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domingo, 22 de enero de 2017

EL JURAMENTO DE LOS BÁTAVOS, DEL HOLANDÉS REMBRANDT HARMENSZOON VAN RIJN




Los bátavos (en latín: batavi) fueron un pueblo germánico que vivía en la zona que en la actualidad ocupan los Países Bajos. Originalmente, eran parte del pueblo cato y fueron citados por Tácito como habitantes del delta del Rin (Tácito, Historiae iv). Esto llevó a llamar en latín Batavia a la región.

Durante algún tiempo, entre 1795 y 1806, los Países Bajos adoptaron el nombre de República Bátava. Incluso Yakarta, la capital de Indonesia, fue denominada Batavia entre 1619 y 1942, durante la colonización neerlandesa.


Julio César cita a los bátavos (Batavi) en su obra Comentarios a la guerra de las Galias, libro IV, 10.1, situándolos en una isla donde el Rin se separa en un brazo, el Waal. La posición estratégica del lugar fue aprovechada por los romanos para establecer fortificaciones.

Los descubrimientos arqueológicos evidencian que vivían en pequeñas poblaciones, de 6 a 12 casas, cultivando las fértiles tierras que se encuentran entre los dos ríos, viviendo de la agricultura y la cría del ganado. El mayor asentamiento romano en la zona fue un Oppidum Batavorum, destruido por completo durante las revueltas bátavas.

Tácito, en su obra De origine et situ Germanorum, cita a los bátavos como las más bravas tribus de la zona, endurecidos en las guerras, que tenían sus propias cohortes con sus jefes que combatieron en Britania. Afirma que mantenían relaciones amistosas con Roma, como aliados, sin necesidad de pagar tributos o tasa alguna. «Sólo suministraron al Imperio armas y hombres», remarcó Tácito. Estaban bien preparados, por su destreza con los caballos y su increíble capacidad para cruzar los ríos con sus fuerzas sin perder la formación y sin necesidad de usar puentes. Dión Casio describe esta sorprendente táctica empleada por Aulo Plaucio contra los bárbaros en la batalla del río Medway.

A pesar de la alianza con Roma, los bátavos se sublevaron en la Germania Inferior entre el 69 y el 70, liderados por Cayo Julio Civilis, dando cuenta de cuatro legiones en una humillante derrota del ejército romano. Después, un gran contingente al mando de Quinto Petilio Cerial derrotó a los bátavos. El origen se remonta a Galba, quien disolvió con deshonor los Corporis Custodes, guardia personal de los emperadores romanos compuesta por bátavos y ordenó la detención de sus dos príncipes: Cayo Julio Civilis y su hermano Claudio Paulo. Se desconocen las razones de Galba, pero parecen estar fundadas en la lealtad mostrada por los bátavos a Nerón en Germania. Cayo regresó a Batavia, pero su hermano fue ejecutado en el 68.

Han sido encontradas numerosas tumbas y altares de bátavos a lo largo del Muro de Adriano, en especial en Escocia, Alemania, Yugoslavia, Hungría, Rumania y Austria, datadas en los siglos II y III. Se cree que a partir de este último, los bátavos se fusionaron con otros pueblos, como los francos y los frisones.









domingo, 1 de enero de 2017

LOS CUATRO EFÍMEROS EMPERADORES Y LA DINASTÍA FLAVIA


EMPERADOR VESPASIANO


Quien echó involuntariamente una mano a los cristianos fue un emperador que tenía ojeriza a los hebreos y cometió el error imperdonable de perseguirlos, ayudando, con su dispersión por el Mundo, a la difusión de la nueva Fe.

 

Vespasiano subió al trono el año 70, después del espantoso interregno que siguió a la muerte de Nerón, con el que acabó la dinastía de los Julios Claudios. Le sucedió el general rebelde Galba, un aristócrata no peor que muchos otros, calvo, gordo, con las coyunturas embotadas por la artritis y la manía del ahorro. Su primer gesto, apenas proclamado emperador, fue ordenar a cuantos habían recibido donaciones de Nerón que los devolvieran al Estado. 

LOS CUATRO EMPERADORES:
GALBA, OTÓN, VITELIO Y VESPASIANO

Y esto le costó el trono y la vida, pues entre los beneficiados se hallaban los pretorianos que, al encontrarle, tres meses después de su proclamación en el Foro, adonde él se hiciera llevar en una litera, le decapitaron, le cortaron los brazos y los labios y proclamaron sucesor suyo a Otón, un banquero que había hecho quiebra fraudulenta y que prometía administrar las finanzas públicas con la misma despreocupación con que había regido las suyas particulares.



