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sábado, 5 de septiembre de 2020

CÉSAR DICE SOBRE SU ESPOSA CALPURNIA PISONIS



Desde que me casé con Calpurnia durante mi primer consulado, hace casi quince años, viví con ella más de una semana o dos seguidas. Sin embargo, está satisfecha con su posición y goza de su lealtad. Yo, por mi parte, aunque parezca que la he visto poco, he tenido cuidado en respetarla y en cierto modo la quiero muchísimo. Si por lo menos hubiera podido darme un hijo la habría amado como amé a Cornelia, con quien me casé en mi temprana juventud y que me dio el único hijo que puedo considerar con confianza mío. Cornelia ha muerto, y también Julia. Es cierto que he dado permiso a la reina de Egipto para que llame Cesarión a su hijo, pero naturalmente habré de ver cómo se desarrolla el niño antes de llegar a una conclusión definitiva. Cleopatra siempre creerá lo que desee creer. No he descartado la posibilidad de casarme con ella, aunque me doy cuenta de que si hiciera semejante cosa escandalizaría a la opinión pública de Italia. Primero tengo que conquistar Partia, y acaso, mediante esa conquista, nazca una nueva concepción de la realeza o de la divinidad.




domingo, 9 de diciembre de 2018

ENCUENTRO ÍNTIMO CLEOPATRA-CÉSAR EN ROMA




César, sentado en una silla junto a los pies de la cama, no la miraba a ella, sino que tenía la mirada perdida a lo lejos como a veces hacía. Aunque la habitación no estaba iluminada, se veía claramente que era él. El corazón le dio un vuelco a Cleopatra, su amor por él le salió a borbotones en un torrente de emoción, junto con un terrible dolor. No es el mismo. Inconmensurablemente más viejo, muy cansado. Su belleza es tal que perdurará después de la muerte, pero ha perdido algo. Sus ojos siempre fueron claros, pero ahora sus iris tienen un tono muy pálido y contrastan más con el aro negro que los rodea. De pronto, a Cleopatra todo su rencor y su irritación se le antojaron insignificantes; esbozó una sonrisa, fingió despertar y verlo, y levantó los brazos en un gesto de bienvenida. No soy yo quien necesita auxilio.

 

César la miró, le dirigió su maravillosa sonrisa y al levantarse se quitó la toga que lo envolvía. A continuación la rodeó con los brazos, aferrándose a ella como un náufrago a una tabla. Se besaron, primero como si exploraran la suavidad de los labios, luego profundamente. No, Calpurnia, él no es así contigo. Si lo fuera, no me necesitaría, y me necesita desesperadamente. Lo percibo en todo el cuerpo y respondo a él con todo el cuerpo.

domingo, 22 de julio de 2018

CALPURNIA PISONIS, VIUDA DE CÉSAR, DICE A OCTAVIA



Querida, la indiscreción, una vez disparada, es como la flechas de Cupido: sólo puede detenerlas el pecho que las recibe. Por haber sido mujer de César, adivino que es ser esposa de Antonio. ¿Qué mas voy a decirte? Tu Antonio es el marido de todos los soldados y el amante de todas las meretrices.





domingo, 5 de marzo de 2017

CALPURNIA PISONIS PIDE A SU MARIDO CAYO JULIO CÉSAR QUE NO ACUDA AL SENADO EN LOS IDUS DE MARZO


— ¡No vayas hoy a la reunión del Senado. Esta noche he tenido una horrible pesadilla y he soñado que te asesinaban. Julio, si me amas, quédate hoy en casa. Hace días que no te encuentro bien. ¡Julio, no salgas hoy de casa!

 


—Cariño, ¿qué diferencia hay entre hoy y cualquier otro día? Tengo que presentar a la consideración del Senado unos asuntos de importancia. ¡Esos viejos aburridos y estúpidos! No se atreverán a negarme lo que les pido. El pueblo de Roma está conmigo.




martes, 16 de junio de 2015

CARTA DE MARCIA, A SU ESPOSO MARCO PORCIO CATÓN EN ÁFRICA, PERSEGUIDO POR CÉSAR


Cuando Cornelia Metela desafió las tradiciones y emprendió viaje para reunirse con Pompeyo Magno, yo deseé con toda mi alma seguir su ejemplo. Si no lo hice fue por culpa de Porcia. ¿Por qué habías de tener una hija tan fielmente cumplidora del mos maiorum como tú? Cuando me sorprendió empacando, se abalanzó sobre mí como una arpía y luego fue corriendo a ver a mi padre para exigirle que me prohibiera partir. Bueno, ya conoces a mi padre. Haría cualquier cosa para mantener la paz. Así que Porcia se salió con la suya y sigo aquí en Roma.


Marco, meum mel, mea vita, vivo sola en un vacío del espíritu, sumida en dudas y preocupaciones. ¿Estás bien? ¿Piensas alguna vez en mí? ¿Volveré a verte?


