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jueves, 8 de diciembre de 2016

LA CAÍDA DE CÓMODO Y LA DINASTÍA DE LOS SEVEROS

MARCO AURELIO

Al presentarle a los soldados como sucesor suyo, Marco Aurelio llamó a Cómodo el «sol naciente». Y tal vez sus ojos de padre (si es que lo era) le veían así. Pero también gustó aquel muchacho pendenciero, de pocos escrúpulos, de apetito vigoroso y de charla soez, a los legionarios. Le creían más militarista que su padre.



Grandes fueron, por tanto, su estupor y mal humor cuando el jovenzuelo, en vez de exterminar al enemigo ya acorralado en una «bolsa», le ofreció la más desconsiderada y presurosa de las paces. Por dos veces se producía un milagro para que aquellos turbulentos germanos pudieran salvarse: un milagro del que más adelante Roma habría de pagar las consecuencias.



Cómodo no era un cobarde, pero la única guerra que le gustaba era contender con los gladiadores y las fieras del Circo. Al levantarse, no desayunaba hasta después de haber degollado a su tigre cotidiano. Y dado que en Germania no había tigres, tenía prisa en volver a Roma, donde los gobernadores de Oriente estaban encargados de mandarlos a manadas. Por esto, burlándose del Imperio y de sus destinos, concertó aquella ruinosa paz que dejaba sin resolver todos los problemas. El Senado renunció a su derecho de elección que desde Nerva en adelante había dado tan buenos frutos y aceptó el restablecimiento, que aquel emperador encarnaba, del principio hereditario.

CÓMODO


Como para Nerón y Calígula, aun echando un poco de agua al vino sobre lo que sus contemporáneos escribieron acerca de Cómodo, hay de donde echar mano para clasificar a este emperador entre las desdichas públicas. Jugador y bebedor, con un serrallo, dicen de centenares de muchachas y de jovenzuelos para sus placeres, parece que tan sólo tuvo un afecto: por una tal Marcia, quien, por ser cristiana, no se comprende cómo conciliaba su fe austera con aquel amante disoluto, pero que, sin embargo, fue útil a sus correligionarios salvándoles de una probable persecución.

LUCILA


Lo peor comenzó cuando algunos delatores denunciaron a Cómodo una conjura encabezada por su tía Lucila, la hermana de su padre. Sin preocuparse de buscar pruebas, la mató y fue el comienzo de un nuevo terror que se dio en contrata a Cleandro, el jefe de los pretorianos. Por primera vez después de Domiciano, Roma se puso a temblar por los abusos de aquellos guardias. Un día, la población, más por miedo que por valentía, le sitió en Palacio y pidió la cabeza de Cleandro. Cómodo se la entregó sin titubear, sustituyendo a la víctima por Leto, hombre avisado, que en seguida se dio cuenta de que, una vez ascendido a aquel cargo, o se hacía matar por el pueblo para complacer al emperador, o bien se hacía matar por el emperador para complacer al pueblo. Para eludir este dilema, había sólo un camino: matarle a él, al emperador. Y lo escogió con la complicidad de Marcia, de quien también en esta ocasión discernimos mal su cristiandad, la cual administró a Cómodo un brebaje envenenado. Le remataron estrangulándole en el baño, pues el jovenzuelo, que tenía apenas treinta años, era duro de pelar.



Era el 31 de diciembre de 192 después de Jesucristo. Comenzaba la gran anarquía.


Los senadores, eufóricos por la muerte de Cómodo, actuaron como si ellos hubiesen sido los autores, eligiendo por sucesor a un colega suyo, Pertinax, que no quería saber nada de ello, y con razón. Para poner en orden las finanzas, tuvo que hacer economías y para hacer economías tuvo que despedir a muchos aprovechados entre ellos a los pretorianos. Tras dos meses de gobierno en ese sentido, le encontraron muerto, asesinado por sus guardias, los cuales anunciaron que el trono estaba en subasta: subiría quien les ofreciera una mayor gratificación.

