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sábado, 25 de julio de 2020

LOS JUEGOS DEL EDIL CURUL CAYO JULIO CÉSAR



Los ludi megalenses eran los primeros juegos del año y los más solemnes desde el punto de vista religioso, quizás porque anunciaban la llegada de la primavera -en aquellos años en que el calendario coincidía con las estaciones- y tenían su origen en la segunda guerra que Roma había librado contra Cartago, cuando Aníbal recorrió Italia de arriba abajo. Fue entonces cuando el culto de Magna Mater, la gran Madre Tierra asiática, se introdujo en Roma, y se erigió en el Palatino un templo orientado directamente hacia el Vallis Murcia, en el cual se extendía el Circo Máximo. En muchos aspectos era un culto inapropiado para la conservadora Roma; los romanos aborrecían a los eunucos, los ritos flagelatorios, y todo lo que se consideraba un barbarismo religioso. No obstante, el hecho se había llevado a cabo en el momento en que Claudia, la virgen vestal, tiró milagrosamente de la barcaza que transportaba la piedra del ombligo de Magna Mater y consiguió llevarla río Tíber arriba, y ahora Roma tenía que sufrir las consecuencias y contemplar cómo unos sacerdotes castrados que sangraban por las heridas que ellos mismos se habían infligido recorrían, el cuarto día de abril, todo aquel camino sin dejar de gritar y de pregonar su paso por las calles al son de trompetas, mientras remolcaban la efigie de la Gran Madre y suplicaban limosnas a todos aquellos que acudían a mirar aquella presentación de los juegos.



Los juegos propiamente dichos eran más típicamente romanos, y duraban seis días, desde el cuarto hasta el décimo día de abril. El primer día se hacía la procesión, luego se celebraba una ceremonia en el templo de Magna Mater y, finalmente, algunos actos en el Circo Máximo. Los cuatro días siguientes se dedicaban a representaciones teatrales en distintas construcciones provisionales de madera que se instalaban con ese fin, mientras que el último día tenía lugar la procesión de los dioses desde el Capitolio hasta el circo, y muchas horas de carreras de carros en el circo.



Como edil curul senior, era César quien oficiaba en los actos del primer día y quien le ofrecía a la Gran Madre un sacrificio extrañamente incruento, considerando que Kubaba Cibeles era una señora sedienta de sangre; la ofrenda era un plato de hierbas.



Algunos los llamaban los juegos patricios, porque la primera noche las familias patricias se agasajaban unas a otras y en sus listas de invitados figuraban patricios exclusivamente. Siempre se consideraba un buen augurio para el patriciado que el edil curul que hacía el sacrificio fuera patricio, como lo era César. Bíbulo, desde luego, era plebeyo, y el día de la inauguración se sintió completamente ignorado; César había llenado de patricios los asientos especiales en las enormes y anchas gradas del templo, haciendo honor en particular a los Claudios Pulcher, tan íntimamente conectados con la presencia de Magna Mater en Roma.



Aunque aquel primer día los ediles celebrantes y la comitiva oficial no descendían al Circo Máximo, sino que más bien miraban desde los escalones del templo de Magna Mater, César había preferido poner un espectáculo brillante en el circo en lugar de tratar de entretener a la multitud que había seguido la sangrienta procesión de la diosa con la acostumbrada ración de peleas de boxeo y carreras pedestres. El tiempo de que se disponía no hacía imposibles las carreras de carros. César había instalado un sistema de conducción del agua desde el Tíber y había canalizado el agua, que atravesaba el Forum Boarium y creaba así un río dentro del circo, con la spina haciendo el papel de isla del Tíber y separando esta astuta corriente de agua. Mientras la extensa multitud lanzaba exclamaciones de admiración, César representó la proeza de fuerza de la vestal Claudia. Ésta llevó a rastras la barcaza desde el extremo del Forum Boarium, donde el último día instalarían las puertas de salida para las carreras de carros, dio una vuelta completa a la spina y luego la dejó descansando en el extremo de la puerta de Capena del estadio. La barcaza relucía engalanada con adornos dorados y tenía velas ondeantes bordadas de color púrpura; todos los sacerdotes eunucos iban reunidos en la cubierta alrededor de una bola negra y lustrosa que representaba la piedra ombligo, mientras en lo alto de la popa se alzaba la estatua de Magna Mater en una carroza tirada por un par de leones de apariencia absolutamente realista. César no utilizó un forzudo vestido de vestal para representar a Claudia, sino que usó una esbelta y hermosa mujer del tipo de Claudia, y disimuló la presencia de los hombres que tiraban de la barcaza sumergiéndolos en el agua hasta la cintura, con los hombros agachados y metidos bajo un falso casco de nave dorado que los ocultaba a la vista.



