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martes, 27 de junio de 2023

CÉSAR EXPLICA EL MOTIN QUE TUVO EN SU EJÉRCITO

Siento peculiar horror por el amotinamiento de un ejército, así como siento horror por la traición de un amigo. Quizá los dos acontecimientos de la historia de mi época que más me conmovieron (en un sentido moral y en un sentido estético) sean el amotinamiento del victorioso ejército de Lúculo en el Oriente y el asesinato de Sertorio perpetrado por aquellos que, según se suponía, eran sus amigos. Hay algo trágico en tales hechos, pues tanto Lúpulo como Sertorio eran grandes soldados, que habían conquistado triunfos, y ambos, en momentos críticos, fueron abandonados y traicionados por débiles e innobles subordinados en quienes ellos confiaban. En cuanto a mí, supongo que siempre existe la posibilidad de que me asesinen, pero no creo que alguna vez sea incapaz de sofocar cualquier motín que se produzca entre mis tropas. Las conozco demasiado bien, y en el fondo también ellas me conocen.


Ello no obstante, el estallido de desórdenes en el seno de las legiones de Piacenza me inquietó mucho en aquella época. Comprobé que el desorden estaba concentrado en la novena legión, donde un pequeño grupo de agitadores había conseguido influir en la mayor parte de sus camaradas, incluso en unos pocos centuriones. Las perturbaciones emocionales se difunden rápidamente en un ejército, y cuando llegué a Piacenza también otras legiones estaban comprometidas en lo que equivalía a una rebelión. En cierto sentido, el aparente éxito de los agitadores me hizo más fácil tratar aquella cuestión, puesto que se habían organizado, hasta el punto en que pueden organizarse los amotinados, y habían elegido una comisión de doce hombres que pretendían representar al resto. La codicia y la piedad de si mismos eran los sentimientos que les habían sugerido sus supuestos motivos de queja.

 En virtud de varios tortuosos argumentos estaban convencidos de que merecían recompensas mayores de las que habían recibido. Y se quejaban a gritos (quejas que nunca se oyen, sino cuando los soldados están ociosos) sobre su estado de salud, los duros trabajos que habían sufrido en el pasado y la presión que constantemente yo ejercía sobre ellos para que acometieran aún más campañas y emprendieran más duros trabajos. Uno de sus oradores favoritos era aficionado a frases como ésta: «Hasta el metal de las espadas y escudos termina por gastarse. Sin embargo, este general nuestro continúa usándonos sin descanso para sus fines, aunque no estamos hechos de metal, sino de carne y hueso». Consideré esta oratoria bastante efectiva, aunque, por supuesto, en extremo deshonesta, y me enfureció el hecho de descubrir que se pretendía hacer creer a mis soldados que yo estaba prolongando la guerra deliberadamente, cuando desde el comienzo todas mis acciones indicaban mi deseo de la paz.


Evidentemente, era preciso que me presentara en persona ante la turba en desorden, que poco antes había sido un cuerpo de hombres disciplinados. Me llegué a ellos rodeado por un cuerpo de guardias inusitadamente grande y poderoso; eran hombres escogidos, a quienes todo el ejército conocía por sus hazañas. Y no era que yo temiera correr la suerte que hace ya mucho corrió mi suegro Cinna, quien por no haber tomado convenientes precauciones había sido asesinado por sus propias tropas amotinadas. Yo deseaba tan sólo mostrar a mis hombres que eran indignos de mi confianza y en seguida pude ver que mi actitud era eficaz. Aquellos soldados se desconcertaron al verme tan inesperadamente alejado de ellos. Sin duda sus supuestos cabecillas los habían persuadido de que todo cuanto tenían que hacer era amenazarme con que se unirían a Pompeyo y que entonces yo cedería a todas las demandas que quisieran exigirme. Ahora comenzaban a recordar lo que sabían perfectamente bien; es decir, que yo no soy hombre que se deje intimidar y que prefería morir antes que aceptar órdenes de mis propias tropas. Cuando comencé a hablar, se levantaron unos pocos gritos coléricos desde los bordes de la multitud de hombres, pero después de mis primeras frases, todos me escucharon en completo silencio.


Comencé por recordarles con serenidad lo que ellos y yo habíamos hecho juntos en las Galias y mencioné un hecho que, según dije, en mi opinión era obvio: que yo amaba a mis soldados y deseaba que ellos me amaran; pero como ellos sabían, no era yo uno de esos generales que tratan de ganar popularidad participando de los defectos de los soldados o bien perdonando sus faltas. Luego les señalé la circunstancia de que en todas sus campañas no sólo habían conquistado gran renombre, sino que habían sido las tropas mejor y más regularmente pagadas de toda la historia romana. Sabían cómo yo personalmente me había ocupado de todos los problemas referentes a los abastecimientos y a la comodidad de los soldados; sabían cómo los había recompensado después de cada acción triunfante. Sin duda recordarían los grandes esfuerzos que les había exigido, pero, ¿recordaban también el júbilo y la exaltación que habían mostrado en medio de la fatiga?. ¿Recordaban las victorias que nos habían hecho famosos en todo el mundo?.


