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sábado, 31 de diciembre de 2022

EL EMPERADOR HONORIO ABOLE LOS JUEGOS DE GLADIADORES



Aunque los juegos de gladiadores fueron prohibidos oficialmente por Constantino el Grande en 325 d. C., siguieron ofreciéndose hasta 404, cuando Honorio los abolió a raíz de la lapidación a manos de la multitud indignada de un monje que intentó poner fin a un combate. Los escritores cristianos se manifestaron también en contra del circo, pero las carreras de carros continuaron hasta 549 d. C., por lo menos.








sábado, 29 de julio de 2017

LOS HEREDEROS DE CONSTANTINO



Constantino fue el único entre los sucesores de Augusto que permaneció en el trono más de treinta años. Pero estropeó su grandiosa obra de reconstrucción con el más absurdo de los testamentos, dividiendo el Imperio en cinco tajadas y entregándolas, respectivamente, a sus tres hijos; Constantino, Constancio y Constante, y a sus dos nietos sobrinos: Delmacio y Anibaliano. La cosa nos asombra porque él no pudo haber dejado de ver lo que había ocurrido con el reparto de Diocleciano y qué alborotos se habían producido entre todos aquellos Augustos y Césares. Pero ya que lo había decidido así, podía al menos tomar la precaución de dar a sus tres chicos nombres que les diferenciasen un poco mejor. 







Es un bonito embrollo, incluso para quien quiere resumir su historia, devanar el enredado ovillo de aquellos tres casi homónimos. Trataremos de hacerlo lo mejor posible. De facilitarnos la labor, simplificando las rivalidades, cuidaron los regimientos de guarnición en la capital, que, apenas metido en la fosa el gran difunto, se insurreccionaron e hicieron una buena matanza en la que perecieron dos de los cinco herederos: Anibaliano y Delmacio. Les hicieron compañía también los Hermanastros del muerto y sus hijos, menos dos, Galo y Juliano, que fueron confinados y de los cuales oiremos hablar de nuevo, además de un número impreciso de altos jerarcas. Constantinopla había nacido apenas, y ya inauguraba aquel repertorio de carnicerías que a través de los siglos había de motear su historia.




¿Fue de verdad Constancio, como se dijo más tarde, quien ordenó aquella mortandad? No se sabe con precisión. Sábese tan sólo que él se hallaba en la ciudad cuando se llevó a cabo, que no hizo nada por impedirla y que resultó el mayor beneficiario de ella. Se reunió con los otros dos hermanos en Esmirna y con ellos llegó a concluir otro reparto. Para sí se quedó todo el Oriente con Constantinopla y Tracia; a Constante, que era el menor, le dio Italia, Iliria, África, Macedonia y Acaya, pero obligándole a una especie de vasallaje hacia Constantino II, a quien le correspondieron las Galias.



Si Constantino inventó esa cláusula para provocar una rivalidad entre los dos y quedarse después como arbitro, hay que decir que el golpe fue logrado plenamente. No habían transcurrido tres años que aquéllos ya llegaban a las manos. Pero en la primera batalla, Constantino, que era de carácter fogoso, avanzó demasiado, cayó en una emboscada y fue muerto. Constante no perdió tiempo en anexionarse todas sus posesiones. Y Constancio, que seguramente confiaba en una guerra larga que destrozara las fuerzas de ambos contendientes, se quedó sin conseguir lo que deseaba y con un solo rival, sí, pero más potente que él. También esta vez le ayudó la suerte en forma de un complot contra Constante que, en las Galias, ganaba batalla tras batalla contra los rebeldes. Era un buen general, pero inepto como hombre de Estado; estrujaba a los súbditos con impuestos, les irritaba con sus terquedades y les escandalizaba con sus costumbres. Un comandante de milicias bárbaras, Magnencio, le mató y se proclamó emperador.


