De Agripina y de mí no puede nacer nada que no sea
detestable. ( Suetonio )
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
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viernes, 15 de junio de 2018
domingo, 29 de octubre de 2017
LAS LOCURAS DE NERÓN
Agripina fue, ciertamente, una
mujer nefasta. Pero los últimos episodios de su vida son de verdadera matrona
de la antigua Roma. No vaciló en ponerse resueltamente en contra de su hijo
cuando éste fue a pedirle su consentimiento para divorciarse de Octavia. Tácito
dijo que llegó incluso a ofrecérsele.
Nerón,
aun cuando la había confinado en una villa, aún le tenía miedo. Mas también
temía a Popea, que se le rehusaba, mofándose de aquel su temor filial.
Al final, logró hacerle creer que Agripina conjuraba contra él, por lo que
Nerón, no atreviéndose a matarla, intentó suprimirla, una vez envenenándola y
otra vez haciéndola caer al río. Agripina se lo esperaba. Tal vez era informada
por algún servidor suyo que seguía en palacio de lo que se tramaba contra ella;
así, la primera vez se salvó ingiriendo un medicamento que resolvió el
envenenamiento con un cólico, y la segunda vez, nadando. Los guardias de Nerón
tuvieron que hacer otro tanto para seguirla hasta la otra orilla. Y nos preguntamos
cuáles debieron ser los sentimientos y los pensamientos de aquella mujer al
verse acosada por los sicarios de un hijo al que había sacrificado toda su
vida. Pero no los demostró cuando fue alcanzada por aquéllos. Dijo simplemente:
«Heridme aquí», y señaló el regazo de donde Nerón había nacido. Éste, cuando le
llevaron el cuerpo desnudo de su madre muerta, observó tan sólo: «¡Toma! Nunca
me había dado cuenta de que tenía una mamá tan hermosa.» Y tal vez la única
cosa que lamentó fue no haberla tomado cuando ella se le había ofrecido.
Como
ya antes respecto a Calígula, no tenemos otra hipótesis que la locura
para explicar semejantes reacciones. Tal vez en la sangre de los Claudios había
un mal hereditario que atacaba el cerebro.
La
Historia asegura que Séneca no tuvo parte en este horrendo delito. Pero
nos obliga a comprobar también que lo aceptó, permaneciendo al lado del
emperador. ¿Esperaba acaso pararle en la pendiente de perdición? Esa esperanza,
si la tuvo, quedó pronto defraudada. Nerón rechazó sus consejos cuando trató de
hacerle comprender que no es propio de un emperador competir en el Circo como
auriga y exhibirse en el teatro como tenor. Al contrario, para demostrar cuan
poco en consideración tenía ya a su maestro, ordenó a los senadores que compitieran
con él en aquellas pruebas gimnásticas y musicales, diciendo que ésta era la
tradición griega y que la tradición griega era mejor que la romana.
Los
senadores, en conjunto, acaso no merecían mejor trato, pero en alguno de ellos
aún brillaba un destello de dignidad. Trasea Peto y Elvidio Prisco
hablaron abiertamente contra el emperador, cuyos espías les acusaron de
complot. Nerón, que después del matricidio había mostrado cierta clemencia, se
entregó a una orgía de sangre, y como el Tesoro, que Claudio había dejado
floreciente, estaba exhausto por sus irregularidades, impuso a los condenados
la entrega de sus bienes. Séneca criticó estas medidas. Pero la auténtica razón
por la que perdió el puesto fue por haber criticado las poesías de su amo. Tal
vez con un suspiro de alivio se retiró a su villa de la Campania, donde
inmediatamente se puso a buscar, como escritor, un desquite a su fracaso como
preceptor. Burro, que había muerto pocos meses antes, había sido
remplazado por el desalmado Tigelino.
Sin
frenos ya, Nerón se despeñaba. El retrato físico que nos han dejado de él nos
lo demuestra, a los veincinco años, con el pelo amarillo peinado con trencitas,
la mirada mortecina y una panza adiposa sobre dos piernas raquíticas. Popea,
esposa suya ya, hacía de él lo que quería. No contenta con haberle exigido que
repudiara a Octavia, le impelió a confinarla. Pero dado que los romanos
desaprobaron tal conducta cubriendo de flores sus estatuas, le persuadió para
que mandara asesinarla. Octavia, aterrada y suplicando clemencia, tuvo mal fin:
contaba apenas veinte años y había nacido para ser buena esposa de un buen
marido, no la heroína de una tragedia.
