Mostrando entradas con la etiqueta ASDRÚBAL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ASDRÚBAL. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de abril de 2019

SOFONISBA


Sofonisba (en griego Σοφόνισβα; en púnico Saphanbaʿal) fue la hija del general cartaginés Asdrúbal Giscón. Inicialmente prometida por su padre a Masinisa cuando aún era muy joven, fue posteriormente ofrecida por Asdrúbal a Sifax en el juego de alianzas durante la segunda guerra púnica.
 
 La belleza y virtudes de Sofonisba prevalecieron frente a la elocuencia de Escipión: Sifax se casó con ella en el 206 a. C., convirtiéndose en el mayor aliado de Cartago.
 
Sofonisba, por su parte, jugó una parte activa en la guerra, y gracias a su influencia consiguió que Sifax, destruido su campamento por Escipión en Útica, reclutara un nuevo ejército para enfrentarse con los romanos.
 
Tras la batalla de Cirta, Sifax fue apresado y derrocado y Sofonisba cayó en las manos del conquistador Masinisa, sobre quien su belleza ejercía tal efecto que le prometió perdonarla de la cautividad y no entregarla a los romanos, casándose con ella.
 
Sus nupcias se celebraron sin retraso, pero Escipión, temeroso de que ejerciera la misma influencia sobre Masinisa que sobre Sifax, rehusó ratificar los esponsales, e insistió en la entrega inmediata de la princesa. Incapaz de oponerse a sus órdenes, el rey númida la libró de la humillación que suponía desfilar en Roma como parte de los rehenes, enviándole un cuenco de veneno, que ella tomó sin dilación, acabando así con su vida.


domingo, 13 de mayo de 2018

PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN EL AFRICANO ASEDIA CARTAGO NOVA


 

