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viernes, 11 de enero de 2019

CARTA DE OCTAVIA A SU HERMANO CÉSAR OCTAVIO


 
Te alegrará saber, mi querido hermano, que he dado a luz a un niño hermoso y sano. Apenas he sufrido, y estoy bien.

 

Ay, pequeño Cayo, mi marido dice que debo escribirte antes de que lo haga alguien que te quiere. Sé que debería hacerlo nuestra madre, pero no lo hará. Siente demasiado su vergüenza, aunque es más una desgracia que una vergüenza, y yo la quiero igual.

 

Los dos sabemos que nuestro hermanastro Lucio ha estado enamorado de nuestra madre desde que ella se casó con Filipo. Ella prefirió pasarlo por alto o realmente no se dio cuenta. Sin duda, no tiene nada que reprocharse en todos los años que estuvo casada con Filipo. Pero tras la muerte de su marido, se sintió muy sola, y Lucio siempre se hallaba presente. Tú estabas muy ocupado, o bien ni siquiera estabas en Roma, y yo tenía a la pequeña Marcela, y luego volví a quedarme embarazada, así que confieso que no he estado lo suficientemente atenta. De modo que debo culparme a mí misma de lo ocurrido. La culpa es mía. Sí, la culpa es mía.

 

Nuestra madre espera un hijo de Lucio, y se han casado.

 

Como tiene cuarenta y cinco años, no se dio cuenta de que estaba embarazada, querido hermano, de modo que cuando lo supo ya era tarde para evitar un escándalo. Por supuesto, Lucio enseguida se mostró dispuesto a casarse con ella. De todos modos ya tenían pensado hacerlo cuando concluyera su duelo por Filipo. La boda se celebró ayer, muy discretamente. El querido Lucio César se ha portado muy bien con ellos, pero aunque su dignitas no se ha visto mermada entre sus amigos, no tiene la menor influencia sobre las mujeres que "mandan en Roma", no sé si me entiendes. Los cotilleos han sido maliciosos y amargos; tanto más, dice mi marido, por tu elevada posición.

 

Nuestra madre y Lucio se han ido a vivir a la villa de Miseno, y no volverán a Roma.

 

Te escribo con la esperanza de que entiendas, como yo, que estas cosas pueden pasar, y no son una señal de depravación. ¿Cómo no voy a quererla, cuando ella siempre ha sido todo lo que debe ser una madre?. Y todo lo que debe ser una matrona romana. ¿Le escribirás, pequeño Cayo, y le dirás que la quieres, que lo entiendes?.


miércoles, 25 de abril de 2018

ARENGA DE CAYO MARIO A SUS LEGIONARIOS ANTES DE LA BATALLA DE AQUAE SEXTIAE



¡Bueno, cunni, ha llegado el día!. ¡La lástima es que, como valemos tanto, ahora no quieren combatir! ¡Así que vamos a volverlos más locos que si se enfrentaran a legiones de dientes de dragón! ¡Vamos a cruzar nuestra valla, avanzar cuesta abajo, y luego a tumbar cadáveres a diestro y siniestro! ¡Vamos a pisarlos, escupirlos y mearles los muertos si es preciso! ¡Y tenedlo bien claro: van a cruzar el vado en mayor número de miles de los que vosotros, ignorantes mentulae, sois capaces de contar con los dedos! ¡Y no tenemos la ventaja de estar sentados aquí como gallos en una cerca; vamos a tener que hacerles frente cara a cara! ¡Y eso quiere decir que hay que alzar la vista porque son más altos que nosotros! ¡Son gigantes! ¿Acaso nos importa eso, eh?

 

¡No!. ¿Y por qué? ¡Porque somos las legiones de Roma! ¡Seguimos a las águilas de plata hasta la muerte o la victoria! ¡Los romanos son los mejores soldados del mundo! ¡Y vosotros, soldados proletarios de Cayo Mario, los mejores que ha habido en Roma!

 

¡Pues bien! ¡Vamos a cruzar la valla y a sudar lo nuestro! ¡No hay otro modo de ganar esta guerra más que haciendo que no quede en pie uno solo de esos salvajes de ojos de loco! ¡Luchando! ¡Aguantando hasta que no quede en pie ni uno de esos gigantes salvajes!. ¡Aquí tenéis vuestras águilas de plata! ¡Emblema del valor! ¡Emblema de Roma! ¡Emblemas de mis legiones! ¡Seguid a las águilas por la gloria de Roma!

( Basado en el relato de Colleen McCullough )


sábado, 19 de agosto de 2017

LA FIRMA DE JOYEROS FABRICIO MARGARITA Y LAS PERLAS EN LA ANTIGUA ROMA

 


El primer Marco Fabricio había sido también el primer comerciante de perlas que había establecido tienda en Roma cuando las perlas que se vendían procedían de los moluscos de agua dulce, de las ostras de roca y de arena y de cultivo marítimo, y eran pequeñas y más bien oscuras. Pero Marco Fabricio era un gran especialista y seguía casi olfateándolo el rastro de cualquier leyenda, viajando de Egipto a la Arabia nabatea en busca de perlas oceánicas, y las encontraba. Al principio habían sido decepcionantes por su escaso tamaño y forma irregular, aunque poseían el auténtico color blanco crema y procedían del Sinus Arabícus, en los confines de Etiopía. Luego, conforme fue aumentando su fama, descubrió mercados en los mares de la India y en la isla en forma de pera de Taprobana, al sur de la India. Por entonces se dio el nombre de Margarita y fundó el monopolio del comercio de perlas oceánicas. De modo que cuando llegó a la tercera generación, ya en tiempos del consulado de Marco Micinio Rufo y de Espurio Postumio Albino, su nieto -otro Marco Fabricio Margarita- estaba tan bien surtido, que cualquier hombre rico podía tener la seguridad de encontrar en su tienda la perla que deseara.
 