Dije que me era difícil reconocer ahora en ellos a aquellos hombres a quienes había conocido y en quienes había confiado. Los encontraba en su propio país dedicados al saqueo de los bienes de sus compatriotas y comportándose verdaderamente peor que aquellos celtas y belgas a quienes habíamos derrotado. De esta manera se habían y me habían deshonrado. Les señalé que no me era posible creer que todos ellos estuvieran igualmente comprometidos en los cobardes e irresponsables actos que se estaban cometiendo. Prefería pensar que la mayor parte de ellos había sido inducido a cometer aquellas fechorías por un puñado de personajes ambiciosos y enfadados, a quienes probablemente pagaba el enemigo y que nunca habían sido buenos soldados ni buenos hombres. Pero, así y todo, la actitud general era mala. Aquellos pocos bribones habían sin duda conseguido corromper a la masa de hombres. Los habían persuadido a obrar contra el honor y contra la naturaleza; porque en efecto, existe una ley de la naturaleza según la cual algunos deben mandar, y otros, obedecer. Si se viola esa ley, toda la organización de los seres humanos, con el conjunto de sus instituciones, cae en el caos y la confusión.


En cuanto a mí, ellos sabían muy bien si estaba capacitado o no para mandar. Yo descendía de los fundadores originales de Roma; es más, de los propios dioses inmortales. Y el Estado me había confiado los poderes de pretor, de cónsul y de procónsul, para gobernar provincias. ¿De qué me valía mi linaje, o los poderes con que me había investido el pueblo romano, si ahora iba a recibir órdenes de unas pocas personas despreciables de mi propio ejército?.  ¿Se imaginaban esos miserables agitadores que podrían amedrentarme?. ¿De qué manera?. ¿Creerían que yo temía la muerte?. Pero aun suponiendo que todo el ejército hubiera decidido salirse de mi mando, yo prefería morir antes que renunciar a mis derechos y deberes de combate. ¿Creían que podían influir en mi con la amenaza de desertar y de unirse a Pompeyo?. 

Si ésta era la idea de lealtad que ellos tenían, y si ésta era realmente su disposición, que Pompeyo les diera la bienvenida. Por mi parte, prefería tener a tales soldados contra mí que en mi ejército. Pero no fueran a imaginarse que iba a facilitarles el libre traslado a Grecia o permitirles que marcharan por Italia saqueando su propio país. Ellos podrían pensar sólo en sí mismos, pero yo tenía que pensar en los intereses de la república y en los míos propios. No deseaba tener en mi ejército hombres dispuestos a amotinarse, pero tampoco iba a tolerar ladrones y bandidos en Italia, así como no los había tolerado en las Galias.


Al terminar este discurso, la mayor parte de los centuriones y oficiales se adelantaron, cayeron a mis pies y me imploraron que perdonara a los hombres que tenían bajo su mando. Pude ver que verdaderamente representaban el sentimiento del ejército. Así y todo, me pareció que era necesario tomar alguna medida disciplinaria. Sobre la base de la información que había recibido, había mandado componer una lista de ciento veinte nombres que incluía el de todos los cabecillas y casi todos sus más ardientes seguidores. Hice leer en voz alta la lista, y por la reacción de los hombres noté que mi información en general era correcta. Seguidamente se hizo un sorteo para elegir doce nombres del total de la relación, pero dispuse las cosas de modo tal que los doce fueran aquellos que, según mis informaciones, eran los verdaderos jefes del amotinamiento. Una vez más, cuando se leyeron estos nombres en voz alta, el ejército pareció manifestar una especie de satisfacción y respeto por lo que se suponía era el acierto del azar. Sin embargo, uno de los hombres protestó violentamente, y vi que el resto consideraba con simpatía sus protestas. Hice investigar el caso de aquel hombre y comprobé que era un buen soldado, que se hallaba ausente con licencia cuando comenzó el motín y que no estaba complicado de ninguna manera en el levantamiento. Había sido denunciado por un centurión con el que tenía una cuestión personal. Me pareció justo que ese centurión ocupara en la lista de condenados el lugar de aquel hombre a quien había acusado falsamente. Y así se hizo. Los doce hombres fueron ejecutados, y la disciplina quedó enteramente restablecida. Ahora tenía la libertad de ir a Roma y tenía la seguridad de que en mi ejército no se producirían más disturbios.



miércoles, 15 de febrero de 2023

POMPEYA (ESPOSA DE JULIO CÉSAR)

Pompeya (fl. siglo I a. C.), fue la segunda o tercera esposa de Julio César, era hija de Quinto Pompeyo Rufo, un antiguo cónsul, y de Cornelia, hija del dictador romano Lucio Cornelio Sila. Era una mujer hermosa y encantadora pero tal vez no muy inteligente.