Animado por estos cálculos y sin haberle comunicado a nadie por donde pensaba atacar, al ponerse el sol condujo al ejercito durante toda la noche hasta Cartago Nova. Al amanecer, en medio del estupor de los africanos, empezó a cercar la ciudad con una empalizada y se preparo para el día siguiente, apostando escaleras y maquinas de guerra por todo alrededor de la misma, excepto por una sola parte en la que el muro era mas bajo y estaba bañada por una laguna y el mar, por lo que la vigilancia era menos intensa. Habiendo cargado durante la noche todas las maquinas con dardos y piedras y tras apostar frente al puerto de la ciudad a sus naves a fin de que las de los enemigos no pudieran escapar a través de el pues confiaba absolutamente en apoderarse de la ciudad a causa de su elevada moral, antes del amanecer hizo subir al ejercito sobre las maquinas, exhortando a una parte de sus tropas a entablar combate con los enemigos desde arriba y a otra parte a empujarlas contra el muro por su parte inferior. Magón, a su vez aposto a sus diez mil hombres en las puertas, con la intención de salir, cuando se les presentara la ocasión, con solo las espadas pues no era posible usar las lanzas en un espacio estrecho y envió a los restantes a las almenas. También se tomo él el asunto con mucho celo colocando numerosas maquinas, piedras, dardos y catapultas. Hubo gritos y exhortaciones por ambas partes, ninguno quedo atrás en el ataque y el coraje, lanzando piedras, dardos y jabalinas, unos con las manos, otros con las maquinas y otros con hondas. Y se sirvieron con ardor de cualquier otro instrumento o recurso que tuvieran en sus manos. Las tropas de Escipión sufrieron mucho daño. Los diez mil soldados cartagineses que estaban junto a las puertas, saliendo a la carrera con las espadas desenvainadas, se precipitaron contra los que empujaban las maquinas y causaron muchas bajas pero no sufrieron menos. Finalmente, los romanos empezaron a imponerse por su laboriosidad y constancia. Entonces cambio la suerte, porque los que estaban sobre las murallas se encontraban ya cansados y los romanos consiguieron adosar las escalas a los muros. Sin embargo, los cartagineses que llevaban espadas penetraron a la carrera por las puertas y cerrándolas tras ellos se encaramaron a los muros. De nuevo la lucha se hizo penosa y difícil para los romanos hasta que Escipión, su general, que recorría todos los lugares dando gritos y exhortaciones de ánimos, se dio cuenta, hacia el mediodía, de que el mar se retiraba por aquella parte en la que el muro era bajo y lo banaba la laguna. Se trataba del fenómeno diario de la bajada de la marea. El agua avanzaba hasta mitad del pecho y se retiraba hasta media rodilla. Escipión se percato entonces de esto y comprendió la naturaleza del fenómeno, a saber, que estaría baja durante el resto del día y, antes de que el mar volviera a subir, se lanzo a la carrera por todas partes gritando: Ahora es el momento, soldados, ahora viene la divinidad como aliada mía. Avanzad contra esta parte de la muralla. El mar nos ha cedido el paso. Llevad las escaleras y yo os guiare. Después de coger el, el primero, una de las escaleras, la apoyo contra el muro y empezó a subir cuando aun no lo había hecho ningún otro, hasta que, rodeándole sus escuderos y otros soldados del ejercito, se lo impidieron y ellos mismos acercaron, a la vez, gran cantidad de escaleras y treparon. Ambos bandos atacaron con gritos y celo e intercambiaron golpes variados, pero, no obstante, vencieron los romanos. Consiguieron subir a unas torres en las que Escipión coloco trompeteros y hombres provistos con cuernos de caza, y les dio orden de animar y causar alboroto para dar la impresión de que ya había sido tomada la ciudad. Otros, corriendo de aquí para allá, provocaban el desconcierto de igual manera y algunos, descendiendo de un salto desde las almenas, le abrieron las puertas a Escipión. Este penetro a la carrera con el ejercito. De los que estaban dentro algunos se refugiaron en sus casas; Magon, por su parte, reunió a sus diez mil soldados en la plaza publica y cuando estos sucumbieron se retiro de inmediato con unos pocos a la ciudadela. Pero al atacar, acto seguido, Escipión la ciudadela, como ya no podía hacer nada con unos hombres que estaban en inferioridad numérica y acobardados por el miedo, se entrego el mismo a Escipión (...) En la ciudad tomada se apodero de almacenes con enseres útiles para tiempos de paz y de guerra, gran cantidad de armas, dardos, maquinas de guerra, arsenales para los navíos, treinta tres barcos de guerra, trigo y provisiones variadas, marfil, oro, plata, una parte consistente en objetos, otra acuñada y una tercera sin acuñar, rehenes íberos y prisioneros de guerra y todas aquellas cosas que antes habían quitado a los romanos. Al día siguiente, realizo un sacrificio y celebro el triunfo. Después hizo un elogio del ejercito, pronuncio una arenga a la ciudad y, tras recordarles a los Escipiones, dejo partir libres a los prisioneros de guerra hacia sus respectivos lugares de origen con objeto de congraciarse a las ciudades. Otorgo las mayores recompensas al que subió en primer lugar la muralla, al siguiente le dio la mitad de esta, al tercero la tercera parte y a los demás proporcionalmente. El resto del botín lo que quedaba de oro, plata o marfil lo envió a Roma a bordo de las naves apresadas. La ciudad celebro un sacrificio durante tres días, pensando que de nuevo volvía a renacer el éxito ancestral y, de otro lado, Iberia y los cartagineses que habitaban en ella quedaron estupefactos por el temor ante la magnitud y rapidez de su golpe de mano.. Escipión estableció una guardia en Cartago Nova y ordeno que se elevara la muralla que daba al lugar de la marea. El se puso en camino hacia el resto de Iberia y, enviando a sus amigos a cada región, las atraía bajo su mando de buen grado y, a las demás que se le opusieron, las sometió por la fuerza. Eran dos los generales cartagineses que quedaban y ambos se llamaban Asdrúbal; uno de ellos, el hijo de Amílcar, andaba reclutando mercenarios muy lejos entre los celtíberos , y el otro, Asdrúbal, el hijo de Giscón, enviaba emisarios a las ciudades que todavía eran fieles demandando que permanecieran en esta fidelidad a Cartago, pues estaba a punto de llegar un ejercito inmenso, y envió a otro Magón a las zonas próximas a reclutar mercenarios de donde le fuese posible, mientras que él en persona se dirigió contra el territorio de Lersa, que se les había sublevado, y se dispuso a sitiar alguna ciudad de allí. Sin embargo, cuando se dejo ver Escipión, Magón se retiro a Bética y acampo delante de la ciudad. En este lugar fue derrotado de inmediato, al día siguiente, y Escipión se apodero de su campamento y de Bética.

