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martes, 27 de diciembre de 2022

HERODES ANTIPAS

 



HERODES ANTIPAS, EL REY DE GALILEA QUE MATO A JUAN EL BAUTISTA Y RIDICULIZO A JESÚS, EL AGITADOR QUE SE HACIA LLAMAR "MESIAS" Y "REY DE LOS JUDIOS"



SU REINADO COINCIDIÓ CON LA VIDA DE JESÚS YA QUE EMPEZÓ A REINAR JUSTO CUANDO NACIÓ JESÚS Y TODAVÍA REINABA A SU MUERTE


Herodes Antipas o Herodes el Tetrarca (Judea, 20 a. C. – Lyon, 39) fue tetrarca de Perea y Galilea desde 4 a. C. hasta su muerte. Es célebre merced a los extractos del Nuevo Testamento que relatan su participación en los acontecimientos que desembocarían en las muertes de Juan Bautista y Jesús de Nazaret.


Hijo de Herodes I el Grande y de la samaritana Malthace y hermano de Herodes Arquelao. Fue criado en Roma junto con Arquelao y su hermano Herodes Filipo. A la muerte de su padre, Augusto le otorgó la tetrarquía de Galilea y Perea. Contrajo un escandaloso matrimonio con Herodías, esposa de su hermanastro Herodes Filipo. Para poder casarse con Herodías, repudió a su esposa legítima, hija de Aretas IV, rey de los nabateos (reino árabe con capital en Petra). Enfurecido, Aretas atacó a Herodes Antipas, y sólo la intervención del gobernador romano de Siria, Vitelio, evitó su derrota completa.


Herodes Antipas continuó la labor constructora de su padre. Fortificó Séforis, haciendo de ella su capital, hizo alzar la fortaleza de Bet-haram en Perea y más tarde la ciudad de Tiberíades (que bautizó en honor del emperador Tiberio), a orillas del lago Genesaret, a donde trasladó su capital (la ciudad dio su nombre al lago y fue durante mucho tiempo un gran centro cultural judío).


Al parecer por instigación de Herodías, acudió a Calígula, recién nombrado emperador, a reclamar la corona de Judea, en manos de su sobrino Agripa I. En respuesta, Agripa escribió al emperador Calígula, acusando a Herodes de haber concertado una alianza secreta con los partos contra Roma. Calígula entonces ordenó deportar a Herodes Antipas y su mujer, en 39, a Lugdunum (Lyon), donde Herodes murió ese mismo año.


Herodes Antipas aparece en el Nuevo Testamento como el responsable de la ejecución de Juan el Bautista, a instigación de su esposa Herodías (Marcos 6:17–29, Mateo 14:3–12). En el Evangelio de Lucas, Jesús se presenta ante él y sufre sus burlas (Lucas 23:6–12), en un encuentro que no relata ninguno de los otros evangelistas.

jueves, 13 de abril de 2017

JUDEA Y JESÚS DE NAZARET



 Entre los cristianos que Nerón hizo asesinar en el año 64 como responsables del incendio de Roma, estaba también su jefe: un tal Pedro, que, condenado a la crucifixión tras haber visto a su esposa encaminarse a la tortura, pidió ser colgado cabeza abajo porque no se atrevía a morir en la misma posición que murió su Señor, Jesucristo.




 El suplicio se verificó en el lugar donde ahora se levanta el gran templo que lleva el nombre del supliciado. Y los verdugos ni siquiera llegaron a sospechar que la tumba de su víctima serviría de fundamento a otro Imperio, espiritual, destinado a enterrar a aquel, secular y pagano, que había pronunciado el veredicto.



Pedro era hebreo y oriundo de Judea, una de las provincias más vejadas por el desgobierno imperial. Dos siglos y medio antes había logrado, con milagros de valor y diplomacia, liberarse de la dominación persa y vuelto a encontrar, durante unos setenta años, su independencia, bajo la guía de sus reyes sacerdotes, a partir de Simón Macabeo. Su alcázar era el Templo de Jerusalén.




