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lunes, 23 de marzo de 2020

SAN AGUSTÍN DICE SOBRE LA INMORTALIDAD DE ROMA



Cristo ... detesta y condena ... con divina autoridad, todas estas desviaciones humanas, nocivas y escandalosas, formando su propia familia, a la que por todas partes va apartando poco a poco de esta corrupción, en un mundo que se tambalea y se derrumba, y con lo cual va fundando una ciudad eterna, la mas gloriosa, no por el aplauso de vanas superficialidades, sino por el valor autentico de la verdad.






domingo, 22 de marzo de 2020

JUVENAL ACONSEJA VIVIR FUERA DE ROMA



Si podéis hacer frente a la perspectiva de renunciar a los juegos públicos, comprar una casa de propiedad en el campo. Lo que os cueste. No ascenderá a más de lo que pagáis aquí por una renta anual, por una miserable buhardilla mal iluminada. Con un jardín añadido a la propia casa y un pozo con una alberca poco profunda, que os evitará extraer y acarrear agua cuando vuestras plantas necesitan ser regadas. El insomnio causa más víctimas entre los romanos enfermos, que cualquier otro factor o dolencias más comunes, como la acedia y las úlceras contraídas por el exceso de comer. ¿Cuántos de entre vosotros, os pregunto, podéis conciliar el sueño en vuestro alojamientos? Dormir toda la noche de un tirón. Y eso es lo esencial del problema, que solo es privilegio de los ricos. El ruido ensordecedor de los carros atravesando esas estrechas y serpenteantes calles, las blasfemias de los carreteros atrapados en un atasco del tráfico, esto solo, bastaría para sobresaltar al más amodorrado de los manatíes del Emperador, desvelándolo para siempre.

( Juvenal en Sátiras )





lunes, 26 de noviembre de 2018

DION CRISÓSTOMO DESCRIBE LA TUMULTOSA VIDA CALLEJERA DE LAS CIUDADES ROMANAS


A menudo vemos cómo, incluso en medio de una gran y agitada muchedumbre, el individuo no tiene dificultad en realizar su trabajo; por el contrario, el hombre que toca la flauta o enseña a un alumno a tocar, se concentra en ello, a veces dando clase en plena calle, y ni la multitud ni el barullo de los transeúntes le distraen en absoluto. Lo mismo sucede con el bailarín o el maestro de danza; está inmerso en su trabajo, totalmente ajeno a los que pelean, venden y hacen otras cosas; y también pasa lo mismo con el arpista y el pintor. Pero he aquí el caso más extremo de todos: los profesores de enseñanza elemental se sientan en la calle con sus alumnos y, en medio del estruendo, nada les impide enseñar y aprender. Recuerdo haber visto una vez, paseando por el Hipódromo,  mucha gente reunida en un mismo punto, cada uno haciendo algo diferente: uno tocando la flauta, otro bailando, otro haciendo juegos malabares, otro leyendo un poema en voz alta, otro cantando y otro explicando un cuento o un mito, y, a pesar de todo, ni uno solo de ellos impedía a los demás que se ocupase de sus asuntos y realizase el trabajo que tenía entre manos.