 

César se casó con ella en 68 a. C., después de haber ejercido las funciones de cuestor en Hispania, y tras la muerte de su primera esposa, Cornelia, el año anterior.​ César era el sobrino de Cayo Mario mientras que Cornelia era la hija de Lucio Cornelio Cinna. Mario y Cinna, jefes de los populares, habían sido derrotados durante la guerra civil entre Mario y Sila (88-87 a. C.) y la guerra civil entre Cinna y Sila (82-81 a. C.). El matrimonio de César con una nieta de Sila, que le había sin embargo proscrito en su juventud, marca tal vez su voluntad de aceptar la nueva situación política romana.

En 63 a. C., César fue elegido pontífice máximo (es decir, sumo pontífice de la religión romana), lo que le daba derecho a residir en la domus publica, residencia oficial en la Vía Sacra.​ En esta casa, Pompeya acogió las fiestas de la Bona Dea (en español, la Buena Diosa), una antigua diosa romana, en cuya fiesta anual estaba prohibida toda presencia masculina. Sin embargo un joven patricio, Publio Clodio Pulcro, consiguió introducirse en la casa, disfrazado de mujer, aparentemente con el propósito de seducir a Pompeya. Fue desenmascarado y perseguido por profanación. César no aportó ninguna prueba contra Clodio durante el juicio, y este fue absuelto. Sin embargo César se divorció de Pompeya, aduciendo: «Mi esposa debe estar por encima de toda sospecha».​ Esta cita de César ha pasado a ser famosa con la siguiente forma: «La esposa de César no solo debe ser honesta, sino parecerlo».


martes, 27 de diciembre de 2022

EL TERRIBLE DICTADOR LUCIO CORNELIO SILA

 


Sila fue elegido cónsul el año 88 antes de Jesucristo; es decir, poco después de la revolución social y servil que Mario había reprimido tan sanguinariamente. La elección, querida por los conservadores, resultó un poco al margen de la Constitución y de la usanza, por cuanto era la de un hombre que no había seguido un cursus honorum regular.


Lucio Cornelio Sila procedía de la pequeña y pobre aristocracia y siempre se había mostrado refractario a las dos grandes pasiones de sus contemporáneos: la del uniforme militar y la de la toga de magistrado. Había tenido una juventud disoluta. Se hizo mantener por una prostituta griega más vieja que él, a la cual engañó y maltrató. No se había ocupado jamás en política ni cosas serias y tal vez ni siquiera cursó estudios regulares. Pero había leído mucho, conocía perfectamente la lengua y la literatura griegas, y tenía un gusto refinado en cosas de arte.


Sus cualidades fundamentales, que eran sobresalientes, acaso no hubiesen surgido nunca si, elegido no se sabe cómo cuestor y destinado con el grado más o menos de capitán en el ejército de Mario en Numidia, no se hubiese encontrado directamente implicado en la liquidación de Yugurta. Fue él, en efecto, quien persuadió al rey de los moros, Boco, a que le entregase al usurpador. Era una brillante operación que coronaba las ya realizadas empuñando la espada. Sila se había mostrado un magnífico comandante, sereno, sagaz, valerosísimo y con gran ascendiente sobre sus soldados. Había tomado interés por la guerra y se divertía en ella porque entrañaba juego y riesgo, dos cosas que siempre le habían agradado. Por esto siguió a Mario también en las campañas contra teutones y cimbros, contribuyendo poderosamente a sus victorias.


De vuelta a Roma en 99 con esos méritos en su activo, hubiera podido muy bien optar a magistraturas más altas. En cambio, nada: se había aburrido. Y durante cuatro años se sumió en la vida de antes entre prostitutas, gladiadores de Circo, poetas malditos y actores sin dinero. Luego de improviso, se presentó candidato a la pretura y fue derrotado. Entonces, roído por el orgullo que en él ocupaba el sitio de la ambición, concurrió como edil, fue elegido y encantó a los romanos ofreciéndoles, en el anfiteatro, el espectáculo del primer combate entre leones. Al año siguiente era, naturalmente, pretor; y como tal tuvo el mando de una división en Capadocia para reponer en el trono a Ariobarzanes, desposeído por Mitridates.



 Con la victoria, trajo a Roma un gran botín. Pero más grande parece que fue el que se había embolsado. Estaba cansado de deudas y, antes de depender de un partido, prefería financiarse por su cuenta las campañas electorales. En efecto, no estaba adscrito a ninguno. Habiendo nacido aristócrata, pero pobre, sentía la misma indiferencia y el mismo desprecio por la aristocracia que le había «aupado» que por la plebe que le consideraba de los suyos. Había vivido siempre para sí mismo, en compañía de gentes al margen de la política. Y su litigio con Mario no se debió a cuestiones políticas, sino sólo porque se había hecho regalar por Boco un bajorrelieve de oro en el que figuraba el rey de los moros entregando Yugurta a él, Sila, en vez de a Mario. Miserias, como se ve.


