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domingo, 15 de enero de 2017

PALABRAS DE CÉSAR AL ENTERARSE DEL SUICIDIO DE MARCO PORCIO CATÓN



"Catón, a regañadientes acepto tu muerte, como a regañadientes hubieras aceptado que te concediera la vida».




EL SUICIDIO DE CATÓN DE ÚTICA, PINTURA DEL FRANCÉS PIERRE-NARCISE GUÉRIN





Nacido en 95 a.C, Marco Porcio Catón «el joven» era llamado así precisamente por lo mucho que recordaba su carácter al de su bisabuelo, Catón «el viejo», un «hombre nuevo» considerado incorruptible, austero, patriota y defensor de recuperar las tradiciones de Roma más antiguas. Ambos, no en vano, han pasado a la historia como personajes severos y antipáticos que se opusieron a dos figuras de gran popularidad en su época –Julio César contra el joven y Cornelio Escipión contra el viejo–. Así, fue durante la campaña de África cuando comenzó su enemistad con Escipión «el Africano», el gran héroe en la guerra contra las huestes cartaginesas de Aníbal. Catón reprochaba al general «la inmensa cantidad de dinero que gastaba y lo puerilmente que perdía el tiempo en las palestras y los teatros», a lo que el Africano solía responderle «que contara las victorias, y no el dinero».

Lo cierto es que Catón «el viejo» odiaba sobre todo a Escipión por su afición al teatro, de origen griego, y por sus simpatías por las costumbres helenísticas, que consideraba depravadas y nocivas. Estimaba la higiene personal y la costumbre de afeitarse como una forma de afeminamiento, y por ello quiso poner de moda las túnicas de lana raídas y las barbas descuidadas. En el año 155 a.C, no obstante, hizo que expulsaran de Roma a los embajadores de Atenas por la mala influencia que ejercían en la vida romana y abanderó una campaña contra otra potencia extranjera, Cartago, a la que instaba una y otra vez a borrar del mapa con su famosa coletilla: «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam» («Además opino que Carthago debe ser destruida»). Sin embargo, Catón «el viejo» no alcanzó a ver como se destruía Cartago, donde el ejército romano sembró sal en sus cultivos para que nada volviera a crecer, ni tampoco vivió como la falta de un enemigo exterior fuerte provocó que las luchas internas en la República condujeran al colapso del sistema.

Un siglo después, en plena crisis de la República, la figura de patriota Catón «el viejo» se recordaba todavía con nostalgia, sobre todo en su familia, donde su bisnieto se propuso emularlo. La leyenda de la terquedad de Marco Porcio Catón «el joven» vio su génesis cuando se destacó como un niño inquisitivo, aunque lento a la hora de dejarse persuadir por los demás. Según el historiador clásico Plutarco, durante una visita de Quinto Popedio Silo –defensor de la concesión de la ciudadanía romana a los pueblos de Italia– a la casa donde se criaba Catón, el político romano reclamó en tono de chanza apoyo para su causa a los niños que jugaban indiferentes alrededor de la conversación. Todos rieron, salvo Catón, que miró fijamente al huésped y se negó a responder. Popedio Silo tomó a Catón, siguiendo la broma, y le colgó sujeto de los pies por la ventana, sin que pudiera aún así arrancar en el niño el más mínimo signo temor.

CATÓN VS. JULIO CÉSAR, DOS FORMAS DE VER ROMA

En torno al año 65 a.C, Catón el «joven» inició su carrera política en el cargo de cuestor, un tipo de magistrado de la Antigua Roma, y lo hizo con la severidad que se esperaba de alguien cuyo nombre sigue siendo hoy sinónimo de rectitud. Según el actual diccionario de la Real Academia Española, Catón significa «censor severo», en referencia «al estadista romano célebre por la austeridad de sus costumbres». El joven romano empleó por bandera la persecución de antiguos cargos públicos que se habían apropiado de fondos públicos, indiferentemente de que muchos de ellos pertenecieran al partido del dictador Cornelio Sila con el que le unían vínculos políticos.

