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sábado, 31 de diciembre de 2022

PIRRÓN DE ELIS, EL PRIMER FILÓSOFO ESCÉPTICO

Pirrón de Elis (Πύρρων ῾Ηλείος, Elis, ca. 360 - ca. 270 a. C.) fue un filósofo griego de la Antigüedad clásica, a quien se considera el primer filósofo escéptico, e igualmente la inspiración de la escuela conocida como pirronismo fundada por Enesidemo en el siglo I a. C. Era natural de Elis –ciudad provincial al noroeste del Peloponeso, Grecia–. Hizo de la duda el problema central de toda su filosofía.
 
El único testimonio escrito de la obra pirrónica es una oda laudatoria dedicada a Alejandro Magno. El legado de su doctrina filosófica, recogido por su discípulo Timón el Silógrafo nos ha llegado principalmente a través de Sexto Empírico. Según su testimonio, Pirrón era tan radical en su postura que negaba que se pudiera llegar a los primeros principios de la deducción aristotélica (aunque no era tan radical como Antístenes, que renunció a toda clase de filosofía).
 
No se sabe por qué motivos la Edad Media escolástica fue tan hostil hacia la filosofía pirroniana, pero como consecuencia de ello se destruyeron gran parte de los contenidos escépticos. Por conjetura inverosímil se puede deducir que al no estar Pirrón con el principio del silogismo (si A es B y B es C, entonces A es C), los escolásticos medievales no lo aceptarían.
 
Tuvo gran ayuda de su discípulo Diónidas, que junto con sus compañeros esceptistas Pargus y Lopecio contribuyeron a la difusión de sus enseñanzas.
 
Su frase celebre: "Suspende el juicio"



domingo, 12 de abril de 2020

PASIÓN DE ATENAS



Pasión (griego antiguo Πασίων, Pasíôn) fue un célebre banquero ateniense de la época clásica (hacia 430-370 a. C.).  Su trayectoria y la de su familia son características de una ascensión social exitosa, desde el estatus de esclavo al de ciudadano y liturgo. Las fuentes disponibles, esencialmente judiciales, diseñan el retrato de un personaje talentoso mezclado en negocios complejos al límite de la legalidad.

Hay poca información disponible sobre la juventud de Pasión, incluyendo su origen, que permanece desconocido. Jeremy Trevett ha emitido la hipótesis de un origen fenicio:​ tiene un nombre griego, pero ello no significa necesariamente que lo fuera, ya que los esclavos de origen bárbaro podían ser denominados con otro nombre por su propietario. La obscuridad de su carrera inicial está unida al hecho de que Pasión desarrolló primero su talento en el manejo de dinero como esclavo de los más antiguos trapezitas conocidos de Atenas, sus amos Antístenes y Arquéstrato, probablemente en los últimos años del siglo V a. C.



Como muy tarde en 395 a. C.,​ estos últimos, «en quien él había inspirado confianza por su integridad y honestidad»,​ le transmitieron su negocio, después de haberle manumitido en fecha desconocida. Fue entonces, como meteco, cuando Pasión volvió a comprar el establecimiento bancario de sus antiguos dueños,​ quizás después de haberlo alquilado algunos años,​ y sin ser, en cualquier caso, el propietario de los edificios dado que los metecos no podían ser propietarios hipotecarios en Atenas.


En una fecha desconocida, pero antes del 395 a. C., Pasión se había casado con Arquipa, sin duda hija de un meteco, con la que tuvo dos hijos, Apolodoro (nacido en 394 a. C.) y Pasicles (nacido en 380 a. C.)​ Arquipa era probablemente muy joven cuando se casó con Pasión, puesto que su primer hijo Apolodoro nació en el año 394 a. C., y aún tuvo dos hijos después de su segundo matrimonio, con Formión, en 368 a. C.


