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jueves, 8 de diciembre de 2016

LA CAÍDA DE CÓMODO Y LA DINASTÍA DE LOS SEVEROS

MARCO AURELIO

Al presentarle a los soldados como sucesor suyo, Marco Aurelio llamó a Cómodo el «sol naciente». Y tal vez sus ojos de padre (si es que lo era) le veían así. Pero también gustó aquel muchacho pendenciero, de pocos escrúpulos, de apetito vigoroso y de charla soez, a los legionarios. Le creían más militarista que su padre.



Grandes fueron, por tanto, su estupor y mal humor cuando el jovenzuelo, en vez de exterminar al enemigo ya acorralado en una «bolsa», le ofreció la más desconsiderada y presurosa de las paces. Por dos veces se producía un milagro para que aquellos turbulentos germanos pudieran salvarse: un milagro del que más adelante Roma habría de pagar las consecuencias.



Cómodo no era un cobarde, pero la única guerra que le gustaba era contender con los gladiadores y las fieras del Circo. Al levantarse, no desayunaba hasta después de haber degollado a su tigre cotidiano. Y dado que en Germania no había tigres, tenía prisa en volver a Roma, donde los gobernadores de Oriente estaban encargados de mandarlos a manadas. Por esto, burlándose del Imperio y de sus destinos, concertó aquella ruinosa paz que dejaba sin resolver todos los problemas. El Senado renunció a su derecho de elección que desde Nerva en adelante había dado tan buenos frutos y aceptó el restablecimiento, que aquel emperador encarnaba, del principio hereditario.

CÓMODO


Como para Nerón y Calígula, aun echando un poco de agua al vino sobre lo que sus contemporáneos escribieron acerca de Cómodo, hay de donde echar mano para clasificar a este emperador entre las desdichas públicas. Jugador y bebedor, con un serrallo, dicen de centenares de muchachas y de jovenzuelos para sus placeres, parece que tan sólo tuvo un afecto: por una tal Marcia, quien, por ser cristiana, no se comprende cómo conciliaba su fe austera con aquel amante disoluto, pero que, sin embargo, fue útil a sus correligionarios salvándoles de una probable persecución.

LUCILA


Lo peor comenzó cuando algunos delatores denunciaron a Cómodo una conjura encabezada por su tía Lucila, la hermana de su padre. Sin preocuparse de buscar pruebas, la mató y fue el comienzo de un nuevo terror que se dio en contrata a Cleandro, el jefe de los pretorianos. Por primera vez después de Domiciano, Roma se puso a temblar por los abusos de aquellos guardias. Un día, la población, más por miedo que por valentía, le sitió en Palacio y pidió la cabeza de Cleandro. Cómodo se la entregó sin titubear, sustituyendo a la víctima por Leto, hombre avisado, que en seguida se dio cuenta de que, una vez ascendido a aquel cargo, o se hacía matar por el pueblo para complacer al emperador, o bien se hacía matar por el emperador para complacer al pueblo. Para eludir este dilema, había sólo un camino: matarle a él, al emperador. Y lo escogió con la complicidad de Marcia, de quien también en esta ocasión discernimos mal su cristiandad, la cual administró a Cómodo un brebaje envenenado. Le remataron estrangulándole en el baño, pues el jovenzuelo, que tenía apenas treinta años, era duro de pelar.



Era el 31 de diciembre de 192 después de Jesucristo. Comenzaba la gran anarquía.


Los senadores, eufóricos por la muerte de Cómodo, actuaron como si ellos hubiesen sido los autores, eligiendo por sucesor a un colega suyo, Pertinax, que no quería saber nada de ello, y con razón. Para poner en orden las finanzas, tuvo que hacer economías y para hacer economías tuvo que despedir a muchos aprovechados entre ellos a los pretorianos. Tras dos meses de gobierno en ese sentido, le encontraron muerto, asesinado por sus guardias, los cuales anunciaron que el trono estaba en subasta: subiría quien les ofreciera una mayor gratificación.

PERTINAX


Un banquero multimillonario llamado Didio Juliano estaba comiendo tranquilamente en su palacio, cuando su mujer y su hija, que tenían mucha ambición, le echaron encima la toga ordenándole que se apresurase a concurrir. Con desgana, pero temiendo más a las mujeres de casa que a las incógnitas del poder, Didio ofreció a los pretorianos tres millones por barba (¡debía de tenerlos claro!), y salió triunfante.
 