MAGNENCIO

 Más otro tanto hizo inmediatamente Vetranio, que mandaba las tropas en Iliria, y Nepociano, sobrino del muerto. Constancio tenía ahora los papeles en regla para intervenir en Occidente con el pretexto de restablecer la justicia. Precisamente en aquel momento concluyó una tregua con el rey persa Sapor que le había causado hasta entonces muchos sinsabores y empeñado sus ejércitos. Al frente de ellos marchó a la sazón contra los usurpadores, pero acompañando la acción militar con una hábil gestión diplomática, que era además el arte con el que mejores logros alcanzaba. Vetranio parlamentó, unió sus tropas a las de Constancio en la llanura de Sérdica, donde debían enfrentarse, y se arrodilló ante él pidiéndole perdón. El perdón le fue concedido y con los galones y medallas por añadidura. Después, los dos ejércitos marcharon juntos contra Magnencio, le derrotaron en Hungría y le persiguieron hasta España, donde le obligaron a suicidarse con su hermano Decencio. 



MONEDA DE DECENCIO


Así el Imperio quedó de nuevo reunido bajo un soberano. A diferencia de su predecesor y padre, no era un gran general, no amaba las guerras y procuraba eludirlas. Pero cuando se veía obligado, a emprenderlas, lo hacía hasta el final, aunque con gran cautela, pero arriesgando valerosamente el pellejo. Pues tenía conciencia de sus deberes y los cumplía sin reparar en gastos ni sacrificios. Era un hombre solitario y receloso, melancólico y taciturno, sin impulsos, sin calor humano, sin vicios ni abandonos. En muchas cosas asemeja a Felipe II de España y a Francisco José de Austria. Como ellos, era piadoso, pero a la fe no unía las otras dos virtudes teologales: la esperanza y la caridad. Al contrario, era pesimista, incapaz de indulgencia y creía que para salvar un alma era necesario quemar muy a menudo un cuerpo. Casó tres veces, no por amor, sino por deseo de tener un heredero. Ninguna de las tres esposas se lo dio. Ahora se encontraba sin sucesores. Ni siquiera sus hermanos tuvieron tiempo de dejárselos. En el gran cementerio donde había hallado sepultura la vasta progenie de Constantino, no quedaban más que dos muchachos escapados a la matanza del 337: Galo y Juliano.


CONSTANCIO GALO

Los dos hacía años que vegetaban en un villorio de Capadocia, bajo la tutela de un obispo arriano, Eusebio, que tampoco era muy caritativo, llevando una vida de colegio, solitaria y desolada. Su madre, Basilina, había muerto ya, cuando ante sus ojos se desarrolló la carnicería en la que perecieron padre, tíos, primos y hasta criados. A la sazón, Galo tenía diez años, y Juliano, seis. Ambos supieron más tarde que el responsable directo o indirecto de la matanza había sido él, Constancio, que ahora, de Improviso, se acordaba de ellos.

CONSTANCIO CLORO

El elegido fue Galo, el mayor, que de la noche a la mañana, de prisionero que era pasó a ser marido de Constantina, la hermana del emperador, nombrado César e instalado en Antioquía con poderes casi absolutos. En aquel brusco salto que daría vértigo a cualquiera, no poseía siquiera la inteligencia, de la que estaba conspicuamente desprovisto, para mantener la cabeza en su sitio. Lo que le tocó ver de chico le había hecho creer que el asesinato y la traición eran cosa normal entre los hombres, y para protegerse a sí mismo siguió la regla de dar crédito a toda sospecha y de matar a cualquier sospechoso. Aun antes de que Constancio se diese cuenta del error cometido con aquella elección, había degollado ya no sólo varios hombres, sino poblaciones enteras.




 El emperador, temiendo que una excomunión le empujara a la rebelión abierta, fingió no estar enterado y, mostrándose siempre amigo, le llamó a Milán donde se hallaba en aquel momento. Inquieto, Galo mandó primero a Constantina para escrutar las intenciones de Constancio. Pero Constantina murió durante el viaje. Galo tuvo que decidirse a ir en persona. Pero, llegado a Panonia, un destacamento de soldados le detuvo y le condujo a Pola, donde le relegaron en el palacio en el que Constantino había hecho asesinar a su primogénito Crispo. Constancio tenía mucho apego a las tradiciones de familia, incluso a las de muertes violentas. Un proceso sumario, facilitado por el testimonio bien remunerado de un eunuco de la Corte, condujo a la pena de muerte, que fue inmediatamente ejecutada.