Pasión desarrolló relaciones de negocios con los medios mercantiles de Atenas y de El Pireo (los locales del banco estaban situados en el puerto:​ en 377 a. C., el padre de Demóstenes disponía de un depósito de 2400 dracmas en el banco de Pasión).​ Sin embargo, no practicaba más que el crédito comercial (préstamo a la gruesa ventura): los negociantes (emporoi) clientes de Pasión, como Licón de Heraclea por ejemplo,​ se contentaban con solicitar operaciones de cambio y de depósito.​ Pasión podía acordar a cambio darles préstamos personales, como lo hizo con los grandes personajes de Atenas, aunque estos descuidaban liquidar sus créditos: fue el caso, por ejemplo, del estratego Timoteo, lo que obligó al hijo de Pasión, Apolodoro, a intentar un proceso contra él. En este último caso, el hecho de que Apolodoro no reclamara intereses, y que el préstamo hubiera sido establecido por Pasión «sin fianzas ni testigos»,​ parece indicar que este último «lo hizo, no sólo por amistad, sino también porque tenía la esperanza de obtener algunas ventajas a través de la influencia del general».​


Pasión no se contentó con invertir en la actividad bancaria, y poseía también una fábrica de escudos, lo que le permitió hacer una donación de 1000 escudos a la ciudad (lo que representaba un valor total de la mercancía de 3 talentos y 2000 dracmas).​ La generosidad de Pasión con Atenas es subrayada por los oradores áticos: «no era un hombre que quisiera apropiarse de los bienes del Estado; era más bien pródigo en obedecer las órdenes de la ciudad».​ Sus vínculos con los dirigentes atenienses le permitieron obtener la ciudadanía ateniense «por los servicios rendidos a la ciudad»,​ probablemente en 376 a. C.,​ algunos años antes de su muerte.


Mientras tanto fue un ciudadano ejemplar, participando en numerosas liturgias, equipando sobre todo cinco trirremes (a razón de alrededor de un talento por cada uno​ en el marco de la trierarquía​) en una época en la que la ciudad emprendió el reforzamiento de su poder naval unido al desarrollo de la Segunda Liga ateniense. Por otra parte, sabiendo que en Atenas únicamente los ciudadanos podían poseer un patrimonio hipotecario o construido, aprovechó su nuevo estatus jurídico para adquirir un número espectacular de bienes inmobiliarios en poco tiempo, si se juzga por los 20 talentos de bienes raíces que disponía a su muerte;​ entre sus posesiones destacaron sobre todo dos inmuebles, dos edificios de renta y su casa de El Pireo.


Los alegatos civiles redactados por Demóstenes constituyen la principal fuente sobre Pasión.El gran éxito de Pasión se explica por un contexto favorable: en el primer cuarto del siglo IV a. C. la economía ateniense era globalmente frágil, pero el elevado nivel de las tasas de interés en esta época, y la extensión de la especulación y del crédito,​ sustentaban el desarrollo de la actividad bancaria. Por otra parte, si esta última era particularmente arriesgada —se conocen numerosas quiebras de bancos que no disponían de suficientes fondos de rotación y enfrentados a los reintegros masivos de sus clientes, por ejemplo en 371 a. C. como resultado de la victoria de Tebas sobre Esparta en Leuctra—,​ los gastos fijos (personal y construcción) eran poco importantes y el cambio, una de las principales actividades de los bancos, constituía una fuente segura e importante de provecho.


Sobre todo, Pasión era reconocido en Atenas por su competencia y su probidad, aunque fuera implicado en numerosos procesos. La gran confianza que inspiraba a sus clientes era esencial en la medida en que, si hay que creer a Demóstenes, «en el mundo del comercio y de la banca, la reputación de un hombre trabajador unida a la honestidad es de un valor incomparable: en los negocios, el crédito es el mejor de los capitales».​


Pasión, con la ayuda de los esclavos que había adquirido por su gran competencia, desarrolló así su establecimiento hasta absorber más de 80 talentos,​ de depósitos, de los cuales al menos el 30% (24 talentos) no estaban invertidos y constituían la caja capital de trabajo de la banca. ​ Cerca de la mitad de esos 80 talentos le pertenecían en propiedad.​ De hecho, a condición de ser hábil, el banco constituía en esta época uno de los mejores medios para constituir rápidamente una importante fortuna susceptible de abrir interesantes perspectivas: entre los metecos en beneficiarse con la concesión de la ciudadanía figuran numerosos banqueros.​


