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domingo, 26 de julio de 2020

CAIFÁS DICE SOBRE JESUCRISTO



En 29 (782 A. U. C.), quizá, Jesús fue llevado a juicio ante Poncio Pilato, el sexto procurador que gobernó Judea desde la deposición de Arquelao. Había sido nombrado para ese cargo tres años antes. 


Según el relato bíblico, se mostró renuente a condenar a Jesús y sólo lo hizo bajo la presión de las autoridades religiosas judías, quienes pensaban que liberar a Jesús provocaría una rebelión nacionalista, seguida inevitablemente por una represión romana.

 

Se dice en la Biblia que el Sumo Sacerdote Caifás afirmó: «Es conveniente para nosotros que un hombre muera por el pueblo, y que no perezca toda la nación».




domingo, 7 de abril de 2019

SITIO DE ATENAS (86 A. C.)


El sitio de Atenas del año 86 a. C. tuvo lugar en la antigua Atenas, durante la primera guerra mitridática entre la República romana y el tirano de Atenas, aliado del Reino del Ponto. Las fuerzas romanas de Lucio Cornelio Sila derrotaron al ejército greco póntico, al mando de Aristion.
 
La invasión de Mitrídates, el rey del Ponto al Reino de Bitinia, aliado de Roma, y aún más, el asesinato de ciudadanos romanos en las vísperas asiáticas, generó una guerra abierta con Roma. Tras la derrota de Manio Aquilio, el Senado nombró a Lucio Cornelio Sila como comandante de la expedición del Ponto. Entre tanto, Mitrídates se había ganado a todas las ciudades griegas, para entonces sometidas a Roma, como aliadas suyas. Sin embargo, cuando Sila llegó, la mayoría de estas se pasaron a su bando, pero no así Atenas, en la que su tirano impuesto por Mitrídates, Aristion, no estaba dispuesto a capitular.
 
Rápidamente, Sila comenzó su marcha hacia Atenas, y cuando llegó, decidió sitiarla. Esto era un problema, pues los Muros Largos, que conectaban el puerto del Pireo y Atenas estaban en ruinas, por lo que tuvo que sitiar las dos ciudades por separado. Aristion decidió defender Atenas, mientras que el general póntico Arquelao prefirió defender el puerto del Pireo, cosa que era más fácil, pues sus compatriotas dominaban el mar y podía pedirles refuerzos cuando se le antojase. Además, tenía provisiones de sobra, mientras que en Atenas habían comenzado a escasear. Unos días después, Sila atacó el puerto del Pireo, pero fue rechazado, por lo que decidió construir máquinas de asedio de mayor resistencia. Sin embargo, en su siguiente ataque, a pesar de tomar las murallas, se encontró con que Arquelao había construido otras en el interior de la ciudad. Viendo que sería difícil acabar con Arquelao, Sila decidió concentrar sus esfuerzos en la toma de Atenas.
 
No tardó mucho tiempo Sila en enterarse de que sus opositores políticos en Roma habían tomado las riendas del poder, y que no lo iban a ayudar en su campaña aportándole, como él pensaba, dinero. Por ello, ordenó saquear todos los templos cercanos para tener dinero suficiente para continuar con su expedición. Dicen que una de las personas enviadas a hacerlo, se asustó debido a que cuando entró al templo oyó carcajadas, y que Sila le dijo que si escuchaba risas era porque estaban felices y no enojados. Mientras tanto, en Atenas, donde la escasez de comida era ya un serio problema, Aristion se volvía cada vez más impopular. El ataque de Sila se inició el 1 de marzo de 86 a. C., tras cinco meses de asedio.
 Lo realizó por un lugar en el que unos desertores enemigos le habían informado que era fácil de atacar. Las tropas de Sila no tardaron en entrar en la ciudad, y la saquearon. Aristion, tras quemar el Odeón, huyó con los suyos a la Acrópolis, donde se las arreglaron para tener provisiones durante algunas semanas. Durante ese mismo mes, Arquelao se retiró del Pireo, al verse rodeado por los romanos, para partir en busca de los refuerzos que Mitrídates le iba a enviar. Sila, para evitar la reunión de Arquelao con sus refuerzos, salió de Atenas con la mitad de su ejército, y le dejó a Curión la tarea de tomar la Acrópolis. Aunque, al principio Aristión y los suyos resistieron, al enterarse de la derrota póntica en Queronea, se rindieron y fueron ejecutados.
 
