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domingo, 1 de enero de 2023

CLEOPATRA ENAMORADA DE CÉSAR



Esa noche, mientras yacía insomne en el enorme lecho de plumas de Cleopatra, notando el contacto de su cuerpo cálido en el fresco del supuesto invierno de Alejandría, César pensó en el día, el mes, el año. Desde el momento en que había pisado suelo egipcio, todo se había alterado drásticamente: la cabeza de Magno -aquella perversa cábala palaciega-, una corrupción y una degeneración que sólo Oriente podía producir, una indeseada campaña luchada en las calles de una hermosa ciudad; la voluntad de un pueblo de destruir lo que se había tardado tres siglos en construir; su propia participación en esa destrucción... y una pragmática proposición de una reina resuelta a salvar a su pueblo de la única manera que creía que podía ser salvado, concibiendo el hijo de un dios. Creía que él, César, era un dios. Extraño. Insólito.


Ese día César había tenido miedo. Ese día César, que nunca estaba enfermo, había afrontado las consecuencias inevitables de sus cincuenta y dos años. No sólo por su edad, sino por los excesos que había cometido, forzándose a seguir cuando otros hombres se detendrían a descansar. ¡No, César no! El descanso no era propio de César. Nunca lo sería. Pero ahora César, que nunca estaba enfermo, debía admitir que llevaba meses indispuesto. Fuera cual fuese la fiebre o el miasma que había producido temblores y arcadas en su cuerpo, había dejado secuelas. Una parte del organismo de César había -¿cómo había dicho el médico-sacerdote?- sufrido un cambio. César tendría que acordarse de comer, o de lo contrario padecería un ataque de epilepsia, y dirían que por fin César estaba decayendo, debilitándose, que César no era ya invencible. Así que César debía mantener el secreto, no debía permitir que el Senado y el pueblo supieran que algo le pasaba, porque ¿quién, si no, sacaría del lodo a Roma?


Cleopatra suspiró, susurró algo, dejó escapar un leve hipo. Tantas lágrimas, y todas por César. Esta cría patética me ama, me ama. Para ella me he convertido en marido, padre, tío, hermano. Todas las retorcidas ramificaciones de un tolomeo. Yo no lo comprendía, creía entenderlo pero no lo entendía. La fortuna ha arrojado las preocupaciones y pesares de millones de personas sobre sus frágiles hombros; no le ha permitido elegir su destino más de lo que yo le permití a Julia. Ha sido ungida soberana con ritos más antiguos y sagrados que ningún otro; es la mujer más rica del mundo; tiene un poder absoluto sobre las vidas humanas. Sin embargo es un cría insignificante, una niña. Para un romano, es imposible calibrar en qué la han convertido sus primeros veintiún años de vida, con el asesinato y el incesto como norma. Latón y Cicerón sostienen que César aspira a ser rey de Roma, pero ninguno de ellos tiene la menor idea de qué es reinar verdaderamente. Un verdadero reinado está tan lejos de mí como esta criatura que tengo a mi lado, hinchada por el hijo mío que lleva dentro.


Debo levantarme, pensó. Debo beber algo de ese brebaje que Apolodoro tan amablemente me ha traído: zumo de melones y uvas cultivados en invernáculos de lienzo. ¡Qué degeneración! Mi mente divaga: soy César y a la vez soy yo; no puedo separar lo uno de lo otro.


Pero en lugar de ir a beber el zumo de melones y uvas cultivadas en invernáculos de lienzo, apoyó otra vez la cabeza en la almohada y se volvió para observar a Cleopatra. Pese a que era plena noche, no estaba muy oscuro; los grandes paneles de la pared exterior estaban un poco corridos y entraba la luz de la luna, que daba a la piel de Cleopatra un color no plateado sino de bronce claro. Una piel adorable. Alargó el brazo para tocarla, acariciarla, recorrer con la palma de la mano el abultado vientre de una preñez de seis meses, cuya piel no estaba aún bastante distendida para estar luminosa, como él recordaba que estaba el vientre de Cimila cuando le faltaba poco para parir a Julia, o antes de dar a luz a Cayo, que nació muerto debido al ataque de eclampsia de su progenitora. Quemamos a Cimila y al pequeño Cayo juntos, mi madre, la tía Julia y yo. No César. Yo.


