Mostrando entradas con la etiqueta CONSTANCIO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CONSTANCIO. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de julio de 2017

LOS HEREDEROS DE CONSTANTINO



Constantino fue el único entre los sucesores de Augusto que permaneció en el trono más de treinta años. Pero estropeó su grandiosa obra de reconstrucción con el más absurdo de los testamentos, dividiendo el Imperio en cinco tajadas y entregándolas, respectivamente, a sus tres hijos; Constantino, Constancio y Constante, y a sus dos nietos sobrinos: Delmacio y Anibaliano. La cosa nos asombra porque él no pudo haber dejado de ver lo que había ocurrido con el reparto de Diocleciano y qué alborotos se habían producido entre todos aquellos Augustos y Césares. Pero ya que lo había decidido así, podía al menos tomar la precaución de dar a sus tres chicos nombres que les diferenciasen un poco mejor. 







Es un bonito embrollo, incluso para quien quiere resumir su historia, devanar el enredado ovillo de aquellos tres casi homónimos. Trataremos de hacerlo lo mejor posible. De facilitarnos la labor, simplificando las rivalidades, cuidaron los regimientos de guarnición en la capital, que, apenas metido en la fosa el gran difunto, se insurreccionaron e hicieron una buena matanza en la que perecieron dos de los cinco herederos: Anibaliano y Delmacio. Les hicieron compañía también los Hermanastros del muerto y sus hijos, menos dos, Galo y Juliano, que fueron confinados y de los cuales oiremos hablar de nuevo, además de un número impreciso de altos jerarcas. Constantinopla había nacido apenas, y ya inauguraba aquel repertorio de carnicerías que a través de los siglos había de motear su historia.




¿Fue de verdad Constancio, como se dijo más tarde, quien ordenó aquella mortandad? No se sabe con precisión. Sábese tan sólo que él se hallaba en la ciudad cuando se llevó a cabo, que no hizo nada por impedirla y que resultó el mayor beneficiario de ella. Se reunió con los otros dos hermanos en Esmirna y con ellos llegó a concluir otro reparto. Para sí se quedó todo el Oriente con Constantinopla y Tracia; a Constante, que era el menor, le dio Italia, Iliria, África, Macedonia y Acaya, pero obligándole a una especie de vasallaje hacia Constantino II, a quien le correspondieron las Galias.



Si Constantino inventó esa cláusula para provocar una rivalidad entre los dos y quedarse después como arbitro, hay que decir que el golpe fue logrado plenamente. No habían transcurrido tres años que aquéllos ya llegaban a las manos. Pero en la primera batalla, Constantino, que era de carácter fogoso, avanzó demasiado, cayó en una emboscada y fue muerto. Constante no perdió tiempo en anexionarse todas sus posesiones. Y Constancio, que seguramente confiaba en una guerra larga que destrozara las fuerzas de ambos contendientes, se quedó sin conseguir lo que deseaba y con un solo rival, sí, pero más potente que él. También esta vez le ayudó la suerte en forma de un complot contra Constante que, en las Galias, ganaba batalla tras batalla contra los rebeldes. Era un buen general, pero inepto como hombre de Estado; estrujaba a los súbditos con impuestos, les irritaba con sus terquedades y les escandalizaba con sus costumbres. Un comandante de milicias bárbaras, Magnencio, le mató y se proclamó emperador.


MAGNENCIO

 Más otro tanto hizo inmediatamente Vetranio, que mandaba las tropas en Iliria, y Nepociano, sobrino del muerto. Constancio tenía ahora los papeles en regla para intervenir en Occidente con el pretexto de restablecer la justicia. Precisamente en aquel momento concluyó una tregua con el rey persa Sapor que le había causado hasta entonces muchos sinsabores y empeñado sus ejércitos. Al frente de ellos marchó a la sazón contra los usurpadores, pero acompañando la acción militar con una hábil gestión diplomática, que era además el arte con el que mejores logros alcanzaba. Vetranio parlamentó, unió sus tropas a las de Constancio en la llanura de Sérdica, donde debían enfrentarse, y se arrodilló ante él pidiéndole perdón. El perdón le fue concedido y con los galones y medallas por añadidura. Después, los dos ejércitos marcharon juntos contra Magnencio, le derrotaron en Hungría y le persiguieron hasta España, donde le obligaron a suicidarse con su hermano Decencio. 



