Cuando César llegó, en -58, Francia era para los romanos tan sólo un
nombre: Galia. No conocían más que sus provincias meridionales, las que habían
sometido a vasallaje para asegurarse las comunicaciones terrestres con España.
Lo que pudiera haber más al Norte, lo ignoraban.
Más al Norte no existía lo que hoy se llama una nación. Diseminadas por
distintas regiones, vivían tribus de raza céltica que pasaban el tiempo
haciéndose la guerra entre sí. César, que entre otras cosas era un gran
periodista y poseía el don de la observación, vio que cada una de esas tribus
estaba dividida en tres clases: los nobles o caballeros, que tenían el
monopolio del Ejército; los sacerdotes o druidas, que tenían el
monopolio de la religión y de la instrucción; y el pueblo, que tenía el
monopolio del hambre y del miedo.
César creyó que para dominar a aquellas
tribus bastaba con tenerlas divididas, y que para tenerlas divididas bastaba
con oponer los caballeros a los caballeros. Cada uno, para pelear con otro, se
llevaría consigo un pedazo de pueblo. Había un solo peligro: que los druidas
se pusiesen de acuerdo entre ellos y constituyesen el centro espiritual de una
unidad nacional. Y por esto era preciso tenerles a todos de parte de Roma.
César les tenía simpatía a los galos por dos razones; ante todo porque
uno de ellos había sido preceptor suyo; y después, porque eran hermanos de
sangre de los celtas del Piamonte y la Lombardía que Roma había sometido ya y
que constituían su mejor infantería. Si lograba extender ese sometimiento a
toda Francia, encontraría en ella una mina inagotable para sus ejércitos.
César no contaba con fuerzas suficientes para una guerra de conquista.
Para aquel considerable territorio, sólo le habían dado cuatro legiones, menos
de treinta mil hombres. Y precisamente en el momento en que asumía su mando,
cuatrocientos mil helvecios se desparramaban desde Suiza sobre la Galia
Narbonense, amenazando anegarla, y ciento treinta mil germanos cruzaban el Rin
para reforzar en Flandes a su hermano de raza Ariovisto, que se había
establecido allí tres años antes.
Toda la Galia, aterrada, pidió protección a
César quien, sin siquiera advertirlo al Senado, alistó a sus propias expensas
otras cuatro legiones y conminó a Ariovisto a que viniese para discutir un
convenio con él, Ariovisto rehusó, y César, para afianzar su prestigio a los
ojos de sus nuevos súbditos, no tuvo más elección que la guerra contra aquél y
contra los helvecios.
Fueron dos campañas temerarias y fulgurantes. Batidos, pese a su enorme
superioridad numérica, los helvecios pidieron poder retirarse a su patria, lo
que César les permitió con tal de que aceptasea el vasallaje a Roma. Los
germanos fueron completamente aniquilados cerca de Ostheim. Ariovisto huyó, mas
para morir poco después. El depravado y endeudado mujeriego se revelaba, en el
campo de batalla, como un formidable general.
Aprovechando aquel éxito que dejó boquiabierta a toda la Galia, César le
pidió que se uniera a él bajo su mando para protegerse en adelante de otras
invasiones. Pero los galos estaban dispuestos a todo, menos a ponerse de
acuerdo entre ellos. Muchas tribus se rebelaron y pidieron ayuda a los belgas,
que acudieron.
César les derrotó, después venció a los que les habían llamado y
anunció a Roma, más bien prematuramente, que toda la Galia quedaba sometida. El
pueblo se regocijó, la Asamblea prorrumpió en aclamaciones, pero el Senado
torció el gesto.
César olfateó que los conservadores le estaban preparando
alguna mala pasada, volvió a Italia y convocó a Pompeyo y a Craso en
Lucca para consolidar con ellos, en defensa común, el triunvirato.
Desde que César había dejado el Consulado, Roma era, en efecto, presa de
convulsiones. Hasta aquel momento, el adalid de los aristócratas había sido Catón,
un reaccionario más bien obtuso, pero hombre de bien. Tal vez hubiera tenido
hasta ideas más abiertas de no haber llevado el nombre de su abuelo, el gran
Censor, que las tuvo cerradísimas.