Tampoco
esa vez Nerón tuvo remordimientos, puesto que mientras tanto se había hecho
consagrar dios, y los dioses no están obligados a exámenes de conciencia. Ahora
sólo quería construirse un nuevo palacio de oro que se convirtiese en su propio
templo, y como que lo proyectaba de dimensiones gigantescas, no hallaba en el
superpoblado centro de Roma un solar edificable. Hacía tiempo que andaba
murmurando que la ciudad estaba mal construida y que se debería rehacerla toda
según un plano urbanístico más racional. En julio del año 64 estalló el famoso
incendio.
¿Fue
verdaderamente él quien lo hizo prender? Tal vez no. A la sazón se encontraba
en Anzio y acudió inmediatamente, desplegando en los trabajos de socorro una
energía que nadie sospechaba en él. Mas el hecho de que en seguida la voz
popular le acusó demuestra que aunque el incendio no hubiese sido obra suya, la
gente le consideraba capaz de un acto semejante. Cosa extraña, no reaccionó esa
vez ante las acusaciones, ni siquiera persiguió a los autores de las hojas
volantes y libelos que le señalaban al furor popular. Mas, como auténtico jefe
de régimen totalitario, creyó que, dado el desastre, antes que en repararlo
había que pensar en hallar alguien a quien atribuírselo. Y así fue, dice
Tácito, como recurrió a una secta religiosa constituida por aquella época en
Roma que derivaba su nombre del de un tal Cristo, un hebreo
condenado a muerte por Poncio Pilato en Palestina, en tiempo de Tiberio.
Nada
más sabía de ellos Nerón cuando mandó detener a todos los que se le pusieron a
tiro y, tras un sumario proceso, les condenó a ser torturados. Algunos fueron
entregados a las fieras, otros crucificados, otros embadurnados con resina y
usados como antorchas. Roma no les había prestado mucha atención. Pero después
de aquel martirio en masa empezó a mirarles con cierta curiosidad. Ahora, el
emperador podía construir por fin una capital a su gusto. Y en esta tarea, que
le absorbió por completo, mostró cierta competencia. Pero mientras levantaba la
nueva Roma, más bella que la destruida, Popea murió a consecuencia de un
aborto. Malas lenguas dijeron que el marido le dio una patada en el vientre
durante una riña. Puede ser. Como fuere, el golpe fue terrible para él, que
perdió a la par una esposa querida y el heredero que esperaba. Errando dolorido
por las calles, encontró a un joven, un tal Sporo, cuyo rostro se
asemejaba extrañamente al de la difunta. Se lo llevó a palacio, le hizo castrar
y se desposó con él. Los romanos comentaron: «¡Ah, si su padre hubiese hecho lo
mismo...!»
Estando
atareado en los trabajos para la construcción de su gran palacio, sus espías
descubrieron un complot para instalar en el trono a Calpumio Pisón. Hubo
las acostumbradas detenciones, las acostumbradas torturas y las acostumbradas
confesiones. En una de éstas se pronunciaron los nombres de varios
intelectuales, entre ellos Séneca y Lucano.
Lucano era otro español de
Córdoba, primo lejano de Séneca, que, venido a Roma para estudiar leyes,
cometió el imperdonable error de ganar un premio de poesía en un concurso al
que también se habla presentado Nerón, que perdió. El emperador le prohibió que
continuase escribiendo. Lucano desobedeció componiendo un poema sobre la
batalla de Farsalia, retórico y mediocre, pero de tono claramente republicano.
No pudo publicarlo, pero lo leyó en los salones aristocráticos donde tuvo,
naturalmente, gran éxito entre aquellos señores que ya no tenían fuerza para
oponerse a la tiranía, pero que añoraban la libertad. ¿Participó él
verdaderamente en el complot, o fue comprometido en él por los esbirros que
conocían la antipatía de Nerón por aquel rival suyo? En los interrogatorios
admitió su propia culpa y denunció a los demás cómplices, entre ellos, al
parecer, incluso a su madre y a su primo Séneca. Condenado, invitó a sus amigos
a una gran fiesta, comió y trincó con ellos, se cortó las venas y murió
recitando algunos de sus versos contra el despotismo. Tenía veintiséis años.
