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miércoles, 15 de mayo de 2019

PTOLOMEO APIÓN


Ptolomeo Apión (griego: Πτολεμαῖος Ἀπίων, 150/45 - 96 a. C.), más conocido como Apión, fue el último rey griego de la Cirenaica. Era miembro de la Dinastía Ptolemaica. Su segundo nombre, Apión, originario del Antiguo Egipto, podría estar relacionado con su ascendencia materna.
 
Ptolomeo fue el primer hijo del príncipe griego de Egipto, rey de Cirenaica y futuro faraón Ptolomeo VIII Fiscón. El tío paterno de Ptolomeo fue el faraón greco-egipcio Ptolomeo VI Filometor y su tía paterna fue una princesa greco-egipcia, la futura reina Cleopatra II de Egipto. Sus abuelos paternos eran greco-egipcios, el faraón Ptolomeo V Epífanes y la reina Cleopatra I de Egipto, una princesa griega del Imperio seléucida.
 
La madre de Ptolomeo era un egipcia llamada Irene, aunque según el historiador judío Flavio Josefo se llamaba Itaca. Ella, era una de las concubinas de Fiscon. Irene fue su amante desde 150 a. C. hasta 127 a. C. y acompaña a Fiscon en 145 a. C. a Egipto cuando se convierte en faraón al suceder a su hermano Ptolomeo VI.
 
Ptolomeo nació probablemente en Cirene, la capital de la Cirenaica, una región situada en la costa nordeste de lo que hoy es Libia. Sin embargo, fue criado y educado en Egipto, en la corte de su padre. Hasta 116 a. C., residió probablemente en Egipto.
 
Ptolomeo nunca tuvo un título real egipcio. En 116 a. C. muere el padre de Ptolomeo, y siguiendo la voluntad paterna, Ptolomeo hereda la Cirenaica y, en ese mismo año, fue proclamado rey de Cirenaica, donde comenzó a reinar sin ningún tipo de oposición política.
 
Apenas se conservan registros del reinado de Ptolomeo en Cirenaica. Ptolomeo murió el 96 a. C. y se cumplieron las condiciones del testamento de su padre para la Cirenaica. Según la voluntad de Ptolomeo, deja Cirenaica y sus ancestrales tierras reales al Estado de la República romana. Fiscón había planeado esto para Cirenaica después de la muerte de Ptolomeo.

 
Las ancestrales propiedades de Ptolomeo fueron ocupadas por la población local en el siglo primero. Los ocupantes de las fincas necesitaron la ayuda del emperador romano Nerón para poder legalizar sus títulos de propiedad.

miércoles, 17 de junio de 2015

LOS 10.000 DE CATÓN LLEGAN A CARAX, UNA ALDEA EN MEDIO DEL DESIERTO




Carax era una aldea a orillas de una deliciosa laguna. Su población, compuesta de psylli y de un pueblo del interior conocido como los garamantes, se ganaba el sustento sumergiéndose en el mar para recolectar esponjas y perlas; sólo consumían pescado, erizos de mar y unas cuantas verduras cultivadas en parcelas que las mujeres regaban concienzudamente; y fueron éstas quienes, al ver aparecer aquella imponente hueste, defendieron ferozmente los productos de sus huertos blandiendo azadas y profiriendo maldiciones. Catón de inmediato prohibió el saqueo de los huertos, y luego negoció con la autoridad local para comprar todas las verduras disponibles. No era suficiente alimento ni mucho menos, claro está, pero al ver sus monedas de plata las mujeres se precipitaron a recoger para ellos toda clase de vegetales comestibles.   


Los romanos sabían bien que un humano no puede sobrevivir a menos que la fruta y la verdura formen parte de su dieta, pero hasta el momento Catón no había advertido ningún síntoma de escorbuto en los hombres, que habían adquirido el hábito de masticar un tallo de silfio mientras caminaban para mejorar la salivación. Fuera lo que fuese lo que contenía el silfio aparte del laserpicium, era obvio que tenía el mismo efecto que la verdura. Sólo hemos recorrido seiscientos kilómetros de nuestra ruta, pensó, pero presiento que vamos a conseguirlo.