No es justo que haya pasado más tiempo casada con Quinto Hortensio que durante mis dos matrimonios contigo. Nunca hemos hablado de ese exilio al que me condenaste, aunque entendí inmediatamente por qué lo hacías. Lo hacías porque me amabas demasiado, y considerabas tu amor por mí una traición a esos principios estoicos más importantes para ti que tu propia vida, o que tu esposa. Así que cuando la pura senectud indujo a Hortensio a pedirme en matrimonio, tú te divorciaste de mí y me entregaste a él, por supuesto con la connivencia de mi padre. Me consta que no recibiste un solo sestercio del anciano, pero mi padre se embolsó diez millones. Tiene gustos caros.


Interpreté mi exilio con Hortensio como una prueba de la profundidad de tu amor por mí. ¡Cuatro largos y horrendos años! ¡Cuatro años! Sí, él estaba demasiado viejo y debilitado para imponerme sus atenciones, pero ¿imaginas cómo me sentía sentada a diario durante horas con Hortensio, mientras él arrullaba a su pez preferido, Paris? ¿Echándote de menos, anhelando tu presencia, padeciendo una y mil veces tu repudio?


Y luego, cuando él murió y tú me tomaste como esposa una segunda vez, disfruté de unos breves meses contigo antes de que abandonaras Roma e Italia para cumplir con uno de tus inexorables deberes. ¿Es eso justo, Marco? Tengo sólo veintiséis años, me he casado con dos hombres, con uno dos veces, y sin embargo aún sigo estéril. Al igual que Porfia y Calpurnia, no tengo hijos.


Sé lo mucho que detestas leer mis reproches, así que dejaré de quejarme. Si fueras otra clase de hombre, no te amaría como te amo. Somos tres las que lloramos por nuestros hombres ausentes: Porfia, Calpurnia y yo. ¿Porfia?, te oigo preguntar. ¿Porfia echa de menos al difunto Bibulo? No, no a Bibulo. Porfia echa de menos a su primo Bruto. Lo ama, creo, en igual medida que tú me amas a mí, ya que Porfia tiene tu misma naturaleza: la devoran las pasiones, pero todas ellas están paralizadas por su absurda devoción a las enseñanzas de Zenón. ¿Quién era Zenón al fin y al cabo? Un chipriota estúpido que se negaba a gozar de todas las cosas maravillosas que los dioses nos han proporcionado para nuestro disfrute, desde la risa hasta la buena comida. ¡Ya ves que a través de mí habla Epicuro! En cuanto a Calpurnia, echa de menos a César. Once años su esposa, y sin embargo sólo ha pasado unos cuantos meses con César, que mantuvo relaciones con tu horrenda hermana hasta que se marchó a la Galia. Desde entonces, nada. Las viudas y esposas estamos mal atendidas.


Alguien me ha dicho que no te has afeitado ni cortado el pelo desde que saliste de Italia, pero no imagino tu maravillosa y noble cara romana tan barbuda como la de un judío.


Dime por qué, Marco, se nos enseña a leer y escribir a las mujeres, si estamos condenadas a quedarnos en casa esperando. Ahora he de dejarlo, no puedo ver a causa de las lágrimas. Por favor, te lo ruego, escríbeme. Dame esperanza.



( C. McC. )


sábado, 30 de mayo de 2015

CALPURNIA, ESPOSA DE CAYO JULIO CÉSAR



"La mujer del César no solo ha de ser honesta, sino que además ha de parecerlo". 

¿Cuántos de vosotros podéis decir que tenéis una novia o una esposa así?.



lunes, 25 de mayo de 2015

CALPURNIA PISONIS



Calpurnia Pisonis (siglo I a. C.) fue una noble romana, hija de Lucio Calpurnio Pisón Cesonino y la tercera y última esposa de Julio César, aunque es posible que en realidad este matrimonio fuera el cuarto porque el número de las esposas de Julio César difiere dependiendo de las fuentes. Calpurnia y César se casaron en el año 59 a. C., y ningún hijo resultó de la unión. Según las fuentes,Calpurnia tuvo una premonición del asesinato de su marido y trató de advertirle en vano. En la obra de teatro Julio César, escrita por William Shakespeare, Calpurnia tuvo un sueño en el que una estatua de César estaba sangrando mientras muchos romanos se lavaban las manos en la sangre. Ella incluso animó a Décimo Junio Bruto Albino a decir en el senado que César estaba enfermo en el día de su muerte, pero César rehusó mentir. Después de la muerte de César en los Idus de Marzo (15 de marzo) del año 44 a. C., Calpurnia entregó todos los escritos personales, incluyendo el testamento y las posesiones más deseadas de César a Marco Antonio, uno de los nuevos líderes de Roma. Ella nunca volvió a casarse tras la muerte de César.