Séneca
se enteró seguramente de haber participado en la conjuración de Pisón por los
mensajeros del emperador que fueron a Campania para notificarle la condena.
Estaba escribiendo una carta a su amigo Lucilio que terminaba así: «En
lo que me atañe, he vivido lo bastante y me parece haber tenido todo lo que me
correspondía. Ahora espero la muerte.» Mas cuando la muerte se le presentó en
forma de aquel embajador, objetó que no tenía razón para infligírsela, visto
que ya no hacía política y se preocupaba solamente de cuidar su salud, cuyo
colapso anunció como inminente. Era la excusa que también había invocado con
Calígula y que le permitió llegar casi a los setenta años. El embajador volvió
a Roma, pero Nerón se mantuvo firme. Entonces, Séneca, con mucha calma, abrazó
a su mujer Paulina, redactó una carta de adiós a los romanos, bebió la cicuta,
se abrió las venas y murió según los preceptos del estoicismo mejor de lo que
había sabido vivir. Paulina intentó imitarle, pero el emperador le hizo suturar
las venas. El paso de los siglos ha borrado las contradicciones del hombre
Séneca y ha conservado tan sólo las obras del escritor, que alcanzó su
grandeza. Enseñó cómo se compone un «ensayo» y cómo se concilia la prédica de
la renuncia con la práctica de las propias comodidades. A un maestro semejante
no le podían faltar discípulos.
Hecho
el vacío a su alrededor, Nerón partió para una tournée por Grecia, donde
la gente, dijo, entendía de arte más que en Roma. Tomó parte como jinete en las
carreras de Olimpia, se cayó y llegó el último; pero los griegos le proclamaron
igualmente vencedor y Nerón les recompensó eximiéndoles del tributo a Roma. Los
griegos comprendieron la alusión, le hicieron ganar todos los demás torneos,
organizaron una clamorosa claque en los teatros donde cantaba el
emperador (estaba absolutamente prohibido salir durante el espectáculo y hubo
mujeres que parieron en ellos), y obtuvieron a cambio la plena ciudadanía.
De
regreso a Roma, Nerón decretóse a sí mismo un triunfo en el cual, no pudiendo
exhibir los despojos de ningún enemigo, exhibió las copas que había ganado como
tenor y como auriga. Al recabar la admiración de sus conciudadanos, obraba de
buena fe. Creía, en efecto, que tal admiración era sincera y, por lo tanto,
quedó más atónito que preocupado cuando supo que Julio Vindice llamaba a
las armas la Galia contra él. Al organizar el Ejército que había de combatir al
rebelde, su primera medida consistió en que gran número de carros fuesen
expresamente construidos para el transporte de tablones para montar un
escenario. Porque, entre batalla y batalla, se proponía seguir recitando,
tocando y cantando para hacerse aplaudir por los soldados. Pero durante estos
preparativos llegó la noticia de que Galba, gobernador de España, se había unido
a Vindice y que marchaba con éste sobre Roma.
El
Senado, que hacía tiempo estaba acechando la ocasión, tras haberse asegurado la
benévola neutralidad de los pretorianos, proclamó emperador al procónsul
rebelde y Nerón diose cuenta de improviso de que estaba solo. Un oficial de la
guardia, a quien pidió que le acompañase en la huida, le respondió con un verso
de Virgilio; «¿Tan difícil es, pues, morir?»
