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domingo, 19 de abril de 2020

CONSEJO DEL EMPERADOR JUSTINO II DE BIZANCIO A SU HIJO EL FUTURO EMPERADOR TIBERIO II



No te regodees en la sangre, abstente de la venganza, evita aquellas acciones por las cuales he incurrido en el odio público, y aprende de la experiencia mejor que del ejemplo de tu predecesor. Como hombre, he pecado; como pecador, incluso en esta vida, he sido severamente castigado; pero estos servidores (señaló a sus ministros) que han abusado de mi confianza e inflamado mis pasiones, se presentarán conmigo ante el tribunal de Cristo.



( Edward Gibbson en "Decadencia y Caída del Imperio romano")


jueves, 16 de abril de 2020

EDWARD GIBBON DICE SOBRE EL EMPERADOR FILIPO EL ÁRABE




Su ascenso desde una posición tan oscura hasta las mayores dignidades del imperio parece demostrar que fue un líder valiente y capaz. Pero su valentía le llevó a aspirar al trono, y sus habilidades fueron utilizadas para suplantar, no servir, a su indulgente amo.




CIERTO PARECIDO DEL ACTOR NORTEAMERICANO HARRILSON FORD CON EL EMPERADOR ROMANO FILIPO EL ÁRABE: 

 


lunes, 6 de abril de 2020

EDWARD GIBBSON ELOGIA AL EMPERADOR MAYORIANO



Mayoriano nos brinda el feliz hallazgo de un carácter grande y heroico, tal como algunas veces surge, en una época de decadencia, para vindicar el honor de la especie humana.

( Edward Gibbson en "Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano" )


miércoles, 1 de abril de 2020

EDWARD GIBBSON ANALIZA LA DECADENCIA DEL IMPERIO ROMANO



La decadencia de Roma fue la consecuencia natural e inevitable de su inmoderada grandeza. La prosperidad propicio el comienzo del deterioro. Las causas de la destrucción se multiplicaron con la extensión de las conquistas. Y tan pronto como el tiempo o la casualidad hubo eliminado los puntos de apoyo artificiales, el formidable edificio cedió bajo la presión de su propio peso.








domingo, 12 de agosto de 2018

EL CRISTIANISMO CAUSÓ LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO



En tanto en cuanto la felicidad en una vida futura es el gran objetivo de esta religión, podemos aceptar sin sorpresa ni escándalo que la introducción —o al menos el abuso— del Cristianismo tuvo una cierta influencia en la decadencia y caída del Imperio romano. El clero predicó con éxito doctrinas que ensalzaban la paciencia y la pusilanimidad; las antiguas virtudes activas [virtudes republicanas de los romanos] de la sociedad fueron desalentadas; los últimos restos del espíritu militar fueron enterrados en los claustros: una gran proporción de los caudales públicos y privados se consagraron a las engañosas demandas de caridad y devoción; y la soldada de los ejércitos era malgastada en una inútil multitud de ambos sexos [frailes y monjas, esta opinión sobre ellos era habitual en el público inglés del s. XVIII] capaz sólo de alabar los méritos de la abstinencia y la castidad.

 

La fe, el celo, la curiosidad, y pasiones más terrenales como la malicia y la ambición, encendieron la llama de la discordia teológica. La Iglesia —e incluso el estado— fueron distraídas por facciones religiosas cuyos conflictos eran muchas veces sangrientos, y siempre implacables; la atención de los emperadores fue desviada de los campos de batalla a los sínodos. El mundo romano comenzó, pues, a ser oprimido por una nueva especie de tiranía, y las sectas perseguidas se convirtieron en enemigos secretos del estado.

 

Y sin embargo, un espíritu partidista, no importa cuán absurdo o pernicioso, puede ser tanto un principio de unión como de desunión. Los obispos, desde ochocientos púlpitos, inculcaban al pueblo los deberes de la obediencia pasiva buscada por el legítimo y ortodoxo emperador; sus frecuentes asambleas y su perpetua correspondencia los mantenían en comunión con las más distantes iglesias; y el temperamento benevolente de los Evangelios fue endurecido, aunque confirmado, por la alianza espiritual de los católicos.

 

 La sagrada indolencia de los monjes era con frecuencia abrazada en unos tiempos a la vez serviles y afeminados; pero si la superstición no había supuesto el fin de los principios de la República, estos mismos vicios [la servilidad y el afeminamiento] habrían llevado a los indignos romanos a desertar de ellos.

 

Los preceptos religiosos son fácilmente obedecidos por aquellos cuyas inclinaciones naturales les llevan a la indulgencia y la santidad; pero la pura y genuina influencia del Cristianismo puede hallarse, si bien de forma imperfecta, en los efectos que el proselitismo cristiano tuvo sobre los bárbaros del norte. Si la decadencia del Imperio romano se había acelerado con la conversión de Constantino, al menos su religión victoriosa redujo en algo el estrépito de la caída, y rebajó el feroz temperamento de los conquistadores.

( EDWARD GIBBON )








martes, 17 de julio de 2018

EDWARD GIBBON DICE DEL FELIZ IMPERIO ROMANO


Si se pidiera a cualquiera que determinara el período de la historia del mundo en que la condición humana fue más próspera y feliz, mencionaría sin dudar la que se extiende entre la muerte de Domiciano hasta el ascenso de Cómodo.