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viernes, 11 de enero de 2019

HESPÉRIDES


En la mitología griega, las Hespérides (en griego antiguo Ἑσπερίδες) eran las mélides (ninfas de árboles frutales) que cuidaban un maravilloso jardín en un lejano rincón del occidente, que la tradición mayoritaria situaba cerca de la cordillera del Atlas en el Norte de África al borde del Océano que circundaba el mundo.
 
Según el poeta griego siciliano Estesícoro, en su poema la Canción de Gerión, y el geógrafo griego Estrabón, en su libro Geografía (volumen III), las Hespérides estaban en Tartessos, un lugar situado en el sur de la península Ibérica. Apolonio de Rodas, por su parte, situaba el jardín cerca del lago Tritón, en Libia.
 
Para la época romana, el Jardín de las Hespérides había perdido su lugar arcaico en la religión, reduciéndose a una convención poética, forma en la que fue resucitado en la poesía renacentista, para aludir tanto a un jardín como a las ninfas que moraban allí.
 
Normalmente las Hespérides eran tres en número, como otras tríadas griafas (las Cárites o las Moiras). «Como las propias Hespérides son meros símbolos de los dones que encarnan las manzanas, no pueden ser actores en los dramas humanos. Sus nombres abstractos e intercambiables son un síntoma de su impersonalidad», señaló Evelyn Harrison. Entre los nombres que recibían están Egle (‘brillo’ o ‘esplendor’), Aretusa, Eritia (o Eriteis), Hesperia (alternativamente Hespereia, Héspere, Héspera, Hesperusa o Hesperetusa), Lípara, Astérope y Crisótemis, como aparece en una escena de la apoteosis de Heracles/Hércules en una hidria del siglo V de Midias, actualmente en Londres. A veces se las llamaba Doncellas de Occidente, Hijas del Atardecer o Erythrai, ‘Diosas del Ocaso’, todas ellas designaciones aparentemente ligadas a su imaginada situación en el distante oeste. Hésperis es apropiadamente la personificación del atardecer (como Eos es la del amanecer) y la estrella vespertina es Héspero. Además de cuidar del jardín, se decía que obtenían gran placer al cantar.
A veces eran retratadas como las hijas vespertinas de Nix (la Noche), tanto sola como con Érebo (la Oscuridad),​ de la misma forma que, Eos en el más lejano este, la Cólquida, era la hija del titán solar Hiperión. Según otras fuentes eran hijas de Atlas o de Zeus y bien Hésperis o Temis, o de Forcis y Ceto.
 
Eritía (‘la roja’) era una de las Hespérides. Este nombre se aplicaba a la isla cercana a la costa del sur de Hispania que fue la ubicación de la colonia púnica original de Gades (actual Cádiz). Plinio el Viejo recoge sobre esta isla de Gades: «En el lado que mira hacia Hispania, a unos 100 pasos de distancia, hay otra isla larga, de unas 3 millas de ancha, sobre la que estuvo la ciudad original de Gades. Por Éforo y Filístides es llamada Eritea, por Timeo y Sileno Afrodisias, y por los nativos la Isla de Juno.» ​ La isla era el hogar de Gerión, que fue derrotado por Heracles.
 
El Jardín de las Hespérides es el huerto de Hera en el oeste, donde un único árbol o bien toda una arboleda daban manzanas doradas que proporcionaban la inmortalidad. Los manzanos fueron plantados de las ramas con fruta que Gea había dado a Hera como regalo de su boda con Zeus. A las Hespérides se les encomendó la tarea de cuidar de la arboleda, pero ocasionalmente recolectaban la fruta para sí mismas. Como no confiaba en ellas, Hera también dejó en el jardín un dragón de cien cabezas llamado Ladón como custodio añadido.
 
