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jueves, 26 de abril de 2018

OFELAS



(griego antiguo ̓Οφέλλας,) fue un macedonio gobernante de Cirene del 322 al 308 a. C.
 
Nativo de Pella (Reino de Macedonia), fue uno de los trierarcas de la flota del Indo de Alejandro Magno en el año 327 a. C. Después la muerte del rey macedonio, fue seguidor de Ptolomeo, quien le envió en 322 a. C., al mando de un ejército para tomar partido en la guerra civil que había estallado en Cirenaica. Derrotó al espartano Tibrón y su ejército de mercenarios griegos, libios y cartagineses, que había puesto sitio a Cirene, fue derrotado por el ejército de Ofelas.​ El macedonio estableció la soberanía del Egipto ptolemaico en Cirenaica. Poco después estallaron nuevos disturbios y Ptolomeo se anexionó completamente Cirene.
 
Las actuaciones subsiguientes de Ofelas están envueltas en gran oscuridad. Parece cierto que Ptolomeo le puso al frente del gobierno de Cirene, mandato que probablemente continuó manteniendo en nombre de Ptolomeo hasta aproximadamente 313 a. C., año en que los cireneos se rebelaron, pero no es mencionado por Diodoro Sículo (XVIII.79) en el relato de dicha revuelta. Epeneto, almirante de Ptolomeo y el general Agis lograron sofocar la revuelta en 312 a. C.​ Sin embargo, no podría haber sido mucho tiempo después cuando se valió de la desafección continuada de los cireneos hacia Egipto para asumir el gobierno de Cirene como un estado independiente. Las continuas guerras en las que Ptolomeo estaba ocupado contra Antígono I Monóftalmos, y las características naturales inherentes de Cirene, que hacían difícil el asedio, le protegieron de eventuales invasiones. Parece que mantuvo su posesión indiscutible durante unos cinco años. Durante este tiempo reclutó tropas mercenarias, principalmente atenienses.
 
En 313 a. C., cuando se enteró de la llegada de las tropas de Agatocles de Siracusa a África, decidió unir fuerzas con él a través de embajadores y reunió una fuerza mercenaria para ayudarle contra los cartagineses. Acordaron que las conquistas de los sicilianos en África serían cedidas a Ofelas. Según Diodoro «Ofelas se había casado con Eurídice, hija de Milcíades, que fue llamado así por el jefe de los vencedores de Maratón [490 a. C.] Debido a este vínculo matrimonial y a otros signos de favor hacia la ciudad [Atenas], muchísimos atenienses se alistaron con empeño en la expedición, y entre los demás griegos, no pocos se apresuraron a tomar parte en la empresa, esperando participar en las asignaciones de tierra en la parte más rica de Libia [es decir, el norte de África] y saquear la riqueza de Cartago».
 
En caso de victoria, Ptolomeo recuperaría el territorio de Cartago en África y fundaría allí una colonia, y Agatocles tomaría posesión de Sicilia entera.
 
Ofelas se puso al frente del ejército y en una marcha de dos meses llegó a territorio cartaginés, acampó cerca de los sicilianos y fue acogido por su nuevo aliado con grandes muestras de amistad y le colmó de atenciones. Ofelas incluos adoptó a Heraclides, hijo de Agatocles.​Mientras que una gran parte de las tropas de Ofelas estaban reavituallándose y no estaban presentes su guardia, fue vencido y matado en una escaramuza por Agatocles, quien quería el mando para él solo.​ No es improbable que Ofelas hubiera tramado un plan similar y que el tirano siracusano hubiera respondido el primero.​ Sus fuerzas, sin líder, se pusieron al servicio de Agatocles.​ Cirene fue ocupada poco después por las tropas de Ptolomeo bajo el mando de su yerno Magas.
 
Polieno ofrece otra versión sobre las circunstancias de la muerte de Ofelas:

Agatocles, enterado de que Ofelas era pederasta, le envió como rehén a su propio hijo Heraclides, que estaba en la flor de la vida, con el encargo de resistir a sus intentos durante unos cuantos días. Llegado el muchacho, el cireneo, vencido por su juventud, le rodeaba de atenciones y sólo se preocupaba de su cuidado. Agatocles, llegando de pronto con los siracusanos, mató a Ofelas, se apoderó de toda su fuerza y recuperó a su hijo sin que sufriera ultraje alguno.

martes, 7 de noviembre de 2017

PRIMERA GUERRA PÚNICA DE ROMA CONTRA CARTAGO




El pacto estipulado con Cartago en 508 antes de Jesucristo, cuando se encontraban presos entre la revolución, en el interior, y la guerra con etruscos, latinos y sabinos en el exterior, comprometía a los romanos a no avanzar nunca sus naves, por ninguna razón, más allá del estrecho de Sicilia y a no desembarcar en Cerdeña y en Córcega más que en caso de «fuerza mayor», es decir, para abastecerse o para efectuar alguna reparación en los astilleros.