Sí,
era muy difícil para él. Se procuró un poco de veneno, pero no tuvo el valor de
ingerirlo. Pensó arrojarse al Tíber, pero no tuvo fuerzas para ello. Se
escondió en la villa de un amigo en la Vía Salaria, a diez kilómetros de la
ciudad. Allí supo que le habían condenado a muerte «a la antigua usanza», o sea
azotándolo. Aterrado, cogió un puñal para clavárselo en el pecho, pero primero
probó la punta y encontró que «hacía daño». Cuando hubo resuelto cortarse la
garganta oyó ruido de cascos de caballo cerca de la puerta. Entonces le tembló
la mano, y fue su secretario, Epafrodito, quien se lo clavó en la
carótida. «¡Ah, qué artista muere conmigo!», susurró en un estertor. Los
guardias de Galba respetaron el cadáver, que fue piadosamente sepultado por su
vieja nodriza y por la primera amante, Acté. Cosa extraña, su tumba
estuvo durante mucho tiempo cubierta de flores frescas, y muchos en Roma
siguieron creyendo que no había muerto y que pronto volvería. En general, son
ideas que germinan solamente en la tierra fecundada por las lágrimas y por la esperanza.
¿Y si, al fin y al cabo,
Nerón hubiese sido mejor de como la Historia nos lo ha descrito?
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domingo, 13 de agosto de 2017
EL MULTIMILLONARIO CAYO JULIO CALISTO
Cayo Julio Calisto o Gayo Julio Calisto fue un
liberto (esclavo manumitido) que vivió durante los reinados de Calígula y de
Claudio, cuya influencia sobre este emperador propició que detentara el
poder. Cuando se vio amenazado por la locura de Calígula tomó parte en la
conspiración que lo asesinó.
Esclavo de origen griego, fue comprado entre los
esclavos de desecho. Tras ser manumitido por Calígula, tomó su praenomen y
nomen gentilicium. Se enriqueció a causa de su venalidad y su influencia sobre
Calígula. Séneca lo vio obligar a su antiguo propietario a esperar de
pie y excluirlo de las entrevistas con el emperador. Intercedió a favor del
senador y orador Gneo Domicio Afro acusado por Calígula ante el Senado.
Su hija Ninfidia habría tenido una romance con
Calígula, rumor que propagó Ninfidio Sabino, hijo de Ninfidia, durante
sus intrigas contra el emperador Galba.
Preocupado por las fantasías asesinas de Calígula y
temiendo por su supervivencia, se involucró en su asesinato en el año 41. Flavio
Josefo considera fundamental su papel en la conspiración.
Se ganó el favor de Claudio, el nuevo emperador, por
no haber ejecutado la orden de Calígula de envenenarlo. Con otros libertos
imperiales, Marco Antonio Palas y Narciso, ejerció una influencia
considerable sobre Claudio. En el año 48, cuando estaban trabajando juntos para
informar a Claudio de la mala conducta de su esposa Mesalina, Calisto
renunció por prudencia y dejó que fuese Narciso quien lo pusiera al tanto. Para
que Claudio se volviera casar después de la muerte de Mesalina, cada liberto
presentó su candidata. Calisto propuso a Lolia Paulina, hija de un
senador consular (sin hijos y divorciada de Calígula tras un breve matrimonio),
frente a Agripina, la candidata de Marco Antonio Palas. El éxito de
Agripina pudo ser la probable causa de la caída en desgracia de Calisto. Dion
Casio, historiador griego de Roma del siglo II, dice «que murió en la
cumbre de su poder».
Su enriquecimiento fue considerable, superior, según Plinio
el Viejo, al multimillonario del siglo anterior, Marco Licinio Craso.
Añade que su tren de vida fue fastuoso y, como ejemplo, menciona que se hizo
construir un comedor con treinta magníficas columnas de ónice.
jueves, 11 de mayo de 2017
LA DENTADURA DE LOLIA PAULINA
Lolia Paulina , fue mandada ejecutar por Agripina, la madre
de Nerón.
Agripina mandó traer la cabeza de Lolia para asegurarse de
su muerte y al encontrarse esta desfigurada, le abrió la boca y reconoció las
restauraciones en oro puestas por un dentista de Alejandría.
domingo, 7 de mayo de 2017
LOCUSTA, LA ESCLAVA ASESINA DEL EMPERADOR CLAUDIO Y SU HIJO BRITÁNICO
Locusta (f. 69) fue una esclava de la Antigua Roma
que actuó como envenenadora de confianza a los servicios de Agripina,
envenenando a Claudio, y de Nerón, envenenando a Británico. Está
considerada como uno de los más antiguos asesinos en serie de los que se tiene
constancia. Su nombre significa ‘langosta’ en latín.