PERTINAX


Un banquero multimillonario llamado Didio Juliano estaba comiendo tranquilamente en su palacio, cuando su mujer y su hija, que tenían mucha ambición, le echaron encima la toga ordenándole que se apresurase a concurrir. Con desgana, pero temiendo más a las mujeres de casa que a las incógnitas del poder, Didio ofreció a los pretorianos tres millones por barba (¡debía de tenerlos claro!), y salió triunfante.
 
DIDIO JULIANO
El Senado había caído muy bajo, pero no hasta el punto de avenirse a semejante venta. Expidió secretamente desesperados requerimientos de ayuda a los generales destacados en provincias, y uno de ellos, Septimio Severo, vino, vio, prometió el doble de lo que diera Juliano, y venció. El banquero lloraba, encerrado en un cuarto de baño, donde le decapitaron. Su mujer se quedó viuda, pero se consoló con el título dé ex emperatriz.
 
SEPTIMIO SEVERO
Por primera vez, con Septimio subía al trono un africano de origen hebreo. Roma no lo había elegido; al contrario, el Senado se declaró partidario de otro general, Albino. Pero no le sentó mal Septimio cuando hubo ganado la partida, tras haber eliminado a sus oponentes y transformado definitivamente el Principado en una monarquía hereditaria de cuño militar. Era triste que se hubiese llegado a este punto. Era triste una vez alcanzado, y no ciertamente por culpa de Septimio; éste no podía proceder de otra manera. Se requería una mano de hierro para poner un dique a la catástrofe, y Septimio la tuvo. Era un hombre cincuentón, robusto, excelente estratega, conversador ingenioso, pero comandante de una pieza. Procedía de una familia acomodada, había estudiado Filosofía en Atenas y Derecho en Roma, pero hablaba latín con marcado acento fenicio. No tenía ciertamente las cualidades morales de un Antonino o de un Marco Aurelio, ni la complejidad de un Adriano. Antes bien era un cínico, pero recto y honrado, con un claro sentido de la realidad. Su única rareza era la astrología, a la que debía un matrimonio que no trajo suerte, a Roma. Se encontraba en Siria cuando murió su primera esposa, que era una mujer buena y sencilla. El viudo, que en seguida interrogó a los astros, supo que uno de éstos, probablemente un meteorito, había caído en las cercanías de Emesa. Acudió allí, y sobre aquel fragmento de cielo halló erigido un templo, donde se veneraba la reliquia, atendida por un sacerdote y su hija, Julia Donna, quien, más que nada, era un encanto de chica. Al verla, fue fácil para Septimio convencerse de que aquélla era la esposa que los astros le ordenaban. Y hasta aquí, nada de malo. Convertida en emperatriz, Julia le hizo varias malas pasadas a su marido, que tenía demasiado quehacer para darse cuenta. Y también ésta fue una desventura, sí, más de carácter privado. Julia era una mujer inteligente y culta, que reunió un salón literario y aportó a él las maneras y las modas de Oriente. Desgraciadamente, sin embargo, trajo al mundo a Caracalla y a Geta.

 
JULIA DONNA
Septimio gobernó diecisiete años, casi siempre guerreando, y dirigiéndose al Senado sólo para darle órdenes. Introdujo una importante y peligrosa novedad: el servicio militar obligatorio para todos, a excepción de los italianos, a los cuales, por el contrario, les estaba vedado. Era el reconocimiento de la decadencia guerrera de nuestro país y de que ya no tenía remedio. A partir de entonces estuvo a merced de las legiones extranjeras. Con ellas, Septimio emprendió una serie de guerras afortunadas, no sólo para reforzar las fronteras, sino también para mantener adiestradas a las guarniciones. Y estaba llevando a cabo una enésima, cuando la muerte le sorprendió en Britania, en 211 después de Jesucristo. Aquel que había criticado a Marco Aurelio por haber designado sucesor a Cómodo, designó a Caracalla y a Geta. ¿Porque era padre también, o porque no conocía a sus hijos, de los que siempre estuvo alejado? Tal vez porque no le importaba nada. A un lugarteniente suyo le dijo: «He sido todo lo que he querido. Y me doy cuenta de que no valía la pena.» Y a sus dos herederos les recomendó: «No escatiméis el dinero con los soldados y burlaos siempre de todo lo demás.»