A esta noticia, el ejército destacado en Germania a las órdenes de Aulo Vitelio y el desplazado en Egipto a las de Vespasiano, se rebelaron y marcharon sobre Roma. Llegó primero Vitelio, el cual enterró a Otón, que ya se había suicidado, se proclamó emperador, se entregó a su pasión preferida, la de las comidas luculianas, y por seguir hartándose de cordero lechal descuidó ir al encuentro de las fuerzas de Vespasiano que, entretanto, habían desembarcado. La sangrienta batalla de Cremona decidió la suerte, de aquella guerra de sucesión. Vitelio fue derrotado y los romanos se divirtieron la mar con la matanza que siguió en su propia ciudad. Tácito cuenta que la gente se apiñaba en las ventanas y los tejados para asistir a aquella carnicería, apostando por los contendientes como si se hubiese tratado de un partido de fútbol. Entre muerte y muerte, los combatientes irrumpían en las tiendas, las saqueaban y les pegaban fuego; o bien desaparecían en los portones engatusados por alguna prostituta y mientras yacían con ella eran apuñalados por un nuevo cliente del partido contrario. Vitelio, que fue capturado en su escondite, donde, por cambiar, banqueteaba, fue arrastrado desnudo por la ciudad con un nudo al cuello, tiroteado con excrementos, torturado con estudiada lentitud y echado por fin al Tíber.

MUERTE DEL EMPERADOR VITELIO

La ciudad que se divertía con el fratricidio, los ejércitos que se rebelaban, los emperadores que quedaban sumidos en estiércol, en esto se había convertido la capital del Imperio.

 

Tito Flavio Vespasiano había vivido en ella muy poco. Nacido en provincias, en Rieti, había abrazado después la carrera militar que le llevó un poco a todas partes. No era noble. Procedía de la pequeña burguesía. Las distinciones y su estipendio se los había ganado con mil sacrificios y honraba ante todo dos virtudes: la disciplina y el ahorro. Tenía sesenta años cuando subió al trono, pero los llevaba bien. Completamente calvo, tenía el rostro abierto, tosco y franco, enmarcado por dos orejas inmensas y peludas. Detestaba a los aristócratas, les consideraba unos zánganos, no sufrió nunca la tentación esnobista de hacerse pasar por uno de ellos, y cuando un heráldico, precisamente para ennoblecerle, fue a comunicarle que había buscado sus orígenes y descubierto que se remontaban a Hércules, estalló en una carcajada como para derribar las paredes y hacer entrar en sospecha de que en aquella adulación había algo de verdad. Cuando recibía a algún dignatario le palpaba la túnica para comprobar si era de tela demasiado fina y le olfateaba para cerciorarse de si olía a agua de colonia. No soportaba esas sofisticaciones.

 

Lo primero que hizo fue reorganizar el Ejército y las finanzas. El Ejército lo adjudicó en arriendo a los oficiales de carrera, casi todos provincianos como él. Para las finanzas escogió el camino más expedito: el de vender, a precios carísimos, los altos cargos públicos, al mejor postor. De todos modos —decía—, todos son ladrones, y en cierto modo les fomentamos a serlo. Mejor es que vayan adelante restituyendo al Estado un poco de lo que roban.» El mismo método siguió para reorganizar el fisco. 


Lo confió a funcionarios escogidos entre los más rapaces y esquilmadores y les soltó con plenos poderes en todas las provincias del Imperio. Figuraos qué comilonas para las poblaciones pobres. Jamás la tributación de Roma había funcionado con tal despiadada puntualidad. Pero cuando la rapiña estuvo consumada, Vespasiano llamó a Roma a los ejecutadores, les elogió y les confiscó todas las ganancias, con las que, una vez equilibrado el presupuesto, resarció a las víctimas. 

VESPASIANO SUPERVISANDO LA CONSTRUCCIÓN DEL COLISEO

Su hijo Tito, que era un puritano lleno de escrúpulos, fue a protestar de aquel sistema que repugnaba a su beato y cándido sentido de la virtud. «Yo hago de sacerdote en el templo —contestóle el padre—. Con los bandidos, hago el bandido.» Y para aumentar los ingresos inventó aquellas pequeñas construcciones que todavía llevan precisamente el nombre de vespasianas, estableciendo un impuesto a los que las usaban y una multa a los que no las usaban. No había elección. Quien lo hacía fuera pagaba más que quien lo hacía dentro. También por esta medida Tito elevó sus protestas. Su padre le puso debajo de la nariz un sestercio y le preguntó: «¿Huele a algo?»

 

Ese hijito delicado y bondadoso, al que amaba tiernamente, era la mayor preocupación de aquel soberano escéptico, que no pretendía reformar a la Humanidad y abolir sus vicios, sino solamente mantenerla en su sede.


