En primer lugar, ejercítate, mi querido amigo, y aprende lo que hay que saber para meterse en política, pero no lo hagas antes, a fin de que vayas provisto de antídotos y no te ocurra ninguna desgracia. En primer lugar tienes que adquirir la virtud, y también quienquiera que esté dispuesto a gobernar y cuidar no sólo de sus asuntos en particular y de sí mismo, sino también de la ciudad de Atenas y de sus intereses.
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
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miércoles, 8 de febrero de 2023
lunes, 13 de abril de 2020
ALCÍBIADES
Tal vez aquella paz, aun sin durar cincuenta años, que tales eran las intenciones de los contratantes,
hubiese durado empero un poco más de seis, como aconteció, de no haber llevado el nombre de Nicias. Era éste el vástago de una dinastía de encumbrado linaje y, como todos
sus colegas del partido conservador,
había desaprobado vivamente
la guerra contra Esparta, ciudad en la que todos los reaccionarios
de Grecia veían un modelo que
imitar. Era también uno de los pocos aristócratas
ricos. Incluso, al parecer, su patrimonio era,
con el de Calias, el más fuerte de Atenas; se evaluaba en quinientos millones de liras, casi todos empleados en esclavos, que él alquilaba en cuadrillas a
los administradores de las minas.
Este comercio,
que a nosotros nos parece odioso, pero que
en aquellos tiempos era considerado mondísimo, no impedía en absoluto a Nicias pasar por hombre piadoso, devotísimo de los
dioses, para los que no transcurría día sin
que él hiciese algo.
Ora dedicaba una
estatua de Atenea, ora una parte de su patrimonio a Dionisio, financiando
como corego los más suntuosos espectáculos en su honor. Para cada mínimo acto que cumplir,
consultaba al numen competente y le pagaba la
respuesta con ex votos costosos. Nunca habla salido de casa con el pie izquierdo. Inscribía palabras mágicas en las
paredes de su morada para
protegerla de los incendios. Los días nefastos (pongamos el martes y el
viernes) jamás había iniciado ninguna empresa. Para cortarse
el pelo esperaba la luna llena.
Cuando el vuelo de los pájaros indicaba mal
tiempo, pronunciaba la fórmula de conjuro y la repetía veintisiete veces. Organizaba y pagaba de su bolsillo procesiones para la cosecha. Abandonaba el Senado si oía el chillido de un ratón. Se tapaba los oídos a cada palabra de sonido funesto. A cada muerto de su
familia, que siendo antigua
habían de ser muchos, le dedicaba una ceremonia especial,
invocando por el nombre a cada uno de ellos a cada bocado que engullía; tantos muertos, tantos
bocados; tantas muertas, tantos tragos. Es más, comía incluso con una tablilla ante los ojos
en la
cual estaban escritos los nombres de todos sus antepasados, para no olvidar a ninguno; y a medida que honraba a uno, tachaba el nombre con tiza, eructaba en señal de saludo y pedía otro servicio. Después de lo cual, como
democristiano ejemplar, alquilaba otro rebaño de
esclavos y se ganaba otra propinilla de millones.
Para combatir a
un hombre semejante, cargado de dinero y a
quien el resultado ruinoso de la guerra a la
cual él siempre se habla opuesto,
había terminado dándole la razón, su adversario Alcibíades, aun cuando aristócrata
también, no tenía más que un medio:
tomar la sucesión ideológica de Pericles al frente del belicoso partido demócrata y tratar de desacreditar la obra «distensiva», aquello que hoy se llamaría el«espíritu de Munich», del partido conservador.
Alcibíades no
tenía dinero. Y no podía ni menos ufanarse de
contar con la protección de los dioses, con los cuales
se mostraba muy irrespetuoso.
Pero en compensación poseía
un blasón, la belleza,
el espíritu, el valor y la insolencia. Hijo de una prima de Pericles, se había criado en casa de éste, quien,
seducido por la exuberancia y la genialidad del muchacho, había
tratado de disciplinar sus dotes y de orientarle hacia el bien. En vano. Egocéntrico y extravertido, Alcibíades, con tal de causar sensación y hacer carrera, no reparaba en los medios. Cierto que más por ambición que por patriotismo se había batido como un héroe contra los espartanos, primero
en Potidea y luego
en Delios, si bien algunos
dijesen que el verdadero autor de las hazañas que se le atribuían había sido Sócrates, que le quería con un amor sobre cuya naturaleza
tal vez es mejor no hacer indagaciones.