 
SEPTIMIO SEVERO CON SU ESPOSA JULIA DONNA
 Y SUS HIJOS CARACALLA Y GETA
Recomendación superflua; Caracalla y Geta se burlaron tanto de todo lo demás, que, incluyendo también a su padre, ordenaron a los médicos que apresurasen su muerte. De los dos, el primero fue el Cómodo de turno y no tardó en demostrarlo. Fastidiado de tener que compartir el poder con su hermano, le hizo asesinar, condenó a muerte a veinte mil ciudadanos sospechosos de ser partidarios de aquél y, recordando las instrucciones de su padre, aplacó el mal humor de los soldados llenándoles los bolsillos de sestercios. No era un chico incapaz: era, sencillamente, un amoral. Cada mañana, al levantarse quería un oso vivo con el que medirse para conservar los músculos en forma, se sentaba a la mesa con un tigre por comensal y se acostaba con un león, durmiendo entre sus garras. No recibía a los senadores que se agolpaban en su antesala, pero era cordial con los soldados, a los que colmaba de favores. Extendió la ciudadanía a todos los varones del Imperio, pero sólo para aumentar el importe de los impuestos de sucesión, al que solamente los ciudadanos estaban obligados.

 
GETA
De política se ocupaba poco. Prefería dejarla a su madre que entendía de ello, pero que naturalmente la hacía a lo mujer, o sea basándose en simpatías o antipatías. Era ella quien despachaba la correspondencia y recibía en audiencia a ministros y embajadores. En Roma decían que se había procurado esta posición cediendo a los incestuosos apetitos de su hijo. Probablemente no era verdad. Caracalla era bastante serio por ese lado, y su verdadera pasión eran las guerras y los duelos. Un día alguien le habló de Alejandro Magno. Se entusiasmó y quiso imitarle. Reclutó una «falange» armada como las del héroe y dirigióse a Persia, pero en los combates se olvidaba de ser general porque se divertía más haciendo de soldado y provocando al enemigo en luchas singulares cuerpo a cuerpo. Hasta que un día los legionarios, cansados de marchas y de aquel guerrear sin pies ni cabeza, y sobre todo sin botín, le apuñalaron.

CARACALLA
Julia Donna, deportada a Antioquía tras haberlo perdido todo, marido, trono e hijos, se negó a comer hasta que murió. Pero dejó detrás a una hermana» Julia Mesa, que la igualaba en cerebro y ambición. Tenía dos nietos, hijos de dos de sus hijas: uno se llamaba Vario Avito y hacía con el seudónimo de Heliogábalo, que quiere decir dios sol, de sacerdote en Emesa, de donde la familia de la emperatriz era oriunda; el otro se llamaba Alexiano y era aún un niño.

JULIA MESA

Mesa difundió la voz de que Heliogábalo era hijo natural de Caracalla, y los legionarios, que allí en Siria se habían convertido a la religión local y respetaban en aquel clérigo de catorce años al representante del Señor, le proclamaron emperador y, con la abuela y la madre, le condujeron triunfante a Roma.

HELIOGÁBALO

Un día de primavera del 219 después de Jesucristo, la Urbe vio llegar al más extraño de los Augustos: un muchacho vestido de seda colorada, con los labios pintados de carmín, las pestañas teñidas con henné, un collar de perlas, brazaletes de esmeraldas en muñecas y tobillos, y una corona de brillantes en la cabeza. Pero le aclamó lo mismo. Ya no le escandalizaba ninguna mascarada.