Durante el año en el que ejerció como cuestor, Catón sorprendió a todos por el rigor con el que se tomó su responsabilidad, cuando en realidad la mayoría de romanos consideraban su paso por este cargo como un mero trámite, logrando recuperar una gran parte del dinero robado a las arcas públicas en los tiempos de las proscripciones de Sila. Su fama de hombre recto fue en aumento con los años. No obstante, en esa eterna carrera por llamar la atención pública que era la política romana, se vio destinado a enfrentarse a Julio César –de su misma generación, y también participante en algunos de estos procesos judiciales– que representaba con su personalidad extravagante y llamativa la antítesis de Catón. Frente a la vida llena de lujos y vestimentas llamativas de César, Catón no se preocupaba lo más mínimo por su apariencia, hasta el extremo de que era habitual verle recorrer descalzo las calles de Roma, y jamás se desplazaba en carruaje o en caballo. Algo parecido ocurría en el plano sexual, mientras Julio César se elevaba como uno de los mayores mujeriegos de Roma, con numerosas relaciones extramatrimoniales en su haber, el descendiente del hombre más severo de la República nunca mantuvo ninguna relación sexual antes de casarse y, más adelante, se divorció por una infidelidad de su mujer.

Mientras Cayo Julio César se aliaba con Cneo Pompeyo y con Licinio Craso para formar lo que hoy los historiadores denominan como Primer Triunvirato –pese a que no fue más que un pacto privado sin forma política–, Catón «el joven» se elevó como el principal opositor al sistema establecido. Durante el juicio político a Lucio Sergio Catilina y sus seguidores, quienes habían intentado un golpe contra la República en el año 63 a.C, Julio César encabezó la defensa de los conspiradores en un brillante duelo dialéctico con Catón, que, a través de un estilo severo e implacable, argumentó que el único castigo posible era la pena de muerte. Tras una votación abrumadora a favor de la postura de Catón, los conspiradores fueron condenados a muerte. Sin que afectara a su prestigio, César había perdido el pulso dialéctico, pero demostrando que no era precisamente un torpe en el terreno de las palabras ni en el de la conquista.

La enemistad con César traspasó la esfera política a raíz de la prolongada relación que la hermanastra de Catón, Servilia, inició con el famoso general romano. Mientras Catón y César debatían en el Senado sobre el futuro de los participantes en la conspiración de Catilina, un mensajero entró sin hacer ruido en la sala para entregar una nota al famoso general romano. Catón aprovechó la ocasión para acusar a César de estar en comunicación secreta con los conspiradores y exigió que se leyera en alto el contenido de la nota. Para humillación de Catón, se trataba de una carta de amor de Servilia. «¡Ten, borracho!», exclamó Catón al devolverle con desprecio la carta, lo cual resultaba irónico en tanto el rígido patricio bebía mucho, mientras que César era conocido por su abstinencia.

La relación con la hermanastra de Catón, de hecho, fue la que más se prolongó en el tiempo de todas las aventuras de César. «Amó como a ninguna a Servilia», afirma el historiador Suetonio sobre una relación que los años demostraron de alto voltaje. Así, el hijo de Servilia, también llamado Marco Junio Bruto, fue el famoso senador que dio una de las últimas y más dolorosas puñaladas a Julio César el día del magnicidio en el Senado.

ANTES MUERTO QUE ACEPTAR CLEMENCIA

Para cuando su sobrino Junio Bruto apuñaló a César, Catón llevaba muerto muchos años como consecuencia de haber tomado partido contra él en la guerra civil de 49 a. C. Durante años, el estoico senador fue la punta de lanza contra el Triunvirato, poniéndose a la cabeza de la facción de los optimates, pero a la ruptura de esta alianza a raíz de la sorprendente muerte de Licinio Craso en una campaña contra los partos, Catón concentró los ataques exclusivamente hacia Julio César, que por esos años se había elevado como el más destacado general de Roma con su intervención en la Guerra de la Galia. Finalmente, Catón y Pompeyo terminaron aliándose para conseguir declarar ilegal el mando de César y exigir que regresara a la capital para ser juzgado. De este modo, César regresó por fin en el año 49 a. C. acompañado de su decimotercera legión, pero no lo hizo ni mucho menos con la intención de entregar su mando.

