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domingo, 14 de mayo de 2023

CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS E HIJA DE ESCIPIÓN EL AFRICANO

 

Cornelia, hija del afamado Escipión el Africano, es un destacado ejemplo de nobleza romana en el siglo II a.C. Educada en la literatura y filosofía griegas, heredando la tradición intelectual de los Escisiones ( que en aquellos momentos tenían la mejor biblioteca privada de Roma), se convirtió en una figura prominente en el ámbito cultural y político de Roma. Su matrimonio con Tiberio Sempronio Graco, político destacado y aliado de los Escipiones, le dio doce hijos, pero solo tres sobrevivieron hasta la edad adulta: Sempronia, Tiberio y Cayo.

 

La historia nos cuenta una anécdota que muestra la alta estima en la que Tiberio tenía a su ilustre esposa. Se dice que encontraron dos serpientes en su cama, una macho y otra hembra. El arúspice predijo que si Tiberio mataba al macho, él moriría, y si mataba a la hembra, Cornelia moriría. Sin dudarlo, Tiberio sacrificó al macho, considerando más valiosa la vida de su esposa. Poco tiempo después, la profecía se cumplió y Tiberio falleció, dejando a Cornelia sola con sus tres hijos.

 

Esta tragedia no quebrantó el espíritu de Cornelia; al contrario, demostró una grandeza aún mayor al dedicarse por completo a la educación de sus hijos. Para ella, eran sus tesoros más preciados. En una ocasión, respondió a una mujer que presumía de sus valiosas joyas, afirmando que sus hijos eran sus verdaderas joyas.

 

Siguiendo sus convicciones, Cornelia decidió permanecer "univira", es decir, "de un solo hombre": su difunto esposo Tiberio, a quien siempre honró en memoria. Incluso rechazó la propuesta de matrimonio del rey Ptolomeo VIII de Egipto.

 

Cornelia desempeñó un papel decisivo en la formación de sus hijos Tiberio y Cayo, quienes se convirtieron en políticos refinados con una moralidad inquebrantable. Varios autores, como Quintiliano y Ático, destacaron su influencia en la cultura y educación de los Gracos.

 

Lamentablemente, las desgracias no cesaron para Cornelia. Ambos hijos fueron asesinados en medio de la violenta lucha entre los optimates y los populares en Roma. Una vez más, Cornelia enfrentó el duelo con dignidad y serenidad, cumpliendo con los principios tradicionales de los antiguos romanos.

 

Después del funeral, se retiró a su villa en Miseno, rodeada de escritores y filósofos, donde vivió hasta su muerte, elogiando las hazañas de su padre y sus dos hijos. A quienes la consolaron, respondió: "Nunca diré que la madre de los Gracos no tuvo suerte". Esta cita, transmitida por Séneca, refleja plenamente el temperamento y el carácter de esta grandiosa matrona romana.

 

Como prueba del inmenso respeto que le tenía la sociedad romana, tras su muerte, se erigió una estatua en su honor en el Pórtico de Metelo, que posteriormente fue trasladada al Pórtico de Octavia por orden de Augusto.

 

El legado de Cornelia perduró a lo largo de los siglos como un ejemplo de fortaleza y dignidad en medio de la adversidad. Su papel como madre y educadora de sus hijos fue fundamental para moldear su carácter y moralidad, convirtiéndolos en destacados líderes políticos. La dedicación y el amor incondicional que Cornelia mostró hacia su familia son un testimonio de los valores romanos de la época, donde el honor y la virtud eran altamente apreciados.

 

Además de su influencia en la formación de sus hijos, Cornelia fue una figura destacada en el panorama cultural y social de su tiempo. Su educación en literatura y filosofía griegas la distinguió como una mujer de gran elocuencia y cultura, rompiendo los estereotipos tradicionales de la mujer romana.

 

Es importante destacar que Cornelia es una de las cuatro únicas mujeres romanas de las que se han conservado textos escritos, según relata el biógrafo Cornelio Nepote. Esto resalta aún más la importancia de su legado y la relevancia que tuvo en su época.

