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sábado, 6 de enero de 2018

DEMÓNAX


Demónax o Demonacte (en griego: Δημώναξ; n. Chipre; fl. siglo II d. C.) fue un filósofo de Grecia, residente en Atenas, ciudad del Imperio Romano.

La única fuente de información acerca de él es Vida de Demónax, obra de su discípulo Luciano Samosatense. Este escritor, que en repetidas ocasiones se burla ácidamente de los filósofos, reivindica a Demónax, pensador de poca fama, porque lo admira por dar testimonio continuo de su doctrina con su vida sencilla, íntegra y sincera.​

Demónax era de familia opulenta, pero abandonó sus riquezas para dedicarse con libertad a la filosofía.​ Sumamente instruido, sabía de memoria a los más excelentes poetas, y había acostumbrado su cuerpo al gimnasio para no depender de nadie.
 
No se adhería a una escuela filosófica en especial,​ pero sus más fuertes influencias eran Sócrates, Diógenes el Perro y Arístipo.​ Aunque no utilizaba la ironía socrática, a través de sus reprensiones buscaba imitar a los médicos, curando el errar de los hombres.​ A los felices les recordaba lo efímero de los bienes, a los tristes que la muerte, como olvido y libertad, pronto envolvería a todos en igualdad.​ Demonacte sólo se entristecía por la enfermedad o fallecimiento de algún amigo, pues consideraba que la amistad es el mayor de los bienes.​

Si bien al final de su vida obtuvo una admiración general, al comienzo su severidad le consiguió enemigos, que lo denunciaron por impiedad al no participar de los misterios eleusinos. El filósofo se defendió diciendo que «lo que le impedía iniciarse era que, si fuesen malos, no podría menos de revelárselos a los profanos para apartarlos de las orgías, y si fuesen buenos, los divulgaría también por amor a los hombres».​
 
Siendo las burlas habituales en el carácter de los cínicos, Demónax las aplicó a Favorino,​ a Herodes Ático,​ al varón consular Cetego,​ y a muchos otros.

Consideraba que la felicidad consistía en la libertad, y que sólo era libre aquel que ni teme ni espera, porque todas las cosas humanas «no son dignas de miedo ni de esperanza, pues todas, agradables o molestas, son, sin excepción, caducas».​ El alma es inmortal solamente teniendo en cuenta que todo lo existente es inmortal.

Demonacte fue, junto con Diógenes, Crates el Abrepuertas y el Emperador Nerón, uno de los pocos que en vida fue considerado popularmente como demon protector.​ Cuando Demónax tenía cerca de cien años, por saber que ya no podría atender a sus necesidades, se dejó morir de hambre.​ Recibió magníficos honores fúnebres a cargo de la República, por disposición del pueblo, y la piedra en la que se sentaba pasó a ser considerada sagrada.

sábado, 15 de agosto de 2015

CARTA DE SERVILIA CEPIONIS AL PROCÓNSUL LÉPIDO


Creo que por fin he podido descubrir lo que se esconde en la maniobra de Filipo, aunque no tengo prueba concluyente de mis sospechas. No obstante, ten por seguro que quien mueve a Filipo mueve también a Cetego.


He analizado varias veces las actas que recogen el primer discurso de Filipo. y he hablado bastante con mujeres que pueden saber algo, salvo con la odiosa Praecia, que ahora es la reina de la mansión de Cetego, parece que como soberana exclusiva. Hortensia no sabe nada porque estoy convencida de que su esposo Catulo no sabe nada. Sin embargo, pude obtener la clave esencial de una Julia, la viuda de Cayo Mario; ¡puedes hacerte idea de hasta dónde han llegado mis indagaciones!


Su antigua nuera, Mucia Tercia, está casada ahora con un joven arribista de Piceno, un tal Cneo Pompeyo que tiene la audacia de hacerse llamar Magnus. No es miembro del Senado, pero es  riquísimo, muy descarado y con ambiciones de brillar. Tuve que tener muchísimo tacto para no dar a Julia la impresión de que andaba recabando información, pero ella es muy sincera cuando confía en alguien, y desde el principio se mostró bien predispuesta hacia mí por la lealtad que mostró el padre de mi esposo hacia Cayo Mario, a quien, como recordarás, acompañó al exilio durante el primer consulado de Sila.