Las actividades de Pasión le aseguraron así de media un ingreso anual de cinco talentos durante la veintena de años que pasó al frente de su banco, e incluso once talentos los mejores años.​ Acumuló así una fortuna considerable, sin duda la más importante de esta época en Atenas: poco antes de su muerte poseía, ​ además de sus bienes mobiliarios y los de su mujer, 20 talentos en bienes inmobiliarios y más de 39 talentos en créditos, así como su fábrica de escudos, valorada en 10 talentos, con un centenar de esclavos. Raymond Bogaert estima el conjunto de los bienes de Pasión en 74 talentos en el momento en el que se retiró de los negocios en el año 371 a. C.,​ a los cuales puede añadirse el valor comercial de su banco, difícil de estimar, pero particularmente elevado si se juzga por el alquiler muy elevado pagado por Formión para explotarlo.​


Gracias a que los sucesores de Pasión (sobre todo su esclavo manumitido Formión y su hijo Apolodoro) insistieron en su honestidad y a que el éxito de sus negocios parece confirmar la confianza que inspiraba a sus clientes, se sabe de sus prácticas profesionales cuando se situaron al margen de la legalidad, lo que se explica por las fuentes sobre las que se apoyan los historiadores, esencialmente los alegatos civiles de los oradores áticos.


Es el caso especialmente de un discurso de Isócrates pronunciado al principio de la carrera de Pasión, entre 393 y 391 a. C., el Trapezítico. Según éste, el hijo de Sopeo, un allegado del rey del Bósforo cimerio, Sátiro, se encontraba (probablemente hacia 395/393 a. C.) en Atenas provisto de una fuerte suma de dinero perteneciente a su padre cuando éste, en plena desgracia y acusado de traición,​ fue encarcelado por Sátiro. El rey, temiendo que el hijo estuviera confabulado con su padre para conspirar contra su poder, exigió que regresara y que el conjunto de sus bienes fuera embargado. Con los consejos de Pasión, el hijo de Sopeo decidió «obedecer las órdenes de Sátiro, de entregarle todos sus bienes visibles valores inmobiliarios, pero cuando las sumas fueron depositadas a Pasión, no solamente negó su existencia, sino que se declaró deudor con él y con otros de sumas con intereses; en una palabra, emplear todos los medios que podían para convencer mejor a los agentes de Sátiro de que a él no le quedaba dinero».​


Convencidos estos últimos, el hijo de Sopeo quiso recuperar su dinero, pero Pasión negó que existiese dicho depósito, apoyándose en la múltiples declaraciones anteriores de su cliente que pretendían convencer a los enviados del rey del Bósforo de que era insolvente, y asegurarse de que no reconsiderase sus declaraciones en tanto que su padre estaría en una posición delicada respecto a Sátiro. Sin embargo, algún tiempo después, Sopeo fue liberado y volvió a tener el favor del rey Sátiro. Desde entonces su hijo tomó medidas para recuperar los siete talentos que le había sustraído Pasión. Este último, temiendo que su esclavo Kito revelara la malversación bajo tortura,​ eligió el contraataque: hizo desaparecer a Kito y acusó a su antiguo cliente de haberle robado seis talentos, con la complicidad de su prostatès Menexeno,​ sobornando a Kito, después de haber hecho suprimir este molesto testigo. Algún tiempo después, Menexeno descubrió que Kito trabajó siempre para su amo.