Los pequeños pechos de Cleopatra se habían puesto redondos y firmes como globos, y sus pezones se habían oscurecido hasta tener el mismo color negro ciruela que la piel de sus abanicadores etíopes. Quizá lleve en las venas algo de esa sangre, porque su organismo contiene rasgos que no son los de Mitrídates y Tolomeo. Su piel es deliciosa al tacto, tejido vivo con una finalidad más importante que simplemente complacerme. Pero soy parte de este ser, porque lleva mi hijo. En general tenemos a los hijos cuando somos demasiado jóvenes, cuando se llega a mi edad es el momento de disfrutarlos y de adorar a sus madres. Se requieren muchos años y muchos sufrimientos para comprender el milagro de la vida.


Cleopatra tenía el pelo suelto y esparcido sobre la almohada, no era una cabellera espesa y negra como la de Servilia, no un río de fuego en que él podía envolverse, como el de Rhiannon. Ése era el pelo de Cleopatra, del mismo modo que ése era el cuerpo de Cleopatra. Y Cleopatra me ama de manera distinta a todas las demás. Me devuelve la juventud.


Los ojos leoninos de la faraona estaban abiertos, la mirada fija en el rostro de César. En otro momento él habría adoptado una expresión impasible, habría excluido a la joven de su mente con la automática rapidez de un reflejo; nunca hay que entregar a las mujeres la espada del conocimiento, porque la utilizan para castrar. Pero ella está acostumbrada a los eunucos; no valora a esa clase de
hombres, lo que busca en mí es un esposo, un padre, un tío, un hermano. Soy su igual en el poder, y sin embargo poseo el poder adicional de la masculinidad. La he conquistado. Ahora debo demostrarle que no entra en mis intenciones ni en mi naturaleza aplastarla para obtener su sumisión. Ninguna de mis mujeres ha sido servil.



-Te quiero -dijo rodeándola con sus brazos-, como mi esposa, mi hija, mi madre, mi tía. Cleopatra no podía saber que estaba equiparándola a unas mujeres reales, no empleando metáforas tolomaicas, pero a ella le invadió una oleada de amor, de alivio, de absoluto regocijo.

César la había admitido en su vida. César había dicho que la quería.

( Fragmento del libro de Colleen McCullough "El Caballo de César" )




sábado, 18 de agosto de 2018

PODER ECONÓMICO DEL FARAÓN EGIPCIO EN LOS TIEMPOS DE LA ROMA REPUBLICANA



En el Egipto de los Tolomeos, la principal fuente de los ingresos reales no era la capital Alejandría (la ciudad más grande del mundo, con tres millones de habitantes, cuando en Roma apenas no llegaba al millón), sino el propio Egipto interior del río Nilo. Allí, donde los soberanos habían existido desde quién sabía cuántos miles de años, todo pertenecía al faraón. La tierra, las cosechas, las bestias y las aves de los campos y las granjas, las abejas, los impuestos, tributos y tarifas. El faraón sólo compartía la producción de hilo, que era competencia de los sacerdotes; éstos recibían un tercio de los ingresos generados por este hilo, el mejor del mundo. Egipto era el único lugar del mundo donde se tejía un hilo tan tenue que quedaba diáfano como un cristal ligeramente empañado, solamente en Egipto se teñía de tan mágicos colores, y solamente en Egipto el hilo tenía una blancura tan extraordinaria.

 

Otra fuente de ingresos era tan única como lucrativa: Egipto producía papel a partir del papiro, que abundaba en el Delta, y el faraón también era dueño del papel. Por tanto las rentas del faraón antes de que Egipto pasara a dominio romano, ascendían a más de doce mil talentos de oro anuales, divididos en dos erarios: el privado y el público. Seis mil talentos en cada uno. Con el erario público el faraón pagaba a sus gobernadores de distrito, sus burócratas, su policía, la policía del río, su ejército, su armada, sus trabajadores, sus campesinos. Incluso cuando el Nilo no se desbordaba, esas rentas públicas bastaban para comprar grano a países extranjeros. Los fondos privados pertenecían plenamente al faraón y no podían destinarse a nada más que a las necesidades y deseos personales del faraón, como las construcciones de sus palacios y sus tumbas. En sus arcas se acumulaba la producción nacional de oro, piedras preciosas, porfirio, ébano, marfil, especias y perlas.

