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viernes, 16 de junio de 2023

DILEMA DE FALLAR EN LOS FAVORES RECIPROCOS

El primer favor denegado anula todos los anteriores. 

( Cayo Plino Segundo –Plinio el Viejo-)

 

El dicho de Plinio el Viejo que menciona se encuentra en su obra "Historia natural", libro VIII, capítulo XXII, donde habla de la fidelidad de los perros. Allí dice: "Nullum tam imprudens mendacium est, ut teste careat. Quin etiam canes inter se fidem et societatem colunt, nec unquam obliviscuntur beneficii aut iniuriae. Primus denegatus favor omnes anteriores abolet" (No hay falsedad tan insensata que no la apoye algún testigo. Incluso los perros mantienen entre sí la fidelidad y la amistad, y nunca olvidan un beneficio o una injuria. El primer favor denegado anula todos los anteriores).

 

Este dicho expresa una idea que puede tener varias interpretaciones y valoraciones. Por un lado, puede reflejar una actitud de ingratitud o de resentimiento hacia quien nos ha hecho favores en el pasado, pero nos niega uno en el presente. En este caso, el dicho sería una crítica a la falta de reconocimiento y de generosidad que mostramos hacia nuestros benefactores, y nos invitaría a ser más agradecidos y comprensivos con ellos.

 

Por otro lado, puede reflejar una actitud de decepción o de desconfianza hacia quien nos ha fallado en un momento crucial, después de habernos ayudado en otras ocasiones. En este caso, el dicho sería una advertencia sobre la fragilidad y la inconstancia de las relaciones humanas, y nos invitaría a ser más cautelosos y selectivos con quienes consideramos nuestros amigos.

 

En cualquier caso, el dicho nos plantea un dilema moral sobre cómo valorar y responder a los favores que recibimos o que nos son negados por los demás. Una posible lección educativa que se podría extraer de este dilema es que debemos actuar con justicia y equidad, sin olvidar ni exagerar los méritos o los defectos de las personas que nos rodean, y sin dejar que nuestras emociones o intereses nos cieguen o nos manipulen. Así podremos mantener relaciones más sanas y armoniosas con los demás, basadas en el respeto mutuo y la reciprocidad. Porque no es del todo correcto pensar que una negativa anula todos los favores anteriores, cada favor se debe valorar individualmente y no se deben esperar recompensas por hacer favores.

 

Algunos ejemplos prácticos o historias ilustrativas que respalden las interpretaciones que aquí expongo podrían ser:

 

-Un ejemplo de ingratitud hacia quien nos ha hecho favores en el pasado, pero nos niega uno en el presente, podría ser el caso de Marco Aurelio Carino, hijo del emperador Caro, que fue asesinado por sus propios soldados después de haberles concedido muchos beneficios, pero haberles negado el saqueo de Roma tras derrotar a Diocleciano en la batalla del Margus en el año 285 d.C1.

-Un ejemplo de decepción hacia quien nos ha fallado en un momento crucial, después de habernos ayudado en otras ocasiones, podría ser el caso de Valente, emperador de Oriente, que fue abandonado y traicionado por muchos de sus oficiales y aliados que habían recibido su favor y confianza, cuando se enfrentó a los godos en la desastrosa batalla de Adrianópolis en el año 378 d.C2.

-Y finalmente un ejemplo de justicia y equidad hacia quienes nos hacen o nos niegan favores, sin olvidar ni exagerar sus méritos o defectos, podría ser el caso de Constantino I, emperador de Occidente, que supo perdonar y recompensar a sus rivales y enemigos cuando se convirtió en el único gobernante del Imperio tras derrotar a Majencio y Licinio, y que también supo castigar y desterrar a sus propios hijos y esposas cuando cometieron crímenes o traiciones .




viernes, 9 de junio de 2023

TEMISTIO Y LA FILOSOFÍA DE LA GUERRA: RAZÓN, IRA Y JUSTICIA

Temistio, un filósofo y orador de la Antigüedad Tardía, aborda la filosofía de la guerra en su discurso "Sobre la victoria de Valente". En este discurso, Temistio destaca que la tarea de los líderes militares es actuar conforme a la razón que permite dominar la ira. Según él, los reyes deben ser guiados por la razón y los soldados por la ira.

 

Temistio se inspira en Platón para equiparar a los reyes con la razón y a los soldados con la ira. Además, destaca que el honor de la victoria corresponde a los generales, oficiales y cada soldado de la tropa en condiciones normales. 