Desde entonces, Pasión no cesó de tergiversar, pretendiendo, para sustraer a Kito a la tortura, que le había manumitido (un hombre libre no podía ser torturado). Aceptó a continuación que fuera sometido a tortura pero cambió de opinión en el último momento. Después se volvió conciliador y propuso a su adversario un encuentro en un santuario. Llegado «a la Acrópolis, se cubrió para esconder su emoción, vertió lágrimas, dijo que sus problemas le habían forzado a negar su deuda, y que se esforzaría para devolver el dinero en el plazo más breve; suplicó a su adversario que le perdonara y le ayudara a esconder su desgracia, temiendo que se viera, recibiendo los depósitos, que había sido culpable de tal abuso de confianza».​ Redactó un contrato, cuando accedió a entregarse en secreto en el reino del Bósforo para pagar la cantidad debida, a fin de no perjudicar su reputación en Atenas. El contrato fue confiado a un tercero, con el encargo de destruirlo si Pasión lo ejecutaba o remitirlo a Sátiro en caso contrario. Pero poco después Pasión, logrando sobornar a los esclavos del depositario del contrato para falsificar el contenido, se negó a proceder según lo planeado con Sátiro y exigió que el contrato fuera abierto ante un testigo: en él estaba escrito que el hijo de Sopeo abandonaba la persecución de Pasión.


El juicio en el que el discurso fue pronunciado por Isócrates parece haber dado lugar a la absolución de Pasión, si se le juzgaba por su brillante carrera de banquero y por la falta de presentación de pruebas o el testimonio determinante del acusador. Sin embargo, la culpa de Pasión parece ser indudable, aunque algunos historiadores han dejado abierta esta posibilidad.​ Como subraya Raymond Bogaert, «la tentación era demasiado grande: el depósito comportaba varios talentos, la víctima era un extranjero, sin experiencia en el derecho ático; había declarado tener deudas con el banco».​


Antes de su muerte, probablemente en 371 a. C.,​ debilitado por la enfermedad (poco a poco se fue quedando ciego),​ Pasión dejó la gestión de sus negocios a su antiguo esclavo Formión, manumitido y en el que tenía plena confianza. Este último, a cambio, debía pagar, hasta que Pasicles fuera mayor de edad, un alquiler considerable a los dos hijos de Pasión, del orden de 100 minas por el banco y 60 minas por la fábrica de escudos. Además, Formión se comprometió a no abrir su propio banco, por miedo a no absorber con este establecimiento la clientela del banco de Pasión.​


A pesar de esta precaución, Pasión mostró su confianza y su amistad con su antiguo esclavo, dándole en testamento a su viuda Arquipa en matrimonio,​ (efectivo en 368 a. C.), así como una dote de cinco talentos.​ En el mismo documento, designaba a Formión (conjuntamente con un tal Nicocles) como tutor de su hijo menor, Pasicles.


El patrimonio de Pasión fue repartido en tres fases. La primera, a su muerte «bajo el arcontado de Disniqueto»​ (370/369 a. C.), en el curso del cual Apolodoro, el hijo mayor, recibió diversos bienes inmobiliarios (un dominio en el campo, una casa en la ciudad) y mobiliarios (copas y coronas de oro).​ Lo esencial debía permanecer teóricamente indiviso hasta la mayoría de edad de Pasicles, pero en 368 a. C. «ante la dilapidación de Apolodoro, que pensó que para sus gastos sólo tenía que acudir al fondo común, los tutores [sobre todo Formión] se reunieron en consejo; [...] viendo que la herencia iba a reducirse a nada, decidieron, en interés del menor, un reparto inmediato de toda ella, salvo los bienes que Formión había recibido en alquiler [el banco y la fábrica de escudos], y la mitad de la renta se atribuyó a Apolodoro».​ Una vez Pasicles alcanzó la mayoría de edad, en 364/363 a. C., se procedió a un tercero y último reparto: Apolodoro escogió la fábrica de escudos y dejó el banco, más lucrativo pero menos seguro, a su hermano.