Tras un día de descanso para nadar y comer pescado en abundancia, los diez mil se adentraron en aquel terrible paisaje, llano como una tabla, una agotadora caminata a través de salinas y salobres marismas entre las que se intercalaban extensiones de silfio. No había ningún pozo ni oasis en seiscientos kilómetros; cuarenta días de sol implacable, noches frías, escorpiones y arañas. En Cirenaica nadie había mencionado las arañas, que fueron una aterradora sorpresa. Ni en Italia, ni en Grecia, ni en las Hispanias, ni en las Galias, ni en Macedonia, ni en Tracia, ni en Asia Menor, en ninguna de las partes del globo que los romanos recorrían de extremo a extremo, había grandes arañas. El resultado era que un centurión primipilus, distinguido con las más altas condecoraciones, veterano de casi tantas batallas como César, se desmayaba ante la visión de una gran araña. Las arañas de Fazania -como se llamaba esta región- no eran grandes. Eran enormes, tan grandes como la palma de la mano de un niño, con unas patas repugnantemente peludas que plegaban malignamente bajo ellas cuando descansaban.

 

Al menos  de esas arañas del desierto,  su picadura es dolorosa simplemente por el tamaño de sus pinzas. Pero no son venenosas como los escorpiones.


Catón en su interior sentía tanto miedo y repugnancia como cualquier otro, pero el orgullo le impedía revelarlo; si el comandante gritaba y se echaba a correr, ¿qué pensarían los diez mil? ¡Si al menos hubiera plantas leñosas para encender fogatas con las que calentarse de noche! ¿Quién habría pensado que un lugar tan abrasador durante el día podía ser tan frío al ponerse el sol? Y el cambio de temperatura era repentino, espectacular. Tan pronto estaban asándose de calor como pasaban a temblar de frío hasta que les castañeteaban los dientes. Pero la escasa provisión de madera arrastrada por el mar hasta las playas tenía que reservarse para las hogueras en que cocían el silfio y la carne.


Los hombres psylli se ganaban el sustento. Por más que rastreaban el terreno en busca de escorpiones, los escorpiones aparecían. Muchos hombres sufrieron su picadura, pero cuando los psylli hubieron enseñado a los médicos de la centuria a sajar la carne y succionar vigorosamente, pocos necesitaron montar en los burros. Una mujer psylli, frágil y menuda, no tuvo tanta suerte. Murió a causa de la picadura de un escorpión, y su muerte no fue rápida ni plácida.


Cuanto más ardua resultaba la marcha, más alegre estaba Catón. Sexto Pompeyo no se explicaba cómo conseguía cubrir tanta distancia en un día; daba la impresión de que en su ir y venir visitaba a todos los pequeños grupos, se detenía a charlar y reír con ellos, los elogiaba. Y ellos se henchían, sonreían, hacían ver que aquello eran unas felices vacaciones. Luego seguían adelante. Quince kilómetros al día.


Los odres de agua menguaban; no habían pasado ni dos días de aquel trayecto de cuarenta cuando Catón impuso el racionamiento del agua, incluso a los animales. Si alguna vaca o novillo flaqueaba, se lo sacrificaba en el acto para convertirlo en la comida de la noche. 



Los asnos, en apariencia tan infatigables como Catón, seguían adelante; a medida que disminuía el agua el peso de su carga también menguaba, y avanzaban con mayor rapidez. Sin embargo, la sed era terrible. Los angustiados mugidos de las vacas, los balidos de las cabras y el triste rebuzno de los pollinos resonaban noche y día. Quince kilómetros diarios.


En ocasiones sentían vanas esperanzas de divisar unas nubes de tormenta a lo lejos, cada vez más negras, cada vez más cerca; una o dos veces vieron caer una gris cortina de lluvia. Pero nunca llovió cerca de los diez mil.