Eran, ciertamente, limitaciones graves, pero Roma no había sufrido mucho por ellas pues su nota, que apenas podía llamarse tal, estaba totalmente en manos de los armadores etruscos, que, con la constitución de la República, habían perdido dinero e influencia política. En el mar, del que los senadores latinos sabinos, todos «rurales», se les daba un ardite y no comprendían nada, Roma contaba bien poco en aquel tiempo y, por tanto, había renunciado á lo que no tenía. Tal vez incluso ignoraba los grandes cambios que precisamente en aquellos años se habían producido en el llamado «equilibrio de las potencias navales» del Mediterráneo. Veámoslo a grandes rasgos. En la cuenca oriental, al este del estrecho de Sicilia, se había sostenido, durante siglos, una guerra entre las flotas fenicia y griega que ahora se estaba resolviendo a favor de la segunda. Primero el Egeo y después el Jónico habían caído en manos helénicas, de lo cual Italia se dio cuenta cuando los vencedores, cada vez en mayor número, comenzaron a desembarcar en las costas meridionales y sicilianas, donde fundaron colonias que más tarde se convirtieron en un verdadero imperio; la Magna Grecia, Catania, Siracusa, Heracles, Crotona, Mesina, Síbari, Reggio, Naxos, fueron en sus tiempos, flor de metrópolis. Desgraciadamente, junto con sus dioses, su filosofía, su teatro y su cultura, aquellos pioneros se llevaron consigo de la madre patria también el vicio de litigar. Vicio que debería perderles en la lucha contra Roma. Pero, de momento, eran los dueños de la zona.



En la cuenca occidental, en cambio, los fenicios habían vencido por obra y gracia de la más joven de sus colonias: Cartago, que, a su vez, había fundado numerosísimas colonias, mas no solamente en la costa norteafricana, sino también en las portuguesas, francesas, corsas y sardas, de tal modo que todo el Mediterráneo quedó convertido en un lago cartaginés.



Cuando Roma, bajo los reyes, había sido dueña de Etruria y, por tanto, también de su flota, estuvo varias veces en contacto con Cartago, contactos que probablemente no siempre fueron de los más corteses. En aquellos tiempos la «guerra en corso» era corriente y no comprometía más que a los capitanes y a las tripulaciones que la hacían. Una nave abordaba a otra, aun de compatriotas, la despojaba, echaba al mar los marineros, y ahí terminaba todo.



Después, Roma desapareció como potencia mediterránea. No quedaban frente a frente más que los griegos de la Magna Grecia y los fenicios de Cartago: unos al este y otros al oeste de Sicilia, cuyas costas se habían repartido; las orientales eran griegas y las occidentales cartaginesas. Se miraban entre sí de reojo y vivían en perpetuo estado de «guerra fría», con episodios de guerra caliente, seguidos por armisticios y «distensiones». Unos y otros estaban convencidos de que tarde o temprano tendrían que llegar a un ajuste de cuentas, pero no se imaginaban que éste acabaría en beneficio de un tercero.



Nadie puede decir con certeza si Roma sabía lo que se hacía y si midió las consecuencias de su gesto cuando decidió aceptar las ofertas de los mamertinos.



Eran éstos una banda de mercenarios, enrolados en todas partes de Italia por Agatocles de Siracusa para combatir a los cartagineses. En el momento de licenciarse, en -289, en vez de regresar a sus casas, donde acaso les aguardaba una orden de detención, formaron una banda, asaltaron Mesina, la saquearon, exterminaron su población y se establecieron como dueños, arrogándose aquel bufo y presuntuoso nombre de «mamertinos» que quería decir nada menos que «hijos de Marte».
AGATOCLES DE SIRACUSA

Durante una veintena de años las hicieron de todos los colores. Cruzaban el estrecho para incendiar y destruir las poblaciones de la costa calabresa de enfrente. Habían causado molestias a Pirro, habían causado molestias a los romanos. Y ahora, a fines del -270, se encontraban sitiados por Hierón, que quería acabar con ellos de una vez para siempre.