( Apiano en "Iberia")






martes, 7 de noviembre de 2017

PRIMERA GUERRA PÚNICA DE ROMA CONTRA CARTAGO




El pacto estipulado con Cartago en 508 antes de Jesucristo, cuando se encontraban presos entre la revolución, en el interior, y la guerra con etruscos, latinos y sabinos en el exterior, comprometía a los romanos a no avanzar nunca sus naves, por ninguna razón, más allá del estrecho de Sicilia y a no desembarcar en Cerdeña y en Córcega más que en caso de «fuerza mayor», es decir, para abastecerse o para efectuar alguna reparación en los astilleros.



Eran, ciertamente, limitaciones graves, pero Roma no había sufrido mucho por ellas pues su nota, que apenas podía llamarse tal, estaba totalmente en manos de los armadores etruscos, que, con la constitución de la República, habían perdido dinero e influencia política. En el mar, del que los senadores latinos sabinos, todos «rurales», se les daba un ardite y no comprendían nada, Roma contaba bien poco en aquel tiempo y, por tanto, había renunciado á lo que no tenía. Tal vez incluso ignoraba los grandes cambios que precisamente en aquellos años se habían producido en el llamado «equilibrio de las potencias navales» del Mediterráneo. Veámoslo a grandes rasgos. En la cuenca oriental, al este del estrecho de Sicilia, se había sostenido, durante siglos, una guerra entre las flotas fenicia y griega que ahora se estaba resolviendo a favor de la segunda. Primero el Egeo y después el Jónico habían caído en manos helénicas, de lo cual Italia se dio cuenta cuando los vencedores, cada vez en mayor número, comenzaron a desembarcar en las costas meridionales y sicilianas, donde fundaron colonias que más tarde se convirtieron en un verdadero imperio; la Magna Grecia, Catania, Siracusa, Heracles, Crotona, Mesina, Síbari, Reggio, Naxos, fueron en sus tiempos, flor de metrópolis. Desgraciadamente, junto con sus dioses, su filosofía, su teatro y su cultura, aquellos pioneros se llevaron consigo de la madre patria también el vicio de litigar. Vicio que debería perderles en la lucha contra Roma. Pero, de momento, eran los dueños de la zona.



En la cuenca occidental, en cambio, los fenicios habían vencido por obra y gracia de la más joven de sus colonias: Cartago, que, a su vez, había fundado numerosísimas colonias, mas no solamente en la costa norteafricana, sino también en las portuguesas, francesas, corsas y sardas, de tal modo que todo el Mediterráneo quedó convertido en un lago cartaginés.



Cuando Roma, bajo los reyes, había sido dueña de Etruria y, por tanto, también de su flota, estuvo varias veces en contacto con Cartago, contactos que probablemente no siempre fueron de los más corteses. En aquellos tiempos la «guerra en corso» era corriente y no comprometía más que a los capitanes y a las tripulaciones que la hacían. Una nave abordaba a otra, aun de compatriotas, la despojaba, echaba al mar los marineros, y ahí terminaba todo.



Después, Roma desapareció como potencia mediterránea. No quedaban frente a frente más que los griegos de la Magna Grecia y los fenicios de Cartago: unos al este y otros al oeste de Sicilia, cuyas costas se habían repartido; las orientales eran griegas y las occidentales cartaginesas. Se miraban entre sí de reojo y vivían en perpetuo estado de «guerra fría», con episodios de guerra caliente, seguidos por armisticios y «distensiones». Unos y otros estaban convencidos de que tarde o temprano tendrían que llegar a un ajuste de cuentas, pero no se imaginaban que éste acabaría en beneficio de un tercero.



Nadie puede decir con certeza si Roma sabía lo que se hacía y si midió las consecuencias de su gesto cuando decidió aceptar las ofertas de los mamertinos.