 Allí se atrincheraron los hebreos para resistir a la invasión de Pompeyo, que quería extender también en aquellas tierras el dominio de Roma. Combatieron con el vigor de la desesperación, mas no quisieron renunciar al descanso del sábado, que su religión imponía. Pompeyo lo advirtió y, precisamente en sábado, les atacó. Doce mil personas fueron pasadas por las armas. El Templo no fue saqueado; pero Judea se convirtió en provincia romana. Se rebeló pocos años después, pagó la intentona con la libertad de treinta mil ciudadanos vendidos como esclavos y volvió a encontrar un fulgor de independencia bajo un rey extranjero, Herodes, que intentó introducir la civilización griega y su arquitectura pagana. Fue un gran rey a su manera, inteligente, cruel y pintoresco, que supo hacer de protegido de Roma sin convertirse en su siervo, y que regaló a sus súbditos un templo más bello aún, pero decorado con aquellas imágenes que la austera fe hebraica rechaza severamente por pecaminosas y contrarias a las leyes.


Bajo su sucesor Arquelao volvieron a rebelarse los hebreos, los romanos pasaron a saco Jerusalén y vendieron como esclavos a otros treinta mil ciudadanos; y Augusto, por último, convirtió a Judea en una provincia de segunda clase bajo la gobernación de Siria. Mas, poco antes de que se llevara a cabo esta nueva ordenación, había acaecido en el país un pequeño hecho del que nadie, de momento, se dio cuenta, pero que con el tiempo debía revelarse como de alguna importancia para la suerte de toda la Humanidad; en Belén, cerca de Nazaret, había nacido Jesucristo.

Durante un par de siglos, la autenticidad de este episodio ha sido puesta en duda por una «escuela crítica» que quería negar la existencia de Jesús. Ahora las dudas se han desvanecido. Queda aún, en todo caso, una sola, de importancia secundaria: el de la fecha exacta de su nacimiento. Mateo y Lucas, por ejemplo, dicen que advino bajo el reinado de Herodes, que, según nuestro modo de contar, murió tres años antes de Jesucristo. Otros dicen que era un día de abril, otros que de mayo. La fecha del 25 de diciembre del 753 ab urbe condita, fue fijada de autoridad trescientos cincuenta y cuatro años después del advenimiento y ha permanecido definitiva.


La Historia nos sirve de poco para describirnos la juventud de Jesús. Nos proporciona testimonios contradictorios, fechas inciertas, episodios discutibles, y tiene muy poco que oponer a la versión que, poéticamente, nos dan los Evangelios: la Anunciación a María, la virgen esposa de José el carpintero, el nacimiento en el establo, la adoración de los pastores y de los Reyes Magos, el degüello de los Inocentes, la huida a Egipto. La Historia nos ayuda tan sólo a hacernos una idea de las condiciones de aquel país cuando nació Jesús y de las inspiraciones que en él halló. Son los únicos elementos de los que uno puede fiarse.



Judea o Palestina vivía un gran estremecimiento patriótico y religioso. La habitaban dos millones y medio de personas, de las cuales, cien mil estaban censadas en Jerusalén. No había unidad racial y confesional. En algunas ciudades, además, la mayoría era de gentiles, o sea de no hebreos, especialmente griegos y siríacos. El campo, en cambio, era enteramente hebraico, compuesto de labradores y pequeños artesanos pobres, parsimoniosos, industriosos, austeros y piadosos. Pasaban la vida trabajando, rezando, ayunando y esperando el retorno de Jehová, su Dios, que según las Sagradas Escrituras, que constituían también la Ley, había de regresar para salvar a su pueblo y establecer en la tierra el Reino del Cielo. Comerciaban poco. Al contrario, parece que estaban desprovistos totalmente de aquel genio especulador por el que después se tornaron tan célebres (y temidos).


El limitado autogobierno que Roma concedía era ejercido por el Sanedrín, o Consejo de ancianos, compuesto por setenta y un miembros bajo la presidencia de un sumo sacerdote y dividido en dos facciones: la nacionalista y conservadora de los saduceos, que miraba más las cosas de esta tierra que las del cielo, y la beata de los fariseos, de los teólogos, que se pasaban la vida interpretando los textos sagrados. 



