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domingo, 13 de mayo de 2018

PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN EL AFRICANO ASEDIA CARTAGO NOVA


 

Animado por estos cálculos y sin haberle comunicado a nadie por donde pensaba atacar, al ponerse el sol condujo al ejercito durante toda la noche hasta Cartago Nova. Al amanecer, en medio del estupor de los africanos, empezó a cercar la ciudad con una empalizada y se preparo para el día siguiente, apostando escaleras y maquinas de guerra por todo alrededor de la misma, excepto por una sola parte en la que el muro era mas bajo y estaba bañada por una laguna y el mar, por lo que la vigilancia era menos intensa. Habiendo cargado durante la noche todas las maquinas con dardos y piedras y tras apostar frente al puerto de la ciudad a sus naves a fin de que las de los enemigos no pudieran escapar a través de el pues confiaba absolutamente en apoderarse de la ciudad a causa de su elevada moral, antes del amanecer hizo subir al ejercito sobre las maquinas, exhortando a una parte de sus tropas a entablar combate con los enemigos desde arriba y a otra parte a empujarlas contra el muro por su parte inferior. Magón, a su vez aposto a sus diez mil hombres en las puertas, con la intención de salir, cuando se les presentara la ocasión, con solo las espadas pues no era posible usar las lanzas en un espacio estrecho y envió a los restantes a las almenas. También se tomo él el asunto con mucho celo colocando numerosas maquinas, piedras, dardos y catapultas. Hubo gritos y exhortaciones por ambas partes, ninguno quedo atrás en el ataque y el coraje, lanzando piedras, dardos y jabalinas, unos con las manos, otros con las maquinas y otros con hondas. Y se sirvieron con ardor de cualquier otro instrumento o recurso que tuvieran en sus manos. Las tropas de Escipión sufrieron mucho daño. Los diez mil soldados cartagineses que estaban junto a las puertas, saliendo a la carrera con las espadas desenvainadas, se precipitaron contra los que empujaban las maquinas y causaron muchas bajas pero no sufrieron menos. Finalmente, los romanos empezaron a imponerse por su laboriosidad y constancia. Entonces cambio la suerte, porque los que estaban sobre las murallas se encontraban ya cansados y los romanos consiguieron adosar las escalas a los muros. Sin embargo, los cartagineses que llevaban espadas penetraron a la carrera por las puertas y cerrándolas tras ellos se encaramaron a los muros. De nuevo la lucha se hizo penosa y difícil para los romanos hasta que Escipión, su general, que recorría todos los lugares dando gritos y exhortaciones de ánimos, se dio cuenta, hacia el mediodía, de que el mar se retiraba por aquella parte en la que el muro era bajo y lo banaba la laguna. Se trataba del fenómeno diario de la bajada de la marea. El agua avanzaba hasta mitad del pecho y se retiraba hasta media rodilla. Escipión se percato entonces de esto y comprendió la naturaleza del fenómeno, a saber, que estaría baja durante el resto del día y, antes de que el mar volviera a subir, se lanzo a la carrera por todas partes gritando: Ahora es el momento, soldados, ahora viene la divinidad como aliada mía. Avanzad contra esta parte de la muralla. El mar nos ha cedido el paso. Llevad las escaleras y yo os guiare. Después de coger el, el primero, una de las escaleras, la apoyo contra el muro y empezó a subir cuando aun no lo había hecho ningún otro, hasta que, rodeándole sus escuderos y otros soldados del ejercito, se lo impidieron y ellos mismos acercaron, a la vez, gran cantidad de escaleras y treparon. Ambos bandos atacaron con gritos y celo e intercambiaron golpes variados, pero, no obstante, vencieron los romanos. Consiguieron subir a unas torres en las que Escipión coloco trompeteros y hombres provistos con cuernos de caza, y les dio orden de animar y causar alboroto para dar la impresión de que ya había sido tomada la ciudad. Otros, corriendo de aquí para allá, provocaban el desconcierto de igual manera y algunos, descendiendo de un salto desde las almenas, le abrieron las puertas a Escipión. Este penetro a la carrera con el ejercito. De los que estaban dentro algunos se refugiaron en sus casas; Magon, por su parte, reunió a sus diez mil soldados en la plaza publica y cuando estos sucumbieron se retiro de inmediato con unos pocos a la ciudadela. Pero al atacar, acto seguido, Escipión la ciudadela, como ya no podía hacer nada con unos hombres que estaban en inferioridad numérica y acobardados por el miedo, se entrego el mismo a Escipión (...) En la ciudad tomada se apodero de almacenes con enseres útiles para tiempos de paz y de guerra, gran cantidad de armas, dardos, maquinas de guerra, arsenales para los navíos, treinta tres barcos de guerra, trigo y provisiones variadas, marfil, oro, plata, una parte consistente en objetos, otra acuñada y una tercera sin acuñar, rehenes íberos y prisioneros de guerra y todas aquellas cosas que antes habían quitado a los romanos. Al día siguiente, realizo un sacrificio y celebro el triunfo. Después hizo un elogio del ejercito, pronuncio una arenga a la ciudad y, tras recordarles a los Escipiones, dejo partir libres a los prisioneros de guerra hacia sus respectivos lugares de origen con objeto de congraciarse a las ciudades. Otorgo las mayores recompensas al que subió en primer lugar la muralla, al siguiente le dio la mitad de esta, al tercero la tercera parte y a los demás proporcionalmente. El resto del botín lo que quedaba de oro, plata o marfil lo envió a Roma a bordo de las naves apresadas. La ciudad celebro un sacrificio durante tres días, pensando que de nuevo volvía a renacer el éxito ancestral y, de otro lado, Iberia y los cartagineses que habitaban en ella quedaron estupefactos por el temor ante la magnitud y rapidez de su golpe de mano.. Escipión estableció una guardia en Cartago Nova y ordeno que se elevara la muralla que daba al lugar de la marea. El se puso en camino hacia el resto de Iberia y, enviando a sus amigos a cada región, las atraía bajo su mando de buen grado y, a las demás que se le opusieron, las sometió por la fuerza. Eran dos los generales cartagineses que quedaban y ambos se llamaban Asdrúbal; uno de ellos, el hijo de Amílcar, andaba reclutando mercenarios muy lejos entre los celtíberos , y el otro, Asdrúbal, el hijo de Giscón, enviaba emisarios a las ciudades que todavía eran fieles demandando que permanecieran en esta fidelidad a Cartago, pues estaba a punto de llegar un ejercito inmenso, y envió a otro Magón a las zonas próximas a reclutar mercenarios de donde le fuese posible, mientras que él en persona se dirigió contra el territorio de Lersa, que se les había sublevado, y se dispuso a sitiar alguna ciudad de allí. Sin embargo, cuando se dejo ver Escipión, Magón se retiro a Bética y acampo delante de la ciudad. En este lugar fue derrotado de inmediato, al día siguiente, y Escipión se apodero de su campamento y de Bética.

