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domingo, 1 de enero de 2023

CLEOPATRA ENAMORADA DE CÉSAR



Esa noche, mientras yacía insomne en el enorme lecho de plumas de Cleopatra, notando el contacto de su cuerpo cálido en el fresco del supuesto invierno de Alejandría, César pensó en el día, el mes, el año. Desde el momento en que había pisado suelo egipcio, todo se había alterado drásticamente: la cabeza de Magno -aquella perversa cábala palaciega-, una corrupción y una degeneración que sólo Oriente podía producir, una indeseada campaña luchada en las calles de una hermosa ciudad; la voluntad de un pueblo de destruir lo que se había tardado tres siglos en construir; su propia participación en esa destrucción... y una pragmática proposición de una reina resuelta a salvar a su pueblo de la única manera que creía que podía ser salvado, concibiendo el hijo de un dios. Creía que él, César, era un dios. Extraño. Insólito.


Ese día César había tenido miedo. Ese día César, que nunca estaba enfermo, había afrontado las consecuencias inevitables de sus cincuenta y dos años. No sólo por su edad, sino por los excesos que había cometido, forzándose a seguir cuando otros hombres se detendrían a descansar. ¡No, César no! El descanso no era propio de César. Nunca lo sería. Pero ahora César, que nunca estaba enfermo, debía admitir que llevaba meses indispuesto. Fuera cual fuese la fiebre o el miasma que había producido temblores y arcadas en su cuerpo, había dejado secuelas. Una parte del organismo de César había -¿cómo había dicho el médico-sacerdote?- sufrido un cambio. César tendría que acordarse de comer, o de lo contrario padecería un ataque de epilepsia, y dirían que por fin César estaba decayendo, debilitándose, que César no era ya invencible. Así que César debía mantener el secreto, no debía permitir que el Senado y el pueblo supieran que algo le pasaba, porque ¿quién, si no, sacaría del lodo a Roma?


Cleopatra suspiró, susurró algo, dejó escapar un leve hipo. Tantas lágrimas, y todas por César. Esta cría patética me ama, me ama. Para ella me he convertido en marido, padre, tío, hermano. Todas las retorcidas ramificaciones de un tolomeo. Yo no lo comprendía, creía entenderlo pero no lo entendía. La fortuna ha arrojado las preocupaciones y pesares de millones de personas sobre sus frágiles hombros; no le ha permitido elegir su destino más de lo que yo le permití a Julia. Ha sido ungida soberana con ritos más antiguos y sagrados que ningún otro; es la mujer más rica del mundo; tiene un poder absoluto sobre las vidas humanas. Sin embargo es un cría insignificante, una niña. Para un romano, es imposible calibrar en qué la han convertido sus primeros veintiún años de vida, con el asesinato y el incesto como norma. Latón y Cicerón sostienen que César aspira a ser rey de Roma, pero ninguno de ellos tiene la menor idea de qué es reinar verdaderamente. Un verdadero reinado está tan lejos de mí como esta criatura que tengo a mi lado, hinchada por el hijo mío que lleva dentro.


Debo levantarme, pensó. Debo beber algo de ese brebaje que Apolodoro tan amablemente me ha traído: zumo de melones y uvas cultivados en invernáculos de lienzo. ¡Qué degeneración! Mi mente divaga: soy César y a la vez soy yo; no puedo separar lo uno de lo otro.


Pero en lugar de ir a beber el zumo de melones y uvas cultivadas en invernáculos de lienzo, apoyó otra vez la cabeza en la almohada y se volvió para observar a Cleopatra. Pese a que era plena noche, no estaba muy oscuro; los grandes paneles de la pared exterior estaban un poco corridos y entraba la luz de la luna, que daba a la piel de Cleopatra un color no plateado sino de bronce claro. Una piel adorable. Alargó el brazo para tocarla, acariciarla, recorrer con la palma de la mano el abultado vientre de una preñez de seis meses, cuya piel no estaba aún bastante distendida para estar luminosa, como él recordaba que estaba el vientre de Cimila cuando le faltaba poco para parir a Julia, o antes de dar a luz a Cayo, que nació muerto debido al ataque de eclampsia de su progenitora. Quemamos a Cimila y al pequeño Cayo juntos, mi madre, la tía Julia y yo. No César. Yo.


Los pequeños pechos de Cleopatra se habían puesto redondos y firmes como globos, y sus pezones se habían oscurecido hasta tener el mismo color negro ciruela que la piel de sus abanicadores etíopes. Quizá lleve en las venas algo de esa sangre, porque su organismo contiene rasgos que no son los de Mitrídates y Tolomeo. Su piel es deliciosa al tacto, tejido vivo con una finalidad más importante que simplemente complacerme. Pero soy parte de este ser, porque lleva mi hijo. En general tenemos a los hijos cuando somos demasiado jóvenes, cuando se llega a mi edad es el momento de disfrutarlos y de adorar a sus madres. Se requieren muchos años y muchos sufrimientos para comprender el milagro de la vida.


Cleopatra tenía el pelo suelto y esparcido sobre la almohada, no era una cabellera espesa y negra como la de Servilia, no un río de fuego en que él podía envolverse, como el de Rhiannon. Ése era el pelo de Cleopatra, del mismo modo que ése era el cuerpo de Cleopatra. Y Cleopatra me ama de manera distinta a todas las demás. Me devuelve la juventud.