 

Las flotas que partían hacia el Cuerno de África en busca de la mayor parte de aquellas riquezas pertenecían al faraón. No era extraño, pues, que los Tolomeos como Auletes, privados del título de faraón, lo anhelaran, y a que Alejandría era una entidad por completo separada de Egipto. Si bien el rey y la reina ingresaban en forma de impuestos buena parte de los beneficios de la ciudad, no eran propietarios de ella ni de sus bienes, ya fueran los barcos, las fábricas de vidrio o las compañías de mercaderes. Tampoco tenían derecho a la tierra en que se hallaba la urbe. Alejandría había sido fundada por Alejandro Magno, que se las daba de griego pero era macedonio de la cabeza a los pies. El Intérprete, el Registrador y el Contable, principales funcionarios de la corte,  recaudaban todos los ingresos públicos de Alejandría y los utilizaban en gran medida en su propio interés, mediante un sistema de privilegios y prebendas que incluían el palacio.

 

Habiendo experimentado las dinastías asirias, kuchitas y persas antes de la llegada de Tolomeo, el mariscal de Alejandro Magno, los sacerdotes de Ptah en Menfis habían llegado a un acuerdo con él y le habían entregado el erario público egipcio a condición de que en el Egipto del Nilo se invirtiera la cantidad suficiente para mantener la prosperidad de su pueblo y sus templos. Si el Tolomeo era también faraón, disponía asimismo de los fondos privados. Sólo que éstos no saldrían de las cámaras del tesoro de Menfis a menos que el faraón en persona fuera a retirar la suma que necesitara.

 

 Así pues, cuando Cleopatra huyó de Alejandría no imitó a su padre zarpando del Gran Puerto sin dinero; fue a Menfis donde los sacerdotes la reconocían como la legítima faraona, y obtuvo el dinero necesario para contratar a un ejército de mercenarios con el que derrocar a su hermano el faraón Tolomeo XIII Teos Filopator, con la ayuda de Cayo Julio César que deseaba convertir a Egipto en el suministrador del grano que Roma necesitaba para cubrir sus necesidades alimenticias.


sábado, 25 de noviembre de 2017

DESMEMBRACIÓN DE GRECIA Y CAÍDA DE CARTAGO ANTE ROMA



 

Uno de los primeros cargamentos de botín que, cuando se decidió a hacerle la guerra, Roma trajo de Grecia, fue un grupo de casi mil intelectuales, que se habían distinguido en la resistencia a la Urbe. Entre ellos figuraba Polibio, un apasionado de la Historia, que enseñó a los romanos cómo se escribe. «¿Con qué sistemas políticos —preguntó al llegar— esta ciudad ha logrado en menos de cincuenta y tres años subyugar al Mundo, empresa que nadie hasta ahora había llevado a cabo?»

POLIBIO

En realidad, Roma había empleado mucho más de cincuenta y tres años. Mas para el griego Polibio, el «Mundo» era tan sólo Grecia, cuya conquista, en efecto, no había requerido más de medio siglo; si bien no eran en modo alguno las diabluras políticas del Senado y de los generales romanos lo que hizo tan fácil aquel éxito, sino el hecho de que Grecia, antes de ser conquistada, se había destruido ya a sí misma. Su desintegración vino desde dentro, Roma se limitó a recoger los frutos.

 

Las primeras relaciones que la Urbe tuvo con Grecia se remontan, en efecto, a los tiempos de Pirro, que tomó la iniciativa de establecerlas, desembarcando en Italia en -281 con sus soldados y sus elefantes para defender Tarento y las otras ciudades griegas de la península de la agresión romana. Pero en aquel momento Grecia, como nación, había dejado ya de existir, o, mejor dicho, había abandonado toda esperanza de serlo. Las varias ciudades que la componían pasaban el tiempo peleándose entre sí, y ya no había ninguna que fuese capaz de mantener unidas a las otras en la defensa de los intereses comunes.