Constancio estaba otra vez sin sucesores y envejecía. El día en que decidió librarse de Galo, confinó también a Juliano, sospechándolo cómplice de su hermano. Pero aquel muchacho era el único en cuyas venas circulaba aún la sangre de Constantino. Tras muchas vacilaciones, le llamó y le nombró César. El sucesor no podía ser más que él.



Aquella elección hecha a desgana se reveló en seguida como excelente. Juliano, que pasaba por ser un holgazán dedicado solamente a la Literatura y a la Filosofía, en cuanto se encontró con alguna responsabilidad a cuestas, la tomó en serio. No había visto nunca un cuartel cuando el emperador le confió las provincias orientales, entonces en plena  revuelta. De momento, Juliano dejó hacer a los generales, aunque observando atentamente sus actividades. Luego tomó el mando efectivo de las tropas, afrontó las hordas francas y alemanas que se habían infiltrado más allá del Rin, las aniquiló, sofocó las rebeliones de los indígenas y restableció la autoridad imperial en Britania. Jamás el título de César había sido otorgado tan adecuadamente a un hombre.



Por desgracia, precisamente en aquel momento el rey persa Sapor reemprendió la ruta de la guerra y para atajar su amenaza Constancio pidió a Juliano que le mandase parte de su ejército. Juliano, que le había tomado gusto al oficio de soldado, obedeció, pero a regañadientes, y no se sabe hasta qué punto disimuló ante sus hombres la amargura de tener que separarse de ellos. Como fuere, éstos estuvieron seguros de interpretar sus deseos negándose a obedecer y aún más aclamándolo Augusto, o sea emperador. En seguida, Juliano se apresuró a escribir a Constancio que él era ajeno a todo aquello, y no sólo esto, sino que había sucedido contra su voluntad. Pero cuando Constancio le contestó que le perdonaba si renunciaba al título y hacía acto de sumisión, Juliano, en ver de aceptar, fue a su encuentro al frente de su ejército. 




Él no había descerrajado la caja, pero se negaba a devolver lo hurtado que, sin saber cómo, le llovió en casa. No hubo guerra porque Constancio, que partió también para hacerla, murió en el viaje. Cuando abrieron el testamento, todos vieron con sumo estupor que había designado único heredero a aquel a quien se dirigía a combatir y, en caso de victoria, probablemente a matar. Como siempre, obedeció no a los sentimientos sino a la razón de Estado. Y, reconociendo en el felón las cualidades de un gran político, hizo de él su sucesor. Juliano lo agradeció tributándole solemnes exequias, vistiendo de luto y llorando a lágrima viva sobre el féretro. Fue una hermosísima comedia, interpretada magníficamente por ambas partes.



Acerca de Juliano han corrido ríos de tinta, como si no hubiesen bastado los que prodigó él mismo. Pues era grafómano y tenía la pasión de las proclamas, los panegíricos y los ensayos entre lo filosófico y lo político. Mas acaso la importancia de aquel emperador, que tan sólo reinó veinte meses, ha sido exagerada.

PROCLAMACIÓN DE JULIANO EL APÓSTATA

La razón por la que se ha hecho tanto ruido en torno a su nombre consiste en que se le atribuye el propósito de restaurar el paganismo contra el cristianismo. Ya Constancio hubo de dedicar la mayor parte de su tiempo a las cuestiones religiosas. Incluso había actuado, además de como emperador, como Papa, interviniendo en las disputas internas de la Iglesia entre donatistas, arríanos y melecianos. Porque, en efecto, era cristiano y de los fervientes. Pero muy paganamente consideraba a la Iglesia como un instrumento del Estado y, con la excusa de protegerla, se proponía controlarla.



Juliano tuvo los mismos intereses religiosos, pero orientados en sentido opuesto, por lo que se ganó el título de Apóstata. No cabe duda que debió de contribuir a llenarle de rencor hacia la nueva fe aquel obispo Eusebio que, como tutor suyo, le había sazonado con el látigo las lecciones de catecismo. En el confinamiento de Nicomedia, el único afecto lo encontró Juliano en un anciano siervo escita, Mardonio, que le leía Hornero y los filósofos griegos. No se ha sabido nunca si Mardonio era pagano o cristiano. Se sabe tan sólo que estaba empapado de clasicismo, cuyo amor a éste él inspiró a su joven amo y pupilo. Éste miraba en torno suyo y no veía que los cristianos que le rodeaban dieran un gran ejemplo. 