Sila se presentó al consulado de 88, no para hacer política, sino para tener el mando del ejército que se estaba aprontando contra Mitridates en la misma turbulenta provincia de Asia Menor, donde ya había combatido contra Ariobarzanes de Capadocia. 



Y ganó a causa, sobre todo, de las mujeres. En efecto, se divorció, cubriéndola de regalos, de su tercera mujer, Clelia, para casarse con una cuarta: Cecilia Metela, viudad de Escauro e hija de Metelo el Dálmata, pontífice máximo y príncipe, esto es, presidente del Senado. Por este parentesco con una de sus más poderosa familias, la aristocracia comenzó a ver en Sila a su propio adalid. Y favoreció su elección, asignándole en seguida el codiciado mando.


El tribuno Sulpicio Rufo trató de invalidar este nombramiento y propuso a la Asamblea transferirlo, a Mario quien, pese a sus setenta años, todavía solicitaba puestos, cargos y honores. Pero Sila no era un hombre dispuesto a renuncias. Corrió a Nola, donde se estaba organizando el Ejército. Y, en vez de embarcarlo para Asia Menor, lo condujo sobre Roma, donde Mario había improvisado otro para resistirle. Sila venció fácil y rápidamente, Mario huyó a África y Sulpicio fue muerto por un esclavo suyo. Sila expuso la cabeza decapitada en las rostras y recompensó al asesino libertándolo primero a cambio del servicio prestado y matándole después a cambio de la traición cometida.


Después de esta primera restauración no hubo represalias, o fueron pocas. Con sus treinta y cinco mil hombres acampados en el Foro, Sila proclamó que en adelante ningún proyecto de ley podía ser presentado a la Asamblea sin el previo consenso del Senado y que el voto en los comicios tenía que ser dado por centurias, según la vieja Constitución serviana. Después, tras haberse hecho confirmar el mando militar con el título de procónsul, permitió la elección de dos cónsules para el despacho de los asuntos en la patria; el aristócrata Cneo Octavio y el plebeyo Cornelio Cinna. Y partió para la empresa que le atraía.


No avistaba todavía las costas griegas, cuando ya Octavio y Cinna andaban a la greña. Y detrás de ellos, entraban en liza por las calles los conservadores, optimates, de una parte, y los demócratas o populares,de la otra. La guerra social y servil de dos años antes desembocaba en la guerra civil. Octavio venció y Cinna huyó, pero en un solo día se habían amontonado sobre los empedrados de la Urbe más de diez mil cadáveres.


Mario se dispuso a regresar precipitadamente de África para unirse a Cinna, que recorría las provincias —para incitarlas a la sublevación. Melodramáticamente se presentó con una toga hecha jirones, sandalias deterioradas, barba larga y las cicatrices de sus heridas bien a la vista. Y en un abrir y cerrar de ojos reunió un ejército de seis mil hombres, casi todos esclavos, con los que marchó sobre la capital, quedada ya sin defensa. Fue una matanza.



 Octavio aguardó la muerte con calma, sentado en su sillón de cónsul. Las cabezas de los senadores, izadas en picas, fueron paseadas por las calles. Un tribunal revolucionario condenó a millares de patricios a la pena capital. Sila fue declarado desposeído del mando, todas sus propiedades quedaron confiscadas y todos sus amigos, fueron muertos. Se salvó solamente Cecilia porque logró huir y reunirse con su marido en Grecia. 



Bajo el nuevo consulado de Mario y Cinna, el terror continuó implacable durante un año. Buitres y perros se comían por las calles los cadáveres a los que se les. negaba sepultura. Los esclavos liberados siguieron saqueando, incendiando y robando hasta que Cinna, con un destacamento de soldados galos, los aisló, rodeó y degolló a todos. Por primera vez en la historia de Roma se emplearon tropas extranjeras para restablecer el orden en la ciudad.


Fueron éstas las últimas hazañas de Mario, que murió en plena carnicería, roído por el alcohol, los rencores, los complejos de inferioridad y las ambiciones defraudadas que se la habían inspirado. Lástima, para un capitán tan grande, que, antes de sumirla en la guerra civil, había salvado muchas veces a la patria.


Quedaba Cinna, ahora prácticamente dictador, pues Valerio Flaco, elegido para el puesto de Mario, fue enviado con doce mil hombres a Oriente para deponer a Sila.


Incomunicado con la madre patria, éste se encontraba sitiando Atenas que se había aliado con Mitrídates, el cual venía de Asia con un ejército cinco veces mayor. Era una situación casi desesperada, que podía convertirse en sin salida, si él se dejaba sorprender bajo las murallas de la ciudad por Mitrídates y por Flaco a un tiempo. Mas en Sila, decía quien le conocía, dormitaban juntos un león y un zorro, y el zorro era mucho más peligroso que el león. Cierto número de «milagros», que él mismo había expresamente provocado, habían convencido a sus soldados de que era un dios y, como tal, infalible.