Los ojos leoninos de la faraona estaban abiertos, la mirada fija en el rostro de César. En otro momento él habría adoptado una expresión impasible, habría excluido a la joven de su mente con la automática rapidez de un reflejo; nunca hay que entregar a las mujeres la espada del conocimiento, porque la utilizan para castrar. Pero ella está acostumbrada a los eunucos; no valora a esa clase de
hombres, lo que busca en mí es un esposo, un padre, un tío, un hermano. Soy su igual en el poder, y sin embargo poseo el poder adicional de la masculinidad. La he conquistado. Ahora debo demostrarle que no entra en mis intenciones ni en mi naturaleza aplastarla para obtener su sumisión. Ninguna de mis mujeres ha sido servil.



-Te quiero -dijo rodeándola con sus brazos-, como mi esposa, mi hija, mi madre, mi tía. Cleopatra no podía saber que estaba equiparándola a unas mujeres reales, no empleando metáforas tolomaicas, pero a ella le invadió una oleada de amor, de alivio, de absoluto regocijo.

César la había admitido en su vida. César había dicho que la quería.

( Fragmento del libro de Colleen McCullough "El Caballo de César" )




martes, 27 de diciembre de 2022

EL TERRIBLE DICTADOR LUCIO CORNELIO SILA

 


Sila fue elegido cónsul el año 88 antes de Jesucristo; es decir, poco después de la revolución social y servil que Mario había reprimido tan sanguinariamente. La elección, querida por los conservadores, resultó un poco al margen de la Constitución y de la usanza, por cuanto era la de un hombre que no había seguido un cursus honorum regular.


Lucio Cornelio Sila procedía de la pequeña y pobre aristocracia y siempre se había mostrado refractario a las dos grandes pasiones de sus contemporáneos: la del uniforme militar y la de la toga de magistrado. Había tenido una juventud disoluta. Se hizo mantener por una prostituta griega más vieja que él, a la cual engañó y maltrató. No se había ocupado jamás en política ni cosas serias y tal vez ni siquiera cursó estudios regulares. Pero había leído mucho, conocía perfectamente la lengua y la literatura griegas, y tenía un gusto refinado en cosas de arte.


Sus cualidades fundamentales, que eran sobresalientes, acaso no hubiesen surgido nunca si, elegido no se sabe cómo cuestor y destinado con el grado más o menos de capitán en el ejército de Mario en Numidia, no se hubiese encontrado directamente implicado en la liquidación de Yugurta. Fue él, en efecto, quien persuadió al rey de los moros, Boco, a que le entregase al usurpador. Era una brillante operación que coronaba las ya realizadas empuñando la espada. Sila se había mostrado un magnífico comandante, sereno, sagaz, valerosísimo y con gran ascendiente sobre sus soldados. Había tomado interés por la guerra y se divertía en ella porque entrañaba juego y riesgo, dos cosas que siempre le habían agradado. Por esto siguió a Mario también en las campañas contra teutones y cimbros, contribuyendo poderosamente a sus victorias.


De vuelta a Roma en 99 con esos méritos en su activo, hubiera podido muy bien optar a magistraturas más altas. En cambio, nada: se había aburrido. Y durante cuatro años se sumió en la vida de antes entre prostitutas, gladiadores de Circo, poetas malditos y actores sin dinero. Luego de improviso, se presentó candidato a la pretura y fue derrotado. Entonces, roído por el orgullo que en él ocupaba el sitio de la ambición, concurrió como edil, fue elegido y encantó a los romanos ofreciéndoles, en el anfiteatro, el espectáculo del primer combate entre leones. Al año siguiente era, naturalmente, pretor; y como tal tuvo el mando de una división en Capadocia para reponer en el trono a Ariobarzanes, desposeído por Mitridates.



 Con la victoria, trajo a Roma un gran botín. Pero más grande parece que fue el que se había embolsado. Estaba cansado de deudas y, antes de depender de un partido, prefería financiarse por su cuenta las campañas electorales. En efecto, no estaba adscrito a ninguno. Habiendo nacido aristócrata, pero pobre, sentía la misma indiferencia y el mismo desprecio por la aristocracia que le había «aupado» que por la plebe que le consideraba de los suyos. Había vivido siempre para sí mismo, en compañía de gentes al margen de la política. Y su litigio con Mario no se debió a cuestiones políticas, sino sólo porque se había hecho regalar por Boco un bajorrelieve de oro en el que figuraba el rey de los moros entregando Yugurta a él, Sila, en vez de a Mario. Miserias, como se ve.


Sila se presentó al consulado de 88, no para hacer política, sino para tener el mando del ejército que se estaba aprontando contra Mitridates en la misma turbulenta provincia de Asia Menor, donde ya había combatido contra Ariobarzanes de Capadocia. 



Y ganó a causa, sobre todo, de las mujeres. En efecto, se divorció, cubriéndola de regalos, de su tercera mujer, Clelia, para casarse con una cuarta: Cecilia Metela, viudad de Escauro e hija de Metelo el Dálmata, pontífice máximo y príncipe, esto es, presidente del Senado. Por este parentesco con una de sus más poderosa familias, la aristocracia comenzó a ver en Sila a su propio adalid. Y favoreció su elección, asignándole en seguida el codiciado mando.


