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domingo, 1 de enero de 2023

CLEOPATRA ENAMORADA DE CÉSAR



Esa noche, mientras yacía insomne en el enorme lecho de plumas de Cleopatra, notando el contacto de su cuerpo cálido en el fresco del supuesto invierno de Alejandría, César pensó en el día, el mes, el año. Desde el momento en que había pisado suelo egipcio, todo se había alterado drásticamente: la cabeza de Magno -aquella perversa cábala palaciega-, una corrupción y una degeneración que sólo Oriente podía producir, una indeseada campaña luchada en las calles de una hermosa ciudad; la voluntad de un pueblo de destruir lo que se había tardado tres siglos en construir; su propia participación en esa destrucción... y una pragmática proposición de una reina resuelta a salvar a su pueblo de la única manera que creía que podía ser salvado, concibiendo el hijo de un dios. Creía que él, César, era un dios. Extraño. Insólito.


Ese día César había tenido miedo. Ese día César, que nunca estaba enfermo, había afrontado las consecuencias inevitables de sus cincuenta y dos años. No sólo por su edad, sino por los excesos que había cometido, forzándose a seguir cuando otros hombres se detendrían a descansar. ¡No, César no! El descanso no era propio de César. Nunca lo sería. Pero ahora César, que nunca estaba enfermo, debía admitir que llevaba meses indispuesto. Fuera cual fuese la fiebre o el miasma que había producido temblores y arcadas en su cuerpo, había dejado secuelas. Una parte del organismo de César había -¿cómo había dicho el médico-sacerdote?- sufrido un cambio. César tendría que acordarse de comer, o de lo contrario padecería un ataque de epilepsia, y dirían que por fin César estaba decayendo, debilitándose, que César no era ya invencible. Así que César debía mantener el secreto, no debía permitir que el Senado y el pueblo supieran que algo le pasaba, porque ¿quién, si no, sacaría del lodo a Roma?


Cleopatra suspiró, susurró algo, dejó escapar un leve hipo. Tantas lágrimas, y todas por César. Esta cría patética me ama, me ama. Para ella me he convertido en marido, padre, tío, hermano. Todas las retorcidas ramificaciones de un tolomeo. Yo no lo comprendía, creía entenderlo pero no lo entendía. La fortuna ha arrojado las preocupaciones y pesares de millones de personas sobre sus frágiles hombros; no le ha permitido elegir su destino más de lo que yo le permití a Julia. Ha sido ungida soberana con ritos más antiguos y sagrados que ningún otro; es la mujer más rica del mundo; tiene un poder absoluto sobre las vidas humanas. Sin embargo es un cría insignificante, una niña. Para un romano, es imposible calibrar en qué la han convertido sus primeros veintiún años de vida, con el asesinato y el incesto como norma. Latón y Cicerón sostienen que César aspira a ser rey de Roma, pero ninguno de ellos tiene la menor idea de qué es reinar verdaderamente. Un verdadero reinado está tan lejos de mí como esta criatura que tengo a mi lado, hinchada por el hijo mío que lleva dentro.


Debo levantarme, pensó. Debo beber algo de ese brebaje que Apolodoro tan amablemente me ha traído: zumo de melones y uvas cultivados en invernáculos de lienzo. ¡Qué degeneración! Mi mente divaga: soy César y a la vez soy yo; no puedo separar lo uno de lo otro.


Pero en lugar de ir a beber el zumo de melones y uvas cultivadas en invernáculos de lienzo, apoyó otra vez la cabeza en la almohada y se volvió para observar a Cleopatra. Pese a que era plena noche, no estaba muy oscuro; los grandes paneles de la pared exterior estaban un poco corridos y entraba la luz de la luna, que daba a la piel de Cleopatra un color no plateado sino de bronce claro. Una piel adorable. Alargó el brazo para tocarla, acariciarla, recorrer con la palma de la mano el abultado vientre de una preñez de seis meses, cuya piel no estaba aún bastante distendida para estar luminosa, como él recordaba que estaba el vientre de Cimila cuando le faltaba poco para parir a Julia, o antes de dar a luz a Cayo, que nació muerto debido al ataque de eclampsia de su progenitora. Quemamos a Cimila y al pequeño Cayo juntos, mi madre, la tía Julia y yo. No César. Yo.