Resulta, además, que Julia detesta a Filipo desde que se vendió a Cayo Mario hace años; por lo visto, Cayo Mario le despreciaba a pesar de que se sirvió de él. Bien, en mi tercera visita (juzgué conveniente ganarme la confianza de Julia, antes de mencionar de pasada a Filipo) llevé la conversación al tema de la actual situación y de los posibles motivos de Filipo para hacerte su víctima, y Julia me dijo que pensaba, por algo que Mucia Tercia le había comentado durante su última visita a Roma, que Filipo está ahora al servicio de ese Pompeyo. ¡Igual que Cetego!


No pregunté nada más. Realmente no hacía falta. Desde aquella primera conversación, Filipo no ha dejado de machacar la cláusula especial de la ley de Sila autorizando al Senado a buscar fuera de él un jefe militar o un gobernador si no hubiese una persona adecuada para el cargo en la cámara. ¿Aún no ves lo que esto tiene que ver con la situación? Te confieso que yo tampoco lo veía hasta que me puse a reflexionar sobre la actuación de Filipo en los últimos treinta años.


Y llegué a la conclusión de que Filipo sólo actúa para quien le paga, y quien le paga es Pompeyo. Filipo no es un Cayo Graco ni un Sila, él no tiene una estrategia bien pensada para inclinar al Senado y lograr la destitución de todos los que estáis organizando la campaña contra Faesulae, y nombrando a Pompeyo en vuestro lugar. Seguramente sabe de sobra que el Senado no lo haría bajo ninguna circunstancia, pues en este momento hay muchos senadores con capacidad militar. Si cayesen los dos cónsules -posibilidad que, de momento, es difícil considerar- no hay nadie más que Lúculo para cubrir el hueco, y él es pretor este año, lo que quiere decir que ya tiene el imperium.


No, Filipo se contenta con armar el mayor alboroto posible para tener la oportunidad de recordar al Senado que existe esa cláusula de Sila sobre el mando especial. Y es de suponer que Cetego le apoya porque está también comprometido con Pompeyo. ¡No por dinero, evidentemente! Pero hay medios aparte del dinero, y en el caso de Cetego podría ser cualquier cosa.


Por consiguiente, mi querido Lépido, creo que eres hasta cierto punto una víctima casual, que tu valentía para decir lo que piensas, aunque vaya en contra de la mayoría del Senado, le ha dado a Filipo ocasión para hacerte blanco de sus ataques a cambio de las colosales sumas que le estará pagando Pompeyo. Presiona a favor de uno que no es senador, pero considera importante contar con una fuerte facción en el senado para el día en que sus servicios sean requeridos.

Con toda sinceridad, te diré que podría equivocarme; pero no lo creo.



( C. McC. )



miércoles, 21 de enero de 2015

CÉSAR A POMPEYO SOBRE LOS SENADORES: SON BORREGOS


La mayoría de los senadores son borregos. Todos se dan cuenta de esa realidad, pero es que a algunos les impide ver otra realidad: el hecho de que entre los borregos hay lobos. Ni el mismo Cetego se da cuenta. Pero a Metelo Caprario el joven le conviene perfectamente el epíteto de gran lobo, y Catulo tiene colmillos para destrozar, no molares para rumiar. Igual que Hortensio, que tal vez no consiga ser cónsul esta vez, pero que cuenta con una influencia formidable y es un consumado jurista. Luego está mi joven y listísimo tío Lucio Cotta. ¡ Incluso a mí se me podría considerar un lobo senatorial! Todos esos que he dicho, e incluso todos juntos, son capaces de acusaros a ti y a Marco Craso de traición.

 


Y tendréis que ir a juicio ante un tribunal con un jurado compuesto exclusivamente por senadores, senadores a los que habéis dejado con dos palmos de narices. Marco Craso quizá se librara, pero tú no, Cneo Pompeyo. Estoy seguro de que tienes muchos partidarios en el Senado, pero no podrías conservarlos después de esgrimir la amenaza de la guerra civil para forzarlos a tus deseos. Podrías mantener tu facción mientras fueses cónsul y procónsul, pero no cuando volvieses a ser privatus. A menos que conservases tu ejército movilizado para el resto de tu vida, y eso, como el Erario no lo pagaría, sería imposible aun para un hombre con tus recursos.