MONEDA DE DECENCIO


Así el Imperio quedó de nuevo reunido bajo un soberano. A diferencia de su predecesor y padre, no era un gran general, no amaba las guerras y procuraba eludirlas. Pero cuando se veía obligado, a emprenderlas, lo hacía hasta el final, aunque con gran cautela, pero arriesgando valerosamente el pellejo. Pues tenía conciencia de sus deberes y los cumplía sin reparar en gastos ni sacrificios. Era un hombre solitario y receloso, melancólico y taciturno, sin impulsos, sin calor humano, sin vicios ni abandonos. En muchas cosas asemeja a Felipe II de España y a Francisco José de Austria. Como ellos, era piadoso, pero a la fe no unía las otras dos virtudes teologales: la esperanza y la caridad. Al contrario, era pesimista, incapaz de indulgencia y creía que para salvar un alma era necesario quemar muy a menudo un cuerpo. Casó tres veces, no por amor, sino por deseo de tener un heredero. Ninguna de las tres esposas se lo dio. Ahora se encontraba sin sucesores. Ni siquiera sus hermanos tuvieron tiempo de dejárselos. En el gran cementerio donde había hallado sepultura la vasta progenie de Constantino, no quedaban más que dos muchachos escapados a la matanza del 337: Galo y Juliano.


CONSTANCIO GALO

Los dos hacía años que vegetaban en un villorio de Capadocia, bajo la tutela de un obispo arriano, Eusebio, que tampoco era muy caritativo, llevando una vida de colegio, solitaria y desolada. Su madre, Basilina, había muerto ya, cuando ante sus ojos se desarrolló la carnicería en la que perecieron padre, tíos, primos y hasta criados. A la sazón, Galo tenía diez años, y Juliano, seis. Ambos supieron más tarde que el responsable directo o indirecto de la matanza había sido él, Constancio, que ahora, de Improviso, se acordaba de ellos.

CONSTANCIO CLORO

El elegido fue Galo, el mayor, que de la noche a la mañana, de prisionero que era pasó a ser marido de Constantina, la hermana del emperador, nombrado César e instalado en Antioquía con poderes casi absolutos. En aquel brusco salto que daría vértigo a cualquiera, no poseía siquiera la inteligencia, de la que estaba conspicuamente desprovisto, para mantener la cabeza en su sitio. Lo que le tocó ver de chico le había hecho creer que el asesinato y la traición eran cosa normal entre los hombres, y para protegerse a sí mismo siguió la regla de dar crédito a toda sospecha y de matar a cualquier sospechoso. Aun antes de que Constancio se diese cuenta del error cometido con aquella elección, había degollado ya no sólo varios hombres, sino poblaciones enteras.




 El emperador, temiendo que una excomunión le empujara a la rebelión abierta, fingió no estar enterado y, mostrándose siempre amigo, le llamó a Milán donde se hallaba en aquel momento. Inquieto, Galo mandó primero a Constantina para escrutar las intenciones de Constancio. Pero Constantina murió durante el viaje. Galo tuvo que decidirse a ir en persona. Pero, llegado a Panonia, un destacamento de soldados le detuvo y le condujo a Pola, donde le relegaron en el palacio en el que Constantino había hecho asesinar a su primogénito Crispo. Constancio tenía mucho apego a las tradiciones de familia, incluso a las de muertes violentas. Un proceso sumario, facilitado por el testimonio bien remunerado de un eunuco de la Corte, condujo a la pena de muerte, que fue inmediatamente ejecutada.



