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domingo, 9 de abril de 2023

PUBLIO NIGIDIO FÍGULO

 

Publio Nigidio Fígulo (en latín, Publius Nigidius Figulus; c. 98 a. C.-45 a. C.) fue un político, erudito, matemático, astrólogo, filósofo y gramático romano del siglo I a. C.

 

Sus orígenes familiares no se conocen con seguridad. Según Wiseman, era de origen pompeyano y por tanto un homo novus.​ Según Gruen, podría descender de Cayo Nigidio que fue pretor a mediados del siglo II a. C. y por tanto de rango pretorio. Nigidio fue miembro de la gens Nigidia, que está ampliamente representada en la región campana alrededor de Pompeya.

 Fígulo fue un seguidor de la escuela pitagórica de filosofía, y se interesó especialmente por la numerología y la astrología. Escribió varias obras sobre estos temas, incluyendo un tratado sobre los signos astrológicos y otro sobre los ciclos de la luna.

 

Nigidio era senador en el año 63 a. C. Pudo haber ejercido la edilidad en el año 61 a. C., ya que estuvo implicado en el juicio del año 59 a. C. contra Cayo Antonio Híbrida supuestamente en calidad de iudex quaestionis.​ En el ámbito político, Fígulo ocupó varios cargos públicos, incluyendo el de edil en el año 58 aC y el de pretor en el año 57 aC Durante su mandato como pretor, se encargó de la administración de la provincia romana de Bitinia, en la actual Turquía. Desde el siglo XIX se ha pensado que ocupó el tribunado de la plebe en el año 59 a. C., pero esto supone una irregularidad en su cursus honorum que puede descartarse.​

 

Amistó con Cicerón y ostentó cargos en Asia Menor en 52 a. C. Acumuló allí gran cantidad de conocimientos y reinstauró y divulgó el Neopitagorismo al volver a Roma; conoció gran fama como erudito y sobre todo como astrólogo y adivino, en especial mediante la llamada brontomancia o adivinación por el ruido de los truenos. Durante la guerra civil entre Julio César y Pompeyo se granjeó el favor de este último. Fue enviado al exilio por César en 46 a. C. Murió en 45 a. C. cuando volvía a Roma gracias a la intercesión de su amigo Cicerón como recuerda Suetonio.

 

Se considera a Fígulo un exponente del eclecticismo erudito de origen alejandrino, a la manera de Marco Terencio Varrón. Además, promovió el Neopitagorismo en Roma, que mezcló con elementos órficos y motivos mágicos y astrológicos de origen oriental. Dos siglos después de su muerte, Aulo Gelio lo comparó con Varrón, considerando a ambos los mayores eruditos de aquella época.

 

Fígulo también fue conocido por su amistad con el poeta y filósofo romano Lucrecio, autor del poema épico "De rerum natura". De hecho, se dice que Fígulo ayudó a Lucrecio a superar una depresión y le animó a completar su obra maestra.

 

A pesar de su fama como erudito y político, poco se sabe sobre la vida personal de Publio Nigidio Fígulo. Su legado se ha conservado en gran medida a través de las obras de otros autores, como el historiador romano Plinio el Viejo y el filósofo griego Plutarco, quienes mencionan a Fígulo en sus escritos.

 

Nigidio Figulo fue citado por Apuleyo en su Apología, 42 y por San Agustín de Hipona en De civitate Dei, V, 3. Aunque todas las obras propias de Fígulo se han perdido, se conoce su pensamiento a través de las referencias a él que hacen Séneca, Aulo Gelio, Servio y Macrobio, que citan los siguientes títulos suyos.

 

Sobre astronomía y filosofía pitagórica: De exitis, De auguria privata, De somnis, De dis.

Sobre ciencia natural: De animalibus, De vento, De terris.

Sobre Gramática: Commentarii gramatici.

Sobre Retórica: De gestu



lunes, 6 de mayo de 2019

PUBLIO NIGIDIO FÍGULO


Publio Nigidio Fígulo (en latín, Publius Nigidius Figulus; c. 98 a. C.-45 a. C.) fue un político, erudito, filósofo y gramático romano del siglo I a. C.
 