Agripina, sobrina y a la vez esposa del emperador
Claudio, tenía una capacidad maquiavélica para manejar a su antojo el destino
de Roma. Su ambición tenía un fin: coronar emperador a su hijo Nerón. Dos elementos
le impedían completar su plan: que Claudio y su hijo Británico, fruto del
anterior matrimonio del emperador con Mesalina, se mantuvieran vivos.
Allí donde sus argucias no sirvieron para allanar el camino, el veneno
solucionaría el problema. Para poder llevar a cabo sus planes, Agripina liberó
a la esclava Locusta de su condena a muerte, pues había sido sentenciada
precisamente por sus habilidades toxicológicas.
Su primer encargo, envenenar al emperador. El 13 de
octubre del año 54, a Claudio le esperaba un manjar al que no podía resistirse.
Esa noche le prepararon un plato de setas, su comida favorita. Después de que Holato,
su catador oficial, probara una pequeña porción del plato, el emperador se
abalanzó sobre la comida. Tras pedir una jarra de vino, comenzó a asfixiarse.
Distintas hipótesis señalan que en el plato se mezclaron las setas con Amanita
phalloides -uno de los hongos más mortíferos- y que el curandero Jenofonte,
el médico griego de confianza de Agripina, envenenó al emperador al provocarle
el vómito con una pluma de avestruz. Sin embargo, los síntomas hacen pensar en
la presencia de arsénico en el plato. Claudio sufrió vómitos y diarreas en su
lenta agonía, dejando como sucesor al hijo de Agripina. Así, con Nerón al
frente del Imperio, Locusta se convirtió, según Tácito, en un
«instrumento del Estado».
Su nuevo objetivo, terminar con Británico, el otro
hijo de Claudio y Mesalina y, por lo tanto, hermanastro de Nerón. Ante el miedo
de que la acusasen del crimen, Locusta preparó una bebida que sólo provocó una
diarrea al hermanastro del nuevo emperador. Éste, enojado, recriminó a la
envenenadora su temor. En un segundo intento, Locusta se aseguró de no fallar.
En un grandioso banquete ofrecido por Nerón, se le entregó a Británico un caldo,
previamente probado por un catador, excesivamente caliente. Al refrescarlo con
agua se añadió el veneno y el hermanastro del emperador murió inmediatamente.
Los asistentes dirigieron sus miradas hacia Nerón quien, sin dar mayor
importancia a los hechos, declaró que su hermanastro había sufrido uno más de
sus ataques de epilepsia. Pero los síntomas indican que Locusta utilizó
Sardonia, una planta que crecía en la isla de Cerdeña. Británico estaba próximo
a cumplir 14 años de edad.
Sin nadie que amenazara su corona, Nerón la colmó de
privilegios, permitiéndole practicar sus artes así como instruir a discípulos.
Cuando Nerón huyó de Roma, adquirió veneno de Locusta para su propio uso, pero
al final murió por otros medios.
Tras el suicidio de Nerón, Locusta fue condenada por
el emperador Galba a morir, luego de ser acusada de unas cuatrocientas
muertes. Su castigo, que intentó ser ejemplar, se convirtió en un hecho
sumamente atroz: fue amarrada y públicamente violada por una jirafa amaestrada,
para luego ser descuartizada por una manada de leones.
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| Locusta, en presencia de Nerón, prueba sobre un esclavo el veneno destinado a Británico. Pintura de Joseph-Noël Sylvestre |
domingo, 19 de febrero de 2017
NERÓN Y SUS MENTORES SÉNECA Y PETRONIO
Nerón, en dialecto sabino,
quería decir fuerte, y en los primeros cinco años de reinado el hijo de
Agripina tuvo fe en su nombre, mostrándose como emperador magnánimo y sensato,
pero el mérito no fue suyo, sino de Séneca, que gobernó en su nombre.
Séneca
era un español de Córdoba, millonario por su familia y filósofo de profesión,
que ya había dado que hablar de sí antes de que Agripina le contratase como
preceptor de su hijo. Calígula le había condenado a muerte por «impertinente» y
después le indultó porque estaba muy enfermo de asma. Claudio le confinó en
Córcega a causa de una intriga amorosa con su tía Julia, la hija de Germánico.