Para cada una de las dos empresas se puso fin al arrendamiento de Formión, quien pudo abrir un nuevo banco a su nombre. Sin embargo, los dos hermanos prefirieron vivir como rentistas y hacer política,​ en vez de asumir la dirección de sus establecimientos respectivos, por lo que los alquilaron por un periodo de diez años a cuatro socios: Jenón, Eufreo, Eufrón y Calístrato.​ En esta época, estos cuatro personajes eran esclavos de Pasicles y de Apolodoro, lo que no fue aparentemente un obstáculo para el establecimiento de un contrato en su nombre con sus amos.​ Se trataba probablemente de antiguos empleados del banco de Pasión.​ Manumitidos algún tiempo después «en recompensa a sus servicios»,​ entregaron el banco a Pasicles al término del contrato de arrendamiento en 354/353 a. C., sin que se tenga constancia de si este último asumió la dirección o lo alquiló de nuevo por cien minas por año. Se sabe, sin embargo, gracias a un fragmento de Hipérides, que en 340 a. C. Pasicles y Formión se encontraban entre los 300 atenienses más ricos, en concreto entre los obligados a la trierarquía.


viernes, 3 de abril de 2020

ARISTIPO DE CIRENE



Aristipo (435 a. C. - 350 a. C.) fue un filósofo griego fundador de la escuela cirenaica que identificaba el bien con el placer.

 


Nació en la ciudad africana de Cirene en 435 a. C. Cuando fue a presenciar los juegos olímpicos fue traído por la fama de Sócrates, lo buscó y se hizo su discípulo. Estuvo con el maestro hasta su ejecución, volvió a su patria, donde en sus últimos años enseñó filosofía para mantenerse. Fue el fundador de la escuela cirenaica, propugnadora del hedonismo "cirenaico".

 

Tuvo una hija filósofa llamada Areta, que fue sucesora de la escuela.​

 

Sus ideas, algo semejantes en el punto de partida con las socráticas, divergen de ellas notablemente en el fondo. Partiendo del dicho de Protágoras de que «el hombre es la medida de todas las cosas», empezó por despreciar la dialéctica y dar importancia solo a la ciencia positiva. Defendió el nominalismo y el sensismo, al igual que Antístenes, pero diferenciándose radicalmente de él por su ética. La felicidad para Aristipo consiste en el placer; a mayor placer, mayor felicidad; y, como el placer más intenso es el sensible, este es el que hay que perseguir. Dentro del placer sensible solo interesa el placer presente (parón páthos), sin que tengamos que preocuparnos por el futuro, ya que este es incierto. La σωφροσύνη (sofrosine), la prudencia, es la que guía en la búsqueda del placer, para saber elegir el más adecuado; pero el hombre no debe ser dominado por el placer, sino dominarlo (en lo que hay una cierta atemperación del hedonismo) (Diógenes Laercio, XI, 65104).

 

Desea que el hombre sea siempre superior a sus instintos básicos y así su placer se combinaba con una relativa libertad de espíritu. Tal superioridad la produce la cultura de la inteligencia. En ese punto se aproximaba a Sócrates, que consideraba también la ciencia como condición indispensable para la humana felicidad. Pero Arístipo reducía toda la ciencia y sus ventajas al dominio del sentimiento individual. La virtud, por tanto, no era para él más que la moderación en la fruición, pero moderación interesada, para que no se agote la fuente del placer.

 

Con la inteligencia cultivada distinguía los placeres sensuales de los intelectuales, los puros de los que llevan mezcla, los egoístas de los desinteresados. Aristipo es el primero de la serie de filósofos hedonistas, cuyo pensamiento prosiguen en cierto modo Epicuro, Hobbes, Locke, Hume, Bentham, Stuart Milll y Spencer. Éstos aceptan el placer como el bien, pero a diferencia de Aristipo, los placeres intelectuales son preferibles a los del cuerpo.​

 

Según Diógenes Laercio, escribió multitud de obras, muchas de carácter frívolo y ajenas al campo de la filosofía. Ninguna de ellas subsiste. Se conservan cuatro Cartas bajo su nombre, evidentemente apócrifas.


lunes, 24 de febrero de 2020

ANTÍSTENES DICE SOBRE LAS MUJERES



Si eliges mujer muy hermosa no la disfrutarás solo; si la eliges muy fea, te fastidiará muy pronto. Te conviene pues, elegirla ni muy fea ni muy hermosa.