Sus orígines familiares no se conocen con seguridad. Según Wiseman, era de origen pompeyano y por tanto un homo novus. Según Gruen, podría descender de Cayo Nigidio que fue pretor a mediados del siglo II a. C. y por tanto de rango pretorio. Nigidio fue miembro de la gens Nigidia, que está ampliamente representada en la región campana alrededor de Pompeya.
 
Nigidio era senador en el año 63 a. C. Pudo haber ejercido la edilidad en el año 61 a. C., ya que estuvo implicado en el juicio del año 59 a. C. contra Cayo Antonio Hibrida supuestamente en calidad de iudex quaestionis. Obtuvo la pretura en 58 a. C. Desde el siglo XIX se ha pensado que ocupó el tribunado de la plebe en el año 59 a. C., pero esto supone una irregularidad en su cursus honorum que puede descartarse.
 
Amistó con Cicerón y ostentó cargos en Asia Menor en 52 a. C. Acumuló allí gran cantidad de conocimientos y reinstauró y divulgó el Neopitagorismo al volver a Roma; conoció gran fama como erudito y sobre todo como astrólogo y adivino, en especial mediante la llamada brontomancia o adivinación por el ruido de los truenos. Durante la guerra civil entre Julio César y Pompeyo se granjeó el favor de este último. Fue enviado al exilio por César en 46 a. C. Murió en 45 a. C. cuando volvía a Roma gracias a la intercesión de su amigo Cicerón como recuerda Suetonio.
 
Se considera a Fígulo un exponente del eclecticismo erudito de origen alejandrino, a la manera de Marco Terencio Varrón. Además, promovió el Neopitagorismo en Roma, que mezcló con elementos órficos y motivos mágicos y astrológicos de origen oriental. Dos siglos después de su muerte, Aulo Gelio lo comparó con Varrón, considerando a ambos los mayores eruditos de aquella época.
 
Nigidio Figulo fue citado por Apuleyo en su Apología, 42 y por San Agustín de Hipona en De civitate Dei, V, 3. Aunque todas las obras propias de Fígulo se han perdido, se conoce su pensamiento a través de las referencias a él que hacen Séneca, Aulo Gelio, Servio y Macrobio, que citan los siguientes títulos suyos:
 
Sobre astronomía y filosofía pitagórica: De exitis, De auguria privata, De somnis, De dis.

Sobre ciencia natural: De animalibus, De vento, De terris.

Sobre Gramática: Commentarii gramatici.

Sobre Retórica: De gestu

jueves, 10 de noviembre de 2016

LOS DOS CÓNSULES CAYO ANTONIO HIBRIDA Y MARCO TULIO CICERÓN, COMENTAN MEDIDAS PARA PALIAR EL DESPILFARRO Y LA DEUDA ROMANA


Cicerón se quedó mirando al campechano y bello rostro de su colega, con sus vivos ojos, y movió la cabeza desalentado. Educado en las virtudes republicanas, Cicerón se sentía a menudo confundido ante Antonio. Este se mostraba de acuerdo con él en que el presupuesto debía ser equilibrado, el Tesoro vuelto a ser llenado y en que se redujera la deuda pública. Que la arrogancia de los generales debería ser temperada y controlada y que la ayuda a los países extranjeros se redujera, a menos que Roma fuera a la bancarrota; que se debía obligar a la plebe a trabajar y a no depender del gobierno para su subsistencia y que la prudencia y la frugalidad se pusiera en práctica lo antes posible. Pero cuando Cicerón empezaba a hacer números y a trazar planes que permitirían cumplir todas estas cosas, gracias a la austeridad, la disciplina y el sentido común, Antonio se sentía inquieto.

 

 — Pero si hacemos esto o aquello causaremos dificultades a tal o cual clase —decía Antonio—. El pueblo está acostumbrado al despilfarro en las exhibiciones en circos y teatros, a las loterías y a los repartos gratuitos de carne y grano cuando siente necesidad y a albergue cuando se encuentra sin casa, porque una parte de la ciudad se esté reconstruyendo. ¿Acaso el bienestar de nuestro pueblo no es nuestro supremo objetivo?

