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domingo, 15 de julio de 2018

SITUACIÓN DE ROMA EN ÉPOCA DE TIBERIO GRACO




En lo que para mi no cabe duda es en que Tiberio no se habría visto en las adversidades que le sobrevinieron, si a sus operaciones de gobierno hubiera estado presente Escipión el Africano; pero ahora, cuando este se hallaba ya en España, ocupado en la guerra de Numancia, fue cuando se dedico a promover el establecimiento de nuevas leyes con la ocasión siguiente.


Los romanos, de todas las tierras que por la guerra ocuparon a los enemigos comarcanos, vendieron una parte, y declarando publica la otra, la arrendaron a los ciudadanos pobres y menesterosos por una moderada pensión, que debían pagar al Erario. Empezaron los ricos a subir las pensiones; y como fuesen dejando sin tierras a los pobres, se promulgo una ley que no permitía cultivar mas de quinientas yugadas de tierra. Por algún tiempo contuvo esta ley la codicia, y sirvió de amparo a los pobres para permanecer en sus arrendamientos y mantenerse en la suerte que cada uno tuvo desde el principio; pero mas adelante los vecinos ricos empezaron a hacer que bajo nombres supuestos se les traspasaran los arriendos, y aun después lo ejecutaron abiertamente por si mismos; con lo que, desposeídos los pobres, ni se prestaban de buena voluntad a servir en los ejércitos, ni cuidaban de la crianza de los hijos, y se estaba en riesgo de que toda Italia se quedara desierta de población libre y se llenara de calabozos de esclavos, como los de los bárbaros, porque con ellos labraban las tierras los ricos, excluidos los ciudadanos. Intento poner en esto algún remedio Cayo Lelio, el amigo de Escipión, pero encontró grande oposición en los poderosos; y porque, temiendo una sedición, desistió de su empresa, mereció el sobrenombre de sabio o prudente, que es lo que significa a un tiempo la voz sapiens. Mas nombrado Tiberio tribuno de la plebe, al punto tomo por su cuenta este negocio, incitado, según dicen los mas, por el orador Diofanes y el filosofo Blosio. Era Diofanes un desterrado de Mitilene, y Blosio de alli mismo, natural de Cumas, en Italia ; al cual, habiendo sido en Roma discípulo de Antipatro Tarsense, dedico a este sus tratados de filosofía. Algunos dan también algo de culpa a su madre Cornelia, que les echaba en cara muchas veces el que los romanos le decían siempre la suegra de Escipión, y nunca la madre de los Gracos. Mas otros dicen haber sido la causa un Espurio Poslumio, de la misma edad de Tiberio y que competía con el en las defensas de las causas : porque como al volver del ejercito lo encontrase muy adelantado en gloria y gozando de grande fama, quiso, a lo que parece, sobreponersele, haciéndose autor de una providencia arriesgada y que ponía a todos en gran expectación; pero su hermano Cayo dijo en un escrito que, al hacer Tiberio su viaje a España por la Toscana, viendo la despoblación del país, y que los labradores y pastores eran esclavos advenedizos y bárbaros, entonces concibió ya la primera idea de una providencia que fue para ellos el manantial de infinitos males. Tuvo también gran parte el pueblo mismo, acalorando y dando impulso a su ambición con excitarle por medio de carteles, que aparecían fijados en los pórticos, en las murallas y en los sepulcros, a que restituyera a los pobres las tierras del publico.

 