 Era tan sólo, se comprende, un formidable general que conocía perfectamente a los hombres y los medios para explotarles, con frío y lúcido cálculo, la fuerza y las debilidades. Quedado sin ayuda de dinero, se había allegado la soldada para sus tropas, permitiendo que éstas saquearan Olimpia, Epidauro y Delfos. Pero siempre acto seguido, había restablecido la disciplina. La inexpugnable Atenas fue tomada por sorpresa al asalto. Y Sila recompensó a sus soldados dejándoles la ciudad a su merced. No se sabe cuánta gente mataron —dice Plutarco—. Pero la sangre corrió a ríos por las calles e inundó los suburbios.


Después de días y más días de matanza, Sila, que con todo su amor por Grecia, su cultura y su arte asistió a ella con absoluta indiferencia, dijo que en nombre de los muertos había que perdonar a los supervivientes. Reagrupó las falanges y las condujo contra el ejército de Mitrídates que avanzaba sobre Queronea y Orcómenos. Le derrotó en una magistral batalla, y persiguió los restos a través del Helesponto hasta el corazón del Asia. Y cuando se disponía a aniquilar definitivamente las últimas fuerzas enemigas, sobrevino Flaco con la orden de sustituirle en el mando.


Los dos generales celebraron una entrevista. Y al final de la conversación, Flaco no sólo había renunciado a cumplir las órdenes, sino que se puso espontáneamente bajo las de Sila. Su lugarteniente Fimbria intentó rebelarse. Y entonces Sila ofreció una ventajosa paz a Mitrídates, garantizándole respetar su reino dentro de los antiguos confines, y exigiendo solamente, como indemnización, ochenta naves y dos mil talentos, con los que pagar a la tropa y conducirla de nuevo a la patria. Luego marchó hacia Lidia al encuentro de Fimbria, mas no tuvo necesidad de luchar con él, pues la tropa, apenas le vio, se unió a la suya, tal era ya el prestigio del nombre de Sila. Y Fimbria, al verse solo, se mató.


Sila volvió sobre sus pasos sin descuidar el saqueo de tesoros ni de exprimir dinero en todas las provincias por que pasaba. Atravesó Grecia, embarcó su ejército en Patrás y el año 83 llegó a Brindisi. Cinna, que se precipitó a su encuentro para detenerlo, fue muerto por sus soldados. En Roma estalló la revolución.


Sila traía al Gobierno un pingüe botín; quince mil libras de oro y cien mil de plata. Pero el Gobierno, todavía en manos de los populares guiados por el hijo de Mario, Mario el Joven, le proclamó enemigo público y mandó a su encuentro un ejército para combatirle. Muchos aristócratas huyeron de la Urbe para unirse a Sila. Uno de ellos, Cneo Pompeyo, considerado como el más brillante adalid de la «juventud dorada», le aportó un pequeño ejército personal, compuesto exclusivamente de amigos, clientes y siervos de la familia.


En combate, Mario el Joven fue estrepitosamente derrotado. Mas, antes de huir a Preneste, dio orden a sus partidarios de que mataran a todos los partídarios que todavía quedaban en la capital. El pretor convocó al Senado, como era su derecho. Y los senadores señalados en la «lista negra» fueron degollados en sus sillones. Después, los asesinos desalojaron la ciudad para reunirse con Mario y las demás fuerzas populares que se disponían a jugar la última carta contra Sila. 



La batalla de la Puerta Colina fue una de las más sangrientas de la Antigüedad. De los cien mil y pico de hombres de Mario, más de la mitad yacieron sobre el terreno. Ocho mil prisioneros fueron degollados sin discriminación. Y las cabezas decapitadas de los generales, izadas en picas, fueron llevadas en procesión bajo los muros de Preneste, último bastión de la resistencia popular, que poco después se rindió. Mario se había matado, ya. También su cabeza fue cortada, mandada a Roma e izada en el Foro.


El triunfo que la capital dispensó a Sila el 27 y 28 de enero del -81 fue inmenso. El general iba seguido por el cortejo entusiasta de los proscritos por Mario, todos con coronas de flores en la cabeza, que le aclamaban como padre y salvador de la patria. Y los soldados no se mofaban esa vez de su capitán; lanzaban hosannas. Sila celebró los sacrificios de ritual en el Capitolio y después arengó a la muchedumbre en el Foro refiriendo con hipócrita modestia la increíble serie de éxitos que le habían conducido hasta allí y atribuyéndolos solamente a la suerte, en honor de la cual pidió, o, mejor impuso, que se le reconociese el título de felix, que, literalmente, quería decir feliz, pero que en aquel caso significaba besado por el destino, ungido por el Señor, en una palabra «el hombre de la Providencia». El pueblo se inclinó y, en gratitud, decidió erigirle la primera estatua ecuestre, de bronce dorado, que se había visto en Roma, donde jamás se toleró que nadie fuese representado más que a pie.