Una versión de Calpurnia fue interpretada por Haydn Gwynne en la serie de la HBO, Roma. Así como Valeria Golino la interpretó en la miniserie, Julio César, emitida en el año 2002.




sábado, 23 de mayo de 2015

CALPURNIA PISÓN, TERCERA ESPOSA DE CAYO JULIO CÉSAR



César adquirió su tercera esposa, Calpurnia, la hija de Lucio Calpurnio Pisón, cuando todavía era cónsul y antes de que estallara la guerra civil. Con sólo dieciocho años, resultó ser exactamente la clase de esposa que él necesitaba en aquel momento de su carrera. Igual que su padre, era alta y morena, una muchacha muy atractiva que poseía una calma y dignidad innatas que a César le recordaban a su madre, la cual era prima hermana de la abuela de Calpurnia, una Rutilia. Inteligente y muy instruida, enormemente agradable, nunca exigente, encajó en la vida de la domus publica con tanta facilidad como si hubiera estado allí siempre. De edad muy parecida a la de Julia, fue una compensación por haber perdido a ésta. En particular para César.




Éste, desde luego, la había tratado con gran experiencia. Una de las grandes desventajas de los matrimonios concertados, en particular de aquellos que se concertaban de una manera rápida, era el efecto que causaban en la nueva esposa. Calpurnia llegó a su marido como una desconocida, y como era una persona reservada, la timidez y la vergüenza construyeron un muro. Al comprender esto César se propuso demoler aquel muro. La trató de un modo muy parecido a como había tratado a Julia, con la diferencia de que ella era su esposa, no su hija. Le hacía el amor con ternura, con consideración y con alegría; los demás contactos que tenía con ella también eran tiernos, considerados y alegres.



Cuando su padre, que estaba encantado, le había dado la noticia de que iba a casarse con el cónsul senior y pontífice máximo, Calpurnia se había amedrentado. ¿Cómo iba a arreglárselas? ¡Pero él era tan agradable, tan considerado! Cada día le hacía un regalo de alguna clase, un brazalete o un pañuelo, unos pendientes, unas sandalias bonitas que él hubiera visto brillar en un puesto del mercado. Una vez, al pasar, le dejó caer en el regazo una cosa -aunque ella no sabía cuánta práctica tenía César en hacer eso-. La cosa se movía y luego emitió un pequeño maullido... ¡Oh, le había regalado un gatito! ¿Cómo sabía César que ella adoraba los gatos? ¿Cómo sabía él que su madre, la de Calpurnia, los odiaba y nunca le había permitido tener uno?. Pero le encantó que César le hubiera regalado un gatito.



viernes, 6 de marzo de 2015

CALPURNIA PISONIS, LA TERCERA ESPOSA DE CÉSAR


En medio de aquella decreciente popularidad, César adquirió su tercera esposa, Calpurnia, la hija de Lucio Calpurnio Pisón. Con sólo dieciocho años, resultó ser exactamente la clase de esposa que él necesitaba en aquel momento de su carrera. Igual que su padre, era alta y morena, una muchacha muy atractiva que poseía una calma y dignidad innatas que a César le recordaban a su madre, la cual era prima hermana de la abuela de Calpurnia, una Rutilia. Inteligente y muy instruida, enormemente agradable, nunca exigente, encajó en la vida de la domus publica con tanta facilidad como si hubiera estado allí siempre. De edad muy parecida a la de Julia, fue una compensación por haber perdido a ésta. En particular para César.

 

Éste, desde luego, la había tratado con gran experiencia. Una de las grandes desventajas de los matrimonios concertados, en particular de aquellos que se concertaban de una manera rápida, era el efecto que causaban en la nueva esposa. Calpurnia llegó a su marido como una desconocida, y como era una persona reservada, la timidez y la vergüenza construyeron un muro. Al comprender esto César se propuso demoler aquel muro. La trató de un modo muy parecido a como había tratado a Julia, con la diferencia de que ella era su esposa, no su hija. Le hacía el amor con ternura, con consideración y con alegría; los demás contactos que tenía con ella también eran tiernos, considerados y alegres.

 

Cuando su padre, que estaba encantado, le había dado la noticia de que iba a casarse con el cónsul senior y pontífice máximo, Calpurnia se había amedrentado. ¿Cómo iba a arreglárselas? ¡Pero él era tan agradable, tan considerado! Cada día le hacía un regalo de alguna clase, un brazalete o un pañuelo, unos pendientes, unas sandalias bonitas que él hubiera visto brillar en un puesto del mercado. Una vez, al pasar, le dejó caer en el regazo una cosa -aunque ella no sabía cuánta práctica tenía César en hacer eso-. La cosa se movía y luego emitió un pequeño maullido... ¡Oh, le había regalado un gatito! ¿Cómo sabía César que ella adoraba los gatos? ¿Cómo sabía él que su madre, la de Calpurnia, los odiaba y nunca le había permitido tener uno?

 

Calpurnia se llevó aquella bolita de pelo color naranja a la cara y, con los ojos brillando, sonrió radiante a su marido.

( C. McC. )