Eran éstos una banda de mercenarios, enrolados en todas partes de Italia por Agatocles de Siracusa para combatir a los cartagineses. En el momento de licenciarse, en -289, en vez de regresar a sus casas, donde acaso les aguardaba una orden de detención, formaron una banda, asaltaron Mesina, la saquearon, exterminaron su población y se establecieron como dueños, arrogándose aquel bufo y presuntuoso nombre de «mamertinos» que quería decir nada menos que «hijos de Marte».
AGATOCLES DE SIRACUSA

Durante una veintena de años las hicieron de todos los colores. Cruzaban el estrecho para incendiar y destruir las poblaciones de la costa calabresa de enfrente. Habían causado molestias a Pirro, habían causado molestias a los romanos. Y ahora, a fines del -270, se encontraban sitiados por Hierón, que quería acabar con ellos de una vez para siempre.



Para sustraerse al castigo que sin duda hubiera sido ejemplar, los mamertinos pidieron ayuda a los cartagineses, quienes mandaron un ejército y ocuparon la ciudad. Visto que la guerra tipo «un clavo saca otro clavo» había funcionado, los mamertinos pensaron aplicarla una vez más y poco después llamaron a los romanos para que acudiesen a liberarles de los «libertadores» cartagineses. Corría el año -264, Y habían transcurrido dos siglos y medio desde que Roma y Cartago concluyeran aquel solemne pacto de alianza que, en fin de cuentas, funcionaba bien y que había sido confirmado veinte años antes, cuando Cartago acudió en ayuda de Roma en su lucha contra Pirro.



Pero Sicilia, donde querían poner pie, era para los romanos como El Dorado. Los que habían estado allí no hacían sino alabar sus riquezas y bellezas. La invitación de los mamertinos era de las que cuesta rehusar.



Tal vez, sin embargo, habría sido declinada, si los senadores hubiesen tenido la libertad de decidir por sí mismos: sabían adónde había de conducirles aquella intervención. Pero, ya entonces, ciertas elecciones tenían que estar reservadas a la Asamblea Centuriada, en la cual predominaban las clases burguesas industriales y mercantiles que en las guerras habían mojado siempre el pan y que, precisamente por eso, eran nacionalistas y patrioteras a ultranza. Quien nada tenia esperaba obtener algo, acaso una granja en alguna nueva colonia; quien poseía esperaba multiplicario. Y es difícil poner objeciones contra quien habla, o dice hablar, en nombre de la patria y de los Destinos Infalibles.



La Asamblea Centuriada decidió aceptar la oferta y encomendó la ejecución de la empresa al cónsul Apio Claudio. En la primavera de -264, tras algunas tentativas infructuosas, una pequeña escuadra romana a las órdenes del tribuno Cayo Claudio, logró cruzar el estrecho y entró por sorpresa, con la ayuda de los mamertinos, en Mesina, donde hizo prisionero al general cartaginés Annón, dándole a elegir: la cárcel, o la retirada de sus hombres de la ciudad.

ANNÓN

Annón debía de ser un hombre acomodaticio. Pocos meses antes había devuelto a Apio Claudio unas trirremes romanas que a causa de una tempestad naufragaron en las costas sicilianas, como queriéndole decir: «¡Cuidado, no hagáis tonterías!» Ahora, frente a aquella amenazadora alternativa, no vaciló, y a la cabeza de su pequeño ejército volvió a casa, donde, como recompensa, le crucificaron. Cartago no estaba evidentemente dispuesta en absoluto a tragar aquello, y, en efecto, en seguida puso en campaña otro Annón al frente de otro ejército. El nuevo general desembarcó en Sicilia y como primera medida se propuso llegar a un acuerdo con los griegos. En seguida se entendió con los de Agrigento e inmediatamente después, en Selinonte, recibió una embajada de Hierón de Siracusa que aceptaba una alianza con él. Estaba claro que los griegos preferían el viejo enemigo al nuevo.