—Pues poco bienestar va a tener nuestro pueblo si vamos a la bancarrota —repuso Cicerón, ceñudo—. Sólo podremos ser de nuevo solventes y fuertes, si aceptamos privaciones y gastamos lo menos posible hasta que la deuda esté pagada y el Tesoro vuelto a llenar.

 —Pero ninguna persona que tenga corazón puede privar al pueblo de lo que ha estado recibiendo del gobierno durante muchas décadas, y que espera que le vuelvan a dar. Si no, sufriría terribles dificultades.

 —Es preferible que tengamos que apretarnos los cinturones que no que Roma caiga —replicó Cicerón.

 

Antonio se sintió aún más inquieto. Para él estaba claro que el pueblo debía tener todo lo que deseaba, porque ¿acaso no eran los romanos los ciudadanos de la nación más poderosa y rica de la Tierra, envidia de los otros pueblos? Por otro lado, los números y datos de Cicerón eran inexorables. Entonces a Antonio se le ocurrió la genial idea de aumentar los impuestos, para poder llenar así el Tesoro y poder continuar con el despilfarro de los gastos públicos.

 

—A mí no me importaría pagar más impuestos —declaró con tal sinceridad, que Cicerón lanzó un suspiro.

—Pero hay centenares de millares de honestos ciudadanos de Roma, que trabajan y encuentran ya insoportable el peso de los impuestos —replicó Cicerón—. Un poco más de carga en el lomo el caballo y éste se desplomará. Entonces, ¿quién va a llevar a Roma a cuestas?

 

 La mente de Antonio, o al menos aquella parte de Antonio que no estaba tan totalmente sofocada por aquella buena voluntad ciega y sorda, se daba cuenta de lo razonable de estos argumentos. A él le gustaba la vida agradable y no podía comprender por qué no todos los hombres habían de disfrutarla asimismo. Los libros de contabilidad le hacían fruncir el ceño y no cesaba de suspirar.

 

—¿Cómo hemos llegado a esta situación? —preguntaba.

—Por las extravagancias. Por la compra de votos a los mendigos y vagabundos. Por adular a la plebe. Por nuestras tentativas de elevar naciones perezosas al mismo nivel de vida que Roma, derramando sobre ellas nuestra riqueza. Por aventuras exteriores. Por las excesivas concesiones a los generales, de modo que éstos pudieran aumentar sus legiones y sus honores. Por las guerras. Por creer que nuestros recursos eran infinitos.

 

 Antonio hizo observar entonces que tenía una cita concertada en su librería favorita, donde se iba a poner a la venta un manuscrito que se decía original de Aristóteles, y colocándose su blanquísima toga, se apresuró a marcharse, dejando a Cicerón ocupado en resolver lo irresoluble. Cicerón comprendía que su colega había quedado en segundo lugar en las votaciones debido a su afabilidad y a su preocupación y amor por el pueblo de Roma. Pero Antonio, que jamás se había encarado con los hechos, tenía que encararse con ellos ahora y los hechos eran para los idealistas como encararse con terribles Gorgonas y siempre esperaban que se convirtieran en piedras o que ocurriera otro milagro.

 

—Dos y dos son cuatro —decía Cicerón en voz alta—, y eso es irrefutable; pero los hombres como mi querido Antonio creen que por alguna taumaturgia misteriosa y oculta, dos y dos pueden llegar a ser veinte.




miércoles, 28 de septiembre de 2016

EL CÓNSUL CAYO ANTONIO HÍBRIDA


 
CAYO Antonio Híbrida (en latín: CAIVS•ANTONIVS•HYBRIDA), fue un senador, político y cónsul de la República Romana.
 
Cayo era el segundo hijo de Marco Antonio Orator y hermano de Marco Antonio Crético. Por ello era también el tío del famoso triunviro Marco Antonio. Su carrera militar empezó como legado de caballería de Lucio Cornelio Sila, durante la Primera Guerra Mitridática. Tras el regreso de Sila a Roma en el año 83 a. C., Cayo Antonio permaneció con una fuerza de caballería en Grecia. Supuestamente su cometido era mantener la paz y el orden pero terminó saqueando el campo y los lugares sagrados para su propio beneficio. Los rumores que surgieron entre la población local de las atrocidades cometidas por él que incluían la mutilación y la tortura le hicieron ganar el sobrenombre de Hybrida (homo semiferus u Hombre-Bestia).
 