La multitud se fue a sus casas extasiada después de aquel espectáculo de tres horas. César se quedó allí, rodeado de patricios encantados, y aceptó los obsequiosos cumplidos que le dedicaron tanto por el buen gusto que había demostrado como por su imaginación. Bíbulo captó la indirecta y se marchó, muy ofendido porque nadie le había hecho caso.



Nada menos que diez teatros de madera habían sido levantados desde el Campo de Marte hasta la puerta de Capena, el mayor de los cuales tenía capacidad para diez mil personas y el más pequeño para quinientas. Y en lugar de contentarse con que parecieran lo que realmente eran, provisionales, César había insistido en que se pintaran, se decoraran y se dorasen. Farsas y mimos se pusieron en escena en los teatros mayores, Terencio, Plauto y Ennio en los medianos, y Sófocles y Esquilo en el auditorio más pequeño, que tenía un aspecto muy griego; se tuvieron en cuenta todos y cada uno de los gustos teatrales. Desde primera hora de la mañana hasta casi el crepúsculo, los diez teatros dieron representaciones durante los cuatro días, todo un festín. Y fue literalmente un festín, pues César sirvió refrigerios gratis en los entreactos.



El último día la procesión se reunió en el Capitolio y dirigió sus pasos a través del Foro Romano y la vía Triunfal hasta el Circo Máximo; desfilaron estatuas doradas de algunos dioses, como Marte y Apolo... y Cástor y Pólux. Como fue César quien había pagado para que las dorasen, a nadie le extrañó que Pólux fuera de un tamaño mucho menor que su gemelo Cástor. ¡Qué risa!.



Aunque se suponía que los juegos eran financiados con dinero público y lo que todos los espectadores preferían eran las carreras de carros, el hecho era que nunca había dinero del Estado para los entretenimientos propiamente dichos. Ello no había detenido a César, quien organizó más carreras de carros el último día de los ludi megalenses de lo que Roma había visto nunca. Era su deber como edil curul senior dar la salida a las carreras, en cada una de las cuales intervenían cuatro carros: uno rojo, otro azul, otro verde y otro blanco. La primera era de cuadrigas, carros tirados por cuatro caballos, pero otras carreras eran de carros tirados por dos caballos, o de dos o tres caballos dispuestos uno detrás de otro; César organizó incluso carreras de caballos desuncidos, que fueron montados sin ensillar por postillones.



La longitud de cada carrera era de cinco millas, distancia que se conseguía dando siete vueltas alrededor de la división central de la spina, un promontorio estrecho y alto adornado con muchas estatuas que exhibía siete delfines en uno de los extremos, y en el otro siete huevos dorados colocados en lo alto de grandes cálices; a medida que acababa cada una de las vueltas se tiraba del morro de un delfín y la cola se alzaba, y se quitaba un huevo dorado de un cáliz. Si las doce horas del día y las doce horas de la noche eran de igual longitud, entonces cada carrera tardaba en su recorrido un cuarto de hora, lo que significaba que el ritmo era veloz y furioso, un galope enloquecido. Cuando se producían vuelcos solían ocurrir al dar la vuelta a las metae, donde cada conductor, con las riendas enrolladas con muchas vueltas a la cintura y una daga metida entre las mismas para poder liberarse si chocaba, luchaba con destreza y valor por mantenerse en el lado interior, de manera que así el recorrido fuera más corto.



La multitud quedó encantada aquel día, pues en lugar de largos descansos después de cada carrera, César las hizo sucederse una detrás de otra sin apenas interrupción; los corredores de apuestas se apresuraban entre los excitados espectadores para recoger las apuestas en un continuo frenesí, pues no daban abasto. Ni un solo sitio en las gradas estaba vacío, y las mujeres se sentaban en las rodillas de sus maridos para ganar espacio. No se permitía la entrada a los niños, a los esclavos ni a los esclavos libertos, pero las mujeres se sentaban con los hombres. En los juegos de César más de doscientos mil romanos libres se apretujaron en el Circo Máximo, mientras que otros cuantos miles más los contemplaron desde puntos estratégicos en lo alto del Palatino y el Aventino.