HIERÓN DE SIRACUSA

Apio Claudio, que contaba con la secular discordia grecofenicia, se encontró cogido por sorpresa con el grueso de su ejército todavía en Calabria. Y entonces recurrió a la astucia. Hizo cundir la noticia de que la situación le obligaba a regresar a Roma para recibir órdenes y, en efecto, mandó algunas embarcaciones a navegar rumbo al Norte. Tranquilizados, los cartagineses disminuyeron la vigilancia en el estrecho. Y Apio lo aprovechó para desembarcar sus fuerzas, veinte mil hombres, un poco más al sur de Mesina, a la vista del campamento siracusano, que asaltó.

APIO CLAUDIO

Hierón salió de apuros bastante bien. Pero la aparición imprevista de aquel ejército le hizo sospechar una traición por parte de Annón, a quien dejó plantado, para volver rápidamente a Siracusa. Aislados así los cartagineses, Apio se les echó en seguida encima, mas esta vez sin triunfar en la empresa. Entonces, dejando un destacamento para rodear Mesina, corrió detrás del otro enemigo por considerarlo más débil. Pero Hierón era un buen capitán e infligió una severa derrota a los romanos. Apio salvó, el pellejo de milagro y hubo de darse cuenta de que la empresa era menos fácil de lo que se había pensado en Roma. Por lo que, dejando parte de sus fuerzas vigilando a Annón, volvió a la Urbe para informar y pedir refuerzos.



Los refuerzos se los dio, sobre todo, la diplomacia que reanudó las relaciones con Hierón, atrayéndoselo nuevamente al campo romano. Era un buen golpe. Pero después de Siracusa, había que conseguir también Agrigento y ahí la diplomacia nada podía porque en Agrigento había una guarnición cartaginesa. Los romanos la sitiaron y al cabo de siete meses obligaron a los ocupantes a intentar una salida desesperada por el hambre, y los derrotaron.



Los cartagineses pusieron inmediatamente un segundo ejército en campaña y se lo confiaron a Amílcar (que no tiene nada que ver con su homónimo, padre de Aníbal). Éste comprendió que con los romanos, por tierra, no había nada que hacer y se puso a atacar con la escuadra todas sus plazas fuertes marítimas, alcanzando una victoria tras otra.



Aquí fue donde se vio lo que Roma era. No tenia naves ni marinos. En pocos meses, gracias al esfuerzo común de todos los ciudadanos, botó ciento veinte unidades. Amílcar, que poseía ciento tres, fue a su encuentro sin tomar siquiera las habituales medida» de prudencia. Y se encontró frente a los «cuervos», extraños artilugios que, izados a proa de las naves romanas, impedían maniobrar a las enemigas. Perdió un tercio de sus fuerzas y huyó.



Cuando en Cartago lo supieron se quedaron atónitos, convencidos como estaban de poder dar lecciones a todos en el mar. En Roma se enorgullecieron y decidieron llevar la guerra, a través del Mediterráneo, hasta el corazón del enemigo. A la primera escuadra se sumó otra: en total, trescientos treinta bajeles con ciento cincuenta mil hombres, a las órdenes del cónsul Atilio Régulo. Contra ella, Cartago puso en pie de guerra otra de fuerzas iguales, a las órdenes de Amílcar. El encuentro tuvo lugar en el litoral de Marsala. Los romanos pagaron su incierta victoria con veinticuatro naves, y los cartagineses su derrota, con treinta. Pero Régulo pudo desembarcar en África, en cabo Bon.

MARCO ATILIO RÉGULO

Ahora le tocaba a Cartago demostrar lo que era.



Y lo demostró. Tuvo algunos titubeos ante los primeros éxitos de los romanos que, con la ayuda de los númidas sublevados, habían llegado a treinta kilómetros de su ciudad. Y mandaron una embajada para pedir la paz. Régulo impuso por cuenta propia condiciones inaceptables. Y entonces los cartagineses se dispusieron al duelo mortal. Perdida la confianza en sus generales, confiaron el mando a un griego de Esparta, que equivale a decir lo que hoy un alemán de Prusia: Xantipo. Éste reorganizó con métodos expeditivos y «fusilamientos» sumarios el Ejército, aportando los nuevos criterios sobre el empleo de la caballería y de los elefantes que Aníbal había de aprovechar después admirablemente.