En 76 a. C. fue procesado por sus atrocidades por el joven abogado Cayo Julio César, pero escapó impunemente por una exitosa apelación a los tribunos de la plebe. Años más tarde, fue expulsado del Senado y despojado del rango senatorial por los censores debido a sus atrocidades cometidas en Grecia. A pesar de su mala reputación, fue elegido tribuno en 71 a. C. volviendo a ocupar un asiento en el Senado.
 
Ejerció la magistratura de edil con reconocido esplendor. Después fue elegido pretor en 66 a. C. y finalmente fue elegido cónsul, junto a Marco Tulio Cicerón en 63 a. C. Apoyó secretamente a Lucio Sergio Catilina, pero al final Cicerón ganó su apoyo prometiéndole el gobierno de la rica provincia de Macedonia. Cuando estalló la sublevación de Catilina, Híbrida fue obligado, como cónsul, a reclutar un ejército en Etruria, aunque el día de la batalla cedió el mando de la misma a su legado Marco Petreyo, alegando que se encontraba enfermo.
 
Después al año siguiente (62 a. C.) marchó a Macedonia, donde no se hizo precisamente muy popular gracias a su opresivo gobierno y a la extorsión a la que sometía a sus habitantes. Tanto fue así que le obligaron a abandonar su provincia en el año 61 a. C. al ser llamado por el Senado a presentarse en Roma. En 60 a. C., Híbrida fue sucedido en la provincia por Cayo Octavio, el padre de Augusto, y en su regreso a Roma, en 59 a. C., Híbrida fue acusado de formar parte de la conspiración de Catilina y de extorsión en su provincia.
 
Se dijo que Cicerón había acordado con Híbrida compartir el saqueo. La defensa de Cicerón dos años antes en vista de la propuesta de quitar a Híbrida su provincia y también cuando fue juzgado no hicieron más que aumentar esta suposición. A pesar de la defensa de Cicerón, Híbrida fue condenado y partió al exilio a Cefalonia que consideraba una posesión personal e incluso empezó a construir una ciudad.
 
Parece que Híbrida fue llamado del exilio por César ya que entró otra vez en el Senado en 44 a. C.3 obteniendo el cargo de censor en 42 a. C.
 

Su hija Antonia Híbrida fue la segunda esposa de Marco Antonio.




jueves, 18 de agosto de 2016

EL CÓNSUL PUBLIO VATINIO


Publio Vatinio (en latín, Publius Vatinius), fue un político y militar de la época final de la República Romana. Cicerón, en su discurso contra Vatinio, lo describe como uno de los más grandes bribones y villanos que han existido, y señala que su aspecto personal era poco atractivo, con su rostro y el cuello cubiertos con hinchazones, a los que Cicerón alude más de una vez, llamándolo struma civitatis.
 
Vatinio fue elegido cuestor en el 63 a. C., el año del consulado de Marco Tulio Cicerón y Cayo Antonio Hybrida. Cicerón lo envío a Puteoli para que impidiera que el oro y la plata saliera de la ciudad. Vatinio extorsionó de tal manera a los habitantes de la ciudad que estos se vieron obligados a quejarse de su conducta ante el cónsul. Vatinio fue posteriormente a Hispania como legado del procónsul Cayo Cosconio, y en esta provincia, de acuerdo a Cicerón, fue también culpable de abusos y robos. Cicerón pidió que se procesara a Vatinio por corrupción.

 
En el 59 a. C. fue elegido tribuno de la plebe y ofreció sus servicios a Julio César, el cónsul de ese año junto a Marco Calpurnio Bíbulo. Vatinio se convirtió en uno de los más fervientes seguidores de César. Llevó a la plebe las propuestas de conceder a César la Galia Cisalpina e Iliria como provincias proconsulares durante un lustro, provincias a las que posteriormente se añadió la Galia Transalpina. Cicerón le acusó de legislar ignorando los auspicios adversos, de amenazar al cónsul del año, Bíbulo, de llenar el Foro de soldados y de amenazar a los otros tribunos de la plebe para que no interpusieran su veto. Durante su tribunado, Vatinio sacó a la luz al espía Lucio Vetio, que acusó a muchos de los más distinguidos ciudadanos de Roma, entre ellos Cicerón de intentar asesinar a Cneo Pompeyo Magno.
 
