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lunes, 5 de junio de 2023

SAN CIPRIANO DE CARTAGO, UN DEFENSOR DE LA UNIDAD DE LA IGLESIA

San Cipriano de Cartago fue un clérigo y escritor romano, obispo de Cartago entre los años 249 y 258, santo y mártir de la Iglesia. Autor importante del cristianismo primitivo de ascendencia bereber, muchas de cuyas obras en latín se han conservado. Su conversión al cristianismo se produjo alrededor del año 246, después de haber sido profesor de retórica y jurista. Su vida estuvo marcada por las persecuciones, las herejías y los cismas que amenazaban la unidad de la Iglesia.

 

En algunos párrafos, extraídos de sus cartas y tratados, podemos apreciar su fe y su calidad de clérigo cristiano, así como su preocupación por defender la comunión eclesial frente a las divisiones internas y externas. Veamos algunos aspectos destacados de su pensamiento:

 

- San Cipriano reconoce en la Iglesia una sola autoridad suprema, que es el pontífice de Dios, es decir, el obispo de Roma, que ocupa el lugar de Cristo. Para él, obedecer al pontífice es obedecer a Cristo, y desobedecerlo es separarse de la Iglesia. Así lo expresa en su obra De unitate Ecclesiae: "La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice de Dios ni se quiere reconocer en la Iglesia un solo Pontífice y un solo juez, que ocupa el lugar de Cristo" .

 

- San Cipriano insiste en la unidad de la Iglesia como un don divino y una exigencia vital para los cristianos. Para él, la Iglesia es una sola, fundada sobre el único Dios, el único Cristo, la única fe y el único pueblo. La unidad se manifiesta en la concordia y la caridad entre los miembros del cuerpo místico de Cristo. La unidad no puede ser amputada ni dividida por el fraccionamiento de su organismo. Así lo afirma en su carta a los obispos numidas: "Hay un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo".

 

- San Cipriano advierte contra los falsos maestros y los herejes que se oponen a Cristo y a su Iglesia. Para él, no hay término medio entre estar con Cristo o estar contra él. Quien no está enteramente con él es su enemigo y dispersa su rebaño. Por eso exhorta a los fieles a permanecer fieles a la doctrina apostólica y a la comunión con el obispo legítimo. Así lo declara en su tratado De catholicae Ecclesiae unitate: "Cuando nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio, declara que aquellos que no están con Él son sus enemigos, no designa una herejía en particular, sino denuncia como a sus adversarios a todos aquellos que no están enteramente con Él, y que no recogiendo con Él ponen en dispersión su rebaño: El que no está conmigo —dijo— está contra mí, y el que no recoge conmigo esparce".

 

San Cipriano fue un testigo valiente de su fe hasta el final. Murió mártir el 14 de septiembre del año 258, durante la persecución del emperador Valeriano. Su ejemplo y sus escritos nos inspiran a vivir nuestra fe con coherencia y a mantenernos unidos a Cristo y a su Iglesia.


domingo, 14 de mayo de 2023

DECIO TRAJANO, AZOTE DE LOS CRISTIANOS Y PRIMER EMPERADOR MUERTO POR LOS BÁRBAROS

Decio, de nombre completo Cayo Mesio Quinto Trajano Decio (en latín: Gaius Messius Quintus Traianus Decius; Budalia, 201 - Abrito, 1 de julio de 251), fue un emperador romano que gobernó entre 249 y 251. Distinguido político durante el reinado de Filipo el Árabe, Decio fue proclamado emperador por sus tropas después de sofocar una rebelión en Moesia. En 249, derrotó y mató a Filipo cerca de Verona y luego fue reconocido como emperador por el Senado. Durante su reinado, intentó fortalecer el estado romano y su religión, lo que condujo a la persecución de Decio, en la que varios cristianos prominentes, incluido el Papa Fabián, fueron ejecutados. En el último año de su reinado, Decio fue cogobernante con su hijo Herenio Etrusco hasta que ambos murieron en la batalla de Abrito, convirtiéndose en el primer emperador romano en morir en combate frente a los bárbaros.​