Después de que Heracles completase sus primeros diez trabajos, Euristeo le asignó dos más afirmando que no contaban ni el de la Hidra (porque le había ayudado Yolao) ni el de los establos de Augías (porque fue pagado por él, o porque los ríos hicieron el trabajo). El primero de estos dos trabajos adicionales fue robar las manzanas del Jardín de las Hespérides.
 
Sin saber el camino, al azar, el héroe marcha a través de Grecia. En Macedonia encuentra a un bandolero: Cicno, hijo de Ares (Marte), al que mata para librar a los viajeros.
 
Heracles capturó primero al anciano del mar (halios geron), ​ el dios marino que cambiaba de forma, para saber dónde estaba ubicado dicho jardín.​
 
En algunas variantes Heracles conoce al principio o al final de su trabajo a Anteo, quien era invencible siempre que estuviese en contacto con su madre, Gea, la Tierra. Heracles lo mató sujetándolo en vilo y aplastándolo con un fuerte abrazo.
 
Heródoto afirma que Heracles se detuvo en Egipto, donde el rey Busiris decidió hacer de él su sacrificio anual, pero Heracles rompió sus cadenas.
 
Llegando finalmente al Jardín de las Hespérides, Heracles engañó a Atlas para que recuperase algunas manzanas de oro ofreciéndose a sujetar el cielo mientras iba a buscarlas (Atlas podría tomarlas en esta versión porque era el padre de las Hespérides o tenía algún parentesco con ellas). Al volver, Atlas decidió no aceptar los cielos de vuelta, y en su lugar se ofreció a llevar las manzanas a Euristeo él mismo, pero Heracles volvió a engañarlo aceptando quedarse en su lugar a condición de que Atlas sujetase el cielo un momento para ponerse su capa más cómodamente. Atlas accedió, y entonces Heracles tomó las manzanas y se marchó.
 
Hay otra variante de la historia en la que Heracles era la única persona que robaba las manzanas (además de Perseo), si bien Atenea las devolvía luego a su lugar correcto en el jardín. Eran consideradas por algunas las mismas «manzanas de dicha» que tentaron a Atalanta, frente a la «manzana de la discordia» usada por Eris para provocar un concurso de belleza en el Olimpo (que terminaría dando lugar a la Guerra de Troya).
 
Con el resurgimiento de las alusiones clásicas en el Renacimiento, las Hespérides volvieron a su posición destacada, y el propio jardín tomó el nombre de sus ninfas: Robert Greene escribió sobre «el temible Dragón... que vigilaba el jardín llamado Hespérides».  Shakespeare insertó la rima cómicamente insistente «is not Love a Hercules, Still climbing trees in the Hesperides» (‘Acaso no es el Amor un Hércules, Siempre subiendo a los árboles de las Hespérides’) en Trabajos de amor perdidos  y John Milton mencionó a las «señoras del Hespérides» en El paraíso recobrado, ​ así como también en El paraíso perdido.





sábado, 18 de febrero de 2017

EL NAVEGANTE PITEAS EL PRIMERO EN LLAMAR HISPANIA A LA PENÍNSULA IBÉRICA


Piteas (en griego: Πυθέας, Pythéas) fue un marino griego nacido en Masilia, antigua colonia griega fundada por los focenses (hoy la moderna Marsella) alrededor de 350 a.C. Fue uno de los primeros griegos en cruzar el estrecho de Gibraltar y suyo fue el primer testimonio escrito en el que se llama a la península ibérica «Hispania»de hecho, se le atribuye el descubrimiento de que Hispania es una península.
 
Se especula que la razón primera de su viaje fue consecuencia de un descuido temporal del bloqueo del estrecho de Gibraltar por parte de los cartagineses entre 306 y 310 a.C., debido a sus luchas con los griegos de Sicilia. Otros suponen que franqueó el lugar en navegación nocturna, en 325 a.C.1 Hasta entonces los cartagineses controlaban el estrecho, impidiendo franquearlo para así defender sus colonias en costas africanas y ocultar la ruta hacia los centros de producción de estaño, que ellos monopolizaban desde su colonia de Gadir. Por tanto, la única ruta para conseguir estaño (principal componente del bronce), que supuestamente era producido en minas del norte de Europa, sin comerciarlo con los cartagineses era cruzando por tierra toda la Galia a través de la conocida como ruta del estaño (Galia). Un barco que consiguiera llegar a las zonas de producción de estaño y volver con el cargamento podría hacer un gran negocio.
 