El tribuno Sulpicio Rufo trató de invalidar este nombramiento y propuso a la Asamblea transferirlo, a Mario quien, pese a sus setenta años, todavía solicitaba puestos, cargos y honores. Pero Sila no era un hombre dispuesto a renuncias. Corrió a Nola, donde se estaba organizando el Ejército. Y, en vez de embarcarlo para Asia Menor, lo condujo sobre Roma, donde Mario había improvisado otro para resistirle. Sila venció fácil y rápidamente, Mario huyó a África y Sulpicio fue muerto por un esclavo suyo. Sila expuso la cabeza decapitada en las rostras y recompensó al asesino libertándolo primero a cambio del servicio prestado y matándole después a cambio de la traición cometida.


Después de esta primera restauración no hubo represalias, o fueron pocas. Con sus treinta y cinco mil hombres acampados en el Foro, Sila proclamó que en adelante ningún proyecto de ley podía ser presentado a la Asamblea sin el previo consenso del Senado y que el voto en los comicios tenía que ser dado por centurias, según la vieja Constitución serviana. Después, tras haberse hecho confirmar el mando militar con el título de procónsul, permitió la elección de dos cónsules para el despacho de los asuntos en la patria; el aristócrata Cneo Octavio y el plebeyo Cornelio Cinna. Y partió para la empresa que le atraía.


No avistaba todavía las costas griegas, cuando ya Octavio y Cinna andaban a la greña. Y detrás de ellos, entraban en liza por las calles los conservadores, optimates, de una parte, y los demócratas o populares,de la otra. La guerra social y servil de dos años antes desembocaba en la guerra civil. Octavio venció y Cinna huyó, pero en un solo día se habían amontonado sobre los empedrados de la Urbe más de diez mil cadáveres.


Mario se dispuso a regresar precipitadamente de África para unirse a Cinna, que recorría las provincias —para incitarlas a la sublevación. Melodramáticamente se presentó con una toga hecha jirones, sandalias deterioradas, barba larga y las cicatrices de sus heridas bien a la vista. Y en un abrir y cerrar de ojos reunió un ejército de seis mil hombres, casi todos esclavos, con los que marchó sobre la capital, quedada ya sin defensa. Fue una matanza.



 Octavio aguardó la muerte con calma, sentado en su sillón de cónsul. Las cabezas de los senadores, izadas en picas, fueron paseadas por las calles. Un tribunal revolucionario condenó a millares de patricios a la pena capital. Sila fue declarado desposeído del mando, todas sus propiedades quedaron confiscadas y todos sus amigos, fueron muertos. Se salvó solamente Cecilia porque logró huir y reunirse con su marido en Grecia. 



Bajo el nuevo consulado de Mario y Cinna, el terror continuó implacable durante un año. Buitres y perros se comían por las calles los cadáveres a los que se les. negaba sepultura. Los esclavos liberados siguieron saqueando, incendiando y robando hasta que Cinna, con un destacamento de soldados galos, los aisló, rodeó y degolló a todos. Por primera vez en la historia de Roma se emplearon tropas extranjeras para restablecer el orden en la ciudad.


Fueron éstas las últimas hazañas de Mario, que murió en plena carnicería, roído por el alcohol, los rencores, los complejos de inferioridad y las ambiciones defraudadas que se la habían inspirado. Lástima, para un capitán tan grande, que, antes de sumirla en la guerra civil, había salvado muchas veces a la patria.


Quedaba Cinna, ahora prácticamente dictador, pues Valerio Flaco, elegido para el puesto de Mario, fue enviado con doce mil hombres a Oriente para deponer a Sila.


Incomunicado con la madre patria, éste se encontraba sitiando Atenas que se había aliado con Mitrídates, el cual venía de Asia con un ejército cinco veces mayor. Era una situación casi desesperada, que podía convertirse en sin salida, si él se dejaba sorprender bajo las murallas de la ciudad por Mitrídates y por Flaco a un tiempo. Mas en Sila, decía quien le conocía, dormitaban juntos un león y un zorro, y el zorro era mucho más peligroso que el león. Cierto número de «milagros», que él mismo había expresamente provocado, habían convencido a sus soldados de que era un dios y, como tal, infalible.



 Era tan sólo, se comprende, un formidable general que conocía perfectamente a los hombres y los medios para explotarles, con frío y lúcido cálculo, la fuerza y las debilidades. Quedado sin ayuda de dinero, se había allegado la soldada para sus tropas, permitiendo que éstas saquearan Olimpia, Epidauro y Delfos. Pero siempre acto seguido, había restablecido la disciplina. La inexpugnable Atenas fue tomada por sorpresa al asalto. Y Sila recompensó a sus soldados dejándoles la ciudad a su merced. No se sabe cuánta gente mataron —dice Plutarco—. Pero la sangre corrió a ríos por las calles e inundó los suburbios.


Después de días y más días de matanza, Sila, que con todo su amor por Grecia, su cultura y su arte asistió a ella con absoluta indiferencia, dijo que en nombre de los muertos había que perdonar a los supervivientes. Reagrupó las falanges y las condujo contra el ejército de Mitrídates que avanzaba sobre Queronea y Orcómenos. Le derrotó en una magistral batalla, y persiguió los restos a través del Helesponto hasta el corazón del Asia. Y cuando se disponía a aniquilar definitivamente las últimas fuerzas enemigas, sobrevino Flaco con la orden de sustituirle en el mando.