Para sustraerse al castigo que sin duda hubiera sido ejemplar, los mamertinos pidieron ayuda a los cartagineses, quienes mandaron un ejército y ocuparon la ciudad. Visto que la guerra tipo «un clavo saca otro clavo» había funcionado, los mamertinos pensaron aplicarla una vez más y poco después llamaron a los romanos para que acudiesen a liberarles de los «libertadores» cartagineses. Corría el año -264, Y habían transcurrido dos siglos y medio desde que Roma y Cartago concluyeran aquel solemne pacto de alianza que, en fin de cuentas, funcionaba bien y que había sido confirmado veinte años antes, cuando Cartago acudió en ayuda de Roma en su lucha contra Pirro.



Pero Sicilia, donde querían poner pie, era para los romanos como El Dorado. Los que habían estado allí no hacían sino alabar sus riquezas y bellezas. La invitación de los mamertinos era de las que cuesta rehusar.



Tal vez, sin embargo, habría sido declinada, si los senadores hubiesen tenido la libertad de decidir por sí mismos: sabían adónde había de conducirles aquella intervención. Pero, ya entonces, ciertas elecciones tenían que estar reservadas a la Asamblea Centuriada, en la cual predominaban las clases burguesas industriales y mercantiles que en las guerras habían mojado siempre el pan y que, precisamente por eso, eran nacionalistas y patrioteras a ultranza. Quien nada tenia esperaba obtener algo, acaso una granja en alguna nueva colonia; quien poseía esperaba multiplicario. Y es difícil poner objeciones contra quien habla, o dice hablar, en nombre de la patria y de los Destinos Infalibles.



La Asamblea Centuriada decidió aceptar la oferta y encomendó la ejecución de la empresa al cónsul Apio Claudio. En la primavera de -264, tras algunas tentativas infructuosas, una pequeña escuadra romana a las órdenes del tribuno Cayo Claudio, logró cruzar el estrecho y entró por sorpresa, con la ayuda de los mamertinos, en Mesina, donde hizo prisionero al general cartaginés Annón, dándole a elegir: la cárcel, o la retirada de sus hombres de la ciudad.

ANNÓN

Annón debía de ser un hombre acomodaticio. Pocos meses antes había devuelto a Apio Claudio unas trirremes romanas que a causa de una tempestad naufragaron en las costas sicilianas, como queriéndole decir: «¡Cuidado, no hagáis tonterías!» Ahora, frente a aquella amenazadora alternativa, no vaciló, y a la cabeza de su pequeño ejército volvió a casa, donde, como recompensa, le crucificaron. Cartago no estaba evidentemente dispuesta en absoluto a tragar aquello, y, en efecto, en seguida puso en campaña otro Annón al frente de otro ejército. El nuevo general desembarcó en Sicilia y como primera medida se propuso llegar a un acuerdo con los griegos. En seguida se entendió con los de Agrigento e inmediatamente después, en Selinonte, recibió una embajada de Hierón de Siracusa que aceptaba una alianza con él. Estaba claro que los griegos preferían el viejo enemigo al nuevo.

HIERÓN DE SIRACUSA

Apio Claudio, que contaba con la secular discordia grecofenicia, se encontró cogido por sorpresa con el grueso de su ejército todavía en Calabria. Y entonces recurrió a la astucia. Hizo cundir la noticia de que la situación le obligaba a regresar a Roma para recibir órdenes y, en efecto, mandó algunas embarcaciones a navegar rumbo al Norte. Tranquilizados, los cartagineses disminuyeron la vigilancia en el estrecho. Y Apio lo aprovechó para desembarcar sus fuerzas, veinte mil hombres, un poco más al sur de Mesina, a la vista del campamento siracusano, que asaltó.

APIO CLAUDIO

Hierón salió de apuros bastante bien. Pero la aparición imprevista de aquel ejército le hizo sospechar una traición por parte de Annón, a quien dejó plantado, para volver rápidamente a Siracusa. Aislados así los cartagineses, Apio se les echó en seguida encima, mas esta vez sin triunfar en la empresa. Entonces, dejando un destacamento para rodear Mesina, corrió detrás del otro enemigo por considerarlo más débil. Pero Hierón era un buen capitán e infligió una severa derrota a los romanos. Apio salvó, el pellejo de milagro y hubo de darse cuenta de que la empresa era menos fácil de lo que se había pensado en Roma. Por lo que, dejando parte de sus fuerzas vigilando a Annón, volvió a la Urbe para informar y pedir refuerzos.



