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sábado, 2 de febrero de 2019

EL CÓNSUL TIBERIO CORUNCANIO


Tiberio Coruncanio (en latín, Tiberius Coruncanius; m. 241 a. C.) fue un político y militar de la República romana que ocupó el consulado en el año 280 a. C. Es conocido por su participación en la guerra contra el rey Pirro de Epiro y por haber sido el primer pontifex maximus de origen plebeyo de la República. Es posible que también fuese el primer profesor de Derecho romano.
 
Se cree que Tiberio Coruncanio procedía de una familiar plebeya que podría proceder de Tusculum.
 
Fue elegido cónsul en 280 a. C. junto con Publio Valerio Levino; dirigió una expedición militar en Etruria contra las ciudades etruscas de los vulsinienses y vulcientes. Por estas victorias fue honrado con un triunfo a principios del año siguiente.
 
Cuando Pirro de Epiro invadió la península itálica y derrotó a las legiones romanas de Levino en la batalla de Heraclea, las legiones de Tiberio fueron llamadas de vuelta a Roma para preparar la defensa del territorio romano.
 
En el año 270 a. C. parece haber sido censor con Cayo Claudio Canina.
 
Entre los años 254 y 253 a. C. fue elegido pontifex maximus, principal sacerdocio de la República romana. Fue la primera ocasión en que un plebeyo ocupaba dicho cargo. En 246 a. C. fue nombrado dictador para celebrar los comicios para evitar la necesidad de llamar a los cónsules, que estaban destinados en Sicilia.
 
Murió en 241 a. C., siendo sustituido como pontifex maximus, según Liv. Epit. XIX., por Lucio Cecilio Metelo.
 
Tiberio Coruncanio fue el primer personaje que ejerció públicamente el derecho (publice professus est); se dice de él que era elocuente y de grandes conocimientos.
 
Su instrucción pública en Derecho tuvo el efecto de crear una nueva clase de personas sin cargo sacerdotal pero instruidas en el Derecho romano (jurisprudentes). Tras su muerte, la instrucción de estos estudiantes de Derecho se fue volviendo gradualmente más formal con la introducción de libros de Derecho.
 
Es posible que, como primer pontifex maximus plebeyo, Coruncanio permitiese a miembros del público y a estudiantes de Derecho que estuviesen presentes durante las sesiones y que les encargase atender a las labores consultivas solicitadas por los ciudadanos. 
Estas consultas probablemente tenían lugar en la parte exterior del Colegio de pontífices, de forma que estuviesen accesibles a cualquier interesado. Por ello, se convirtió en el primer profesor conocido de Derecho romano (se desconoce cómo aprendían los estudiantes hasta entonces).


jueves, 1 de noviembre de 2018

EL CÓNSUL LUCIO LICINIO CRASO ORATOR



Lucio Licinio Craso (latín Lucius Licinius L. F. Crassus), apodado el Orador (140 a. C.-91 a. C.) fue un político romano que ocupó el cargo de cónsul de la República Romana. Craso Orator fue, junto a Marco Antonio Orator el mejor orador de su época, según Cicerón.

 

Nació en el año 140 a. C., fue educado por su padre con el mayor cuidado, y recibió instrucción del célebre historiador y jurista Lucio Celio Antípatro.​ A muy temprana edad comenzó a mostrar su capacidad de oratoria. En 119 a. C., a la edad de 21 años​ acusó a Cayo Carbón, un hombre que era odiado por el partido aristocrático al que Craso pertenecía. Valerio Máximo​ da un ejemplo de su conducta honorable en este caso. Cuando un esclavo de Carbón presentó a Craso una caja llena de papeles de su maestro, Craso la devolvió a Carbón con el sello intacto, junto con su esclavo encadenado. Carbón escapó a la condena mediante suicidio.​

 

En el año siguiente (118 a. C.) defendió la propuesta de ley de establecer una nueva colonia en Narbo en la Galia. La medida era rechazada por el Senado, que temía que producto de la asignación de tierras a ciudadanos más pobres, el aerarium sufriría por la disminución de las rentas del ager publicus, pero, en esta ocasión, Craso prefería la popularidad a su adhesión a la aristocracia y gracias a su elocuencia consiguió su aprobación siendo uno de los que fundó la colonia.