Mas no dicto por si solo la ley, sino que tomo consejo de los ciudadanos mas distinguidos en autoridad y en virtud, entre ellos de Craso el Pontífice máximo, de Mucio Escevola el Jurisconsulto, que era cónsul en aquel año, y de Apio Claudio, su suegro. Parece además que no pudo haberse escrito una ley mas benigna y humana contra semejante iniquidad y codicia; pues cuando parecía justo que los culpados pagaran la pena de la desobediencia, y sobre ella sufrieran la de perder las tierras que disfrutaban contra las leyes, solo disponía que, percibiendo el precio de lo mismo que injustamente poseían, dieran entrada a los ciudadanos indigentes. Aunque el remedio era tan suave, el pueblo se daba por contento, y pasaba por lo sucedido como para en adelante no se le agraviara; pero los ricos y acumuladores de posesiones, mirando por codicia con encono a la ley, y por ira y temor a su autor, trataban de seducir al pueblo, haciéndole creer que Tiberio quería introducir el repartimiento de tierras con la mira de mudar el gobierno y de trastornarlo todo. Mas nada consiguieron ; porque Tiberio, empleando su elocuencia en una causa la mas honesta y justa, siendo así que era capaz de exornar oirás menos recomendables, se mostró terrible e invicto cuando, rodeando el pueblo la tribuna, puesto en pie, dijo, hablando de los pobres: "Las fieras que discurren por los bosques de Italia tienen cada una sus guaridas y sus cuevas; los que pelean y mueren por Italia solo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa mas, sino que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y sus mujeres; no dicen verdad sus caudillos cuando en las batallas exhortan a los soldados a combatir contra los enemigos por sus aras y sus sepulcros, porque de un gran numero de romanos ninguno tiene, ara, patria ni sepulcro de sus mayores; sino que por el regalo y la riqueza ajena pelean y mueren, y cuando se dice que son señores de toda la tierra, ni siquiera un terrón tienen propio".

 

Estas expresiones, nacidas de un animo elevado y de un sentimiento verdadero, corrieron por el pueblo, y lo entusiasmaron y movieron de manera que no se atrevió a chistar ninguno de los contrarios. Dejándose, pues, de contradecir, acudieron a Marco Octavio, uno de los tribunos de la plebe, joven grave y modesto en sus costumbres, y amigo intimo de Tiberio; "así es que al principio, por respeto a él, había cedido; pero, por fin, siendo rogado e instado de muchos y de los mas principales, como por fuerza se opuso a Tiberio y desecho la ley. Entre los tribunos prevalece el que se opone, porque nada hacen todos los demás con que uno solo repugne. Irritado con esto Tiberio, retiro aquella ley tan humana, y propuso otra más acepta a la muchedumbre y mas dura contra los transgresores, mandándoles ya dejar las tierras que poseían contra las anteriores leyes. Eran, por tanto, continuas las contiendas que tenia con Octavio en la tribuna; en las que, sin embargo de que se contradecían con el mayor ardor y empeño, se refiere no haber dicho uno contra otro expresión ninguna ofensiva ni haber prorrumpido en el calor de la ira en ninguna palabra que pudiera parecer menos decorosa; y es que, según parece, no solo en los banquetes, sino también en las contiendas y en las rencillas, el estar dotados de buena índole y haber sido educados con esmero sirve siempre de freno y ornamento a la razón. Y aun habiendo advertido que Octavio era uno de los transgresores de la ley, por estar en posesión de muchas tierras del publico, le rogaba Tiberio que desistiera del empeño, prometiendo pagarle el precio de ellas de su propio caudal, a pesar de que no era de los mas floridos. No habiendo Octavio escuchado la proposición, mando por un edicto que cesaran todas las demás magistraturas en sus funciones hasta que se votara la ley", y puso sellos en el templo de Saturno para que los cuestores ni introdujeran ni extrajeran nada, publicando penas contra los pretores que contraviniesen; de manera que todos concibieron miedo, y dieron, de mano a sus respectivos negocios. Desde aquel punto los poseedores de tierras mudaron de vestiduras, y en actitud abatida y miserable se presentaron en la plaza; pero ocultamente armaban asechanzas a Tiberio, y aun habían llegado a tener pagados asesinos; tanto, que él, a ciencia de todos, llevaba siempre en la cinta un puñal de los usados por los piratas, al que llaman dolon.


( Plutarco )

domingo, 17 de diciembre de 2017

LA REVOLUCIÓN DE TIBERIO Y CAYO GRACO


TIBERIO SEMPRONIO GRACO

Fue en uno de aquellos salones donde se preparó la revolución. La cual, contrariamente a lo que se cree, no nace jamás en las clases proletarias, que después le prestan la mano de obra, sino en las altas, aristocráticas y burguesas, que luego la pagan. Siempre es, más o menos, una forma de suicidio. Una clase no se elimina sino cuando ya se ha eliminado a sí misma.
ESCIPIÓN EL AFRICANO

Cornelia, hija de Escipión el Africano, había casado con Tiberio Sempronio Graco, el tribuno que puso el veto a la condena de Lucio, el hermano del héroe de Zama. Había sido una manifestación de nepotismo al revés porque, al hacerlo, salvó, en resumidas cuentas, al tío de su mujer. Mas, no obstante esta comprensible flaqueza, Sempronio había seguido gozando fama de hombre integro, y la merecía. Elegido censor y después cónsul por dos veces, administró España con criterios liberales y métodos ilustrados. De Cornelia tuvo doce hijos, nueve de los cuales fallecieron en temprana edad. Cuando a su vez murió él, a Cornelia sólo le quedaban tres: dos varones, Tiberio y Cayo, y una hembra, Cornelia, deforme, no se sabe si de nacimiento o a causa de parálisis infantil.

CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS

Mamá Cornelia fue una viuda ejemplar y una gran educadora. Debía de ser también guapetona, porque, según el decir de Plutarco, un rey egipcio la pidió por esposa. Ella respondió orgullosamente que prefería quedarse en hija de un Escipión, suegra de otro y en madre de los Gracos. En aquel momento, la segunda .Cornelia se había casado ya, en efecto, con el destructor de Cartago. No fue, según parece, un matrimonio de amor, sino sólo de conveniencia, como se solía hacer en aquella sociedad para robustecer las alianzas. Pero Cornelia era también algo que en Roma jamás se había visto antes; una gran «intelectual» y una exquisita maltresse de maison. Su salón, donde se reunían las más ilustres personalidades de la Política, las Artes y la Filosofía, semejaba a los de ciertas damas francesas del siglo XVIII y asumió, aproximadamente, las mismas funciones. Dominaba en él, también por razones de parentesco, el llamado «círculo de los Escipiones» con Lelio, Flaminio, Polibio, Gayo Lucilio, Mucia Escévola y Mételo el Macedónico. Por la sangre, la inteligencia y la experiencia era lo mejor que había en Roma en aquel tiempo. ¡Pero cuan diferentes eran aquellos nuevos leaders de sus padres y abuelos! De momento, aceptaban como inspiradora a una mujer. Después, se bañaban todos los días, cuidaban mucho del vestir y no estaban en absoluto convencidos de que Roma tuviese que dar lecciones al mundo. Es más, estaban convencidos de lo contrario: o sea, de que tenían que ir a la escuela. A la escuela de Grecia.
CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS

Las conversaciones que se sostenían en aquel salón no eran revolucionarias, sino «progresistas». Debían de parecerse vagamente a las que ahora se mantienen entre «liberales de izquierdas», radicales y activistas. Y dado que todas eran personas bien introducidas, sabían lo que se decían, y lo que decían tenía eco después en el Senado y el Gobierno.
CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS
RECHAZANDO LA CORONA DEL FARAÓN PTOLOMEO

La situación de Roma no era, en efecto, grata, y autorizaba las más profundas críticas y las más sombrías previsiones. La Urbe digería mal el inmenso imperio que con tanta rapidez había engullido. El trigo de Sicilia, de Cerdeña, de España y de África, volcado en sus mercados a bajo precio porque estaba producido a bajo costo con el trabajo gratuito de los esclavos, estaba llevando a la ruina económica a aquella Italia rústica de cultivadores directos, pequeños y medios propietarios, que había constituido el mejor baluarte contra Aníbal y proporcionado los mejores soldados para derrotarle. No pudiendo soportar la competencia, procedían a vender sus modestas fincas que quedaban absorbidas en los latifundios. Una ley de -220, que prohibía el comercio a los senadores, les obligaba a invertir en la agricultura los capitales que habían acumulado con el botín de guerra.


Y mucha parte de las tierras confiscadas al enemigo eran concedidas a especuladores para resarcirles del dinero que éstos habían prestado al Estado. Pero ni especuladores ni senadores eran ya hidalgos campesinos. Habituados a vivir en la ciudad, entre sus comodidades y molicies, entre la política y los negocios, no estaban dispuestos a abandonarla para volver a la vida sencilla y frugal de sus estoicos antepasados. Así que hacían lo que todavía hacen hoy ciertos barones de la Italia meridional: una vez adquirido un latifundio, lo daban en arriendo a un administrador, que con el trabajo gratuito de los esclavos trataba de hacerlo producir lo más posible, para el dueño y para sí, explotando al máximo el vigor de los hombres y los recursos del suelo, sin pensar en el mañana.



Sobre esta crisis económica se injertaba otra, social y moral: la de una sociedad que, habituada a basarse sobre sus pequeños y libres cultivadores, ahora se iba confiando cada vez más en el saqueo en el exterior y en la esclavitud en el interior. Volcábanse esclavos en Roma como un caudaloso torrente. Cuarenta mil sardos fueron importados de golpe en -177 y ciento cincuenta mil epirotas diez años después.