Pese a que Pompeyoo alardeó de que solo haría falta que diera una patada en el suelo para que brotaran legiones por toda Italia y se unieran a su causa, lo cierto es que las recientes victorias de Julio César en las Galias habían alterado las simpatías del pueblo. Cuando el bando de los optimates se vio obligado a huir de Roma sin ni siquiera presentar batalla a César, varios senadores se permitieron la chanza de comentar que quizás había llegado la hora de que Pompeyo pateara el suelo. La guerra contra Julio César alcanzó demasiado mayor a Pompeyo, que efectivamente consiguió reunir un ejército en su querida Grecia pero no fue capaz de ganarle el duelo militar al genio emergente.

Tras la batalla de Farsalia el 9 de agosto del 48 a. C, Pompeyo y el resto de conservadores se vieron obligados a huir sin rumbo para salvar sus vidas. Catón y Metelo Escipión lograron escapar a África para continuar con la resistencia desde Útica, donde contaban con el apoyo del rey númida Juba. Pese a estar en inferioridad numérica, Julio César salió vencedor en la batalla de Tapso, donde cerca de 10.000 soldados pompeyanos fueron masacrados cuando intentaban rendirse, lo cual ha sido interpretado tradicionalmente como que las tropas cesarias quisieron evitar una nueva exhibición de la famosa clemencia del general romana. Debieron pensar que a esas alturas la clemencia solo podía alargar el conflicto. Metelo Escipión fue de los pocos que pudo huir a través del mar, aunque decidió suicidarse cuando fue interceptado por un escuadrón cesariano.

Por su parte, Catón no participó en la batalla de Tapso, puesto que su papel en la guerra se limitó a la tarea secundaria de defender la ciudad de Útica, pero tuvo rápidamente noticias del desastre. El senador, que se había negado a afeitarse y a cortarse el pelo desde que había comenzado la guerra, se retiró a sus aposentos a leer el libro «Fedón», una obra filosófica sobre la inmortalidad del alma escrita por el griego Platón, y sin abandonar la lectura se clavó su espada en el estómago. Para ruina de la teatralidad, Catón «el joven» sobrevivió a la grave herida. En contra de su voluntad, un médico le limpió y vendó a tiempo. Sin embargo, en cuanto volvieron a dejarle solo se abrió las vendas y los puntos y empezó a arrancarse las entrañas con sus propias manos. Murió a los 48 años sin conceder a Julio César la ocasión de que éste le ofreciera su famosa clemencia. En este sentido, cuando César conoció la noticia del suicido de Catón exclamó con ironía: «Catón, a regañadientes acepto tu muerte, como a regañadientes hubieras aceptado que te concediera la vida».


lunes, 29 de junio de 2015

LA PIRA DE MARCO PORCIO CATÓN EL UTICENSE



La ciudad de Utica lo incineró al día siguiente en una enorme pira de incienso, mirra, nardo, canela y bálsamo de Jericó, envuelto su cuerpo en púrpura tiria y paño de oro.

 

Marco Porcio Catón, enemigo de toda ostentación, habría detestado la ceremonia.

 

Pese al escaso tiempo de que disponía para preparar su muerte, había hecho todo lo posible: había dejado cartas para su pobre y desolado hijo, para Estatilo y para César, donativos en dinero para Lucio Gratidio y Prognantes el mayordomo, todavía inconsciente.


 Pero no dejó nada para Marcia, su esposa.


( C. McC. )