 

Decio nació en Budalia, hoy Martinci, Serbia cerca de Sirmio (Sremska Mitrovica), en Panonia Inferior. Fue uno de los primeros de una larga serie de emperadores oriundos de la provincia de Iliria, en el Danubio.​ A diferencia de sus inmediatos predecesores imperiales, como Filipo el Árabe o Maximino, Decio era un senador distinguido que había servido como cónsul en 232. Había sido gobernador de la Hispania Tarraconense entre 235 y 238 y fue prefecto urbano de Roma durante el principio del reinado del emperador Filipo el Árabe (Marco Julio Filipo).​

 

Hacia 245 Trajano Decio fue nombrado comandante de las legiones en la zona del Danubio por el entonces emperador Filipo el Árabe. En 248 o 249 el emperador le ordenó sofocar la revuelta de Pacatiano y sus tropas en Mesia y Panonia.​ Los soldados estaban enojados debido al tratado de paz firmado entre Filipo y los sasánidas. Decio cumplió con su cometido. Pero Filipo el Árabe era un emperador poco querido y las legiones, concluida la campaña, insistieron en sustituirle, proclamando emperador a Decio Trajano, aunque Decio todavía mantenía que era leal a Filipo.

 

Tras su proclamación, Decio se puso en marcha hacia Roma. En el verano de 249 se encontró con el ejército de Filipo cerca de Verona, Italia, y tuvo lugar una batalla entre el anterior emperador y el nuevo, siendo aquel derrotado y muerto. El Senado reconoció a Decio como emperador, dándole el atributo Traianus, una referencia al emperador Trajano. El historiador bizantino Zósimo escribió así la escena:

Decio fue entonces investido en púrpura y forzado a asumir las duras tareas de gobierno, a pesar de su renuencia y mala gana.​ Su mujer, Herenia Etruscila, fue aceptada como Augusta.

 

El programa político de Decio se centró en la restauración de la fuerza del Estado, tanto oponiéndose militarmente a las amenazas externas como restaurando la piedad pública con un programa de renovación de la religión estatal. Consideraba que el Imperio atravesaba por graves problemas de corrupción y decadencia. Una parte de la culpa la buscó en la pérdida de los antiguos valores y en el abandono de los viejos cultos. Por ello, mandó retomar el culto y las ofrendas ancestrales en todo el territorio.

 

Bien como una concesión al Senado, o quizás con la idea de mejorar la moralidad pública, Decio intentó revivir el cargo de censor por lo que instó al Senado a nombrar al candidato propuesto por él mismo y que era el futuro emperador Valeriano. Pero este, bien consciente de los peligros y las dificultades inherentes al cargo en aquella época, rechazó el cargo. La invasión de los godos y la muerte de Decio anuló la reforma.

 

Durante su reinado, procedió a construir varios edificios en Roma «incluyendo las Termas Dacianas o baños de Decio sobre el Aventino» que fueron terminadas en 252 y aún sobrevivían en el siglo XVI; Decio también actuó para reparar el Coliseo, que había resultado dañado por los rayos.​

 

La intención de reforzar los cultos tradicionales llevó a un enfrentamiento entre Decio y los cristianos. Algunos cristianos se oponían civilmente a la reposición de los antiguos valores, pero la mayoría de éstos mirando al gobierno imperial con desconfianza, preferían solamente mantenerse apartados. Sin embargo, fueron duramente perseguidos, puesto que se los quería obligar a realizar actos de culto de la religión civil romana, que implicaban adoración a la figura del emperador. En enero de 250, Decio emitió un edicto para la supresión del cristianismo. El edicto en sí fue bastante claro:

 

Se requiere a todos los habitantes del imperio para que hagan sacrificios ante los magistrados de su comunidad «por la seguridad del imperio» en un día determinado (la fecha variaría en cada lugar y la orden pudo haber sido que el sacrificio tenía que estar consumado dentro de un específico período después de que la comunidad recibiera el edicto). Cuando hagan el sacrificio podrán obtener un certificado (libellus) documentando el hecho de que han cumplido la orden.