Los pequeños pechos de Cleopatra se habían puesto redondos y firmes como globos, y sus pezones se habían oscurecido hasta tener el mismo color negro ciruela que la piel de sus abanicadores etíopes. Quizá lleve en las venas algo de esa sangre, porque su organismo contiene rasgos que no son los de Mitrídates y Tolomeo. Su piel es deliciosa al tacto, tejido vivo con una finalidad más importante que simplemente complacerme. Pero soy parte de este ser, porque lleva mi hijo. En general tenemos a los hijos cuando somos demasiado jóvenes, cuando se llega a mi edad es el momento de disfrutarlos y de adorar a sus madres. Se requieren muchos años y muchos sufrimientos para comprender el milagro de la vida.


Cleopatra tenía el pelo suelto y esparcido sobre la almohada, no era una cabellera espesa y negra como la de Servilia, no un río de fuego en que él podía envolverse, como el de Rhiannon. Ése era el pelo de Cleopatra, del mismo modo que ése era el cuerpo de Cleopatra. Y Cleopatra me ama de manera distinta a todas las demás. Me devuelve la juventud.


Los ojos leoninos de la faraona estaban abiertos, la mirada fija en el rostro de César. En otro momento él habría adoptado una expresión impasible, habría excluido a la joven de su mente con la automática rapidez de un reflejo; nunca hay que entregar a las mujeres la espada del conocimiento, porque la utilizan para castrar. Pero ella está acostumbrada a los eunucos; no valora a esa clase de
hombres, lo que busca en mí es un esposo, un padre, un tío, un hermano. Soy su igual en el poder, y sin embargo poseo el poder adicional de la masculinidad. La he conquistado. Ahora debo demostrarle que no entra en mis intenciones ni en mi naturaleza aplastarla para obtener su sumisión. Ninguna de mis mujeres ha sido servil.



-Te quiero -dijo rodeándola con sus brazos-, como mi esposa, mi hija, mi madre, mi tía. Cleopatra no podía saber que estaba equiparándola a unas mujeres reales, no empleando metáforas tolomaicas, pero a ella le invadió una oleada de amor, de alivio, de absoluto regocijo.

César la había admitido en su vida. César había dicho que la quería.

( Fragmento del libro de Colleen McCullough "El Caballo de César" )




sábado, 31 de diciembre de 2022

CÉSAR OCTAVIO ( HIJO ADOPTIVO DE CAYO JULIO CÉSAR), MATA A CESARIÓN (HIJO CARNAL DE CAYO JULIO CÉSAR Y CLEOPATRA)



SEGÚN EL RELATO DE COLLEEN MCCOLLOUGHT EN SU OBRA "ANTONIO Y CLEOPATRA", CESARIÓN FUE ASESINADO A LOS 17 AÑOS, POR OCTAVIO AUGUSTO DURANTE SU CAMPAÑA DE CONQUISTA DE EGIPTO. HE AQUÍ EL RELATO :

Él entró con la cabeza todavía cubierta, pero rápidamente se quitó la capa para mostrarse con su túnica de cuero sencillo. ¡Tan alto! Más alto incluso que Divus Julius. Los generales de Octavio contuvieron el aliento, se tambalearon.

- ¿Qué estás haciendo aquí, rey Ptolomeo? -preguntó Octavio desde su silla curul de marfil en la que se había sentado.

No habría apretones de mano, ninguna bienvenida cordial. Ninguna hipocresía.

- He venido a negociar.

- ¿Te envió tu madre?

El joven se rió y dejó a la vista otra faceta de su parecido a Divus Julius.

- ¡No, por supuesto que no! Ella cree que voy de camino a Berenice, desde donde debo viajar a la India.

- Hubieses hecho bien en obedecerla.

- No. No puedo dejarla; no dejaría que se enfrentase a ti sola.

- Ella tiene a Marco Antonio.

- Si lo he interpretado bien, él estará muerto.

Octavio se desperezó, bostezó hasta que le lloraron los ojos.

- Muy bien, rey Ptolomeo, negociaré contigo. Pero no con tantos oídos escuchando. Caballeros legados, podéis marcharos. Recordad el juramento que habéis prestado a mi persona. No quiero que ni un susurro de todo esto vaya más allá de vosotros, ni tampoco hablaréis de esto entre vosotros. ¿Está claro?

Estatilio Tauro asintió; él y los demás legados se marcharon.

- Siéntate, Cesarión.

