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sábado, 25 de julio de 2020

LOS JUEGOS DEL EDIL CURUL CAYO JULIO CÉSAR



Los ludi megalenses eran los primeros juegos del año y los más solemnes desde el punto de vista religioso, quizás porque anunciaban la llegada de la primavera -en aquellos años en que el calendario coincidía con las estaciones- y tenían su origen en la segunda guerra que Roma había librado contra Cartago, cuando Aníbal recorrió Italia de arriba abajo. Fue entonces cuando el culto de Magna Mater, la gran Madre Tierra asiática, se introdujo en Roma, y se erigió en el Palatino un templo orientado directamente hacia el Vallis Murcia, en el cual se extendía el Circo Máximo. En muchos aspectos era un culto inapropiado para la conservadora Roma; los romanos aborrecían a los eunucos, los ritos flagelatorios, y todo lo que se consideraba un barbarismo religioso. No obstante, el hecho se había llevado a cabo en el momento en que Claudia, la virgen vestal, tiró milagrosamente de la barcaza que transportaba la piedra del ombligo de Magna Mater y consiguió llevarla río Tíber arriba, y ahora Roma tenía que sufrir las consecuencias y contemplar cómo unos sacerdotes castrados que sangraban por las heridas que ellos mismos se habían infligido recorrían, el cuarto día de abril, todo aquel camino sin dejar de gritar y de pregonar su paso por las calles al son de trompetas, mientras remolcaban la efigie de la Gran Madre y suplicaban limosnas a todos aquellos que acudían a mirar aquella presentación de los juegos.



Los juegos propiamente dichos eran más típicamente romanos, y duraban seis días, desde el cuarto hasta el décimo día de abril. El primer día se hacía la procesión, luego se celebraba una ceremonia en el templo de Magna Mater y, finalmente, algunos actos en el Circo Máximo. Los cuatro días siguientes se dedicaban a representaciones teatrales en distintas construcciones provisionales de madera que se instalaban con ese fin, mientras que el último día tenía lugar la procesión de los dioses desde el Capitolio hasta el circo, y muchas horas de carreras de carros en el circo.



Como edil curul senior, era César quien oficiaba en los actos del primer día y quien le ofrecía a la Gran Madre un sacrificio extrañamente incruento, considerando que Kubaba Cibeles era una señora sedienta de sangre; la ofrenda era un plato de hierbas.



Algunos los llamaban los juegos patricios, porque la primera noche las familias patricias se agasajaban unas a otras y en sus listas de invitados figuraban patricios exclusivamente. Siempre se consideraba un buen augurio para el patriciado que el edil curul que hacía el sacrificio fuera patricio, como lo era César. Bíbulo, desde luego, era plebeyo, y el día de la inauguración se sintió completamente ignorado; César había llenado de patricios los asientos especiales en las enormes y anchas gradas del templo, haciendo honor en particular a los Claudios Pulcher, tan íntimamente conectados con la presencia de Magna Mater en Roma.



Aunque aquel primer día los ediles celebrantes y la comitiva oficial no descendían al Circo Máximo, sino que más bien miraban desde los escalones del templo de Magna Mater, César había preferido poner un espectáculo brillante en el circo en lugar de tratar de entretener a la multitud que había seguido la sangrienta procesión de la diosa con la acostumbrada ración de peleas de boxeo y carreras pedestres. El tiempo de que se disponía no hacía imposibles las carreras de carros. César había instalado un sistema de conducción del agua desde el Tíber y había canalizado el agua, que atravesaba el Forum Boarium y creaba así un río dentro del circo, con la spina haciendo el papel de isla del Tíber y separando esta astuta corriente de agua. Mientras la extensa multitud lanzaba exclamaciones de admiración, César representó la proeza de fuerza de la vestal Claudia. Ésta llevó a rastras la barcaza desde el extremo del Forum Boarium, donde el último día instalarían las puertas de salida para las carreras de carros, dio una vuelta completa a la spina y luego la dejó descansando en el extremo de la puerta de Capena del estadio. La barcaza relucía engalanada con adornos dorados y tenía velas ondeantes bordadas de color púrpura; todos los sacerdotes eunucos iban reunidos en la cubierta alrededor de una bola negra y lustrosa que representaba la piedra ombligo, mientras en lo alto de la popa se alzaba la estatua de Magna Mater en una carroza tirada por un par de leones de apariencia absolutamente realista. César no utilizó un forzudo vestido de vestal para representar a Claudia, sino que usó una esbelta y hermosa mujer del tipo de Claudia, y disimuló la presencia de los hombres que tiraban de la barcaza sumergiéndolos en el agua hasta la cintura, con los hombros agachados y metidos bajo un falso casco de nave dorado que los ocultaba a la vista.