No fue ésta la única novedad que Sila introdujo para subrayar lo absoluto de sus poderes. Fue el verdadero inventor del «culto a la personalidad». Hizo acuñar nuevas monedas con su perfil e introdujo en el calendario, como obligatorias, las «fiestas de la victoria de Sila». Desde lo alto de su totalitarismo de dictador, trató a Roma como a una ciudad cualquiera conquistada, dejándola bajo la guardia de su ejército en armas y sometiéndola a la más feroz represión. Cuarenta senadores y dos mil seiscientos caballeros que se habían puesto de parte de Mario fueron condenados a muerte y ajusticiados. Premios equivalentes de hasta cinco millones de liras fueron otorgados a quienes entregaban, vivo o muerto, un proscrito fugitivo. 



El Foro y las calles se adornaron con cabezas decapitadas, alegremente, como hoy se hace con globos de colores. Maridos —dice Plutarco— fueron degollados en brazos de sus mujeres e hijos entre los de sus madres. Hasta muchos de los que trataron de contemporizar sin tomar partido por nadie fueron suprimidos o deportados, especialmente si eran ricos; Sila tenía necesidad de sus patrimonios para cebar a sus soldados. Uno de los sospechosos era un jovenzuelo llamado Cayo Julio César, que, sobrino de Mario por parte de la mujer de éste, rehusó renegar de su tío. Algunos amigos se interpusieron y el joven salió del paso con una condena a confinamiento. Al firmar la sentencia, Sila dijo, como para sus adentros: «Cometo una tontería, porque en ese chico hay muchos Marios.» A pesar de lo cual, la firmó igualmente.


Pocos días después de haberse instalado definitivamente en el poder, Sila se enfrentó, en una ceremonia pública, con el gesto de insubordinación de uno de sus más fieles lugartenientes, Lucrecio Ofelia, el conquistador de Preneste, un bravo soldado, pero fanfarrón e indisciplinado. Delante de las tropas, que, sin embargo, le adoraban, Sila le hizo apuñalar por un guardia, como Hitler habría de hacer, dos mil años más tarde, con Roehm y Stalin, con docenas de amigos suyos. Era la señal de la «normalización».


Sila gobernó como autócrata durante dos años. Para colmar los vacíos provocados por la guerra civil en la ciudadanía, concedió ese derecho a extranjeros, sobre todo españoles y galos. Distribuyó tierras a más de cien mil veteranos, especialmente en Cumas, donde él mismo poseía una finca. Para desanimar el urbanismo, abolió las distribuciones gratuitas de trigo. Rebajó el prestigio de los tribunos y restableció la regla de los diez años de intervalo para quien concurriera por segunda vez al consulado. Dio sangre nueva al Senado, vaciado por las matanzas, con trescientos nuevos miembros de la gran burguesía fieles a él; y le restituyó todos los derechos y privilegios de que había gozado antes de los Gracos. Era verdaderamente una «restauración aristocrática». La llevó a fondo y licenció al Ejército, decretando que a partir de entonces ninguna fuerza armada podía apostarse más en Italia. Después, considerando concluida su misión, y en medio del pasmo general, volvió a poner sus poderes en manos del Senado, restableciendo el gobierno consular. Y, como un particular cualquiera, se retiró a su villa de Cumas.


A la sazón, Cecilia Metela había muerto ya. Enfermó poco después del triunfo de su marido, quien, como se trataba de una dolencia infecciosa, la hizo trasladar a otra casa donde dejó que reventara como un perro sarnoso.


Poco antes de la abdicación, Sila, ya sobre la sesentena, había conocido a Valeria, una hermosa muchacha de veinticinco años. El azar la puso a su lado, en el Circo. Ella vio un pelo en la toga del dictador y se lo quitó. Sila se volvió a mirarla, asombrado primeramente por su osadía y después por su primorosa belleza. «No te preocupes, dictador —le dijo ella—, también yo quiero participar, aunque sea por un pelo, de tu suerte.» Al parecer, fue el único amor desinteresado y verdadero de Sila, demasiado egoísta para alimentar esos sentimientos. Casóse con ella poco después y nadie puede saber cuánto influyó sobre sus propósitos de abdicación el deseo de gozar plenamente de aquella joven y bella esposa.


El día en que, depuesto el poder y las insignias de mando, volvió a casa como un particular cualquiera, en medio del aterrorizado y empavorecido silencio de los transeúntes, uno de éstos se puso a seguirle, injuriándole. Sila no se volvió, ni menos cuando el marrano le dirigió un grosero ademán. Sólo dijo a los pocos amigos que le acompañaban: «¡Qué imbécil! Después de ese ademán, no habrá ya dictador en el mundo dispuesto a abandonar el poder.»