Los refuerzos se los dio, sobre todo, la diplomacia que reanudó las relaciones con Hierón, atrayéndoselo nuevamente al campo romano. Era un buen golpe. Pero después de Siracusa, había que conseguir también Agrigento y ahí la diplomacia nada podía porque en Agrigento había una guarnición cartaginesa. Los romanos la sitiaron y al cabo de siete meses obligaron a los ocupantes a intentar una salida desesperada por el hambre, y los derrotaron.



Los cartagineses pusieron inmediatamente un segundo ejército en campaña y se lo confiaron a Amílcar (que no tiene nada que ver con su homónimo, padre de Aníbal). Éste comprendió que con los romanos, por tierra, no había nada que hacer y se puso a atacar con la escuadra todas sus plazas fuertes marítimas, alcanzando una victoria tras otra.



Aquí fue donde se vio lo que Roma era. No tenia naves ni marinos. En pocos meses, gracias al esfuerzo común de todos los ciudadanos, botó ciento veinte unidades. Amílcar, que poseía ciento tres, fue a su encuentro sin tomar siquiera las habituales medida» de prudencia. Y se encontró frente a los «cuervos», extraños artilugios que, izados a proa de las naves romanas, impedían maniobrar a las enemigas. Perdió un tercio de sus fuerzas y huyó.



Cuando en Cartago lo supieron se quedaron atónitos, convencidos como estaban de poder dar lecciones a todos en el mar. En Roma se enorgullecieron y decidieron llevar la guerra, a través del Mediterráneo, hasta el corazón del enemigo. A la primera escuadra se sumó otra: en total, trescientos treinta bajeles con ciento cincuenta mil hombres, a las órdenes del cónsul Atilio Régulo. Contra ella, Cartago puso en pie de guerra otra de fuerzas iguales, a las órdenes de Amílcar. El encuentro tuvo lugar en el litoral de Marsala. Los romanos pagaron su incierta victoria con veinticuatro naves, y los cartagineses su derrota, con treinta. Pero Régulo pudo desembarcar en África, en cabo Bon.

MARCO ATILIO RÉGULO

Ahora le tocaba a Cartago demostrar lo que era.



Y lo demostró. Tuvo algunos titubeos ante los primeros éxitos de los romanos que, con la ayuda de los númidas sublevados, habían llegado a treinta kilómetros de su ciudad. Y mandaron una embajada para pedir la paz. Régulo impuso por cuenta propia condiciones inaceptables. Y entonces los cartagineses se dispusieron al duelo mortal. Perdida la confianza en sus generales, confiaron el mando a un griego de Esparta, que equivale a decir lo que hoy un alemán de Prusia: Xantipo. Éste reorganizó con métodos expeditivos y «fusilamientos» sumarios el Ejército, aportando los nuevos criterios sobre el empleo de la caballería y de los elefantes que Aníbal había de aprovechar después admirablemente.

XÁNTIPO

La batalla decisiva tuvo lugar cerca de Túnez. Del ejército romano sólo se salvaron dos mil hombres que se encerraron en cabo Bon. Régulo fue hecho prisionero. Era el año 255 antes de Jesucristo.



Roma necesitó cinco años para rehacerse, material y moralmente, de aquel desastre, que había vuelto a llevar la guerra a Sicilia. En aquel lustro, las vicisitudes fueron alternas, pero en general favorables a los cartagineses. Hasta que un día, su general Asdrúbal, en una tentativa para recuperar Palermo, fue derrotado, dejando veinte mil hombres en el campo. Cartago, cansada y pensando que también el adversario lo estaría, liberó de la prisión a Régulo y le mandó a Roma con sus embajadores para fomentar allí proposiciones de paz. De haber sido rechazadas, él se comprometía bajo palabra a volver. El Senado le invitó a expresar su parecer ante los plenipotenciarios enemigos. Régulo sostuvo que era preciso continuar la guerra. Y cuando fue aceptado su parecer, reemprendió el camino de Cartago a pesar de las súplicas de su mujer. Le torturaron a muerte impidiéndole dormir. Sus hijos, en Roma, cogieron dos prisioneros cartagineses de alto rango y les mantuvieron despiertos hasta que a su vez, murieron. Eran las costumbres de la época.