Alcibíades formaba
parte del grupo de jóvenes intelectuales que
el Maestro ejercitaba en el arte sutil de razonar, pero de vez en cuando se alejaba para ir detrás de prostitutas y mozalbetes de
equívoca fama y entonces Sócrates perdía la cabeza,
cuenta Plutarco, y se ponía a buscarle como a un esclavo fugitivo. Después Alcibíades volvía, lloraba de arrepentimiento más
o menos fingido en
los brazos del viejo, que se lo perdonaba en seguida, y preparaba otra de las suyas.
Un día se encontró con Hipónaco, que era uno de los más ricos jefes conservadores y, por una apuesta, le abofeteó. Al día siguiente se presentó en su casa, se desnudó y se echó a los pies del ofendido suplicándole que le azotase en castigo. El pobre hombre, en vez de un buen par de vergajazos
le dio por esposa a su hija Hipareta, el mejor partido de Atenas, con una dote de veinte talentos. Alcibíades los disipo inmediatamente en un palacio y una cuadra de caballos de carrera con los que, en el derby de Olimpia, ganó los premios primero, segundo y cuarto.
Atenas estaba
loca con él. Adoptó, como en Inglaterra, el vicio del tartamudeo, porque él era ligeramente tartamudo, y se dejó imponer la moda de ciertos zapatos sólo porque él la lanzó. Nesesitando siempre dinero para su desenfrenado lujo, se lo hacía regalar hasta de las hetairas más famosas. Y para mostrar que
ninguna mujer se le resistía, hizo grabar en su escudo de oro un Eros con el rayo en la mano. Entre otras cosas, quiso una flotilla de trirremes para
su uso particular. Y de una de ellas hizo su garconniere flotante, con una tripulación formada de músicos. Un día, Hipareta huyó de casa y le citó ante los tribunales para divorciarse. Él acudió y, delante de los jueces, la raptó. La pobre mujer aceptó su hado de esposa engañada, sufrió
en silencio las humillaciones que él le infligió
y poco después murió de pena.
Ahora bien, este extraordinario y turbulento personaje, violador de leyes y de mujeres, seductor no tan sólo de corazones femeninos, sino también de masas electorales, era partidario de
la guerra porque la guerra significaba
un atajo para sus ambiciones, y detestaba la paz porque llevaba el nombre de Nicias. La Constitución
no
le permitía, ni siquiera cuando fue elegido arconte, denunciar el tratado. Pero
él, aun respetándolo formalmente, se dio
a fomentar ocultamente una coalición contra Esparta, que Atenas armó sin participar en ella y que fue severamente derrotada en Mantinea en -418. Poco después mandó una flota a Milo, que se había rebelado, hizo condenar a muerte a todos los adultos varones,
deportar como esclavas a las mujeres y a los niños, y entregar los bienes a quinientos colonos atenienses.
A la
sazón, el partido demócrata y las clases industriales y comerciales que le sostenían
y financiaban volvían
a levantar cabeza e hicieron
de él uno de los diez
generales entre los que se dividía el mando
de las fuerzas armadas. Plutarco cuenta que, al oír aquella noticia, Timón, un viejo misántropo que odiaba a los hombres y gozaba con
sus calamidades, se frotó las manos de contento. Poniendo a contribución toda su tortuosa diplomacia,
Alcibíades se dedicó a convencer a los atenienses de que el único modo de recuperar el perdido prestigio y reconstruir un Imperio, era conquistar Sicilia. Se ofrecía un buen pretexto. La ciudad jonia de Lentini había mandado de embajador en Atenas a Gorgias para solicitar ayuda contra la doria Siracusa que quería anexionársela.
Nicias suplicó a la Asamblea que
rechazase la propuesta. Alcibíades la avaló, seguro de recibir el mando de la expedición, y la hizo
aprobar.