 Para que fuese adquiriendo práctica en el gobierno de los hombres, le encargó que restableciera el orden en Palestina, donde había estallado la última y más terrible revolución. Los hebreos defendieron Jerusalén con un heroísmo sin precedentes. Según un historiador suyo, murieron dos millones de ellos; según Tácito, seiscientos mil. Para llegar al cabo de la resistencia, Tito entregó la ciudad a las llamas, que destruyeron incluso el Templo. 


De los supervivientes, algunos se suicidaron, otros fueron vendidos como esclavos y otros huyeron. Su dispersión, comenzada seis siglos antes, convirtiese en la verdadera y propia diáspora. Y así como en la mochila de los soldados de Napoleón estaban los Derechos del hombre, en el saco de muchos de aquellos pobres emigrantes estaba el Verbo de Cristo.

 

Vespasiano, enorgullecido, tributó a Tito un triunfo algo desproporcionado con el valor militar de aquella empresa y en su honor hizo construir el famoso arco cuyo nombre ostenta. 


Pero con gran espanto suyo, vio que su hijo pasaba por debajo llevando consigo como botín a una agraciada princesa hebrea, Berenice. No tenía nada que oponer a que la tuviese por amante; pero lo malo era que Tito quería casarse con ella, alegando que la había «comprometido».


 Vespasiano no comprendía por qué aquel muchacho quería confundir el amor, pasajero y voluble capricho, con la familia, institución seria y permanente. Desde que quedara viudo, también él había tomado una concubina, pero sin casarse con ella. ¿Por qué Tito no hacía otro tanto, quedándose con Berenice como concubina? Nos parece oír hablar a nuestro papá, cuando le pedíamos permiso para casarnos con una cupletista. Y, como nosotros, también Tito renunció finalmente a la cupletista.

 

Poco después le tocó a él hacer de emperador. Tras diez años de sabio reinado, el más sabio que gozara Roma después de Augusto, Vespasiano volvió un día a Rieti de vacaciones. Iba allí con frecuencia para volver a ver a sus amigos de juventud, a hacer con ellos una batida de liebres, cuatro charlas, una comida de habichuelas con corteza de tocino y echar una partidita de dados que eran sus pasatiempos favoritos. Se le ocurrió la mala idea de enjuagarse los ríñones con agua de Fuente Cottorella. Sea que la cura no fuese la adecuada, o que hubiese equivocado las dosis, el hecho es que fue presa de cólicos y en seguida se dio cuenta de que no había remedio: «Vete! —dijo guiñando el ojo, sin renunciar siquiera en aquel momento a su habitual y tosco buen humor—. Puto deus fio.» (Ay, ay, me parece que me vuelvo un dios.) Pues en aquella Roma de zalemas y adulaciones era ya costumbre divinizar a todos los emperadores cuando morían. Después de tres días y tres noches de disentería, amarillo como un limón y con la frente empapada en sudor, tuvo aún fuerzas para levantarse, miró a los circunstantes que a su vez le contemplaban asustados y, riéndose a carcajadas para poner de manifiesto que se daba cuenta de la tontería que estaba cometiendo: «Ya sé, ya sé... —farfulló—. Pero, ¿qué queréis? ¡Un emperador debe morir de pie!»

EMPERADOR VESPASIANO

Y de pie murió, el año 79, aquel burgués nacido para morir como todos los burgueses: tendido en una cama; y, como actor concienzudo, obligado a interpretar un papel que no era el suyo.
 
EMPERADOR TITO
Tito, que le sucedió, fue el más afortunado de los soberanos porque no tuvo tiempo de cometer errores, como sin duda le hubiese ocurrido por mor no de sus defectos, sino de sus virtudes; la bondad, el candor y la generosidad. No firmó ninguna sentencia de muerte. Cuando se enteró de un complot, mandó un mensaje de admonición a los conjurados y otro tranquilizador a sus madres. En sus dos años de reinado, Roma sufrió un terrible incendio, Pompeya fue sepultada por el Vesubio e Italia devastada por una tremenda epidemia. Para reparar los daños, Tito agotó el Tesoro. Por asistir personalmente a enfermos, se contagió y perdió la vida, a los cuarenta y dos años, llorado por todos, menos por su hermano, Domiciano, que le sucedió en el trono.