 





lunes, 16 de diciembre de 2019

SÓCRATES EL HIJO DE LA COMADRONA, ALIAS "EL TÁBANO"



"Doy gracias a  Dios  —escribió  Platón—  por  haber nacido griego y no bárbaro, hombre y no mujer, libre y no esclavo. Pero sobre todo le agradezco el haber nacido en el siglo de Sócrates."

 

Sócrates es ante todo  uno  de  los  rarísimos  casos de modestia premiada. Premiada no por los contemporáneos, que, al contrario, le condenaron a muerte, sino por la posteridad, que ha reconocido la inmortalidad de las obras que  él  no  escribió  porque  fueron sus discípulos los que se tomaron ese trabajo. Los había, en torno suyo, de todas  las  edades,  condiciones e ideas: desde el aristocrático y turbulento Alcibíades hasta el noble y compuesto Platón; desde Critias el  reaccionario  hasta  Antístenes  el  socialista, y por fin hasta Arístipo el anarquista. Cada  uno de ellos vio y describió el maestro a su manera. Y Diógenes Laercio cuenta que, cuando leyó la  semblanza que de él había escrito Platón, Sócrates exclamó: «¡Caramba, cuántas mentiras ha contado  sobre  mí  ese jovenzuelo»

 

Lo  creemos,  en  primer  lugar  porque  nadie   —ni el mismo Sócrates, que, sin embargo, fue el hombre que con más  encarnizamiento  lo  intentó—  logra  verse a sí mismo, o por lo menos verse como los demás le ven; y, luego, porque cada retratista atribuye a su personaje no sólo lo que  ha  dicho  y  ha  hecho sino también todo lo que hubiese podido  decir y  hacer, en coherencia consigo mismo. Breno, no pronunció seguramente la frase:  Vae victis! entre otras razones porque no sabía latín.  Mas  aquella frase,  en su boca, queda bien y le caracteriza. Las buenas biografías están construidas todas  con  anécdotas  falsas en su mayor parte. Lo importante es que de  tales frases se deduzca un carácter verdadero.

 

Sócrates, que miraba mucho dentro de sí, pero hablaba poco de ello, se definió como un «tábano». Y lo fue,  en  un  sentido  nobilísimo,  pues  con  su   manía de escrutar  en  el  fondo  de  las  almas  y  de  las  cosas no dio paz a nadie, como se dice hoy.  Su progeni-tor había sido un modesto escultor, acaso poco  más que   un   picapedrero,   por  bien   que   después    se  le han atribuido,  no  sabemos  con  qué  fundamento, las tres  Gracias  que  se  elevan  junto  la  entrada del Partenón. Aun cuando el hijo continuase a ratos perdidos el oficio, volviendo de vez en cuando a modelar el mármol  o  la  piedra, sentíase más próximo a  la madre, que había sido comadrona. «Pues —decía medio en broma, medio en  serio—  también  yo  ayudo a parir a los demás: no hijos, sino ideas.»

 

Ésta era de hecho su verdadera vocación y fue su única actividad durante toda su vida. Nos es fácil suponer que sus progenitores no estuvieron entusiasmados con ello. Debieron confundir la repugnancia de aquel chico para con la escuela y el trabajo y su inagotable pasión de dar vueltas por la plaza  las calles escuchando lo que la gente decía, interrogándola, aguijoneándola, con una forma de holgazanería que no prometía nada bueno. Y, ciertamente, no era éste el mejor medio de labrarse una posición.

 

Pero el hecho es que Sócrates no se  inclinaba  por una posición. No era rico, pero tampoco pobre  del todo, pues a la muerte del padre heredó de éste la casa  y setenta minas, algo así como cuatro  millones  de liras, que confió a su amigo Critón para que, las invir- tiese. Contaba vivir de la renta porque tenía escasas necesidades. Aristóseno de  Tarento  cuenta  haber oído decir a su padre, que le conoció  personalmente, que  Sócrates  era un  ignorante   borrachín  cargado de deudas y dado a los vicios. Efectivamente, la sola educación que había cuidado había sido la militar y deportiva. Llamado a las armas cuando la guerra del Peloponeso, se había mostrado buen soldado, resistente, disciplinado y valeroso. En la batalla  de  Potidea, fue él quien salvó la vida a Alcibíades, mas no lo dijo para no comprometer la medalla al valor que  había sido concedida a su joven amigo. Y  en  Delio,  contra los espartanos, que además eran soldados  no  fáciles  de domeñar, fue el último de  los  atenienses  que  cedió terreno. Debía de tener pasta de grognard y de alpino. hasta  el  busto  que  le  representa,  que  se halla en el museo de las Termas en Roma, nos sugiere la misma impresión.