Los «mayoristas» de esta mercancía humana iban a acapararla siguiendo a las legiones que la suministraban y que ya habían alcanzado, al socaire de las catástrofes de los imperios griego y macedonio, Asia, el Danubio y hasta los confines de Rusia. La abundancia era tal que transacciones de diez mil cabezas a la vez eran normales en el mercado intercontinental de Delos, y el precio bajaba hasta quinientas liras cada una.


En la ciudad, los esclavos suministraban ya la mano de obra en los talleres de los artesanos, en las oficinas, en los Bancos, en las fábricas, condenando a la desocupación y a la indigencia a los ciudadanos que antes estaban empleados en ellos. Las relaciones con los contratistas variaban según el temperamento de cada uno de éstos. Alguno había que pese a no estar obligado a nada con el esclavo, procuraba tratarle humanamente. Pero la ley económica de los precios y de la competencia ponía un límite a esas humanas disposiciones. Quería que se exigiese cada vez más y que se concediese cada vez menos.


En el campo, la miseria del esclavo era todavía más extrema que en los tiempos en que eran una mercancía rara, y una vez en la casa acababa por formar parte de ella como un pariente joven. La modestia de las propiedades y la escasez de brazos hacían directas y humanas las relaciones con el amo. Pero en los latifundios, donde los esclavos eran contratados a cuadrillas, el amo no se dejaba ver, y en su puesto estaba un cómitre escogido entre la peor canalla, que procuraba ahorrar hasta lo imposible en comida y andrajos, que era el único salario de aquellos desdichados; los cuales, si desobedecían o se quejaban, eran echados, cargados de cadenas a una ergástula bajo tierra.


En 196 hubo una rebelión de ellos en Etruria. Fueron muertos todos por las legiones y muchos crucificados. Diez años después estalló otra revuelta en Apulia: los pocos que sobrevivieron a la represión fueron internados en las minas. En 139 estalló una auténtica guerra «servil», encabezada por Euno, que degolló a la población de Enna, ocupó Agrigento y en breve, con un ejército de setenta mil hombres, todos esclavos rebeldes, se adueñó de casi toda Sicilia, derrotando incluso a un ejército romano. Hubo que luchar seis años para someterle. Pero el castigo fue, como siempre, adecuado a los esfuerzos.
EL ESCLAVO REBELDE EUNO

Precisamente en aquel año de -133 antes de Jesucristo, Tiberio Graco, hijo de Sempronio y de Cornelia, fue elegido tribuno.
LOS GRACOS Y SU MADRE CORNELIA

En el salón de su madre había crecido con ideas radicales, que le remachó en la cabeza su preceptor Blosio, un filósofo griego de Cumas. Y a la edad en que se piensa en las chicas él sólo pensaba en política. Era lo que se suele decir un «idealista». Pero hasta qué punto sus ideas, que eran excelentes, estaban al servicio de su ambición, que era grandísima, o viceversa, lo ignoraba él mismo, como por lo demás, ocurre a todos los idealistas. La situación del país la conocía un poco porque en el salón siempre se hablaba de ella y con gran competencia, y otro poco porque, según lo dicho por su hermano, había ido personalmente a estudiarla en Etruria, quedando horrorizado. Comprendió que Italia corría a la ruina si su agricultura caía definitivamente en manos de especuladores y esclavos, y que en la misma Roma no podía triunfar ninguna democracia sana con un proletariado que se corrompía diariamente en el ocio y con la percepción de subsidios.


El único remedio que oponer a la esclavitud, al urbanismo y a la decadencia militar, le pareció ser una audaz reforma agraria que, apenas fue elegido, propuso a la Asamblea. Consistía en tres propuestas: 

1) Ningún ciudadano debía poseer más de ciento veinticinco hectáreas del agro público, que podían convertirse en doscientas cincuenta sólo en el caso de que tuviera dos o más hijos. 

2) Todas las tierras distribuidas o arrendadas por el Estado debían serle devueltas al mismo precio, más un rembolso por las eventuales mejoras aportadas. 

3) Éstas debían ser repartidas y redistribuidas entre los ciudadanos pobres en parcelas de cinco o seis hectáreas cada una, con compromiso de no venderlas y de pagar un reducido impuesto sobre ellas.