Además había una tercera secta, extremista, la de los cscnios, que vivían en régimen comunista, reunían las ganancias de su trabajo, se servían de objetos fabricados con sus manos, comían, en silencio, a la misma mesa, y tan frugalmente, que llegaban en general a más de cien años, y el sábado no evacuaban siquiera porque lo consideraban contrario a la ley. Los escribas, en cambio, a quienes Jesús alude con tanta frecuencia, no constituían una secta sino una profesión y pertenecían en su mayor parte a los fariseos. Representaban un poco los notarios, los cancilleres, los intérpretes de las Sagradas Escrituras, de las que extraían los preceptos para reglamentar la vida de la Sociedad.


No sólo toda la política, sino también toda la literatura y toda la filosofía hebraicas eran de tono profundamente religioso (y siguen siéndolo). Su motivo primordial es la espera del Redentor que vendrá un día a rescatar el pueblo del Mal, representado en el caso en cuestión por Roma. Y los más, según Isaías, estaban convencidos de que el Mesías de esa Redención sería un Hijo del Hombre, descendiente de la familia de David, el mítico rey de los hebreos, que arrojaría al Mal e instauraría el Bien; el amor, la paz, la riqueza.


Esa esperanza comenzaba entonces a ser compartida también por los pueblos paganos sometidos a Roma, que, habiendo perdido la fe en su destino nacional, la estaban transfiriendo al plano espiritual. Mas en ningún país la espera era tan vibrante y espasmódica como en Palestina, donde los presagios y los oráculos daban por inminente la gran aparición. Había gente que pasaba el día en la explanada frente al Templo, rezando y ayunando. Todos sentían que el Mesías ya no podía tardar.


Sin embargo, Jesús halló alguna dificultad en hacerse reconocer como el esperado Hijo del Hombre» Y parece ser que Él mismo sólo adquirió conciencia de serlo tras haber escuchado las prédicas de Juan Bautista, que era Su lejano pariente, por ser hijo. de una prima de María. En general, nosotros nos representamos a Juan, por su calidad de precursor, como mucho más anciano que Jesús. En cambio, parece ser que era casi Su coetáneo. Vivía a orillas del Jordán, vestido tan sólo de sus largos cabellos, se alimentaba de hierbas, de miel y de saltamontes, llamaba a la gente a purificarse con el rito del Bautismo, al que debe el sobrenombre, y prometía el advenimiento del Mesías como premio a un sincero arrepentimiento.


Jesús fue a su encuentro «el decimoquinto año de Tiberio», es decir, cuando Él mismo debía de tener veintiocho o veintinueve años. Y sustancialmente aceptó sus doctrinas y las hizo Suyas, mas absteniéndose de bautizar a los demás personalmente, y llevando la predicación en medio de la sociedad. Poco después, Juan fue detenido por los guardias del tetrarca de Jerusalén, Herodes Antipas. Lucas y Mateo cuentan que la detención debióse a las críticas de Juan al matrimonio de Herodes con Herodías, esposa de su hermano Filipo. Su hija Salomé bailó tan bien delante del tetrarca, que éste se brindó a satisfacer cualquier deseo suyo. Por sugerencia de la madre, Salomé pidió la cabeza cercenada de Juan, y fue satisfecha.





Fue después de este suceso cuando la misión de Jesús entró en su plenitud. Empezó a predicar en la sinagoga, y por testimonios unánimes que nos quedan, diríase que algo sobrenatural atrajo en seguida a las muchedumbres hacia Él. De vez en cuando, acompañaba las prédicas con milagros, pero los hacía con desgana, prohibía a Sus secuaces aprovecharlos con fines publicitarios y se negaba a considerarlos como «pruebas» de Su omnipotencia.



En torno a Él se había formado un círculo de estrechos colaboradores, los doce Apóstoles. El primero fue Andrés, un pescador que había sido seguidor de Juan. Trajo consigo a Pedro, pescador también, impulsivo, generoso, a veces tímido hasta la vileza. También Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, eran pescadores. Mateo, en cambio, era «publicano» (hoy se diría «estatal»), o sea un colaborador del odiado Gobierno romano. Judas Iscariote era el administrador de los fondos que los Apóstoles ponían en común.