Constancio estaba otra vez sin sucesores y envejecía. El día en que decidió librarse de Galo, confinó también a Juliano, sospechándolo cómplice de su hermano. Pero aquel muchacho era el único en cuyas venas circulaba aún la sangre de Constantino. Tras muchas vacilaciones, le llamó y le nombró César. El sucesor no podía ser más que él.



Aquella elección hecha a desgana se reveló en seguida como excelente. Juliano, que pasaba por ser un holgazán dedicado solamente a la Literatura y a la Filosofía, en cuanto se encontró con alguna responsabilidad a cuestas, la tomó en serio. No había visto nunca un cuartel cuando el emperador le confió las provincias orientales, entonces en plena  revuelta. De momento, Juliano dejó hacer a los generales, aunque observando atentamente sus actividades. Luego tomó el mando efectivo de las tropas, afrontó las hordas francas y alemanas que se habían infiltrado más allá del Rin, las aniquiló, sofocó las rebeliones de los indígenas y restableció la autoridad imperial en Britania. Jamás el título de César había sido otorgado tan adecuadamente a un hombre.



Por desgracia, precisamente en aquel momento el rey persa Sapor reemprendió la ruta de la guerra y para atajar su amenaza Constancio pidió a Juliano que le mandase parte de su ejército. Juliano, que le había tomado gusto al oficio de soldado, obedeció, pero a regañadientes, y no se sabe hasta qué punto disimuló ante sus hombres la amargura de tener que separarse de ellos. Como fuere, éstos estuvieron seguros de interpretar sus deseos negándose a obedecer y aún más aclamándolo Augusto, o sea emperador. En seguida, Juliano se apresuró a escribir a Constancio que él era ajeno a todo aquello, y no sólo esto, sino que había sucedido contra su voluntad. Pero cuando Constancio le contestó que le perdonaba si renunciaba al título y hacía acto de sumisión, Juliano, en ver de aceptar, fue a su encuentro al frente de su ejército. 




Él no había descerrajado la caja, pero se negaba a devolver lo hurtado que, sin saber cómo, le llovió en casa. No hubo guerra porque Constancio, que partió también para hacerla, murió en el viaje. Cuando abrieron el testamento, todos vieron con sumo estupor que había designado único heredero a aquel a quien se dirigía a combatir y, en caso de victoria, probablemente a matar. Como siempre, obedeció no a los sentimientos sino a la razón de Estado. Y, reconociendo en el felón las cualidades de un gran político, hizo de él su sucesor. Juliano lo agradeció tributándole solemnes exequias, vistiendo de luto y llorando a lágrima viva sobre el féretro. Fue una hermosísima comedia, interpretada magníficamente por ambas partes.



Acerca de Juliano han corrido ríos de tinta, como si no hubiesen bastado los que prodigó él mismo. Pues era grafómano y tenía la pasión de las proclamas, los panegíricos y los ensayos entre lo filosófico y lo político. Mas acaso la importancia de aquel emperador, que tan sólo reinó veinte meses, ha sido exagerada.

PROCLAMACIÓN DE JULIANO EL APÓSTATA

La razón por la que se ha hecho tanto ruido en torno a su nombre consiste en que se le atribuye el propósito de restaurar el paganismo contra el cristianismo. Ya Constancio hubo de dedicar la mayor parte de su tiempo a las cuestiones religiosas. Incluso había actuado, además de como emperador, como Papa, interviniendo en las disputas internas de la Iglesia entre donatistas, arríanos y melecianos. Porque, en efecto, era cristiano y de los fervientes. Pero muy paganamente consideraba a la Iglesia como un instrumento del Estado y, con la excusa de protegerla, se proponía controlarla.



