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lunes, 30 de marzo de 2020

HIPIAS DE ATENAS


Hipias (en griego antiguo: Ἱππίας; f. en 490 a. C.), fue tirano de Atenas del 527 al 510 a. C.
 
Hipias era hijo del tirano Pisístrato, al que sucedió junto con su hermano Hiparco. Fue Hipias quien asumió la dirección efectiva de los asuntos públicos, aunque no es fácil delimitar qué parte de los logros de la tiranía en Atenas fue obra del padre y cuál de los hijos, al menos hasta la muerte de Hiparco. Una de las actuaciones principales de Hipias fue la introducción de un nuevo sistema monetario en Atenas en 525 a. C. Por lo demás, sus primeros años en el poder estuvieron marcados por las sucesivas concesiones a la aristocracia y por una relativa estabilidad política.
 
El periodo de tranquilidad terminó con el asesinato de Hiparco, su hermano. Este había abusado de su posición sometiendo a un asedio amoroso a Harmodio, amante de Aristogitón. Fueron la humillación y los celos los que llevaron a ambos a asesinar al tirano (514 a. C.), aunque la opinión popular ateniense los elevó al rango de héroes contra la opresión, especialmente después de que Hipias los hiciera ejecutar.
 
A partir de ese momento Hipias estableció un régimen de terror, desconfiando de todos y de todo y multiplicando las vejaciones contra las clases altas, mientras el panorama internacional se iba volviendo cada vez más sombrío: desaparición de los tiranos aliados, Polícrates de Samos y Ligdamis de Naxos; ofensiva persa que destroza el primer imperio marítimo ateniense, creado por Pisístrato; y, en fin, ruptura de relaciones entre Tebas y Atenas tras la alianza sellada por esta última con la ciudad de Platea.
 
Esparta, preocupada por la progresiva expansión de Atenas, duda en intervenir directamente. No se decidirá hasta el 511 a. C., a instancias del oráculo de Delfos, comprado por la familia exiliada de los Alcmeónidas ―enemigos acérrimos de Hipias― mediante la construcción de un nuevo templo en la ciudad sagrada. Un primer ejército espartano a las órdenes de Anquímolio fue derrotado.​ Pero un nuevo intento dirigido por el propio rey de Esparta, Cleómenes I, consiguió sitiar a Hipias y sus seguidores en la Acrópolis ateniense. Para salvar las vidas de sus hijos, que habían caído en poder de los sitiadores, consintió en partir al destierro (510 a. C.).
 
El exilio de Hipias supuso el inicio de la democracia en Atenas, que llegó con el alcmeónida Clístenes de Atenas. Más tarde los espartanos consideraron que una Atenas libre y democrática podría representar un peligro para la hegemonía de Esparta e intentaron reponer a Hipias como tirano, pero este se había refugiado ya en la corte persa de Darío I. Persia amenazó con atacar a Atenas si ésta no readmitía a Hipias, posibilidad que los atenienses rechazaron de plano aun a riesgo de entrar en conflicto con la gran potencia asiática. Poco después se produciría la Revuelta jónica contra los persas de 499 a. C., apoyada calurosamente por Atenas. Aplastado el levantamiento el 494 a. C., los persas buscaron el desquite. Hipias animó a Darío a iniciar la primera de las Guerras Médicas y participó en la expedición.​ Este, entre otras cosas, aconsejó el desembarco en la llanura de Maratón. Resultó muerto en Lemnos, durante dicha guerra, poco después de la batalla de Maratón (490 a. C.).


martes, 24 de marzo de 2020

PERSAS SE FIJAN EN GRECIA



PISÍSTRATO

Pisístrato había muerto en el -527  antes  de  Jesucristo. Veintiún años después, o  sea  en  -506, hallamos a uno de sus dos hijos, designados  por él  para  sucederle, Hipias, en la Corte del rey de Persia, Darío, para sugerirle la idea de declarar la guerra a Atenas  y  a Grecia entera. Los grandes hombres no deberían dejar nunca viudas ni herederos. Son peligrosísimos.