sábado, 13 de septiembre de 2014

MEDITACIONES Y ANECDOTAS DE MARCO PORCIO CATÓN



Catón había decidido utilizar a sus soldados y a sus no combatientes como remeros; era un excelente ejercicio para convalecientes, pensó, si no se les forzaba demasiado. Céfiro soplaba de manera intermitente desde el oeste, así que las velas no servían de nada, pero el tiempo era bueno y el mar estaba en calma, como siempre con aquella suave brisa. Por implacable que fuera su odio hacia César, Catón había leído con interés aquellos precisos e impersonales comentarios que el propio César había escrito sobre su guerra en la Galia Trasalpina, y no permitió que sus sentimientos le impidieran ver los muchos datos prácticos que contenían. Sobre todo, era evidente que el general había participado en los sufrimientos y privaciones de sus soldados: había caminado cuando ellos caminaban; vivido de unos pedazos de carne pasada cuando ellos lo hacían; nunca se había distanciado de ellos en las largas marchas ni en las terribles ocasiones en que habían tenido que apiñarse detrás de sus fortificaciones sin percibir otro destino que el de ser capturados y quemados vivos en jaulas de mimbre. Política e ideológicamente, Catón había sacado mucho partido de esos comentarios, pero si bien sus pasiones lo inducían a despreciar y quitar importancia a todas las acciones de César, una parte de su mente absorbía las lecciones.


De niño, Catón había sufrido mucho para aprender; no poseía siquiera la mitad de la capacidad de su hermanastra Servilia para recordar lo que le habían enseñado, ni mucho menos la legendaria memoria de César. Para Catón todo requería mucho esfuerzo y repetición, de modo que Servilia se burlaba de él con desdén, pero su adorado hermanastro Cepio lo protegía de la crueldad de ella. Si Catón había sobrevivido a una horrenda infancia como el menor de aquella camada de huérfanos divididos y tumultuosos era sólo gracias a Cepio. Cepio, de quien se había dicho que no era hijo de su padre sino fruto del amor entre su madre, Livia Drusa, y el padre de Catón, con quien ella después se casó; que la estatura de Cepio, su cabello rojo y su nariz grande y aguileña eran herencia de Porcio Catón; que por tanto Cepio no era hermanastro de Catón sino su hermano, pese al augusto nombre patricio de Servilio Cepio que llevaba, y a la gran fortuna que había heredado como tal. Una fortuna basada en quince mil talentos de oro robados a Roma; el fabuloso Oro de Tolosa.


A veces, cuando el vino no daba resultado y los demonios de la noche se negaban a desaparecer, Catón recordaba aquella noche en que algún secuaz de los enemigos del tío Druso había clavado un cuchillo pequeño pero eficaz en la ingle del tío Druso y lo había hecho girar hasta causarle una herida mortal. Un ejemplo de lo letal que podía llegar a ser la mezcla de la política y el amor. Los interminables gritos de sufrimiento, el charco de sangre en el suelo de mosaico, la deliciosa calidez que Catón, un niño de dos años, había sentido entre los brazos de Cepio, que tenía cinco años, mientras los seis niños presenciaban la lenta y terrible muerte de Druso. Una noche que nunca olvidaría.


Cuando por fin su tutor consiguió enseñarle a leer, Catón encontró su código de vida en la prolífica obra de su bisabuelo Catón el Censor, una implacable ética basada en emociones reprimidas, principios inflexibles y frugalidad; Cepio la había tolerado en su hermano menor, aunque él nunca la había adoptado. Pero Catón, que no percibía los sentimientos de los demás, no había entendido debidamente los recelos de Cepio respecto a un código de vida que no permitía ni un Los hermanos fueron inseparables; incluso realizaron juntos la instrucción militar. Catón nunca imaginó la existencia sin Cepio, su firme defensor contra Servilia cuando ella se reía de sus rojos cabellos porque era descendiente del deshonroso segundo,,matrimonio de Catón el Censor con la hija de su propio esclavo. Por supuesto, Servilia conocía la verdadera ascendencia de Cepio, pero como éste llevaba el nombre de su propio padre, ella centraba su maldad en Catón.


A Cepio nunca le había preocupado realmente su procedencia, pensó Catón mientras se inclinaba sobre la borda del barco para contemplar las innumerables y centelleantes luces de su flota proyectadas en forma de cintas de oro sobre las negras y quietas aguas. Servilia. Una niña monstruosa, una mujer monstruosa. Más malévola aún que nuestra madre. Las mujeres son despreciables. En el momento en que un individuo hermoso y arrogante con un buen linaje y dotes de conquistador aparecía ante ellas, no dudaban en entregársele. Como mi primera esposa, Atilia, que se abrió de piernas ante César. Como la mitad de las mujeres de Roma, que se abrían de piernasante César. ¡César! Siempre César.


( C. McC. )