​

Mientras el propio Decio pudo haber pretendido el edicto como una forma de reafirmar su visión conservadora de la Pax Romana y para reafirmar a los ciudadanos de Roma que el Imperio todavía era seguro, a pesar de ello encendió una «terrible crisis de autoridad cuando varios obispos cristianos y sus rebaños reaccionaron a él de diversas maneras.​ Primero se tomaron medidas exigiendo que los obispos y oficiales de la iglesia hicieran un sacrificio por el emperador, n asunto de un juramento de alianza que los cristianos consideraban ofensivo. Se emitieron certificados en favor de aquellos que satisficieron a los inspectores paganos durante la persecución de los cristianos bajo Decio. Cuarenta y seis certificados semejantes se habían publicado, todos datados del año 250, cuatro de ellos de Oxirrinco. os seguidores cristianos que rechazaron ofrecer un sacrificio pagano por el emperador y el bienestar del imperio a una fecha determinada se arriesgaban a la tortura y a la ejecución.​

 

Una serie de destacados cristianos de hecho rechazaron hacer sacrificios y fueron asesinados en el proceso, incluyendo al propio obispo de Roma, Fabián, en 250 y «los sentimientos anticristianos llevaron a la cacería de los fieles en Cartago y Alejandría».​ En realidad, sin embargo, hacia el final del segundo año del reinado de Decio, «la ferocidad de la persecución anticristiana había disminuido, y la tradición precedente de tolerancia había comenzado a reafirmarse».​ La Iglesia cristiana sin embargo nunca olvidó el reinado de Decio a quien motejaron como «ese feroz tirano».​

 

En esta época, hubo un segundo estallido de la peste antonina, que en su punto álgido en 251 a 266 se llevó las vidas de 5000 personas diarias en Roma. Se refieren a este brote como la «peste de Cipriano» (el obispo de Cartago), donde tanto la peste como la persecución de los cristianos fueron especialmente severas. El biógrafo de Cipriano Poncio dio un vívido relato de los desmoralizadores efectos de la peste​ y Cipriano moralizó sobre el acontecimiento en su composición De mortalitate.

 

En Cartago la «persecución deciana» se desencadenó a la llegada de la peste usando a los cristianos como chivos expiatorios, llegando a la muerte de muchos cristianos, entre ellos los miembros del presbiterio y el propio "papa" de Cartago, el obispo metropolitano Tascio Cecilio Cipriano en el año 256. El edicto de Decio fue renovado bajo Valerio en 253 y rechazado bajo su hijo, Galieno, en 260.

Las incursiones bárbaras en el Imperio se estaban haciendo poco a poco más osadas y frecuentes mientras que el Imperio se tenía que enfrentar a una seria crisis económica en la época de Decio. En su breve reinado Trajano Decio tuvo que realizar importantes operaciones bélicas contra los godos, quienes cruzaron el Danubio para saquear los territorios de Mesia y Tracia. Esta es la primera ocasión de importancia en la que los godos, que más tarde tendrían un papel decisivo, aparecen en la documentación histórica.​ No se conocen muchos detalles de la campaña y hasta qué punto Trajano Decio y su hijo mayor Herenio Etrusco estuvieron personalmente envueltos.

 

Los godos bajo el rey Cniva fueron sorprendidos en el asedio de Nicópolis en las orillas del Danubio. Al acercarse el ejército romano, los godos traspasaron las montañas balcánicas pero, entonces, regresaron y sorprendieron a los romanos cerca de Beroë (moderna Stara Zagora), saqueando su campamento y dispersando a las tropas. Fue la primera vez en que un emperador romano huyó a la vista de los bárbaros.