 

La última tentativa de crear una nación griega había procedido del exterior, es decir, de Macedonia, una tierra que los griegos de Atenas, de Corinto, de Tebas, etc., consideraban bárbara y extranjera. En realidad, tenía poco de griego. Las impracticables cadenas de montañas que la encerraban al sur habían cortado el paso a la cultura y a las costumbres, es decir, a la civilización de las metrópolis de la costa, que, por lo demás, era una civilización demasiado ciudadana y mercantil para poderse aclimatar en aquella severa y tosca región de valles cerrados, de rebaños diseminados y de arcaicas y aisladas aldeas. En compensación, la población se había conservado sana, ruda y fuerte. No sabía de Gramática ni de Filosofía, creía en sus dioses y obedecía a sus amos. Éstos formaban una aristocracia de grandes terratenientes, cuya única ocupación era la administración de las tierras y cuyos solos esparcimientos eran los torneos y la caza. A Pella, la capital, iban rara vez y a desgana: no sólo porque el viaje era fatigoso, sino también porque en aquel burgo campestre y sin atractivos residía el rey, del cual querían permanecer lo más independientes posible. Tan sólo Filipo y su hijo Alejandro lograron desarmar su desconfianza y unirles para una gran aventura de conquista. Cada uno de ellos aportó al ejército común un contingente propio de fuerzas, de las cuales Filipo fue el general, y todos juntos, bajo el mando único, primero del padre y luego del hijo, ocuparon Grecia, pusieron orden en ella y trataron de coordinar sus fuerzas con las macedonias para la conquista del Mundo.

 

Fue tan sólo una maravillosa aventura, que no sobrevivió a sus dos protagonistas. Cuando en -323, contando sólo treinta y tres años, y tras haber conducido su ejército de victoria en victoria hasta Egipto y la India a través de Asia Menor, Mesopotamia y Persia, murió Alejandro en Babilonia, su efímero imperio se cayó en pedazos. A sus generales que, reunidos en torno a la cabecera, le preguntaron a quién designaba por heredero, respondió; «Al más fuerte», pero olvidó precisar quién era éste, o tal vez no lo sabía. Por lo que ellos se dividieron la herencia en cinco partes: Antípater tuvo Macedonia y Grecia; Lisímaco, Tracia; Antigono, Asia Menor; Seleuco, Babilonia, y Tolomeo, Egipto. Y, en seguida, naturalmente, se pusieron a hacerse la guerra entre sí.

TOLOMEO

Dejemos a esos «diádocos», como fueron llamados los cinco sucesores, con sus disputas, que después redundaron todas en definitiva ventaja de Roma. Y limitémonos a las que en seguida estallaron en el interior del reino de Antípater, que debía mantener unidas Macedonia y Grecia. Si esta unión se hubiese llevado a cabo, Roma habría encontrado un hueso duro de roer. Mas los griegos no la querían y lo hicieron todo para sabotearla. Cuando Alejandro murió, cuenta Plutarco, el pueblo ateniense, que no había sacado más que beneficios de él, desfiló por las calles cantando himnos de victoria «como si hubiesen sido ellos los que abatieron al tirano». Demóstenes, que había sido el adalid de la «resistencia», una resistencia tan sólo de palabras, tuvo su momento de gloria e incitó a sus conciudadanos a organizar un ejército para resistir a Antípater. El ejército fue organizado y, naturalmente, derrotado por el nuevo rey macedonio. El cual, ignorante como era, no tenía las debilidades de Alejandro por la civilizadísima Atenas y la trató como solía tratar a sus soldados cuando le desobedecían.

DEMÓSTENES

Cuando también murió Antípater dejó el trono a su hijo Casandro. Atenas se rebeló de pronto. Y de nuevo fue derrotada y castigada. Durante decenios se fue adelante a fuerza de revueltas y de represiones. Después, Demetrio Poliorcetes (que quiere decir «conquistador de ciudades»), hijo de Antígono, vino de Asia Menor a echar a los macedonios de Grecia. En Atenas le acogieron como a un triunfador y le pusieron un piso en el Partenón, que él llenó de prostitutas y de efebos. Luego, se cansó de aquellos ocios, se proclamó rey de Macedonia y, como tal, abolió la independencia ateniense que él mismo había restaurado, entregando otra vez la ciudad a una guarnición macedonia.