Bajo ellos había setenta y dos discípulos, que precedían descalzos a Jesús en las ciudades que Él proponía visitar para preparar las gentes a Sus prédicas. Y, además, todo un gentío de fieles, hombres y mujeres, que le seguían, viviendo fraternalmente según la regla de los esenios.



Al principio, el Sanedrín no se preocupó mucho de Jesús. Por dos razones: ante todo, porque sus secuaces eran escasos todavía, y después, porque las ideas que predicaba no eran, en conjunto, incompatibles con la Ley y con sus dogmas. El advenimiento del Redentor y del Reino de los Cielos formaba parte de la doctrina hebraica y de su mesianismo, como también los preceptos morales que Jesús preconizaba. «Ama a tu prójimo como a ti mismo», «Ofrece la otra mejilla a quien te ha abofeteado», etc., ya estaban en la educación de aquel pueblo. Jesús decía: «. Yo no he venido a destruir la ley de Moisés, sino a aplicarla.»



La ruptura con las autoridades aconteció cuando Jesús anunció ser Él el Hijo del Hombre, el Mesías que todos esperaban, y la muchedumbre de Jerusalén, adonde había regresado después de predicar en la provincia y en la comarca, le saludó como a tal. El Sanedrín quedó muy preocupado, sobre todo por razones políticas; temía que Jesús aprovechase Su crédito de Mesías para provocar una sublevación contra Roma, sublevación que habría terminado con otra matanza.



La noche del 3 de abril del año 30, Él fue informado de que el Sanedrín había decidido Su arresto por denuncia de uno de los Apóstoles. Comió igualmente con éstos en casa de un amigo y en aquella última cena anunció que uno entre ellos le estaba traicionando, advirtiéndoles que ya le quedaba poco tiempo que pasar juntos. 



Los gendarmes Le capturaron aquella misma noche en el huerto de Getsemaní. Y cuando al Sanedrín que le preguntaba si Él era el Mesías, respondió: «Sí, yo soy», fue entregado al procurador romano, Poncio Pilato, acusado de impiedad.



Poncio Pilato era un funcionario que más tarde terminó su carrera más bien con poca gloria: le destituyeron por malversaciones y crueldad. En el caso de Jesús, sin embargo, no se portó muy mal, desde el punto de vista burocrático.

ECCE HOMO, PINTURA DE ANTONIO CISERI


 Le preguntó si mantenía Su pretensión de ser el rey de los hebreos, pero en tono de chanza y esperando tal vez que el acusado le contestase que no. Jesús, en cambio, le contestó que sí, y le explicó cuál era el reino que se proponía instaurar. Pedro dice que Él había decidido morir para expiar las culpas de todos los hombres.



Pilato dictó a regañadientes la pena que aquella confesión implicaba: o sea, la crucifixión. Fue clavado a las nueve de la mañana, entre dos ladrones, y bajo la tortura murmuró; «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» A las tres de la tarde, expiró.



Dos influyentes miembros del Sanedrín pidieron y obtuvieron de Pilato el permiso de sepultar el cadáver. Dos días después, María Magdalena, una de las más ardientes secuaces de Jesús, fue a visitar la tumba y la halló vacía.



 La noticia corrió de boca en boca y fue confirmada por la aparición que Cristo volvió a hacer en la Tierra, presentándose en carne y hueso a sus discípulos.




Cuarenta días después de Su fallecimiento oficial, Él subió al Cielo, como por lo demás estaba en la tradición hebraica, desde Moisés a Elias e Isaías. Y sus secuaces se desparramaron por el mundo anunciando la gran nueva de Su resurrección y del próximo retorno.




domingo, 29 de enero de 2017

TERCERA CARTA DE LUCIO PONCIO PILATOS A CLAUDIO TIBERIO CÉSAR


Lucio Poncio Pilatos a Claudio Tiberio César, salud.