DIDIO JULIANO
El Senado había caído muy bajo, pero no hasta el punto de avenirse a semejante venta. Expidió secretamente desesperados requerimientos de ayuda a los generales destacados en provincias, y uno de ellos, Septimio Severo, vino, vio, prometió el doble de lo que diera Juliano, y venció. El banquero lloraba, encerrado en un cuarto de baño, donde le decapitaron. Su mujer se quedó viuda, pero se consoló con el título dé ex emperatriz.
 
SEPTIMIO SEVERO
Por primera vez, con Septimio subía al trono un africano de origen hebreo. Roma no lo había elegido; al contrario, el Senado se declaró partidario de otro general, Albino. Pero no le sentó mal Septimio cuando hubo ganado la partida, tras haber eliminado a sus oponentes y transformado definitivamente el Principado en una monarquía hereditaria de cuño militar. Era triste que se hubiese llegado a este punto. Era triste una vez alcanzado, y no ciertamente por culpa de Septimio; éste no podía proceder de otra manera. Se requería una mano de hierro para poner un dique a la catástrofe, y Septimio la tuvo. Era un hombre cincuentón, robusto, excelente estratega, conversador ingenioso, pero comandante de una pieza. Procedía de una familia acomodada, había estudiado Filosofía en Atenas y Derecho en Roma, pero hablaba latín con marcado acento fenicio. No tenía ciertamente las cualidades morales de un Antonino o de un Marco Aurelio, ni la complejidad de un Adriano. Antes bien era un cínico, pero recto y honrado, con un claro sentido de la realidad. Su única rareza era la astrología, a la que debía un matrimonio que no trajo suerte, a Roma. Se encontraba en Siria cuando murió su primera esposa, que era una mujer buena y sencilla. El viudo, que en seguida interrogó a los astros, supo que uno de éstos, probablemente un meteorito, había caído en las cercanías de Emesa. Acudió allí, y sobre aquel fragmento de cielo halló erigido un templo, donde se veneraba la reliquia, atendida por un sacerdote y su hija, Julia Donna, quien, más que nada, era un encanto de chica. Al verla, fue fácil para Septimio convencerse de que aquélla era la esposa que los astros le ordenaban. Y hasta aquí, nada de malo. Convertida en emperatriz, Julia le hizo varias malas pasadas a su marido, que tenía demasiado quehacer para darse cuenta. Y también ésta fue una desventura, sí, más de carácter privado. Julia era una mujer inteligente y culta, que reunió un salón literario y aportó a él las maneras y las modas de Oriente. Desgraciadamente, sin embargo, trajo al mundo a Caracalla y a Geta.

 
JULIA DONNA
Septimio gobernó diecisiete años, casi siempre guerreando, y dirigiéndose al Senado sólo para darle órdenes. Introdujo una importante y peligrosa novedad: el servicio militar obligatorio para todos, a excepción de los italianos, a los cuales, por el contrario, les estaba vedado. Era el reconocimiento de la decadencia guerrera de nuestro país y de que ya no tenía remedio. A partir de entonces estuvo a merced de las legiones extranjeras. Con ellas, Septimio emprendió una serie de guerras afortunadas, no sólo para reforzar las fronteras, sino también para mantener adiestradas a las guarniciones. Y estaba llevando a cabo una enésima, cuando la muerte le sorprendió en Britania, en 211 después de Jesucristo. Aquel que había criticado a Marco Aurelio por haber designado sucesor a Cómodo, designó a Caracalla y a Geta. ¿Porque era padre también, o porque no conocía a sus hijos, de los que siempre estuvo alejado? Tal vez porque no le importaba nada. A un lugarteniente suyo le dijo: «He sido todo lo que he querido. Y me doy cuenta de que no valía la pena.» Y a sus dos herederos les recomendó: «No escatiméis el dinero con los soldados y burlaos siempre de todo lo demás.»

 
SEPTIMIO SEVERO CON SU ESPOSA JULIA DONNA
 Y SUS HIJOS CARACALLA Y GETA
Recomendación superflua; Caracalla y Geta se burlaron tanto de todo lo demás, que, incluyendo también a su padre, ordenaron a los médicos que apresurasen su muerte. De los dos, el primero fue el Cómodo de turno y no tardó en demostrarlo. Fastidiado de tener que compartir el poder con su hermano, le hizo asesinar, condenó a muerte a veinte mil ciudadanos sospechosos de ser partidarios de aquél y, recordando las instrucciones de su padre, aplacó el mal humor de los soldados llenándoles los bolsillos de sestercios. No era un chico incapaz: era, sencillamente, un amoral. Cada mañana, al levantarse quería un oso vivo con el que medirse para conservar los músculos en forma, se sentaba a la mesa con un tigre por comensal y se acostaba con un león, durmiendo entre sus garras. No recibía a los senadores que se agolpaban en su antesala, pero era cordial con los soldados, a los que colmaba de favores. Extendió la ciudadanía a todos los varones del Imperio, pero sólo para aumentar el importe de los impuestos de sucesión, al que solamente los ciudadanos estaban obligados.