Aquel nombre le arruinó, obligándole a
interpretar un papel en el que tal vez no creía. Para defender la austeridad de
las antiguas costumbres, se paseaba descalzo y sin túnica, rezongando siempre
contra las nuevas. Lo había hecho también el primer Catón, pero mezclando a sus
murmuraciones francas y ruidosas risotadas, sarcasmos punzantes, panzadas de
judías y tragos de chianti.
Su nieto tenía un rostro ceñudo y picajoso, una tez
ictérica de pastor protestante y una boca acerba de solterona obsesionada por
pecados no cometidos. Acaso rompía tanto los cascos a los demás porque se
rompía también los suyos al ejercer constantemente aquella profesión de
aguafiestas.
Pero además era un moralista a su manera, que no encontró nada que
objetar, por ejemplo, al hecho de que su mujer Marcia, aburrida también de un
marido tan aburrido (¿y quién podría culparla, pobre mujer?), tomase como amigo
al abogado Hortensio, rival de Cicerón, que era guapo y facundo como un
Giovanni Porzio joven. Es más, cuando se enteró, dijo al adúltero: «¿La
quieres? Te la presto» (así al menos lo cuenta Plutarco). Y eso no es todo.
Pues cuando poco después murió Hortensio, Catón volvió a admitir a Marcia y
siguió viviendo con ella como si nada hubiese ocurrido.
Este curioso hombre tenía, sin embargo, sus cualidades. Era, ante todo,
honesto. Y esto explica por qué, en una época en que todo estaba en venta, pero
especialmente los votos de los electores, no logró rebasar en su carrera el
grado de pretor.
Los senadores, cuyo monopolio político defendía y a quienes no
les importaba la honestidad, hubiesen preferido que él luchase con armas más
adecuadas a la general corrupción y al enemigo que entonces tenía enfrente:
aquel Clodio que, tras la partida de César, se había hecho el dueño de
Roma y que, entre otras cosas, obtuvo de la Asamblea que Catón fuese enviado
como alto comisario a Chipre. Catón obedeció y los conservadores se encontraron
sin jefe (la cabeza la habían perdido hacía ya varios años).
Afortunadamente para ellos Clodio era, más que un gran político, un gran
demagogo y, por tanto, no tenía el sentido de la mesura. En su ciego odio
contra Cicerón se puso a perseguirle, obligándole a huir a Grecia, confiscó su
patrimonio y mandó arrasar su palacio del Palatino.
Ahora bien, Cicerón no era en Roma lo que creía ser. Pero como, sin
embargo, representaba una especie de institución nacional, César y Pompeyo
fueron los primeros en desaprobar aquellas medidas. No obstante, Clodio no se
dio por entendido, se rebeló contra sus dos poderosos amos, formó una partida
de la porra y se puso a aterrorizar a la ciudad. Quinto, hermano de Cicerón,
que había pedido a la Asamblea que reclamase al proscrito, fue objeto de un
atentado y se salvó de milagro.
Mas para que su petición fuese acogida, Pompeyo
tuvo que contratar a su vez a una pandilla de delincuentes comunes al mando de Annio
Milón, un aristócrata con pocos cuartos y ningún escrúpulos como Clodio,
con el cual armó guerra. Roma se convirtió entonces en lo que hace cuarenta
años era Chicago.
Cicerón, acogido a su regreso con grandes festejos, tornóse entonces
en abogado de los triunviros que te habían salvado, apoyó su causa frente al
Senado e hizo conceder a César nuevos fondos para sus tropas de la Galia y a
Pompeyo un comisariado con plenos poderes por seis años para resolver el
problema alimenticio de la península.
Pero en -57, Catón volvió de
Chipre, donde había llevado a cabo brillantemente su misión, y bajo su guía los
conservadores reemprendieron la lucha contra los triunviros. Calvo y Catulo
llenaron Roma de epigramas contra ellos. Al presentarse candidato al Consulado
del -56, el aristócrata Domicio basó su campaña electoral en la
renovación de las leyes agrarias de César. Cicerón olfateó, como de costumbre,
el viento, creyó que soplaba a favor de las derechas, se puso de parte de
Domicio y denunció, por malversaciones, a Pisón, suegro de César.
Para poner arreglo a todo esto los triunviros se reunieron en Lucca,
donde se decidió que Craso y Pompeyo se volviesen a presentar para el
Consulado y, después del triunfo, confirmasen a César gobernador de la Galia
por otros cinco años.