Proculeio, Thyrso y Epafrodito se alejaron lo suficiente de la pared de la tienda para no escuchar a los dos participantes de aquel drama, casi sin respirar deterror.

Cesarión se sentó, con sus ojos azul verde, la única parte que no pertenecía a Divus Julius.

 

- ¿Qué crees que puedes conseguir que no lo puede hacer Cleopatra?

- Una atmósfera tranquila, para empezar. Tú no me odias. ¿Cómo podrías hacerlo, cuando nunca nos hemos conocido? Quiero conseguir una paz que te beneficie tanto a ti como a Egipto.

- Explica tus propuestas.

- Que mi madre se retire a una vida privada en Menfis o Tebas. Que sus hijos con Marco Antonio vayan con ella. Que yo gobierne en Alejandría como rey y en Egipto como faraón, como cliente de Cayo Julio César Divi Filius, como su más leal, más fiel cliente-rey. Te daré todo el oro que pidas, además del trigo para alimentar a las multitudes de Italia.

- ¿Por qué vas tú a reinar con más sabiduría que tu madre?

- Porque soy hijo de sangre de Cayo Julio César. Ya he comenzado a rectificar los errores que cometieron muchas generaciones de la casa de Ptolomeo. He dispuesto una ración de trigo gratis para los pobres, he ampliado la ciudadanía de Alejandría a todos sus residentes y estoy en el proceso de establecer elecciones democráticas.

- Muy cesariano, Cesarión.

- Verás, encontré sus documentos; aquéllos donde detalla sus planes para Alejandría y Egipto y así sacarlos del estancamiento que ha sufrido Egipto durante milenios. Vi que sus ideas eran las correctas, que estábamos hundidos en un fangal de privilegios para las clases superiores.

- ¡Oh, hablas como él!

- Gracias.

- Es verdad que compartimos un padre divino -manifestó Octavio-, pero tú te pareces mucho más a él.

- Eso es lo que siempre dijo mi madre. Antonio también.

- ¿No se te ha ocurrido lo que eso significa, Cesarión?

El joven lo miró desconcertado.

 

- No. ¿Qué podría significar aparte de su realidad?

- Su realidad. En una palabra, ése es el problema.

- ¿Problema?

- Sí. -Octavio exhaló un suspiro y unió sus dedos torcidos-. De no haber sido por el accidente de tu aparición, rey Ptolomeo, quizá hubiese aceptado negociar contigo. Tal como son las cosas, no tengo alternativa. Debo matarte.

Cesarión soltó una exclamación, comenzó a levantarse y después permaneció sentado.

- ¿Quieres decir que caminaré con mi madre en tu destile triunfal y luego iré al estrangulador? Pero ¿por qué? ¿Qué hace que mi muerte sea necesaria? Ya que ha salido en la conversación, ¿por qué es necesaria la muerte de mi madre?

- Te equivocas conmigo, hijo de César. Nunca caminarás en mi desfile triunfal. Es más, nunca te permitiría acercarte a mil millas de Roma. ¿Es que nunca nadie te lo explicó?

- ¿Explicarme qué? -preguntó Cesarión con una expresión de enfado-. ¡Deja de jugar conmigo, César Octavio! -Tu parecido con Divus Julius es una amenaza para mí.

-¿Yo una amenaza debido al parecido? ¡Eso es una locura!

 

-Cualquier cosa menos una locura. Escúchame y te lo explicaré; qué extraño que tu madre nunca lo hiciese. Quizá creyó que si tú lo sabías la suplantarías en el Capitolio de inmediato. ¡No, siéntate y escucha! Te hablaré sinceramente de Cleopatra no para enfadarte, sino porque ella ha sido mi implacable enemiga. Mi querido muchacho, he tenido que luchar con uñas y dientes contra viento y marea para establecer mi poder en Roma. ¡Durante catorce años! Comencé cuando tenía dieciocho, adoptado como el hijo romano de mi divino padre. Acepté mi herencia y me aferré a ella, aunque muchos hombres se me han opuesto, incluido Marco Antonio. Ahora tengo treinta y dos y (una vez que hayas muerto) estaré seguro por fin. No tuve una juventud como la tuya. Era un muchacho enfermo y débil. Los hombres se burlaban de mi coraje. Me esforzaba en parecerme a Divus Julius: ensayaba su sonrisa, llevaba botas con alzas para parecer más alto, copiaba su discurso y su estilo de retórica. Hasta que finalmente, a medida que la imagen terrenal de Divus Julius se borraba del recuerdo de los hombres, creyeron que él se parecía a mí. ¿Comienzas a comprender, Cesarión?