Mas el azar se entremetió. Una noche, mientras hacían los preparativos, las estatuas del dios Hermes fueron impíamente mutiladas. Se ordenó una encuesta para indagar las responsabilidades
de aquel sacrilegio. Y las sospechas recayeron
sobre Alcibíades, que tal vez no tenía nada que ver y era solamente la víctima de una maquinación de los conservadores
para evitar la guerra. Él solicitó un proceso. Pero en espera de que fuese celebrado, el mando de la expedición fue confiado
a Nicias, es decir, a quien no la quería.
Nicias había sido ya general en la guerra contra Corinto.
Había ganado su batalla. Pero,
mientras volvía a Atenas, recordó haber dejado insepultos a dos soldados suyos y volvió
atrás, pidiendo humildemente a los vencidos que le permitieran inhumar los dos cadáveres. Los atenienses se habían reído un poco de tanta santurronería;
pero después de la afrenta a Hermes, querían
estar seguros de que su comandante fuese querido por los dioses y por eso le eligieron a él.
Antes de aceptar,
Nicias, como de costumbre,
consultó a los oráculos y hasta mandó emisarios
a Egipto para interrogar
a Ammón, el cual dijo que sí. Suspirando y poco
convencido, el mojigato general dio la señal de partida. En el último momento
recordó que estaban en
la nefasta Plinterias, como quien dice martes y trece; pero era demasiado tarde para revocar la orden. La noticia de que los cuervos estaban picoteando la estatua de Palas —otro
signo siniestro— acabó por ponerle tan nervioso que aquel día, por primera vez,
salió de casa con el pie izquierdo. Para congraciarse de nuevo con el cielo,
durante todas aquellas semanas de navegación ordenó
ayunos y preces a sus soldados que desembarcaron en la costa sícula desmoralizados y debilitados.
Siracusa pareció en seguida
como de difícil
conquista. Y el
cielo se ensañó
con los sitiadores descargando lluvias torrenciales. Nicias pasaba el tiempo, rezando a los dioses, que le respondieron
mandándole una epidemia. Por fin, espantado, decidió abandonar la empresa y reembarcar el ejército. Mas precisamente en aquel momento hubo un eclipse de luna, que los augures lo interpretaron como una orden celeste de aplazar la partida por «tres veces nueve días», o sea veintisiete días.
Habiendo comprendido finalmente con quién se las habían, los siracusanos efectuaron
una salida nocturna, asaltaron la flota ateniense y le pegaron fuego. El gazmoño general se batió como un bravo soldado. Fue capturado vivo por los siracusanos y pasado por las armas inmediatamente
junto con todos los demás prisioneros, menos aquellos que —como hemos dicho— sabían recitar de memoria algún verso de Eurípides.
Como buenos germánicos, los dorios de Siracusa sentían tanta pasión por la sangre como por el arte y tenían igualmente
fácil la horca y el «sentimiento».
( Indro Montanelli )
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martes, 7 de abril de 2020
POETAS E HISTORIADORES GRIEGOS
A primera vista puede sorprender que, al lado de aquella floración de la filosofía, el teatro, la escultura y la arquitectura, la edad de
Pericles no pueda
ufanarse de otra igualmente desbordante de la poesía. Pero hay sus razones. La democracia,
al destruir monarquías y principados, había destruido el mecenazgo, que es el gran abono. La poesía nace siempre cortesana y castellana, como
fue precisamente la de Homero. La democracia
es ciudadana, y en lugar del señor guerrero y romántico coloca al burgués mercantil y racional, más
interesado en el juego de la inteligencia que en la
intervención fantástica. El conflicto de las ideas cobra prevalencia, arranca
incluso el poeta a la contemplación solitaria y le obliga a tomar partido, es decir, a hacerse abogado de una o de otra causa. De hecho no
es que la poesía falte en la
Atenas de Pericles. Casi todos escriben en verso. Pero lo hacen al servicio de las ideas, por la filosofía o por el teatro. Y,
naturalmente, teatro, filosofía e ideas nos ganan. La poesía nos pierde.