( Apiano en "Iberia")






sábado, 30 de septiembre de 2017

CARTAGO Y LOS CARTAGINESES

Como todas las ciudades de aquel tiempo, Cartago también hacía remontar sus orígenes a una especie de milagro y contaba su historia como una novela. Según la cual fue fundada por Dido, a quien más tarde sus conciudadanos veneraron como diosa, hija del rey de Tiro. Enviudó por culpa de su hermano que le mató el marido, luego se puso al frente de un grupo de secuaces en busca de aventuras y, desde el extremo oriental del Mediterráneo, zarpó con ellos hacia el Oeste a bordo de una nave. Haciendo cabotaje a lo largo de la costa meridional de África, rebasó Egipto, Cirenaica y Libia. Y al llegar, por fin, a una decena de millas del lugar donde hoy se alza Túnez, desembarcó y dijo a sus amigos: «Aquí construiremos la Ciudad Nueva.» Así la llamaron, efectivamente: Ciudad Nueva, como Nápoles y Nueva York, que en su lengua se decía Kart Hadasht y que luego los griegos tradujeron Karchedon y los romanos Carthago.

DIDO
Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero es difícil saber cómo se desarrollaron en realidad, porque de Cartago, que tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, también los romanos hicieron lo que habían hecho de Etruria: la redujeron a un cieno tal como para hacer casi imposible hoy, por falta de materiales, una reconstrucción exacta de su historia y de su civilización.