Juliano tuvo los mismos intereses religiosos, pero orientados en sentido opuesto, por lo que se ganó el título de Apóstata. No cabe duda que debió de contribuir a llenarle de rencor hacia la nueva fe aquel obispo Eusebio que, como tutor suyo, le había sazonado con el látigo las lecciones de catecismo. En el confinamiento de Nicomedia, el único afecto lo encontró Juliano en un anciano siervo escita, Mardonio, que le leía Hornero y los filósofos griegos. No se ha sabido nunca si Mardonio era pagano o cristiano. Se sabe tan sólo que estaba empapado de clasicismo, cuyo amor a éste él inspiró a su joven amo y pupilo. Éste miraba en torno suyo y no veía que los cristianos que le rodeaban dieran un gran ejemplo. 




No era, dígase lo que se quiera, un hombre de pensamientos profundos, y basta leer sus escritos para convencerse de ello. A veces, sus razonamientos se pierden en divagaciones. Tenía mucha memoria, pero no comprendía nada de arte, se obstinaba puntillosamente sobre problemas filosóficos secundarios perdiendo de vista los principales y se complacía con citaciones y virtuosismos estetizantes. Era fatal que confundiese la Iglesia con sus malos pastores y que mezclase éstos a aquélla en una misma antipatía. Sea como fuere, no honra a su inteligencia política la idea que se le atribuyó, y que tal vez cultivó de veras, de un retorno al paganismo como religión de Estado. Pues todo retorno, en política, es ya un error.



La famosa apostasía de Juliano fue, sobre todo, un acusado agnosticismo. Se desinteresaba de las herejías que seguían lacerando a la Iglesia y es probable que las viese con simpatía. Pero concedió la libertad de culto a los hebreos y les permitió reconstruir el templo de Salomón, cuyos andamiajes, empero, quedaron destruidos por un terremoto, lo que algunos escritores cristianos interpretaron como un castigo del Cielo. Se ha dicho, aunque no ha sido probado, que subrepticiamente había alentado la restauración de los antiguos cultos paganos. Sea como fuere, no debió sacar de ello muchas satisfacciones, pues la gente no se adhirió más que a desgana y sin entusiasmo. En Alejandría fue asesinado por los paganos el obispo Jorge y en Antioquía fue incendiado por los cristianos el templo de Apolo: ni en un caso ni en otro Juliano ordenó represalias. Quería mostrarse imparcial.



Dios sabe cómo y adónde habría ido a parar esa su anacrónica política religiosa, si Sapor no le hubiese obligado a empuñar otra vez las armas. Preparó aquella difícil y peligrosa expedición con su cuidado habitual, adiestrando un ejército enorme y una flota de mil naves con las que descender por el Tigris. Los primeros encuentros le fueron favorables, pero la ciudad de Ctesifonte le resistió con sus formidables fortificaciones, obligándole, al final, a retirarse. Pero, ¿quién hubiera podido hacer remontar la corriente a las naves? Juliano dio la orden de quemarlas. No podía obrar de otro modo, pero la decisión desmoralizó a los soldados y los llenó de furor. 




La región era pobre, pedregosa, calcinada por el sol, hostil. La caballería persa estorbaba la marcha, infligiendo graves pérdidas con sus dardos. Uno de ellos alcanzó a Juliano clavándosele en el hígado. El emperador trató de extraerlo con sus manos, ensanchó la herida y provocó una hemorragia mortal. Dándose cuenta de que se aproximaba su fin, llamó en torno a su lecho, donde le habían colocado, a dos filósofos amigos suyos, Máximo y Prisco, con los cuales se puso a discutir serenamente sobre la inmortalidad del alma.

LA MUERTE DE JULIANO EL APÓSTATA, 
por Milek Jakubiec

Dicen que en un momento dado se metió la mano en la herida, la sacó empapada en sangre y que, lanzando al aire unas gotas, exclamó con rabia;
«iVenciste, Galileo!»