XÁNTIPO

La batalla decisiva tuvo lugar cerca de Túnez. Del ejército romano sólo se salvaron dos mil hombres que se encerraron en cabo Bon. Régulo fue hecho prisionero. Era el año 255 antes de Jesucristo.



Roma necesitó cinco años para rehacerse, material y moralmente, de aquel desastre, que había vuelto a llevar la guerra a Sicilia. En aquel lustro, las vicisitudes fueron alternas, pero en general favorables a los cartagineses. Hasta que un día, su general Asdrúbal, en una tentativa para recuperar Palermo, fue derrotado, dejando veinte mil hombres en el campo. Cartago, cansada y pensando que también el adversario lo estaría, liberó de la prisión a Régulo y le mandó a Roma con sus embajadores para fomentar allí proposiciones de paz. De haber sido rechazadas, él se comprometía bajo palabra a volver. El Senado le invitó a expresar su parecer ante los plenipotenciarios enemigos. Régulo sostuvo que era preciso continuar la guerra. Y cuando fue aceptado su parecer, reemprendió el camino de Cartago a pesar de las súplicas de su mujer. Le torturaron a muerte impidiéndole dormir. Sus hijos, en Roma, cogieron dos prisioneros cartagineses de alto rango y les mantuvieron despiertos hasta que a su vez, murieron. Eran las costumbres de la época.

MARCO ATILIO RÉGULO

Reanudóse la guerra, mas esta vez apareció, por parte cartaginesa, un nuevo protagonista; Amílcar Barca, padre de Aníbal, comandante supremo del Ejército y de la Armada. Fue el inventor de lo que ahora se llama comandos y comenzó a lanzarlos, con efectos devastadores, hasta en las costas de la península, dando a los romanos la impresión de que se avecinaba un desembarco.



El Senado, aterrado, no quería arriesgar otra flota contra él. Las levas militares habían llegado al límite y las cajas del Tesoro estaban vacías. Entonces, los ciudadanos más ricos construyeron de su propio peculio una armada de doscientas naves y las pusieron a disposición del cónsul Lutacio Catulo, que bloqueó los puertos de Drepano y Lilibeo. Los cartagineses mandaron por su parte otra, de cuatrocientas unidades, cargada de refuerzos, armas y municiones. Si conseguían desembarcar, ello sería el fin para los romanos en Sicilia. Contra las órdenes del Senado, que le prohibían iniciativas marítimas, Catulo, aunque gravemente herido, mandó atacar a su escuadra. Las naves cartaginesas, entorpecidas por la carga que llevaban, no lograban maniobrar y ciento veinte de ellas fueron hundidas, en tanto que las otras ponían de nuevo rumbo a Cartago. Amílcar quedóse cortado de la madre patria y tras tantos éxitos no le restaba más que la rendición.



Lutacio Catulo no quiso repetir la experiencia de Régulo y en seguida acogió la propuesta concediendo a Amílcar el honor de las armas y la retirada con sus hombres, remitiendo a la competencia del Senado las demás condiciones.



En Roma, algunos reprocharon a Catulo tanta indulgencia y propusieron reemprender las hostilidades hasta lo que hoy se llamaría la «rendición incondicional» del enemigo. Mas las «rendiciones incondicionales» son casi siempre pretextos groseros y el Senado hizo muy bien en rechazar la idea. Exigió a los cartagineses el abandono de Sicilia, la restitución sin rescate de los prisioneros y el pago de tres mil doscientos talentos en diez años. Eran condiciones razonables, y Cartago se apresuró a aceptarlas.



Así, tras casi un cuarto de siglo de lucha, acabó la primera guerra púnica, que duró desde el 265 al 241 antes de Jesucristo.