 

Con seguridad la fundaron los fenicios, pueblo de raza y lengua semita como los hebreos, grandes mercaderes y navegantes que iban de un lado para otro con sus embarcaciones, vendiendo y comprando un poco de todo. No tenían miedo ni del diablo. Fueron los primeros marinos del Mundo que rebasaron las llamadas Columnas de Hércules, es decir, el estrecho de Gibraltar, para bajar por el Atlántico a lo largo de la costa de África y remontarlo a lo largo de la de España y Portugal. Sobre este itinerario habían fundado ya, cuando nació Roma, varios pueblos, que al principio debieron ser tan sólo un astillero y un bazar, o sea un mercado. Leptis Magna, Utica, Bizerta, Bona, tuvieron sin duda ese origen. Y Cartago fue su hermanita, acaso entre las más humildes, hasta que las circunstancias la hicieron más conspicua.

 

Esas circunstancias fueron, sobre todo, el declive militar y comercial de Tiro y de Sidón, que, por desgracia suya, se encontraron en el camino de Alejandro de Macedonia, quien, mientras Roma era aún una aldea, quería convertirse en emperador del Mundo y por poco no lo logró. Amenazados por sus ejércitos, los millonarios de aquellas dos ciudades que, como todos los millonarios, tenían más miedo que los demás, pensaron en poner a salvo sus personas y sus capitales.

 

La ciudad se acrecentó con nuevos habitantes, llenos de dinero y de iniciativas. Empujaron cada vez más hacia el interior a la población indígena, formada de pobres negros, muchos de los cuales fueron reducidos a siervos y esclavos. Y no contentándose ya con el comercio y el mar, se dedicaron también a la tierra. El detalle es interesante porque hasta entonces se había creído siempre que los hebreos eran, por su modo de ser, refractarios a la tierra. Los de Cartago, en cambio, demostraron lo contrario. Fueron los maestros de muchos cultivos, especialmente de viñas, olivares y árboles frutales, y los mismos romanos hubieron de aprender mucho de ellos. Fue un cartaginés, Magón, el más grande profesor de agricultura de la Antigüedad.

 

Cartago poseía una economía perfectamente equilibrada. En la ciudad florecía una excelente industria metalúrgica que suministraba las mejores herramientas para labrar la tierra, canalizarla y transformarla en huertos y jardines. Gran parte de sus productos se cargaban en las naves, a la sazón las mayores del Mundo, las cuales eran dirigidas hacia España o Grecia. Los armadores financiaban exploradores para descubrir nuevos mercados. Uno de ellos, Annón, con una galera solitaria, descendió dos mil kilómetros por las costas atlánticas de África.

 

Otros viajantes de comercio, que recorrían los itinerarios de tierra a lomo de mulas, camellos y elefantes, encontraron oro y marfil y lo llevaron a la patria. Atravesaron el Sahara con la indiferencia con que nosotros atravesamos el Arno. Y a consecuencia de sus informes, como más tarde había de hacerlo Venecia, el Gobierno mandaba alguna flota o un poco de ejército a tomar posesión de los puntos estratégicos.

 

Su sistema económico y financiero era el más avanzado de la época. Cuando Roma había comenzado apenas a acuñar toscas monedas de metal, Cartago tenía ya billetes de Banco; unas tiras de cuero, diversamente estampilladas según su valor. Eran en la cuenca mediterránea lo que más tarde habían de ser la libra esterlina y, más tarde aún, el dólar. Su valor nominal estaba garantizado por el oro que rebosaba de las cajas del Estado, pues, a medida que realizaba una nueva conquista, la primera cosa que Cartago imponía a los vencidos era un tributo y no de los más livianos. Leptis, por ejemplo, pagaba el gran honor de ser vasallo de Cartago con trescientos sesenta y cinco talentos al año, que corresponderían a casi mil millones de liras.