Eran propuestas razonables y plenamente coherentes con las Leyes Licinias que ya habían sido aprobadas doscientos años antes. Pero Tiberio cometió el error de aliñarlas con una oratoria demagógica y de «barricada» que, además, desentonaba con su condición social. Pues esos «progresistas», de elevada extracción, fuesen nobles o burgueses, no sabían rehuir, entonces como ahora, una contradicción entre hábitos de vida refinados y sofisticados y actitudes políticas populistas y callejeras. «Nuestros generales —dijo hablando en la rostra— nos incitan a combatir por los templos y las tumbas de vuestros antepasados. Ocioso y vano llamamiento. Vosotros no tenéis altares paternos. Vosotros no tenéis tumbas ancestrales. Vosotros no tenéis nada. Combatís y morís sólo para procurar lujo y riqueza a los otros.»


Estaba bien dicho porque, por desgracia, Tiberio era también un excelente orador. Pero había los extremos del sabotaje. El Senado declaró ilegales las propuestas, acusó a su autor de ambiciones dictatoriales y persuadió a Octavio, otro tribuno, a que opusiese el veto. Tiberio contestó con un proyecto de ley según el cual un tribuno, cuando obraba contra la voluntad del Parlamento, debía ser depuesto inmediatamente.


 La Asamblea aprobó la propuesta y los lictores de Tiberio echaron a la fuerza de su banco a Octavio. Después, el proyecto de ley fue votado, y la Asamblea, temiendo por la vida de Graco, le escoltó hasta su casa.

TIBERIO GRACO EXPULSA A OCTAVIO
Tenemos la impresión de que aquel día no fue recibido con el unánime entusiasmo que acaso esperaba. Tal vez solamente Cornelia siguió reconociéndole una de sus «alhajas», como un día les definiera a él y a Cayo. Los demás debieron de quedarse un poco sobresaltados, no tanto por la ley que había impuesto y que expresaba plenamente los puntos de vista políticos del «salón», cuanto por los medios anticonstitucionales que había empleado contra Octavio. Pero sin duda se escandalizaron y se desolidarizaron de él cuando, a pesar de una norma precisa que lo vedaba. Tiberio entró nuevamente en liza para el tribunado.


Se vio obligado a hacerlo porque el Senado amenazaba, apenas expirara su cargo, con procesarle. Pero era un gesto de rebelión. Abandonado así por sus propios amigos de casa, Tiberio acentuó más la desviación a la izquierda para granjearse el favor de la plebe. Prometió, si era reelegido, abreviar el servicio militar, abolir el monopolio de los senadores en los jurados de los tribunales y, dado que en aquel momento Átalo III de Pérgamo murió dejando su reino a Roma, propuso vender la propiedad mobiliaria de aquél para ayudar con lo recaudado a los campesinos a equipar sus fincas. Y ahí desembocó en la pura demagogia, proporcionando argumentos válidos al adversario.


El día de las elecciones, Tiberio apareció en el Foro con una guardia armada y vestido de luto para dar a entender que el votar en contra significaba para él la condena a muerte. Pero, mientras se votaba, irrumpió un grupo de senadores blandiendo garrotes, encabezados por Escipión Násica. El prestigio de que todavía gozaba el Senado y que Graco había neciamente descuidado, queda demostrado por el hecho de que ante aquellas togas patricias los amigos de Tiberio cedieron respetuosamente el paso dejándole solo. Le mataron de un mazazo en la nuca. Y su cuerpo, junto con el de un centenar de adictos, fue arrojado al Tíber.


Su hermano Cayo pidió permiso para rescatar el cadáver y darle sepultura. Se lo negaron.
TIBERIO Y CAYO GRACO