Expirado el plazo, Craso obtendría Siria, y Pompeyo,
España. Así, entre los tres, serían dueños de todo el Ejército.
El plan funcionó porque las riquezas de Craso y de Pompeyo, aumentadas
por la contribución de César que ahora tenía en mano la cartera de toda la
Galia, bastaron para comprar una mayoría. Y así el procónsul pudo volver a sus
provincias, donde mientras tanto se insinuaba una nueva invasión germánica.
César destrozó a los intrusos rechazándolos allende el Rin, luego atravesó el
canal de la Mancha con un pequeño destacamento y por primera vez los romanos
pisaron con él suelo inglés. No se sabe con precisión por qué fue allí; acaso
tan sólo para ver qué era. Permaneció pocos días, venció a las pocas tribus que
halló en su camino, tomó algunas notas y se volvió atrás.
Mas el año siguiente
intentó de nuevo la aventura con fuerzas mayores, derrotó a un ejército
indígena conducido por Casivelauno, avanzó hasta el Támesis, y tal vez
habría seguido más allá de no haber recibido la noticia de que había estallado
una revuelta en la Galia.
César lo consideró de momento como un episodio de orden administrativo.
Desembarcó en el Continente, desbarató a los eburones que habían tomado la
iniciativa revolucionaria y dejó en las provincias septentrionales, para
guarecerlas, el grueso de su ejército, volviendo con una pequeña escolta a
Lombardía.
Pero a poco de llegar supo que toda la Galia, unida por primera vez
a las órdenes de un hábil jefe, Vercingetórix, era un hervidero. César
le conocía: era un guerrero de Auvernia, tierra de soldados montaraces y
robustos, hijo de un tal Celtillo que había aspirado a convertirse en rey de
toda la Galia y por esto los suyos le mataron.
Tal vez el joven alimentaba las
mismas ambiciones que su padre y había esperado recibir la investidura de
César, del cual se mostrara amigo. Decepcionado, se rebeló. Pero, más juicioso
que los otros, hizo un llamamiento al sentimiento nacional asegurándose el
apoyo de los druidas, que le comunicaron su aprobación.
A la sazón Vercingetórix disponía de poderosas fuerzas entre César al Sur
y el ejército de éste en el Norte. La situación no podía ser peor. César la
afrontó con su audacia habitual. Con sus mermados pelotones, volvió a cruzar
los Alpes y se puso a remontar Francia, país entonces totalmente enemigo. Al
frente de sus soldados, caminó a pie día y noche entre las nieves de las
Cévennes, en dirección a la capital enemiga.
Vercingetórix acudió a ella para
defenderla. César dejó el mando a Décimo Bruto y con una escolta de
pocos jinetes se infiltró entre las líneas enemigas hacia el grueso de sus
fuerzas. Las reunió, derrotó separadamente a los ávaros y los cenabios,
saqueando sus ciudades, pero ante Gergovia hubo de retirarse, acosado por los
eduos, a quienes había considerado los más fieles de sus aliados y que ahora le
abandonaban.
Se dio cuenta de que estaba solo, uno contra diez en un país hostil y se
consideró perdido. Jugándose el todo por el todo, marchó sobre Alesia, donde
Vercingetórix habla reunido su ejército, y la sitió. En seguida acudieron los
galos de todas partes para liberar a su capitán. Eran doscientos cincuenta mil
los que se concentraron contra las cuatro legiones romanas.
César ordenó a los
suyos que levantaran dos empalizadas: una hacia la ciudad asediada y otra
frente a las fuerzas que acudían en su auxilio. Y entre los dos bastiones situó
a los suyos con las escasas municiones y vituallas que todavía poseían.
Tras
una semana de desesperada resistencia en dos frentes, los romanos estaban
hambrientos, pero los galos a su vez habían caído en la anarquía y comenzaron a
retirarse en desorden. César cuenta que si hubiesen insistido un día más
habrían vencido.
Vercingetórix en persona salió de la ciudad extenuada a pedir gracia. César
la concedió a la ciudad, mas los rebeldes pasaron a la propiedad de los
legionarios, que les revendieron como esclavos haciendo su negocio. El
desventurado capitán fue conducido a Roma, donde al año siguiente siguió
encadenado al carro del triunfador, que le «sacrificó a los dioses», como se
decía en aquellos tiempos.