MARCO ATILIO RÉGULO

Reanudóse la guerra, mas esta vez apareció, por parte cartaginesa, un nuevo protagonista; Amílcar Barca, padre de Aníbal, comandante supremo del Ejército y de la Armada. Fue el inventor de lo que ahora se llama comandos y comenzó a lanzarlos, con efectos devastadores, hasta en las costas de la península, dando a los romanos la impresión de que se avecinaba un desembarco.



El Senado, aterrado, no quería arriesgar otra flota contra él. Las levas militares habían llegado al límite y las cajas del Tesoro estaban vacías. Entonces, los ciudadanos más ricos construyeron de su propio peculio una armada de doscientas naves y las pusieron a disposición del cónsul Lutacio Catulo, que bloqueó los puertos de Drepano y Lilibeo. Los cartagineses mandaron por su parte otra, de cuatrocientas unidades, cargada de refuerzos, armas y municiones. Si conseguían desembarcar, ello sería el fin para los romanos en Sicilia. Contra las órdenes del Senado, que le prohibían iniciativas marítimas, Catulo, aunque gravemente herido, mandó atacar a su escuadra. Las naves cartaginesas, entorpecidas por la carga que llevaban, no lograban maniobrar y ciento veinte de ellas fueron hundidas, en tanto que las otras ponían de nuevo rumbo a Cartago. Amílcar quedóse cortado de la madre patria y tras tantos éxitos no le restaba más que la rendición.



Lutacio Catulo no quiso repetir la experiencia de Régulo y en seguida acogió la propuesta concediendo a Amílcar el honor de las armas y la retirada con sus hombres, remitiendo a la competencia del Senado las demás condiciones.



En Roma, algunos reprocharon a Catulo tanta indulgencia y propusieron reemprender las hostilidades hasta lo que hoy se llamaría la «rendición incondicional» del enemigo. Mas las «rendiciones incondicionales» son casi siempre pretextos groseros y el Senado hizo muy bien en rechazar la idea. Exigió a los cartagineses el abandono de Sicilia, la restitución sin rescate de los prisioneros y el pago de tres mil doscientos talentos en diez años. Eran condiciones razonables, y Cartago se apresuró a aceptarlas.



Así, tras casi un cuarto de siglo de lucha, acabó la primera guerra púnica, que duró desde el 265 al 241 antes de Jesucristo.



Pero todos sabían, tanto en Roma como en Cartago, que aquella paz era solamente un armisticio.







sábado, 30 de septiembre de 2017

CARTAGO Y LOS CARTAGINESES

Como todas las ciudades de aquel tiempo, Cartago también hacía remontar sus orígenes a una especie de milagro y contaba su historia como una novela. Según la cual fue fundada por Dido, a quien más tarde sus conciudadanos veneraron como diosa, hija del rey de Tiro. Enviudó por culpa de su hermano que le mató el marido, luego se puso al frente de un grupo de secuaces en busca de aventuras y, desde el extremo oriental del Mediterráneo, zarpó con ellos hacia el Oeste a bordo de una nave. Haciendo cabotaje a lo largo de la costa meridional de África, rebasó Egipto, Cirenaica y Libia. Y al llegar, por fin, a una decena de millas del lugar donde hoy se alza Túnez, desembarcó y dijo a sus amigos: «Aquí construiremos la Ciudad Nueva.» Así la llamaron, efectivamente: Ciudad Nueva, como Nápoles y Nueva York, que en su lengua se decía Kart Hadasht y que luego los griegos tradujeron Karchedon y los romanos Carthago.

DIDO
Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero es difícil saber cómo se desarrollaron en realidad, porque de Cartago, que tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, también los romanos hicieron lo que habían hecho de Etruria: la redujeron a un cieno tal como para hacer casi imposible hoy, por falta de materiales, una reconstrucción exacta de su historia y de su civilización.

 

Con seguridad la fundaron los fenicios, pueblo de raza y lengua semita como los hebreos, grandes mercaderes y navegantes que iban de un lado para otro con sus embarcaciones, vendiendo y comprando un poco de todo. No tenían miedo ni del diablo. Fueron los primeros marinos del Mundo que rebasaron las llamadas Columnas de Hércules, es decir, el estrecho de Gibraltar, para bajar por el Atlántico a lo largo de la costa de África y remontarlo a lo largo de la de España y Portugal. Sobre este itinerario habían fundado ya, cuando nació Roma, varios pueblos, que al principio debieron ser tan sólo un astillero y un bazar, o sea un mercado. Leptis Magna, Utica, Bizerta, Bona, tuvieron sin duda ese origen. Y Cartago fue su hermanita, acaso entre las más humildes, hasta que las circunstancias la hicieron más conspicua.