 

En 114 a. C., emprendió la defensa de una pariente, la vestal Licínia, que era acusada de incesto junto con otras dos vestales más, Marcia y Emilia, pero, aunque en un juicio anterior su cliente había sido absuelta por Lucio Cecilio Metelo, Pontifex Maximus, y por todo el colegio de los pontífices, la energía puesta en su defensa no pudo prevalecer contra la severidad de L. Casio, que fue nombrado inquisidor por el pueblo con el propósito de revisar la sentencia indulgente.

 

Después fue cuestor con Quinto Mucio Escévola con el que ejerció otras magistraturas (todas con excepción de tribunado de la plebe y la censura). En su cuestura viajó a través de Macedonia a Atenas a su regreso de Asia, que parece haber sido su provincia. En Asia habría escuchado las enseñanzas de Metrodoro de Escepsis, y en Atenas recibió clases de Carmades y otros filósofos y retóricos, pero no permaneció mucho tiempo en esa ciudad, debido a la negativa de los atenienses a repetir la solemnización de los misterios, que acontecieron dos días antes de su llegada.​

 

A su regreso a Roma defendió a sus amigos, entre ellos a Sergio Orata acusado de apropiación de aguas públicas para sus cultivos de ostras.​ En 107 a. C. fue tribuno de la plebe.

 

En el año 106 a. C. apoyó la lex Servília, promovida por el cónsul Quinto Servilio Cepión que privaba a los caballeros del nombramiento de jueces que estaba en manos del orden senatorial. En 122 a. C., por la lex Sempronia de Cayo Graco, la judicia fueron trasladados desde el Senado a los equites. En 106 a. C. por la lex Servilia, estos privilegios fueron restaurados para el Senado. La lex Servilia de Cepión tuvo una existencia muy breve, pues cerca de 104 a. C., por la lex Servilia de C. Servilio Glaucia, la judicia se traspasó de nuevo a los caballeros. El discurso de Craso en favor de la lex Servilia de Cepión fue de notable poder y elocuencia.​ Fue en este discurso, que atacó a Memmius​ que era un vigoroso oponente de la rogativa de Cepión.

 

En 103 a. C. fue edil curul junto con Quinto Mucio Escévola y celebró unos espléndidos juegos en los que se introdujo la lucha de leones.​ Después fue pretor y augur.

 

Obtuvo el consulado en 95 a. C. Durante su consulado, Craso Orator y su colega consular Quinto Mucio Escévola aprobaron una ley, (la Lex Licinia Mucia de Civibus regundis) que obligaba a todos los ciudadanos que se hubieran inscrito en el censo desarrollado por los censores Marco Antonio Orator y Valerio Flaco sin poder demostrar esa ciudadanía (ese censo fue burdamente manipulado por los itálicos) a abandonar sus ciudades, además algunos serían azotados o se les confiscarían las propiedades. Cuando la ley se aprobó estalló la guerra social.

 

Durante aquel año defendió a Quinto Servilio Cepión acusado de traición (majestas) por el tribuno Cayo Norbano, pero Cepión fue condenado.​

 

Se apresuró en llegar a su provincia, la Galia Cisalpina, y explorar los Alpes en busca de enemigos, pero no encontró ninguna oposición y se limitó a someter a algunas pequeñas tribus. Por este éxito insignificante solicitó los honores de un triunfo, y tal vez su demanda hubiera sido concedida por el senado, si no es porque su colega Escévola se opuso a concederle tal honor.​ Con excepción de este hecho, su conducta en la administración de su provincia fue irreprochable.


Participó en una de las causas privadas más célebres en los anales de la jurisprudencia romana como fue el pleito de herencia entre Marco Curio y Marco Coponio (93 a. C.) defendidos por Craso y por Quinto Escévola respectivamente y en el que Craso triunfó brillantemente.​

 

En 92 a. C. fue elegido censor junto con Cneo Domicio Ahenobarbo y prohibió las escuelas de los llamados retóricos latinos.​

 

Aunque los dos censores estuvieron de acuerdo en esta medida, el resto del período en el cargo lo pasaron en disputas y discordias, al ser ambos de caracteres y costumbres muy diferentes. Craso era aficionado a la elegancia y el lujo. Él tenía una casa en el Palatino, que, a pesar de que no superaba en magnificencia a la mansión de Q. Catulo en la misma colina, era notable por su tamaño, su mobiliario, y la belleza de sus adornos. Ahenobarbo, su colega, se horrorizaba ante este tipo de corrupción de las costumbres.