Así cayó Atenas el 1 de marzo de 86 a. C.. Ese mismo año, Sila aniquilaría a otras tropas pónticas en la batalla de Queronea, y al año siguiente haría lo mismo en la batalla de Orcómeno. Finalmente, Sila y Mitrídates VI se reunirían en 85 a. C. y firmarían el tratado de Dárdanos, concluyendo así la guerra.


domingo, 9 de diciembre de 2018

ÓRDENES DE MITRIDATES VI EUPATOR DEL PONTO PARA INICIAR LA GUERRA CONTRA ROMA TRAS LA TOMA DE EFESO



A finales de junio, en Efeso, el rey del Ponto cursó tres órdenes secretas, pero la tercera, la más secreta de todas.
 
¡Cuánto disfrutó con aquellas órdenes, diciendo lo que tenía que hacer éste, dónde tenía que ir aquél!. ¡Ah, cómo se moverían sus peones! Que otros seres inferiores definieran y perfeccionasen los detalles, el mérito de la ingeniosa y complicada trabazón era estrictamente suyo. ¡Y qué trabazón! Recorrió el palacio tarareando y silbando, trayendo de cabeza cien escribas para redactar y sellar las órdenes, ingente tarea realizada en un solo día. Y cuando el último paquete del último correo quedó sellado, reunió en el patio de palacio a los escribas y ordenó a la guardia que los degollara. ¡Los muertos no hablan!.
 
La primera orden era para Arquelao, que en aquel momento no gozaba de gran favor porque había querido tomar la ciudad de Magnesia en un asalto frontal, que había sido un rotundo fracaso en el que había resultado gravemente herido. No obstante, Arquelao seguía siendo su mejor general y él debía recibir el paquete de la primera orden. Uno solo. Le mandaba tomar el mando de todas las flotas del Ponto y cruzar el Euxino hasta el Egeo a finales de Gamelio -el Quinctilis romano-, a un mes vista.
 
La segunda orden era también un solo paquete. Se lo envió a su hijo Ariarates (otro distinto al Ariarates rey de Capadocia), encomendándole el mando de un ejército de cien mil hombres para cruzar el Helesponto e internarse en Macedonia oriental a finales de Gamelio, a un mes vista.
 
La tercera orden se distribuyó en varios cientos de paquetes, enviados a todos los pueblos, ciudades y distritos o comunidades desde Nicomedia, en Bitinia, hasta Cnidus, en Caria, y Apameia, en Frigia, para su entrega al principal magistrado local. Decretaba en ella que todo ciudadano romano, latino o itálico de Asia Menor  hombre, mujer o niño- fuese ejecutado con todos sus esclavos a fines de Gamelio, a un mes vista.
 
La tercera era la orden que más ilusión le hacía, la que le impulsaba a frotarse las manos y emitir una risita o dar un saltito inopinado mientras paseaba por Éfeso con una sonrisa de oreja a oreja. A fines de Gamelio no habría un solo romano en Asia Menor. Y cuando hubiese acabado con Roma y los romanos, no quedaría uno solo desde las columnas de Hércules hasta la primera catarata del Nilo. No existiría Roma.
 
A últimos de Quinctilis, los ciudadanos romanos, latinos e itálicos residentes en Bitinia, la provincia de Asia, Frigia y Pisidia fueron asesinados sin excepción: hombres, mujeres, niños y esclavos. En esta orden, la más secreta de todas, Mitrídates había aplicado gran astucia, pues, en lugar de recurrir a sus hombres para llevarla a cabo, había dispuesto que fuese la población indígena compuesta por griegos jónicos y dorios la que llevara a cabo la matanza. En muchas zonas se recibió con alborozo el decreto y no hubo dificultad en reunir una fuerza de voluntarios dispuestos a eliminar al opresor romano, pero hubo zonas en las que se horrorizaron y no hubo manera de persuadir a nadie para matar a los romanos. En Tralles, el etnarca tuvo que contratar a una banda de mercenarios frigios para llevarla a cabo. Otros distritos hicieron lo propio, en la esperanza de que la culpa recayese sobre extranjeros.
 