 

Ese disfrute del propio imperio colonial fue probablemente una de las razones de la derrota de Cartago cuando entró en conflicto con Roma. Mas, mientras se perfiló esta amenaza, ello fue lo que garantizó a la ciudad fenicia una lozanía jamás vista hasta entonces. Contaba a la sazón dos o trescientos mil habitantes, que no vivían en cabañas como en Roma, sino en rascacielos que alcanzaban hasta doce plantas, los más pobres; y en palacios con jardín y piscina, los más ricos. Abundaban los templos y los baños públicos. El puerto tenía doscientos veinte muelles y cuatrocientas cuarenta columnas de mármol. En el centro de la aglomeración había la city, como en Londres, con el Ministerio del Tesoro. Y a su alrededor un triple bastión de murallas almenadas, una especie de línea Maginot que podía contener hasta veinte mil soldados con todo su armamento, cuatro mil caballos y trescientos elefantes.

 

Del pueblo y de sus costumbres, el único testimonio que nos queda es el de los historiadores romanos, que naturalmente no podían ser ecuánimes para con aquél. Su lengua debía ser muy parecida a la hebraica; en efecto, sus magistrados se llamaban shofetes, derivado seguramente del hebraico shofetim. Sus rasgos delataban también el origen semítico. Eran gente de tez olivácea, en general de luengas barbas, pero sin bigote, y ya entonces llevaban turbantes. Los más pobres, que probablemente procedían de mezclas con el elemento indígena y que por tanto también tenían la piel más oscura, vestían lo que hoy se llama en Egipto galabia, un camisón suelto largo hasta. los pies, calzados con sandalias. Los señores seguían, en cambio, la moda griega, como hoy se sigue la inglesa, y llevaban trajes elegantes, orlados de púrpura, y se adornaban con un anillo en la nariz. La condición de las mujeres era inferior a la de las atenienses, más superior a la de las romanas. En general iban veladas y estaban confinadas en sus casas, pero la carrera eclesiástica les estaba abierta y podían alcanzar altos grados en ella. O bien podían darse a la prostitución, que florecía esplendorosamente y constituía un oficio apreciado, o por lo menos, no vilipendiado, como lo es aún hoy en el Japón. 


MELKART, DEIDAD PÚNICA

Polibio y Plutarco concuerdan en asegurar que el nivel moral era muy bajo, lo que nos sorprende bastante tratándose de un pueblo de raza semítica, donde las costumbres en general son severas, cuando no puritanas. Nos lo presentan como vigorosos comilones y bebedores, impenitentes juerguistas, dispuestos siempre a francachelas en los clubs y tabernas. La fides puntea, es decir, la palabra cartaginesa, ha quedado como sinónimo, en latín, de traición. Pero no hay que olvidar que la historia de las traiciones cartaginesas fue escrita por historiadores romanos. Plutarco nos presenta a esos antiguos e irreductibles enemigos de Roma como serviles para con los inferiores; y oscilantes entre las cobardía, en la derrota, y la crueldad en la victoria. Polibio agrega que entre ellos iodo se medía con el metro del provecho. Pero es ya sabido que Polibio era amigo íntimo de Escipión, el que destruyó Cartago incendiándola.

 

Naturalmente, los cartagineses tenían también sus dioses. Se los habían traído consigo de la madre patria, Fenicia, pero les cambiaron el nombre. En vez de Baal—Moloch y de Astarté, como los llamaban en Tiro y en Sidón, los llamaron Baal—Haman y Tanit. 

TANIT, DIOSA DE LOS CARTAGINESES
Debajo de éstos estaban Melkart, que quiere decir «llave de la ciudad», Ehsmun, señor de la riqueza y de la buena salud, y, por fin Dido, la fundadora, que en Cartago ocupaba el mismo puesto que Quirino en Roma.

EL DIOS HAMAN

A todos estos dioses les ofrecían sacrificios, especialmente en los momentos de necesidad. Se trataba de cabras o de vacas para los dioses menores. Pero cuando había que aplacar o congraciarse con Baal—Haman, se recurría a los niños, que eran colocados entre los brazos de la gran estatua de bronce que le representaba, y de allí les dejaban rodar sobre el fuego que ardía abajo. Hasta trescientos en un día quemaron en medio de una bacanal de trompetas y tambores para sofocar sus gritos.



 Parece ser que era costumbre, por parte de las familias ricas, cuando eran requeridas para facilitar un niño que asar a la parrilla, comprarlo a los pobres. Mas cuando Agatocles de Siracusa puso sitio a la ciudad, haciendo necesario, además del auxilio de los dioses, también el buen acuerdo entre las clases sociales, la costumbre fue prohibida para no alimentar los odios entre afortunados y desheredados.