HELIOGÁBALO

Otra vez más el verdadero emperador fue una mujer: la abuela Mesa, hermana de la precedente. Para Heliogábalo el trono era un juguete y lo compró como tal. En su infantil inocencia, aquel chiquillo era hasta simpático como un cachorrito. Su diversión favorita consistía en gastar bromas a todos, pero bromas inocentes: tómbolas y loterías con sorpresas, burlas, juegos de cartas. Pero también era un sibarita, quería lo mejor de todo, y gastaba montones de dinero en ello. No viajaba con menos de quinientos carros de séquito y por un frasquito de perfume estaba dispuesto a pagar millones. Cuando un adivino le dijo que moriría de muerte violenta, vació las cajas del Estado para proveerse de todos los instrumentos de suicidio más refinados: una espada de oro, un arsenal de cuerdas, cajitas cuajadas de brillantes para la cicuta... De vez en cuando, al recordar su pasado sacerdotal, tenía crisis místicas. Un día se circuncidó; otro, intentó castrarse, y aun otro se hizo enviar de Emesa el famoso meteorito de su bisabuelo materno, hizo construir encima un templo y propuso a hebreos y cristianos reconocer sus religiones como oficiales, si unos aceptaban sustituir a Jehová y otros a Jesús por aquel pedrusco suyo.




Abuela Mesa comprendió que aquel nietecito ponía en peligro a la dinastía. Le convenció de que adoptase al primito Alexiano y le nombrase César con el imponente nombre de Marco Aurelio Alejandro Severo. Y con el desenfado característico de la familia, le hizo asesinar con su madre, que además era su hija.

ALEJANDRO SEVERO

Es curioso ver nacer, de un degüello tan horrendo, el reino de un santo, Alejandro Severo, que tenía catorce años y hacía honor a su nombre: había estudiado con diligencia, dormía sobre un duro camastro, comía sobriamente, tomaba duchas frías incluso en invierno, vestía como uno cualquiera, y de su predecesor sólo heredó una cosa: la imparcialidad hacía todas las religiones, con pronunciada simpatía por la regla moral de los hebreos y de los cristianos. Su precepto: «No hagas a los demás lo que no quieras que te sea hecho» fue esculpido por él en muchos edificios públicos. Discutía imparcialmente con los teólogos y hasta, presionado por su madre, Mamea, que había tomado el puesto de Mesa, fallecida ya, y que se inclinaba hacia el cristianismo, tuvo una debilidad por Orígenes, un asceta que aportaba a la nueva fe una vocación de estoico.


JULIA MAMEA

Mientras Alejandro se ocupaba ante todo del Cielo, Mamea gobernaba bien la Tierra, asistida por los consejos de Ulpiano, que había sido tutor de Alejandro, Condujo una hábil política económica, redujo la influencia de los militares y devolvió al Senado parte de sus poderes. Sólo cometió injusticias con su nuera porque, después de haberla dado por esposa a su hijo, se puso celosa de ella y la hizo expulsar. También las emperatrices son mujeres y madres. Pero cuando los persas empezaron de nuevo a amenazar, partió con su hijo al frente del ejército para rechazarlos. Antes de presentar batalla, Alejandro envió una carta al rey enemigo en la que trataba de convencerle de no luchar. El otro lo tomó como un signo de debilidad, atacó y fue batido. El emperador, que no amaba la guerra, intentó evitar, al menos, batirse con los germanos. Y habiendo encontrado en la Galia a sus emisarios, les ofreció un tributo anual si aceptaban retirarse.

ALEJANDRO SEVERO

Fue tal vez su único error y lo pagó cara. Los legionarios ya no estaban ansiosos por batallar, pero todavía no estaban dispuestos a comprarse las paces. Indignados, se rebelaron, mataron a Alejandro, bajo la tienda, con su madre y todo el séquito y aclamaron emperador al general del ejército de Panonia, Julio Maximino.


domingo, 20 de noviembre de 2016

ANTONINO PÍO, LUCIO VERO Y UN EMPERADOR FILÓSOFO: MARCO AURELIO

ANTONINO PIO


El título de Pío fue dado a Antonino a posteriori por el Senado, que le llamó asimismo Óptimus princeps, el mejor de los príncipes. Su sucesor Marco Aurelio le definió como «un monstruo de virtud» y, cuando no sabía qué resolución tomar, se recomendaba a sí mismo: «Haz lo que en este caso hubiera hecho Antonino.» Precepto, a decir verdad, más fácil de enunciar que de seguir porque el problema estribaba precisamente en saber lo que Antonino habría hecho.
 