Ochenta mil romanos, latinos e itálicos con sus familias murieron en un mismo día, junto con setenta mil esclavos. La matanza se extendió desde Nicomedia, en Bitinia, hasta Cnidus, en Caria, y tierra adentro hasta Apameia. No se salvó nadie ni los huidos recibieron ayuda para escapar. El terror del rey Mitrídates no admitía compasión alguna. De haber utilizado sus propios soldados, la responsabilidad de la matanza hubiese sido enteramente suya, pero obligando a los principales núcleos de población griega a hacer el trabajo sucio, pretendía lavarse las manos. Y los griegos comprendieron perfectamente lo que se les venía encima: con el rey Mitrídates del Ponto, la vida no era más prometedora que bajo el yugo de Roma, por muchos impuestos que hubiese condonado.

 
Muchos fugitivos buscaron amparo en templos, pero se les negó y fueron detenidos mientras seguían implorando a este o a aquel dios. A los que se aferraban aterrados a altares o estatuas les cortaron las manos para sacarlos del lugar sagrado y ejecutarlos fuera.
 
Lo peor de todo era la última cláusula de la orden de ejecución, sellada personalmente por Mitrídates: ningún esclavo romano, latino o itálico debía ser quemado: había que trasladar los cadáveres lo más lejos posible de los núcleos habitados para que se pudrieran en barrancos, valles cerrados, cumbres y en lo profundo de los mares. Ochenta mil romanos, latinos, itálicos y setenta mil esclavos. Ciento cincuenta mil personas. 
Los animales carroñeros de tierra, mar y aire comieron bien aquel Sextilis, pues ninguna población se atrevió a desobedecer la orden quemando a las víctimas. El rey Mitrídates se complació enormemente en viajar de un lugar a otro para contemplar los inmensos montones de cadáveres.


domingo, 19 de agosto de 2018

BATALLA DE QUERONEA ENTRE SILA Y ARQUELAO (GENERAL DE MITRIDATES DEL PONTO)



Cuando habían tomado posiciones opuestas unos a otros, Arquelao saco a su ejercito en orden de combate, incitando en todo momento a la lucha, pero Sila tardeaba inspeccionando la naturaleza del lugar y el numero de los enemigos. Sin embargo, al retirarse Arquelao hacia Calcis, lo siguió muy de cerca buscando la oportunidad y el lugar. Y, tan pronto como vio que el acampaba cerca de Queronea en un lugar rocoso en el que no había posibilidad de escapatoria para los vencidos, tomo posesión, al punto, de una ancha llanura cercana y llevo sus tropas a ella con la idea de forzar a Arquelao a luchar, aun en contra de su voluntad. Allí la inclinación de la llanura les resultaba favorable para la persecución y la retirada, en tanto que Arquelao estaba rodeado de escarpaduras que imposibilitaban, de todo punto, la entrada en acción conjunta de todo el ejercito, porque no podía reunirlo, a causa de la desigualdad del terreno, y la huida era imposible, a causa de las escarpas, en el caso de que fuera puesto en fuga. Así pues, Sila, confiando, gracias a estos cálculos, en la mala posición del enemigo, avanzo convencido de que de nada serviria a Arquelao la superioridad numérica de sus fuerzas. Pero este ultimo no estaba resuelto en aquella ocasión a trabar combate con él y, por esta razón, tampoco se había tomado mucho cuidado en elegir el sitio para acampar, así que, cuando Sila estaba ya atacándolo, se dio cuenta demasiado tarde de su mala posición y envió un destacamento de caballería para impedírselo. Una vez que aquellos fueron puestos en fuga y arrojados a los precipicios, envió de nuevo sesenta carros por si podía hender y despedazar la falange enemiga con el ímpetu de estos. Sin embargo, los romanos abrieron filas y los carros, arrastrados hacia la ultima linea de combate por su propio movimiento y teniendo dificultad en dar la vuelta, fueron destruidos por los de retaguardia que los rodearon y descargaron sus dardos contra ellos.