 

El régimen político no era, en conjunto, muy diferente del de Roma. Aristóteles escribió un gran elogio, acaso por haberlo oído decir y porque jamás atisbo serias amenazas de dictadura, que él aborrecía. Como en Roma, el órgano supremo era el Senado, compuesto igualmente de trescientos miembros, cuya mayoría estuvo al principio constituida por la aristocracia agraria y que luego, poco a poco, pasó a la del dinero, o sea a la plutocracia. Tomaba las decisiones más importantes, cuya ejecución encomendaba a los dos sciofetes, que correspondían, más o menos, a los cónsules romanos. Sólo cuando éstos no lograban ponerse de acuerdo, se pedía el parecer de una especie de Cámara de diputados, que tenía el poder de decir «sí» o «no», pero no el de presentar proposiciones por su cuenta.

 

El Senado era, también, teóricamente, electivo. Pero en la práctica, teniendo en la mano todas las palancas del mando, conseguía, mediante la corrupción o la intriga, imponer sus candidatos. Sobre él había solamente una especie de Tribunal constitucional formada por cuatrocientos jueces que controlaban un poco de todo: no sólo la constitucionalidad de las leyes, sino también las cuentas de la Administración. Durante las guerras con Roma, este Tribunal fue convirtiéndose poco a poco en el verdadero Gobierno.

 

Cartago no daba gran importancia al Ejército, en parte porque sus vecinos de África no la inquietaban. A los cartagineses no les gustaban los cuarteles, que, en efecto, tan sólo estaban llenos de mercenarios, reclutados entre indígenas y, sobre todo, entre libios. 
AMÍLCAR BARCA, EL LÍDER CARTAGINÉS QUE
 CONQUISTÓ BUENA PARTE DE HISPANIA

De las grandes empresas que ejecutó en el siglo de luchas contra Roma, el mérito corresponde, pues, casi exclusivamente al genio de sus Aníbales, Amílcares y Asdrúbales, que fueron unos de los más brillantes generales de la Antigüedad.

ANÍBAL ANIMANDO A SUS SOLDADOS

En el mar, en cambio, era fuerte, la más fuerte de las potencias navales de aquel tiempo. Su home fleet contaba en tiempo de paz quinientos quinquerremes, que eran un poco los acorazados de entonces, pero rápidos y ligeros, vistosamente pintados de rojo, verde y amarillo. Los almirantes que los mandaban se las sabían todas y aun sin brújula ni compás conocían el Mediterráneo como el estanque de su jardín. En todos los parajes adecuados de las costas españolas y francesas poseían astilleros, almacenes de aprovisionamientos e informadores. Su Instituto Cartográfico era el más informado y moderno. Hasta que Roma, ocupadísima en consolidar su hegemonía sobre la península, no hubo botado una flota propia, la cartaginesa no admitió intrusiones de nadie, entre Cerdeña y Gibraltar. Cualquier nave extranjera que se pusiera a tiro de las suyas, era requisada o hundida, ahogando a los marineros, sin preguntarles siquiera de dónde venían ni qué pabellón enarbolaban.

PALACIO DE ASDRÚBAL
EN CARTAGO NOVA ( HISPANIA )

Éste era, en conjunto, Cartago, cuando los romanos, habiéndose desembarazado, uno tras otro, de todos los rivales italianos y unificado la península bajo su mando, comenzaron a ocuparse en las cosas del mar.

 

Pero, fijaos bien, todo lo que hemos dicho de Cartago ha sido reconstruido con elementos muy livianos. Escipión, cuando arrasó la ciudad sin dejar piedra sobre piedra, encontró, entre otras cosas, varias bibliotecas. Mas en vez de llevárselas a Roma, las repartió entre sus aliados africanos (lo que sorprende tratándose de un hombre culto como él), los cuales, por la poca pasión que sentían por los libros, dejaron que se perdieran. 


RUINAS DE LO QUE QUEDA DE CARTAGO
He aquí por qué no tenemos siquiera un manual de su historia, y hemos de contentarnos con lo poco que lograron reconstruir Salustio y Yuba. Algún fragmento de Magón y un testimonio de san Agustín nos aseguran, sin embargo, que Cartago tuvo una cultura propia y de buena calidad.