Pasó los últimos dos años de su vida haciendo el amor con Valeria, cazando, discuriendo de filosofía con los amigos y escribiendo sus Memorias, que nos han llegado sólo a trozos. El «feliz» parece ser que lo fue de veras en aquel crepúsculo de su existencia, que había sido plena y sin decepciones ni lamentos (no era capaz de remordimientos), tal como la habla soñado al asomarse a ella. Entre sus veteranos de Cumas, permaneció lúcido y vigoroso hasta el último día, dirimiendo sus controversias con su habitual manera imperiosa y expedita. Cuando un tal Granio le desobedeció a propósito de no sé qué bagatela, le hizo acudir a su habitación y estrangular por los siervos, como en los tiempos en que era dictador. Su orgullo y su prepotencia no menguaron ni siquiera cuando se vio cara a cara con la muerte, que llamaba a su puerta en forma de una úlcera maligna que tal vez fuese cáncer. Con sus ojos celestes y fríos bajo la cabellera dorada, con aquel rostro pálido que semejaba «una baya de morera salpicada de harina», como decía Plutarco, siguió ocultando sus sufrimientos bajo una sonrisa alegre y palabras jocosas. Antes de expirar, dictó su propio epitafio;

«Ningún amigo me ha hecho favores, ningún enemigo me ha inferido ofensa, que yo no haya devuelto con creces.»


Era verdad.








lunes, 26 de diciembre de 2022

EL CÓNSUL QUINTO CECILIO METELO PÍO





( En la foto de arriba, moneda con Metelo Pío)



QUINTO CECILIO METELO PÍO ESPICIÓN NASICA
 ( METELO ESPICIÓN), según un dibujo de Colleen McCullough



Quinto Cecilio Metelo Pío (Latín: Quintus Caecilius Metellus Pius; Roma, 130 a. C. - Ibidem, 64 a. C.) fue un destacado político y militar romano de la era tardorrepublicana, perteneciente a la facción de los optimates. Fue cónsul en 80 a. C. Combatió en la guerra civil contra los partidarios de Cayo Mario y a favor de Sila, y triunfalmente en Hispania contra Quinto Sertorio y Perpenna (Guerras Sertorianas, 79-72 a. C.).





FAMILIA Y GUERRA SOCIAL


Hijo de Quinto Cecilio Metelo el Numídico, recibió su sobrenombre por su piedad filial y sus gestiones para procurar el regreso de su padre, exiliado en el año 99 a. C. por oponerse a la ley agraria. Pertenecía a la rama Metela o Metella de la gens (familia)Caecilia. Nació hacia el 130 a. C. y en su juventud acompañó a su padre a Numidia (109 a. C. a 107 a.C.). Siendo pretor en el año 89 a. C., fue uno de los comandantes que dirigieron los ejércitos romanos durante la Guerra Social, destacando y por su acción de derrotar y matar en batalla al caudillo de los marsos Quintus Pompaedius (88 a. C.).


En el 87 a. C. todavía combatía contra los samnitas cuando el Senado le llamó a Roma para defender la ciudad del ataque de Cayo Mario y Lucio Cornelio Cinna; los soldados tenían más confianza en Metelo que en el cónsul [[Gneo Octavio (cónsul 87 a. C.)|Octavio, y pidió que le fuera confiado el mando supremo en la ciudad pero cuando le fue rehusado, muchos soldados desertaron al bando rival. Metelo, ante la imposibilidad de resistir a los ejércitos de los populares, abandonó Roma, huyendo primero a Liguria y después a África, donde permanecería tres años.



PRIMERA GUERRA CIVIL 

En África reunió una considerable fuerza, pero en el año 84 a. C. lo derrotó el popular Gayo Fabio que aseguró la provincia para los populares, pero Metelo pudo volver a Italia y permaneció en Liguria. En el año 83 a. C. se unió a Sila cuando éste desembarcó en Italia, siendo uno de sus más destacados jefes militares en la guerra contra el joven Mario; obtuvo en ella importantes triunfos tanto en Umbría, donde derrotó al legado de Cneo Papirio Carbón, Gayo Carrinas en la Batalla del río Asio, como al propio Carbón y a Gayo Norbano Balbo en la Galia Cisalpina, derrotando a sus fuerzas coaligadas en lo que hoy es Faenza (Faventia) en 82 a. C. Como reconocimiento por sus servicios, Metelo compartió el consulado con el propio Sila en el año 80 a. C.. En este año premió los servicios de Q. Calidio, por obtener el retiro de la condena de su padre de destierro, utilizando su influencia para nombrarlo pretor.




Además, Metelo Pío fue nombrado Pontífice Máximo. Una anécdota curiosa a tal respecto es que Metelo Pio era tartamudo y en toda ceremonia romana se debía actuar sin error alguno, pues de lo contrario había que empezar de nuevo para conjurar malos augurios. Debido a ello, algunos historiadores especulan que el nombramiento de Metelo Pio como Pontífice fue una broma de Sila, cuyo sentido del humor era de lo más peculiar. En cualquier caso, Metelo Pío tuvo pocas oportunidades de ejercer el cargo, pues fue casi inmediatamente destinado fuera de Roma.