Los godos entonces atacaron Filipópolis (moderna Plovdiv), que cayó en sus manos. Trataron la ciudad con suma crueldad. El gobernador de Tracia, Prisco, hermano del anterior emperador Filipo, se autoproclamó emperador bajo protección goda en oposición a Decio, pero el desafío de Prisco resultó irrelevante cuando fue asesinado poco tiempo después.

 

Agotados por el asedio de Filipópolis que había mermado tanto los recursos como el número de los godos, estos ofrecieron salir de la ciudad sin cautivos ni botín para conseguir una retirada libre. Decio sin embargo que había conseguido cerrar el cerco y confiaba en cortarles la retirada, se negó a negociar esta posibilidad. El enfrentamiento final, en el que los godos lucharon con el valor de la desesperación, bajo el mando de Cniva, tuvo lugar en la segunda semana de junio de 251 en terreno cenagoso en la Ludogorie, una región en Bulgaria nororiental que confluye con la meseta de Dobruja y la llanura danubiana al norte, cerca del pequeño asentamiento de Abrito o Forum Terebronii (moderno Razgrad): véase batalla de Abrito. Jordanes narra que el hijo de Decio, Herenio Etrusco fue asesinado por una flecha al comienzo de la batalla, y para animar a sus soldados Decio exclamó «Que nadie llore; la muerte de un soldado no es una gran pérdida para la república». A pesar de ello, el ejército de Decio se empantanó en las ciénagas y fue aniquilado en esta batalla, mientras que él mismo fue muerto en el campo de batalla.​ Como cuenta el historiador Aurelio Víctor:

Los Decii (esto es Decio), mientras perseguía a los bárbaros al otro lado del Danubio, murió por traición en Abrito después de reinar dos años.... Muchos cuentan que el hijo pronto cayó en batalla mientras dirigía un ataque demasiado audazmente; que el padre sin embargo, había afirmado enérgicamente que la pérdida de un soldado le parecía demasiado insignificante para preocuparse. Y así siguió con la guerra y murió de manera parecida mientras peleaba enérgicamente.

​

Según una tradición literaria posterior, Decio fue traicionado por su sucesor Treboniano Galo, quien estaba implicado en una alianza secreta con los godos pero esto no puede sostenerse y fue con toda probabilidad una invención posterior puesto que Galo se sintió obligado a adoptar al hijo menor de Decio, Cayo Valente Hostiliano, como emperador conjunto incluso aunque el segundo era demasiado joven para gobernar por derecho propio. Es también improbable que las dispersas legiones romanas proclamaran emperador a un traidor que era responsable de la pérdida de tantos soldados de entre sus filas.​ Decio fue el primer emperador romano que murió en batalla contra un ejército enemigo.​ Su cuerpo jamás fue encontrado.​

 

Casado al menos antes del año 230 con Herenia Cupresenia Etruscila, cuyo lugar de nacimiento se desconoce, aunque se presume que tuviera una parentela noble y alguna relación con Etruria. Fue declarada Augusta poco después de llegar Decio al trono; ostentaba el título de Mater castrorum desde mediados de 250, y el de Mater Augustorum desde comienzos del año 251. Murió a mediados de julio de ese mismo año, poco después que su marido y su hijo mayor, y casi al mismo tiempo que el menor. Los dos hijos varones de la pareja fueron:

 

Herenio Etrusco, nacido en Pannonia h. 220/230, que llegó a ser coagusto de su padre.

Valente Hostiliano, nacido poco después de 230 en Sirmio en el Ilírico. Fue reconocido por el Senado, adoptado y tenido por co-augusto por Treboniano Galo, según el historiador Zósimo para evitar una guerra civil, pero murió en Roma, al comienzo de una famosa epidemia, antes del 15 de julio de 251.