Séneca permaneció allí ocho largos años escribiendo excelentes ensayos y
algunas malas tragedias. No sabemos quién le propuso a Agripina como el hombre
más adecuado para educar a Nerón según los dictados del estoicismo, del cual
era incontestable maestro. Como fuere, en el espacio de pocos días pasó del
estado de recluso al de amo del futuro dueño del Imperio.
Era
un hombre extraño. Sin muchos escrúpulos, aprovechóse de su situación para
acrecentar su patrimonio, que no utilizó, sin embargo, para llevar una vida de
señor. Comía poquísimo, sólo bebía agua, dormía en una tarima y se gastaba el
dinero sólo en libros y obras de arte. Desde el día en que se casó le fue fiel
a su mujer, y a quien le reprochaba amar demasiado el poder y el dinero, le
contestaba: «¡Pero si yo no alabo la vida que llevo! Alabo la que debería
llevar, y de la cual imito a distancia, ronqueando, el modelo.» Mientras estaba
en el ápice de su fortuna, un libelista le acusó públicamente de haber robado
al Estado trescientos millones de sestercios, de haberlos multiplicado con
usura y de haberse librado de rivales y enemigos mediante denuncias. Séneca,
que podía hacer suprimir a quien quisiera, respondió absteniéndose de denunciar
a su delator. Pero siguió ejerciendo la usura, según dice Dión Casio.
Cuando
su pupilo subió al trono, Séneca le dio a leer en el Senado un buen
discurso, en el que el nuevo emperador se comprometía a ejercer tan sólo el
mando supremo del Ejército. Probablemente nadie lo creyó, pero la promesa fue
mantenida cinco años, durante los cuales todos los demás poderes fueron
ejercidos por Agripina y por Séneca. Y las cosas anduvieron bastante bien
mientras estos dos estuvieron de acuerdo. Nerón, arropado con aquellos dos
consejeros, tomó algunas decisiones juiciosas: rechazó la propuesta del Senado
de elevarle una estatua de oro, se negó a firmar penas de muerte y cuando tuvo
que hacer una excepción, exclamó blandiendo la pluma: «¡Ojalá no hubiese
aprendido nunca a escribir!» Parecía de veras un buen chico, interesado casi
exclusivamente por la poesía y la música, sin que nadie pensara que estas
buenas disposiciones pudieran revelarse peligrosas algún día.
Después,
Agripina quiso excederse, o sea hacérselo todo sola. Séneca y Burro se
alarmaron y, para neutralizarla, instaron a Nerón a que hiciese valer su
autoridad. Encolerizada, Agripina amenazó con destruir su obra, poniendo en el
trono a Británico, hijo de Claudio. Nerón respondió haciendo suprimir a éste y
confinando a su madre en una villa, donde prestó un mal servicio a la Historia,
creemos, escribiendo un libro de Memorias sobre Tiberio, Claudio y
Nerón, en el que abrevaron hasta la saciedad Suetonio y Tácito y que, inspirado
como estaba por la venganza, sospechamos que no era muy digno de consideración.
Cabe
preguntarse qué papel tuvo Séneca en la muerte de Británico. Como autor
de un ensayo titulado De la clemencia, creemos que no tuvo ni pizca. Pero,
habida cuenta de los precedentes, no nos atreveríamos a jurarlo.
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| MESALINA Y SU HIJO BRITÁNICO |
Mientras
Nerón siguió escarbando como Séneca predicaba, Roma y el Imperio estuvieron
tranquilos, las fronteras seguras, próspero el comercio y en —auge la
industria. Mas en determinado momento el pupilo, que tenía apenas veinte años,
comenzó a volverse a otro maestro, que satisfacía más sus tendencias de esteta.
Cayo Petronio, el árbitro de todas las elegancias romanas, el fundador
de una categoría humana bastante difundida; la de los dandies.