No era, dígase lo que se quiera, un hombre de pensamientos profundos, y basta leer sus escritos para convencerse de ello. A veces, sus razonamientos se pierden en divagaciones. Tenía mucha memoria, pero no comprendía nada de arte, se obstinaba puntillosamente sobre problemas filosóficos secundarios perdiendo de vista los principales y se complacía con citaciones y virtuosismos estetizantes. Era fatal que confundiese la Iglesia con sus malos pastores y que mezclase éstos a aquélla en una misma antipatía. Sea como fuere, no honra a su inteligencia política la idea que se le atribuyó, y que tal vez cultivó de veras, de un retorno al paganismo como religión de Estado. Pues todo retorno, en política, es ya un error.



La famosa apostasía de Juliano fue, sobre todo, un acusado agnosticismo. Se desinteresaba de las herejías que seguían lacerando a la Iglesia y es probable que las viese con simpatía. Pero concedió la libertad de culto a los hebreos y les permitió reconstruir el templo de Salomón, cuyos andamiajes, empero, quedaron destruidos por un terremoto, lo que algunos escritores cristianos interpretaron como un castigo del Cielo. Se ha dicho, aunque no ha sido probado, que subrepticiamente había alentado la restauración de los antiguos cultos paganos. Sea como fuere, no debió sacar de ello muchas satisfacciones, pues la gente no se adhirió más que a desgana y sin entusiasmo. En Alejandría fue asesinado por los paganos el obispo Jorge y en Antioquía fue incendiado por los cristianos el templo de Apolo: ni en un caso ni en otro Juliano ordenó represalias. Quería mostrarse imparcial.



Dios sabe cómo y adónde habría ido a parar esa su anacrónica política religiosa, si Sapor no le hubiese obligado a empuñar otra vez las armas. Preparó aquella difícil y peligrosa expedición con su cuidado habitual, adiestrando un ejército enorme y una flota de mil naves con las que descender por el Tigris. Los primeros encuentros le fueron favorables, pero la ciudad de Ctesifonte le resistió con sus formidables fortificaciones, obligándole, al final, a retirarse. Pero, ¿quién hubiera podido hacer remontar la corriente a las naves? Juliano dio la orden de quemarlas. No podía obrar de otro modo, pero la decisión desmoralizó a los soldados y los llenó de furor. 




La región era pobre, pedregosa, calcinada por el sol, hostil. La caballería persa estorbaba la marcha, infligiendo graves pérdidas con sus dardos. Uno de ellos alcanzó a Juliano clavándosele en el hígado. El emperador trató de extraerlo con sus manos, ensanchó la herida y provocó una hemorragia mortal. Dándose cuenta de que se aproximaba su fin, llamó en torno a su lecho, donde le habían colocado, a dos filósofos amigos suyos, Máximo y Prisco, con los cuales se puso a discutir serenamente sobre la inmortalidad del alma.

LA MUERTE DE JULIANO EL APÓSTATA, 
por Milek Jakubiec

Dicen que en un momento dado se metió la mano en la herida, la sacó empapada en sangre y que, lanzando al aire unas gotas, exclamó con rabia;
«iVenciste, Galileo!»



Pero probablemente no es cierto.




jueves, 13 de julio de 2017

GUERRA DE RELIGIÓN ROMANA, VICTORIA DE CONSTANTINO EL GRANDE Y EL NUEVO IMPERIO CRISTIANO ROMANO


Flavio Valerio Constantino era hijo bastardo de Constancio Cloro, el César de Maximiano, y ahora nuevo Augusto de Milán, que lo había tenido de Elena, una doncella oriental convertida en concubina suya. Diocleciano, al nombrar César, en Tréveris, a Constancio, le impuso librarse de aquella compañera poco cualificada y contraer matrimonio con Teodora, la hija de Maximiano. El chico no tuvo una buena educación de la madrastra, pero se la hizo en el Ejército, al que se alistó muy joven. El otro Augusto, Galerio, el de Nicomedia, llamó a su lado al brillante oficial: le apremiaba tenerle como rehén en caso de sinsabores con el padre, su colega de Milán, que en realidad había de quedar como subordinado suyo y a quien había impuesto, como César a Severo. Para sí mismo tomó a Maximino Daya.