ANTONINO PÍO
No era ya muy joven cuando en 138 después de Jesucristo subió al trono, pues había rebasado ya la cincuentena. Sin embargo, si se le hubiese preguntado a uno de los muchos romanos que saludaban gozosamente su advenimiento por qué razones estaban todos tan contentos, se le habría puesto en un apuro. Antonino, hasta aquel momento, no había hecho nada glorioso. Era un buen abogado, pero, por tener más bien ojeriza a la retórica, ejercía poco, y este poco gratuitamente porque era riquísimo. Era la suya una familia de banqueros venida de la Galia un par de generaciones antes, y Antonino recibió una educación de gran burgués. Había estudiado filosofía, mas sin ahondar mucho en ella y prefiriendo siempre, como sostén, la religión. No era beato, pero sí respetuoso: tal vez fue uno de los últimos romanos que creyó sinceramente en los dioses, o por lo menos el que se comportó como si creyese en ellos. Versado en literatura protegió a muchos escritores, pero tratándoles un poco desde arriba y guardando las distancias con indulgencia, como si se tratase de elementos decorativos de la sociedad que no había que tomarse muy en serio. Sin embargo, todos le querían y le tenían simpatía por su cara bondadosa y serena, plantada, sobre las anchas espaldas, por su gentileza, por su sincera preocupación en los asuntos ajenos y por la discreción con que supo ocultar las propias sin molestar a nadie. Aquel hombre sin enemigos tuvo uno en casa: su mujer. Faustina era bella, pero, por no decirlo de otro modo, vivaracha. Aun rebajando la tara de lo que se decía de ella, quedaba todavía de qué sacar de quicio a cualquier marido. Antonino quiso lograrlo todo. Tuvo dos hijas de ella: una murió y la otra salió a su madre y a estilo de ésta trató a su marido Marco Aurelio. Antonino sobrellevó sus decepciones en silencio. Cuando murió Faustina, instituyó un templo en su honor y un fondo para la educación de muchachas pobres, después de haberla reprendido una sola vez en la vida: cuando ella, sabiéndose emperatriz, había insinuado algunas pretensiones de lujo. «¿No te das cuenta —le dijo— que ahora hemos perdido el que teníamos?»
 
FAUSTINA, ESPOSA DE ANTONINO PÍO
No era retórica, porque el primer gesto de Antonino emperador fue ingresar su inmensa fortuna en la caja del Estado. A su muerte, su patrimonio personal estaba reducido a cero y el del Imperio se elevaba a dos mil setecientos millones de sestercios, cifra jamás alcanzada. Llegó a este resultado gracias a una administración juiciosa, pero sin tacañerías. Revisó y redujo el programa reconstructivo de Adriano, pero no lo revocó. Y por cada gasto, hasta por los más insignificantes, pedía autorización al Senado a quien rendía cuentas al céntimo. Siempre con su consentimiento, llevó adelante la reordenación. Por primera vez, los derechos y los deberes de los cónyuges fueron equiparados, la tortura casi enteramente abolida y la muerte de un esclavo declarada delito.
 
ANTONINO PÍO
Al revés del inquieto y curioso Adriano, el gran vagabundo, tenía un temperamento sedentario, de burócrata puntual. Y, efectivamente, no parece que se haya alejado ni por un día más allá de Lanuvio, donde tenía una villa e iba a pasar el fin de semana pescando o cazando en compañía de amigos. Desde qué enviudó, tomó una concubina, que le fue más fiel de lo que le había sido su esposa. Pero la mantenía apartada, sin mezclarla en los asuntos del Estado, Quiso la paz. Acaso la quiso un poco demasiado, es decir, hasta a costa del prestigio del Imperio, por ejemplo en Germania, donde se mostró excesivamente dúctil con lo que alentó la osadía de los rebeldes. Pero no existe escritor extranjero de la época que no haya ensalzado la tranquilidad y el orden que el mundo gozó bajo él. Según Apiano, Antonino se veía materialmente asediado por embajadores de todos los países que pedían ser anexionados al Imperio. Como todos los reinados felices, el suyo si bien duró veintitrés años, discurrió sin historia, es decir, sin acontecimientos. El ideal —dice Renan— parecía conseguido: el mundo estaba gobernado por un padre.
 