Los dos generales celebraron una entrevista. Y al final de la conversación, Flaco no sólo había renunciado a cumplir las órdenes, sino que se puso espontáneamente bajo las de Sila. Su lugarteniente Fimbria intentó rebelarse. Y entonces Sila ofreció una ventajosa paz a Mitrídates, garantizándole respetar su reino dentro de los antiguos confines, y exigiendo solamente, como indemnización, ochenta naves y dos mil talentos, con los que pagar a la tropa y conducirla de nuevo a la patria. Luego marchó hacia Lidia al encuentro de Fimbria, mas no tuvo necesidad de luchar con él, pues la tropa, apenas le vio, se unió a la suya, tal era ya el prestigio del nombre de Sila. Y Fimbria, al verse solo, se mató.


Sila volvió sobre sus pasos sin descuidar el saqueo de tesoros ni de exprimir dinero en todas las provincias por que pasaba. Atravesó Grecia, embarcó su ejército en Patrás y el año 83 llegó a Brindisi. Cinna, que se precipitó a su encuentro para detenerlo, fue muerto por sus soldados. En Roma estalló la revolución.


Sila traía al Gobierno un pingüe botín; quince mil libras de oro y cien mil de plata. Pero el Gobierno, todavía en manos de los populares guiados por el hijo de Mario, Mario el Joven, le proclamó enemigo público y mandó a su encuentro un ejército para combatirle. Muchos aristócratas huyeron de la Urbe para unirse a Sila. Uno de ellos, Cneo Pompeyo, considerado como el más brillante adalid de la «juventud dorada», le aportó un pequeño ejército personal, compuesto exclusivamente de amigos, clientes y siervos de la familia.


En combate, Mario el Joven fue estrepitosamente derrotado. Mas, antes de huir a Preneste, dio orden a sus partidarios de que mataran a todos los partídarios que todavía quedaban en la capital. El pretor convocó al Senado, como era su derecho. Y los senadores señalados en la «lista negra» fueron degollados en sus sillones. Después, los asesinos desalojaron la ciudad para reunirse con Mario y las demás fuerzas populares que se disponían a jugar la última carta contra Sila. 



La batalla de la Puerta Colina fue una de las más sangrientas de la Antigüedad. De los cien mil y pico de hombres de Mario, más de la mitad yacieron sobre el terreno. Ocho mil prisioneros fueron degollados sin discriminación. Y las cabezas decapitadas de los generales, izadas en picas, fueron llevadas en procesión bajo los muros de Preneste, último bastión de la resistencia popular, que poco después se rindió. Mario se había matado, ya. También su cabeza fue cortada, mandada a Roma e izada en el Foro.


El triunfo que la capital dispensó a Sila el 27 y 28 de enero del -81 fue inmenso. El general iba seguido por el cortejo entusiasta de los proscritos por Mario, todos con coronas de flores en la cabeza, que le aclamaban como padre y salvador de la patria. Y los soldados no se mofaban esa vez de su capitán; lanzaban hosannas. Sila celebró los sacrificios de ritual en el Capitolio y después arengó a la muchedumbre en el Foro refiriendo con hipócrita modestia la increíble serie de éxitos que le habían conducido hasta allí y atribuyéndolos solamente a la suerte, en honor de la cual pidió, o, mejor impuso, que se le reconociese el título de felix, que, literalmente, quería decir feliz, pero que en aquel caso significaba besado por el destino, ungido por el Señor, en una palabra «el hombre de la Providencia». El pueblo se inclinó y, en gratitud, decidió erigirle la primera estatua ecuestre, de bronce dorado, que se había visto en Roma, donde jamás se toleró que nadie fuese representado más que a pie.


No fue ésta la única novedad que Sila introdujo para subrayar lo absoluto de sus poderes. Fue el verdadero inventor del «culto a la personalidad». Hizo acuñar nuevas monedas con su perfil e introdujo en el calendario, como obligatorias, las «fiestas de la victoria de Sila». Desde lo alto de su totalitarismo de dictador, trató a Roma como a una ciudad cualquiera conquistada, dejándola bajo la guardia de su ejército en armas y sometiéndola a la más feroz represión. Cuarenta senadores y dos mil seiscientos caballeros que se habían puesto de parte de Mario fueron condenados a muerte y ajusticiados. Premios equivalentes de hasta cinco millones de liras fueron otorgados a quienes entregaban, vivo o muerto, un proscrito fugitivo. 



El Foro y las calles se adornaron con cabezas decapitadas, alegremente, como hoy se hace con globos de colores. Maridos —dice Plutarco— fueron degollados en brazos de sus mujeres e hijos entre los de sus madres. Hasta muchos de los que trataron de contemporizar sin tomar partido por nadie fueron suprimidos o deportados, especialmente si eran ricos; Sila tenía necesidad de sus patrimonios para cebar a sus soldados. Uno de los sospechosos era un jovenzuelo llamado Cayo Julio César, que, sobrino de Mario por parte de la mujer de éste, rehusó renegar de su tío. Algunos amigos se interpusieron y el joven salió del paso con una condena a confinamiento. Al firmar la sentencia, Sila dijo, como para sus adentros: «Cometo una tontería, porque en ese chico hay muchos Marios.» A pesar de lo cual, la firmó igualmente.