( Colleen McCullough )



lunes, 6 de abril de 2020

TERPANDRO


 

Terpandro (en griego Τέρπανδρος, Térpandros) (Lesbos, primera mitad del siglo VII a. C.) fue un poeta y músico griego, inventor de la escala diatónica.

 

Su nombre significa «deleitador de hombres». La leyenda asegura que pacificó Esparta por medio de la música por mandato del Oráculo de Delfos. Ganó el premio en la primera festividad de Apolo Cárneo (676 a. C.). Fundó en Esparta la escuela citarédica.​

 

Vivió en el siglo VII a. C. y pudo haber sido contemporáneo de Calino, Arquíloco y Tales de Creta. Fue famoso por componer ligeras canciones con que los griegos amenizaban la vida doméstica y que solían solazar la mesa. Estas canciones populares no se consideraban ocupación indigna de los hombres eminentes: las hicieron personas tan respetables como Solón, Platón y Aristóteles.

 

Terpandro pasa también por ser e inventor del barbitón y del heptacordio (lira de siete cuerdas), añadiendo tres cuerdas más a la lira de cuatro. Créese igualmente que aplicó a las composiciones líricas el canto y un acompañamiento seguido, lo que distinguió en adelante esta poesía de la elegía política y de la poesía yámbica, que no requerían más ayuda que el antiguo recitado rapsódico.

 

Este insigne músico griego que descubrió para la Antigua Grecia la cuarta y la séptima notas, amplió así la escala pentatónica conocida hasta entonces, con lo que creó el diatonismo que perduró en el mundo occidental hasta hoy.

 

Fue acusado ante el senado de Esparta por haber añadido a su lira las cuerdas que producían los nuevos sonidos. Se dice que el Senado aceptó discutir la acusación, que dividió las opiniones: unos pedían pena de cárcel, y otros, menos severos o tal vez más cultos, creían que bastaba con imponerle una multa. Otra cosa indigna fue que al presentarse Terpandro con su lira, que llevaba ya siete cuerdas, a competir en los Juegos Olímpicos donde se disputaban los premios grandes personalidades como Sófocles, Esquilo y otros eminentes griegos, el jurado, conservador también, lo obligó a romper las cuerdas de los nuevos sonidos.

 

Sin embargo, los beneficios de los sonidos sexto y séptimo fueron evidentes. En primer lugar, con ellos nacieron, a la vez, nuestra escala diatónica mayor y los semitonos.

 

En aquella escala, no había ningún intervalo que correspondiera a lo que hoy llamamos semitonos, pues de do a re había un tono; de re a fa un intervalo mayor que éste; de fa a sol un tono y de sol a la otro tono. Al conquistar Terpandro los sonidos sexto y séptimo quedaron en esta forma: fa, do, sol, re, la, mi y si, y al colocarlos por grados conjuntos do, re, mi, fa, sol, la, si, más la repetición de la base do, resultaron la escala llamada diatónica y los semitonos entre las notas mi-fa y si-do, lo que demuestra que el semitono surgió sin la idea de dividir el tono.

 

Curioso es que, después de veintiséis siglos, los músicos no hayan descubierto todavía el origen de la escala diatónica mayor, lo que comprueba de manera absoluta lo dicho por Gevaert: «En música empieza apenas el período de la reflexión».


domingo, 23 de febrero de 2020

«TRES GRANDES» DE LA TRAGEDIA GRIEGA: ESQUILO, SÓFOCLES Y EURÍPIDES



«Aquí yace Esquilo, de cuyas proezas son  testigos los bosques de Maratón y los persas de largos  cabellos, que las conocieron bien. Este es el epitafio que el propio  Esquilo dictó para  su tumba poco antes  de  morir.  Evidentemente,  él no atribuía mucha importancia a sus méritos de dramaturgo y prefirió subrayar los que  había  alcanzado en el campo de batalla como soldado, como si solamente estos últimos pudiesen cualificarlo a  la  gratitud y a la admiración de la posteridad.

 

En efecto, Esquilo  aun  antes  que  un  incomparable artista fue un ciudadano ejemplar. Y el prima: premio lo ganó no en la escena  sino  en  la  guerra, donde con sus dos hermanos realizó tales actos de heroísmo, que el Gobierno encargó a un pintor que lo celebrase en un cuadro. En el teatro  había  debutado nueve años antes, en  499  antes  de  Jesucristo,  cuando él tenía veintiséis; y en seguida se impuso  a  la atención del público y crítica.