 

No era ciertamente guapo, al menos en el sentido griego de la palabra. La gruesa  larga  nariz,  los labios carnosos, la frente pesada, la mandíbula  maciza nos hacen pensar en ascendencias campesinas. Alcibíades, el descarado, le decía riendo: «No puedes negar, Sócrates, que tu facha semeja  la  de  un  sátiro.» «Llevas razón, y además tengo también la panza. Tendré que ponerme a danzar para reducir sus proporciones.»

 

Es muy posible que el padre de Aristóseno hubiese inducido la gandulería de Sócrates de su aspecto chabacano y del desaliño de su persona. Iba siempre vestido, en invierno como en verano, con el mismo quitón manchado y remendado. Empinaba el codo a menudo y gustosamente. Y Xantipa, su mujer,  decía que no se lavaba.

 

Esta Xantipa ha pasado luego a la  posteridad  como la personificación de la esposa quejicosa y murmuradora,  exigente  y  asfixiante.  Y  es  natural   que  así sea, pues la biografía, es más, las biografías de crates las escribieron sus amigos y discípulos que la detestaban, y a quienes ella detestaba porque se le llevaban al marido. Efectivamente, Sócrates no se preocupaba mucho de  la  familia.  No  entregaba  un real porque no lo ganaba, y estaba  ausente  de  casa días y noches. La pobre mujer llegó a tal extremo de exasperación, que presentó  una  denuncia  contra  él por negligencia en sus deberes y le arrastró ante el tribunal. Sócrates, en vez  de  defenderse  a  sí  mismo, la defendió a ella. Y no sólo delante de los jueces, sino también delante de sus indignados discípulos.  Dijo  que, como esposa, tenía perfecta razón, y que era una buena mujer, que hubiera merecido un marido mejor que él. Pero, una vez absuelto, reanudó  sus  bitos extradomésticos y no siempre inocentes del todo.

 
Pues no se limitaba frecuentar  el  salón  intelectual de Aspasia, sino también la  casa  de  Teodataque era la más célebre prostituta de Atenas. Todos le apreciaban porque siempre estaba de buen humor, no se ofendía por nada, y decía las cosas más abstrusas con las palabras más sencillas. Tenderos y comerciantes le saludaban familiarmente cuando pasaba por la calle, seguido por el cortejo de sus discípulos. Se paraba ante los escaparates y decía, maravillado:  «¡Fíjate  cuántas   cosas  necesita  hoy día la Humanidad!» Hasta en las casas más empingorotadas donde le invitaban a comer, estaban habituados a sus pies  descalzos, pues  entre las cosas que  él no necesitaba figuraban también los zapatos.

 

No se sabe qué  escuelas  había  frecuentado:  tal  vez ninguna. Y si se llegase a descubrir que ni  siquiera aprendió a leer,  no  me  asombraría.  Puesto que, siendo de naturaleza sedentaria, no  había siquiera viajado, su  cultura debió de ser exclusivamente el fruto de meditaciones y de conversaciones con los intelectuales de su tiempo. Platón ha descrito sus encuentros con Hipias, con  Parménides, con  Protágoras y con muchos otros filósofos de aquella época. Probablemente no tuvieron jamás lugar. Parece ser que, personalmente, Sócrates solamente conoció  a  Zenón, en cuya dialéctica se apoyó algo. En cuanto a Anaxágoras, que con seguridad le influyó, tuvo contactos indirectos con él a través de  Arquelao de Mileto,  que fue discípulo de Anaxágoras y maestro de Sócrates.