LAS GUERRAS SERTORIANAS

En el 79 a. C. llegó a Hispania como procónsul de la Ulterior para reprimir el movimiento demócrata de Sertorio, seguidor del infortunado Mario, permaneciendo en la penínsulamás de ocho años. Tenía a su mando dos legiones, comandadas por Servilio y Licinio, que estacionó en la Lusitania. Aproximadamente durante los años 79-78 a. C. se construyen los campamentos de “Metellinum” (Medellín) y “Castra Cecilia” prolongando la Vía Lata, la calzada romana desde el río Tajo hasta la Sierra de Gredos, donde fundaría “Vicus C a. C.ilius” (Puerto de Béjar). Siglos más tarde el gobernador eibarrés Miguel de Aguinaga y Mendigoitia fundaría, en su honor, la ciudad colombiana de Medellín.




Mejor conocedor de esas agrestes tierras, Sertorio había aprendido de los pueblos celtíberos la táctica de la guerrilla, y sus esfuerzos se centrarán en impedir que el ejército de Metelo se encuentre con el del gobernador de la Citerior, Marco Domicio Calvino, o con el de la Narbonense, Lucio Manlio. El lugarteniente de Sertorio, Hirtuleyo, consiguió derrotar a los ejércitos de estas dos provincias. Sertorio se dispuso a neutralizar a Metelo, ahora privado de apoyos, el cual se retiró a su zona de seguridad. Metelo Pío ideó una guerra de desgaste, pero los éxitos que obtuvo a corto plazo fueron muy discretos.




Tras dos años de guerra los resultados eran muy favorables a Sertorio. Había ocupado a la Lusitania y neutralizado a las armas consulares. Los éxitos de Hirtuleyo abrían el camino hacia la Hispania Citerior. Sertorio le hizo regresar a la Lusitania con la orden de limitarse a la defensa y él partió hacia el valle del Ebro. Sertorio logró hacerse con la totalidad de la Citerior a excepción de unas pocas plazas en la costa. Ahora sus esfuerzos se dirigían principalmente a organizar su territorio y darle instituciones que le confirieran la impresión de un Estado de derecho y estable a la vez que formaba un ejército romano con su táctica y armamento. Estableció la capital de la "nueva Roma" en Osca, la íbera Bolscan, actual Huesca.



Después de tanto batallar contra el hábil y escurridizo Sertorio, la falta de progresos tras tres años de campaña supuso el envío en su ayuda de Cneo Pompeyo Magno, al que el Senado concedió sin mucho entusiasmo el cargo proconsular con imperium extraordinarium y nuevo ejército. Este personaje utilizaría la guerra sertoriana para fortalecer y ampliar sus clientelas en la Península Ibérica. Se asentó en la costa mediterránea, donde supo ganarse a los indígenas locales y en cuyo territorio se preparó para la campaña. Sertorio por su parte se preparó para una guerra de desgaste evitando un choque con la conjunción de los ejércitos de Pompeyo y Metelo. El plan de Pompeyo que consistía en liberar la costa oriental fracasó. En cambio Metelo obtuvo una brillantísima victoria sobre Hirtuleyo a orillas del río Sucro y acudió en auxilio del joven y casi derrotado Pompeyo, ayudándolo a triunfar sobre el primo de Cayo Mario. Metelo estaba tan orgulloso de su éxito, que permitió que sus tropas lo aclamaran como imperator.




Con la conjunción entre los ejércitos de Metelo y Pompeyo, Sertorio no tiene más remedio que replegarse hacia el norte y atrincherarse en Sagunto. Habiendo perdido la iniciativa, trata de ganar tiempo recurriendo a la guerra de guerrillas y alianzas desesperadas, mientras Pompeyo se hace cargo en el mando. Seguirán unos años de intenso conflicto en que las tropas consulares adquieren cada vez mayor ventaja sobre las de Sertorio, el cual acaba siendo asesinado en Osca el año 72 a. C. En 71 a. C. Metelo volvió a Roma y celebró el triunfo el 30 de diciembre. Fue entonces nombrado Pontífice Máximo dignidad en la que lo sustituyó Julio César a su muerte.



En el año 77 a. C. Metelo realizó una emisión de denarios a su nombre, con la inscripción Q(uintus) C(æcilius) M(etellus) P(ius) I(mperator) o simplemente IMPER, con una cabeza de Pietas (piedad) en el anverso aludiendo a su cognomen, «Pío».


En 65 a. C. apoyó a la acusación contra Gayo Cornelio. Adoptó a Publio Cornelio Escipión Nasica, hijo del pretor del año 94 a. C., que se llamó en consecuencia Quinto Cecilio Metelo Escipión Pío.




Murió alrededor del año 63 a. C. y se ganó el respeto de los historiadores militares, en especial de Sexto Julio Frontino, gracias a sus campañas en las Guerras Sertorianas. Las fuentes aluden a su afición a las letras y a su amistad con Arquias.



EL CÓNSUL METELLO SUSPENDE LOS COMICIOS OBSERVANDO EL CIELO