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miércoles, 10 de abril de 2024

CÉSAR, LA BIOGRAFÍA DEFINITIVA, por ADRIAN GOLDSWORTHY

 


CÉSAR, LA BIOGRAFÍA DEFINITIVA, por ADRIAN GOLDSWORTHY



Adrian Goldsworthy es un historiador británico especializado en historia militar romana. Se doctoró en Historia en la Universidad de Oxford y ha impartido clases en diversos centros docentes. Su formación se centra principalmente en la Historia Militar y la aristocracia romana, lo que le proporciona una sólida base para abordar la figura de Julio César.

"César, la biografía definitiva" es una obra magistral que ofrece un retrato completo y vívido de Julio César, uno de los personajes más influyentes de la historia. Goldsworthy presenta una narrativa fluida y bien estructurada que abarca los 56 años de vida de César, explorando tanto su faceta política como militar.

El libro comienza situando a César en el contexto de la República romana tardía, un período de crisis y transformación. Goldsworthy describe con detalle el funcionamiento del Senado romano, la estructura de la clase dirigente y el sistema militar que llevó a Roma a dominar el mundo conocido.

A lo largo de la obra, el autor traza la trayectoria de César desde sus orígenes aristocráticos hasta su ascenso al poder supremo. Se exploran sus primeros pasos en la política romana, sus alianzas estratégicas y su habilidad para manipular el sistema en su beneficio. Goldsworthy presta especial atención a la formación del Primer Triunvirato con Pompeyo y Craso, un evento crucial en la carrera política de César.

La conquista de la Galia ocupa un lugar central en la narración, donde Goldsworthy despliega su experiencia en historia militar para analizar las tácticas y estrategias empleadas por César. El autor no solo se centra en los aspectos bélicos, sino que también examina cómo César utilizó estas campañas para aumentar su prestigio y poder en Roma.

La guerra civil contra Pompeyo es otro punto focal del libro. Goldsworthy detalla las causas del conflicto, las maniobras políticas y militares de ambos bandos, y cómo César emergió victorioso, consolidando su posición como dictador de Roma.

El autor no elude los aspectos controvertidos de la vida de César, como sus relaciones personales, incluyendo su famoso romance con Cleopatra, y las acusaciones de ambición desmedida que llevaron a su asesinato. Goldsworthy ofrece un análisis equilibrado de las motivaciones de César y de quienes lo rodeaban, evitando caer en la hagiografía o la demonización.

La obra concluye con una evaluación del legado de César y su impacto duradero en la historia romana y mundial. Goldsworthy argumenta que las acciones de César prepararon el terreno para la transformación de la República en el Imperio Romano, aunque este no fuera necesariamente su objetivo final.

A lo largo del libro, Goldsworthy entreteje hábilmente el relato biográfico con el análisis histórico, ofreciendo una visión completa no solo de César, sino también de la sociedad romana de la época. El autor evita entrar en discusiones académicas excesivamente técnicas, lo que hace que la obra sea accesible para un público amplio sin sacrificar el rigor histórico.En resumen, "César, la biografía definitiva" es una obra exhaustiva y bien documentada que ofrece una visión integral de uno de los personajes más fascinantes de la historia. Goldsworthy logra presentar a César como un hombre de su tiempo, con sus virtudes y defectos, cuyas decisiones y acciones tuvieron un impacto profundo y duradero en el curso de la historia occidental.


jueves, 4 de junio de 2015

CÉSAR, COMO SILA, DICTADOR DE ROMA



¿César o Sila?. En las balanzas de los dioses estaba cuál de los dos había pasado mayores dificultades para alcanzar el lugar que por méritos corresponde al Primer Hombre de Roma, el Primer Ciudadano de Roma. La diferencia era escasa: un pelo, una fibra. Los dos se habían visto obligados a preservar su dignitas -su parte de fama pública, de posición y valía marchando sobre Roma. Los dos habían llegado a dictador, el único cargo por encima del proceso democrático o exento de acusaciones futuras. La diferencia entre ellos estribaba en cómo se habían comportado tras su nombramiento: Sila había proscrito, había llenado las arcas vacías del tesoro matando a los comerciantes y senadores ricos y confiscando sus bienes; César había preferido la clemencia, perdonaba a sus enemigos y permitía a la mayoría de ellos conservar sus propiedades.


Los boni habían forzado a César a marchar sobre Roma. Con plena conciencia, con deliberación -e incluso con entusiasmo-, habían empujado a Roma a una guerra civil por no conceder a César ni un ápice de lo que habían dado a Pompeyo Magno a cambio de nada, a saber, el derecho a presentarse a la elección a cónsul sin necesidad de aparecer en persona en la ciudad. En cuanto un hombre con poderes cruzaba los límites sagrados de la ciudad, perdía esos poderes y podía ser procesado en los tribunales. Y los boni habían inducido a los tribunales a condenar a César por traición en cuanto renunciara a los poderes de gobernador a fin de aspirar a un segundo consulado, absolutamente legítimo. Había solicitado que le permitieran presentarse in absentia, una petición razonable, pero los boni lo habían vetado y habían obstaculizado todos sus intentos por llegar a un acuerdo. Cuando todo lo demás falló, César emuló a Sila y marchó sobre Roma. No para conservar la cabeza, que nunca había corrido peligro. La sentencia en un tribunal plagado de adláteres de los boni habría sido el exilio perpetuo, un destino peor que la muerte.