Pero todos sabían, tanto en Roma como en Cartago, que aquella paz era solamente un armisticio.







viernes, 2 de septiembre de 2016

AMÍLCAR BARCA


Amílcar Barca o Barcas (c. 275 a 228 a. C.) fue un general y estadista cartaginés, líder de la familia Bárcida, y padre de Aníbal, Asdrúbal y Magón. Fue también suegro de Asdrúbal el Bello. El nombre de Amílcar (púnico-fenicio 𐤇𐤌𐤋𐤒𐤓𐤕 ḥmlqrt, «hermano de Melkart») era un nombre común para los hombres de Cartago. El nombre 𐤁𐤓𐤒 (Brq o Baraq) significa "rayo" en el idioma púnico y por lo tanto equivalente al epíteto o sobrenombre Cerauno, común entre muchos comandantes griegos contemporáneos. La palabra permanece en árabe y hebreo con el mismo significado.
 
Amílcar mandó las fuerzas de tierra cartaginesas en Sicilia durante 247-241 a. C., durante las últimas etapas de la primera guerra púnica. Mantuvo su ejército intacto y encabezó una exitosa guerra de guerrillas contra los romanos en Sicilia. Después de la derrota de Cartago en 241 a. C. Amílcar se retiró a África después de un tratado de paz. Cuando la Guerra de los mercenarios estalló en 239 a. C., Amílcar fue llamado a mandar las fuerzas cartaginesas y fue fundamental en la conclusión del conflicto con éxito. Amílcar dirigió la expedición cartaginesa en Iberia en 237 a C , y después de ocho años amplió el territorio cartaginés en Iberia antes de morir en la batalla de Illici en 228 a C .
 
ORIGEN

Nacido en Cartago, posiblemente originario de una familia aristocrática cartaginesa de Cirene (actual Libia) emigrada a Cartago. La tradición habla de que la familia descendía directamente de Dido (Elisa), fundadora de la ciudad púnica según la mitología cartaginesa. En el 247 a.C, a la edad de 33 años, asume el mando de las tropas cartaginesas en Sicilia durante la primera guerra púnica contra Roma.
 
FUNDADOR DE LA DINASTÍA BÁRCIDA

Amílcar (o 𐤇𐤌𐤋𐤒𐤓𐤕, Hmlqrt, en púnico «hermano de Melqart», dios de los fenicios que los cartagineses denominarían Baal), es el fundador de la estirpe de los Bárcidas (de 𐤁𐤓𐤒, Barqa o Baraq, «rayo, fulgor»), una serie de generales y hombres de estado al servicio de Cartago. Héroe de la primera guerra púnica, de la Guerra de los Mercenarios y padre del célebre Aníbal -el Bárcida que alcanzaría el cénit de la dinastía durante la segunda guerra púnica-. También es conocido como gobernante de la Iberia cartaginesa y como posible fundador de varias ciudades españolas como Alicante (Akra Leuké) o Barcelona.
 
CARRERA MILITAR

PRIMERA GUERRA PÚNICA

En la Primera guerra púnica, Amílcar, tras haber desembarcado por sorpresa en el noroeste de Sicilia al mando de un heterogéneo y reducido contingente militar formado en su mayor parte por mercenarios de diversas nacionalidades, confirma no obstante el control cartaginés sobre la isla, tradicional feudo romano. Utiliza para ello tácticas y elementos mixtos e innovadores, al estilo de Pirro y Alejandro, dotando a sus hombres de una versatilidad y disciplina extraordinarias (con las dificultades ya comentadas, al tratarse de fuerzas muy diversas en tipología y origen) mediante las cuales consigue hacerse fuerte en el monte Heirktê o Ercte (actual Monte Pellegrino, cerca de Palermo) y desde donde hace frente a los continuos ataques romanos en constante inferioridad numérica, llegando incluso más allá de la defensa, armando un contraataque que le llevaría exitosa y prácticamente hasta la costa sur de Italia. Si bien Amílcar no llegó a recuperar ninguna de las ciudades perdidas ante Roma ni a ganar batallas relevantes, su actuación fue siempre digna y exitosa, causando numerosas bajas y provocando un elevado y continuo coste en recursos a los romanos. Tras la derrota cartaginesa en la primera guerra púnica, Amílcar acabó invicto, retirándose con sus 20.000 hombres ordenadamente sin rendir las armas (algo inaudito entre los enemigos derrotados por Roma) y con un bien ganado prestigio entre sus hombres y sus enemigos.
 