 

Comparto contigo, César, las preocupaciones que me expresas en tu carta sobre la incapacidad de los príncipes herodianos para mantener en paz los territorios que les hemos confiado. En particular la situación en Galilea y la Perea, exige toda nuestra atención, por cuanto la población en estas regiones tiene un mayor componente judío que en el caso de las tetrarquías de Filipo o de Lysanias, que tienen mayor población de cultura griega. El tetrarca de Galilea y Perea, Herodes Antipas, parece muy poco capaz de mantener la paz en sus territorios, como prueban los sucesos de los que paso a informarte.

 

En los territorios de Antipas apareció recientemente un supuesto profeta judío de nombre Johanan. Según sus seguidores, su nacimiento había sido anunciado en sueños a su anciano padre y habría sido fruto de una especie de concepción divina, pues, según afirman, el divino niño habría sido “implantado desde lo alto” y su nacimiento milagroso anunciado por una estrella. Sus seguidores se refieren a él como “el buen pastor” y “pescador de almas”.

 

Este supuesto profeta predica la proximidad del fin de los tiempos. Según explica a sus seguidores, en el pasado ya habían ocurrido catástrofes similares a la que él vaticinaba para un futuro muy próximo. La primera fue la destrucción por agua, que narran sus libros sagrados, la segunda la destrucción por el viento que derrumbó la gran torre de Babilonia y la tercera la destrucción por el fuego que, según sus libros, destruyó las ciudades de Sodoma y Gomorra. Estos desastres siempre habrían seguido a épocas de depravación similares a la que, según Johanan, conocemos en la actualidad. La próxima catástrofe sería el resultado de la “ira de dios” y la única salvación posible, según este profeta, el arrepentimiento por las transgresiones a la ley de Moisés, la purificación mediante el bautismo y el desconocimiento de la autoridad de Antipas y de Roma, que no puede, según ellos, suplantar la obediencia debida a su único señor, Yahvé.

 

El bautismo que Johanan ofrece como única forma de salvación frente al próximo fin de los tiempos es un acto de rebeldía frente a las autoridades religiosas herodianas. Según la religión judía, los gentiles que desean adoptar su religión, están obligados a un bautismo de purificación antes de ser admitidos a compartir lo que ellos llaman los privilegios de los hijos de Abraham. Se trata de un bautismo destinado a regenerar al converso en presencia de testigos, durante el cual se leen a los bautizados partes de los libros sagrados y se le hunde completamente en el agua, lo cual significa que se ahoga su ser impío anterior para que renazca como un verdadero judío. Los judíos de nacimiento, los elegidos de dios, no están sujetos a este rito de purificación y regeneración.

 

Al bautizar a los judíos de igual forma que a los gentiles conversos, en la forma estipulada para el rito de regeneración, lo que Johanan pretende demostrar es que todo el pueblo ha pecado y ha perdido los privilegios de la alianza con su dios, a causa de la corrupción que han traído consigo los príncipes herodianos y los ocupantes romanos.

 

Según predica Johanan, dios lo ha enviado para enseñar el “camino de la ley” y liberar a los judíos de todo poder y dominio que no sean los del dios de los judíos.

 

La situación no sería tan peligrosa sino fuera por cuanto la conducta de Antipas, con sus permanentes transgresiones de la ley y de las costumbres judías, fomenta estos brotes de rebelión popular. Antipas erigió en tu nombre, César, la ciudad de Tiberiades, pero la construyó sobre un antiguo cementerio, lo cual viola las leyes sobre la pureza y la impureza de los judíos, por lo que se negaron a vivir en ella, lo que le obligó a poblarla con gentiles y vagabundos. En su palacio real mandó pintar animales, lo cual también viola las leyes judías.

 

Tal y como te comenté en mi carta anterior, César, la unión de Herodes Antipas con la esposa de su hermano Herodes Filipo (hijo de Herodes y de Miriam II), estando este vivo y sin haberla repudiado, constituyó una trasgresión grave a las leyes judías. Ya Agripa  te advirtió, César, sobre la rapacidad insaciable de este príncipe, quién lejos de aplacar a sus súbditos con una conducta moderada, los enfurece con el desenfreno de su vida privada.