DEMETRIO POLIORCETES

De este régimen de anarquía, que duró un siglo y que estuvo complicado con una aterradora invasión de galos, Grecia salió políticamente acabada. Sobre la estela de su flota mercante y por las espadas de Filipo, de Alejandro y de sus diádocos, su civilización había penetrado por doquier, desde el Epiro al Asia Menor, a Palestina, a Egipto, a Persia y hasta la India; y por doquier las clases dirigentes e intelectuales eran griegas o grecizantes. Su Filosofía, su escultura, su literatura, su ciencia, trasplantadas en aquellos países de conquista, creaban en ellos una cultura nueva. Pero, políticamente, Grecia había muerto y así debía seguir durante dos mil años.

 

Cuando Roma, una vez librada de Cartago, volvió los ojos hacia Grecia, no vio más que una Vía Láctea de pequeños estados en continuas reyertas unos con otros. Polibio no tenía razón alguna para maravillarse del poco tiempo que Roma empleó para conquistarlos. En realidad, podía haber empleado mucho menos.

 

Todo empezó por culpa de Filipo V, rey de Macedonia. Este Estado, desangrado por Alejandro, no era ya el de antes. Pero era todavía el más sólido de Grecia, cuyas ciudades estaban divididas en dos Ligas, la Aquea y la Etolia, que sólo hacían la paz para unirse contra él.

FILIPO V DE MACEDONIA

En 216, Filipo, al tener conocimiento de que Aníbal había aplastado a los romanos en Cannas, firmó un pacto de alianza con él y pidió a los griegos que le ayudasen a destruir Roma, que podía volverse peligrosa para todos. Fue convocada una conferencia en Naupactos, donde el delegado de los etolios, Agelao, hablando en nombre de todos los presentes, incitó a Filipo a ponerse al frente de todos los griegos en aquella cruzada. Sólo que, inmediatamente después, en Atenas y en las demás ciudades comenzó a circular la voz de que Aníbal daría manos libres al macedonio sobre ellas a cambio de la ayuda recibida por él. De golpe, renacieron las desconfianzas momentáneamente amortiguadas y la Liga Etolia mandó mensajeros a Roma para pedir ayuda contra Filipo. El cual, para hacer frente a Grecia, hubo de renunciar á Italia y establecer también un pacto con Roma, poniendo fin así, aun antes de haberla comenzado, a aquella primera guerra macedonia.

ANÍBAL BARCA

Después de Zama, Pérgamo, Egipto y Rodas pidieron ayuda a la Urbe contra Filipo que las incomodaba. La Urbe, que tenía buena memoria y recordaba la tentativa del rey macedonio cuando lo de Cannas, mandó un ejército a las órdenes de Tito Quinto Fiaminino, que en Cinoscéfalos, en -197, los aplastó. La ruta de Grecia quedaba abierta.

TITO QUINTO FIAMININO

Pero Flaminino era un tipo extraño. De familia patricia, había estudiado en Tarento, donde aprendió el griego, y era un enamorado de la civilización helénica. Además, tenía ideas «progresistas». No mató a Filipo, sino que le repuso en el trono a pesar de las protestas de sus aliados griegos, los cuales pretendían haber sido ellos los que derrotaron a Germania. Despues, con ocasión de los grandes Juegos ístmicos, que reunían en Corinto a los delegados de toda Grecia, proclamó que todos sus pueblos y ciudades eran libres, no sujetos ya ni a guarniciones ni a tributos, y que podían gobernarse con sus propias leyes. Los auditores, que se esperaban una sustitución del yugo macédonio por el romano, se quedaron pasmados. Y Plutarco cuenta que después estallaron en tal gritería de entusiasmo, que una bandada de cuervos que volaba sobre sus cabezas se desplomó al suelo, muerta. Si Plutarco nos ha contado también todas sus otras historias con igual escrúpulo de la verdad, hay motivo para estar contentos.