EMPERADOR DOMICIANO

No sabemos qué juicio de conjunto podemos dar de este último representante de la dinastía de los Flavios. Entre los escritores que vivieron en su tiempo. Tácito y Plinio han dejado un retrato de lo más negro, y Estacio y Marcial de lo más rosa. No están de acuerdo ni siquiera sobre su aspecto físico: los primeros le describen calvo y barrigudo y de piernas raquíticas; los segundos, hermoso como un arcángel, tímido y dulce. Sin duda debió de haber sufrido mucho por la preferencia que Vespasiano había tenido siempre hacia Tito. Y cuando el padre falleció, presentó su pretensión a la mitad del poder. Tito se la ofreció. Domiciano rehusó y se puso a conspirar. Dión Casio sostiene que cuando su hermano cayó enfermo, apresuró su muerte cubriéndole de nieve.

EMPERADOR DOMICIANO

Su reinado es un poco parecido al de Tiberio, a quien tenemos la impresión de que, como hombre, se le parecía. Idéntico fue el comienzo: cuerdo y prudente, con alguna vena de austeridad puritana. El cargo que más le interesó fue el de censor, mediante el cual podía controlar las costumbres; y los ministros de quienes se rodeó eran técnicos calificados particularmente para reconstruir la ciudad devastada por el incendio. No quiso guerras. Y cuando Agrícola, gobernador de Britania, intentó llevar los confines del Imperio hasta Escocia, le destituyó. Tal vez fue éste su error más grave, pues Agrícola era suegro de Tácito, que le adoraba y que asumió la tarea de juzgar a los hombres de su tiempo. Es natural que hubiera dejado tan malparado a aquel pobre soberano.
 
EMPERADOR DOMICIANO
Desgraciadamente, para obtener la paz hace falta que sean dos en desearla. Y Domiciano tuvo que ver con los dacios, que no la querían. Éstos cruzaron el Danubio, derrotaron a los generales romanos, y obligaron al emperador a tomar las riendas del Ejército. Lo estaba conduciendo muy bien, cuando Antonio Saturnino, gobernador de Germania, se rebeló con algunas legiones, obligándole a una paz prematura y desfavorable con los dacios y metiéndole en el cuerpo la obsesión de las conjuras. 


Aquel que hasta entonces había gobernado más bien como un Cromwell, tornóse un Stalin, y para salvar su propia «personalidad» instauró el «culto» más descomedido de ésta. Se instaló en un trono de verdad, quiso ser llamado «señor y dios nuestro», y pretendió que los visitantes le besasen los pies. También él expulsó de Italia a los filósofos porque impugnaban su absolutismo, cortó la cabeza a los cristianos porque rechazaban su divinidad y dio preferencia a los delatores porque creía que le protegían de los enemigos. Los senadores le odiaban, le incensaban y apechugaban con sus sentencias de muerte. Y entre estos senadores se hallaba también Tácito, su futuro y despiadado juez.
 
DOMICIA LONGINA
En un ataque de manía persecutoria se acordó de que su propio secretario, Epafrodito, era el mismo que un cuarto de siglo antes había ayudado a Nerón a cortarse la carótida. Y temiendo que hubiese adquirido el vicio de repetirlo, le condenó a muerte. Entonces todos los demás funcionarios de palacio se sintieron amenazados, organizaron una conjura y llamaron a que participase en ella también a la emperatriz Domicia. Le apuñalaron por la noche. Domiciano se defendió salvajemente hasta el último momento. Tenía cincuenta y cinco años y había reinado durante quince, primero como el más prudente y después como el más nefasto de los soberanos. 


Así terminó, también en la oscuridad de donde había salido, la segunda dinastía de los sucesores de Augusto. De diez emperadores que se sucedieron en el espacio de ciento veintiséis años (desde el 30 antes de Jesucristo hasta el 96 después de Jesucristo), siete murieron asesinados. Había algo en el sistema que no funcionaba, que tornaba sanguinarios hasta a hombres dispuestos al bien; algo más decisivo que el mismo mal hereditario que tal vez corrompía la sangre de los Julio Claudios.

 


Y este algo hay que buscarlo en la sociedad romana, en la transformación que había ido experimentando en los últimos tres siglos.




miércoles, 10 de agosto de 2016

EL CÓNSUL TITO VINIO


 
Tito Vinio (12 - 69) fue un general y político del Imperio romano. Vinio se convirtió en uno de los hombres más poderosos durante el reinado del emperador Servio Sulpicio Galba.
 
Plutarco cuenta con un gran número de historias acerca de la juventud de Vinio. El escritor dice que cuando Vinio estaba sirviendo en su primera campaña, trajo a la esposa de su comandante al campamento y mantuvo con ella relaciones sexuales en los aposentos del general. Vinio fue capturado y Calígula le condenó a muerte, aunque pudo salvarse gracias al asesinato del emperador.
 