Arquelao, aunque hubiera podido, incluso en su situación, defenderse con firmeza desde su campamento fortificado, puesto que tal vez las rocas hubieran coadyuvado a este menester, saco fuera con precipitación y desplegó con ahincó en orden de batalla a un gran numero de tropas que no se habían hecho a la idea de luchar en este lugar, y se encontró, sobre todo, en un paraje muy estrecho a causa de que Sila estaba ya próximo. Cargando en primer lugar con la caballería a galope tendido, escindió en dos a la formación romana y rodeo a ambas partes con facilidad a causa de su escaso numero. Pero estos se defendieron con denuedo haciendo frente al enemigo en todas partes; los que mas tuvieron que esforzarse fueron las tropas de Galba y Hortensio, contra las que dirigía personalmente el combate Arquelao, pues los bárbaros, en presencia de su general, se esforzaban en mostrar su valor. Finalmente, Sila se dirigió hacia ellos con muchos jinetes, y Arquelao, conjeturando que era Sila el que atacaba, pues vio las insignias del general y una gran nube de polvo, empezó a levantar el cerco y a replegarse a su linea de combate. Pero Sila, con la flor y nata de su caballería, a la que incorporo en el camino dos nuevas cohortes que habían quedado colocadas en reserva, ataco a los enemigos, cuando no habían terminado de ejecutar su maniobra ni de reintegrarse sólidamente a la linea frontal, y, tras sembrar la confusión entre ellos, rompió su formación y los persiguió cuando se daban a la fuga. Mientras que la victoria comenzaba por esta parte, tampoco permaneció inactivo Murena, que estaba colocado en el ala izquierda, sino que censurando a sus soldados por su pereza, cargo con valentía sobre el enemigo y lo puso en fuga.

 

Una vez que las alas del ejercito de Arquelao estuvieron en fuga, el centro no mantuvo ya por mas tiempo su posición, sino que huyeron todos en masa. Y, entonces precisamente, le sucedió a los enemigos todo cuanto había previsto Sila; pues, al no tener un espacio amplio para maniobrar ni campo abierto para la huida, fueron rechazados por sus perseguidores hacia los precipicios. Algunos de ellos cayeron en manos del enemigo al intentar escapar y otros, con una decisión más prudente, huyeron hacia el campamento. Pero Arquelao se situó ante ellos, cerro las puertas del campamento y les ordeno que se dieran la vuelta e hicieran frente a los enemigos, revelando con ello en esta ocasión la mas grande inexperiencia en los avalares de la guerra. Ellos se revolvieron con ardor, pero, como no estaban presentes ya ni sus generales ni sus oficiales, ni reconocían cada uno sus propias enseñas al estar diseminadas a causa de la higa desordenada, ni tenían espacio para huir o luchar, pues ahora, sobre todo, se encontraban mas constreñidos a causa de la persecución, eran muertos sin ofrecer resistencia; unos, por los enemigos sin tiempo para devolver los golpes y, otros, por ellos mismos dada la confusión reinante por causa del número y de la estrechez del lugar. De nuevo huyeron hacia las puertas del campamento y se apelotonaron en torno a ellas, haciendo objeto de sus reproches a los que les cerraban el paso, Les recordaban, a manera de censura, a los dioses patrios y los demás lazos de familiaridad que existían entre ellos, diciéndoles que perecían no tanto a manos de los enemigos, como por culpa de la indiferencia de sus amigos. Finalmente, Arquelao, a duras penas y más tarde de lo necesario, abrió las puertas y los acogió en el interior cuando corrían en pleno desorden. Los romanos, al ver esto y tras darse ánimos unos a otros, en esta ocasión sobre todo, se precipitaron a la carrera con los fugitivos en el interior del campamento y completaron hasta el final su victoria.


(Apiano, en "Sobre Mitridates")


lunes, 9 de abril de 2018

ARISTION



 

Aristión (murió el 86 a. C. en Atenas) fue un filósofo y tirano de Atenas del 88 a. C. al 86 a. C.. Aristión unió fuerzas con Mitrídates VI contra los romanos bajo el mando de Lucio Cornelio Sila en la guerra contra Mitrídates, pero fue en vano. El 1 de marzo, 86 a. C., Atenas fue conquistado por Sila y Aristión fue ejecutado. Se le llama Atenión por Posidonio, que puede ser la misma persona, o puede ser un segundo tirano cuya historia se puede llegar a confundir con la primera.

 

Su historia temprana se conserva por Ateneo,​ gracias a Posidonio. Posidonio lo llama ateniense y lo convierte en un filósofo peripatético, mientras que otros, Pausanias y Plutarco, le llaman Aristión, y Apiano lo llama un filósofo epicúreo. No hay ninguna solución universalmente aceptada a esta confusión, y es posible que hubo dos tiranos separados que tenían el poder en Atenas, en rápida sucesión durante la primera guerra contra Mitrídates cuyas historias se fusionan. Atenión (o Aristión) era el hijo ilegítimo de un filósofo peripatético, también llamado Atenión, cuyo partido tuvo éxito, y así se convirtió en un ciudadano ateniense. Se casó temprano, y comenzó a enseñar filosofía, lo que hizo que tuviera un gran éxito en Mesenia y Larissa. 