Los escépticos de Atenas y de las demás ciudades no tuvieron tiempo de poner en duda las honradas intenciones de Flaminino, porque éste las puso en práctica inmediatamente retirando su ejército de Grecia. Mas después de haberlo despedido como «salvador y liberador» se pararon en pelillos por el hecho de que se llevó consigo un conspicuo botín de guerra en forma de obras de arte, y porque hubiese emancipado algunas ciudades de la Liga Etolia, donde estaban de mala gana. Y llamaron a Antíoco, último heredero de Seleuco, rey de Babilonia, para que les «reliberase». No se sabe a «reliberarles» de qué, visto que Flaminino les había dejado libérrimos.

 

Pérgamo y Lampsaco que, siendo más vecinas de Antíoco le conocían mejor, y sabían, por tanto, lo que se podía esperar de él, pidieron ayuda a Roma. Y el Senado, que no había creído jamás en el experimento liberal y progresista de Flaminino, mandó otro ejército a las órdenes del héroe de Zama. Con pocos hombres, éste atacó a Antíoco, en Magnesia, lo descalabró, a pesar de los sabios consejos estratégicos que le había dado Aníbal, su huésped, y aseguró a Roma casi toda la costa mediterránea de Asia Menor. Luego se dirigió hacia el Norte, derrotó a los galos que todavía vivaqueaban en aquellos parajes, y volvió a Roma sin tocar las ciudades griegas.

 

Durante algunos años, Roma insistió en sus relaciones con ellas, en esa política de tolerancia y respeto, muy similar a la que los Estados Unidos han practicado en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Intervenía en sus asuntos internos sólo si era solicitada, y procuraba apuntalar el orden constituido. Por esto recogía las antipatías de todos los descontentos, que la acusaban de reaccionaria.


De este estado de ánimo de las «masas» creyó poder aprovecharse Perseo de Macedonia quien, habiendo sucedido a Filipo en -179, las llamó a unirse para una guerra santa contra la Urbe. Había casado con la hija del heredero de Antíoco, Seleuco, que se alió con él y arrastró consigo también a Iliria y al Epiro. Estos últimos Estados fueron los únicos que prácticamente prestaron auxilio, cuando un tercer ejército romano, mandado por Emilio Paulo, hijo del cónsul caído en Cannas, desbarató en Pidna, en -168, a Perseo, al que trasladaron encadenado a Roma para adornar el carro del vencedor.

PERSEO DE MACEDONIA

Entre otras cosas, cayó en manos de Emilio Paulo el archivo secreto del vencido, donde se encontraron los documentos relativos a la conjura con las pruebas de las diversas responsabilidades. Como castigo, setenta ciudades macedonias fueron arrasadas y el Epiro y la Iliria devastadas; Rodas, que había conspirado sin tomar parte activa en la guerra, quedó privada de sus posesiones en Asia Menor y mil simpatizantes griegos de Perseo, entre ellos Polibio, conducidos como rehenes a Roma.


Era ya la señal de que el Senado, abandonadas las ilusiones de Flaminino y de los demás filohelenos de la Urbe, entre ellos los mismos Escipiones, había vencido el complejo de inferioridad hacia Grecia y de que estaba volviendo a sus tradicionales sistemas de trato a los vencidos. Mas tampoco esta vez los turbulentos griegos quisieron comprender. Al cabo de pocos años subieron al poder en las diversas ciudades nuevas clases proletarias, para las cuales socialismo y nacionalismo eran una misma cosa. La Liga Aquea fue reconstituida y, cuando supo que Roma estaba empeñada en la tercera guerra contra Cartago, llamó a toda Grecia para la liberación.

EMILIO PAULO

Mas ahora, Roma podía llevar a cabo tranquilamente una guerra en dos frentes. Mientras Escipión Emiliano embarcaba para África, el cónsul Mumio cayó sobre Corinto, que era una de las ciudades más pendencieras. La sitió, la conquistó, mató a todos sus hombres, redujo a esclavitud a las mujeres y, embarcando todo lo transportable a Roma, la entregó a las llamas. Grecia y Macedonia quedaron unidas en una sola «provincia» bajo un gobernador romano, a excepción de Atenas y de Esparta, a las que se les reconoció cierta autonomía. Grecia había encontrado por fin su paz; la paz del cementerio.