En su viaje visitó la Galia (Francia), el monte Saint-Michel (la isla donde los comerciantes vendían el estaño limpio, al igual que en Cornualles), Britania, Gran Bretaña, las islas Orcadas, las islas Shetland, y descubrió una lejana tierra a la que llamó Thule. Hasta hoy, los expertos discuten si Thule sería Islandia, una de las islas Feroe o incluso una parte de Noruega, pero se inclinan a pensar que se trata de la primera por las descripciones de un «fuego siempre luciente», que podría hacer referencia a esa isla volcánica. Enfilando incansablemente hacia el norte, cruzó el círculo ártico, hasta que los témpanos no le dejaron avanzar más. Sus fines eran sobre todo económicos, pero todo el avance producido más allá del monte Saint-Michel se debe solamente a su propio espíritu explorador y aventurero. Su viaje tuvo un recorrido de 7 000 a 7 500 millas, igualando al primer viaje de Colón. Viajó con un solo barco y su travesía duró un año.
 
En el viaje de regreso pasó frente a las costas de Dinamarca, pasó nuevamente por Britania y regresó sano y salvo al puerto de Masalia. Una vez de vuelta, enriquecido con la mercancía conseguida, escribió un libro relatando con detalle y objetividad su viaje, Sobre el Océano (Περί τοῦ Ὠκεανοῦ), siendo éste uno de los considerados periplos de la antigüedad, antecesores de los actuales derroteros.
 

Piteas fue uno de los navegantes más científicos de la antigüedad. Determinó la posición precisa del polo norte celeste (que no coincide exactamente con la estrella Polar), calculó la latitud de su ciudad, (Marsella), con un mínimo de error (43º3’N en lugar de los 43º17’N reales). En su viaje hizo observaciones del sol que contribuyeron a que geógrafos posteriores identificaran paralelos de latitud. Fue el primero en observar el sol de medianoche, la aurora boreal y en vincular las fases de la luna con las mareas.
 
Durante varios siglos, todo lo conocido sobre las regiones nórdicas (Bretaña, Irlanda, Gran Bretaña y el Mar del Norte) derivó de la información que él aportó. Registró el nombre local de las Islas Británicas en griego, Πρεττανική (Prettanikḗ), que luego derivó en los textos del historiador Diodoro en Pretannia, y posteriormente, Britannia.

 
A causa de los relatos de sucesos «extraños» que aparecen en sus escritos, muchos sabios de la antigüedad desdeñaron sus enseñanzas como absurdas, incluso si daban crédito a leyendas y noticias más estrañas aún. Entre los que lo trataron de embustero se encuentran Polibio, Artemidoro y Estrabón. No obstante, entre sus defensores había eruditos de no menor consideración, como Timeo, Hiparco, Eratóstenes o Posidonio. Aunque ninguno de los escritos de Piteas se ha conservado íntegro, han llegado a la actualidad buena parte de sus ideas gracias a las continuas polémicas que se mantuvieron por su causa.
 
Aún hoy sigue considerándose una hazaña increíble, cómo un barco a remos de bajo calado y preparado solamente para costear el Mediterráneo, pudo hacer un viaje de miles de kilómetros por el Atlántico norte, por mares congelados y embravecidos. Toda una aventura que tardaría siglos en ser reconocida y aún más en ser emulada.
 

Las principales fuentes que permitieron recuperar parcialmente los escritos de Piteas son:

Diodoro
Plinio el Viejo
Estrabón
Marciano
Apolonio de Rodas
Gémino de Rodas
Polibio