 

Esas circunstancias fueron, sobre todo, el declive militar y comercial de Tiro y de Sidón, que, por desgracia suya, se encontraron en el camino de Alejandro de Macedonia, quien, mientras Roma era aún una aldea, quería convertirse en emperador del Mundo y por poco no lo logró. Amenazados por sus ejércitos, los millonarios de aquellas dos ciudades que, como todos los millonarios, tenían más miedo que los demás, pensaron en poner a salvo sus personas y sus capitales.

 

La ciudad se acrecentó con nuevos habitantes, llenos de dinero y de iniciativas. Empujaron cada vez más hacia el interior a la población indígena, formada de pobres negros, muchos de los cuales fueron reducidos a siervos y esclavos. Y no contentándose ya con el comercio y el mar, se dedicaron también a la tierra. El detalle es interesante porque hasta entonces se había creído siempre que los hebreos eran, por su modo de ser, refractarios a la tierra. Los de Cartago, en cambio, demostraron lo contrario. Fueron los maestros de muchos cultivos, especialmente de viñas, olivares y árboles frutales, y los mismos romanos hubieron de aprender mucho de ellos. Fue un cartaginés, Magón, el más grande profesor de agricultura de la Antigüedad.

 

Cartago poseía una economía perfectamente equilibrada. En la ciudad florecía una excelente industria metalúrgica que suministraba las mejores herramientas para labrar la tierra, canalizarla y transformarla en huertos y jardines. Gran parte de sus productos se cargaban en las naves, a la sazón las mayores del Mundo, las cuales eran dirigidas hacia España o Grecia. Los armadores financiaban exploradores para descubrir nuevos mercados. Uno de ellos, Annón, con una galera solitaria, descendió dos mil kilómetros por las costas atlánticas de África.

 

Otros viajantes de comercio, que recorrían los itinerarios de tierra a lomo de mulas, camellos y elefantes, encontraron oro y marfil y lo llevaron a la patria. Atravesaron el Sahara con la indiferencia con que nosotros atravesamos el Arno. Y a consecuencia de sus informes, como más tarde había de hacerlo Venecia, el Gobierno mandaba alguna flota o un poco de ejército a tomar posesión de los puntos estratégicos.

 

Su sistema económico y financiero era el más avanzado de la época. Cuando Roma había comenzado apenas a acuñar toscas monedas de metal, Cartago tenía ya billetes de Banco; unas tiras de cuero, diversamente estampilladas según su valor. Eran en la cuenca mediterránea lo que más tarde habían de ser la libra esterlina y, más tarde aún, el dólar. Su valor nominal estaba garantizado por el oro que rebosaba de las cajas del Estado, pues, a medida que realizaba una nueva conquista, la primera cosa que Cartago imponía a los vencidos era un tributo y no de los más livianos. Leptis, por ejemplo, pagaba el gran honor de ser vasallo de Cartago con trescientos sesenta y cinco talentos al año, que corresponderían a casi mil millones de liras.

 

Ese disfrute del propio imperio colonial fue probablemente una de las razones de la derrota de Cartago cuando entró en conflicto con Roma. Mas, mientras se perfiló esta amenaza, ello fue lo que garantizó a la ciudad fenicia una lozanía jamás vista hasta entonces. Contaba a la sazón dos o trescientos mil habitantes, que no vivían en cabañas como en Roma, sino en rascacielos que alcanzaban hasta doce plantas, los más pobres; y en palacios con jardín y piscina, los más ricos. Abundaban los templos y los baños públicos. El puerto tenía doscientos veinte muelles y cuatrocientas cuarenta columnas de mármol. En el centro de la aglomeración había la city, como en Londres, con el Ministerio del Tesoro. Y a su alrededor un triple bastión de murallas almenadas, una especie de línea Maginot que podía contener hasta veinte mil soldados con todo su armamento, cuatro mil caballos y trescientos elefantes.