ADRIANO Y ANTINOO
A los setenta y cuatro años, quizá por primera vez en su vida, Antonino cayó enfermo. Y como no estaba acostumbrado a ello, aunque sólo se trataba de dolor de barriga, comprendió que era el fin. Ya tenía el César de recambio: se lo había indicado, al morir, el propio Adriano, en la persona de un joven de diecisiete años, Marco Aurelio, que además era sobrino de Antonino. Le mandó llamar y le dijo sencillamente: «Ahora, hijo, te toca a ti.» Luego ordenó a los criados que llevasen al aposento de Marco la estatua, de oro de la diosa Fortuna, dio al oficial de guardia el santo y seña para aquel día: «Ecuanimidad», dijo que le dejasen solo porque quería dormir y se volvió del otro lado de la cama. Y se durmió de verdad. Para siempre.
 
MARCO AURELIO JOVEN
Marco tenía en aquel momento, 161 después de Jesucristo, exactamente cuarenta años. Y era uno de esos raros hombres que habiendo nacido de pie lo reconocen lealmente. Tengo una gran deuda —dejó escrito— con los dioses. Me han dado buenos abuelos, buenos padres, una buena hermana, buenos maestros y buenos amigos. Entre estos últimos estuvo también Adriana, que frecuentaba su casa y que le había tomado gran simpatía desde pequeño. La razón de esta amistad era su común origen español. También los Aurelios procedían de allí, donde se habían ganado el sobrenombre de «Verdaderos» por su honradez. Fue el abuelo, entonces cónsul, quien se ocupó del niño, que quedó huérfano a los pocos meses y la confianza que depositó en el nietecito lo demuestra el número de preceptores que le dio; cuatro, para la Gramática, seis para la Filosofía y uno para las Matemáticas. O sea diecisiete en total. Cómo se las compuso aquel chico para aprender algo sin volverse loco, sólo Dios lo sabe. Prefirió, entre sus pedagogos, a Cornelio Frontón, el retórico, pero despreció su disciplina. El curialismo y la oratoria era lo que menos le agradaba en sus conciudadanos. En cambio, se apasionó por la filosofía y no sólo quiso estudiarla a fondo sino practicarla también. A los doce años hizo quitar la cama dé su habitación, durmió sobre el desnudo suelo y se sometió a tal dieta y abstinencia que su salud acabó por resentirse. Pero no se quejó. Antes bien, agradeció a los dioses también esto: haberlo mantenido casto hasta los dieciocho años y capaz de reprimir los impulsos sexuales.
 
MARCO AURELIO
Tal vez se hubiese convertido en sacerdote del estoicismo y de los más puritanos, como se era entonces, si Antonino no le hubiese hecho César cuando aún era adolescente y no se le hubiese asociado al gobierno, después de haberle adoptado junto con Lucio Vero, hijo de aquel que Adriano había nombrado sucesor suyo y que murió prematuramente. Pero Lucio era de carácter muy distinto: hombre de mundo, mujeriego y vividor, que no se tomó a mal en absoluto que Antonino le excluyese más tarde para designar como César a Marco solo. Éste, recordando los anhelos de Adriano, llamó, sin embargo, a Lucio para compartir el poder y le dio por esposa a su hija Lucila. Desgraciadamente, la lealtad en política, no es siempre buena consejera.
 
LUCIO VERO
Cuando Marco fue coronado, todos los filósofos del Imperio exultaron, viendo en el triunfo de éste el suyo propio y la realización de la Utopía. Pero se equivocaron. Marco no fue un gran hombre de Estado: no entendía nada de economía, por ejemplo, erraba los presupuestos y, de vez en cuando, había que vigilarte las cuentas. Pero del aprendizaje hecho con Antonino, el ilustrado conservador realista y algo escéptico, había sacado su lección sobre los hombres. Sabía que las leyes no bastaban para mejorarlos, por lo que llevó adelante la reforma de los códigos emprendida por sus dos predecesores, pero flemáticamente y sin creer demasiado en sus beneficios. Como buen moralista, creía más en el ejemplo, y procuró darlo con el ascetismo de su existencia, que sus súbditos admiraron, pero no sintieron la tentación de Imitar.
 