Aunque en un primer momento el emperador y su hijo mayor fueron declarados divi, para el mes de julio toda la familia imperial había sido objeto de damnatio memoriae.





sábado, 25 de abril de 2020

EDICTO DEL EMPERADOR VALERIANO PERSIGUIENDO EL CULTO CRISTIANO




Los obispos, presbíteros y diáconos deben ser inmediatamente ejecutados; los senadores, nobles y caballeros, perdida su dignidad, deben ser privados de sus bienes, y si aun así continúan siendo cristianos, sufran la pena capital. Las matronas, despojadas de sus bienes, sean desterradas. Los cesarianos (libertos del césar) que antes o ahora hayan profesado la fe, confiscados sus bienes, y con el registro marca de metal al cuello, sean enviados a servir a los dominios estatales.





viernes, 3 de abril de 2020

TEXTO DE LA RES GESTA DIVI SAPORIS (LAS GESTAS DEL DIVINO SAPOR) INSCRITO EN UN TEMPLO ZOROÁSTRICO


Soy el divino Sapor, adorador de Mazda, rey de reyes perteneciente a la raza de los dioses, hijo del adorador de Mazda, el divino Ardachir, rey de reyes. Cuando fui elevado por primera vez al dominio de las naciones, el Cesar Gordiano [emperador, 238-244] de todo el imperio romano reunio un ejercito y marcho contra nosotros. Ambos bandos libraron una gran batalla en las fronteras de Asiria, en Misikhe. El Cesar Gordiano fue muerto y el ejercito romano aniquilado. Los romanos proclamaron Cesar a Filipo. Y el Cesar Filipo vino a solicitar la paz, y por sus vidas pago un rescate de quinientos mil denarios y se convirtio en nuestro tributario. Y el Cesar volvio a mentir e hizo injusticia a Armenia. Marchamos contra el imperio romano y aniquilamos a un ejercito de sesenta mil hombres en Barbalissos. Incendiamos y devastamos y asolamos la nacion de Siria, asi como toda nacion y llanura situada por encima de ella. Y en la campana tomamos 37 ciudades con sus territorios adyacentes. En la tercera contienda el Cesar Valeriano vino sobre nosotros. Iba con el una fuerza de setenta mil hombres. Entablamos con el Cesar Valeriano una gran batalla mas alla de Carras y Edesa, y le cogimos prisionero con nuestras propias manos, junto con todos los demas comandantes del ejercito ... En esta campana tambien conquistamos 36 ciudades con sus territorios circundantes.


viernes, 26 de julio de 2019

LOS TETRARCAS


Después de ellos, los dioses nos otorgaron a Diocleciano y Maximiano, y, junto a tan ilustres personalidades, a Galerio y Constancio, de los que el uno nació para borrar la ignominia que supuso el cautiverio de Valeriano y el otro para someter de nuevo a las Galias a las leyes de Roma. Ciertamente, estos cuatro caudillos del mundo fueron aguerridos, sabios, benignos y muy generosos.


( Historia Augusta )





lunes, 16 de abril de 2018

CIPRIANO DE CARTAGO



Tascio Cecilio Cipriano (en latín, Thascius Cæcilius Cyprianus; c. 200 - 14 de septiembre de 258)​ fue clérigo y escritor romano, obispo de Cartago (249-58) y santo mártir de la Iglesia.

Autor importante del comienzo del cristianismo, nació probablemente a principios del siglo III en el norte de África, quizá en Cartago, donde recibió una educación clásica (pagana). Tras convertirse al cristianismo fue obispo (249) y murió martirizado en Cartago.

 

Cipriano tenía un origen rico y distinguido. De hecho, su martirio se produjo en su propia villa. La fecha de su conversión al cristianismo es desconocida, pero tras su bautismo en c. 245-248 donó una porción de su riqueza a los pobres de Cartago. Era púnico o quizá bereber.