- No. Sufro por tus tribulaciones, primo, pero no alcanzo a entender qué tiene que ver mi apariencia con todo esto.

- La apariencia es la base sobre la que gira mi carrera. Tú no eres romano y no has sido criado como un romano. Tú eres un extranjero. -Octavio se inclinó hacia adelante con los ojos resplandecientes-. Déjame que te diga por qué los romanos, un pueblo pragmático y sensible, divinizaron a Cayo Julio César. Algo en absoluto romano. ¡Lo amaban! Se ha dicho de muchos generales que sus soldados morirían por ellos, pero todo el pueblo de Roma e Italia por el único que hubiesen muerto era por Cayo Julio César. Cuando caminaba por el foro romano, por las callejuelas y los barrios de Roma o de cualquier otra ciudad italiana, trataba a la gente que encontraba como sus iguales, bromeaba con ellos, escuchaba sus pequeñas quejas, intentaba ayudar. Nacido y criado en los barrios bajos de la Subura, se movía entre el Censo por Cabezas como uno de ellos; hablaba su jerga, dormía con sus mujeres, besaba a sus malolientes bebés y lloraba cuando sus sufrimientos lo conmovían, algo que sucedía a menudo. Cuando aquellos orgullosos estrafalarios y amantes del dinero lo asesinaron, el pueblo de Roma e Italia no pudo soportar perderlo. ¡Ellos lo hicieron un dios, no el Senado! De hecho, el Senado (¡dirigido por Marco Antonio!) intentó por todas las maneras posibles aplastar el culto a César. Sin éxito. Sus clientes eran legión, y yo los heredé junto con su fortuna.

Se levantó, dio la vuelta alrededor de la mesa para acercarse al joven de aspecto preocupado y lo miró.
 

- Si dejamos que el pueblo de Roma e Italia te vea, Ptolomeo César, ellos se olvidarán de todos los demás. Te aceptarán en sus corazones en un arranque de alegría. ¿Qué pasará conmigo? Me olvidarán de la noche a la mañana; el trabajo de catorce años será olvidado. El Senado te abrazará, te hará ciudadano romano y probablemente te obsequiará con el consulado al día siguiente. Gobernarías no sólo Egipto y Oriente, sino también Roma, sin duda, con la forma que tú escogieras, desde dictador perpetuo hasta rey. Divus Julius había comenzado a suavizar nuestro mos maiorum, luego nosotros, los tres triunviros, lo suavizamos todavía más y ahora que he eliminado a Antonio de cualquier esperanza de rivalidad soy el amo indiscutido de Roma. Siempre y cuando que mi Roma o Italia no te vean. Tengo la plena intención de gobernar Roma y sus posesiones como un autócrata, joven Ptolomeo César. Porque Roma, por fin, está en el camino correcto para aceptar el gobierno autocrático. Si el pueblo te ve en Roma te aceptarán. Pero tú gobernarías como te ha enseñado tu madre, como un rey, sentado en el Capitolio dispensando justicia, Minos en la puerta del Hades. Tú no verás nada de malo en eso, pese a todos tus programas liberales de reforma en Alejandría y Egipto. En contraposición a eso, mi gobierno será invisible. No llevaré diadema o tiara para que proclame mi condición, ni permitiré que mi querida esposa sea reina. Continuaremos habitando en nuestra actual casa y dejaremos que Roma crea que se gobierna democráticamente. Por eso debes morir. Para que Roma continúe siendo romana.

Las emociones se habían perseguido una tras otra en el rostro de Cesarión: asombro, dolor, reflexión, furia, tristeza, comprensión. Pero no desconcierto o confusión.

- Lo comprendo -dijo con voz pausada-. Lo comprendo, y no te puedo culpar.

- Eres el hijo del divino César y, por todo lo que me han dicho has heredado su brillantez intelectual. Lamento que nunca veré si también has heredado su genio militar, pero tengo algunos muy buenos generales y no temo al rey de los partos, con quien pienso establecer la paz y no atacar. Uno de los pilares de mi gobierno será la paz. La guerra es la más inútil de las actividades humanas, un desperdicio de vidas y dinero, y no permitiré que las regiones romanas dicten cómo ha de ser Roma o
quién la gobierne
.
Ahora él hablaba, comprendió Cesarión, con el fin de posponer la ejecución de una ejecución.