( C. McC, )




DISCURSO DE MARCO PORCIO CATÓN EN LA ASAMBLEA DE LAS LEGIONES, EN EL DESIERTO CIRENAICO




Legionarios, no comeréis ninguna planta sin que los psylli que nos acompañan nos hayan dicho previamente que es comestible, y os aseguraréis que vuestros hombres hagan lo mismo. A cada uno de vosotros se os proporcionará una cuchara y la cantidad de laserpicium correspondiente a vuestra centuria, y vosotros personalmente administraréis media cucharada a cada hombre.


Será vuestro deber acompañar a las mujeres psylli y a doscientos no combatientes en la recogida y la preparación del silfio. Por lo que sé, la planta ha de triturarse, hervirse y dejarse enfriar, tras lo cual el laserpicium queda a flote en la superficie de la cocción y debe espumarse. Eso significa que necesitaremos leña en un terreno falto de árboles. Por tanto, os aseguraréis de que todas las plantas muertas y secas se recojan y se transporten para quemarlas. Cualquier hombre que intente violar a una mujer psylli será despojado de la ciudadanía, azotado y decapitado. Hablo en serio.

 

¡Y otro asunto muy importante!. Cualquier hombre, sea cual sea su rango, que permita que una cabra se coma su sombrero, tendrá que ir con la cabeza descubierta, y eso significa insolación y muerte. Casualmente tengo aún sombreros suficientes para sustituir a los que ya se han comido las cabras, pero se me están terminando. Así pues, que todos los hombres de esta expedición lo tengan en cuenta: si pierden el sombrero, pierden la vida.


Por otra parte comprendo vuestras desesperadas ansias de estar con una mujer después de todos esos largos meses, pero si sabemos sobrevivir y alcanzamos Útica, tendréis mujeres. Útica significa haber llegado a la civilización, y en donde hay civilización, hay mujeres disponibles para vuestras necesidades. Así que muchos ánimos, que la travesía de ese maldito desierto va a ser muchísimo más dura de la que imagináis.




martes, 16 de septiembre de 2014

LA LARGA MARCHA DE LOS 10.000 DE CATÓN POR EL DESIERTO CIRENAICO



Al segundo día de enero se puso en movimiento la gigantesca expedición, entre las ovaciones de toda la población de Arsinoe. No era una ordenada columna militar en marcha, sino más bien una errante masa de animales y hombres vestidos con túnicas y tocados con grandes sombreros de paja. Los hombres trataban de que las bestias no se dispersaran mientras Catón los conducía en dirección sur hacia Filaenorum y los psylli. Aunque el sol brillaba con fuerza, Catón pronto observó que las etapas que había establecido no debilitarían a sus hombres. Quince kilómetros al día, que era la distancia que podían recorrer los animales.



Pero si bien Marco Porcio Catón nunca había capitaneado un ejército, y en Roma, siempre exasperada por su obstinación y firmeza, se le había considerado una persona con el menor sentido común, resultó ser el comandante ideal para una migración. Como si tuviera cien ojos, lo iba observando todo y evitaba cometer errores que nadie, ni siquiera César hubiera previsto. Al amanecer del segundo día sus centuriones recibieron órdenes de asegurarse de que todos los hombres llevaran las caligae fuertemente atadas en torno a los tobillos; atravesaban un terreno lleno de pequeños hoyos a menudo ocultos, y si un hombre se torcía un tobillo o se rompía un ligamento, se convertía en una carga. Al final del primer nundinum, ni siquiera a maedio camino de Filaenorum, Catón ya había desarrollado un sistema mediante el cual cada centuria se ocupaba de cierta cantidad de asnos, vacas y cabras, como si los animales fueran de su propiedad; si permitía que las bestias comieran o bebieran en exceso, la centuria no podía robar forraje o agua a otra centuria más prudente.

 

Al anochecer, la muchedumbre se detenía, hacía acopio de agua sacándola de pozos o manantiales, y cada hombre se echaba a dormir sobre su sagun de fieltro impermeable, una capa circular con un agujero en medio para la cabeza, utilizada para protegerse durante la marcha de la lluvia o la nieve. Todo el pan y los garbanzos se consumieron durante ese primer trayecto de la marcha, ya que el laserpicium no formaría parte del menú hasta Filaenorum. Quince kilómetros diarios. Bien estaba, pues, que aquellos primeros trescientos kilómetros fue Tan a través de un terreno más propicio; estaban adquiriendo experiencia; después de Filaenorum, las cosas se complicarían mucho.