Su nombre original era Thascios; tomó el nombre adicional de Caecilius en memoria del presbítero al que debía su conversión. Antes de esto fue profesor de retórica.​ En los primeros años de su conversión escribió una Epistola ad Donatum de gratia Dei («Carta a Donato sobre la gracia de Dios») y los tres libros de Testimoniorum Libri Tres o Testimoniorum ad Quirinus que seguían los modelos de Tertuliano, que influyó sobre su estilo y pensamiento, y detallando cómo las antiguas profecías no fueron reconocidas por los judíos en cuanto éstos no aceptaron a Cristo, perdiendo así sus privilegios y siendo sustituidos por los cristianos.

 

Poco después de su bautismo fue ordenado diácono, y más tarde presbítero. En algún momento entre julio de 248 y abril de 249 fue elegido obispo de Cartago, una elección popular entre los pobres, que recordaban su caridad, aunque una parte de los presbíteros se opuso a causa de la riqueza de Cipriano, su diplomacia y su talento literario. Además, la oposición en la comunidad de Cartago no se disolvió tras su elección.

Los cristianos del norte de África no habían sufrido la persecución durante muchos años. En 250 el emperador Decio decretó la supresión de la cristiandad, con lo que dio comienzo la persecución deciana. Un procónsul enviado por el emperador y cinco comisionados de cada ciudad administraban el edicto, pero cuando el procónsul llegó a Cartago Cipriano había huido.

 

En los documentos que se conservan de los Padres de la Iglesia de varias diócesis, se pone de manifiesto que la comunidad cristiana se dividió en esta ocasión entre los que practicaron la desobediencia civil a cualquier precio y los que se sometieron de palabra o acto al edicto. La huida de Cipriano de Cartago fue interpretada por sus enemigos como cobardía e infidelidad, y le acusaron ante Roma. Roma escribió a Cipriano en términos de desaprobación. Cipriano contestó que había huido de acuerdo al mandato divino. Desde su refugio dirigió a sus fieles con seriedad y entusiasmo, empleando a un diácono de confianza como intermediario.

 

La persecución fue especialmente severa en Cartago, de acuerdo con las fuentes de la Iglesia. Las fuentes oficiales romanas no hablan de la severidad de la persecución deciana. Muchos cristianos abjuraron de su fe, y desde entonces recibieron el nombre de lapsi, pero después pidieron ser readmitidos por la iglesia. Sus peticiones fueron atendidas. Los confesores del grupo más liberal intervinieron para permitir a cientos de lapsi volver a la iglesia.

 

Aunque él mismo se había retirado y aislado, Cipriano censuró la laxitud con los lapsi, y rehusó absolverlos excepto en el caso de enfermedad mortal, y quiso posponer la cuestión de su readmisión en la iglesia hasta que llegaran tiempos más tranquilos. Entonces la comunidad de Cartago sufrió un cisma. Felicísimo, que había sido ordenado diácono por el presbítero Novatus durante la ausencia de Cipriano, se opuso a todas las medidas de los representantes de Cipriano. Cipriano le depuso y le excomulgó a él y a su partidario Augendius. Felicísimo recibió el apoyo de Novatus y otros cuatro presbíteros, que organizaron una fuerte oposición al obispo.

 

Cuando, tras una ausencia de catorce meses, Cipriano volvió a su diócesis, defendió su marcha (guiado por una visión, para el bien de la comunidad) en cartas a los otros obispos del Norte de África y un tratado De lapsis, y convocó un concilio de obispos norteafricanos en Cartago para considerar el tratamiento de los lapsi y el cisma de Felicísimo (251). El concilio apoyó a Cipriano y condenó a Felicísimo, aunque no se conservan actas del mismo. Los libellatici, es decir, cristianos que habían obedecido al emperador, serían readmitidos tras arrepentimiento sincero, pero los que habían tomado parte en sacrificios al emperador sólo podrían volver a la Iglesia cuando estuvieran cerca de la muerte. Más tarde esta regulación se suavizó, e incluso los que habían celebrado sacrificios fueron readmitidos si se arrepentían inmediatamente y buscaban la absolución, aunque los clérigos caídos fueron depuestos y no podían recuperar sus cargos.