Este Hipias no había debutado mal, después que su padre hubo sido depositado en la fosa. Era un mozalbete despierto que, a fuerza de estar junto al  papá, había aprendido muchas de sus triquiñuelas, y  se había apasionado por la política, a diferencia de su hermano Hiparco que, en cambio tan sólo se interesaba por el amor y la poesía, de modo  que entre ambos ni siquiera había rivalidades peligrosas. Y, sin embargo, quien provocó las desventuras que condujeron a la caída de la dinastía fue precisamente  Hiparco.


Probablemente éste no era, en cuanto a moralidad, peor que muchos de sus coetáneos y en materia sentimental  seguía  sus ideas, entre  las  cuales  figuraba la de una absoluta  imparcialidad  en  lo  que  atañe  a los dos sexos. Hiparco tuvo la desgracia  de  tropezar con un bellísimo  joven  llamado  Hannodio,  que  un tal Aristógiton —aristócrata cuarentón, influyente y celoso— consideraba propiedad suya. Éste concibió la idea de  desembarazarse  de  su  rival  con  el  puñal  y, para imprimir al asesinato una  etiqueta más  limpia que lo hiciese popular, pensó en extenderlo también al hermano Hipias, haciéndolo así pasar por «delito político» en nombre de la libertad y contra la tiranía. Organizó en ese sentido una conjura con otros nobles latifundistas y, con ocasión de una fiesta,  intentó el golpe, que sólo resultó bien a medias:  Hiparco dejó el pellejo en él, mientras que Hipias se salvó. Y desde aquel momento, un poco por rencor y otro poco por miedo a otros complots, el hijo y discípulo de Pisístrato, dictador liberal, indulgente e ilustrado, convirtióse en un tirano auténtico.


Los efectos de su política persecutoria no se  hicieron esperar. Aristógiton, que  había  intentado  el  golpe por motivos personales y más  bien  sucios,  y  que de momento no había encontrado ningún apoyo moral en el pueblo, tardó poco, en la fantasía de la gente, indignada por los  abusos  de  Hipias,  en  convertirse en un adalid de la libertad, en tanto que Harmodio adquiría la semblanza de un mártir, como si hubiese sido una  muchacha  inmaculada  y  acosada; y  hasta la cortesana Lena, su amante, fue aureolada de leyenda. Decíase que, detenida y torturada por la policía para que revelase los nombres de los cómplices, se había cortado la lengua  de un  mosdisco,  escupiéndola a la cara de sus verdugos.


El descontento  del  pueblo  enfureció  a  Hipias,  que a su vez enfureció al pueblo. Y cuando  el  divorcio  entre ambos fue total, los exiliados,  que mientras tanto se habían concentrado en Delfos, armaron un ejército, llamaron a los espartanos en su ayuda,  y  junto con éstos marcharon contra Atenas. Hipias se  refugió en la  Acrópolis  con  sus  seguidores.  Mas,  para poner a salvo sus hijitos, trató de hacerles expatriar secretamente. Los sitiadores los capturaron. Y el infeliz padre, por salvar la vida de los  hijos y la suya propia, capituló y marchó voluntariamente al  destierro. No hay que olvidar, empero, que por sus venas corría aún la sangre de Pisístrato, o  sea  de un hombre pronto siempre a sacrificar la  posición  por  la  familia,  pero jamás dispuesto a resignarse a la derrota.


El que mandaba a los rebeldes, al frente  de  los cuales entró en la ciudad, era Clístenes, un aristócrata por quien los demás aristócratas sentían poca simpatía porque tenía ideas progresistas. Por lo que, como los vencedores eran ellos, impugnaron su candidatura para las elecciones siguientes, y en su sitio pusieron a Iságoras, un latifundista retrógrado  que pretendía que la república se volviese a tragar todas sus conquistas sociales. Al cabo de cuatro años fue depuesto por una insurrección popular, contra la cual nada pudieron ni siquiera los espartanos, acudidos  nuevamente para apuntalar un orden constituido que, a ellos, reaccionarios encallecidos, les gustaba en extremo.