Cuando como por milagro llegaron a Filaenorum no en veinte días sino en dieciocho, Catón concedió a los hombres tres días de descanso en un improvisado campamento poco á allá de una larga  playa arenosa. Así pues, sus hombres nadaron, pescaron y gastaron de algún que otro precioso sestercio a cambio de los favores sexuales de las mujeres psylli.



Todos los legionarios sabían nadar; formaba parte de su adiestramiento, ya que ¿quién sabía cuándo un general como, por ejemplo, César, podía ordenarles que cruzaran a nado un lago o un caudaloso río? Desnudos y despreocupados, los hombres se divirtieron y se atracaron de pescado.



PREPARATIVOS DE MARCO PORCIO CATÓN PARA LLEVAR A SUS LEGIONES A ÚTICA, ATRAVESANDO EL TÓRRIDO DESIERTO LIBIO


Se tejieron los sombreros, y Arsinoe y las inmediaciones se quedaron sin asnos, ya que Catón descubrió por mediación de Sócrates y Nasamones que las mulas beberían y comerían demasiado. Los asnos, más pequeños y resistentes, fueron las bestias de carga elegidas. Afortunadamente a ningún granjero ni mercader le importó trocar sus pollinos por mulas; aquellas eran mulas del ejército romano, de la mejor raza. Catón adquirió cuatro mil asnos a cambio de sus tres mil mulas. Para tirar de los carromatos se llevó bueyes, pero resultó que era imposible comprar ovejas. Al final tuvo que conformarse con mil vacas y mil cabras.


Esto no es una marcha, es una emigración, pensó. ¡Cómo debe de estar riéndose ahora Labieno, a salvo en Utica! ¡Pero yo le enseñaré! Aunque muera en el empeño, haré llegar a mis diez mil a la provincia de África en condiciones de combatir. Pues Catón tenía diez mil hombres, contando a los no combatientes que se llevó también. Ningún general romano exigía a sus soldados que marcharan, construyeran, lucharan y además cuidaran de sí mismos.


 Cada centuria constaba de cien hombres, pero sólo ochenta eran soldados; los otros veinte eran sirvientes que molían el grano, cocían el pan, repartían el agua durante la marcha, se encargaban de las bestias y carromatos de la centuria, y limpiaban y lavaban la ropa. No eran esclavos, sino ciudadanos romanos que no se consideraban aptos para el combate: patanes de escasa inteligencia que recibían una pequeña parte del botín pero los mismos sueldos y raciones que los soldados.


Mientras las mujeres cirenaicas tejían los sombreros, los hombres elaboraban odres para el agua, porque las ánforas de arcilla, con la base en punta y una forma concebida para colocarse en un armazón o en un espeso lecho de serrín, eran demasiado pesadas para amarrarlas dentro de cuévanos a los lomos de un asno.


Además, Catón dispuso que no se llevara vino para los oficiales y legados, ni una sola gota. Sólo agua. Todo los legionarios beberían agua, incluidos los oficiales y demás altos mandos.



MARCO PORCIO CATÓN, REAGRUPANDO EL RESTO DE LAS TROPAS POMPEYANAS EN ÁFRICA




Con el pago de diez talentos de la donación de Cornelia Metela, los aproximadamente 10.000 hombres pudieron comer pan durante aquellos dos meses de preparativos, pan empapado de buen aceite de oliva. Haciendo indagaciones, encontraron tocino, y Catón disponía aún de una gran reserva de garbanzos. Sus propios diez mil hombres estaban en magnífica forma, gracias a casi un mes de remo, pero los últimos en llegar, a causa de las heridas y la inactividad, estaban más débiles. Catón hizo llamar a todos sus centuriones y dio órdenes: todos los hombres que se disponían a marchar tenían que someterse a un riguroso programa de instrucción y ejercicio, y en enero aquellos que no estuvieran en forma se quedarían en Arsinoe y tendrían que arreglárselas por sí solos.


( C. McC. )