Según Plutarco y Tácito, cuando en una ocasión Vinio fue invitado a cenar a palacio por el emperador Claudio, se apropió de una copa de oro. Cuando Claudio tuvo noticias de esto, lo invitó de nuevo a cenar a la noche siguiente, pero antes de que Vinio llegara, Claudio ordenó a sus asistentes que retiraran los habituales recipientes de plata, sustituyéndolas por vasos de cerámica. A pesar de todo, durante su gobierno proconsular de la Gallia Narbonensis, Tácito escribe que administró la provincia con estricta integridad.
 
Vinio sirvió como comandante de una de las legiones estacionadas en la provincia de Hispania Tarraconense durante el gobierno de Galba. Cuando tras la muerte de Nerón, Galba se proclamó emperador en el año 68, Vinio lo acompañó en su marcha hacia Roma. A su llegada a la capital imperial, el nuevo emperador lo eligió como su colega para el consulado. Vinio adquirió rápidamente una gran influencia dentro de palacio, de hecho, se decía que él y otros dos, Cornelio Lacón, el prefecto de la Guardia Pretoriana e Icelo Marciano, un liberto del nuevo emperador controlaban por completo todo el imperio. Tal era la influencia que ejercían sobre el emperador que se les conocía como "los tres pedagogos". Según los escritores Plutarco y Suetonio, Vinio estaba ávido de dinero y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa a cambio de un soborno. Era muy conocido en Roma que la liberación del prefecto Cayo Ofonio Tigelino, que había sido acusado de corrupción por el emperador Nerón, se había producido tras el pago de una considerable retribución.


A principios del año 69, Galba se enfrentó a la necesidad de elegir un sucesor. Tito Vinio por su parte apoyaba secretamente a Otón, y había llegado en secreto a un acuerdo para casarse con su hija.  Galba sin embargo se negó por primera vez a seguir el asesoramiento de Vinio y designó como su heredero a Pisón Liciniano. Otón respondió a esto persuadiendo a la Guardia Pretoriana para que le proclamaran emperador. Cuando estallaron disturbios en las calles, Vinio aconsejó a Galba permanecer en palacio y armar a sus esclavos para ayudar en su defensa. Lacón e Icelo sin embargo aconsejaron a Galba salir de palacio y mostrarse al pueblo. Galba por su parte decidió seguir el consejo de estos últimos y a consecuencia de ellos fue asesinado. Vinio trató de huir, pero fue ejecutado.



EL CÓNSUL CNEO JULIO AGRÍCOLA


Cneo Julio Agrícola (en latín, Gnaeus Iulius Agricola; Forum Julii [actual Fréjus, Francia], 13 de julio de 40-Roma, 23 de agosto de 93) fue un general y político romano. Fue gobernador de Britania entre los años 77 y 84. Terminó la conquista de la isla e inició su romanización. Fue suegro del historiador Tácito, el cual dedicó una de sus obras a su biografía.

Agrícola nació en Forum Julii, en la Galia Narbonense (lo que hoy es el sur de Francia), y era hijo de Julio Gracinus, de rango senatorial, y de su esposa Julia Procila, que parece que en todo momento vigiló con gran atención su educación y ejerció gran influencia sobre él.
 
FORMACIÓN Y MATRIMONIO

Estudió filosofía (lo habitual en la educación de un romano de clase alta) desde su primera juventud en Massilia. Hizo sus primeras armas en Britania, como tribuno militar entre 58 y 62, formando parte del estado mayor del gobernador Cayo Suetonio Paulino con el que participó en la Batalla de Watling Street que acabaría con la rebelión de Boudica. De allí volvió a Roma, donde se casó con Domicia Decidiana, con la que tuvo una hija que a su vez se casaría con el historiador Tácito. Su yerno escribiría las crónicas de su carrera militar y política en un libro titulado De vita et moribus Iulii Agricolae (Vida y costumbres de Julio Agrícola), y sería además uno de sus mayores defensores. En esta obra biográfica, Tácito nos muestra a un Julio Agrícola como un romano tradicional enfrentado a un mundo decadente.
 
EL CURSUS HONORUM

Tras completar su formación y casarse, Agrícola inició la carrera de las magistraturas (cursus honorum):

La cuestura en Asia (año 64), a las órdenes del procónsul Salvio Ticiano. Allí demostró su integridad cuando rehusó asociarse con el procónsul en el sistema de extorsión habitual en las provincias romanas.
El tribunado de la plebe (66) y la pretura (68), que en tiempos de Nerón eran cargos puramente nominales, cuyo ejercicio comportaba riesgos para quien los ocupaba. Por ello, el único camino seguro era aplicar una prudente inactividad.
En 68 fue nombrado por Galba para que investigara las propiedades sagradas de los templos de forma que se pudiera atajar ese tipo de robo practicado por Nerón (Suetonio, Nerón, 32). Ese mismo año perdió a su madre. Durante su regreso del funeral, que había tenido lugar en Liguria, se enteró de la subida al poder de Vespasiano e inmediatamente se unió a sus partidarios.
Bajo Vespasiano su primer servicio fue el de legado del gobernador de Britania Quinto Petilio Cerial, y comandante de la vigésima legión (Valeria Victrix) (71-73).
A su regreso, fue elevado por el emperador al rango de patricio y se le asignó el gobierno de la provincia de Galia Aquitania, que desempeñó durante tres años (74-77).
Fue llamado a Roma para ser nombrado cónsul (77). Se le asignó con acuerdo general la provincia de Britania.
 