 

Los griegos, que no obstante tenían Atenas ante los ojos, decían que Cartago era una de las más bellas capitales del mundo. Pero lo que de ella nos queda es muy poco para confirmárnoslo. Sus más importantes restos son los que los arqueólogos han desenterrado en las Baleares, donde los cartagineses habían fundado una colonia y donde, tal vez, cuando las matanzas, algunos de ellos se refugiaron, trayéndose alguna obra de arte. Todo el resto está reunido en el museo de Túnez, donde los arqueólogos siguen acumulando lo que poco a poco van excavando diez millas más hacia el Oeste, donde se alzaba la ciudad.

 


En el museo pueden admirarse algunos fragmentos de escultura, sacados de los sarcófagos. El estilo es una mezcla grecofenicia. Contiene, además, la cerámica de la época, aunque de escaso valor: género utilitario fabricado en serie. Nada nos queda de lo que, al parecer, fue el orgullo de Cartago: la artesanía. Dícese que sobre todo los orfebres eran grandes maestros. Desgraciadamente, la joyería ha sido, en todos los tiempos, el botín de guerra más codiciado.







jueves, 9 de abril de 2015

EL CÓNSUL MARCO ATILIO RÉGULO

Marco Atilio Régulo (en latín, Marcus Atilius Regulus) (muerto 250 a. C.) general y cónsul en dos ocasiones, de origen plebeyo, ocupando segundo consulado durante el noveno año de la Primera Guerra Púnica (256 a. C.). Durante su primer mandato consular, en 267 a. C., derrotó a los salentinos, capturó Brundisium (hoy Bríndisi); y obtuvo, en consecuencia, el honor de un triunfo.
 
Once años después, en el año 256 a. C., fue cónsul por segunda vez con L. Manlio Vulso Longo, y fue elegido en el lugar de Q. Cedicio, que había muerto poco después de que había asumido la magistratura consular. Era el noveno año de la primera guerra púnica. Los romanos habían decidido hacer un enorme esfuerzo para concluirla, y en consecuencia habían decidido invadir África, con una gran fuerza. Los dos cónsules, con 330 buques, embarcaron las legiones en Sicilia, y luego se hicieron a la mar desde Ecnomo con el fin de cruzar a África. La flota cartaginesa, sin embargo, los esperó bajo el mando de Amílcar y Hannón en Heraclea Minoa, y de inmediato salieron a su encuentro. En la batalla que siguió, llamada cabo Ecnomo, los romanos salieron victoriosos, perdieron sólo veinticuatro buques, mientras que destruyeron treinta de los buques del enemigo, y tomaron sesenta y cuatro, con todos sus tripulantes.
 
El pasaje a África estaba despejado, y la flota cartaginesa se apresuró a defender la capital. Los romanos, sin embargo, decidieron no navegar directamente hacia Cartago, sino desembarcar en la costa oriental, cerca de la ciudad de Clypea o Aspis, capturándola y estableciendo allí su cuartel general. Desde allí organizaron expediciones de saqueo por toda la campiña cartaginesa, recogiendo en ellas un importante botín. Cuando se aproximaba el invierno, el cónsul Manlio regresó a Roma por orden del Senado, mientras que Régulo permaneció en territorio púnico con el resto de las tropas para proseguir las operaciones.
 
Marco Atilio llevaba las operaciones con la mayor energía, a lo que había de sumar la incompetencia de los generales cartagineses. El enemigo había reunido una fuerza considerable, que confió a tres comandantes: Asdrúbal, Bostar, y Amílcar, pero estos generales evitaban las llanuras, donde su caballería y los elefantes les habrían dado una ventaja sobre el ejército romano, y se retiraron a las montañas.
 
En los montes cerca de Adís los cartagineses fueron atacados por Régulo, y derrotados con grandes pérdidas; 15.000 hombres se dice que habrían muerto en la batalla, y 5.000 hombres con dieciocho elefantes habrían sido capturados. Las tropas cartaginesas se retiraron dentro de las murallas de Cartago, y Régulo ahora invadió el país sin oposición.
 