La multitud se fue a sus casas extasiada después de aquel espectáculo de tres horas. César se quedó allí, rodeado de patricios encantados, y aceptó los obsequiosos cumplidos que le dedicaron tanto por el buen gusto que había demostrado como por su imaginación. Bíbulo captó la indirecta y se marchó, muy ofendido porque nadie le había hecho caso.



Nada menos que diez teatros de madera habían sido levantados desde el Campo de Marte hasta la puerta de Capena, el mayor de los cuales tenía capacidad para diez mil personas y el más pequeño para quinientas. Y en lugar de contentarse con que parecieran lo que realmente eran, provisionales, César había insistido en que se pintaran, se decoraran y se dorasen. Farsas y mimos se pusieron en escena en los teatros mayores, Terencio, Plauto y Ennio en los medianos, y Sófocles y Esquilo en el auditorio más pequeño, que tenía un aspecto muy griego; se tuvieron en cuenta todos y cada uno de los gustos teatrales. Desde primera hora de la mañana hasta casi el crepúsculo, los diez teatros dieron representaciones durante los cuatro días, todo un festín. Y fue literalmente un festín, pues César sirvió refrigerios gratis en los entreactos.



El último día la procesión se reunió en el Capitolio y dirigió sus pasos a través del Foro Romano y la vía Triunfal hasta el Circo Máximo; desfilaron estatuas doradas de algunos dioses, como Marte y Apolo... y Cástor y Pólux. Como fue César quien había pagado para que las dorasen, a nadie le extrañó que Pólux fuera de un tamaño mucho menor que su gemelo Cástor. ¡Qué risa!.



Aunque se suponía que los juegos eran financiados con dinero público y lo que todos los espectadores preferían eran las carreras de carros, el hecho era que nunca había dinero del Estado para los entretenimientos propiamente dichos. Ello no había detenido a César, quien organizó más carreras de carros el último día de los ludi megalenses de lo que Roma había visto nunca. Era su deber como edil curul senior dar la salida a las carreras, en cada una de las cuales intervenían cuatro carros: uno rojo, otro azul, otro verde y otro blanco. La primera era de cuadrigas, carros tirados por cuatro caballos, pero otras carreras eran de carros tirados por dos caballos, o de dos o tres caballos dispuestos uno detrás de otro; César organizó incluso carreras de caballos desuncidos, que fueron montados sin ensillar por postillones.



La longitud de cada carrera era de cinco millas, distancia que se conseguía dando siete vueltas alrededor de la división central de la spina, un promontorio estrecho y alto adornado con muchas estatuas que exhibía siete delfines en uno de los extremos, y en el otro siete huevos dorados colocados en lo alto de grandes cálices; a medida que acababa cada una de las vueltas se tiraba del morro de un delfín y la cola se alzaba, y se quitaba un huevo dorado de un cáliz. Si las doce horas del día y las doce horas de la noche eran de igual longitud, entonces cada carrera tardaba en su recorrido un cuarto de hora, lo que significaba que el ritmo era veloz y furioso, un galope enloquecido. Cuando se producían vuelcos solían ocurrir al dar la vuelta a las metae, donde cada conductor, con las riendas enrolladas con muchas vueltas a la cintura y una daga metida entre las mismas para poder liberarse si chocaba, luchaba con destreza y valor por mantenerse en el lado interior, de manera que así el recorrido fuera más corto.



La multitud quedó encantada aquel día, pues en lugar de largos descansos después de cada carrera, César las hizo sucederse una detrás de otra sin apenas interrupción; los corredores de apuestas se apresuraban entre los excitados espectadores para recoger las apuestas en un continuo frenesí, pues no daban abasto. Ni un solo sitio en las gradas estaba vacío, y las mujeres se sentaban en las rodillas de sus maridos para ganar espacio. No se permitía la entrada a los niños, a los esclavos ni a los esclavos libertos, pero las mujeres se sentaban con los hombres. En los juegos de César más de doscientos mil romanos libres se apretujaron en el Circo Máximo, mientras que otros cuantos miles más los contemplaron desde puntos estratégicos en lo alto del Palatino y el Aventino.