 

Poco antes de su muerte, habló a favor de Cn. Planco defendiéndolo de la acusación de M. Junio Bruto. La réplica exitosa de Craso fue registrada por Cicerón y Quintiliano.

 

Su último discurso fue pronunciado en el senado en el año 91 a. C., contra Lucio Marcio Filipo, cónsul enemigo de los optimates. La vehemencia apasionada que puso en este hecho destrozó su salud y provocó una fiebre. Al cabo de siete días murió en su hogar.

 

Craso Orator se casó con Mucia Escévola, hija menor del cónsul Quinto Mucio Escévola Augur con su esposa Lelia, hija del cónsul Cayo Lelio Sapiens, cónsul en el 141 a. C. Craso Orator tuvo dos hijas con Mucia.

 

Licinia Crasa Maior, casada con el pretor Publio Cornelio Escipión Nasica, descendiente de Escipión el Africano y Publio Cornelio Escipión Nasica Corculum. De este matrimonio nació Quinto Cecilio Metelo Pío Escipión Nasica Corneliano. Licinia Crasa Minor, casada con el cónsul Quinto Cecilio Metelo Pío, Pontifex Maximus y amigo íntimo de Lucio Cornelio Sila Félix. Metelo Pío era hijo de Quinto Cecilio Metelo el Numídico. Según Plutarco y Cicerón, una de las Licinias estuvo brevemente casada con Cayo Mario el joven. La esposa de Craso y sus hijas eran conocidas en Roma por la pureza de su latín.



jueves, 9 de abril de 2015

EL CÓNSUL MARCO ATILIO RÉGULO

Marco Atilio Régulo (en latín, Marcus Atilius Regulus) (muerto 250 a. C.) general y cónsul en dos ocasiones, de origen plebeyo, ocupando segundo consulado durante el noveno año de la Primera Guerra Púnica (256 a. C.). Durante su primer mandato consular, en 267 a. C., derrotó a los salentinos, capturó Brundisium (hoy Bríndisi); y obtuvo, en consecuencia, el honor de un triunfo.
 
Once años después, en el año 256 a. C., fue cónsul por segunda vez con L. Manlio Vulso Longo, y fue elegido en el lugar de Q. Cedicio, que había muerto poco después de que había asumido la magistratura consular. Era el noveno año de la primera guerra púnica. Los romanos habían decidido hacer un enorme esfuerzo para concluirla, y en consecuencia habían decidido invadir África, con una gran fuerza. Los dos cónsules, con 330 buques, embarcaron las legiones en Sicilia, y luego se hicieron a la mar desde Ecnomo con el fin de cruzar a África. La flota cartaginesa, sin embargo, los esperó bajo el mando de Amílcar y Hannón en Heraclea Minoa, y de inmediato salieron a su encuentro. En la batalla que siguió, llamada cabo Ecnomo, los romanos salieron victoriosos, perdieron sólo veinticuatro buques, mientras que destruyeron treinta de los buques del enemigo, y tomaron sesenta y cuatro, con todos sus tripulantes.
 
El pasaje a África estaba despejado, y la flota cartaginesa se apresuró a defender la capital. Los romanos, sin embargo, decidieron no navegar directamente hacia Cartago, sino desembarcar en la costa oriental, cerca de la ciudad de Clypea o Aspis, capturándola y estableciendo allí su cuartel general. Desde allí organizaron expediciones de saqueo por toda la campiña cartaginesa, recogiendo en ellas un importante botín. Cuando se aproximaba el invierno, el cónsul Manlio regresó a Roma por orden del Senado, mientras que Régulo permaneció en territorio púnico con el resto de las tropas para proseguir las operaciones.
 
Marco Atilio llevaba las operaciones con la mayor energía, a lo que había de sumar la incompetencia de los generales cartagineses. El enemigo había reunido una fuerza considerable, que confió a tres comandantes: Asdrúbal, Bostar, y Amílcar, pero estos generales evitaban las llanuras, donde su caballería y los elefantes les habrían dado una ventaja sobre el ejército romano, y se retiraron a las montañas.
 
En los montes cerca de Adís los cartagineses fueron atacados por Régulo, y derrotados con grandes pérdidas; 15.000 hombres se dice que habrían muerto en la batalla, y 5.000 hombres con dieciocho elefantes habrían sido capturados. Las tropas cartaginesas se retiraron dentro de las murallas de Cartago, y Régulo ahora invadió el país sin oposición.
 