MARCO AURELIO
Los acontecimientos no le fueron favorables. Apenas hubo ascendido al trono, los britanos, los germanos y los persas, alentados por la pasividad de Antonino, empezaron a amenazar los confines del Imperio. Marco mandó un ejército a Oriente, con Lucio, quien en Antioquía se encontró con Pantea y allí se detuvo. Era la Cleopatra del lugar, y Lucio era un Marco Antonio sin el valor y el genio militar de éste. Cuando vio aquella mujeraza, perdió completamente la cabeza. Dicen que ella ayudó con filtros a que perdiese la memoria. Pero si era verdaderamente tan hermosa como nos la han descrito, no debió tener necesidad de filtro alguno.
 
LUCIO VERO
Marco no protestó de la actitud de Lucio que seguía haciendo de Ganimedes con Pantea, mientras los persas saqueaban a placer en Siria. Se limitó a mandar discretamente un plan de operaciones al jefe del Estado Mayor de su socio, Avidio Casio, con orden de cumplirlo a rajatabla. Era, dicen, un plan que revelaba gran talento militar. Lucio se quedó retozando en Antioquía mientras su ejército derrotaba brillantemente a los persas, y no volvió a tomar el mando más que para hacerse coronar de laurel el día del Triunfo que Marco le hizo decretar. Desgraciadamente, con los despojos del enemigo vencido trajo a sus conciudadanos un feo regalo; los microbios de la peste. Fue un terrible azote que mató solamente en Roma a más de doscientas mil personas. Galeno, el más célebre médico de la época, cuenta que los cuerpos de los enfermos eran violentamente sacudidos por una tos rabiosa, se llenaban de pústulas y que su aliento hedía. Toda Italia se contaminó, ciudades y aldeas quedaron deshabitadas, la gente se apiñaba en los santuarios para invocar la protección de los dioses, ya nadie trabajaba, y detrás de la epidemia asomaba la carestía.
 
AVIDIO CASIO
Marco no era ya un emperador, era un enfermero que no abandonaba ni una hora siquiera las crujías de los hospitales, pero la ciencia, en aquellos tiempos, no ofrecía remedios. A estas calamidades públicas se añadieron, para él, otras privadas. Faustina, la hija que Antonino le había dado por esposa, semejaba en todo y por todo a su madre homónima: en belleza, en alegría y en infidelidad. Sus adulterios no son probados, pero toda Roma hablaba de ellos. Tal vez tenia atenuantes; aquel marido ascético y melancólico, absorto en su sacerdocio de «primer servidor del Estado», no estaba hecho para una mujercita con pimienta en el cuerpo y llena de vida como ella.

EMPERATRIZ FAUSTINA LA MENOR

 Gran hombre de bien como su predecesor y suegro, Marco no hizo sino colmarla de atenciones y de ternura, no pronunció ninguna palabra de censura ni de queja y hasta en sus Pensamientos dio gracias a los dioses por haberle concedido una esposa tan devota y afectuosa. De los cuatro hijos nacidos del matrimonio, una murió, otra se convirtió en la infeliz esposa de Ludo, que sólo se portó bien el día que se decidió a dejarla viuda, y en cuanto a los dos mellizos, de quienes toda Roma decía que el verdadero padre era un gladiador, uno murió al nacer y el otro, que se llamaba Cómodo, tenía a la sazón siete años, era una maravilla de belleza atlética, y hacia desesperar ya a sus institutores por repugnarle el estudio y sentir gran pasión por el Circo. Cuando se dice: la sangre... Pero Marco lo quería ardientemente.
 