( Colleen McCullough )



sábado, 6 de enero de 2018

SEXTO TURPILIO


Sexto Turpilio (en latín, Sextus Turpilius; m. 104 a. C.)  fue un comediógrafo latino, uno de los últimos autores de la llamada comedia paliata.

 

Aunque según el erudito Volcacio Sedígito estaba por delante de Terencio, poco se sabe sobre su vida, excepto que murió en el 104 a. C. a edad muy avanzada. De sus obras tan sólo se conservan fragmentos y los títulos de trece comedias en griego; seis parecen inspirarse en Menandro, su modelo preferido. Lo que queda de él fue editado por Ludwika Rychlewska en «Turpilii comici fragmenta», Bibliotheca scriptorum Graecorum et Romanorum Teubneriana, BSB B.G. Teubner, 1971.


sábado, 9 de diciembre de 2017

EL TEATRO ROMANO


HORACIO

Horacio, mucho más tarde, convalidó a posteriori los temores que Catón había expresado a priori, con un famoso verso: Graecia capta ferum victorem cepit, «la Grecia conquistada conquisto al bárbaro conquistador». Y para hacerlo, usó varias armas: la religión y el teatro para la plebe, y la Filosofía y las artes para las clases superiores, que todavía no eran cultas, pero que desgraciadamente, se tornarían tales.
 
POLIBIO
A Polibio, cuando lo llevaron prisionero, la religión de Roma le pareció todavía sólida. La peculiaridad —escribe— por la cual a mi juicio el Imperio romano es superior a todos los demás, es la religión que en él se practica. Lo que en otras naciones seria considerado reprobable superstición, aquí, en Roma, constituye los cimientos del Estado. Todo lo que le atañe se reviste de tal pompa y hasta tal punto condiciona la vida pública y privada, que nada podrá nunca hacerle competencia. Creo que el Gobierno lo ha hecho aposta, para las masas. No sería necesario si un pueblo estuviese compuesto exclusivamente de gente ilustrada, pero para las multitudes, que siempre son obtusas y fáciles a las pasiones ciegas, es bueno que por lo menos exista el miedo para tenerlas sujetas.
 
POLIBIO
A un hombre como él, recién llegado de Grecia, donde el escepticismo y la incredulidad no tenían ya límites, se comprende que los romanos, que conservaban un vislumbre de fe, le debían hacer el efecto de unos monjes. Mas se trataba verdaderamente de un vislumbre, aunque ciertas fórmulas litúrgicas (la «pompa», decía Polibio) seguían siendo, por la fuerza de la costumbre, respetadas. Catón, que, sin embargo, se inclinaba a salvar todas las viejas costumbres y creencias, se preguntó, en un discurso, cómo se las componían los augures, conociendo cada uno los trucos del otro, para no reírse en la cara cuando se encontraban por la calle. Y en la escena, Plauto podía ridiculizar impunemente a Júpiter en el papel de seductor de Alcmena y presentar a Mercurio como un payaso.
 
PLAUTO
El público que aplaudía esas impías comedias era el mismo que pocos años antes, a la noticia del desastre de Cannas, se había precipitado a la plaza gritando: «¿A qué dios hemos de rezar por la salvación de Roma?» Evidentemente, sólo en los momentos de peligro se acordaban los romanos de tener un dios, pero no sabían cuál era el bueno, entre tantos como poblaban su paraíso. Y curiosa fue la respuesta del Gobierno, que decidió confiar la salvación de la Urbe no a un dios romano, como siempre había sucedido hasta entonces, sino a una diosa griega, Cibeles, por lo que ordenó que su estatua fuese transportada desde Pesinunte, donde se hallaba, en Asia Menor, a Roma. Átalo, rey de Pérgamo, permitió el traslado. Y así Magna Mater, como fue rebautizada la diosa, llegó un buen día a Ostia, donde la estaban aguardando Escipión el Africano a la cabeza de un comité de nobles matronas. En Roma se esparció la voz de que la nave, encallada en los arenales de la desembocadura del Tíber, fue puesta a flote y conducida a lo largo del río hasta el corazón de la ciudad por la vestal Virginia Claudia, gracias a su caridad. Y todos, lo creyesen o no, quemaron incienso al paso de la diosa que las matronas llevaron en procesión hasta el templo de la Victoria. El Senado quedó un poco escandalizado y perplejo cuando supo que la Gran Madre tenía que ser atendida por sacerdotes autocastrados. En los colegios sacerdotales de Roma no los había. Al fin encontraron algunos entre los prisioneros de guerra, y les hicieron sacerdotes para la ocasión.
 