 

Del pueblo y de sus costumbres, el único testimonio que nos queda es el de los historiadores romanos, que naturalmente no podían ser ecuánimes para con aquél. Su lengua debía ser muy parecida a la hebraica; en efecto, sus magistrados se llamaban shofetes, derivado seguramente del hebraico shofetim. Sus rasgos delataban también el origen semítico. Eran gente de tez olivácea, en general de luengas barbas, pero sin bigote, y ya entonces llevaban turbantes. Los más pobres, que probablemente procedían de mezclas con el elemento indígena y que por tanto también tenían la piel más oscura, vestían lo que hoy se llama en Egipto galabia, un camisón suelto largo hasta. los pies, calzados con sandalias. Los señores seguían, en cambio, la moda griega, como hoy se sigue la inglesa, y llevaban trajes elegantes, orlados de púrpura, y se adornaban con un anillo en la nariz. La condición de las mujeres era inferior a la de las atenienses, más superior a la de las romanas. En general iban veladas y estaban confinadas en sus casas, pero la carrera eclesiástica les estaba abierta y podían alcanzar altos grados en ella. O bien podían darse a la prostitución, que florecía esplendorosamente y constituía un oficio apreciado, o por lo menos, no vilipendiado, como lo es aún hoy en el Japón. 


MELKART, DEIDAD PÚNICA

Polibio y Plutarco concuerdan en asegurar que el nivel moral era muy bajo, lo que nos sorprende bastante tratándose de un pueblo de raza semítica, donde las costumbres en general son severas, cuando no puritanas. Nos lo presentan como vigorosos comilones y bebedores, impenitentes juerguistas, dispuestos siempre a francachelas en los clubs y tabernas. La fides puntea, es decir, la palabra cartaginesa, ha quedado como sinónimo, en latín, de traición. Pero no hay que olvidar que la historia de las traiciones cartaginesas fue escrita por historiadores romanos. Plutarco nos presenta a esos antiguos e irreductibles enemigos de Roma como serviles para con los inferiores; y oscilantes entre las cobardía, en la derrota, y la crueldad en la victoria. Polibio agrega que entre ellos iodo se medía con el metro del provecho. Pero es ya sabido que Polibio era amigo íntimo de Escipión, el que destruyó Cartago incendiándola.

 

Naturalmente, los cartagineses tenían también sus dioses. Se los habían traído consigo de la madre patria, Fenicia, pero les cambiaron el nombre. En vez de Baal—Moloch y de Astarté, como los llamaban en Tiro y en Sidón, los llamaron Baal—Haman y Tanit. 

TANIT, DIOSA DE LOS CARTAGINESES
Debajo de éstos estaban Melkart, que quiere decir «llave de la ciudad», Ehsmun, señor de la riqueza y de la buena salud, y, por fin Dido, la fundadora, que en Cartago ocupaba el mismo puesto que Quirino en Roma.

EL DIOS HAMAN

A todos estos dioses les ofrecían sacrificios, especialmente en los momentos de necesidad. Se trataba de cabras o de vacas para los dioses menores. Pero cuando había que aplacar o congraciarse con Baal—Haman, se recurría a los niños, que eran colocados entre los brazos de la gran estatua de bronce que le representaba, y de allí les dejaban rodar sobre el fuego que ardía abajo. Hasta trescientos en un día quemaron en medio de una bacanal de trompetas y tambores para sofocar sus gritos.



 Parece ser que era costumbre, por parte de las familias ricas, cuando eran requeridas para facilitar un niño que asar a la parrilla, comprarlo a los pobres. Mas cuando Agatocles de Siracusa puso sitio a la ciudad, haciendo necesario, además del auxilio de los dioses, también el buen acuerdo entre las clases sociales, la costumbre fue prohibida para no alimentar los odios entre afortunados y desheredados.

 

El régimen político no era, en conjunto, muy diferente del de Roma. Aristóteles escribió un gran elogio, acaso por haberlo oído decir y porque jamás atisbo serias amenazas de dictadura, que él aborrecía. Como en Roma, el órgano supremo era el Senado, compuesto igualmente de trescientos miembros, cuya mayoría estuvo al principio constituida por la aristocracia agraria y que luego, poco a poco, pasó a la del dinero, o sea a la plutocracia. Tomaba las decisiones más importantes, cuya ejecución encomendaba a los dos sciofetes, que correspondían, más o menos, a los cónsules romanos. Sólo cuando éstos no lograban ponerse de acuerdo, se pedía el parecer de una especie de Cámara de diputados, que tenía el poder de decir «sí» o «no», pero no el de presentar proposiciones por su cuenta.