 

Pero cuando  la  guerra contra Darío llamó a las puertas de Atenas, trocó la pluma por la espada y no regresó más que tras haber sido alcanzada la victoria y ultimada la desmovilización. Nadie mejor que él, que  había  participado  en  aquello, podía sentir la orgullosa exultación de  la  posguerra y  hacerse  el  intérprete  de  ella.  Para  festejar el triunfo sobre los persas, el Estado financió espectáculos dionisíacos nunca vistos, y todo permite creer que Esquilo  debió  de  tomar  parte  también  en su organización. En -484 ganó el primer premio.

 

Cuatro años después, los persas volvieron con Jerjes  a  intentar el desquite. Esquilo de cuarenta y cinco años  y poeta laureado, podía haberse sustraído a  la llamada. En cambio, volvió a tirar lejos  la  pluma  para empañar la espada y combatió con el entusiasmo de un hombre  de  veinte  años  en  Artemisium,  en  Salamina y en Platea. En -479 reanudó su actividad de  dramaturgo y, regularmente, año tras año, ganó el primer premio hasta -468, cuando hubo de cedérselo a un jovenzuelo de veintiséis años, un tal  Sófocles.  Se rehízo al año siguiente.

 

Mas volvió a ser batido en los sucesivos, hasta -458, cuando obtuvo el triunfo con la Orestíada. Sin embargo, en adelante le sucedió ser desposeído por Sófocles, y acaso por esto emigró a Siracusa donde ya había estado y donde Gerón  te tributó grandes honores. Allí murió a los setenta y dos años por culpa, decía la gente, de un águila  que, vagando por el cielo con una tortuga  entre  las  garras, la dejó caer sobre la calva cabeza del poeta tomándola por una piedra. Atenas quiso oír las tragedias que había compuesto en Sicilia y volvió a darle,  una vez muerto, el primer premio.

 

A Esquilo se le debe antes que nada una gran reforma técnica; la introducción de un segundo actor, en añadidura al que ya había desarrollado Tespis. Fue gracias a esto que el canto dionisíaco se transmutó definitivamente de oratoria en drama. Pero más importante aún fue el tema que eligió y que después quedó como de pragmática en todo el teatro sucesivo: la lucha del hombre contra el destino, o sea del individuo contra la sociedad, del libre pensamiento contra la tradición. En sus setenta (o noventa) tragedias, Esquilo asigna regularmente la victoria al destino, a la sociedad y a la tradición. Y no se trataba de tartufismo, pues su vida constituía un ejemplo de espontánea sumisión a estos valores. Pero en las siete  obras que de él nos han llegado, y sobre todo en el  Prometeo, asoma la simpatía del autor para el condenado rebelde.

 

Esta simpatía debía de ser compartida por el público que, al parecer, acogió mal la Orestíada por considerar demasiado beatas sus  conclusiones  y  silbó a los jurados que la premiaron. Pero  Esquilo  procedía de buena fe al poner en boca de sus protagonistas esos latiguillos moralizadores que a menudo hacen pesados sus diálogos y atascan la acción: tenía pasta  de predicador  cuáquero,  de «cuaresmalista». Y más de dos mil años después, el filósofo alemán Schlegel, que en muchas cosas se  parecía  a  él,  dijo que Prometeo no era «una» tragedia, sino «la» tragedia.

 

El padre de quien le sucedió en el favor de los atenienses es poco conocido, mas ciertamente dos cosas, en su vida, le  llamaron a  engaño:  la  profesión y  el nombre del hijo. Era armero en Colono, un suburbio de Atenas, de modo que las guerras con los persas, que empobrecían a casi todos los ciudadanos, le enriquecían a él y le permitieron dejar  una  hermosa renta a su vástago, que se llamaba Sófocles, es decir, «sabio y honrado».

 

A este hermoso nombre y a aquel hermoso patrimonio, Sófocles añadía también el resto: era guapo, sano como una manzana, atleta perfecto y excelente músico. Aun antes que como dramaturgo, consiguió popularidad como campeón de pelota y de tocador de arpa; y tras la victoria de  Salamina  fue  designado para dirigir un ballet de jóvenes desnudos, elegidos entre los más hermosos de Atenas, para festejar el triunfo. Por otra parte, además de en el teatro, hizo también una espléndida carrera  en  política:  Pericles le nombró ministro del Tesoro, y en -440 le confirió galones de general al mando de una brigada en la campaña contra Samos. Hemos de creer, sin embargo, que, como estratega, no debió de dar grandes resultados, pues el  propio  autokrator  dijo  más  tarde que le prefería como dramaturgo.