 

«Oh, mamá! ¿Por qué no confiaste en mí? ¿No sabías lo que el auténtico hijo romano de César acaba de decirme? Sin duda, Antonio lo sabía, pero Antonio era un títere. No porque lo drogases o por el vino, sino porque te amaba. Tendrías que habérmelo dicho. Pero de nuevo quizá no lo viste, y Antonio también quizá estuvo demasiado ocupado demostrándose digno de tu amor como para considerar importante mi situación.» Cesarión cerró los ojos y se obligó a sí mismo a pensar, a aplicar su formidable intelecto a su situación. ¿Había una mínima posibilidad de escapatoria? Sintió el vientre vacío de esperanza y exhaló un suspiro. No, no había ninguna posibilidad de escapatoria. Lo más que podía hacer era intentar poner trabas a la decisión de Octavio de matarlo, salir de la tienda y gritar a pleno pulmón que era el hijo de César. ¡No tenía nada de particular que Tauro lo hubiese mirado de una manera desorbitada! Pero ¿era eso lo que su padre hubiese querido de su hijo no romano? Sabía la respuesta y suspiró de nuevo. Octavio era el verdadero hijo de César por voluntad propia y dictado de César, sin ninguna otra mención a su hijo en Egipto. Cuando todo estuvo hecho, lo que César había valorado más que nada en su vida era la dignitas. Dignitas! La principal de todas las cualidades romanas, la participación personal en los logros y los triunfos y en la fuerza de un hombre. Incluso en sus últimos momentos, César había mantenido su dignitas intacta; en lugar de continuar luchando había utilizado aquella mínima fracción de tiempo que le quedaba para ponerse un pliegue de la toga por encima del rostro y otro por debajo de las rodillas. De forma tal que Bruto, Casio y el resto no viesen la expresión de su rostro
moribundo o atisbasen sus genitales.

«Sí -pensó Cesarión-, yo también preservaré mi dignitas. Moriré siendo mi propio dueño, mi rostro y mis genitales cubiertos. Seré digno de mi padre.»

- ¿Cuándo moriré? -preguntó Cesarion con la voz calma.

- Ahora, dentro de esta tienda. Tengo que hacer el trabajo yo mismo, porque no confío en nadie más para que lo haga. Si mi falta de experiencia hace tu muerte más dolorosa, lo siento.

- Mi padre dijo: «Que sea súbita.» Mientras tengas eso en mente, César Octavio, me daré por satisfecho.

- No puedo decapitarte. -Octavio estaba muy pálido, las fosas nasales dilatadas mientras intentaba controlar su boca. Le dedicó una sonrisa retorcida-. No tengo tanta fuerza muscular, ni tampoco tanto acero. Tampoco deseo ver tu rostro. Thyrso, dame esa tela y aquella cuerda.

- Entonces, ¿cómo? -preguntó Cesarión, de pie.

- Una espada por debajo de tus costillas hasta tu corazón. No intentes correr, no cambiará tu destino.

- Eso ya lo sé. Más público, pero mucho más engorroso. Sin embargo, correré a menos que aceptes mis condiciones.

- Nómbralas.

- Que seas amable con mi madre.

- Seré amable.

- ¿Y con mis hermanos pequeños y mi hermana?

- No se les tocará ni un pelo de sus cabezas.

- ¿Tengo tu palabra?

- La tienes.

- Entonces estoy preparado.

Octavio tapó la cabeza de Cesarión con la tela y anudó la cuerda alrededor de su cuello para mantener en su sitio la improvisada capucha. Thyrso le alcanzó una espada; Octavio probó el filo y lo encontró afilado como una navaja. Entonces miró el suelo de tierra de la tienda, frunció el entrecejo y le hizo un gesto a Epafrodito, que estaba blanco como una sábana.

- Échame una mano, Dito.

Octavio sujetó el brazo de Cesarión.

- Muévete con nosotros -dijo, y miró la tela blanca-. ¡Qué valiente eres! Tu respiración es profunda y firme.

Una voz que podía haber sido la de Marco Antonio salió de debajo de la capucha.

-¡Deja de charlar y acaba con esto, Octavio!