GUERRA DE LOS MERCENARIOS

La situación en Cartago tras la derrota era de profundo malestar, y las condiciones de la rendición ante Roma suponían una humillante sumisión al vencedor, aparte de un notable déficit económico tanto por las pérdidas sufridas como por los tributos a pagar al bando victorioso. La desazón se hace especialmente ardua entre las tropas mercenarias que deseaban cobrar su paga –algunos no la cobraban desde mucho antes de acabar el conflicto-, aunque también entre los campesinos libios, así como los comerciantes que veían ahora cortadas las rutas comerciales y con ellas sus ingresos. Esta crisis desemboca en lo que se llamó la Rebelión de los Mercenarios los cuales, unidos a esclavos fugitivos y a campesinos empobrecidos, y dirigidos por el líder libio Mathô, el mercenario galo Autarito y el esclavo campano Spendios, alzan un ejército de cerca de 90.000 hombres, creando un alzamiento popular contra Cartago, apoderándose y levantando la mayoría de las ciudades aliadas y llegando a poner cerco a la misma capital.
 Con la metrópoli en jaque por las derrotas de las exiguas tropas cartaginesas al mando de Hannón, en una situación mucho más peligrosa y cercana al saqueo y a la destrucción que durante toda la primera guerra púnica, Amílcar resulta ser elegido como caudillo para sofocar tan peligrosa revuelta, en base al respeto y el temor que su imagen causaba entre los mercenarios, aparte del prestigio militar y la demostrada capacidad en el manejo de tropas labrados contra Roma. Así pues, con la ciudad cercada, consigue sacar de noche a sus tropas (muy inferiores en número a las rebeldes) por sorpresa y, tras una larga, dura y magistral campaña de hostigamiento, tras tres sangrientos años y cuatro meses de arduas luchas acaba con la cruenta rebelión, crucificando a los rebeldes supervivientes.
 
EXPANSIÓN HACIA IBERIA

Tras tan notable y duro triunfo, Amílcar consigue una enorme popularidad, y a pesar de los recelos de sus adversarios en el Senado Cartaginés, consigue el puesto de comandante en jefe del ejército, convirtiéndose prácticamente en el auténtico dueño y señor de Cartago. Ante la pérdida de Sicilia, Cerdeña y Córcega ante Roma, Amílcar pone sus ojos en Iberia, inhóspita tierra de extraordinaria riqueza, como base para expansión y también para compensar las pérdidas económicas y navales, comenzando así la reconstrucción de la potencia cartaginesa. Recluta y entrena un nuevo ejército, y tras pacificar Numidia y sellar el control púnico sobre el norte de África, decide lanzarse sobre Iberia (236 a. C.). Durante ocho años, consolida los cimientos de lo que sería la nueva potencia cartaginesa a partir de la riqueza de los nuevos territorios conquistados en Iberia, estableciendo alianzas diplomáticas con los pueblos nativos y sacando provecho de los ricos yacimientos mineros ibéricos y demás materias primas. Enriquece las tropas cartaginesas con los fieros soldados íberos y baleares, y consigue sofocar, en compañía de su yerno Asdrúbal el Bello, las numerosas y continuas rebeliones de los nativos no sumisos ante la expansión cartaginesa.
 
MUERTE

En invierno de 229-228 a. C., en una escaramuza contra rebeldes oretanos, acontece su prematura muerte en las cercanías de Helike. La localización de Helike es conflictiva. Tradicionalmente, se ha venido especulando con Elche de la Sierra (Albacete) , Elche (Alicante), e incluso Belchite (Zaragoza). Otras interpretaciones modernas, se limitan a ubicarla en alguna ciudad oretana, sin concretar más, dadas las contradicciones en las fuentes históricas, que tantas polémicas han generado a lo largo de los años.
 
Amilcar sería sucedido en el mando por su yerno, Asdrúbal el Bello.

 

LEGADO

Amílcar es, sin lugar a dudas, un relevante personaje, clave en la historia de su nación y también en la de sus enemigos, espejo en el cual se miraron sus “cachorros de león” –como a él le gustaba llamar a sus hijos-, especialmente su hijo mayor, el más célebre de los púnicos y para muchos, el más grande general de todos los tiempos: Aníbal.