Encontramos
cierta dificultad en identificar a aquel rico aristócrata que Tácito describe
como refinado en sus apetitos, delicadamente voluptuoso, de irónica y
elegantísima conversación, como el Cayo Petronio autor del Satiricón,
libelo de rimas vulgares hasta la obscenidad, con personajes triviales y
situaciones equívocas. Si es verdad que se trata de una misma persona, quiere
decirse que entre el modo de vivir y de ser y el de escribir y aparentar hay de
por medio no el mar, sino el océano. Sea como fuere, Nerón, encantado con el
Petronio que conoció en sociedad, refinado, culto, seductor de hombres y de
mujeres, entendedor infalible de lo Bello, encontró más fácil imitar al mal
poeta y practicar sus enseñanzas literarias. Tomó como compañeros a los héroes
del Satiricón, y con ellos se entregó a la orgía en los barrios peor
reputados de Roma.
De
momento, el casto Séneca no halló nada que objetar; al contrario, es probable
que impulsara por aquel camino a' su discípulo para distraerle cada vez más de los
problemas de Gobierno, que prefería resolver solo o con Burro. De tal manera,
durante algunos años, bajo un emperador que se degradaba cada vez más, el
Imperio siguió prosperando. Más tarde, Trajano definió el primer lustro de
Nerón, calificándolo de «el mejor período de Roma». Pero, en un momento
determinado, el joven soberano cayó en los brazos de Popea, una Agripina
en el esplendor de su belleza, que quería hacer de emperatriz y que para
conseguirlo empujó a Nerón a hacer de emperador. Cuando la conoció, Nerón tenía
veintiún años, una mujer honesta, Octavia, que llevaba con mucha
dignidad sus desgracias conyugales, y una amante, Acté, buena persona
también y enamorada de él. Pero a Nerón no le gustaban las mujeres honestas y
traicionó a ambas por la desvergonzada, sensual y calculadora Popea. Es en este
punto donde iniciamos su historia y las tribulaciones de Roma.
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| POPEA SABINA |
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domingo, 8 de enero de 2017
CLAUDIO EL CONQUISTADOR DE BRITANIA
Los
pretorianos, que por haber matado a Calígula se habían hecho amos de la
situación y querían seguir siéndolo, miraron alrededor suyo en busca de un
sucesor de quien poder disponer a su antojo. Y les pareció que el personaje más
indicado era el tío del difunto, aquel pobre Claudio ya cincuentón, con las
piernas anquilosadas por la parálisis infantil y la lengua, por el tartamudeo,
y de expresión atónita, el cual, la noche del asesinato, fue hallado oculto,
temblando de miedo, detrás de una columna.
Era
hijo de Antonia y de Druso, hijo a su vez de Germánico. Y había pasado por en
medio de las tragedias de la casa Claudia, protegido por una bien acreditada
fama de mentecato. Si la suya había sido una comedia, conviene decir que, desde
niño, la representó muy bien, pues hasta su madre le llamaba «un aborto», y
cuando quería hablar mal de alguien le definía como «más cretino que mi pobre
Claudio».
Es
difícil decir hasta qué punto aquel personaje, que después se reveló como un
excelente emperador, era idiota o fingía serlo, para no pagar impuestos. Cierto
que él fue, de tal suerte, el único de la familia que se salvó. Arrastrando las
delgadas y anquilosadas piernas y escupiendo, al hablar, en la cara de todos;
alto, barrigudo y de nariz colorada por el vino, había vivido hasta entonces
sin hacer sombra a nadie, estudiando y componiendo historias, entre ellas su
autobiografía.
Hablaba griego y sabía mucho de Geometría y de Medicina. Y
cuando se presentó al Senado para hacerse proclamar emperador, dijo: «Ya sé que
me consideráis un pobre necio. Pero no lo soy. He fingido serlo. Y por esto hoy
estoy aquí.» Después de lo cual, empero, lo echó todo a perder, dando una
conferencia sobre la manera de curar las mordeduras de víbora.
Claudio
debutó con una buena gratificación a los pretorianos que le habían elegido,
mas, en cambio, se hizo entregar por ellos a los asesinos de Calígula y les
exterminó, para instaurar, dijo, el principio de que no debe matarse a los
emperadores. Luego anuló de un plumazo todas las leyes de su predecesor y se
puso a reordenar la administración, mostrando una sensatez y un equilibrio que
nadie sospechaba en él. Convencido de que entre los senadores no quedaba ya
nada bueno, formó un ministerio de técnicos, escogiéndolos en la categoría de
los libertos. Y se dio a proyectar y realizar con ellos obras públicas de largo
alcance, divirtiéndose con hacer personalmente cálculos y proyectos.