ESCIPIÓN EMILIANO

La tercera y última guerra púnica fue querida por Catón el Censor y provocada por Masinisa. Ninguno de los dos estaba destinado a ver el fin de ella.

CATÓN EL CENSOR

Masinisa fue uno de los más extraños personajes de la Antigüedad. Vivió hasta los noventa años, tuvo el último hijo a los ochenta y seis, y a los ochenta y ocho galopaba todavía al frente de sus tropas. Después de Zama, había recuperado el trono de Numidia y, dado que Cartago se había comprometido con Roma a no hacer más guerras, no se cansaba de hostigarla con incursiones y rapiñas. Cartago protestaba, y Roma la hacía callar. Mas cuando hubo pagado la última de las cincuenta indemnizaciones que debía anualmente a la Urbe, se rebeló ante aquellos abusos y atacó a Masinisa.
MASINISA

En Roma mandaba, entonces, el partido de Catón. Éste terminaba siempre sus discursos, cualquiera que fuese el tema, con el habitual estribillo: «En cuanto al resto, creo que Cartago ha de ser destruida.» El Senado, ayudado por él, vio en el incidente una buena ocasión, y no sólo intimó a los cartagineses a no tomar iniciativas, sino que exigió trescientos niños de familia noble para retenerlos como rehenes. Los niños fueron entregados entre los lamentos de las madres, algunas de las cuales se lanzaron a nado detrás de las naves que se los llevaban, pereciendo ahogadas. A poco, visto que la provocación no había bastado, los romanos pidieron la entrega de todas las armas, de toda la flota y de gran parte del trigo. Cuando también estas peticiones fueron aceptadas, el Senado exigió que toda la población se retirase a diez millas de la ciudad, que debía ser arrasada. Los embajadores cartagineses objetaron en vano que la Historia no había visto jamás semejante atrocidad y se echaron al suelo mesándose los cabellos y ofreciendo a cambio sus vidas.



No había nada que hacer. Roma quería la guerra y tenía que hacer la guerra a toda costa.



Cuando estas cosas se supieron en Cartago, la muchedumbre enfurecida linchó a los dirigentes que habían entregado los niños, a los embajadores, a los ministros y a todos los italianos que encontraron a mano. Después, enfurecidos y llenos de odio, llamaron a las armas a todos los hombres, incluidos los esclavos, convirtieron cada casa en un fortín y en dos meses fabricaron ocho mil escudos, dieciocho mil espadas y treinta mil lanzas y construyeron ciento veinte naves.



El asedio, por tierra y por mar, duró tres años. Escipión Emiliano, hijo adoptivo del hijo del vencedor de Zama, alcanzó una incierta gloria, expugnando por fin la ciudad, donde durante seis días más, calle por calle, casa por casa, se siguió combatiendo. Hostigado por los francotiradores, que combatían desde tejados y ventanas, Escipión destruyó todos los edificios.


Los que por fin se rindieron fueron solamente cincuenta y cinco mil de los quinientos mil habitantes de Cartago. Todos los demás murieron. Su general, que por no cambiar se llamaba Asdrúbal, imploró para sí mismo la misericordia de Escipión, quien se la concedió. Su mujer, avergonzada, se precipitó con los hijos entre las llamas de un incendio.

ASDRÚBAL BARCA

Escipión pidió al Senado permiso para poner fin a aquella carnicería. Le fue contestado que no tan sólo Cartago, sino todas sus dependencias debían ser destruidas. La ciudad siguió ardiendo durante diecisiete días. Los pocos supervivientes fueron vendidos como esclavos. Y su territorio fue a partir de entonces una «provincia» designada con el nombre genérico de África.



No hubo tratado de paz porque no se hubiera sabido con quién concertarlo. Los embajadores cartagineses habían tenido razón: jamás se había visto en la Historia semejante atrocidad.



Por suerte para ellos, Catón y Masinisa no tuvieron tiempo de sentir remordimientos. Estaban ya bajo tierra.