 

Como madre de los Gracos y una figura destacada en la historia romana, Cornelia demostró una gran fortaleza y dedicación hacia su familia y valores. Se dice que las mujeres de la nobleza romana, cuando tenían graves problemas y les consumían la desesperación y la angustía, la pregunta que se hacían era: ¿Qué no hubiera hecho Cornelia, madre de los Gracos, que tuvo que soportar tan grandes desgracias, acorde con su carácter y los principios que defendía?. Y se les ocurrían algunas cuantas respuestas, tales como:

 

No habría abandonado a sus hijos: Cornelia era conocida por su amor y dedicación hacia sus hijos. Incluso después de la muerte de su esposo y la tragedia de la pérdida de sus hijos, Cornelia nunca habría abandonado a su familia ni renunciado a su responsabilidad como ejemplar matrona romana.

 

No habría comprometido sus valores morales: como hija de la casa de Escipión, Cornelia era una mujer de principios firmes y una defensora de la moralidad. No se habría involucrado en acciones o decisiones que fueran contrarias a sus creencias éticas, como la corrupción política o la traición.

 

No habría buscado el poder por sí misma: Aunque provenía de una familia noble y tenía conexiones políticas muy importantes y poderosas, Cornelia no era una mujer que buscara el poder o la fama personal. Su enfoque principal era la educación y el bienestar de sus hijos, que para ella esto era la verdadera riqueza, y no habría tomado medidas para obtener influencia política o posición social por sí misma.

 

No habría actuado en contra de los intereses de Roma: Cornelia provenía de una familia con una larga tradición de servicio a Roma. Era consciente de su legado y tenía un fuerte sentido de patriotismo. Por lo tanto, no habría tomado acciones que fueran perjudiciales para la República Romana o que pusieran en peligro la estabilidad y el bienestar de su pueblo.

 


No habría renunciado a su memoria y legado familiar: Cornelia llevaba consigo el honor y el legado de su padre, Escipión el Africano, y de su esposo, Tiberio Sempronio Graco. Era una defensora ferviente de su memoria y honraba su legado en todo momento. No habría renunciado a su identidad y a la responsabilidad de mantener viva la historia y los logros de su familia.

 

En resumen, Cornelia, madre de los Gracos e hija de Escipión el Africano, fue una figura notable en la historia romana. Su vida estuvo marcada por tragedias y desafíos, pero supo enfrentarlos con una fortaleza encomiable, Su dedicación a la educación de sus hijos, su amor inquebrantable y su influencia en la cultura y la sociedad romana la convierten en un ejemplo perdurable de valentía y nobleza. La estatua erigida en su honor por Octavio Augusto y su lugar en la historia romana son testimonios de su impacto duradero en la sociedad de su tiempo y más allá.


jueves, 2 de abril de 2020

EL CÓNSUL CAYO HOSTILIO MANCINO, EL GENERAL MÁS DESGRACIADO DE TODOS LOS ROMANOS



Cayo Hostilio Mancino (en latín, Gaius Hostilius Mancinus) fue un político y militar romano, procedente de la gens plebeya Hostilia. Su padre fue Aulo Hostilio Mancino, cónsul en 170 a. C. y probablemente era hermano del cónsul del año 145 a. C. Lucio Hostilio Mancino.

 

En 140 a. C. es nombrado pretor; un año después, ya como propretor el Senado le envió a Hispania con orden de aplastar el levantamiento de los numantinos. En 137 a. C. alcanzó el consulado con Lépido Porcina, obteniendo la administración proconsular de la provincia de Hispania Citerior, mientras que a su compañero le correspondió la Ulterior.

 

Con este nombramiento sustituía a Quinto Pompeyo y Marco Popilio Lenas que intentaron sin éxito vencer a los sediciosos. Independientemente del pésimo precedente, con él empeoró aún más la situación, ya que cayó derrotado en todos los combates contra los rebeldes. Un día los numantinos salieron de su ciudad y rodearon el campamento romano, por lo que Mancino tuvo que acordar un tratado muy desfavorable para los intereses romanos - que podría haber sido mucho peor de no estar presente su cuestor Tiberio Graco - para salvar la vida de los 20.000 soldados a sus órdenes.