Pero probablemente no es cierto.




miércoles, 11 de enero de 2017

DEL EMPERADOR JOVIANO A TEODOSIO, PASANDO POR VALENTINIANO I, VALENTE, GRACIANO, VALENTINIANO II, MAGNO MÁXIMO, Y EL INTRIGANTE OBISPO AMBROSIO

 
EMPERADOR JOVIANO

Durante la retirada, y con miras a su propia salvación en aquella hora de peligro, el Ejército nombró un sucesor entre sus oficiales. Y fue un tal Joviano a quien la suerte concedió el cumplir, como emperador, un solo acto, pero estúpido y vil: una paz presurosa, que concedía a los persas Armenia y Mesopotamia, como en pago de una victoria que aquéllos no habían alcanzado. Hecho lo cual, y antes de haber vuelto a la capital, Joviano enfermó y murió.
 
EMPERADOR JULIANO EL APÓSTATA
 EN UNA CONFERENCIA
Nuevamente se detuvo el Ejército para designar otro emperador y esa vez el elegido fue Valentiniano, un buen general, hijo de un cordelero de Panonia, a quien Juliano, dicen había destituido antes porque no quiso renegar de su fe cristiana. Espantado por las responsabilidades que, con el trono, se le echaban encima, Valentiniano se asoció a partes iguales con su hermano Valente, a quien dejó Constantinopla con las provincias orientales, quedándose con las occidentales, de las que Milán era ya capital. Corría el año 364 después de Jesucristo.
 
EMPERADOR VALENTE
Ambos hermanos tuvieron que enfrentarse en seguida con dos grandes problemas. Valente se halló ante la insurrección de Procopio que, único pariente de Juliano, se puso a la cabeza de algunos destacamentos en Capadocia haciéndose proclamar emperador. Fue derrotado, capturado y decapitado Valentiniano tuvo que habérselas con los germanos que, a la noticia de la muerte de Juliano, a quien le tenían un miedo atroz porque les había derrotado estrepitosamente, reanudaron sus violaciones de fronteras en la Galia. El emperador les cercó en el Rin y les aniquiló. Luego, mandó a Britania a su mejor general, Teodosio, quien restableció el orden dispersando a sajones y escoceses. Pero aquel buen soldado estuvo mal recompensado por los servicios que había prestado. Pues, enviado en seguida después a África para restaurar la paz, cayó víctima de las intrigas de algunos funcionarios malversadores que, con sus calumnias, le hicieron procesar por traición, condenar y decapitar.
 
EMPERADOR VALENTINIANO
Valentiniano, engañado a su vez, cometió ciertamente ese error de buena fe. No era hombre de mente esclarecida, pero tenía buen sentido común y un carácter firme y recto. Por desgracia, estaba sujeto a ataques de cólera y fue cuando estuvo presa de estos iracundos estremecimientos cuando cometió los dos mayores errores de su vida: la firma del veredicto condenatorio de Teodosio y su propia muerte. En efecto, se dejó fulminar por un síncope el día que cogió una imponente rabieta con los cuados que se habían rebelado contra él.

EMPERADOR GRACIANO

Estamos en noviembre del 375 después de Jesucristo. Mas, esta vez, la sucesión al trono estaba ya arreglada, porque Valentiniano se había asociado ocho años antes como colega a su hijo Graciano, a quien, a los quince años, dio por mujer a Constancia, de trece, hija póstuma de Constancio, cuya viuda había casado después con Procopio y que también enviudó de éste, pero con un hijo más: Valentiniano II. Sí, es un poco difícil, me doy cuenta, y por esto trataré de explicarme mejor.

EMPERADOR USURPADOR PROCOPIO

Valentiniano tenía, además del hermano Valente a quien le quedaba la mitad oriental del Imperio, un hijo llamado Graciano. Éste había casado con Constancia, hija del emperador Constancio. Su madre, Justina, casó después, al enviudar, con el usurpador Procopio, el cual le dio un hijo llamado Valentiniano, que era, por lo tanto, hermanastro de Constancia. ¿Está claro? Ahora bien, Justina, que era una mujer muy ambiciosa, se afanó e intrigó tanto que incitó a su consuegro Valentiano a asumir como colega no sólo a Graciano, sino también a Valentiniano, que entonces tenía cuatro años. De modo que, a la muerte del emperador, mientras en Constantinopla permanecía Valente, en Milán subía al trono el joven Graciano, tutor de Valentiniano II, con el que después había de compartir el poder.