 
GETA
De política se ocupaba poco. Prefería dejarla a su madre que entendía de ello, pero que naturalmente la hacía a lo mujer, o sea basándose en simpatías o antipatías. Era ella quien despachaba la correspondencia y recibía en audiencia a ministros y embajadores. En Roma decían que se había procurado esta posición cediendo a los incestuosos apetitos de su hijo. Probablemente no era verdad. Caracalla era bastante serio por ese lado, y su verdadera pasión eran las guerras y los duelos. Un día alguien le habló de Alejandro Magno. Se entusiasmó y quiso imitarle. Reclutó una «falange» armada como las del héroe y dirigióse a Persia, pero en los combates se olvidaba de ser general porque se divertía más haciendo de soldado y provocando al enemigo en luchas singulares cuerpo a cuerpo. Hasta que un día los legionarios, cansados de marchas y de aquel guerrear sin pies ni cabeza, y sobre todo sin botín, le apuñalaron.

CARACALLA
Julia Donna, deportada a Antioquía tras haberlo perdido todo, marido, trono e hijos, se negó a comer hasta que murió. Pero dejó detrás a una hermana» Julia Mesa, que la igualaba en cerebro y ambición. Tenía dos nietos, hijos de dos de sus hijas: uno se llamaba Vario Avito y hacía con el seudónimo de Heliogábalo, que quiere decir dios sol, de sacerdote en Emesa, de donde la familia de la emperatriz era oriunda; el otro se llamaba Alexiano y era aún un niño.

JULIA MESA

Mesa difundió la voz de que Heliogábalo era hijo natural de Caracalla, y los legionarios, que allí en Siria se habían convertido a la religión local y respetaban en aquel clérigo de catorce años al representante del Señor, le proclamaron emperador y, con la abuela y la madre, le condujeron triunfante a Roma.

HELIOGÁBALO

Un día de primavera del 219 después de Jesucristo, la Urbe vio llegar al más extraño de los Augustos: un muchacho vestido de seda colorada, con los labios pintados de carmín, las pestañas teñidas con henné, un collar de perlas, brazaletes de esmeraldas en muñecas y tobillos, y una corona de brillantes en la cabeza. Pero le aclamó lo mismo. Ya no le escandalizaba ninguna mascarada.

HELIOGÁBALO

Otra vez más el verdadero emperador fue una mujer: la abuela Mesa, hermana de la precedente. Para Heliogábalo el trono era un juguete y lo compró como tal. En su infantil inocencia, aquel chiquillo era hasta simpático como un cachorrito. Su diversión favorita consistía en gastar bromas a todos, pero bromas inocentes: tómbolas y loterías con sorpresas, burlas, juegos de cartas. Pero también era un sibarita, quería lo mejor de todo, y gastaba montones de dinero en ello. No viajaba con menos de quinientos carros de séquito y por un frasquito de perfume estaba dispuesto a pagar millones. Cuando un adivino le dijo que moriría de muerte violenta, vació las cajas del Estado para proveerse de todos los instrumentos de suicidio más refinados: una espada de oro, un arsenal de cuerdas, cajitas cuajadas de brillantes para la cicuta... De vez en cuando, al recordar su pasado sacerdotal, tenía crisis místicas. Un día se circuncidó; otro, intentó castrarse, y aun otro se hizo enviar de Emesa el famoso meteorito de su bisabuelo materno, hizo construir encima un templo y propuso a hebreos y cristianos reconocer sus religiones como oficiales, si unos aceptaban sustituir a Jehová y otros a Jesús por aquel pedrusco suyo.




Abuela Mesa comprendió que aquel nietecito ponía en peligro a la dinastía. Le convenció de que adoptase al primito Alexiano y le nombrase César con el imponente nombre de Marco Aurelio Alejandro Severo. Y con el desenfado característico de la familia, le hizo asesinar con su madre, que además era su hija.