 

Mientras el pueblo romano recibió a Graco como un héroe, Mancino acabó imputado por el Senado, que rechazó aceptar el acuerdo que había alcanzado con los hispanos. Escipión Emiliano salvó a Graco y a otros militares de acabar como el comandante, al que los senadores enviaron a Numancia del mismo modo que tras la derrota de las Horcas Caudinas (321 a. C.) los veinte comandantes responsables del desastre acabaron en manos de los samnitas.

 

Plutarco no escribe más acerca de Mancino, pero de acuerdo con Apiano acabaría siendo conducido a la capital de los numantinos, que rechazaron quedarse con él.

 

A su regreso a Roma tomó su asiento en el Senado, pero fue expulsado violentamente por el tribuno de la plebe Publio Rutilio con la excusa de que Mancino había perdido la ciudadanía al ser entregado a Numancia, pero como la entrega no había tenido lugar surgió un conflicto jurídico; en general se consideró que había perdido al menos sus derechos civiles, pero debieron serle retornados posteriormente, ya que se sabe que después fue elegido pretor de acuerdo a lo que señala Aurelio Víctor.

 
Su desastrosa campaña en territorio hispano llevó a que Plutarco le describiera como un: varón no vituperable, pero el general más desgraciado de todos los romanos.


domingo, 22 de septiembre de 2019

DISCURSO DE CICERÓN SOBRE LA CONJURACIÓN DE CATILINA


 
¿Hasta cuando, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? .¿Durante cuanto tiempo aun, tu temeraria conducta lograra esquivarnos? . ¿A que extremos osara empujarnos tu desenfrenada audacia? .¿Ni la guarnición nocturna en el Palatino, ni los vigilantes urbanos, ni el temor del pueblo, ni la oposición unánime de todos los ciudadanos honestos, ni el hecho de que la sesión se lleve a cabo en este edificio, el mas seguro para el senado, te han turbado y ni siquiera los rostros o el comportamiento de los presentes?. ¿No te das cuenta de que sus maquinaciones han sido descubiertas? . ¿No ves que tu complot es conocido por todos y ya ha sido controlado?.  Lo que hiciste la noche pasada y la anterior, donde estuviste, a que cómplices convocaste, que decisiones tomasteis, crees tu que exista alguno de entre nosotros que no este informado?

 

!Oh tiempos, oh costumbres!.  El Senado esta al corriente de estos proyectos, el cónsul lo sabe: y, sin embargo, el aun esta vivo. No solo vivo, sino que, además, viene hacia aquí, se le permite tomar parte en una decisión de interés común, observa a cada uno de nosotros y, de una ojeada, decide quien ha de morir. En cuanto a nosotros, hombres de coraje, creemos que hacemos bastante por el Estado, si logramos esquivar los puñales de aquellos. Catilina, ya se debería haberte condenado a muerte con anterioridad, por orden del cónsul, sobre ti debería haber caído la misma ruina que desde hace tiempo tramas contra todos nosotros.

 

Si un hombre de grandísimo prestigio, como fue el pontífice máximo Publio Escipión, a pesar de que no desempeñaba cargos públicos, mando matar a Tiberio Graco, que por otra parte atentaba solo de modo marginal contra la estabilidad de la República, nosotros cónsules, ¿debemos tolerar que Catilina acaricie el proyecto de devastar a sangre y fuego el mundo entero?.  Recordare aquí el notorio ejemplo, ahora ya lejano en el tiempo, de Cayo Servilio Ahala, quien mato con su propia mano a Espurio Melio, porque intentaba reformas extremistas. Pero os aseguro que existió, existió también en esta República en un tiempo el coraje, cuando hombres enérgicos infligieron al ciudadano sedicioso un suplicio mas cruel que el que se reservaba al peor enemigo. Contra ti, Catilina, poseemos un decreto del Senado, severo y enérgico: la República no esta privada de la sabiduría y de la capacidad de decisión del colegio senatorial; somos nosotros cónsules, lo reconozco delante de todos, somos nosotros los que faltamos a nuestro deber.