Regresó a Atenas con una considerable fortuna, fue nombrado embajador de Mitrídates VI, rey del Ponto, entonces en guerra con Roma , y se convirtió en uno de sus más íntimos amigos y consejeros. Sus cartas a Atenas representaban el poder de Mitrídates con colores tan brillantes, que sus compatriotas comenzaron a concebir esperanzas de lanzar fuera la dominación romana. Mitrídates lo envió a Atenas (c. 88 aC), donde de pronto, mediante el patrocinio del rey, asumió la tiranía. Su gobierno parece haber sido del carácter más cruel, por lo que se habla de él con terror por Plutarco, y clasificado por él con Nabis y Catilina. El envió Apelicón para saquear el tesoro sagrado de Delos, aunque Apiano dice que esto ya se había hecho por Mitrídates, y añade que era por medio del dinero resultante de este robo que Aristión se permitió obtener poder supremo. Mientras tanto, Sila llegó a Grecia, e inmediatamente puso sitio a Atenas y El Pireo, el último de los cuales fue ocupado por Arquelao, general de Mitrídates.


 El sufrimientos dentro de la ciudad de la hambruna eran tan terrible que el canibalismo se informó. Eventualmente Atenas fue tomado, y Sila dio órdenes de asesinar a todos los ciudadanos sin importar la edad y el sexo. Aristión huyó a la Acrópolis, después de haber quemado el Odeón, por temor de que Sila utilizara la madera para arietes y otros instrumentos de ataque. La Acrópolis, sin embargo, fue tomada, y Aristión arrastrado delante del altar de Atenea y ejecutado mediante veneno.Pausanias atribuye la enfermedad desagradable que más tarde mató a Sila como venganza divina para esta impiedad.


martes, 13 de diciembre de 2016

TRASÍMACO

Trasímaco (Θρασύμαχος, 459 - 400 a. C.) fue un ciudadano de Calcedonia (Bósforo).

Trasímaco aparece como sofista en un diálogo de la última etapa de Platón donde el pensamiento de éste ya se ha separado del de su maestro, Sócrates. Este diálogo se llama La República y versa sobre cómo debe construirse un estado justo. Trasímaco defiende en él que la justicia era sólo lo que aprovechaba el o al más fuerte y era obedecido. Sócrates muestra que, en ocasiones, la voluntad del más fuerte transformada en derecho acatado por la sociedad termina perjudicando a su autor.
 
Trasímaco aparece en el Libro I, que se considera anterior a todo el resto de La República, por lo que podría tratarse de un diálogo en el que realmente hubiera estado Sócrates. El juicio de Trasímaco sobre la ley era similar al sostenido por Anacarsis el Escita.
 
Trasímaco sostiene, entre otras ideas, que lo “justo” (el cumplimiento de las leyes) es en realidad una imposición de los gobernantes en vistas de su propia conveniencia. Negando una concepción trascendente de justicia, considera que ésta es el medio del que se vale el que manda para obtener provecho del que obedece. En la concepción antropológica de Trasímaco, el hombre es interpretado como un ser esencialmente egoísta, poseído por una sed de poder. Admite que hay personas justas que se someten pasivamente a intereses ajenos, pero los considera los eternos perdedores de todas las interacciones humanas.
 
Según Nicolás Zavadivker, la famosa definición de la justicia dada por Trasímaco (“lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte”) tiene en realidad un carácter metaético. Trasímaco no estaría diciendo que lo que beneficia al más fuerte es justo, sino que lo que suele considerarse “justo” no es otra cosa que lo que la autoridad instituida —es decir, el fuerte— declaró como tal, y en vistas de sus propios intereses. Esto ya no sería una definición de un valor, sino una afirmación fáctica sobre lo que socialmente suele considerarse ‘justo’.
 
Aristófanes nos proporciona una referencia cronológica más precisa de la vida de Trasímaco en una obra hoy perdida pero del año 427 a. C.1
 
Clemente de Alejandría ofrece más referencias al ubicar a Trasímaco como contrario al macedonio Arquelao.
 