Esto sucedió en -132. Nueve años después, o sea en -123, la segunda de las «alhajas» de Cornelia había ocupado el puesto de su hermano como tribuno. Le conocemos mejor y le estimamos más porque nos parece de inteligencia más realista que su hermano y también más sincero. Había sido asimismo un orador magnífico; Cicerón le consideraba el más grande (después de él, se entiende); había militado valerosamente a las órdenes de su cuñado Escipión Emiliano en Numancia y poseía un gran dominio de sí mismo. Efectivamente, siguió adelante con moderación, sin querer quemar las etapas al primer momento.
NUMANTINOS ANTE ESCIPIÓN EMILIANO
En aquellos nueve años las leyes agrarias de Tiberio que el Senado, después de haber dado muerte a su autor, no se atrevió a abrogar, habían dado sus buenos frutos, a pesar de que su aplicación había topado con muchas dificultades prácticas. El censo de vecinos constaba de ochenta mil nuevos ciudadanos, que lo fueron precisamente por haber poseído una parcela de tierra. Pero se elevaron muchas protestas de los antiguos propietarios que no querían ni merma de capital ni confiscación y que confiaron su causa a Escipión Emiliano. No se sabe por qué, éste aceptó la defensa de aquellos intereses que eran contrarios a sus ideas. Pero se avino a ello tal vez, precisamente, por razones de familia según las cuales hubiera debido abstenerse de hacerlo. Sus relaciones con su esposa Cornelia habían ido empeorando cada vez más. Y una mañana del 129 fue hallado asesinado en su lecho. No se ha sabido nunca quién lo mató, pero naturalmente los chismosos de las casas aristocráticas, donde eran odiados, acusaban a la esposa y a la suegra.

ESCIPIÓN EMILIANO

Crecido en medio de tantas desdichas y en una casa abandonada ya por los más íntimos amigos, Cayo llevó adelante con cautela la aplicación de las leyes de Tiberio; creó nuevas colonias agrícolas en la Italia meridional y en África se ganó a los soldados prescribiendo que a partir de entonces estarían equipados a expensas del Estado y fijó un «precio político» para el trigo, que era la mitad del que regía en el mercado. Y con esta última medida, que después había de ser el arma más fuerte en manos de Mario y de César, tuvo de su parte a todo el pueblo llano de la Urbe.


Pertrechado con esos éxitos, pudo volver a presentarse al tribunado del año siguiente sin arriesgar la vida, como le había sucedido a su hermano, y salir triunfante. Entonces creyó poder jugar las cartas grandes y ahí se equivocó. Propuso agregar a los trescientos senadores de derecho otros trescientos elegidos por la Asamblea y extender la ciudadanía a todos los hombres libres del Lacio y a buena parte de los del resto de la península.


Pero había echado mal las cuentas con los egoísmos del proletariado romano, cuyos cofrades del Lacio y de la península le importaban un comino. El Senado obró prontamente para aprovechar este error táctico de su adversario. Empujó al otro tribuno, Livio Druso, a proposiciones más radicales aún: que se aboliesen los tributos impuestos por la ley de Tiberio a los nuevos propietarios, y que a cuarenta y dos mil pobres de solemnidad de Roma les distribuyeran nuevas tierras en doce nuevas colonias. La Asamblea aprobó en seguida el proyecto. Y cuando Cayo volvió, se encontró con que todos los favores los monopolizaba Druso.

MARCO LIVIO DRUSO

Se presentó a una tercera elección y fue derrotado. Sus secuaces dijeron que había habido fraude, pero él les aconsejó moderación y se retiró a la vida privada.


Cuando se trató de hacer frente a los compromisos contraídos para liquidar a Cayo, el Senado se encontró en un apuro y trató de tergiversar. La Asamblea se dio cuenta de que era un primer paso para el sabotaje de la legislación de los Gracos, cuyos simpatizantes se presentaron armados a la reunión siguiente. Uno de ellos descalabró a un conservador que había pronunciado palabras de amenaza contra Cayo.


El día siguiente, los senadores comparecieron en plan de batalla, seguido cada uno de ellos por dos esclavos. Los graquistas se atrincheraron en el Aventino y Cayo intentó interponerse para restablecer la paz. Como no pudo conseguirlo, se arrojó al Tíber, cruzándolo a nado. En la otra orilla, cuando estaba a punto de ser alcanzado por sus perseguidores, ordenó a un siervo suyo que le matara. El siervo obedeció. Después, extrajo el puñal teñido de sangre del pecho de su amo y se lo clavó en el propio. Un secuaz de Cayo cercenó la cabeza al cadáver, la rellenó de plomo y la llevó al Senado, que había ofrecido su peso en oro. Se embolsó la recompensa y se rehízo una «virginidad política». El pueblo llano que tanto le había aplaudido ni siquiera pestañeó ante el asesinato de su héroe; estaba demasiado ocupado saqueándole la casa.


Cornelia, la madre de los dos hijos asesinados y de una viuda sospechosa de asesinato, se puso de hito. El Senado le ordenó que se lo quitase.