Su mayor representante es Píndaro, nacido a fines del siglo VI antes
de Jesucristo (en -522, parece ser), que estaba más que
saturado de poesía. Era de Tebas, ciudad que gozaba la fama que hoy tiene Cuneo y que, como Cuneo, no la merecía. Píndaro tenía un tío músico, que
le envió a sus costas, para estudiar composición
a Atenas, con los maestros Laso y
Agátocles. Al chico
aquellos estudios le sirvieron bastante
para extraer de las palabras todas las armonías posibles. Sus
conciudadanos dijeron que, una vez, Píndaro quedó dormido en el campo y que unas abejas, zumbando sobre su boca, habían dejado caer encima unas gotas de miel. O tal vez fuera el mismo Píndaro quien
inventó esta historia; la modestia no era su fuerte. Cinco veces concurrió al primer prefliio poético con su maestra y conciudadana Corina, que otras tantas veces le batió. Parece ser que ella iba provista, a ojos de los jueces que
componían el jurado,
de argumentos de los que el pobre Píndaro carecía y que tenían poco que ver con la
poesía. La derrota le hizo perder todo escrúpulo de galantería. Dijo que se sentía un águila «en comparación
con aquella excrecencia carnosa». Pues los poetas, cuando está de por medio un premio, emplean
la prosa, ¡y qué prosa!.
Pero
pronto tuvo su desquite, pues de todas partes le
llovieron comisiones de Gobiernos forasteros, de tiranos como Gerón de Siracusa y hasta de un rey, como Alejandro de Macedonia (el bisabuelo del Magno). De modo que cuando tuvo unos cuarenta y cinco años y volvió a casa rezumaba celebridad y riqueza. Pero las había sudado, pues sus famosas odas, que al leerlas parecen tan fáciles y
fluidas le habían costado un trabajo indecible.
Las componía a la par que la música, de la que desgraciadamente no ha quedado rastro, pues la destinaba al canto que él mismo enseñaba al coro. Píndaro era, en suma, «un letrista», aunque de altísimo nivel. Gran maestro de la métrica, henchido de metáforas, fantasioso
y sustancialmente
frígido bajo sus aparentes entusiasmos,
llegó a los ochenta años guardándose muy bien de mezclar su propio destino
personal a los grandes acontecimientos
de los cuales era
regularmente el panegirista. Cuando estalló la guerra con los persas, estuvo con la neutralidad de Tebas, que involucraba la
suya personal también. Después, consumados los hechos, se arrepintió y dirigió un sonoro homenaje a Atenas como a «la renovada ciudad protegida de los dioses, rica, coronada de violetas, guía
y baluarte de la Hélade toda». Tebas, por esta contradicción, le impuso una multa de diez mil dracmas, algo así como seis millones de liras. Pero fue Atenas la que, por
gratitud, se la pagó. Murió en -442, cuando, habiendo mandado un mensajero a Egipto para preguntar
al
dios Ammón qué era lo mejor de la vida, éste le respondió: «La muerte.» Atenas le dedicó un monumento. Y cuando, siglo y medio después, Alejandro
el Magno quiso castigar a Tebas por una rebelión, mandó a sus soldados incendiarla toda, menos la casa de Píndaro. Que, en efecto, todavía existe. No
queda gran cosa que decir sobre la poesía de Píndaro ni sobre la de sus menores
contemporáneos.
Toda la literatura de la edad de Pericles es engagée, es decir, funcional. Y hasta en la prosa, los únicos que brillaron fueron los «retóricos», o sea los maestres de oratoria, entre los cuales el más grande fue ciertamente Gorgias, y
los historiógrafos, que además eran sobre todo ensayistas políticos.
La rapidez de los progresos que los
griegos hicieron en este campo queda demostrada por
el hecho de que entre Heródoto y Tucídides no transcurren más que cincuenta años, cuando parece que al menos hubieran sido quinientos. Heródoto escribe la historia como
si fuese un cuento de hadas, sin distinguirla de la leyenda y el mito. Sabía muchas cosas porque, hijo de una buena familia de Halicarnaso, había
viajado; mas, en vez de cribarlas críticamente,
las amontonó en una miscelánea que de «historia universal»
tenía solamente la modesta pretensión. Los acontecimientos se
confunden con los milagros y con las profecías, y Hércules es descrito como un personaje real, parigual de Pisístrato. Todo
esto confiere a Heródoto el embrujo del frescor y de la inocencia. Puede leérsele con placer. Sólo hay que guardarse muy bien de creerle.
Tucídides, que comenzó a manejar la pluma cincuenta años después que Heródoto la hubo dejado, parece francamente pertenecer a otra edad. Se nota que entre ambos aparecieron los sofistas y se formó aquella especie de ilustración que tan extrañamente acerca el siglo -VI ateniense al siglo XVIII francés.