¿Era traición aprobar leyes que distribuían las tierras públicas de Roma de manera más equitativa? ¿Traición, aprobar leyes para evitar que los gobernadores expoliaran sus provincias? ¿Traición, trasladar las fronteras del mundo romano a un límite natural a lo largo del río Rin y proteger así Italia y el Mare Nostrum de los germanos? ¿Eran éstas traiciones? ¿Había traicionado
César a su país al aprobar estas leyes?


Para los boni, sí, eso había hecho. ¿Por qué? ¿Cómo era posible? Porque para los boni tales leyes y medidas representaban una ofensa contra el mos maiorum, el modo en que funcionaba Roma según la tradición y las costumbres. Las leyes y medidas de César cambiaron lo que Roma siempre había sido. Poco importaba que los cambios fueran por el bien común, por la seguridad de Roma, por la felicidad y prosperidad no sólo de todos los romanos sino también de los súbditos de las provincias: no eran leyes y medidas en consonancia con las costumbres arraigadas, las costumbres que habían sido apropiadas para una pequeña ciudad situada en las rutas de la sal de la Italia central hacía seiscientos años. ¿Por qué no se daban cuenta los boni de que las antiguas costumbres no eran ya útiles para la única gran potencia al oeste del río Éufrates? Roma había heredado todo el mundo occidental, y sin embargo algunos de sus gobernantes vivían aún en los tiempos de la inicial ciudad-estado.


Para los boni, el cambio era el enemigo, y César era el más brillante servidor del enemigo que jamás había existido. Como Catón solía proclamar desde la tribuna del Foro romano, César era la encarnación de la más pura maldad. Y todo porque César tenía una mente lo bastante lúcida y perspicaz para saber que a menos que se produjeran los cambios adecuados, Roma perecería, acabaría envuelta en hediondos andrajos sólo apropiados para un leproso.


Así que allí, en aquella nave, estaba el dictador César, soberano del mundo. Él, que nunca había deseado nada más que lo que le pertenecía: ser elegido legítimo cónsul por segunda vez diez años después de su primer consulado, tal como estipulaba la lex Genucia. Después de ese segundo consulado, planeaba convertirse en un anciano hombre de estado más sensato y eficiente que aquel individuo vacilante y timorato, Cicerón. Aceptar una misión senatorial de vez en cuando para mandar un ejército al servicio de Roma como sólo César sabía hacerlo. Pero ¿terminar gobernando el mundo? Ésa era una tragedia digna de Esquilo o Sófocles.

( c. mCc. )




domingo, 14 de diciembre de 2014

¡ GUÁRDATE, CÉSAR, DE LOS IDUS DE MARZO !


Dos horas más tarde los dos salieron de la Domus Publica para subir por la Escalinata Vestal hacia el Palatino, seguidos por un gran número de partidarios. Cuando doblaron la esquina de la casa para dirigirse hacia las aedes de Vesta, pasaron ante el viejo Espurina, sentado en su sitio de siempre junto a la Puerta de los Testamentos.




-¡César, guárdate de los idus de marzo!

-Los idus de marzo han llegado, Espurina, y como ves estoy perfectamente -contestó César, y se echó a reír.

-Los idus de marzo, sí, pero aún no han terminado.

-Viejo necio -masculló Décimo.

Espurina es muchas cosas, Décimo, pero eso no -aseguró César.


Al pie de la Escalinata Vestal la multitud se apiñó para seguirles; una mano le tendió una nota a César. Décimo la interceptó y se la guardó dentro de la toga.

-No nos detengamos -dijo-. Más tarde te la daré para que la leas.

En casa de Cneo Domitio Calvino los dejaron entrar y los llevaron directamente hasta donde se hallaba Calvino, tendido en un triclinio de su estudio.

 

-Tu médico egipcio es una maravilla, César -dijo Calvino al verles-. ¡Décimo, qué placer!

-Tienes mejor aspecto que anoche-dijo César. -Me encuentro mucho mejor.

-No nos quedaremos, pero necesitaba verte con mis propios ojos, viejo amigo. Lucio y Piso dicen que van a saltarse la sesión de hoy para venir a hacerte compañía, pero si te cansan, échalos. ¿Cuál fue el problema?


-Un espasmo en el corazón. Hapd'efan'e me dio un extracto y mejoré casi en el acto. Me dijo que el corazón..., bueno, la palabra que utilizó fue «revoloteaba»..., una palabra muy evocadora. Por lo visto tengo algún fluido acumulado en torno a este órgano.

-Siempre y cuando te recuperes lo suficiente para ser Maestro del Caballo... Lepido parte hoy hacia la Galia Narbonesa, así que habrá un ausente más en la Cámara. Tampoco estará Filipo, que ayer cometió un exceso. ¡Él y sus ambrosías! Así que temo que los bancos delanteros estén algo vacíos en mi última aparición -dijo César.


Sorprendentemente, se inclinó para besar a Calvino en la mejilla.

-Cuídate.

Dicho esto se marchó, seguido por Décimo Bruto.

Calvino se quedó con el entrecejo fruncido; cerrando los párpados, se adormeció.


( C. McC. )