EMPERADOR VALENTINIANO II

Era un mal momento, porque a la sazón estaban irrumpiendo desde Rusia aludes de bárbaros más terribles que todos los demás; los hunos. Habían establecido ya contacto con los godos, que el rey Hermanrico había reunido en una federación en los confines orientales del Imperio. Aterrorizados, éstos pidieron ser anexionados a Valente, prometiendo a cambio hacer de centinelas. Tras muchas vacilaciones, Valente aceptó, pero para arrepentirse en seguida, cuando vio aquellos nuevos súbditos, que oscilaban entre doscientos y trescientos mil, entregarse al bandidaje y al saqueo como era su costumbre. Él estaba a punto de volver a tomar las armas contra Persia. Tuvo que dejar a un lado el proyecto para acudir a Adrianópolis, donde habían llegado los pendencieros godos. En vez de aguardar a su sobrino Graciano, que, según se había convenido, bajaba del Norte para triturar al enemigo en una tenaza, Valente atacó en seguida, solo, y dejó todo el ejército en la contienda. Él mismo, herido, fue quemado vivo en la cabaña donde sus asistentes le habían resguardado.

EMPERADOR TEODOSIO Y OBISPO AMBROSIO

Graciano, al quedar solo, no se atrevió a atacar. Aun cuando sólo tenía veinte años, había demostrado ya ser un buen general. Pero a la sazón dio también pruebas de gran sensatez. Se retiró cautamente, reagrupando sus fuerzas para proteger Iliria e Italia. Luego, dándose cuenta de que no podía compartir la responsabilidad del Imperio con un niño como era su concuñado Valentiniano II, pensó en asociarse con un colega para Oriente. Con mucha sagacidad, eligió al general Teodosio, el hijo homónimo de aquel que Valentiniano hizo matar en África, y le confió el Imperio de Oriente. Pero, entretanto, había salido a escena otro y decisivo personaje: Ambrosio, obispo de Milán, que ahora todos los italianos, especialmente los lombardos, veneran como santo.

SAN AMBROSIO, OBISPO DE MILÁN

No era sacerdote y no provenía de un seminario. Era un bonísimo funcionario laico, que hasta 374 había sido gobernador de Liguria y de Emilia. Como tal había tenido que dirimir las controversias entre católicos y arríanos, que arreciaban también en aquella diócesis. Lo hizo tan bien, que a la muerte del obispo Ausencio, arriano también, fue aclamado como sucesor. A la sazón ni siquiera estaba bautizado, y la elección presentaba todo el cariz de una irregularidad. Pero Valentiniano II, que le tenía en gran estima, la confirmó. Y Ambrosio, en pocos días, recibió los sacramentos, las órdenes y el capelo episcopal.

OBISPO SAN AMBROSIO DE MILÁN

Y Graciano que, muerto su padre, se le confió plenamente, halló en él su más valioso colaborador. Obispo y soberano condujeron juntos la lucha contra el paganismo y la herejía arriana. Esta última, muerto Valente que había sido su prisionero, no tuvo ya defensores. Teodosio que tal vez debía en buena parte su nombramiento a Ambrosio, fue, en materia religiosa, un celoso ejecutor de sus órdenes. El paganismo estaba definitivamente enterrado. Y en el caso del cristianismo, era el catolicismo el que triunfaba. Por desgracia, las cosas no marcharon tan bien en el plano estrictamente político. Acusando a Graciano de ser, como hoy se diría, un democristiano bajo de techo y gazmoño, el gobernador de Britania, Magno Máximo, se rebeló contra él. El complot tenía ramificaciones hasta en la corte del joven emperador, que en aquel momento se hallaba en París y que fue apuñalado cuando trataba de escapar. Hipócritamente, Máximo deploró el incidente en una carta a Teodosio en la que le proponía dividir el Imperio en tres partes dejando a Valentiniano, bajo la tutela de su madre y de Ambrosio, Italia, y de confiarle a él, Máximo, las provincias occidentales.