Pero Constancio no se sentía tranquilo en el cuartel general de Galerio y tal vez tenía motivos para ello. Por lo que un buen día escapó, cruzó toda Europa, se reunió con su padre en Bretaña, le ayudó notablemente a ganar algunas batallas y le cerró los ojos pocos meses después en York. Los soldados, que le apreciaban por sus cualidades de mando, le aclamaron Augusto. Mas Constantino prefirió el más modesto título de César «porque —dijo— éste me deja el mando de las legiones sin las cuales mi vida estaría en peligro». Y Galerio, Augusto en funciones, aun cuando a desgana, le ratificó.
Pero entretanto, el título de Augusto, en Milán, era disputado por dos aspirantes. En línea directa, hubiese debido corresponder a Severo, el César en cargo. Pero el hijo de Maximiano, Majencio, apoyado por los pretorianos, presentó su candidatura. Temiendo no conseguirla solo, llamó en su ayuda a su padre, que volvió a tomar el cargo que había abdicado a la par que Diocleciano; y con él marchó contra Severo, que fue muerto por los soldados. Desde Nicomedia, Galerio trató de resolver el conflicto nombrando un Augusto de su agrado, Liciano. Entonces, hasta Constantino salió en campaña como Augusto. Para llevar el caos al colmo, Maximino Daza, el César de Galerio, hizo otro tanto. Y así Diocleciano, regando sus coles en Spalato, supo que su Tetrarquía se había convertido en un Hexarcado, todo de Augustos en guerra uno con otro. Honestamente, no nos atrevemos a aturrullar más la cabeza del pobre lector, ya puesta a dura prueba como la nuestra, con un enredo semejante, siguiendo su desarrollo. Y llegamos a la conclusión de que fue también el fin de la era pagana y el comienzo de la cristiana. El 27 de octubre de 312 después de Jesucristo, los dos mayores aspirantes al trono, Constantino y Majencio, se enfrentaron con sus ejércitos, unos veinte kilómetros al norte de Roma. El primero, con hábil maniobra, acorraló al otro en el Tíber. Después, Constantino miró al cielo y más tarde el historiador Eusebio, contó que había visto aparecer en él una cruz llameante que llevaba inscritas estas palabras: In hoc signo vinces. «Con este signo vencerás.


Aquella noche, mientras dormía, una voz le retumba en los oídos, exhortándole a marcar la Cruz de Cristo en los escudos de los legionarios. Al alba dio orden de que así se hiciera, y en vez del estandarte hizo enarbolar un lábaro que ostentaba una cruz entrelazada con las iniciales de Jesús. En el ejército enemigo fiameaba la bandera con el símbolo del sol impuesto por Aureliano como nuevo dios pagano. Era la primera vez, en la historia de Roma, que una guerra, se combatía en nombre de la religión. La Cruz resultó vencedora, Y el Tíber, al arrastrar hasta su desembocadura los cadáveres de Majencio y de sus soldados, pareció que barriese los residuos del mundo antiguo.
No todo había terminado, pues quedaban aún Licinio y Maximino. Con el primero se encontró Constantino en Milán el 313 después de Jesucristo y el resultado de aquella entrevista fue el reparto del Imperio entre dos Augustos y la publicación del famoso edicto que proclamaba el respeto del Estado a todas las religiones y devolvía a los cristianos los bienes que les habían sido arrebatados en las últimas persecuciones. Maximino murió, Licinio casó con la hermana de Constantino, y por un momento pareció que los dos emperadores podían dar vida a una pacífica diarquía.