VIRGINIA CLAUDIA
Desde aquel momento la liturgia griega se difundió y fue aplicada no tan sólo a los dioses que venían de allí, sino también a los romanos. El resultado fue que, de austera y más bien lúgubre, como había sido hasta entonces, se volvió alegre y carnavalesca. En -186, el Senado se enteró, con alarmado estupor, de que el pueblo llano se había aficionado particularmente a Dionisio, había hecho de él su santo preferido, llenaba su templo y le ofrecía sacrificios con particular entusiasmo. Se comprende fácilmente la razón; los sacrificios consistían en pantagruélicas comilonas, en copiosas libaciones y en un desenfreno de las relaciones entre hombres y mujeres. En suma, lo eran todo menos «sacrificios». La policía hizo una redada de participantes en aquellas fiestas; detuvo a siete mil, condenó a muerte a algunos centenares, encarceló a los demás y suprimió el culto. Pero cuando han de intervenir los agentes de la autoridad para salvar las costumbres de un pueblo, esto quiere decir precisamente que tales costumbres están en la agonía.


Eso veíase, además, en el teatro, que se iba convirtiendo en el verdadero templo de Roma.


El primer intento de espectáculo había sido el de Livio Andrónico, el prisionero de guerra tarentino, de origen griego, que en -240 escenificó, recitó y cantó en toscos versos «saturninos» la Odisea. Como ya hemos dicho, público y Gobierno quedaron tan complacidos, que permitieron a los actores constituirse en «gremio» y organizar, para las grandes fiestas del año, los llamados ludes escénicos.
 
LIVIO ANDRÓNICO
Cinco años después de aquella histórica premiére,otro prisionero de guerra, napolitano esta vez, Cneo Nevio, produjo otra comedia que, con visos aristofanescos, ridiculizaba los abusos y la hipocresía de la sociedad romana. El pueblo se divirtió. Pero las familias influyentes, que se sentían aludidas, protestaron. Eran demasiado toscas y zafias para aceptar la sátira, que sólo encuentra carta de ciudadanía en los pueblos muy civilizados. El pobre Nevio fue detenido y tuvo que retractarse. Escribió otra comedia, seguramente con la intención de no volver a ofender a nadie, pero como era un hombre de ingenio no lo consiguió. También esta vez le salió de la pluma alguna pulla, y la pagó con la deportación. Roma perdió así a la vez un comediógrafo que podía ser el germen de una producción original y no ya calcada de modelos extranjeros, y un humorista que podía enseñar a aquel pueblo tétrico y grave el arte de sonreír, de darse cuenta de los propios defectos y de remediarlos. En el exilio, Nevio continuó escribiendo. Y dejó un feo poema dramático sobre la Historia romana que revelaba en él un arrebatado patriotismo.
 
CNEO NEVIO
A partir de entonces el teatro romano continuó copiando al griego, hasta que un tercer forastero vino a darle un hálito de originalidad. Quinto Ennio era un apuliano de padre italiano y de madre griega. Había estudiado en Tarento, donde se representaban los dramas de Eurípides, de los que estaba enamorado. Despues fue a hacer el servicio militar. En Cerdeña había llamado la atención, por su valor, de Catón, que estaba allí de cuestor, el cual se lo llevó consigo a. Roma. Sus Anales, una historia épica de Roma, desde Eneas a las guerras púnicas, fueron, hasta Virgilio, el poema nacional de la Urbe. Pero su pasión era el teatro, para el que escribió una treintena de tragedias en las que se metía sobre todo con el celo de los beatos. He aquí, en boca de un protagonista suyo, sus convicciones religiosas: «Os aseguro, amigos, que los dioses existen, pero que les importa un comino lo que hacen los mortales. ¿Cómo, de no ser así, explicaríais que el bien no sea siempre pagado con el bien y el mal con el mal?» Cicerón, que cita esta frase en la que se vislumbran ya las teorías de Epicuro, y dice haberla oído él mismo, asegura que fue larga y ruidosamente aplaudida desde la platea.
 