Pocos días después de haberse instalado definitivamente en el poder, Sila se enfrentó, en una ceremonia pública, con el gesto de insubordinación de uno de sus más fieles lugartenientes, Lucrecio Ofelia, el conquistador de Preneste, un bravo soldado, pero fanfarrón e indisciplinado. Delante de las tropas, que, sin embargo, le adoraban, Sila le hizo apuñalar por un guardia, como Hitler habría de hacer, dos mil años más tarde, con Roehm y Stalin, con docenas de amigos suyos. Era la señal de la «normalización».


Sila gobernó como autócrata durante dos años. Para colmar los vacíos provocados por la guerra civil en la ciudadanía, concedió ese derecho a extranjeros, sobre todo españoles y galos. Distribuyó tierras a más de cien mil veteranos, especialmente en Cumas, donde él mismo poseía una finca. Para desanimar el urbanismo, abolió las distribuciones gratuitas de trigo. Rebajó el prestigio de los tribunos y restableció la regla de los diez años de intervalo para quien concurriera por segunda vez al consulado. Dio sangre nueva al Senado, vaciado por las matanzas, con trescientos nuevos miembros de la gran burguesía fieles a él; y le restituyó todos los derechos y privilegios de que había gozado antes de los Gracos. Era verdaderamente una «restauración aristocrática». La llevó a fondo y licenció al Ejército, decretando que a partir de entonces ninguna fuerza armada podía apostarse más en Italia. Después, considerando concluida su misión, y en medio del pasmo general, volvió a poner sus poderes en manos del Senado, restableciendo el gobierno consular. Y, como un particular cualquiera, se retiró a su villa de Cumas.


A la sazón, Cecilia Metela había muerto ya. Enfermó poco después del triunfo de su marido, quien, como se trataba de una dolencia infecciosa, la hizo trasladar a otra casa donde dejó que reventara como un perro sarnoso.


Poco antes de la abdicación, Sila, ya sobre la sesentena, había conocido a Valeria, una hermosa muchacha de veinticinco años. El azar la puso a su lado, en el Circo. Ella vio un pelo en la toga del dictador y se lo quitó. Sila se volvió a mirarla, asombrado primeramente por su osadía y después por su primorosa belleza. «No te preocupes, dictador —le dijo ella—, también yo quiero participar, aunque sea por un pelo, de tu suerte.» Al parecer, fue el único amor desinteresado y verdadero de Sila, demasiado egoísta para alimentar esos sentimientos. Casóse con ella poco después y nadie puede saber cuánto influyó sobre sus propósitos de abdicación el deseo de gozar plenamente de aquella joven y bella esposa.


El día en que, depuesto el poder y las insignias de mando, volvió a casa como un particular cualquiera, en medio del aterrorizado y empavorecido silencio de los transeúntes, uno de éstos se puso a seguirle, injuriándole. Sila no se volvió, ni menos cuando el marrano le dirigió un grosero ademán. Sólo dijo a los pocos amigos que le acompañaban: «¡Qué imbécil! Después de ese ademán, no habrá ya dictador en el mundo dispuesto a abandonar el poder.»


Pasó los últimos dos años de su vida haciendo el amor con Valeria, cazando, discuriendo de filosofía con los amigos y escribiendo sus Memorias, que nos han llegado sólo a trozos. El «feliz» parece ser que lo fue de veras en aquel crepúsculo de su existencia, que había sido plena y sin decepciones ni lamentos (no era capaz de remordimientos), tal como la habla soñado al asomarse a ella. Entre sus veteranos de Cumas, permaneció lúcido y vigoroso hasta el último día, dirimiendo sus controversias con su habitual manera imperiosa y expedita. Cuando un tal Granio le desobedeció a propósito de no sé qué bagatela, le hizo acudir a su habitación y estrangular por los siervos, como en los tiempos en que era dictador. Su orgullo y su prepotencia no menguaron ni siquiera cuando se vio cara a cara con la muerte, que llamaba a su puerta en forma de una úlcera maligna que tal vez fuese cáncer. Con sus ojos celestes y fríos bajo la cabellera dorada, con aquel rostro pálido que semejaba «una baya de morera salpicada de harina», como decía Plutarco, siguió ocultando sus sufrimientos bajo una sonrisa alegre y palabras jocosas. Antes de expirar, dictó su propio epitafio;

«Ningún amigo me ha hecho favores, ningún enemigo me ha inferido ofensa, que yo no haya devuelto con creces.»


Era verdad.








domingo, 27 de agosto de 2017

CEREZAS Y LUCIO LICINIO LÚCULO


Lucio Licinio Lúculo, aparte de gran político y militar, era un muy reverenciado por los gastrónomos y mesoneros instruidos. A él le debemos la aclimatación en Europa del delicioso cerezo (palabra derivado de Ceraso, la ciudad del Ponto arrebatada a Mitrídates donde se criaban los cerezos más dulces).






domingo, 5 de marzo de 2017

LA RESTAURACIÓN ARISTOCRÁTICA DE SILA Y LA CORRUPTA VIDA PATRICIA



La restauración de Sila tenía un defecto fundamental: era precisamente, una «restauración», o sea algo que negaba las exigencias o, como se diría hoy, las «instancias» que habían provocado la revolución. Para llevar a cabo una obra vital y duradera, le faltó a su autor lo más necesario: la confianza en los hombres. Los cuales no se la merecen, pero la exigen en aquellos que se proponen guiarles. Sila no creía en nada y mucho menos en la posibilidad de mejorar a sus semejantes. El amor que tenía por sí mismo era tan grande que no le quedaba para ellos. Les despreciaba y estaba convencido de que la única cosa a hacer era mantenerles en orden. Por esto creó un formidable aparato policíaco y lo dejó en arriendo a la aristocracia: no porque la estimase, sino porque estaba convencido de que los otros, los populares, eran aún más despreciables y de que cada reforma suya habría empeorado las cosas. La consecuencia fue que diez años después de su muerte su obra política estaba hecha añicos.