 

Pero al año siguiente volvieron a las andadas. Constantino derrotó en Panonia a un ejército de Licinio, que se vengó en los cristianos en Oriente reanudando las persecuciones contra ellos. Constantino no se había convertido aún oficialmente. Pero los cristianos ya veían en él a su caudillo y constituían seguramente la aplastante mayoría, si no la totalidad, de aquel ejército de ciento treinta mil hombres que, bajo su mando personal luchó contra los ciento sesenta mil defensores del paganismo a las órdenes de Licinio. Primero en Adrianópolis y después en Escútari, los primeros obtuvieron la —victoria. Licinio se rindió y salvó la vida, que le fue quitada, empero al año siguiente. Con el signo de Cristo se volvió a formar un Imperio que de romano no tenía ya más que el nombre.



domingo, 18 de diciembre de 2016

CONSEJO DE CONSTANTINO A JULIANO, QUE SIGUE A SU NOMBRAMIENTO COMO CÉSAR EN EL AÑO 355

CONSTANTINO


Y si es preciso enfrentarse al enemigo, conserva tu puesto con firmeza entre los portaestandartes, espera con todo cuidado el momento adecuado par levantar la moral de tus hombres con un acto de bravura, inspira a los combatientes con tu ejemplo, sin precipitación, apóyales con refuerzos cuando se hallen sometidos a fuerte presión, reprende modestamente a los perezosos, y hállate presente como testigo cierto de los hechos, tanto de los valientes como de los cobardes. Por consiguiente, urgido por la gravedad de la situación, como un valiente a la cabeza de otros valientes.



JULIANO 










viernes, 14 de octubre de 2016

CAYO VETIO AQUILINO JUVENCO


Cayo Vetio Aquilino Juvenco (en latín Gaius Vettius Aquilinus Juvencus), poeta hispanolatino del siglo IV d. C., fundador junto a Sedulio de la épica cristiana.
 
Vivió en tiempo del emperador Constantino el Grande y fue de noble ascendencia. De confesión católica, fue además presbítero y hacia el año 330 publicó el primer poema épico latino cristiano, Evangeliorum libri quattuor, una versificación bastante literal de los evangelios, sobre todo del de San Mateo, compuesta de 3219 hexámetros y repartida en cuatro libros. En el prólogo de su obra afirma su intención de cantar las hazañas salvadoras de Cristo, don de Dios a los hombres. En el primer libro narra la venida de Juan el Bautista, el nacimiento de Jesús y su actividad hasta el comienzo de su vida pública; en el segundo, los milagros y las parábolas; en el tercero, continúa con la narración de milagros y parábolas y en el cuarto termina con la pasión y resurrección de Cristo.

 

El estilo de este texto debe bastante a Virgilio y hay resabios de Lucrecio, Horacio, Ovidio, Lucano y Estacio que demuestran que Juvenco poseía una extensa cultura poética. Sin embargo, la característica más acusada del poema es una sencillez que contrasta con la ampulosidad pagana, quizá por el afán de ceñirse escrupulosamente al texto sagrado. Se permite sin embargo el poeta deliciosas descripciones de la Naturaleza; otras veces se arriesga a comedidas interpretaciones de carácter alegórico, y utiliza una adjetivación profusa para amplificar el texto mediante procedimientos parafrásticos y abusa de la aliteración. Juvenco fue muy celebrado en la Edad Media, en la que mereció el calificativo de "Virgilio cristiano". Tras el Concilio de Nicea era necesario un poeta cristiano que contraponer en la educación cristiana al poeta latino Virgilio y el poeta hispanolatino llenó ese hueco satisfactoriamente, como demuestran los numerosos códices de su obra que han llegado hasta nosotros. San Jerónimo menciona otras obras suyas, alguna sobre el tema de los sacramentos, que no han llegado hasta nosotros. Las noticias que transmite son las siguientes:
 
En el tiempo de Constantino, el presbítero Juvenco puso en verso la historia de nuestro Señor y Salvador y no la mermó ni siquiera al versificar las majestuosas frases del evangelio. (San Jerónimo, Epístola a Magnum)
Juvenco, español de noble ascendencia, presbítero, compuso cuatro libros, trasponiendo los cuatro evangelios casi a la letra, en versos hexámetros, y algunas otras cosas en el mismo metro, relativas al orden de los sacramentos. Vivió en tiempos del emperador Constantino. (San Jerónimo, De viris ilustribus)



El humanista y jesuita extremeño Faustino Arévalo, expulsado de España con los demás de su orden al empezar el último tercio del siglo XVIII, hizo una edición crítica del texto en Bolonia y en Roma.




CONSTANTINO EL GRANDE DICE SOBRE EL CRISTIANISMO


 

¡ Sería muy buena idea hacer de esta nueva religión un instrumento de mi poder político !