ALEJANDRO SEVERO

Es curioso ver nacer, de un degüello tan horrendo, el reino de un santo, Alejandro Severo, que tenía catorce años y hacía honor a su nombre: había estudiado con diligencia, dormía sobre un duro camastro, comía sobriamente, tomaba duchas frías incluso en invierno, vestía como uno cualquiera, y de su predecesor sólo heredó una cosa: la imparcialidad hacía todas las religiones, con pronunciada simpatía por la regla moral de los hebreos y de los cristianos. Su precepto: «No hagas a los demás lo que no quieras que te sea hecho» fue esculpido por él en muchos edificios públicos. Discutía imparcialmente con los teólogos y hasta, presionado por su madre, Mamea, que había tomado el puesto de Mesa, fallecida ya, y que se inclinaba hacia el cristianismo, tuvo una debilidad por Orígenes, un asceta que aportaba a la nueva fe una vocación de estoico.


JULIA MAMEA

Mientras Alejandro se ocupaba ante todo del Cielo, Mamea gobernaba bien la Tierra, asistida por los consejos de Ulpiano, que había sido tutor de Alejandro, Condujo una hábil política económica, redujo la influencia de los militares y devolvió al Senado parte de sus poderes. Sólo cometió injusticias con su nuera porque, después de haberla dado por esposa a su hijo, se puso celosa de ella y la hizo expulsar. También las emperatrices son mujeres y madres. Pero cuando los persas empezaron de nuevo a amenazar, partió con su hijo al frente del ejército para rechazarlos. Antes de presentar batalla, Alejandro envió una carta al rey enemigo en la que trataba de convencerle de no luchar. El otro lo tomó como un signo de debilidad, atacó y fue batido. El emperador, que no amaba la guerra, intentó evitar, al menos, batirse con los germanos. Y habiendo encontrado en la Galia a sus emisarios, les ofreció un tributo anual si aceptaban retirarse.

ALEJANDRO SEVERO

Fue tal vez su único error y lo pagó cara. Los legionarios ya no estaban ansiosos por batallar, pero todavía no estaban dispuestos a comprarse las paces. Indignados, se rebelaron, mataron a Alejandro, bajo la tienda, con su madre y todo el séquito y aclamaron emperador al general del ejército de Panonia, Julio Maximino.


domingo, 4 de septiembre de 2016

EL EMPERADOR GLADIADOR CÓMODO

El emperador Cómodo ( que reinó de 180 a 192 d. C. ) solía participar en combates de gladiadores, provisto de armas de hierro, mientras que las de sus adversarios eran de plomo.

( Aurelio Víctor en "Sobre los césares")


Hay que constar que Cómodo se hacia pagar por el Estado un millón de sestercios por cada actuación. Se cuenta que al menos otros siete emperadores recibieron preparación como gladiadores, y esos fueron: Calígula, Tito, Adriano, Vero, Didio Juliano, Caracalla y Geta.














lunes, 15 de agosto de 2016

EMPERADORES QUE PARTICIPARON COMO GLADIADORES



El emperador Cómodo ( que reinó de 180 a 192 d. C. ) solía participar en combates de gladiadores, provisto de armas de hierro, mientras que las de sus adversarios eran de plomo, y se hacía pagar por el Estado un millón de sestercios por cada actuación.

( Aurelio Victor, en "Sobre los césares" )


Por otra parte se cuenta que al menos uno siete emperadores recibieron preparación como gladiadores: Calígula, Tito, Adriano, Vero, Didio Juliano, Caracalla y Geta. 










viernes, 12 de agosto de 2016

DÉCIMO CLODIO CEIONIO SEPTIMIO ALBINO


Décimo Clodio Ceionio Septimio Albino, más conocido como Clodio Albino (25 de noviembre de 147 - 19 de febrero de 197), fue uno de los más importantes pretendientes al trono del Imperio romano tras la muerte del emperador Pertinax, efímero sucesor de Cómodo.
 
Aunque al principio fue aliado de Septimio Severo, se enfrentó a él tras la derrota de Pescenio Níger en Issos. Tras duros años de guerra civil, el ejército de Albino fue derrotado en Lugdunum.
 
Las principales fuentes de que se valen los historiadores acerca de la vida de Clodio Albino son la Historia Augusta y ciertas obras de escritores que las redactaron durante el reinado de Septimio Severo, siendo por tanto sospechosas de haber sido manipuladas.
 
ORÍGENES
Albino nació en el seno de una aristocrática familia oriunda de Hadrumetum, ciudad situada en la provincia de África. Era hijo de Aurelia Mesalina y de Ceionio Postumio. Según su padre, Clodio Albino recibió su cognomen a causa de la extrema palidez de su piel.