Tucídides
había nacido en 460 antes de Jesucristo, de padre propietario
de minas y madre de
prestigiosa familia tracia. Esto le permitió adquirir una excelente instrucción en la costosa escuela de los más renombrados sofistas, de
los cuales absorbió un escepticismo fundamental.
Su pasión era la política y, en efecto, todos sus primeros escritos son un diario de los acontecimientos de que era testigo. Se salvó de milagro de la epidemia de -430, que le había contagiado. Y seis años después le encontramos almirante
en la expedición naval en socorro de Anfípolis sitiada
por los espartanos. El
fracaso le costó el exilio y nos ha deparado a nosotros el placer de una Historia de la
guerra del Peloponeso que, de haberse quedado él en su patria haciendo
política, probablemente no hubiese escrito nunca.
Comienza su relato en el
momento que Heródoto lohabía dejado.
Pero, ¡qué diferencia, incluso
de estilo!. El de Tucídides es terso como el cielo del Ática, sin baboseos ni divagaciones. Hechos y personajes son vistos con su mirada límpida y representados con su justo relieve, sin prejuicios moralizadores. Nadie puede decir
que sus retratos de Pericles, Nicias, Alcibíades, sean verdaderos.
Pero lo parecen y esto basta para hacer gran historia. Tucídides no cae en una de esas inexactitudes en que el lector puede «picotear». Y su mano de escritor es tan hábil que no se nota. Él no emite juicios. Resalta lo bueno y lo malo en la narración de los hechos. Sus simpatías y antipatías no se advierten:
lo que es singularmente raro en un desterrado. Tiene una sola debilidad:
la de poner en boca de sus héroes frases elegantes, como se
suele hacer escribiendo, más no hablando. Pero él mismo confiesa que es un truco al que recurre para reavivar el relato y hacerlo más conciso y dramático. Todos sus personajes tienen, en efecto,
el mismo estilo: el de él. A veces, sin embargo,
exagera: como cuando atribuye a Pericles una Oración fúnebre sobre la decaída grandeza de Atenas. Mas, ¡ay!, que Plutarco está ahí para decirnos que Pericles no había dejado nunca ningún escrito y que ni siquiera
se habían transmitido sus pasajes orales. Lo que creemos, también a causa de que la oratoria de Pericles
no anduvo jamás en búsqueda de paradojas, de
dichos memorables y de frases de medalla que mereciesen recordarse.
Tucídides es un hábil reconstructor de
intrigas, pero más allá de la política no ve
nada: ni los factores económicos, ni las corrientes ideológicas, ni las transformaciones de las costumbres.
En sus páginas no
se encuentra una
estadística, ni figura el nombre de un filósofo.
No asoma nunca ni un
dios ni una mujer, ni siquiera Aspasia, que, sin embargo, algo contó en la vida y la carrera de Pericles.
Hay
en él una mezcolanza de Tácito y de Guicciardini,
pero más del segundo
que del primero. Como
Guicciardini, desahogó en historia las defraudadas ambiciones políticas, y lo hizo con la misma frialdad desencantada e
igual pesimismo sobre la fundamental maldad y estupidez de los hombres. No reconoce
progreso. La Humanidad, según él, está destinada a no aprender nada de la Historia y a repetir siempre, a cada generación, los mismos errores,
idénticas injusticias y bestialidades. Confesemos que encontraríamos cierto
embarazo en contradecirle.
Además de darnos una representación de los hombres y los hechos de su tiempo, Tucídides nos proporciona el documento de la madurez alcanzada
por Atenas en cuanto a pensamiento y expresión. Su prosa es un elevado modelo de concisión,
de eficacia, de limpio equilibrio. Es una lengua hablada maravillosamente, como lo
son todas las que han alcanzado la perfección. Nada de áulico ni de académico. Es un estilo sublime porque
no se nota que es un «estilo».
Pero
Tucídides, el discípulo
de los sofistas, nos demuestra también otra cosa: que el escepticismo había vencido ya. Los griegos, una vez arrojados
del Olimpo sus dioses, instalaron en él la Razón. Y él no creía ya en nada: ni siquiera en lo que escribe.
(
Indro Montanelli )
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