 

Cuatro pasos más allá había una alfombra persa de color rojo brillante; Epafrodito y Octavio hicieron que Cesarión se Parase sobre ella; ya no podía haber más demoras. «¡Acaba con esto, Octavio, acaba con esto!» Colocó la espada y la clavó por debajo y hacia arriba en un rápido movimiento con más fuerza de la que hubiese creído tener; Cesarión exhaló un suspiro y cayó de rodillas, Octavio lo siguió, con las manos alrededor de la empuñadura de marfil porque no podía soltarla.

- ¿Está muerto? -preguntó, con la cabeza torcida para mirar hacia arriba-. ¡No, no! ¡No descubras su cara, hagas lo que hagas!

- La arteria, en su cuello, no late, César -dijo Thyrso.

- Entonces lo hice bien. Envuélvelo en la alfombra.

- Suelta la espada, César.

Lo sacudió un temblor; sus dedos se relajaron, y por fin soltó la empuñadura.

- Ayúdame a levantarme.

Thyrso había envuelto el cadáver en la alfombra, pero era tan largo que sobresalían los pies. Pies grandes como los de César.

 

Octavio se desplomó sobre la silla más cercana y se sentó con la cabeza entre las rodillas, jadeante.

- ¡Oh, no quería hacerlo!

- Tenía que hacerse -dijo Proculeio-. ¿Ahora qué?

- Llama a seis no combatientes con palas. Pueden cavar su tumba aquí mismo.

- ¿Dentro de la tienda? -preguntó Thyrso, que parecía a plinto de vomitar.

- ¿Por qué no? ¡Venga, en marcha, Dito! No quiero tener que pasar la noche aquí, y no puedo dar órdenes hasta que el chico esté enterrado. ¿Tiene un anillo?

Thyrso se metió debajo de la alfombra y salió con él.

Lo tomó con una mano -bien, bien, no temblaba- y lo miró.



Aquello que los egipcios llamaban uraeus estaba tallado en el sello, una cobra erguida. La piedra era una esmeralda, y en su borde había algo en jeroglíficos: un pájaro, un ojo del que caía una lágrima, unas líneas onduladas, otro pájaro. Bien, tendría que servir. Si debía mostrarlo como prueba del destino de Cesarión, serviría. Lo guardó en su bolsa.


viernes, 30 de diciembre de 2022

LA DOMUS HORTENSIA, RESIDENCIA DEL TRIUNVIRO OCTAVIO



Desde la Velia caminó entre los antiguos pilares cubiertos de musgo de la Porta Mugonia y subió al monte Palatino por su lado menos elegante. Su casa había pertenecido alguna vez al famoso abogado Quinto Hortensio Hortalo, rival de Cicerón ante los tribunales. Antonio había culpado al hijo por la muerte de su hermano Cayo, y lo había proscrito. Eso no preocupó al joven Hortensio, quien murió en Macedonia, siendo su cuerpo arrojado al monumento de Cayo Antonio. Como la mayoría de Roma, Octavio era muy consciente de que Cayo Antonio era tan incompetente que su muerte había sido toda una bendición.


La domus Hortensia era una casa muy grande y lujosa, aunque no del tamaño del palacio de Pompeyo Magno en el Carinae. Antonio se había apropiado de aquella mansión, y cuando César se enteró, hizo pagar a su primo por ella. A la muerte de César, los pagos se interrumpieron. 


Pero Octavio no quería una casa tan ostentosa que pudiera compararse a un palacio, sino sólo algo lo bastante grande para utilizar como sala de negociaciones y también de residencia. La domus Hortensia se la habían adjudicado por dos millones de sestercios, una fracción de su valor real, en la subasta de los bienes incautados. Esa clase de cosas ocurrían a menudo en las subastas de bienes incautados a los proscritos, en las que tantas propiedades de enorme valor se vendían al mismo tiempo.


En el lado elegante del Palatino, todas las casas buscaban tener vista al foro romano, pero Hortensio no se había preocupado por la vista. A él le interesaba el espacio. Muy aficionado a la pesca, tenía grandes estanques dedicados a la cría de carpas doradas y plateadas y jardines y campos que eran más habituales en las casas situadas al otro lado de los muros Servían, como el palacio que César había construido para Cleopatra al pie de la colina Janicula. Sus campos y jardines eran legendarios.