 

Sófocles amó la vida, a la griega, o  sea  sin  dar cuartel a todos los placeres que aquélla  ofrecía.  Venido al mundo en la edad feliz de  Atenas,  se  aprovechó ampliamente, como se lo  permitían sus  medios de fortuna, una buena salud y un robusto apetito. Amaba el dinero, administró sabiamente el que le dejara su padre y ganó otro tanto por sí mismo. Era devoto de los dioses y a ellos dirigía plegarias  y hacía sacrificios con escrupulosa puntualidad. Mas en compensación  exigió  de  ellos  el  derecho  de  engañar a su mujer y a frecuentar los más ambiguos niños bonitos de Atenas.

 

 Sólo de viejo se «normalizó», volviendo a cortejar a las mujeres y se enamoró de una cortesana, Teórida, que le dio un hijo bastardo. El legítimo, Jofonte, temiendo que  su  padre le  desheredase en provecho de su hermanastro, le citó ante el tribunal para hacerle desautorizar por chochez. El anciano se  limitó  a  leer  a  los  jueces  una  escena  de la tragedia que estaba componiendo en  aquel momento ; Edipo en Colonna. Y los jueces no solamente le absolvieron, sino que le escoltaron hasta su casa en señal de admiración.

 

Tenía casi noventa años cuando murió, en -406. La belle époque de Atenas había terminado y los espartanos asediaban la ciudad. Entre el pueblo cundió la voz de que Dionisio, dios del teatro, se había aparecido en  sueños  a  Lisandro,  rey  de  los  sitiadores,  y le había ordenado que concediera un  salvoconducto para franquear las líneas a los amigos  de  Sófocles, cuyo cadáver querían llevar a Deceleia para darle sepultura en la tumba familiar. Fantasías,  se comprende; pero que sirven para demostrar la enorme popularidad de que había gozado aquel extraordinario personaje.

 

Había escrito ciento trece tragedias,  las  cuales  no se limitó a poner en escena:  intervino  también  en ellas como actor, y  siguió  haciéndolo  hasta  que  la voz se le enronqueció. Con él los personajes se habían convertido en tres y el coro perdió cada vez más su importancia. Era un natural  desarrollo  técnico, pero  a él contribuyó  también  la  propensión  de  Sófocles por la psicología. A diferencia de Esquilo, que era en todo partidario de la «tesis», él estaba por los «caracteres»; el Hombre le interesaba más  que  la  Idea,  y en esto estriba sobre todo su modernidad.

 

Las siete obras que de él nos quedan  demuestran  que aquel hombre, afortunado entre todos los hombres, ingenioso, jacarandoso y gozador de la vida, era después, en poesía, un sombrío pesimista. Consideraba, como Solón, que la mayor ventura para el hombre era no nacer o morir en la cuna. Pero expresaba estos pensamientos con un estilo tan vigoroso, sereno y contenido, que nos hace dudar de  su  sinceridad.  Era un «clásico» en el sentido más completo de la palabra. Sus intrigas son perfectas como técnica teatral. Y los personajes que las animan, en vez de sermonear como en Esquilo, tienden a demostrar. «Yo los pinto como debieron ser —decía—. Eurípides es quien los pinta como son.»

 

Eurípides, el joven rival del gran Sófocles, había nacido en Salamina el mismo día, dícese, en que se desarrolló la famosa batalla. Sus padres, que se  habían refugiado allí procedentes  de  Fila,  eran  gente de la buena clase media, si bien Aristófanes haya insinuado después que ella, la mamá, vendía flores por la calle. El chico creció con la pasión de la filosofía, estudió con Pródico y Anaxágoras y  se  vinculó con tan estrecha amistad con Sófocles, que más  tarde  le acusaron de haberse hecho escribir por éste sus dramas, lo que es ciertamente falso.

 

No se sabe cómo se convirtió  en  escritor  de  teatro. Pero aparece claro, por las  dieciocho  obras  que  de él nos han llegado, sobre setenta y cinco que se le atribuyen, que Eurípides se burlaba del teatro en sí y que lo consideró tan sólo como un medio para exponer sus tesis filosóficas. Aristóteles tiene razón  cuando dice que, desde el punto de vista de la técnica dramática, representa un paso  atrás respecto a  Esquilo  y a Sófocles. En vez de desarrollar una acción, mandaba un mensajero a  resumirla  en  el  escenario  en  forma de prólogo, confiaba al coro largos parlamentos pedagógicos y, cuando el enredo se embarullaba, hacía bajar del techo un dios que lo resolvía  con  un  milagro. Recursos de dramaturgo no cuajado, que le habrían conducido a rotundos fracasos, si Eurípides no los hubiese compensado con un agudísimo sentido psicológico que prestaba veracidad y autenticidad a los personajes, acaso incluso contra sus intenciones.