Clístenes, que había capeado la revuelta, asumió el poder y lo ejerció un poco dictatonalmente, también, pero en nombre de la democracia. Llevó a término la reforma igualitaria de Pisístrato,  duplicó  el  número de ciudadanos con derecho a voto, destruyó desde los cimientos algunas agrupaciones en tribus que constituían la fuerza de clientela de la aristocracia y que correspondía un  poco  a  nuestro  colegio  uninominal; e inauguró aquel sistema de autodefensa de las instituciones democráticas que se llama ostracismo. Cada miembro de la Asamblea popular, de la que formaban parte seis mil personas, o sea prácticamente todos los cabezas de familia de  la  ciudad,  podía  inscribir  en una pizarra el nombre del ciudadano que, según él, constituyese una amenaza para el Estado. Si esta anónima denuncia venía avalada por tres mil colegas, el denunciado se veía mandado al destierro por diez años sin necesidad de un proceso que testificase sus culpas.

CLÍSTENES
Era un principio injusto y por lo demás peligroso, pues se prestaba a toda clase de abusos. Pero los atenienses lo practicaron con moderación, si bien no siempre atinadamente, pues en los casi cien años que estuvo en uso, fue aplicado tan sólo en diez casos. Y el colmo de la sabiduría acaso la pusieron de manifiesto haciendo blanco de ello precisamente a quien lo había inventado. Un día en que el presidente de la Asamblea, según el enjuiciamiento habitual, preguntó a la asistencia; «¿Se halla entre vosotros alguno que consideréis peligroso para el Estado?. Y si está, ¿quién es?», muchas voces respondieron: «Clístenes.» La denuncia reunió los tres mil sufragios  exigidos  por la  ley,  con lo que el inventor del ostracismo fue «ostracizado» por aquel pueblo al que había devuelto la libertad y que, con sabia ingratitud, la usó para librarse de él, quien, con muchos méritos en su haber, podía sentirse tentado a hacer de ellos un título para legitimar una nueva tiranía.


No conocemos las reacciones del pobre proscrito. Pero el hecho de que la Historia no las haya  registrado, demuestra que fueron menos enérgicas que aquellas a las  que  se  hubiese entregado un  Pisístrato o un Hipias. Acaso Clístenes  tuvo  bastante  lucidez para darse cuenta de que la ingratitud, jamás excusable en el plano humano, a menudo lo es en el plano político. Y en el hecho de que los atenienses, convertidos por él en partícipes de la  soberanía  del  Estado, se mostrasen en seguida tan celosos de usarla en perjuicio suyo, vio probablemente el triunfo  de  su  propia obra y gustosamente sacrificó a ella su destino personal. Ya que el ostracismo no implicaba más persecución que el exilio, nos agrada pensar que  Clístenes vivió el tiempo suficiente  para  poder  ver  con qué heroico encarnizamiento los atenienses defendieron las libertades que él les había dado, cuando para amenazarlas se perfiló, por consejo de Hipias —viejo, pero aún robusto y, a  diferencia  de  Clístenes,  incapaz de perdón y  de  resignación—,  el  ejército  de Darío.


En este punto hemos  de  hacer un  pequeño inciso. Algo había cambiado, desgraciadamente, desde los tiempos en que las poleis griegas podían libremente abandonarse a sus fuerzas centrífugas y separatistas porque ningún enemigo les amenazaba. Al Norte, las bárbaras tribus ilirias, de la que habían descendido aqueos y dorios, habían dejado de caer sobre la  Hélade. Al Sur, el poderío egipcio seguía declinando. Al Oeste, Roma y Cartago todavía estaban en los albores.


Mas el peligro provenía del Este, donde hasta aquel momento, sólo había existido el reino de Lidia, fruto más que nada de la diplomacia de un gran soberano: Creso, el amigo de Solón, el cual, por bien que hubiese anexionado varias islas griegas de la Jonia, era favorable a los griegos, de los que había absorbido la cultura. Tanto, que precisamente esto fue acaso su equivocación. Pues, ocupado y preocupado solamente por ellos, no se fijó en la Persia que le crecía a las espaldas; y cuando se dio cuenta del peligro, era ya demasiado tarde.