Los patricios, que se encontraron de nuevo con todo el poder en sus manos, en vez de usarlo para poner de nuevo orden en el Gobierno y en la sociedad, lo aprovecharon para robar, corromper y matar. Todo, entonces, no era más que cuestión de dinero. Comprar la elección a un cargo era una operación normal, y había una industria apropiada para procurar votos con técnicos especializados; los intérpretes, los divisores y los embargadores. Para conseguir la elección de su amigo Afranio, Pompeyo invitó en su palacio a los jefes de tribu y contrató sus sufragios como si fuesen sacos de manzanas. En los tribunales ocurrían cosas peores. Léntulo Sura, absuelto por los jueces por dos votos de mayoría, dijo, dándose una palmada en la frente; «Mala suerte, he comprado uno de más. ¡Y al precio que me han salido...!»



Puesto que todo dependía del dinero, el dinero se había convertido en la única preocupación de todos. En la burocracia había aún, se comprende, funcionarios competentes y honrados. Mas la mayoría eran ladrones incompetentes que, por ejercer un cargo en la administración de una provincia, no sólo renunciaban a los honorarios, sino que los pagaban, seguros de que en un año se resarcirían sobradamente. Y, en efecto, se resarcían; con los impuestos, con la rapiña, con la venta de los habitantes como esclavos. César, cuando le fue asignada España, debía a sus acreedores algo así como quinientos millones de sestercios. En un año lo devolvió todo. Cicerón se ganó el titulo de «hombre de bien» porque en su año de gobierno en Cilicia, puso de lado tan sólo sesenta millones y, en sus cartas, lo pregonó a todos como un ejemplo.



Los militares no se comportaban mejor. De sus empresas en Oriente, Lúculo volvió millonario a su casa. Pompeyo trajo de las mismas regiones un botín de seis o siete mil millones al tesoro del Estado y de quince mil al suyo particular. Era tal la facilidad de multiplicar el capital cuando se tenía el suficiente para comprarse un cargo, que los banqueros se lo prestaban a quien no lo tenía al tipo de un cincuenta por ciento de interés. El Senado prohibió a sus miembros practicar esa innoble usura. Pero la prohibición fue soslayada con nombres prestados. Incluso hombres de gran dignidad como Bruto estaban asociados con usureros que administraban su dinero prestándolo en aquellas condiciones. En manos de una clase dirigente tan corrupta, Roma se había convertido ya en una bomba que aspiraba dinero en todo su Imperio para permitir a una categoría de sátrapas una vida cada vez más fastuosa y un lujo cada vez más insolente.



Una noche Cicerón comenzó a tomar el pelo a Lúculo por la fama que éste había adquirido de refinado glotón. Cicerón era un joven abogado de Arpiño, hijo de un agricultor acomodado, que le había dado una buena educación. A los veintisiete años apenas y aún casi del todo desconocido, afrontó un proceso célebre y muy peligroso para él: se trataba de defender a Roscio contra Crisógono, que era un gran favorito de Sila, a la sazón todavía dictador. Resultó triunfador con un discurso magistral. Después, por temer acaso alguna represalia por parte de Sila, partió a Grecia, donde permaneció tres años estudiando la lengua, la oratoria de Demóstenes y la filosofía de Posidonio, mediocre epígono de Sócrates y de la escuela estoica.


Volvió tres años después —cuando Sila había muerto ya—, se casó con Terencia y su dote, que era conspicua, y con su profesión de abogado se dedicó a la política, que por lo demás estaba estrechamente ligada a aquélla. A poco se hizo cargo de otro célebre proceso, contra Verres, un senador que siendo gobernador de Sicilia cometió toda suerte de latrocinios y bribonadas, pero que contaba con el apoyo de toda la aristocracia. Se encontró frente a Hortensio, el príncipe del Foro romano, abogado de confianza de la aristocracia y del Senado. Aquella causa fue un poco el affaire Dreyfus de la época, con los patricios de una parte, y el pueblo, mas sobre todo la gran burguesía ecuestre, de la otra. Y una vez más venció Cicerón, quitándole el cetro de las manos a Hortensio y convirtiéndose así en el ídolo de una clase social que era, además, aquella en que él mismo había nacido.