 

Volviendo al mencionado Johanan, no cabe duda que representa un peligro permanente para el mantenimiento de la paz, si tenemos en cuenta sus antecedentes familiares que paso a relatarte. Recordarás, César, que en mi última carta te relataba la historia de la familia de Judas de Gamala y de su padre Ezequias , quienes en el pasado se alzaron contra Roma pretendiendo ser los legítimos herederos de la dinastía del rey David. Los hijos de Judas, de quienes no se había vuelto a saber desde que su padre fuera derrotado y crucificado durante la rebelión que se produjo durante el censo de Quirino, reaparecieron ahora, convertidos en cabecillas de un movimiento antiherodiano, en la región de Galilea, aprovechando la relatada creciente desafección de los súbditos de esta región hacia Antipas. La ciudad de Gamala, a la que también se conoce como “la montaña” y de donde proviene esta familia, sigue siendo su principal fortaleza. Gamala se sitúa en la tetrarquía de Filipo, por lo que les ofrece un refugio seguro frente a Antipas.

 

El mayor de los hermanos es precisamente Johanan y lo acompañan Judas, de quién afirman que es su hermano gemelo, Santiago y Simón, también hijos de Judas y de Myriam, quién según afirman sus seguidores sería una descendiente a la vez de David y de Aarón. Esto explica que, según proclaman sus seguidores, Johanan pueda aspirar al mismo tiempo a la suma sacrificatura, como descendiente de Aarón y a la realeza, como descendiente de David.

 

El movimiento cuenta con seguidores incluso dentro de la familia herodiana. Según mis informantes reciben apoyo financiero de la princesa Salomé, hija de Herodías y de su primer esposo, Herodes Filipo, y por tanto sobrina e hijastra de Antipas. Salomé odia a su padrastro, a quién no perdona haber arrebatado su madre a su padre y se considera discípula de Johanan, con quién, según se dice, se encuentra unida por lazos sentimentales. También otros disidentes de Antipas, como Juana, la esposa de Chuza, intendente del palacio de Antipas, acompañan a Johanan.

 

Es posible que la proximidad de gente herodiana, como la princesa Salomé o Juana con Johanan provenga de la antigua relación que existió entre ambas familias durante la época del primer Herodes, cuando esté se casó con una hermanastra de Myriam, la madre de Johanan, llamada también Myriam. Esta Myriam había conspirado ya contra el primer Herodes, por lo que fue repudiada por este y participa ahora activamente en el movimiento de Johanan, su sobrino. Seguramente los vínculos del movimiento con familiares de Antipas provienen de esta Myriam a quién llaman la hija de Cleofás; su madre, Ana, se casó en segundas nupcias, después de la muerte de Cleofás, con el hermano de este, Simón hijo de Betos, a quién el primer Herodes convirtió en sumo sacrificador después de casarse con su hijastra. Esta Myriam hija de Cleofás es por tanto a la vez la tía materna de Johanan, madre de Filipo el tetrarca y abuela de la princesa Salomé, la cual, como dije, participa en el movimiento de su pariente Johanan.

 

Johanan es descendiente por consiguiente de la dinastía de David por parte de su padre, lo cual sustenta sus aspiraciones a la realeza, de David y de Aarón por parte de su madre, lo cual le permite aspirar a la suma sacrificatura y es el primo de Filipo, lo cual le permite aspirar a la tetrarquía de este. No es de extrañar entonces el gran odio que Antipas siente por él, al punto de que, según me han contado, ha prometido matarlo, odio que parece ser mutuo pues aparentemente Johanan se refiere a Antipas como “esa zorra”.

 

Por el momento tenemos información de que Johanan y sus seguidores, perseguidos por Antipas, han buscado refugio primero en Tiro, de donde después de que Johanan fuera reconocido salieron hacia Sidón y de allí a la Decápolis.
 
Estaremos atentos a nuevas noticias de este grupo y, de producirse, os pondremos prestamente al corriente.