El nuevo rey de aquel país, Ciro el Grande, había conquistado ya Babilonia y la Mesopotamia, cuando Creso le  declaró  la  guerra.  Pero  justamente  el  día de la batalla hubo un eclipse de luna.  Los  dos  ejércitos se espantaron tanto que se negaron a combatir. Poco después, Creso fue a Delfos para consultar al oráculo. Y éste le contestó que, si  lograba atravesar con sus tropas el río Halys, destruiría un poderoso Imperio. La profecía  se  cumplió.  Creso  atravesó  el río Halys, presentó batalla, y perdió un poderoso Im- perio: el suyo. Heródoto cuenta que,  al  capturarle, Ciro le puso sobre una parrilla para «sacrificarle a los dioses», como entonces se decía gentilmente, asado en su punto. En aquel momento, Creso se acordó de Solón quien, aunque con mucha diplomacia, le había exhortado a la prudencia, e invocó su nombre por tres veces. Ciro quiso saber quién era aquel Solón. Y una vez oída su historia, quedó tan impresionado que mandesatar al prisionero. Demasiado tarde, pues  el fuego ya ardía. Pero algún  dios misericordioso  envió un buen temporal que apagó la hoguera.

CIRO EL GRANDE
Así narraba Heródoto los grandes acontecimientos históricos. Según él, no solamente Creso se puso  a salvo,  sino  que  se  hizo  amigo  de  Ciro  y  gozó  toda la vida de su hospitalidad. El trono, empero, no lo recuperó. Y la anexión de la Lidia permitió a Persia asomarse el Mediterráneo, justo frente  a  Grecia,  que se las daba de dueña con la flota ateniense.


A la sazón la corona de Ciro la ceñía Darlo, un condottiero de ejércitos más  que  un  verdadero  hombre de Estado, y, como tal, propenso a calibrar la importancia de un Imperio por su extensión. De conquista en conquista, se había introducido ya en el  continente europeo, engullendo Tracia y Macedonia e instalándose así en la vertiente montañosa de la Grecia meridional.


Los historiadores dicen  que  Darío  había concebido el grandioso proyecto de imponer al mundo la civilización oriental, destruyendo todos los centros de la occidental. Lo dudamos, porque, cuando Hipias, al refugiarse en su Corte tras el exilio, empezó a atizarle contra la propia patria, Darío contestó; «Pero, ¿quiénes son esos atenienses?». Evidentemente, era la  primera vez que oía hablar de ellos. No era hombre de grandes concepciones estratégicas. Seguía una lógica militar propia, la sencillísima de todos  los  generales  desde  que el mundo es mundo, y, según la cual, la conquista  de un país no está afirmada si no es seguida por la de los países  limítrofes.  



Había  sido  la  aplicación de este principio lo que le llevó a anexionarse también las islas del  Egeo  oriental,  porque éstas  amenazaban las costas de Asia Menor donde se había instalado. Entre sus conquistas, hubo también la  de Mileto, que soportó mal el yugo  persa.  Aristágoras, uno  de los irredentistas más encendidos, fue a solicitar ayuda de Esparta, que declinó. Era una ciudad de campesinos que no veían más allá de  sus narices. Aristágoras se trasladó a Atenas y halló buena acogida. Los atenienses eran armadores y  mercaderes, para los cuales el mar lo significaba todo. Las ciudades del Egeo eran casi todas colonias jonias, o sea fundadas y pobladas por gente del Ática. Y Aristágoras era  un gran  orador: cualidad que para los buenos gustadores de Atenas era muy apreciada.


Tal vez los sucesores de Clístenes no sabían con exactitud lo que, en el llamado equilibrio de fuerzas mundiales, representaba Darío. Y de todos modos, tampoco tuvieron una idea exacta de la importancia histórica que entrañaba la decisión de atajarle el paso. Tan sólo hoy, ante los hechos consumados, podemos decir que gracias a aquello  fue  posible el  nacimiento de Europa. Si Darío hubiese pasado entonces, el Occidente se habría quedado como tributario del Oriente quién sabe durante cuántos siglos y con qué consecuencias. Pero de momento es lícito pensar que los atenienses fueron tentados solamente por la idea de contribuir al rescate de algunas ciudades que constituían sus Trento y Triste. Y fue tal vez con cierta ligereza que decidieron enviar allí a una pequeña flota de veinte naves en ayuda de los insurgentes.


Acabó mal porque, en la flota de  la  liga  jónica  que se formó para la ocasión, el contingente de Samos desertó en el momento de la batalla que se libró en aguas de Lade y que significó para los griegos una derrota colosal. Los persas reconquistaron Mileto, mataron a todos sus habitantes varones y redujeron las islas jónicas a tales condiciones que no volvieron a recobrarse nunca más. Y, con gran alegría de Hipias, declararon la guerra a Atenas.

( Indro Montanelli )