Citas:
338c: φημὶ γὰρ ἐγὼ εἰ̂ναι τὸ δίκαιον οὐκ ἄλλο τι τὸ του̂ κρείττονος συμφέρον.2 (“Entonces te digo que la justicia no es otra cosa sino la ventaja del más fuerte")

344c: οὕτως, ̂ Σώκρατες, καὶ ἰσχυρότερον καὶ ἐλευθεριώτερον καὶ δεσποτικώτερον ἀδικία δικαιοσύνης ἐστὶν ἱκανω̂ς γιγνομένη*, καὶ ὅπερ ἐξ ἀρχη̂ς ἔλεγον, τὸ μὲν του̂ κρείττονος συμφέρον τὸ δίκαιον τυγχάνει ὄν, τὸ δ' ἄδικον ἑαυτῳ̂ λυσιτελου̂ν τε καὶ συμφέρον.3 ("Entonces, Sócrates, la injusticia generalizada es más fuerte, libre y algo superior que la injusticia, y, como decía al principio, es el interés del más fuerte lo que es justo, mientras que lo injusto es lo que beneficia al hombre mismo y es para su beneficio.")



domingo, 4 de septiembre de 2016

VALERIO MÁXIMO HABLA SOBRE EL LUJO Y LA BAJAS PASIONES

 

Demos también cabida en nuestra obra al atrayente mal que es el lujo, tanto más fácil de reprender que de evitar. Y no para que se le rindan honores, sino para que, reconociéndose a sí mismo, pueda verse forzado a arrepentirse. Añádanse a éste las bajas pasiones, ya que provienen de los mismos viciosos orígenes. Y puesto que ambos responden a sendos extravíos de la mente, no conviene aislarlos, ni para su crítica, ni para su enmienda.


Gayo Sergio Orata fue el primero que mandó construir unos baños colgantes.  Esta inversión, que en un principio iba a ser pequeña, acabó convirtiéndose en una laguna suspendida de agua caliente. Además, para no subordinar su propia gula al arbitrio de Neptuno, discurrió un mar para su uso particular, taponando las aguas por medio de estuarios y echando diversos tipos de peces en cada uno de aquellos receptáculos. Y todo para que no faltasen en la mesa de Orata los más variados manjares, ni aunque sobreviniese la más cruda inclemencia. Cercó las orillas, por aquel entonces desiertas, del lago Lucrino con amplias y elevadas edificaciones, para así poder disfrutar de mariscos frescos. Y mientras se afanaba en acaparar aguas públicas, se vio envuelto en un juicio con el asentista Considio. Lucio Craso, el abogado de la parte contraria, dijo que su amigo Considio se equivocaba al pensar que, obligando a Orata a alejarse del lago, le habrían de faltar las ostras, porque si no hubiese podido ir a cogerlas allí, las habría encontrado bajo las tejas.


Lo cierto es que el actor trágico Esopo debió entregar en adopción a su hijo en lugar de dejarlo como heredero de sus bienes, pues se trataba de un joven con un afán por el lujo no sólo desmedido, sino incluso enfermizo. Se dice de él que compraba a un precio abusivo avecillas prodigiosas por su canto y las ponía como si fuesen papafigos; y que solía añadir a las bebidas perlas de gran valor bañadas en vinagre, ansioso por derrochar cuanto antes su inmenso patrimonio como si de un pesado fardo se tratase. Quienes siguieron o bien el patrón de conducta del anciano, o bien el del joven, llegaron aún más lejos que ellos. Y es que ningún vicio suele terminar allí donde empieza: unos traen peces desde las costas del Océano, otros funden sus tesoros en la cocina, hallando un gran placer en comerse y beberse su propia hacienda.