FAUSTINA
Diezmada por la pestilencia y la carestía, Roma se había convertido en una ciudad sombría y desconfiada. Envejecido ya antes de la cincuentena en medio de tantas tribulaciones, el hombre de bien Marco, roído por el insomnio y por la úlcera de estómago, apenas había subsanado una desdicha que ya otra comenzaba. Ahora eran las tribus germánicas que irrumpían hacia Hungría y Rumania. Cuando Marco se puso personalmente al frente de las legiones, muchos sonrieron: aquel hombrecillo delicado y macilento, obligado a una dieta vegetariana, no inspiraba confianza como conductor de hombres. Y, en cambio, pocas veces, los legionarios habían luchado con tanto ímpetu como lo hicieron bajo su mando directo. Durante seis años, aquel hombre de paz hizo la guerra derrotando uno tras otro a los más agresivos enemigos : los cuados, los longobardos, los marcomanos, los sármatas. Pero cuando, tras un día de luchas, se encontraba solo consigo mismo, bajo una tienda de simple soldado, abría el cuaderno de los Pensamientos y escribía: Una araña, cuando ha capturado a una mosca, cree haber hecho quién sabe qué. Y lo mismo cree quien ha capturado a un sármata. Ni uno ni otro se dan cuenta de que son tan sólo dos pequeños ladrones. Pero al día siguiente comenzaba de nuevo a combatir contra los sármatas.
 
MARCO AURELIO
Estaba coronando en Bohemia una brillante serié de victorias, cuando Avidio Casio, general en Egipto, se rebeló proclamándose emperador. Era el ex jefe de Estado Mayor de Lucio, que con el plan de Marco había batido a los persas. Marco concluyó una rápida y generosa paz con sus adversarios, reunió a sus soldados, les dijo que, si Roma quería, gustosamente se retiraría para dejar su puesto al competidor y se volvió hacia atrás. Pero el Senado rehusó por unanimidad y, mientras Marco marchaba al encuentro de Casio, éste fue asesinado por uno de sus propios oficiales. Marco lamentó no haber podido perdonarle, se detuvo en Atenas para un cambio de impresiones con los maestros de las varias escuelas filosóficas locales y, de vuelta en Roma, aceptó a regañadientes el Triunfo que le atribuyeron y asoció a él a Cómodo, que ya era célebre por sus gestas de gladiador, por su crueldad y por su. vocabulario soez.
 
AVIDIO CASIO
Acaso para distraer a aquel chico de sus malsanas pasiones, reanudó en seguida la guerra contra los germanos, llevándoselo consigo. Y cuando estuvo a punto de alcanzar una victoria definitiva, cayó de nuevo enfermo en Viena, es decir, más enfermo que de costumbre. Durante cinco días rechazó la comida y la bebida. El sexto, se levantó, presentó a Cómodo como nuevo emperador a las tropas formadas, le recomendó llevar los confines de Roma hasta el Elba volvió al lecho, se cubrió el rostro con la sábana y aguardó a la muerte.
 
CÓMODO


Los Pensamientos que compuso en griego, bajo la tienda, han llegado hasta nosotros. No constituyen ningún gran documento literario, pero contienen el más alto código moral que nos ha dejado el mundo clásico. Precisamente en el momento que la conciencia de Roma se extinguía, ésta halló en aquel emperador su más luminoso destello.


miércoles, 5 de octubre de 2016

LA CABEZA DE SEXTO CONDIANO


Para librarse de la persecución de Cómodo, Sexto Condiano bebió sangre de liebre, luego montó a caballo y se dejó caer deliberadamente a tierra. Tras vomitar la sangre como si fuera suya, fue trasladado a su morada, haciendo creer que estaba herido de muerte; luego desapareció y lo que incineraron fue un carnero cuyo cadáver metieron en el atáud. No obstante, llevaron a Roma para su identificación muchas cabezas como si fueran la suya con el fin de cobrar la recompensa prometida. Nunca se supo si alguna de ellas le pertenecía realmente.


( Dion Casio en "Historia Romana") 




lunes, 15 de agosto de 2016

EMPERADORES QUE PARTICIPARON COMO GLADIADORES



El emperador Cómodo ( que reinó de 180 a 192 d. C. ) solía participar en combates de gladiadores, provisto de armas de hierro, mientras que las de sus adversarios eran de plomo, y se hacía pagar por el Estado un millón de sestercios por cada actuación.

( Aurelio Victor, en "Sobre los césares" )


Por otra parte se cuenta que al menos uno siete emperadores recibieron preparación como gladiadores: Calígula, Tito, Adriano, Vero, Didio Juliano, Caracalla y Geta.