La domus Hortensia estaba en lo alto de un acantilado de cincuenta pies que daba al Circo Máximo, donde en los días de destiles o carreras de cuadrigas se apiñaban más de ciento cincuenta mil romanos para maravillarse y aplaudir. Sin dirigirle al Circo una mirada, Octavio entró en su casa a través del jardín y los estanques de detrás y llegó a una vasta sala de recepción que Hortensio nunca había utilizado debido a la enfermedad que sufría cuando la añadió.


A Octavio le gustaba el diseño de la casa, porque las cocinas y las habitaciones de la servidumbre estaban a un lado, en un edificio separado que contenía las letrinas y los baños para uso del servicio. Los baños y las letrinas para el propietario, su familia y los invitados estaban en la casa principal y, además, eran de valioso mármol. Como muchas casas en el Palatino, estaba situada encima de un arroyo subterráneo que descargaba en las inmensas cañerías de la Cloaca Máxima. 


Para Octavio, era la razón principal para la compra de aquella domus, ya que era la más reservada de las personas cuando se trataba de vaciar los intestinos y la vejiga. ¡Nadie debía verlo, nadie debía escucharlo! También era muy meticuloso en el aseo personal, que incluía un baño, por lo menos, una vez al día. Por lo tanto, las campañas militares eran un tormento sólo algo mitigado por Agripa, que hacía lo imposible por conseguirle intimidad cada vez que podía. Octavio no sabía por qué le daba tanta importancia a ese tema, puede que por su buena planta o porque los hombres se sentían vulnerables si su imagen no iba acorde con su persona.


El mayordomo salió a su encuentro con un signo de ansiedad; Octavio detestaba la menor mancha en la túnica o la toga, cosa que hacía la vida dura para el hombre, siempre ocupado con la tiza y el vinagre.


( C. McC. )




jueves, 29 de diciembre de 2022

CARTA DE CLEOPATRA A MARCO ANTONIO, PARA COMUNICARLE QUE YA ES PADRE



Mi querido Antonio:

Te escribo ésta en los idus de Sextilis, en medio de un tiempo tan magnífico que desearía que pudieses estar aquí para disfrutarlo conmigo, y con Cesarión, que te envía su amor y sus buenos deseos. Crece a pasos agigantados y su contacto con hombres romanos (especialmente tú) ha sido de un gran beneficio para él. Ahora mismo lee a Polibio, y ha dejado a un lado las cartas de Cornelia, la madre de los Graco: no hay guerras ni acontecimientos excitantes. Por supuesto, se sabe de corrido los libros de su padre.


No sé en qué lugar del mundo recibirás esta carta, pero antes o después lo harás. Uno escucha que estás en Atenas, un momento más tarde que estás en Éfeso, incluso que estás en Roma. No importa. Ésta es para darte las gracias por darle a Cesarión un hermano y una hermana. ¡Sí, he dado a luz a mellizos! ¿Se dan en tu familia? En la mía no. Estoy encantada, por supuesto. De un golpe has asegurado la sucesión y le has dado a Cesarión una esposa. ¡No es un milagro que el Nilo rebose de tan abundante!

( C. McC. )





domingo, 7 de octubre de 2018

ISLA DE FILAS SANTUARIO EGIPCIO-ROMANO, DENTRO DEL NILO


En cierta ocasión, cuando Cleopatra navegaba Nilo adentro para enseñar Egipto a César con su grandioso barco de lujo "Filopator" (que era lo más parecido a un palacio flotante), le dijo que el templo más hermoso era el de Isis en la isla de Filas. Le dijo al dictador de Roma, que sus antepasados los Ptolomeos le dieron un ligero estilo helénico a ese templo, y por eso se lo consideraba el más hermoso de todo Egipto. Lo mismo le dijo a Marco Antonio cuando la faraona le invitó a visitar el lugar. Pero conozcamos con más detalle esta isla del Egipto de adentro, y vayamos por la visita virtual desde esta entrada de mi blog:
 
Filas, File o Filé (en textos latinos: Philæ, Philae, Filae; en griego: Φιλαί ; en egipcio: pꜣ-ı͗w-rq) era el nombre de una isla situada en el río Nilo, a once kilómetros al sur de Asuán, en Egipto (24°01′15″N 32°53′22″E). Fue célebre por los templos erigidos durante los periodos ptolemaico y romano dedicados al culto a la diosa Isis que se propagó por todo el Mediterráneo, manteniéndose su veneración en el templo de File hasta que fue prohibido en tiempos de Justiniano I, el año 535 d. C.
 