El final de la segunda guerra púnica y la derrota del rey  Filipo de Macedonia trajeron a nuestra ciudad el alivio de una vida más disipada. Fue por aquel entonces cuando las matronas se atrevieron a rodear la casa de los Brutos, quienes estaban dispuestos a oponerse a la derogación de la ley opia, una ley que las mujeres deseaban abolir a toda costa, pues no les permitía llevar ropas de variados colores, ni poseer más de media onza de oro, ni trasladarse en un carro tirado por caballos a menos de una milla de la ciudad, a no ser que fuese con motivo de un sacrificio. Y por cierto que consiguieron abolir aquella ley que había permanecido vigente durante veinte años seguidos. Los hombres de aquella época no repararon en qué desembocaría el obstinado afán de aquella insólita camarilla, o hasta qué punto se propasaría aquella osadía que conculcaba las leyes. Y es que si hubiesen podido barruntar la pomposidad que distingue al ánimo femenino, pomposidad a la que se añade cada día alguna cosa nueva todavía más ostentosa, se habrían opuesto desde su misma raíz al lujo que se les avecinaba. ¿Y qué más puedo añadir yo de las mujeres, cuya ligereza mental y total ineptitud para afrontar cualquier tarea más o menos espinosa las incitan a poner todo su afán en un culto desmedido hacia sí mismas, cuando veo que incluso hombres del pasado, célebres por su nobleza y su espíritu, cayeron también en este extravío tan ajeno a la primitiva sobriedad? Quede esto patente con el escarnio de ellos mismos.


Gneo Domicio, en medio de una discusión que tuvo con  su colega Lucio Craso, le reprochó que tuviese en el pórtico de su casa columnas del monte Himeto. Acto seguido, Craso le preguntó en cuánto valoraba él su propia casa, a lo que Domicio respondió: "En seis millones de sestercios". "¿Y cuánto estimas que valdría -replicó Craso-, si voy allí y talo diez arbolillos?" "Pues tres millones", contestó Domicio. Entonces Craso señaló: «Y quién de los dos es, pues, más ostentoso: yo, que he comprado diez columnas por cien mil sestercios, o tú, que tasas en tres millones de sestercios la sombra de diez arbolillos?". ¡Qué conversación tan desconsiderada hacia personajes como Pirro o Aníbal, tan plena de la ociosidad que brindan las riquezas procedentes del comercio de ultramar! Y cuánto más frugal el lujo, en comparación con el que habría de desplegarse en los edificios y bosques de los siglos posteriores, toda vez que prefirieron legar a la posteridad el boato que ellos mismos habían propiciado, en lugar de conservar la continencia que heredaron de sus antepasados.


¿Y qué es lo que quería para sí Metelo Pío, el personaje más prestigioso de su época, cuando consentía, cada vez que llegaba a Hispania, que sus huéspedes lo recibieran con altares y olor a incienso? ¿O cuando, lleno de gozo, contemplaba las paredes cubiertas de tapices dignos del rey Atalo? ¿O cuando permitía que, tras espléndidos banquetes, se diera paso a los juegos más fastuosos? ¿O cuando celebraba festines ataviado con la túnica de los vencedores y recibía coronas de oro que bajaban desde el techo, como si su cabeza fuese divina? ¿Y dónde sucedía esto? No en Grecia, ni en Asia, donde la propia seriedad podía dejarse corromper por el lujo, sino en una provincia indómita y belicosa, en tanto que un enemigo tan contumaz como Sertorio cegaba los ojos de los ejércitos romanos con proyectiles lusitanos. ¡Hasta ese punto se había borrado de la mente de Metelo la campaña de su padre en Nurnidia! Queda clara, por tanto, la rapidez con que el lujo hizo acto de presencia, pues quien de joven conoció las costumbres primitivas, de viejo implantó otras nuevas.


Muy semejante fue el cambio que experimentó la casa de los Curiones, habida cuenta de que nuestro foro fue testigo de la extraordinaria gravedad del padre y de la deuda de sesenta millones de sestercios del hijo, contraída ilícitamente por parte de los jóvenes nobles de la familia. Así pues, en un mismo momento y en la misma casa, convivieron generaciones dispares, una sumamente austera, la otra de lo más infame.


¡Y cuánto lujo e indecencia hubo en el juicio contra Publio Clodio! Con tal de absolver a aquel reo claramente culpable de un crimen de incesto, se llegó incluso a corromper con grandes sumas de dinero a matronas y jóvenes de la nobleza, para entregarlas de noche a los jueces como gratificación. En una componenda tan indecente y embrollada como aquélla, no se sabría a quién condenar primero, si al que maquinó aquel género de corruptela, a quienes prestaron su integridad a cambio del perjurio, o a quienes canjearon sus creencias por el estupro.