 

En un tiempo, el Senado otorgo al cónsul Lucio Optimio plenos poderes con el encargo de que vigilara que la República no sufriera ningún daño; no había transcurrido ni siquiera una noche: por una simple sospecha de conjura se dio muerte a Cayo Graco (a pesar de que su padre era muy famoso, al igual que su abuelo materno y varios antepasados mas); incluso el ex cónsul Marco Fulvio fue muerto, junto a su hijo. Un análogo decreto del Senado confió la salvación de la República a los cónsules Cayo Mario y Lucio Valerio. Y bien, ¿ la condena a muerte decretada por el Senado, espero ni siquiera un día para golpear al tribuno de la plebe Lucio Saturnino y al pretor Cayo Servilio?. Nosotros, sin embargo, desde hace veinte días toleramos que la decisión de los senadores permanezca sin consecuencias. Efectivamente, tenemos a nuestra disposición un senatusconsultum, pero cerrado en un archivo, al igual que una espada en su funda. Basándonos en ese decreto, Catilina, sin duda deberíamos haberte dado muerte. Sin embargo, vives y, estas todavía con vida no para moderarte en tu arrogancia, sino para reafirmarte en ella. Deseo ser clemente, senadores; pero en un momento de tanta gravedad para la integridad la República, también deseo no parecer indolente: yo mismo me acuso de indolencia y de debilidad.

 

En Italia, en la desembocadura de los valles etruscos, hay un ejercito desplegado contra el pueblo romano; el numero de enemigos crece de día en día. Su comandante, el jefe de ese ejercito, lo podéis ver en la ciudad, es más, en el Senado, urdiendo día tras día su trama contra la República. Si ahora diese la orden de capturarte, Catilina, o de matarte, estoy convencido de que todos los ciudadanos honestos dirían que he tardado demasiado, y no que he obrado con excesiva crueldad. Pero yo, por una razón bien precisa, me inclino a creer es que bueno no hacer todavía aquello que ya debería haberse hecho con anterioridad. Morirás solo cuando no exista un hombre tan corrupto, tan perdido, tan semejante a ti, que no reconozca abiertamente que yo he obrado de acuerdo con la ley.

 

 Mientras que exista alguien que se atreva a defenderte, vivirás, pero vivirás tal y como estas viviendo ahora, custodiado por mi abundante y poderosa guardia, de tal modo que no puedas tramar nada en contra de la República. Muchos ojos te observan, muchos oídos te escuchan, todo ello sin que tu te des cuenta, como han hecho hasta el momento.

 

Entonces, Catilina, ¿qué motivo hay para esperar todavía, si ni siquiera la noche logra esconder con sus tinieblas tus impías reuniones, ni siquiera las paredes de una casa privada pueden contener las voces de la conjura, si todo esta claro, si todo sale a la luz?.  Escúchame, abandona tus intenciones, olvida masacres e incendios. Estas rodeado, todos tus planes son para nosotros mas claros que la luz; si quieres podemos repasarlos juntos. ¿ No recuerdas que doce días antes de las calendas de noviembre, declare en el senado que un día determinado, que seria seis días antes de las calendas de noviembre, Cayo Manlio, tu cómplice y colaborador en esta locura, debía dar comienzo a la revuelta armada?. ¿Quizá se me ha escapado, Catilina, lo monstruoso de tu tentativa, tan cruel e increíble y, lo que es peor, todavía mas impresionante, la fecha?. Una vez mas fui yo quien denuncio en el Senado que pretendías masacrar a los aristócratas, cinco días antes de las calendas de noviembre, día en el que muchos notables de la ciudad dejaron Roma, no tanto para ponerse a salvo, como para desbaratar sus planes. ¿Puedes acaso negar que aquel mismo día, rodeado por mi guardia y mi atenta vigilancia, no has podido llevar a cabo tus planes contra el Estado y, dado que todos los demás habían escapado, ibas diciendo que te contentabas con eliminarme a mi, que no me había alejado?. ¿ Qué pretendes aún?.  Cuando estabas convencido de que serias capaz de ocupar Praeneste por la noche, con un audaz golpe de mano el mismo día de las calendas de noviembre, ¿no le has dado cuenta de que, por orden mía, aquella colonia estaba custodiada por mis soldados, mi guardia y mis centinelas?. No se puede hacer nada, ni tramar nada, ni pensar nada, sin que llegue a mis oídos, escape a mi control o ignore su desarrollo.