Lúculo era un ex lugarteniente de Sila, que durante ocho años había continuado su obra en Oriente combatiendo a Mitrídates. Procedía de una familia aristocrática, pobre y mal reputada. Decían que su padre se había dejado corromper por los esclavos insurrectos en Sicilia, que su abuelo había robado estatuas y que su madre tenía más amantes que pelos en la cabeza. Tal vez todo eran calumnias. Como fuere, Lúculo no había manifestado desde joven ninguno de esos vicios; solamente una gran ambición y todas las cualidades para satisfacerla: inteligencia, elocuencia, cultura y valor. Mientras vivió Sila, que tenía una debilidad para con él, la carrera le fue fácil. Muerto el protector, no vaciló, para continuarla, en procurase los favores de una mujer, Precia, muy influyente por sus intrigas amorosas, gracias a la cual obtuvo el proconsulado de Cicilia, o sea la posibilidad de seguir mandando, de guerrear, de vencer y de enriquecerse con los despojos del enemigo. Para alcanzar, como capitán, la talla de los Mario, los Sila o los César, le faltó una sola cualidad: la intuición psicológica. Condujo a sus soldados de victoria en victoria, pero los fatigó hasta el punto de provocar motines. Y así como obtuvo el mando mediante intrigas, por intrigas lo perdió. Reclamado en Roma, se retiró de la vida pública dedicándose a gozar de sus riquezas, que eran inmensas, de las cuales alardeaba con insolencia. La villa de Miseno le había costado más de mil millones de sestercios, la finca de Túscolo tenía más de veinte mil hectáreas y el palacio que se hizo construir en el Pincio era célebre por la galería de estatuas, por los valiosos manuscritos que había saqueado en Oriente, por los jardines donde cultivaba con interés de botánico apasionado plantas hasta entonces ignoradas en Roma, como el cerezo, y sobre todo por su cocina, laboratorio de las más refinadas exquisiteces. Decíamos, pues, que Cicerón, una noche, en una reunión de amigos, se puso a tomarle el pelo a Lúculo por su glotonería diciendo que se trataba de una «pose» y apostando que si se iba a su casa sin avisar a los cocineros, se encontraría con una cena frugal, de campesinos o de soldados. Lúculo aceptó el desafío, invitó a todos a hacer una visita y sólo pidió permiso para dar a sus servidores la orden de que dispusieran la mesa para todos en la sala de Apolo. Esto bastaba para hacer comprender a su personal de qué se trataba; en la sala de Apolo, una cena no podía costar menos de doscientos mil sestercios. Eran obligatorios, como entremeses, mariscos, pajaritos de nido con espárragos, pastel de ostra, etcétera. Después venía el yantar propiamente dicho: tetas de lechona, pescado, ánades, liebres, guanajos, pavos reales de Samos, perdices de Frigia, morenas de Gabes y esturiones de Rodas. Quesos, dulces y vinos.



Plutarco, que nos cuenta el episodio, no dice quiénes tomaron parte en el banquete. Pero debían de participar en él la flor y nata de la sociedad romana. No faltaba, ciertamente, Marco Licinio Craso, un aristócrata, hijo de un famoso lugarteniente de Sila, que se quitó la vida antes de rendirse a Mario. Sila recompensó al huérfano permitiendo que comprara a precios de saldo los bienes de los marionistas proscritos y permitiéndole organizar el primer cuerpo de bomberos que existió en Roma. Cuando estallaba un incendio, Craso corría al sitio, pero en vez de apagar las llamas, contrataba sobre la marcha el edificio que ardía al propietario, que siempre consentía librarse de aquél. Y sólo cuando era suyo ponía en acción las bombas. De lo contrario, dejaba arder el edificio.



Otro que sin duda debió de estar presente era Tito Pomponio Ático, que, si bien de ascendencia burguesa, representaba un tipo de aristócrata más refinado. No teniendo necesidad de mancharse con negocios sucios porque ya era riquísimo de familia, había cuidado tan sólo de perfeccionar su cultura en Atenas. Allí le conoció Sila y quedó tan seducido que quiso que fuera colaborador suyo. Mas Ático había renunciado para seguir estudiando. Después invirtió su patrimonio, que ascendía casi a mil millones, en una finca ganadera en Egipto, en adquirir viviendas en Roma, en una escuela de gladiadores y en una casa editorial para libros de alta cultura. Cicerón, Hortensio, Catón y muchos otros grandes personajes de la época se servían de él, además de como consejero financiero, como banca de depósito. Y tales eran la estima y el prestigio de que gozaba que, si bien vivía frugalmente como verdadero epicúreo, no había salón de la sociedad romana donde no estuviese invitado, ni fiesta en la que no participase.



Y también debió de hallarse seguramente Pompeyo, el favorito y yerno de Sila, quien, con cierta ironía, le llamaba el Grande. De linaje ecuestre, o sea burgués, también el, era el «príncipe azul» de la «juventud dorada» de Roma. Se había ganado la victoria en el campo de batalla y un triunfo, aun antes de alcanzar la mayoría de edad. Y era tan bello que la cortesana Flora decía no poder separarse de él sin darle un mordisco. Pasaba por ser un joven íntegro y, para aquel tiempo, lo era: procuraba hacer el bien de todos con el mismo empeño con que buscaba el suyo propio. Se le atribuían muchas ambiciones. En realidad tenía una sola; la de estar, en todo, por encima de todos. Pero, más que una ambición era una Vanidad.



Eran todos personajes que, en la Roma estoica de tres siglos antes, no se habrían encontrado. Y no sólo por su modo de vestir refinado, por los platos que comían y por las conversaciones que sostenían en un hermoso latín terso y limpio, aderezado con citas literarias, sino también porque en aquellas fiestas participaban mujeres salidas ya de su estado de sumisión. Clodia, la mujer de Quinto Cecilio Metelo, era en aquellos tiempos la «primera dama» de la ciudad y hacía escuela sobre las demás. Era feminista, salía sola de noche y cuando encontraba a un conocido, en vez de bajar púdicamente los ojos como todavía se estilaba, le abrazaba y le besaba. Invitaba a cenar a los amigos cuando su marido estaba ausente, afirmaba el derecho a la poligamia también para las mujeres y lo practicó sin tacañería, tomando amantes a docenas y plantándoles con mucha gracia, pero sin remordimientos. 