 

Por lo demás, el método que Sócrates siguió excluye la consulta libresca. Él se había propuesto dos problemas fundamentales que ninguna biblioteca ayuda a resolver; ¿Qué es el bien?. ¿Y cuál es el régimen  político más adecuado para alcanzarlo?. La fascinación de su enseñanza consistía en esto:  que,  en  vez  de subir  la  cátedra   para   comunicar  los   demás sus ideas, declaraba no  tenerlas y rogaba todos que le  ayudasen  buscarlas.  «Yo  -decía-  me   considero el más sabio de  los  hombres  porque  sé  que  no sé nada.».


 Y de esta premisa, que era a  la  par  modesta e inmodesta, partía todos los días  a  la  conquista de alguna verdad,  haciendo  preguntas  en  vez de dar respuestas. Escuchaba pacientemente  las  de sus  alumnos  y  luego  comenzaba  a  poner objeciones: «Tú, Critón, que  hablas  de  virtud,  ¿qué  entiendes por  esta  palabra?»  Sócrates  no  se  cansaba  nunca de exigir conceptos precisos, formulaciones claras. «¿Qué es esto?»,  era  su  pregunta  preferida,  se  hablase  de lo que fuere.  cada  definición  la  pasaba  por  la criba de su ironía para mostrar  su falacia  que  no era adecuada. Era propiamente un incorregible «tábano», nacido para sacudir todas las certidumbres de sus auditores que  menudo  montaban  en  cólera  y  se le rebelaban. «¡Por los dioses!  —gritaba Hipias—. Es  muy  fácil  ironizar  sobre  las  respuestas  ajenas sin dar las propias. ¡Yo me niego a decirte lo que entiendo por justicia, si no me dices antes qué entiendes tú!». 


Aristófanes, más tarde, satirizó en una comedia "Las nubes", lo que él llamaba «la tienda del pensamiento», donde, según él,  se  aprendía  tan  sólo el arte de  la  paradoja,  presentando  un  discípulo  de Sócrates que  pega  a  su  padre  después  sostiene la legitimidad de su  acto  diciendo  que  lo  ha  realizado para pagar la deuda contraída cuando su padre le había pegado a él. «Deudas son deudas. Hay que devolver todo lo que se ha recibido.»

 

Platón cuenta que Sócrates resolvió, un día, invertir los papeles y ser él quien respondiera, en vez de interrogar. Mas luego  desistió, diciendo: «Tenéis  razón al acusarme de suscitar dudas en vez de ofrecer certezas. Pero, ¿qué queréis hacerle?. Soy hijo de una comadrona: habituado a hacer parir, no a procrear.». Contaremos más adelante cómo y por qué le condenaron a muerte. Dícese que, en  parte, el responsable fue Aristófanes por aquella comedia satírica suya. Nos parece difícil porque la condena fue dictada veinticuatro años después de la  primera  representación. Sin embargo, los motivos aducidos en el veredicto fueron los que habían inspirado la comedia a Aristófanes. Sócrates, para  inventar  la  Filosofía, de  la cual ha sido el verdadero padre, tuvo necesidad de afirmar el derecho a la duda, o sea  de  sacudir toda clase de fe. No creemos en absoluto que hubiese tenido como finalidad únicamente o, sobre todo, la democracia. 


Creemos que también sometió  la  democracia a la crítica que le era  habitual.  De  su  «tienda» salió de todo: un idealista como Platón, un  lógico como Aristóteles, un escéptico como Euclides, un epicúreo anticipado como Arístipo, un aventurero de la política como Alcibíades, y hasta  un  general y profesor de historia como Jenofonte. Es natural que en un laboratorio tan vasto se hubieran producido venenos contra el régimen democrático  que  hizo  posible su creación y su funcionamiento.

 

Sócrates, reconociendo en trance de morir que la democracia tenía razón al darle muerte, pronunció un acto de fe democrático. Mas por ahora dejémosle vivir, pasear y hablar por las  calles  y  en la plaza  de  su Atenas.