En sus tiendas se podían encontrar, por ejemplo un adamas hindú, una piedra más dura que ninguna otra sustancia conocida y del tamaño de una avellana, y una smaragdus verde de brillo interno azulado del norte de la lejana Escitia... y un carbunculus, tan brillante y luminoso como una ampolla llena de sangre reciente..., que así se llamaban las piedras preciosas en aquellos tiempos, aparte de la consabida bisutería de oro y plata.







martes, 20 de diciembre de 2016

ESPARTACO DERROTA A LOS PRETORES CAYO CLODIO GLABER, PUBLIO VARINIO Y LUCIO COSINIO


Cuando ya oscurecía, Espartaco había comprendido sin ningún género de duda que la expedición de castigo estaba formada por reclutas noveles y que el general era un pretor llamado Cayo Clodio Glaber, el Senado le había ordenado tomar cinco cohortes en Capua, a su paso por la ciudad, e ir en busca de los rebeldes para aplastarlos en su agujero del Vesubio.

 

Al amanecer, la expedición de castigo ya no existía. Espartaco había enviado durante la noche a sus grupos, que, descendiendo por las hendiduras, algunos hasta descolgándose con cuerdas, aniquilaron a las tropas romanas con rapidez y sigilosamente. 


Tan noveles eran los reclutas que se habían quitado la coraza, dejando apiladas las armas antes de acurrucarse en torno a los fuegos de campamento que delataban el lugar en que dormían; y tan novel era Cayo Clodio Glaber que pensó que la orografía era mejor que un campamento como es debido. 


Ya próximo el amanecer, los primeros que se despertaron comenzaron a percatarse de lo que sucedía y dieron la alarma. Y comenzó la estampida.

 

Espartaco lanzó un ataque masivo a la luz de las antorchas sostenidas por las mujeres. 


La mitad de las tropas de Glaber perecieron y la otra mitad huyó, dejando detrás corazas y armas. 


Con los fugitivos escaparon Glaber y sus tres legados.

 

Dos mil ochocientos equipos de infantería fueron a parar al escondrijo de la hondonada y Espartaco cambió el atavío de gladiador de su ejército en aumento por el de legionario romano y añadió los carros de Glaber a su convoy de pertrechos.


 Ahora llegaban voluntarios de todas partes, y casi todos excombatientes. Cuando la lista llegó a cinco mil, Espartaco decidió que la hondonada del Vesubio no daba para más y se dispuso a trasladar su legión.

 

Sabía exactamente a dónde ir.

 

Y fue por entonces cuando los pretores Publio Varinio y Lucio Cosinio sacaron dos legiones de reclutas del campamento de Capua y tomaron por la carretera de Nola. Cerca de la arrasada villa Batiato, se encontraron con una buena fortificación al estilo romano.


 Varinio, que ostentaba el mando, tenía experiencia y tampoco le faltaba a su lugarteniente Cosinio. Les había bastado echar un vistazo a la tropa para darse cuenta horrorizados de lo bisoña que era; apenas habían hecho instrucción. 


Para mayor dificultad de los pretores, hacía un tiempo frío, húmedo y ventoso y en sus filas hacía estragos una especie de infección respiratoria virulenta. 


Cuando Varinio vio la competente fortificación junto a la carretera de Nola, en seguida supo que era de los rebeldes, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que sus hombres no podrían asaltarla.


 Lo que hizo fue acampar las dos legiones en las cercanías.

 

Por entonces nadie sabía nombres ni datos de los sublevados, salvo que habían destruido la escuela de gladiadores de Cneo Cornelio Batiato (que en los libros figuraba como propietario), se habían refugiado en el monte Vesubio y a ellos se habían unido varios miles de descontentos samnitas, lucanos y esclavos. 

Por el desventurado Glaber se había sabido que ahora tenían en su poder todos los pertrechos de las cinco cohortes y que había alguien al mando con la suficiente destreza para aplastar cinco cohortes.

 

No obstante, por sus escuadras de exploradores, Varinio y Cosinio supieron que las fuerzas del campamento rebelde serían unas cinco mil personas, y que parte de ellas eran mujeres.


 Animado, Varinio dispuso a sus legiones en formación de combate a la mañana siguiente, convencido de que aun con tropas bisoñas y enfermas contaba con la superioridad numérica. Seguía lloviendo sin parar.
 

Al concluir la batalla, Varinio no sabía si achacar la derrota al pavor que la vista de los rebeldes había infundido a sus hombres o a la enfermedad que había inducido a muchos legionarios a soltar las armas y renunciar a luchar, clamando que no podían. El peor golpe fue que Cosinio había perecido al tratar de contener a un grupo que abandonaba el combate, y que los rebeldes se habían apoderado de mucho armamento. 


Era inútil perseguirlos bajo aquella lluvia hasta su campamento. Varinio ordenó dar media vuelta a sus mojadas y desmoralizadas tropas y regresó a Capua, en donde escribió al Senado con toda sinceridad, sin excusarse, pero sin ahorrar diatribas contra el propio Senado. En Italia, les dijo, las únicas tropas experimentadas eran las de los rebeldes.