También fue inmoral el banquete que el asistente de los tribunos Gemelo, de origen libre pero de una sumisión vergonzosa y más que servil, celebró para el cónsul Metelo Escipión y los tribunos de la plebe, con gran bochorno de la ciudadanía. Convirtió su casa en un burdel y allí prostituyó a Munia y a Flavia, ambas ilustres tanto por su padre como por su marido, así como al joven noble Saturnino. ¡Infame sufrimiento el de aquellos cuerpos que iban a ser juguete de las más bajas pasiones de unos borrachos! ¡Festines que el cónsul y los tribunos no debieron celebrar, sino castigar!


EJEMPLOS EXTRANJEROS

El lujo de los campanos fue tremendamente provechoso para nuestra ciudad, pues cautivó con sus hechizos a Aníbal, hasta entonces invicto en la guerra, y lo entregó a los ejércitos romanos para que lo derrotaran. Fue con fastuosos banquetes, con abundante vino, con la fragancia de los perfumes y con el uso inmoderado de las relaciones sexuales como este lujo de los campanos empujó al sueño y al placer a un general tan despierto y a un ejército tan experimentado. y es que la fiereza cartaginesa quedó maltrecha y desbaratada cuando la plaza Seplasia y la Albana pasaron a ser su campamento. ¿Y qué hay más deshonesto o más dañino que aquellos vicios que debilitan el valor, que hacen languidecer las victorias, que convierten la gloria adormecida en infamia, que se adueñan de las fuerzas del alma y del cuerpo, hasta el punto de no saber si resulta más pernicioso ser atrapados por el enemigo o por los propios vicios?


Estos mismos vicios enredaron a la ciudad de Bolsena en graves y bochornosas calamidades. Era una ciudad opulenta, escrupulosa con la moral y las leyes, se la consideraba la capital de Etruria. Pero, después que se dejó arrastrar por el lujo, cayó en un abismo de iniquidad e indecencia, hasta llegar a someterse a la caprichosa tiranía de los esclavos. Primero, unos cuantos de ellos osaron entrar en el orden senatorial, y luego se apoderaron de todos los asuntos públicos. Mandaban redactar los testamentos a su antojo, prohibían los banquetes y las reuniones de ciudadanos libres, contraían matrimonio con las hijas de sus amos. Finalmente, decretaron por ley que los estupros cometidos contra viudas y casadas no recibieran castigo alguno, y que ninguna virgen pudiera casarse con un libre, si uno de ellos no había mancillado antes su castidad.


En cuanto a Jerjes, se mostraba tan pomposo en la ostentación de su soberbia opulencia de rey, que por medio de un edicto prometió un premio a quien inventase un nuevo tipo de placer. Mientras se dejaba atrapar por la excesiva molicie, ¿cómo iba a poder eludir la tremenda ruina de su extraordinario imperio?


El rey Antíoco de Siria representa también un claro ejemplo de incontinencia. Imitando su ciega y disparatada suntuosidad, la mayor parte de sus soldados fijó sus botas con clavos de oro, utilizó en la cocina vasijas de plata y construyó sus tiendas adornándolas con pequeñas figuras bordadas. De este modo acabaron convirtiéndose en presa deseable para un enemigo ambicioso, y no en impedimento para que un esforzado rival alcanzase la victoria.


El rey Ptolomeo vivió solamente para sus vicios, hecho que le valió el sobrenombre de Panzudo . ¿Puede haber algo más bajo que su propia bajeza? Obligó a una hermana mayor que él, que ya estaba casada con un hermano común, a casarse con él. Luego de violar a una hija de ella, repudió a la que era su mujer para poder desposarse con la hija.


Muy similar a la conducta de los reyes de la nación egipcia fue la de sus propios habitantes. A las órdenes de Arquelao , salieron de las murallas de la ciudad para enfrentarse a Aulo Gabinio. Cuando recibieron la consigna de rodear el campamento por medio de una fosa y una empalizada, todos al unísono exclamaron que una obra como aquélla había que cederla a unos obreros a costa del erario. Así se explica que aquellos hombres tan flojos por culpa de la molicie no pudieran hacer frente al arrojo de nuestro ejército.


Aún más afeminados fueron los individuos de Chipre, que soportaban resignados que sus reinas subiesen a sus carros pisando los cuerpos de sus mujeres, a modo de peldaños, con tal de poner sus pies sobre algo más blando. A estos hombres (si es que realmente eran hombres), más les hubiera valido morir que obedecer una orden tan refinada.