 

Su Electra, su Medea, su Ifigenia, son los caracteres más vivos de la tragedia  griega.  A  lo  cual  debe  sumarse la fuerza polémica de sus argumentaciones sobre los grandes problemas que se planteaban a  la  conciencia de  sus  contemporáneos.  Había  en  Eurípides  un Shaw de gigantescas proporciones,  que  se  batía  por un nuevo orden social y  moral,  siendo  cada  uno  de sus dramas un redoble de tambor contra la tradición. Conducía esa cruzada con habilidad, consciente de los peligros que  entrañaba,  pues la  Grecia  de  entonces no era la Inglaterra de hoy. Así, por ejemplo, para desmantelar ciertas tendencias religiosas, finge exaltarlas, pero lo hace de manera tal que muestra su absurdidad.

 

De vez en cuando interrumpe en la boca  de un personaje un razonamiento peligroso para permitir que el coro eleve un himno a Dionisio, destinado a tranquilizar la censura y a calmar las eventuales protestas de los auditores santurrones. Pero de vez en cuando se le escapan frases como; «Oh Dios, admitiendo que exista, pues de Él solo sé de oídas...», que desataban tempestades en la platea. Y cuando en Hipólito pone en boca de su héroe; «Sí, mi lengua ha jurado, pero mi ánimo ha permanecido libre», los atenienses, que estaban acostumbradísimos al perjurio, pero que no admitían oírselo  decir, querían lincharle;  y el autor tuvo que presentarse en persona para calmarlos diciendo que tuviesen la paciencia de aguantar: Hipólito sería castigado por aquellas sacrílegas palabras.

 

En el Louvre hay un busto de Eurípides que le muestra barbudo, grave y melancólico y que corresponde a la descripción que han dejado sus  amigos. Éstos le pintan como un hombre taciturno y más bien misántropo, gran devorador de libros, de los que era uno de los raros coleccionistas. Su polémica modernista le había acarreado la hostilidad de los bien pensantes. Los conservadores le odiaban  y  Aristófanes le tomó  directamente  como  blanco  en  tres  de sus comedias satíricas. Índice  de  la  gran civilización de Atenas es, sin embargo, el hecho de que cuando Eurípides  y  Aristófanes  se  encontraban  en  el  agora o en el café, se comportaban como los  mejores  amigos del mundo. Solamente cinco veces los jurados se atrevieron a  otorgarle  el  primer  premio.  En  cuanto a los espectadores, se indignaban  ó  fingían  indignarse. Pero en sus «estrenos» no se encontraba un asiento ni  pagándolo   con        oro.

 

En -410 le procesaron  por  impiedad  e  inmoralidad. Y entre los testigos de la acusación  figuraba  también su  mujer,  que  no  le  perdonaba,  dijo,  el   pacifismo en el momento que Atenas estaba empeñada en una lucha a vida o muerte contra Esparta. Entre los documentos de la acusación fue  exhibido  el  discurso de su Hipólito. El imputado fue absuelto. Mas la acogida que inmediatamente después el público hizo a su drama, Las  mujeres  troyanas,  le  hizo  comprender  que en adelante sería un extranjero en su patria. Por in- vitación de Arquelao se trasladó a Pella, capital de Macedonia. Y allí murió despedazado, contaron los griegos, por los perros, vengadores de los dioses ofendidos.

 

Sócrates había dicho que para un drama de Eurípides no le molestaba ir a pie hasta El Pireo,  lo  cual, para un perezoso de su calaña, significaba un gran sacrificio. Y Plutarco cuenta que cuando los siracusanos hicieron prisionero a todo el cuerpo expedicionario ateniense, devolvieron vida y libertad a  los  soldados que sabían recitar alguna escena de Eurípides. Según Goethe, ni siquiera Shakespeare le iguala.  Ciertamente, él fue el primer dramaturgo «de ideas» que ha tenido el mundo y quien llevó a la escena, en términos de tragedia, el gran conflicto de aquél y de todos los tiempos: el conflicto entre el dogma y el libre examen.

( Indro Montanelli )