 

Pasa conmigo, por tanto, la penúltima noche, te darás cuenta de que yo vigilo por la seguridad de la República mucho mas atentamente de lo que tu te afanas por su daño. La penúltima noche te has acercado a la calle de los fabricantes de hoces, hablemos claro, a casa de Marco Leca. Allí se habían reunido numerosos cómplices de tu loco y desmedido plan. ¿Te atreves a negarlo?.  ¿Por qué lo  callas?.  Si lo niegas, aportare las pruebas de tu culpabilidad, veo que en el Senado están presentes algunos de los que estaban contigo. !Oh dioses inmortales!. ¿Entre que gente estamos?.  ¿En que ciudad vivimos?.  ¿ Qué República tenemos?. Justamente aquí, entre nosotros, entre nosotros !oh senadores!.  En esta asamblea, la mas sagrada y notable de la tierra, están sentados quienes han tramado la muerte de todos nosotros, la destrucción de esta ciudad e incluso la del Imperio. A mi, cónsul, corresponde soportar su presencia y debo pedirles su parecer acerca de la salvación de la República, sin ni siquiera lograr herir con la voz a aquellos que habría sido necesario pasar por las armas. Por tanto Catilina, aquella noche fuiste a a reunirte con Leca, distribuiste las misiones entre los conjurados de las diferentes zonas de Italia y decidiste donde le parecía oportuno que cada uno fuese. Resolviste incluso quien debía permanecer en Roma y quien debía ir contigo. Designaste que barrios de la ciudad debían ser incendiados, confirmaste que tu partida estaba ya próxima, pero que debías esperar algo más por el hecho de que yo estaba todavía vivo. Se encontraron dos equites romanos dispuestos a liberarte también de esta preocupación; ellos se empeñaron a matarme en mi cama aquella misma noche, poco antes del alba. De todas estas cosas me he enterado apenas había concluido vuestra reunión. Reforcé la vigilancia entorno a mi casa, prohibí la entrada a los que por la mañana tu enviaste a saludarme, pues habían venido aquellos cuya visita en aquel momento esperaba, como ya había predicho a muchos ilustres ciudadanos.

 

Esta es la situación, Catilina, lleva a termino lo que has comenzado; sal de una vez por todas de la ciudad; vamos, las puertas están abiertas. Desde hace demasiado tiempo, las conocidas tropas de tu amigo Manlio te esperan a ti, su comandante. Llévate contigo a todos tus seguidores, o al menos el máximo número posible, despeja la ciudad. Solo podré reposar cuando un muro se levante entre nosotros dos. Ya no puedes permanecer entre nosotros mas tiempo, no lo quiero, no puedo, no tengo ninguna intención de soportarlo. Debemos un gran reconocimiento a los dioses inmortales y en particular a Jupiter Estator, desde siempre guardián de esta ciudad, por el hecho de que en numerosas ocasiones nos ha librado de esta ruina horrible y comprometida para la República, cuya supervivencia no debe permitir que nunca mas sea puesta en peligro por la acción de un solo hombre. Siempre que tu, Catilina, has tramado algo contra mi, cuando era cónsul designado, me he defendido, no con una escolta publica, sino con una guardia privada. Cuando después, en los últimos comicios consulares, has intentado matarme, entonces era cónsul en el desempeño del cargo, en el Campo de Marte, junto a los otros candidatos que se oponían a ti, he logrado reprimir tus intenciones asesinas, gracias a la protección de mis amigos y de sus guardias, sin recurrir a una leva extraordinaria. En resumen, cada vez que me has puesto en tu punto de mira, me he opuesto solo a tus dardos, a pesar de que me daba cuenta de que mi muerte habría supuesto un extraordinario peligro para La República.

 

Ahora, sin embargo, tu atentas abiertamente contra toda la República, quieres arrastrar a la destrucción y a la catástrofe los templos de los dioses inmortales, los edificios de la ciudad, la vida de todos los ciudadanos, en suma, Italia entera. Por ello, dado que no me atrevo a poner en practica la decisión que seria la mas indicada y conveniente, a mi modo de ver y a la tradición, haré algo menos grave desde el punto de vista del rigor, pero mas útil a la salvación común. Si diese la orden de matarte, permanecerían en la República un grupo de conjurados. Si por el contrario tu te vas, cosa a la que te exhorto desde hace tiempo, la hez de la ciudad, la numerosa y maligna trama de tus compañeros, desaparecerá contigo. ¿Que hay, Catilina?.  ¿Dudas en hacer por orden mía, lo que deberías haber hecho por tu propia voluntad?. El cónsul ordena al enemigo que se aleje de la ciudad. ¿ Acaso me preguntas si debes exiliarte?.  No te lo puedo ordenar, pero si quieres mi consejo, te lo recomiendo.