Numerosas ciudades cayeron en poder de los romanos, y Túnez, entre otras, a una distancia de sólo 20 kilómetros de la capital. Para añadir angustia a los cartagineses, los númidas aprovecharon la oportunidad de rebelarse, y sus bandas errantes completaban la devastación del país. Los cartagineses, en su desesperación, enviaron a un emisario a Régulo solicitando la paz. Pero el general romano, que estaba embriagado con el éxito, sólo se las concedía en términos tan intolerables que los cartagineses decidieron continuar la guerra, hasta las últimas consecuencias.
 
En medio de la angustia y alarma de los cartaginenses, la solución les llegó de un lugar inesperado. Entre los mercenarios griegos que acababan de llegar de Cartago, había un lacedemonio llamado Jantipo, que parece que ya había adquirido alguna pequeña reputación militar, aunque su nombre no se menciona con anterioridad.


Él señaló a los cartagineses que su derrota se debió a la incompetencia de sus generales, y no a la superioridad de las armas romanas, y con la confianza del pueblo, fue inmediatamente puesto a la cabeza de sus tropas. 
Basándose en su caballería de 4.000 jinetes y 100 elefantes, Jantipo marchó hacia campo abierto para hacer frente al enemigo, aunque sus fuerzas eran muy inferiores en número a los romanos, pero derrotó completamente a Régulo en los llanos del Bagradas. Treinta mil legionaros romanos fueron muertos, y apenas dos mil escaparon a Clypea, y el mismo Régulo fue hecho prisionero; junto con quinientos más. Esto fue en el año 255 a. C.2
 
Régulo permaneció en cautiverio durante los siguientes cinco años, hasta el año 250 a. C., cuando los cartagineses, después de su derrota de la Panormus por el procónsul Lucio Cecilio Metelo, enviaron una embajada a Roma para solicitar la paz, o por lo menos un intercambio de prisioneros.
 
Permitieron que Régulo acompañara a los embajadores con la promesa de que podría regresar a Roma si sus propuestas eran aceptadas, pensando que él podría convencer a sus compatriotas sobre un acuerdo de un intercambio de prisioneros con el fin de obtener su propia libertad.
 
La embajada de Régulo es uno de los relatos más célebres de la historia romana. Los cronistas y poetas relatan que Régulo al principio se negó a entrar en la ciudad como un esclavo de los cartagineses, después, no quiso dar su opinión en el Senado, porque había cesado, debido a su cautiverio, de ser un miembro de este ilustre órgano. 
Finalmente, cuando se le permitió por parte de sus compatriotas hablar, trató de disuadir al Senado de asentir a una paz, o incluso a un intercambio de prisioneros, y cuando los vio vacilantes, les dijo que los cartagineses le habían dado un veneno lento, que pronto pondría fin a su vida y como, finalmente, el Senado negó aceptar la oferta de los cartagineses, se opuso firmemente a las opiniones de sus amigos de permanecer en Roma y regresó a Cartago en su condición de prisionero.


A su llegada a Cartago, se dice que fue condenado a muerte en medio de las torturas más atroces. Se relata que fue puesto en un cofre cubierto en el interior con clavos de hierro, donde pereció, y otros escritores afirman además, que después de que sus párpados habían sido cortados, fue arrojado primero a un cuarto oscuro, y luego, de repente, expuesto a los rayos de un sol ardiente. Cuando la noticia de la muerte bárbara de Régulo llegó a Roma, el Senado se dice que habría dado a Amílcar y Bostar, dos de los generales cartagineses presos, a la familia de Régulo, que se vengaron sobre ellos con crueles tormentos.
 
Esta historia convirtió a Régulo en prototipo de resistencia heroica, puesto de ejemplo para generaciones posteriores de romanos. Muchos historiadores dudan de su veracidad, al carecer de pruebas fidedignas (el mismo Polibio guarda silencio sobre la misma). Quizá se tratara de una historia inventada por analistas romanos para infundir moral a las tropas y alimentar el odio a Cartago, excusando así el cruel tratamiento de los prisioneros cartagineses.


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El cónsul Marco Atilio Régulo, 
tras la victoria naval de cabo Écnomo en el año 256 a. C.,
 lleva la guerra a África, pero es derrotado por el ejército cartaginés.