MAGNO MÁXIMO

Teodosio era un hombre de bien, de reflejos lentos. Sus enemigos le llamaban «cagadudas», y tal vez, efectivamente, exageraba un poco en meditar las decisiones a tomar. El fin de su amigo y colega Graciano, a quien tanto debía, le indignó. Pero en las condiciones en que se encontraba entonces el Imperio con los godos en ebullición y los hunos y los persas a las puertas, una guerra le pareció una elección que tenía que descartar. Mandó una respuesta dilatoria y tergiversadora. Máximo la interpretó en sentido positivo. Y, olvidando la acusación de gazmoñería lanzada contra Graciano, desplegó gran celo en la lucha contra los heréticos para ganarse el favor de Ambrosio. Pese a los compromisos adquiridos con Valentiniano, pensaba con ansia en Italia, donde logró que se aceptase acantonar algunas de sus unidades más fieles con el pretexto de reforzar las guarniciones fronterizas, y todo hubiese acabado con otro regidicio si Justina, asustada, no se hubiese escapado a casa de Teodosio, llevándose consigo al hijo emperador y la hija, Gala, que, entre paréntesis, era un encanto de hijita.


Tan bella, que Teodosio, al verla, se prendó de golpe, y el amor hizo lo que el cálculo político no había podido, para impulsarle a castigar al usurpador. El encuentro entre los dos ejércitos tuvo lugar en Panonia. Y Máximo, derrotado, fue decapitado. Teodosio casó con Gala, acompañó a suegra y cuñadito a Milán, les hizo un rato de compañía, y también con este gesto estableció una especie de tutela del Imperio de Oriente sobre el de Occidente.


Entretanto, Ambrosio había continuado su lucha contra la herejía. Los arríanos, derrotados por Teodosio en Constantinopla, habían sido protegidos en Italia por Justina, que educó a Valentiniano según sus teorías. Y pidió que ahora se le concediese por lo menos una iglesia. Ambrosio contestó que no. Valentiniano le conminó al exilio. Ambrosio no se movió. Era un santo, sí, pero tenía un gran carácter. Inmediatamente después se produjeron otros señalados episodios. Los cristianos de Calinico incendiaron la sinagoga. Teodosio, todavía en Milán, ordenó que fuese reconstruida a expensas de los culpables. Ambrosio fue a pedir la revocación de la orden. Y, como no fue recibido, tomó pluma y tintero: Yo te escribo para que tú me escuches en tu palacio. De lo contrario, me haré escuchar en mi iglesia...


¿Qué había sucedido en el Mundo, que permitía a un sacerdote erigirse en juez del jefe supremo del Estado, del cual hasta aquel momento no era más que un simple funcionario? Tal fue la cólera de Teodosio que, de haber sido Valentinano II, hubiese fallecido también de un síncope. En cambio, calló y se doblegó. Poco después hubo de intervenir contra los de Tesalónica, que habían asesinado a las guardias, tras de haber detenido a un auriga, ídolo de los «hinchas». Lo hizo con mano un poco pesada, es verdad, mas esa vez no se trataba de cuestiones religiosas. Sin embargo, también en tal ocasión se insubordinó Ambrosio, habló desde el púlpito, se negó a entrevistarse con el emperador y le prohibió el acceso a la iglesia hasta que no le hubo pedido solemne y humildemente perdón. Era el triunfo del poder espiritual sobre el temporal, y para celebrarlo se compuso un himno ex profeso; el Te Deum laudamus.