QUINTO ENNIO
Ennio aconsejó a sus seguidores que hicieran en las comedias un poco de filosofía, pero no demasiado. Desdichadamente, fue el primero en no tener en cuenta esta sensata máxima; quiso escribir dramas de «ideas», como se dice hoy, y el público, aburrido, le volvió la espalda para acudir a las farsas de Plauto, que fue el primer verdadero comediógrafo de Roma.


Vino de Umbría donde naciera el 254, y su nombre ya movía a risa. Tito Maccio Plauto quería decir: Tito, el payaso de los pies planos. Comenzó como «comparsa», ahorró algún dinero, lo invirtió en un negocio arriesgado, y lo perdió. Entonces, para comer, se puso a escribir. Primero adoptó comedias griegas, intercalando frases sobre los sucesos de actualidad romanos. Mas cuando vio que el público se reía sobre todo de aquéllas, abandonó los modelos extranjeros y se puso a componer obras originales, echando mano de la crónica de sucesos de la ciudad e inaugurando un verdadero teatro «de costumbres». No tardó en ser el ídolo del público que celebraba su buen humor cordial y su abierta risa rabelesiana. Su Miles gloriosas hizo delirar a la platea. Todos le querían y de él aceptaron también el Amphitrion, que contenía aquella irreverente sátira de Júpiter, presentado como un vulgar Don Juan que, para seducir a Alcmena, se hacía pasar por su marido.
 
TERENCIO
El año que murió Plauto, el -184, llegó a Roma, como esclavo Terencio, un cartaginés, que tuvo la suerte de ir a parar a casa de Terencio Lucano, senador culto y afable que descubrió el talento de su siervo y le liberó. Terencio, que originariamente se llamaba Publio Afro, tomó su nombre en agradecimiento. Cuando hubo escrito la primera comedia, Andria, fue a leérsela a Cecilio Estacio, autor ya consagrado que en aquel momento hacía furor, pero del que no ha quedado nada. Suetonio cuenta que Estacio quedó tan impresionado que invitó a comer a su visitante, aunque éste vistiera como un mendigo. Terencio frecuentó los salones y se puso de moda entre las clases altas, pero no alcanzó jamás la popularidad de Plauto. Su segunda comedia, Hecyra, fracasó porque el público abandonó el teatro al enterarse de que en el Circo había dado comienzo el combate de un gladiador contra un oso. La fortuna le sonrió con el Eunuco, que en dos representaciones, dadas el mismo día, le proporcionó ocho mil sestercios. En Roma se murmuraba que el verdadero autor de aquellas obras era Lelio, hermano de Escipión, gran amigo y protector de Terencio. El cual, con mucho tacto, no desmintió ni confirmó jamás este chismorreo. Y tal vez precisamente por sustraerse a él decidió partir para Grecia. No volvió más. En el camino de retorno, murió de enfermedad en Arcadia.

 
CECILIO ESTACIO
Los ambientes intelectuales y sofisticados de entonces tuvieron por Terencio la misma pasión que los franceses contemporáneos han tenido por Gidc. Cicerón le definió «el más exquisito poeta de la República». César, que era entendido en literatura, y más sencillo, le consideraba un perfecto estilista, pero un dimidiatus Menander, un Menandro partido en dos, en la escena. Sus comedias, en efecto, no caen nunca en la ordinariez de las de Plauto. Sus personajes son más complejos y matizados y el diálogo es más ceñido y lleno de segundas intenciones. Pero, desgraciadamente, desarrollando en un lenguaje que ya no era el del pueblo, al que le sonó a artificio. Y le silbó.

MENANDRO

Aquel pueblo iba entonces al teatro cada vez en mayor número, en parte porque no se pagaba entrada. Los locales eran rudimentarios y se montaban tan sólo con ocasión de las fiestas, después de las cuales quedaban desafectados. Consistían en una armadura de madera que sostenía el escenario, delante del cual había una «orquesta» circular para los ballets que acompañaban el espectáculo. Los espectadores estaban parte de pie, parte tumbados en el suelo, parte sentados en escabeles que se traían de casa. Sólo en -145 fue construido un teatro inamovible, también de madera y sin techo, pero con asientos dispuestos circularmente, en torno al escenario, a estilo griego. Todo el mundo era admitido; hasta los esclavos, que, empero, no podían tomar asiento, y las mujeres, confinadas, sin embargo, al fondo.