En Cartago, los seguidores de Felicísimo eligieron a Fortunato como obispo en oposición a Cipriano, mientras que en Roma los seguidores del presbítero Novaciano, que también rechazó la absolución para los lapsi, le eligieron obispo de Roma, en oposición al obispo legítimo Cornelio. Los novacionistas consiguieron la elección de un obispo rival de su bando en Cartago, llamado Máximo. Novatus abandonó a Felicísimo y se unió al bando novaciano.

 

Estos extremos fortalecieron la firme pero moderada influencia de los escritos de Cipriano, y los seguidores de sus oponentes fueron perdiendo fuerza. Su prestigio se acrecentó cuando los fieles fueron testigos de su devoción abnegada durante una gran plaga y la hambruna que le siguió.

Al obispo Cornelio le sucedió San Lucio I, y a este San Esteban I, que mantuvo importante enfrentamiento con Cipriano: Esteban hizo uso —por primera vez en la historia de la Iglesia— de la pretensión de que la Iglesia de Roma no sólo tenía una autoridad moral sobre las restantes Iglesias de la cristiandad, sino de que además poseía una autoridad jurídica que le permitía imponerse sobre el resto de las iglesias del mundo. Esto llevó a una ruptura de las iglesias africanas con Roma que se mantuvo hasta la muerte de Esteban.

 

San Esteban quiso dominar al obispo de Cartago justificando la primacía de su obispado de Roma sobre los otros con el argumento del Tu es Petrus que se encuentra en el Evangelio de Mateo: (Mateo 16, 13-20), pero Cipriano respondió que, de acuerdo a las antiguas enseñanzas de la Iglesia todos los obispos eran iguales y cada uno de ellos la figura de Pedro, y por tanto cada obispo era sucesor de Pedro en su diócesis, en lo cual estuvieron de acuerdo en cuatro Concilios sucesivos todos los obispos del África, y las Iglesias de Asia Menor, encabezadas por la Metrópolis de Cesarea.

Cipriano confortó a sus hermanos escribiendo su De mortalitate, y en su De eleomosynis les exhortó a la caridad a los pobres, al tiempo que conducía su vida de forma recta. Defendió a la cristiandad y a los cristianos en su apología Ad Demetrianum, dirigida contra un tal Demetrio y el reproche de los paganos de que los cristianos eran la causa de las calamidades.

 

Cipriano tuvo que librar una nueva lucha a partir de 255, en la que se enfrentó al obispo romano Esteban I. La causa de la contienda fue la eficacia del bautismo en las formas convencionalmente aceptadas cuando era administrado por herejes.

Esteban declaró que el bautismo realizado por herejes era válido si se administraba en nombre de Cristo o de la santísima Trinidad. Esta era la visión de una importante parte de la Iglesia occidental. Cipriano, por otra parte, creía que fuera de la Iglesia no podía haber verdadero bautismo, considerando a los realizados por herejes nulos y vacíos, y bautizaba de nuevo a los que se unían a la Iglesia. Cuando los herejes habían sido bautizados en la Iglesia pero la habían dejado y deseaban volver en penitencia, no los rebautizaba.

 

La ajustada definición de Cipriano de la Iglesia llevó a ciertas inferencias que le convirtieron en el enlace entre su modelo, el rigorista Tertuliano, y la polémica donatista que dividió al norte de África más adelante y que trataba de la eficacia de la misa cuando la pronunciaba un sacerdote indigno.

La mayoría de los obispos norteafricanos se alinearon con Cipriano, y encontró un poderoso aliado en Firmiliano, obispo de Cesarea Marítima. Pero la postura de Esteban logró la aceptación general. Esteban empleó en sus cartas el argumento de la superioridad de la Santa Sede sobre los obispados de la toda la cristiandad. Cipriano contestó que la autoridad del obispo de Roma estaba coordinada con la suya, pero no era superior.