Numerosas ciudades cayeron en poder de los romanos, y Túnez, entre otras, a una distancia de sólo 20 kilómetros de la capital. Para añadir angustia a los cartagineses, los númidas aprovecharon la oportunidad de rebelarse, y sus bandas errantes completaban la devastación del país. Los cartagineses, en su desesperación, enviaron a un emisario a Régulo solicitando la paz. Pero el general romano, que estaba embriagado con el éxito, sólo se las concedía en términos tan intolerables que los cartagineses decidieron continuar la guerra, hasta las últimas consecuencias.
 
En medio de la angustia y alarma de los cartaginenses, la solución les llegó de un lugar inesperado. Entre los mercenarios griegos que acababan de llegar de Cartago, había un lacedemonio llamado Jantipo, que parece que ya había adquirido alguna pequeña reputación militar, aunque su nombre no se menciona con anterioridad.


Él señaló a los cartagineses que su derrota se debió a la incompetencia de sus generales, y no a la superioridad de las armas romanas, y con la confianza del pueblo, fue inmediatamente puesto a la cabeza de sus tropas. 
Basándose en su caballería de 4.000 jinetes y 100 elefantes, Jantipo marchó hacia campo abierto para hacer frente al enemigo, aunque sus fuerzas eran muy inferiores en número a los romanos, pero derrotó completamente a Régulo en los llanos del Bagradas. Treinta mil legionaros romanos fueron muertos, y apenas dos mil escaparon a Clypea, y el mismo Régulo fue hecho prisionero; junto con quinientos más. Esto fue en el año 255 a. C.2
 
Régulo permaneció en cautiverio durante los siguientes cinco años, hasta el año 250 a. C., cuando los cartagineses, después de su derrota de la Panormus por el procónsul Lucio Cecilio Metelo, enviaron una embajada a Roma para solicitar la paz, o por lo menos un intercambio de prisioneros.
 
Permitieron que Régulo acompañara a los embajadores con la promesa de que podría regresar a Roma si sus propuestas eran aceptadas, pensando que él podría convencer a sus compatriotas sobre un acuerdo de un intercambio de prisioneros con el fin de obtener su propia libertad.
 
La embajada de Régulo es uno de los relatos más célebres de la historia romana. Los cronistas y poetas relatan que Régulo al principio se negó a entrar en la ciudad como un esclavo de los cartagineses, después, no quiso dar su opinión en el Senado, porque había cesado, debido a su cautiverio, de ser un miembro de este ilustre órgano. 
Finalmente, cuando se le permitió por parte de sus compatriotas hablar, trató de disuadir al Senado de asentir a una paz, o incluso a un intercambio de prisioneros, y cuando los vio vacilantes, les dijo que los cartagineses le habían dado un veneno lento, que pronto pondría fin a su vida y como, finalmente, el Senado negó aceptar la oferta de los cartagineses, se opuso firmemente a las opiniones de sus amigos de permanecer en Roma y regresó a Cartago en su condición de prisionero.


A su llegada a Cartago, se dice que fue condenado a muerte en medio de las torturas más atroces. Se relata que fue puesto en un cofre cubierto en el interior con clavos de hierro, donde pereció, y otros escritores afirman además, que después de que sus párpados habían sido cortados, fue arrojado primero a un cuarto oscuro, y luego, de repente, expuesto a los rayos de un sol ardiente. Cuando la noticia de la muerte bárbara de Régulo llegó a Roma, el Senado se dice que habría dado a Amílcar y Bostar, dos de los generales cartagineses presos, a la familia de Régulo, que se vengaron sobre ellos con crueles tormentos.
 
Esta historia convirtió a Régulo en prototipo de resistencia heroica, puesto de ejemplo para generaciones posteriores de romanos. Muchos historiadores dudan de su veracidad, al carecer de pruebas fidedignas (el mismo Polibio guarda silencio sobre la misma). Quizá se tratara de una historia inventada por analistas romanos para infundir moral a las tropas y alimentar el odio a Cartago, excusando así el cruel tratamiento de los prisioneros cartagineses.


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El cónsul Marco Atilio Régulo, 
tras la victoria naval de cabo Écnomo en el año 256 a. C.,
 lleva la guerra a África, pero es derrotado por el ejército cartaginés.