 Durante toda su vida demostró grandes aptitudes militares. Entró muy joven en el ejército, donde se distinguió durante la supresión de la revuelta de Avidio Casio contra el emperador Marco Aurelio (175).
 
El propio emperador le escribió dos cartas en las que reconocía sus méritos, y ensalza su experiencia militar y la gravedad de su carácter. El emperador también le decía que sin él las legiones estacionadas en Bitinia se habrían puesto del lado de Avidio Casio, y que tenía intención de nombrarle cónsul en un futuro próximo.
 
REINADOS DE CÓMODO, PERTINAX Y DIDIO JULIANO

Albino sirvió como gobernador de Gallia Belgica y de Britania durante el reinado del emperador Cómodo. Cuando se difundió por el Imperio un falso rumor de que el emperador había muerto, Albino reunió a las legiones y en un encendido discurso en el que llamó a Cómodo tirano, declaró su voluntad de restaurar el poder del Senado. Aunque los senadores se hallaban muy complacidos con el discurso de Albino, no así el emperador, quien envió a Junio Severo a relevarle de la provincia.
 
Por esta época Albino había alcanzado gran poder e influencia; hecho reflejado en que Cómodo le propuso otorgarle el título de César, título que Albino tuvo la prudencia de rechazar. A pesar del nombramiento de Junio Severo, Albino se mantuvo como gobernador de la provincia hasta el final de los reinados de Cómodo y de su sucesor, Pertinax.
 
Tras el asesinato del emperador Pertinax, el prefecto del pretorio, Emilio Laeto, y sus hombres, vendieron el trono al rico senador Didio Juliano. El nuevo emperador estuvo cuestionado por el pueblo y el ejército desde un primer momento; tanto era así que, a comienzos de su reinado, tuvo que hacer frente a las sublevaciones de tres gobernadores de provincia: Pescenio Níger, aclamado por las legiones de Siria; Septimio Severo, aclamado por las tropas estacionadas en Panonia; y el propio Albino, aclamado por los ejércitos de Galia y Britania.

 

En la guerra civil que se produjo a raíz del problema sucesorio, Albino se alió en un primer momento con Septimio Severo, quien capturó Roma y le ofreció el título de César. Ambos compartieron consulado en el año 194. De hecho, Albino continuó ejerciendo de gobernador en la parte occidental del Imperio, apoyado por tres legiones britanas y una hispana.
 
Cuando Didio Juliano fue ejecutado por orden del Senado, el cual estaba influenciado por Septimio Severo, el nuevo emperador se dirigió a combatir a Níger. Tras la derrota de este último (194) y la caída de Bizancio (196), donde resistían sus últimos partidarios, Severo decidió hacerse con el absoluto control del Imperio. Albino, viendo el inminente peligro, inició las disposiciones necesarias para enfrentarse a Severo, que trató de asesinarle a través de un mensajero. Cuando estuvo listo, se puso a la cabeza de su ejército, del que se dice que constaba de 150.000 hombres.  Su fuerza inicialmente era de cuarenta mil soldados, pero es sabido que recibió refuerzos y es poco probable que alcanzase la cifra mencionada por historiadores antiguos.
 
GUERRA CONTRA SEVERO

Albino se proclamó emperador en otoño de 196.  El nuevo pretendiente al trono imperial lideró a su ejército hasta la Galia, donde pensaba combatir a Severo. Derrotó al legatus de Severo, Virio Lupo y se abrió paso a través de la Galia. Aunque transformó la ciudad de Lugdunum en su campamento base, fue incapaz de ganarse la lealtad de las legiones del Rin.
 
El 19 de febrero de 197, los ejércitos de Albino y Severo se enfrentaron en la Batalla de Lugdunum. Tras la dura batalla, considerada la más grande y cruel entre ejércitos romanos y en la que según Dión Casio participaron 300.000 hombres, el ejército de Albino fue derrotado, e incluso cayó en combate el propio pretendiente al trono. El cuerpo de Albino fue maltratado por los hombres de Severo, quien envió al Senado una soberbia carta en la que se burlaba de sus integrantes por su lealtad al usurpador caído. La ciudad de Lugdunum fue saqueada y los partidarios de Albino cruelmente perseguidos.
 
Albino fue un hombre de gran belleza y fuerza física; un experimentado general; un hábil gladiador y un comandante severo y en ocasiones cruel. Se le llamó el Catilina de su época. Tuvo uno o dos hijos, que fueron ejecutados junto a su madre por órdenes de Severo. Se ha dicho que escribió un tratado sobre agricultura y una colección de cuentos