 La isla de File quedó sumergida en el siglo XX bajo las aguas embalsadas por la presa de Asuán, aunque bajo patrocinio de la Unesco los templos fueron desmontados, trasladados y reconstruidos en el cercano islote de Agilkia.

 
Isis fue una de las diosas principales del panteón egipcio, pero sólo a partir de Nectanebo I, faraón de la dinastía XXX, comenzaron a erigirse edificaciones sacras de cierta importancia en la isla. Los lágidas continuaron ampliando el complejo y, posteriormente, algunos emperadores romanos como Augusto, Tiberio, Trajano y Adriano, ordenaron construir más edificaciones.
 
El culto a la diosa perduró hasta el siglo VI, cuando el emperador romano de oriente, Justiniano I lo proscribió. El conjunto se reconvirtió en iglesia cristiana dedicada a la advocación de San Esteban, hasta el siglo XII, época en que el credo islamista ya se había impuesto como religión mayoritaria de la población egipcia.
 
El conjunto de templos de Filé forma parte del Museo al Aire Libre de Nubia y Asuán, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979 con el nombre de Monumentos de Nubia de Abú Simbel a Filé.
 
El conjunto de templos de la isla de Filé no constituye un sistema aislado. Antes bien, está estrechamente vinculado a otros templos cercanos (Abatón) y a la serie de templos nubios que, desde Filé, jalonan las orillas de la Baja Nubia. Los faraones (casi de forma continuada en cada reinado) habían donado "los campos" (el Dodekaschoenos) a la diosa, lo que es lo mismo que decir: a sus sacerdotes.
 
En la isla, existe una clara gradación en los templos. El templo principal es el de Isis, que ocupa la posición axial principal, estando los otros templos (Arensnufis, Imhotep, etc.) subordinados al de la diosa, ubicándose transversalmente a dicho eje.
 
La decoración de los muros de los templos que constituyen el conjunto de Filé se realizó conforme a un sistema descrito por Eleni Vassilika (Ptolemaic Philae), según el cual los artistas, siguiendo las directrices de los teólogos, habrían elaborado una serie de cartones decorativos a partir de los cuales se habrían ido levantando las decoraciones murales, manteniendo estrictas normas regladas.
 
 LOS TEMPLOS LEVANTADOS EN LA ISLA DE FILÉ : EL CONJUNTO DEL TEMPLO DE ISIS DISPONE DE VARIAS EDIFICACIONES:

 El vestíbulo de Nectanebo I, con sillares de época de Taharqo

El templo de Arensnufis, divinidad meroítica, de tiempos de Ptolomeo IV Filópator y Arqamani II, rey de Meroe.

Las columnatas de época de Augusto y Tiberio.

La capilla de Mandulis, divinidad nubia.

El templo dedicado a Imhotep, sabio divinizado de la época de Dyeser.

La puerta de tiempos de Ptolomeo II Filadelfo.

El primer pilono, con los obeliscos de Ptolomeo VIII Evérgetes.

El patio con el mammisi, de Ptolomeo VIII, terminado por Tiberio.

El templo de Isis, decorado en época de Ptolomeo II, terminado por Augusto y Tiberio.

El templo de Hathor, de Ptolomeo VI Filómetor y Ptolomeo VIII Evérgetes.
 
Al oeste está la llamada puerta de Adriano, al pasar por la cual se llega a la capilla principal y al templo de la diosa Hathor, al este del templo de Isis. Los pilares están decorados con escenas de músicos, bailarines y dioses. Al sudeste está el quiosco de Trajano.
 
Estancias anexas: Entre las principales estancias que alberga el conjunto, cabe destacar:
 
La biblioteca. El templo contaba con una biblioteca de textos sagrados en papiro, para uso de los sacerdotes en su culto diario, así como para depósito de documentos.
 
La llamada "Estancia Meroítica". Una de las salas del templo acoge un interesante grupo de inscripciones y representaciones meroíticas, de extraordinario interés para la historia de la zona.
 
 Últimos vestigios de la antigua escritura egipcia : La última inscripción jeroglífica de la que tenemos evidencias fue grabada en los muros de la puerta llamada de Adriano, situada en el recinto del templo del Isis; se grabó el día 24 de agosto de 394, y consistía en una invocación al dios kushita Mandulis.
 
 El último texto escrito en egipcio demótico se fechó el día once de diciembre del año 452; se trata de una frase pintada en los muros del templo del Isis, en File.