( Marco Tulio Cicerón en "Catilinarias" )



domingo, 15 de julio de 2018

SITUACIÓN DE ROMA EN ÉPOCA DE TIBERIO GRACO




En lo que para mi no cabe duda es en que Tiberio no se habría visto en las adversidades que le sobrevinieron, si a sus operaciones de gobierno hubiera estado presente Escipión el Africano; pero ahora, cuando este se hallaba ya en España, ocupado en la guerra de Numancia, fue cuando se dedico a promover el establecimiento de nuevas leyes con la ocasión siguiente.


Los romanos, de todas las tierras que por la guerra ocuparon a los enemigos comarcanos, vendieron una parte, y declarando publica la otra, la arrendaron a los ciudadanos pobres y menesterosos por una moderada pensión, que debían pagar al Erario. Empezaron los ricos a subir las pensiones; y como fuesen dejando sin tierras a los pobres, se promulgo una ley que no permitía cultivar mas de quinientas yugadas de tierra. Por algún tiempo contuvo esta ley la codicia, y sirvió de amparo a los pobres para permanecer en sus arrendamientos y mantenerse en la suerte que cada uno tuvo desde el principio; pero mas adelante los vecinos ricos empezaron a hacer que bajo nombres supuestos se les traspasaran los arriendos, y aun después lo ejecutaron abiertamente por si mismos; con lo que, desposeídos los pobres, ni se prestaban de buena voluntad a servir en los ejércitos, ni cuidaban de la crianza de los hijos, y se estaba en riesgo de que toda Italia se quedara desierta de población libre y se llenara de calabozos de esclavos, como los de los bárbaros, porque con ellos labraban las tierras los ricos, excluidos los ciudadanos. Intento poner en esto algún remedio Cayo Lelio, el amigo de Escipión, pero encontró grande oposición en los poderosos; y porque, temiendo una sedición, desistió de su empresa, mereció el sobrenombre de sabio o prudente, que es lo que significa a un tiempo la voz sapiens. Mas nombrado Tiberio tribuno de la plebe, al punto tomo por su cuenta este negocio, incitado, según dicen los mas, por el orador Diofanes y el filosofo Blosio. Era Diofanes un desterrado de Mitilene, y Blosio de alli mismo, natural de Cumas, en Italia ; al cual, habiendo sido en Roma discípulo de Antipatro Tarsense, dedico a este sus tratados de filosofía. Algunos dan también algo de culpa a su madre Cornelia, que les echaba en cara muchas veces el que los romanos le decían siempre la suegra de Escipión, y nunca la madre de los Gracos. Mas otros dicen haber sido la causa un Espurio Poslumio, de la misma edad de Tiberio y que competía con el en las defensas de las causas : porque como al volver del ejercito lo encontrase muy adelantado en gloria y gozando de grande fama, quiso, a lo que parece, sobreponersele, haciéndose autor de una providencia arriesgada y que ponía a todos en gran expectación; pero su hermano Cayo dijo en un escrito que, al hacer Tiberio su viaje a España por la Toscana, viendo la despoblación del país, y que los labradores y pastores eran esclavos advenedizos y bárbaros, entonces concibió ya la primera idea de una providencia que fue para ellos el manantial de infinitos males. Tuvo también gran parte el pueblo mismo, acalorando y dando impulso a su ambición con excitarle por medio de carteles, que aparecían fijados en los pórticos, en las murallas y en los sepulcros, a que restituyera a los pobres las tierras del publico.