 

El Senado era, también, teóricamente, electivo. Pero en la práctica, teniendo en la mano todas las palancas del mando, conseguía, mediante la corrupción o la intriga, imponer sus candidatos. Sobre él había solamente una especie de Tribunal constitucional formada por cuatrocientos jueces que controlaban un poco de todo: no sólo la constitucionalidad de las leyes, sino también las cuentas de la Administración. Durante las guerras con Roma, este Tribunal fue convirtiéndose poco a poco en el verdadero Gobierno.

 

Cartago no daba gran importancia al Ejército, en parte porque sus vecinos de África no la inquietaban. A los cartagineses no les gustaban los cuarteles, que, en efecto, tan sólo estaban llenos de mercenarios, reclutados entre indígenas y, sobre todo, entre libios. 
AMÍLCAR BARCA, EL LÍDER CARTAGINÉS QUE
 CONQUISTÓ BUENA PARTE DE HISPANIA

De las grandes empresas que ejecutó en el siglo de luchas contra Roma, el mérito corresponde, pues, casi exclusivamente al genio de sus Aníbales, Amílcares y Asdrúbales, que fueron unos de los más brillantes generales de la Antigüedad.

ANÍBAL ANIMANDO A SUS SOLDADOS

En el mar, en cambio, era fuerte, la más fuerte de las potencias navales de aquel tiempo. Su home fleet contaba en tiempo de paz quinientos quinquerremes, que eran un poco los acorazados de entonces, pero rápidos y ligeros, vistosamente pintados de rojo, verde y amarillo. Los almirantes que los mandaban se las sabían todas y aun sin brújula ni compás conocían el Mediterráneo como el estanque de su jardín. En todos los parajes adecuados de las costas españolas y francesas poseían astilleros, almacenes de aprovisionamientos e informadores. Su Instituto Cartográfico era el más informado y moderno. Hasta que Roma, ocupadísima en consolidar su hegemonía sobre la península, no hubo botado una flota propia, la cartaginesa no admitió intrusiones de nadie, entre Cerdeña y Gibraltar. Cualquier nave extranjera que se pusiera a tiro de las suyas, era requisada o hundida, ahogando a los marineros, sin preguntarles siquiera de dónde venían ni qué pabellón enarbolaban.

PALACIO DE ASDRÚBAL
EN CARTAGO NOVA ( HISPANIA )

Éste era, en conjunto, Cartago, cuando los romanos, habiéndose desembarazado, uno tras otro, de todos los rivales italianos y unificado la península bajo su mando, comenzaron a ocuparse en las cosas del mar.

 

Pero, fijaos bien, todo lo que hemos dicho de Cartago ha sido reconstruido con elementos muy livianos. Escipión, cuando arrasó la ciudad sin dejar piedra sobre piedra, encontró, entre otras cosas, varias bibliotecas. Mas en vez de llevárselas a Roma, las repartió entre sus aliados africanos (lo que sorprende tratándose de un hombre culto como él), los cuales, por la poca pasión que sentían por los libros, dejaron que se perdieran. 


RUINAS DE LO QUE QUEDA DE CARTAGO
He aquí por qué no tenemos siquiera un manual de su historia, y hemos de contentarnos con lo poco que lograron reconstruir Salustio y Yuba. Algún fragmento de Magón y un testimonio de san Agustín nos aseguran, sin embargo, que Cartago tuvo una cultura propia y de buena calidad.

 

Los griegos, que no obstante tenían Atenas ante los ojos, decían que Cartago era una de las más bellas capitales del mundo. Pero lo que de ella nos queda es muy poco para confirmárnoslo. Sus más importantes restos son los que los arqueólogos han desenterrado en las Baleares, donde los cartagineses habían fundado una colonia y donde, tal vez, cuando las matanzas, algunos de ellos se refugiaron, trayéndose alguna obra de arte. Todo el resto está reunido en el museo de Túnez, donde los arqueólogos siguen acumulando lo que poco a poco van excavando diez millas más hacia el Oeste, donde se alzaba la ciudad.

 


En el museo pueden admirarse algunos fragmentos de escultura, sacados de los sarcófagos. El estilo es una mezcla grecofenicia. Contiene, además, la cerámica de la época, aunque de escaso valor: género utilitario fabricado en serie. Nada nos queda de lo que, al parecer, fue el orgullo de Cartago: la artesanía. Dícese que sobre todo los orfebres eran grandes maestros. Desgraciadamente, la joyería ha sido, en todos los tiempos, el botín de guerra más codiciado.