Los prólogos que el actor recitaba antes de que se alzase el telón, contenían recomendaciones a las mamas para que les sonasen las narices a sus niños antes de que empezase el espectáculo, o de llevarse a casa a los que gimoteaban. Debía de tratarse de plateas ruidosas e indisciplinadas, que interrumpían frecuentemente el recitado con frases mordaces y pullas groseras y que a menudo ni siquiera se daban cuenta de cuándo terminaba el espectáculo, que, efectivamente, concluía con un nunc plaudite omnes, o sea con una invitación al aplauso.


Los actores eran, en general, esclavos griegos, menos el protagonista que podía ser un ciudadano romano. El cual, empero, al entregarse a aquella carrera perdía sus derechos políticos, como ocurría en Francia hasta el siglo xvu. Los papeles femeninos eran interpretados también por hombres. Mientras el público fue limitado, se contentaban con una somera caracterización. Mas cuando, en el siglo II antes de Jesucristo, las plateas comenzaron a rebosar de público, se introdujo, para distinguir los caracteres, el uso de las máscaras, que se llamaban personae, del etrusco phersu. Así que dramatis personae significa literalmente «máscaras del drama». Cuando se trataba de tragedias, los actores que las encarnaban calzaban los coturnos, que eran zapatos con tacones, y cuando se trataba de comedias, llevaban el soccus, o sea zapato bajo. También entonces, como hoy, hubo continuos conflictos entre público y censura, que vigilaba atentamente la obra. Fue basándose en una ley de las Doce Tablas, que prohibía la sátira política y preveía hasta la pena de muerte, que el pobre Nevio había sido expulsado y, para no seguir su suerte, sus sucesores lo tomaron todo prestado a Grecia; escenas, caracteres, situaciones, indumentaria y hasta los nombres de las monedas. Los criterios en que se inspiraba aquella policíaca censura eran, como siempre, burocráticos y absurdos. Permitían cualquier obscenidad, con tal de que no sugiriesen críticas contra el Gobierno y los ciudadanos de posición.


Afortunadamente, los ediles que organizaban aquellos espectáculos para complacer a la masa y granjearse sus votos, estaban siempre de parte de los autores y les protegían. Plauto debió tener de la suya uno, muy poderoso para permitirse todo lo que se le permitió. De no haber sido por él, el teatro romano no hubiera nacido siquiera. Se habría quedado en una imitación del griego y nosotros no encontraríamos en él ese espejo de una sociedad que, bien o mal, nos ha proporcionado.


Mas aquel relajamiento de frenos se produjo sobre todo porque soplaba un viento de «libre pensamiento». Lo habían traído los «gréculos», como les llamaban por mofa los romanos, escarnio que no les impedía tomarles por maestros. Prisioneros de guerra importados de Grecia en calidad de rehenes o de esclavos, fueron efectivamente los primeros gramáticos,retóricos y filósofos que abrieron escuela en Roma. En -172, el Senado descubrió entre ellos a dos seguidores de Epicuro, y les expulsó. Pocos años después, Crates de Males, director de la Biblioteca del Estado en Pérgamo y jefe de la escuela estoica, fue a Roma como embajador, se rompió una pierna y, en espera de curar, se puso a dar conferencias. En -155, Atenas mandó en misión diplomática tres filósofos (ya no tenía más que aquéllos): Carnéades el platónico, Critolao el aristotélico, y Diógenes el estoico. También dieron conferencias, y Catón, cuando oyó a Carnéades' afirmar que los dioses no existían y que justicia e injusticia no eran sino convencionalismos, corrió al Senado y pidió la repatriación de los tres atenienses.