 

La Enciclopedia Católica de 1911 dice de Cipriano que en la época, la disputa se consideró un asunto de disciplina, y no de doctrina. La Iglesia católica moderna sostiene que el bautismo realizado por herejes e incluso por ateos es válido si se realiza de acuerdo con las formas católicas. La base de esta doctrina la articuló San Agustín en su conflicto con los donatistas, que emplearon la autoridad de Cipriano en favor de sus tesis.

 

La Iglesia católica ortodoxa, en cambio, ha hecho suya la eclesiología de Cipriano, y rechaza en su doctrina oficial la existencia de bautismo y otros sacramentos fuera de la Iglesia ortodoxa. Así recibe a quienes vienen de otras comunidades eclesiásticas bautizándolos "por primera vez" (puesto que considera al bautismo anterior inexistente) o bien realizando sobre ellos la crismación o imposición de manos para suplir la falta de un bautismo anterior y considerándolo como una forma vacía de contenido a la que hay que llenar con la Gracia divina.

 

A finales de 256 se emprendió una nueva persecución de cristianos en tiempo del emperador Valeriano, y tanto Esteban como su sucesor Sixto II, fueron martirizados en Roma.

En África, Cipriano preparó a los fieles para el esperado edicto de persecución en su De exhortatione martyrii. El 30 de agosto de 257, ante el procónsul romano Aspasius Paternus se negó a realizar sacrificios a las deidades paganas y profesó firmemente su fe en Cristo.

 

El cónsul le desterró a Curubios. Tuvo una visión que le anunció su destino. Cuando hubo transcurrido un año fue llamado de vuelta y se le mantuvo prácticamente prisionero en su propia villa, en espera de medidas más severas tras la llegada de un nuevo edicto imperial que ordenaba la ejecución de todos los clérigos cristianos, de acuerdo con los testimonios de los escritores cristianos.

El 14 de septiembre de 258 fue apresado por el nuevo procónsul, Galerio. Al día siguiente fue examinado por última vez y sentenciado a morir por la espada. Su única respuesta fue «¡Gracias a Dios!». La ejecución tuvo lugar cerca de la ciudad. Una gran multitud siguió a Cipriano en su último día. Se quitó sus prendas sin asistencia, se arrodilló, y rezó. Tras vendarse los ojos fue decapitado.

 

El cuerpo fue enterrado por cristianos cerca del lugar de la ejecución y sobre él, así como en el lugar de su muerte, se construyeron más tarde iglesias, que, sin embargo, fueron destruidas por los vándalos. Se dice que Carlomagno trasladó los huesos a Francia, y en Lion, Arles, Venecia, Compiegne y Roenay aseguran que poseen reliquias del mártir.

Además de varias epístolas, que se recopilaron parcialmente junto con las respuestas de aquellos a los que escribía, Cipriano escribió varios tratados, algunos de los cuales tienen carácter de carta pastoral.

Su obra más importante es su De unitate ecclesiae.

Otra obra importante es su Tratado sobre la Oración del Señor (Padre Nuestro).

 

Las siguientes obras tienen una autenticidad dudosa: De spectaculis, De bono pudicitiae, De idolorum vanitate,De laude martyrii, Adversus aleatores , De montibus Sina et Sion y la Cena Cypriani. El tratado titulado De duplici martyrio ad Fortunatum no sólo fue publicado por primera y única vez por Erasmo, sino que probablemente también lo compuso y le atribuyó la autoría a Cipriano.

La posteridad ha encontrado menos dificultades en llegar a una visión universalmente aceptada de la personalidad de Cipriano que sus contemporáneos. Combinaba la arrogancia de su pensamiento con la conciencia de la dignidad de su oficio; su vida seria, su abnegación y fidelidad, moderación y la grandeza de su alma han recibido la admiración posterior. Como escritor, sin embargo, no fue en general original o especialmente profundo.