Uno de ellos fue Catulo, que no consiguió olvidarla jamás y mordido por los celos los desahogó en sus versos, donde ella aparece con el nombre de Lesbia. Celio, otro abandonado, para vengarse, la acusó ante el tribunal de haberle querido envenenar y la llamó públicamente quadrantaria, que quiere decir «cuarto de céntimo»: la tarifa de las prostitutas pobres. Clodia fue condenada a una multa: no porque fuese culpable, sino por ser hermana de Publio Clodio, uno de los jefes del partido radical, aborrecido por los aristócratas entonces omnipotentes y enemigo jurado de Cicerón, que defendió a Celio diciendo que le fastidiaba acusar a una mujer y especialmente a aquella que se había mostrado tan buena amiga de tantos hombres.



Con esos ejemplos ante la vista, era difícil a las muchachas convertirse en buenas madres de familia. Dictados únicamente por cálculo político y de intereses, los matrimonios se hacían y se deshacían con gran desenfado. Para hacer carrera, Pompeyo se divorció de la primera mujer para casarse con Emilia, hijastra de Sila. Después, habiendo enviudado, se desposó con Julia, hija de César, quien cambió de esposa cinco veces y las engañó regularmente a todas. «Esta ciudad —decía Catón— ya no es más que una agencia de matrimonios políticos enmendados por los cuernos.» Y Metelo el Macedonio, en su acongojado discurso a sus compatriotas, les invitó a poner orden en su vida familiar, diciendo; «Yo también comprendo que una mujer es tan sólo una molestia...» El matrimonio con mano, o sea el que no admitía divorcio, había prácticamente desaparecido para permitir a los cónyuges repudiarlo cuando quisieran. Y bastaba, para hacerlo, una simple carta. No se quería tener hijos, porque hubieran sido un estorbo. Se habían convertido en un lujo que sólo los pobres podían ya permitirse. Sin las preocupaciones del embarazo, la lactancia y las enfermedades de los hijos, las esposas buscaban como se diría hoy, «evasiones». Y las hallaban sobre todo en las intrigas amorosas y en la cultura, que entonces comenzaba ya a convertirse en un hecho mundano y de salón.




Los gustos literarios de aquella sociedad rica y frivola no se orientaron hacia el más gran poeta y escritor de la época, Lucrecio. El autor de De rerum natura fue probablemente un aristócrata, mas vivió muy retirado también por razones de salud: parece ser que estaba afligido por una forma cíclica de manía depresiva y su inspiración era demasiado elevada, trágica y profunda para estar de moda. El que hacía furor era Catulo, poeta fácil y sentimental, algo entre Gozzano y Géraldy. Era un burgués de Verno, acomodado y avaro, quejumbroso siempre de su pobreza, pero que poseía una casa en Roma, una villa en Tívoli y otra a orillas del Garda. Gustaba a las señoras porque hablaba solamente de amor y había convertido en flexible y elegante una lengua que parecía hecha tan sólo para códigos de leyes y proclamas de victoria.



Con él iban frecuentemente Marco Celio, un aristócrata desdinerado, simpatizante con las ideas comunistas; Licinio Calvo, un diletante de poesía y de oratoria no carente de ingenio, y Helvio Cinna, quien, después de la muerte de César, fue confundido con uno de los asesinos y muerto por la multitud. Eran todos intelectuales «de izquierdas», que se oponían a la dictadura sin hacer nada para defender la democracia. Pero ejercieron una influencia tal vez superior a sus méritos, porque entonces tenían a su disposición, además de los salones y las mujeres, una verdadera editorial para propagar sus propias obras.


Ático había introducido el pergamino y hacía «volúmenes» (que quiere decir «rollos») con páginas compuestas de dos o tres «columnas» de manuscrito. Dedicados a llenarlos a mano estaban esclavos especializados, a los que se pagaba solamente la manutención. Tampoco los autores eran retribuidos más qué con algún donativo ocasional, por lo que, prácticamente, sólo los ricos podían dedicarse a la literatura. Una edición alcanzaba casi siempre él millar de ejemplares que se distribuían entre los libreros en cuyas tiendas iban a comprarlos los afícionados. Fue uno de estos, Cayo Asinio Polión, quien instituyó la primera biblioteca pública de Roma.


Este progreso técnico estimuló la producción. Terencio Varrón publicó sus ensayos sobre la lengua latina y sobre la vida rural. Salustio, entre una batalla política y otra, dio a la estampa sus Historias, magníficamente escritas, pero más bien partidistas. Y Cicerón, convertido ya en «el maestro» por excelencia del arte oratorio, tradujo en libros sus discursos, de los que solamente cincuenta y siete han llegado hasta nosotros.


La cultura, en suma, no era ya el monopolio de algún especialista solitario, sino que había comenzado a difundirse en aquella sociedad que a la sazón ya le volvía resueltamente la espalda a las rudas costumbres y a la sana ignorancia de la primera era republicana. Se acercaba a la que suele llamarse «la edad de oro» de Roma y que, como todas las «edades de oro», preludió la agonía de su civilización.