AGRÍCOLA EN BRITANIA

Agrícola fue el duodécimo general romano que estuvo en Britania. Fue él el único que completó la tarea de someterla a los romanos, no tanto por su consumada pericia militar como por su hábil política a la hora de hacer que los britanos aceptaran la soberanía romana. Les enseñó las artes y placeres de la vida civilizada, a fundar ciudades, a construir viviendas cómodas y templos. Estableció un sistema educativo para los hijos de los caudillos britanos: al menos entre ellos se hablaba latín y se llevaba la toga como prenda de moda.

Como gobernador, Cneo Julio estuvo siete años completos en Britania (78-84), subyugó Gales y el norte de Inglaterra antes de invadir Escocia, conocida como Caledonia en tiempos de los romanos. La última conquista de su predecesor, Sexto Julio Frontino, había sido la de los siluros, al sur de Gales. La última acción del periodo de mando de Agrícola fue la que tuvo lugar al pie de los montes Grampianos, que le dio la posesión de toda Britania hasta un punto tan septentrional como el límite norte de Perth y Argyll.
 
Primera y segunda campañas. Su primera campaña (78) se empleó en la reconquista de la isla de Mona (Anglesey) y el territorio de los ordovicos (norte de Gales), reductos de los druidas. El resto de este año y el siguiente se dedicaron a tomar las disposiciones necesarias para la seguridad del dominio romano en las zonas de Britania conquistadas con anterioridad.
Tercera campaña. La tercera campaña (80) lo llevó hacia el norte hasta el Tánao, probablemente al fiordo de Solway.
Cuarta campaña. La cuarta (81) tuvo por objeto fortificar y ocupar este territorio y avanzar hacia el norte hasta los Firths de Clyde y Forth.
Quinta campaña. En la quinta campaña (82) emprendió la tarea de someter a las tribus que habitaban la costa situada frente a Irlanda.
Sexta campaña. En la sexta (83) exploró con su flota y tropas terrestres las costas de Fife y Forfar hasta entrar en contacto con los caledonios (nombre que los romanos aplicaban a los pictos). Estos atacaron de noche su campamento, que se cree que estaba en el lago Ore, donde todavía se pueden ver zanjas y otras trazas de una construcción de este tipo. La acción estuvo a punto de desembocar en la destrucción de la IX legión, pero los britanos fueron rechazados en la batalla general que siguió.
Séptima campaña. La séptima y última campaña (84) permitió a Agrícola la total posesión del país hasta el punto más septentrional que había alcanzado gracias a una victoria muy decisiva sobre los caledonios reunidos bajo las órdenes del general Cálgaco. Se cree que la batalla tuvo lugar en el páramo de Murdoch al pie de los montes Grampianos (batalla del monte Graupius), a juzgar por los restos romanos y britanos encontrados allí y por dos túmulos funerarios. Satisfecho por su victoria, mandó a sus tropas marchar hacia la costa norte, como evidencia el hallazgo de fuertes romanos como el de Cawdor (cerca de Inverness). En esta campaña la flota navegó hacia el norte y realizó la primera circunnavegación conocida de la Britania hasta el puerto Trucculense (se supone que corresponde a Sandwich), con lo que se descubrió definitivamente que era una isla. Retiró sus tropas a los campamentos de invierno.
Poco después, en el año 84 sería reclamado en Roma, supuestamente por los costes de su campaña, aunque más probablemente porque sus éxitos preocupaban al emperador Domiciano. A pesar de haber sido galardonado con un triunfo, Agrícola perdió el favor imperial debido a su éxito y su popularidad.
 
LOS ÚLTIMOS AÑOS EN ROMA

A su vuelta a Roma vivió retirado de la vida pública y cuando se dio la ocasión de que le pudiese corresponder el gobierno de Asia o África consideró más prudente rehusar el cargo. Murió en el año 93 durante un exilio encubierto fuera de Roma. Su muerte, como su biógrafo Tácito insinúa claramente, fue provocada directamente o al menos precipitada por emisarios del emperador, que no podía sufrir la presencia de un hombre señalado universalmente como el único capaz de afrontar la difícil situación creada por las ocasiones en que los ejércitos romanos habían sufrido repetidos contratiempos en Germania y en los territorios al norte del Danubio. Dión Casio dice explícitamente (66.20) que lo asesinó Domiciano.

















sábado, 6 de agosto de 2016

LOS JOROBADOS Y LUCIO ORBILIO PUPILO


El maestro Orbilio fue citado en cierta ocasión ante un tribunal como testigo contra un hombre al que defendía el padre del futuro emperador Galba.


