión más completa del contexto histórico y los desafíos a los que se enfrentaba el Imperio Romano en ese período.



PERSECUCIÓN DE LOS CRISTIANOS POR VALERIANO


SAPUR I, con los emperadores romanos Valeriano
y Filipo el Arabe arrodillados ante él.




Valeriano, también conocido como Publio Licinio Valeriano, fue un emperador romano que gobernó desde el año 253 hasta el 260 d.C. Durante su mandato, tuvo varias frases destacadas que reflejaron su visión y políticas. Algunas de las frases más destacadas del emperador romano Valeriano son:

"El deber del emperador es proteger y preservar el Imperio Romano". Valeriano creía firmemente en la responsabilidad del emperador de salvaguardar y mantener el imperio, y esta frase refleja su compromiso con la protección y la defensa del estado romano.

"La virtud y la moral son fundamentales para la estabilidad del imperio". Valeriano abogaba por la importancia de la virtud y la moral en la vida pública y privada, considerándolas como elementos esenciales para mantener la estabilidad y la prosperidad del imperio.

"La sabiduría y el consejo son la clave para un buen gobierno". Valeriano valoraba la sabiduría y la prudencia en la toma de decisiones gubernamentales. Esta frase destaca su creencia en la importancia de buscar consejo y utilizar la sabiduría en la gobernanza del imperio.

"El respeto a las tradiciones y costumbres romanas es crucial para la unidad del imperio". Valeriano reconocía la importancia de las tradiciones y costumbres romanas como pilares fundamentales de la identidad y unidad del imperio. Esta frase destaca su enfoque en la preservación de la cultura romana.

"La justicia y la equidad deben prevalecer en todas las acciones del gobierno". Valeriano enfatizaba la importancia de la justicia y la equidad en el gobierno, promoviendo un trato justo y equitativo para todos los ciudadanos del imperio.

"La unidad y la cooperación son fundamentales para la fortaleza del imperio". Valeriano entendía la importancia de la unidad y la cooperación entre las diversas regiones y facciones del imperio romano para mantener su fortaleza y estabilidad.

"El deber del gobernante es trabajar en beneficio del pueblo romano". Valeriano creía que los líderes debían servir y trabajar en beneficio del pueblo romano, poniendo los intereses del imperio y sus ciudadanos por encima de sus propios intereses personales.

"La prudencia y la moderación son virtudes esenciales en el gobierno". Valeriano valoraba la prudencia y la moderación en la toma de decisiones gubernamentales, evitando acciones precipitadas y extremas que pudieran poner en peligro la estabilidad del imperio.

"La tolerancia religiosa y cultural promueve la armonía en el imperio". Valeriano abogaba por la tolerancia religiosa y cultural, reconociendo la diversidad de creencias y culturas dentro del imperio romano y promoviendo la armonía entre ellas.

"La disciplina y la organización son la base de un ejército fuerte". Valeriano comprendía la importancia de la disciplina y la organización en el ejército romano, considerándolas como elementos esenciales para mantener su fuerza y eficacia.

"El poder debe ser ejercido con justicia y sin abuso". Valeriano destacaba la importancia de gobernar con justicia y evitar el abuso de poder, demostrando su compromiso con el buen gobierno y la equidad en sus acciones.

"La educación y la cultura son pilares de una sociedad próspera". Valeriano reconocía la importancia de la educación y la cultura en la construcción de una sociedad próspera, promoviendo la difusión del conocimiento y el fomento de las artes y las letras en el imperio romano.

"La seguridad y la defensa del imperio son responsabilidades primordiales del emperador". Valeriano consideraba que la seguridad y la defensa del imperio eran tareas primordiales del emperador, mostrando su compromiso con la protección y preservación del territorio romano.

"El trabajo duro y la diligencia son fundamentales para el progreso y el desarrollo del imperio". Valeriano valoraba el trabajo duro y la diligencia en la construcción y desarrollo del imperio, promoviendo la laboriosidad como un valor importante para el progreso y la prosperidad del estado romano.

"La justicia social y el bienestar del pueblo son responsabilidades del gobierno". Valeriano entendía que el gobierno tenía la responsabilidad de garantizar la justicia social y el bienestar del pueblo romano, buscando promover políticas que beneficiaran a todos los ciudadanos del imperio.