 

Mas no dicto por si solo la ley, sino que tomo consejo de los ciudadanos mas distinguidos en autoridad y en virtud, entre ellos de Craso el Pontífice máximo, de Mucio Escevola el Jurisconsulto, que era cónsul en aquel año, y de Apio Claudio, su suegro. Parece además que no pudo haberse escrito una ley mas benigna y humana contra semejante iniquidad y codicia; pues cuando parecía justo que los culpados pagaran la pena de la desobediencia, y sobre ella sufrieran la de perder las tierras que disfrutaban contra las leyes, solo disponía que, percibiendo el precio de lo mismo que injustamente poseían, dieran entrada a los ciudadanos indigentes. Aunque el remedio era tan suave, el pueblo se daba por contento, y pasaba por lo sucedido como para en adelante no se le agraviara; pero los ricos y acumuladores de posesiones, mirando por codicia con encono a la ley, y por ira y temor a su autor, trataban de seducir al pueblo, haciéndole creer que Tiberio quería introducir el repartimiento de tierras con la mira de mudar el gobierno y de trastornarlo todo. Mas nada consiguieron ; porque Tiberio, empleando su elocuencia en una causa la mas honesta y justa, siendo así que era capaz de exornar oirás menos recomendables, se mostró terrible e invicto cuando, rodeando el pueblo la tribuna, puesto en pie, dijo, hablando de los pobres: "Las fieras que discurren por los bosques de Italia tienen cada una sus guaridas y sus cuevas; los que pelean y mueren por Italia solo participan del aire y de la luz, y de ninguna otra cosa mas, sino que, sin techo y sin casas, andan errantes con sus hijos y sus mujeres; no dicen verdad sus caudillos cuando en las batallas exhortan a los soldados a combatir contra los enemigos por sus aras y sus sepulcros, porque de un gran numero de romanos ninguno tiene, ara, patria ni sepulcro de sus mayores; sino que por el regalo y la riqueza ajena pelean y mueren, y cuando se dice que son señores de toda la tierra, ni siquiera un terrón tienen propio".

 

Estas expresiones, nacidas de un animo elevado y de un sentimiento verdadero, corrieron por el pueblo, y lo entusiasmaron y movieron de manera que no se atrevió a chistar ninguno de los contrarios. Dejándose, pues, de contradecir, acudieron a Marco Octavio, uno de los tribunos de la plebe, joven grave y modesto en sus costumbres, y amigo intimo de Tiberio; "así es que al principio, por respeto a él, había cedido; pero, por fin, siendo rogado e instado de muchos y de los mas principales, como por fuerza se opuso a Tiberio y desecho la ley. Entre los tribunos prevalece el que se opone, porque nada hacen todos los demás con que uno solo repugne. Irritado con esto Tiberio, retiro aquella ley tan humana, y propuso otra más acepta a la muchedumbre y mas dura contra los transgresores, mandándoles ya dejar las tierras que poseían contra las anteriores leyes. Eran, por tanto, continuas las contiendas que tenia con Octavio en la tribuna; en las que, sin embargo de que se contradecían con el mayor ardor y empeño, se refiere no haber dicho uno contra otro expresión ninguna ofensiva ni haber prorrumpido en el calor de la ira en ninguna palabra que pudiera parecer menos decorosa; y es que, según parece, no solo en los banquetes, sino también en las contiendas y en las rencillas, el estar dotados de buena índole y haber sido educados con esmero sirve siempre de freno y ornamento a la razón. Y aun habiendo advertido que Octavio era uno de los transgresores de la ley, por estar en posesión de muchas tierras del publico, le rogaba Tiberio que desistiera del empeño, prometiendo pagarle el precio de ellas de su propio caudal, a pesar de que no era de los mas floridos. No habiendo Octavio escuchado la proposición, mando por un edicto que cesaran todas las demás magistraturas en sus funciones hasta que se votara la ley", y puso sellos en el templo de Saturno para que los cuestores ni introdujeran ni extrajeran nada, publicando penas contra los pretores que contraviniesen; de manera que todos concibieron miedo, y dieron, de mano a sus respectivos negocios. Desde aquel punto los poseedores de tierras mudaron de vestiduras, y en actitud abatida y miserable se presentaron en la plaza; pero ocultamente armaban asechanzas a Tiberio, y aun habían llegado a tener pagados asesinos; tanto, que él, a ciencia de todos, llevaba siempre en la cinta un puñal de los usados por los piratas, al que llaman dolon.


( Plutarco )