Galba, que era  jorobado, intentó ponerlo nervioso y hacerle bajar los humos preguntándole cuál era su profesión, pero Orbilio respondió: "Me dedico a dar sobos a los jorobados a la luz del sol.


( Macrobio en "Saturnales")

sábado, 15 de agosto de 2015

EL EMPERADOR VITELIO




Aulo Vitelio Germánico, nacido como Aulo Vitelio y más comúnmente conocido como Vitelio (24 de septiembre de 15 - 22 de diciembre de 69), fue emperador del Imperio romano desde el 17 de abril de 69 hasta el 22 de diciembre de ese mismo año. 



Accedió al trono tras las muertes de sus dos predecesores, Galba y Otón, ambas víctimas del año de los cuatro emperadores. 

A su ascenso al trono se convirtió en el primer emperador que añadió el cognomen honorífico de Germánico a su nombre, en vez del de César. Este primero había caído en desuso a consecuencia de los actos del último que lo portó, el emperador Nerón.
Sus pretensiones al trono se vieron mermadas cuando las legiones estacionadas en las provincias orientales declararon emperador a su comandante, Vespasiano. El inevitable conflicto armado que estalló entre ambos emperadores finalizó con la aplastante derrota que sufrieron la fuerzas de Vitelio en la Segunda Batalla de Bedriacum. Cuando se vio sin posibilidades de vencer, trató de abdicar en favor de su rival al trono; no obstante, las tropas de Vespasiano le asesinaron el 22 de diciembre de ese año en la capital.


FAMILIA Y JUVENTUD

Era hijo de Lucio Vitelio y de su esposa Sextilia, así como hermano de Lucio Vitelio. Suetonio redactó dos relatos distintos acerca de los orígenes de los Vitelii, en uno afirma que descendían de los antiguos dirigentes del Lacio y en el otro que sus orígenes eran mucho más humildes. Suetonio escribió que el horóscopo del día de su nacimiento dejó a sus padres tan horrorizados que intentaron impedir que se convirtiera en cónsul. Pasó su infancia en Capri, entre los favoritos del emperador Tiberio. Gozó del favor del emperador Calígula, cuyos carros conducía, y de los de Claudio y Nerón, con quienes jugaba a los dados.


SERVICIO PÚBLICO

CARRERA POLÍTICA Y MILITAR

Gracias al afecto que despertó en los tres emperadores fue nombrado sacerdote. Nombrado cónsul en 48, obtuvo el gobierno proconsular de la provincia de África (60/1) en el cual dio pruebas de un enorme desinterés. Luego sirvió como legatus a las órdenes de su hermano, quien le sucedió en su puesto. Luego de expirar su tiempo en el cargo fue designado para desempeñar diversos cargos administrativos, labrándose una buena reputación en Roma.


Contrajo matrimonio con una mujer llamada Petronia, con la que tuvo un hijo tuerto llamado Petroniano; Vitelio emanciparía al joven, al que su madre había hecho heredero, para después asesinarle acusándole de parricidio. Tras ello se casó con Galeria Fundana, con la que tuvo dos hijos.


Cuando estaba terriblemente acosado por las deudas, el emperador Galba le cedió el mando de la provincia de Germania Inferior (68), quizá a consecuencia de la influencia de uno de sus compañeros, el senador Tito Vinio. Allí se ganó pronto el afecto de sus soldados gracias a su flexible disciplina y a su carácter cercano.

ASCENSO AL PODER

Por iniciativa de los comandantes de las legiones del Rin, Cecina y Valente, los soldados le sacaron de su campamento de Colonia Agrippinensis (Colonia) la noche del 1 de enero de 69, le cedieron la espada de Julio César y le llevaron al centro del campamento, donde lo aclamaron como emperador. Vitelio pronunció entonces: Valor.

Poco después añadió a su nombre el título de Germánico; aunque rehusó tomar el de Augusto o el de César. A esta rebelión se unieron los ejércitos de Galia, Britania y Recia.


Cuando recibió noticias acerca de la muerte de Galba, ordenó la provincia centroeuropea y dividió su ejército en dos divisiones, una de las cuales marchó contra Otón a la cabeza de sus comandantes, y la otra cuyo mando apartó para asumirlo el mismo. Suetonio afirma que cuando Vitelio emprendió su marcha, esta se vio rodeada de considerables vaticinios adversos.