CRALES DE MALES

La obtuvo, pero de poco sirvió, visto que el pensamiento y la cultura griegos estaban patrocinados por muchos de los propios romanos, y de los más influyentes, que los habían ya absorbido. Flaminino poseía en su casa una galería llena de estatuas de Policleto, Fidias, Scopas y Praxíteles. Emilio Paulo, del botín acopiado a expensas de Perseo, había separado la biblioteca del rey, y con ella educaba a sus hijos. El más joven de éstos, cuando él murió, fue adoptado por Publio Cornelio Escipión, hijo del Africano. Tomó el nombre y, como Publio Cornelio Escipión Emiliano emuló al abuelo destruyendo Cartago, fue jefe de aquel poderoso linaje y lo convirtió todo al helenismo.

FLAMININO

Guapo y rico como era, de modales afables, inteligencia pronta y honradez incorruptible (al morir, dejó tan sólo treinta y tres libras de plata y dos de oro), estaba perfectamente indicado para convertirse en el ídolo de los salones que en aquel momento comenzaban a pulular. Polibio vivió durante años como huésped en su casa, donde acudía también cotidianamente Panecio, otro griego de Rodas, de sangre aristocrática y de escuela estoica. Su libro De los deberes, que Escipión probablemente sugirió e inspiró, fue el texto sobre el cual se formó la «juventud dorada» de Roma. A diferencia de los antiguos, los nuevos estoicos no predicaban la virtud absoluta y no invocaban una completa indiferencia a la suerte y a la desgracia. Querían tan sólo proponer un equivalente, lleno de compromisos, pero decente, a una fe que ya no regía las costumbres de Roma. Era la indulgencia que sustituía al severo puritanismo de un tiempo.


El salón de Escipión tuvo una influencia enorme. Descollaron en él, además de Flaminino, Gayo Lucilio y Gayo Lelio, cuya fraternidad con el dueño de la casa inspiró a Cicerón el libro De amicitia. Se debatían ideas aladas. Se entusiasmaban por lo bello. Eran obligatorios modales refinados, ideas originales y valiosas, y, sobre todo, una lengua pulcra, brillante, sin acento; una lengua que después, en manos de Catulo, que frecuentó aquellos ambientes, tornóse en la literaria y culta de Roma, pero que, en boca de los personajes de Terencio, el público silbó porque la notaba artificial y alejada de la suya.
CATULO

lunes, 18 de septiembre de 2017

FENESTELA


Fenestela (52 AC? - AD 19?) Fue un historiador romano y escritor enciclopédico.
 
Floreció en el reinado de Tiberio. Si la notificación en Jerónimo es correcta, vivió desde el 52 aC hasta el 19 dC (según otros 35 aC - 36 dC).
 
Tomando Varrón por su modelo, Fenestella fue uno de los principales representantes del nuevo estilo de la escritura histórica que, en el lugar de los brillantes cuadros descriptivos de Tito Livio, habló de incidentes y costumbres curiosos y extravagantes de la vida política y social vida, incluyendo la historia literaria. Él era el autor de unos Anales, probablemente de los tiempos más tempranos desde los primeros días de la historia romana.
 
Los fragmentos indican la gran variedad de temas discutidos: el origen del llamamiento al pueblo (provocatio); el uso de elefantes en los juegos de circo; el uso de anillos de oro; la introducción del olivo; el material para hacer la toga; el cultivo del suelo; ciertos detalles sobre las vidas de Cicerón y Terencio.
 
Su trabajo fue muy utilizado (se hace mención de una edición abreviada) por Plinio el Viejo, Asconio Pediano (el comentarista de Cicerón), Nonius, y los filólogos. Los fragmentos se pueden encontrar en Hermann Peter, Historicorum Romanorum fragmenta (1883).
 
Un trabajo publicado bajo el nombre de L. Fenestela (De magistratibus et sacerdotiis Romanorum, 1510) es realmente por AD Fiocchi, canon y secretario papal, y posteriormente fue publicado por él (bajo la forma latinizada de su nombre, Floccus), editado por Aegidius Witsius (1561).



sábado, 16 de septiembre de 2017

LUCIO CASIO HEMINA


 
Lucio Casio Hemina (en latín, Lucius Cassius Hemina; Roma, c. 200 a. C.-ibídem, c. 146 a. C.) fue un escritor y analista romano del siglo II a. C..
 
Se sabe poco de su vida. En torno al año 146 a. C., entre la muerte de Terencio y la revolución de los Gracos, escribió unos anales históricos en latín desde los orígenes de Roma a su época. Sus anales siguen el modelo de Catón el Viejo y están divididos en cuatro libros.