Lo que más
le ocupó fue la desecación del lago Fucino. Empleó a treinta mil excavadores y
once años en abrir un canal por donde hacer fluir las aguas. Cuando estuvo
listo, ofreció a los romanos, como postrer espectáculo, antes de la desecación,
una batalla naval entre dos flotas de veinte mil condenados a muerte, que le
dirigieron el famoso grito: «¡Ave, César I ¡Los que van a morir te saludan!»,
se echaron a pique unos a otros y se ahogaron. El público, que llenaba las
colinas circundantes, se divirtió muchísimo.
Todos
se echaron a reír cuando, en 43, ese emperador tartajoso y de aspecto bobalicón
y jocoso partió al frente de su ejército para conquistar Britania. No había
sido nunca soldado porque le habrían declarado inútil en las quintas, y Roma
estaba convencida de que huiría al primer encuentro. Mas cuando cundió la
noticia de que había muerto, la congoja fue grande y general: los romanos
habían cogido sincero afecto a aquel emperador que, con todas sus
extravagancias, se mostró el mejor, o al menos el más humano, de los que
sucedieron a Augusto.
Pero
Claudio no sólo no había muerto, sino que conquistó de veras Britania y ahora
volvía trayéndose consigo al rey, Caractaco, que fue el primero, de los
reyes vencidos por Roma, en ser indultado.
El mérito de aquella victoria, fue
ciertamente, más que de Claudio, de sus generales. Mas los generales era él
quien los nombraba, y en tales selecciones no solía engañarse. Fue bajo él que
también se formó Vespasiano.
Desgraciadamente,
aquel buen hombre tenía una debilidad: las mujeres. En este aspecto era
incorregible.
Había tenido ya, y engañado, a tres esposas, cuando, casi
cincuentón, casó con la cuarta, Mesalina, que tenía dieciséis años.
Mesalina ha pasado a la Historia como la más infame de todas las reinas y acaso
no sea verdad. Acaso fue tan sólo la más desvergonzada.
Como no era guapa,
cuando algún jovenzuelo se le resistía, le hacía dar la orden por Claudio de
ceder, transformando así el amor en un acto de patriotismo. Claudio se prestaba
a ello con tal de que le dejase la mano libre con las criadas.
Eran, en el
fondo, una pareja bien avenida, pero lo malo estaba en que Claudio se había
metido en la cabeza reformar las costumbres romanas basadas en la austeridad, y
una mujer, de aquella calaña no constituía el mejor ejemplo.
Un día, estando él
ausente, se casó por las buenas con su amante de turno, Silio. Los ministros
informaron de ello al emperador diciéndole que Silio quería sustituirle
en el trono.
Claudio volvió, le hizo matar y después mandó a dos preteríanos a
llamar a Mesalina que se había ocultado en la casa materna. Temerosos de una
venganza, los pretorianos la apuñalaron en brazos de su madre.
Claudio les
ordenó que le matasen también a él, caso de que mostrase intención de volverse
a casar.
Volvió
a casarse al año siguiente, y la quinta mujer. virtuosa, hizo añorar a la
cuarta, desvergonzada. Agripina, hija de Agripina y de Germánico, era su
sobrina, había tenido ya dos maridos, el primero de los cuales le había dejado
un hijito llamado Nerón, cuya carrera fue su única pasión.
En ella revivía una
Livia empeorada. Con sus treinta años, le fue fácil tener dominado a aquel
marido casi sesentón, enflaquecido por los abusos con las criadas.
Le aisló de
sus colaboradores, puso a su amigo Burro al frente de los pretorianos, e
instauró un nuevo reinado de terror, del que senadores y caballeros hicieron el
gasto.
Las condenas capitales llevaban una firma de Claudio que, después de la
muerte de éste, demostróse que era falsificada.
El pobre hombre, si bien
chocho, pareció notar en cierto momento lo que sucedía y se propuso remediarlo.
Agripina se le adelantó administrándole un plato de setas venenosas. Nerón,
que a su manera tenía cierto ingenio, dijo más tarde que las setas debían ser
un yantar de dioses, visto que habían logrado transformar en dios a un pobre
hombrecillo como Claudio.
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