Tras ser informado de la muerte de su rival en Bedriacum realizó sus primeras acciones como emperador de facto; ordenó el asesinato de las 120 personas que, con afán de obtener el favor de Otón, se habían declarado culpables del asesinato de Galba y disolvió las cohors praetoriae, que volvieron a completarse con hombres de su confianza. 



De camino a la capital se ganó el odio del pueblo a consecuencia de los excesos a los que permitía entregarse a su corte. Cuando alcanzó el lugar donde se había producido la batalla en la que había fallecido su enemigo exclamó ante los soldados que se apartaban del hedor de los cadáveres:

El cadáver de un enemigo siempre huele bien, y mejor aún si es un conciudadano.
(Suetonio, Vida de Vitelio)
Luego de pronunciar esta máxima se dirigió a la tumba de Otón; allí se burló de él en presencia de sus fuerzas.

Cuando llegó a Roma hizo gala de la opulencia que le había hecho ganarse los desafectos del pueblo al entrar en la capital ataviado con lujosas vestimentas y a la cabeza de hombres vestidos con sus mejores ropajes, asumió el pontificado, estableció las magistraturas por un periodo de diez años y se declaró cónsul vitalicio. El 19 de abril de ese mismo año fue proclamado emperador por el Senado.


EMPERADOR

ADMINISTRACIÓN

Al igual que le sucediera a Galba, Vitelio estaba totalmente dominado por su corte y en especial por su liberto Asiático al que llegó a manumitir para concederle el gobierno de una provincia. Las fuentes clásicas afirman que se valió de su posición para entregarse a los más suntuosos placeres culinarios; en la capital eran conocidos sus banquetes.


Suetonio afirma en su De Vita Caesarum que el emperador era un ser cruel al que le gustaba ordenar asesinatos y contemplarlos. Asesinó a todos aquellos que le habían exigido el dinero de sus deudas, a sus dos hijos, a los que se habían expresado públicamente contra la facción del circo de los azules. Se llegó a afirmar incluso que había dejado morir a su madre.
A pesar de ello, los historiadores Tácito y Dión Casio rechazan ciertas aseveraciones de Suetonio acerca de la administración de Vitelio, a la que consideran aceptable. El primero de ellos describe las que considera sus dos contribuciones más importantes al gobierno del Imperio:

-Finalizó con la práctica de los centuriones de vender exenciones fiscales y militares a sus hombres, cambio que el historiador describe como una política adoptada por« todos los buenos emperadores».
-Amplió los cargos de la administración imperial más allá del grupo de los libertos imperiales, permitiendo así que los equites ocupasen puestos en el gobierno.


El 1 de octubre de 69 elaboró una ley por la que se expulsaba de Roma e Italia a todos los astrólogos. Algunos de ellos declararon tras la firma del decreto:

Salud a todos. Por orden de los caldeos, se prohíbe a Vitelio Germánico estar en ninguna parte del mundo para las calendas del mismo mes.
(Suetonio, Las vidas de los doce césares)



En respuesta, el emperador asesinó a todo el astrólogo que cayera en sus manos.


CAÍDA

Cuando Vitelio tuvo conocimiento de que los ejércitos de Mesia, Panonia, Siria y Judea habían declarado emperador a su comandante, Vespasiano, puso en marcha una serie de medidas desesperadas que supusieron una considerable carga para el tesoro. No obstante, cuando se enteró de que las huestes de Dalmacia e Iliria se habían unido a su adversario trató de dimitir de su cargo. Muchos de sus allegados desertaron de su bando.


Al parecer, Vitelio esperó a Vespasiano al mando de sus tropas en Mevania. Cuando las fuerzas de su rival alcanzaron el lugar, el emperador convino su dimisión con Marco Antonio Primo, comandante de la Legio VI y uno de los principales partidarios de su adversario. 



A pesar de ello, los pretorianos le obligaron a violar el acuerdo y le hicieron volver a palacio. Suetonio y Tácito afirman que, cuando las tropas de Vespasiano entraron en la capital, Vitelio se escondió en el hogar de un portero. 


Cuando sus enemigos lo encontraron y, a pesar de sus súplicas, lo trasladaron al Foro, donde el pueblo en pleno y los soldados de Vespasiano lo asesinaron. 




Tras la masacre se arrojó su cuerpo al Tíber y su cabeza fue paseada por las calles de la capital. Su hijo y su hermano también fueron asesinados.


Se nombró Césares a Domiciano y a Tito, los hijos de Vespasiano. El emperador llegaría a Roma a finales de 70.