El paganismo tuvo aún otro sobresalto con Argobasto, un condotíiero franco que le había permanecido fiel y que, bajo Graciano, prestó relevantes servicios al Imperio. A la sazón era jefe de la guardia de Valentiniano, pero despreciaba a aquel muchacho que se ponía de rodillas ante Ambrosio y le besaba el anillo. Un día el joven emperador fue hallado muerto en su cama. Argobasto dijo que se había suicidado, pero no usurpó su puesto. Se daba cuenta de que el Imperio romano, aunque en decadencia, no había llegado todavía hasta el punto de tolerar en el trono a un bárbaro como él. Y nombró a Flavio Eugenio, jefe de las oficinas civiles, algo así como canciller de Su Majestad, reservándose para sí el mando del Ejército.

FLAVIO EUGENIO

Tampoco esta vez Teodosio reaccionó en seguida. Al contrario, dejó pasar dos años antes de decidir el castigo. En ese período, Argobasto impuso a Eugenio una política que quería ser de tolerancia y equidistante de las dos religiones. Pero tuvo que darse cuenta de que el paganismo no resucitaba ni con inyecciones de adrenalina.


En 394, el emperador y el usurpador se declararon la guerra. Flavio y Argobasto, que esperaban al enemigo en Italia, sembraron los pasos de los Alpes con estatuas de Júpiter, que, armado de rayos de oro, hizo así su última aparición entre los hombres. Antes de partir, Teodosio había ido al desierto de Tebaida a visitar a un anacoreta que le había vaticinado la victoria. En suma, cada uno de los dos ejércitos había movilizado al propio Dios, y, en efecto, el encuentro estuvo resuelto por una especie de milagro meteorológico; un viento huracanado que, soplando en los ojos de los flavianos, casi les cegó. Júpiter, Argobasto y Eugenio fueron víctimas de la misma catástrofe. Pero los que les derrotaron en nombre de Jesús, aunque fuese bajo el mando del emperador romano, Teodosio, fueron sobre todos los godos paganos a las órdenes de Aladeo.

INVASIÓN DE LOS GODOS

Teodosio, llegado triunfador a Milán, murió de hidropesía en esta ciudad. El emperador romano no tenía aún cincuenta años y no había estado nunca en Roma, entonces ya al margen de la gran política. Había sido, no un grande, sino un buen soberano, leal y honrado, si bien un poco timorato y temeroso.


Dejó dos hijos: Arcadio, de dieciocho años, y Honorio, de once.






viernes, 26 de junio de 2015

EL EMPERADOR HONORIO


Flavio Honorio (384-423), primer emperador romano de Occidente (395-423). Hijo del emperador Teodosio I el Grande, nació en Constantinopla y, a los nueve años, recibió el título de augusto que le convertía en corregente de la parte occidental del Imperio.



 El 17 de enero del 395, tras el fallecimiento de su padre y por decisión de éste, se convirtió en el único emperador de Occidente, en tanto que en su hermano mayor Arcadio recaía el título de emperador de Oriente. Honorio recibió así mismo la tutela del general de origen vándalo Flavio Estilicón, quien ejerció el verdadero poder hasta que fue ordenado asesinar por el propio emperador, en el 408.


EL PALACIO DEL EMPERADOR HONORIO EN RÁVENA

 Dos años más tarde, las fuerzas dirigidas por el rey visigodo Alarico I saquearon la ciudad de Roma, en tanto que Honorio permanecía en la de Ravena. El asalto de los denominados pueblos bárbaros al poder romano cobraba así una importancia definitiva, una vez que, durante el gobierno de Honorio, sobrepasaron definitivamente los límites fronterizos imperiales arrebatando a Roma la Galia e Hispania y obligando a aquélla a abandonar Britania. 




Asoció al trono a Constancio III en el 421, quien falleció a los pocos meses. No obstante, el sucesor de Honorio (quien murió en Ravena en el 423) fue el hijo de su hermana Gala Placidia y de Constancio, Valentiniano III, después de una breve usurpación del título de emperador.