César quedóse aún aquel año en la Galia para liquidar los restos de la
revuelta. Lo hizo con una severidad que no era habitual en él, que siempre se
mostró generoso con el adversario vencido. Pero una vez infligido el castigo
con la supresión de los jefes, volvió a sus métodos de clemencia y de
comprensión.
Y así, dosificando con sabiduría la mano dura con la caricia,
convirtió a los galos en un pueblo respetuoso y adicto a Roma, como se vio
durante la guerra civil contra Pompeyo, cuando ni siquiera intentaron liberarse
del vacilante yugo que les tenía sujetos.
Roma no comprendió la grandeza del don que su procónsul le había hecho.
Sólo vio en la Galia una nueva provincia que explotar, dos veces mayor que
Italia y poblada por cinco millones de habitantes.
Cierto que no podía suponer
que César había fundado una nación destinada a perpetuar y difundir la
civilización y la lengua de Roma en toda Europa. Además, en aquel entonces,
empeñada como estaba en sus discordias, no tenía tiempo de ocuparse en aquellos
asuntos.
Craso, después del Consulado, había partido para Siria, según se
acordó en Lucca; en su manía de gloria militar declaró la guerra a los partos,
fue derrotado por ellos en Carres y mientras trataba con el general vencedor,
éste le mató y mandó su cabeza cortada a adornar en un teatro una escena de
Eurípides.
Pompeyo, en cambio, que consiguió le concedieran un ejército
para gobernar España, se quedó con él en Italia en una actitud que no dejaba
presagiar nada bueno. El vínculo más fuerte que le unía a César había
desaparecido con la muerte de Julia. César le ofreció remplazaría con su
sobrina Octavia. Y habiendo rehusado el viudo, se ofreció a sí mismo como
esposo de su hija en el puesto de Calpurnia de la que se divorciaría.
Pero
Pompeyo rechazó también esta proposición: no le interesaba un parentesco con
César, porque finalmente, se había puesto de acuerdo con los conservadores
convirtiéndose en su caudillo. Sabiendo que el Proconsulado de César terminaría
en -49, se hizo prorrogar el suyo hasta el -46. Así quedaría él sólo de los dos
en tener un ejército.
La democracia, bajo los golpes de Clodio y de Milón. que la habían
reducido a una cuestión de garrotazos, agonizaba. Finalmente Milón mató a
Clodio, que poco antes le había incendiado la casa. La plebe tributó al difunto
honores de mártir, llevó su cadáver al Senado y pegó fuego al palacio. Pompeyo
llamó a sus soldados para aplacar el tumulto y así logró hacerse dueño de la ciudad.
Cicerón saludó en él al «cónsul sin colega» y la fórmula agradó a los
conservadores, que la adoptaron porque permitía atribuir a Pompeyo los poderes
de dictador evitando la desagradable palabra.
Pompeyo acuarteló en Roma a todo
su ejército, a la sombra del cual la Asamblea tuvo sus sesiones y los
tribunales celebraron sus procesos. Entre éstos, el famoso de Milón que fue
condenado por el asesinato de Clodio, pese a la defensa de Cicerón, que después
publicó su alegato.
Cuando Milón, huido a Marsella, la leyó, exclamó: «¡Oh,
Cicerón, si tú hubieses pronunciado de verdad las palabras que has escrito, yo
no estaría comiendo aquí pescado!» Lo que nos hace abrigar muchas dudas sobre
la correlación de los escritos del gran abogado con sus discursos auténticos.
Pompeyo volvió a proponer la ley que exigía la presencia en la ciudad
para concurrir al Consulado. La Asamblea, guarnecida por sus tropas, la aprobó.
Era la exclusión de César, que no podía volver antes del día fijado para el
triunfo. Corría el año -49, el cargo de César expiraba el 1 de marzo, pero Marco
Marcelo sostuvo que era necesario anticipar la fecha. Los tribunos de la
plebe opusieron el veto, pero el veto presuponía una legalidad democrática que
ya no existía. Y Catón aumentó la dosis proclamando que César debía ser
procesado y expulsado de Italia.
Como agradecimiento por la conquista de la Galia, no estaba mal.