Vatinio dejó Roma para servir como legado de César en la Guerra de las Galias, pero pronto tuvo que regresar a Roma para proseguir su propia carrera política. Vatinio fracasó en su campaña para el pretura, y ni siquiera pudo obtener los votos de su propia tribu, la Sergia, que nunca había fallado previamente en votar a favor de alguien de su propia tribu. La enemistad entre Vatinio y Cicerón continuó y Vatinio. en el 56 a. C. compareció como testigo contra Sestio y Milón, dos amigos de Cicerón, que habían tomado un papel importante en el regreso del exilio del orador. En el juicio de Sestio, Cicerón realizó un breve y feroz discurso deleznando el carácter de Vatinio. Sin embargo, Cicerón evitó cuidadosamente decir una palabra contra César, del cual Vatinio era sólo un instrumento. A finales del año 56 a. C. hubo serios disturbios en Roma que hicieron que los comicios para la elección de cónsules sólo pudiera ser realizada a comienzos del 55 a. C.
 
Tras la elección en el 55 a. C. de Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso para el consulado, los triunviros apoyaron a la candidatura a pretor de Publio Vatinio, a fin de contrarrestar la candidatura de Marco Porcio Catón, apoyado por la facción aristocrática del Senado, los Optimates. La influencia y el dinero de Craso y Pompeyo aseguraron la elección de Vatinio. Para hacer el asunto más seguro, los cónsules obtuvieron un decreto del Senado, en virtud de la cual aquellos que resultaran electos pretores debían asumir sus magistraturas de inmediato, lo que impedía de hecho que estos podrían ser procesados por soborno. Habiendo eliminado este obstáculo, es que emplearon su dinero con mayor libertad, y mediante el soborno, Vatinio pudo derrotar la candidatura de Catón.
 
Tras su año en el cargo, en el 55 a. C. fue acusado por Cayo Licinio Calvo de aceptar sobornos. Calvo ya había acusado ya a Vatinio anteriormente, una vez en el 58 a. C., y de nuevo en el 56 a. C., pero en esta ocasión utilizó tan refinada oratoria en el juicio que hizo que Vatinio le interrumpiera en medio del discurso exclamando "¡Jurados, os pregunto si he de ser condenado simplemente por la elocuencia de mi acusador!". Cicerón, a pesar de la animadversión que sentía hacia Vatinio, y para sorpresa de todos, le defendió en el jucio porque no quería enfadar a los triunviros y buscaba protección contra Publio Clodio Pulcro. Vatinio fue absuelto gracias al soborno más que a la desapasionada (dadas las circunstancias) oratoria de Cicerón.
 
Vatinio regresó a la Galia en el 51 a. C. como legado de Julio César. Vatinio se unió a César cuando estalló la Segunda Guerra Civil de Roma. Cuando desembarcó en Grecia, en el 48 a. C., César lo envío de emisario a escuchar las propuestas de paz de Pompeyo. Vatinio no participó en la Batalla de Farsalia porque tuvo que defender la ciudad de Brundusium que estaba siendo atacada por parte de la flota de Pompeyo comandada por Décimo Lelio.
 
Gracias a su éxito fue recompensado con el consulado en el 47 a. C., junto a Quinto Fufio Caleno. En el 46 a. C., fue enviado a Iliria donde derrotó a Marco Octavio, que dominaba la provincia con fuerzas considerables en nombre de los pompeyanos. Gracias a esta victoria fue saludado como imperator por sus soldados, y obtuvo el honor de una supplicatio del Senado en el año 45 a. C..7 Vatinio estaba aún en la provincia de Iliria cuando fue asesinado César y a principios del año siguiente, 43 a. C., fue obligado a rendir Dyrrhachium y ceder su ejército a Marco Junio Bruto, el cual se había apoderado de Macedonia, porque sus tropas se pasaron al bando de Bruto y de los republicanos.
 
Lo último que se sabe de Vatinio es que celebró un triunfo el 31 de diciembre del 43 a. C.