Sin embargo, en el caso específico que aborda en su discurso, Temistio reconoce que Valente puede atribuirse gran parte del mérito debido a su determinación ante una situación incierta.

 

En su discurso "Sobre la victoria de Valente", Temistio felicita al emperador por su triunfo sobre el usurpador Procopio en el año 366 y le pide clemencia para algunos de los rebeldes. Temistio destaca que Valente actuó con razón y moderación, controlando su ira y siguiendo el consejo de sus generales. Según él, Valente demostró ser un gobernante prudente y justo, que buscaba la paz y la unidad del imperio.

 

El emperador Valente tuvo que enfrentarse a la invasión de los godos en el año 376, cuando estos pidieron refugio en el imperio huyendo de los hunos. Valente les permitió cruzar el Danubio, pero pronto surgieron conflictos entre los godos y los romanos por el trato abusivo que recibieron de algunos funcionarios corruptos. 

Los godos se rebelaron y se aliaron con otros pueblos bárbaros, amenazando la seguridad del imperio. Valente decidió enfrentarse a ellos con su ejército, pero fue derrotado y muerto en la batalla de Adrianópolis en el año 378. 

Aunque Temistio no dedica un tratado sistemático a la filosofía de la guerra, en sus discursos públicos sobre cuestiones políticas hace frecuentes alusiones a la paz y la guerra. En ellos, destaca que la guerra es un fenómeno complejo que requiere de una comprensión adecuada para tomar decisiones acertadas en el campo de batalla.

 

Temistio considera que los líderes militares deben ser guiados por la razón para dominar la ira y actuar con prudencia en el campo de batalla. Según él, los reyes deben ser los encargados de guiar a los soldados hacia la victoria, ya que son los únicos capaces de mantener el equilibrio entre las pasiones y las necesidades del Estado.

 

Además, Temistio destaca que el propósito de la guerra es asegurar la paz y la justicia. Para él, las guerras justas son aquellas que se llevan a cabo para defenderse o para proteger a otros de una injusticia. En este sentido, considera que los líderes militares deben actuar con prudencia y justicia para asegurar que sus acciones estén en línea con estos objetivos.

 

En resumen, Temistio destaca que los líderes militares deben ser guiados por la razón para dominar la ira y actuar con prudencia en el campo de batalla. Además, enfatiza en que el propósito de la guerra es asegurar la paz y la justicia y considera que las guerras justas son aquellas llevadas a cabo para defenderse o proteger a otros de una injusticia.   





sábado, 28 de marzo de 2020

ULFILAS



Ulfilas o Wulfila, del gótico 'pequeño lobo' o 'lobezno' (c. 311 - c. 388) fue un obispo, misionero y traductor godo que pasó cierto tiempo en el Imperio romano cuando el arrianismo era la corriente religiosa dominante. Ulfilas fue ordenado obispo por Eusebio de Nicomedia, tras lo que volvió a su pueblo para ejercer de misionero.

Ulfilas tradujo la Biblia del griego al idioma gótico. Con este fin desarrolló el alfabeto ulfilano. Han sobrevivido fragmentos de esta obra, que se conoce con el nombre de Codex Argenteus, y se conservan en la Biblioteca Universitaria de Upsala, Suecia.

Ulfilas convirtió a muchos de los visigodos y ostrogodos predicando las doctrinas arrianas, que cuando llegaron al Mediterráneo occidental les separaron de sus vecinos católicos, mucho más numerosos.
Ulfilas nació a principios del siglo IV en el seno una familia romana proveniente de Sadagolthina, una pequeña población de la región de Capadocia en Asia Menor. Su familia había sido hecha prisionera por los tervingios, un pueblo godo asentado al norte del Danubio que desde finales del siglo III hacía frecuentes incursiones atravesando el mar Negro para conseguir botín y rehenes. A pesar de su cautividad, Ulfilas recibió una educación que le permitió dominar tanto el godo como el latín y el griego. En una época en el que el Imperio romano avanzaba a su propia cristianización, también proliferaban iglesias entre los pueblos germánicos, y Ulfilas pronto ascendió a la categoría de lector en la de su comunidad.​
Ulfilas adquirió tanta notoriedad como para que el emperador Constancio II lo hiciera incluir en una embajada a Constantinopla en el año 341 para nombrarlo obispo de los «cristianos de Gocia». Allí retornó y continuó con su labor hasta que, siete años después, él y su congregación fueron expulsados, quizás por excesivo proselitismo o a causa de conflictos diplomáticos derivados de las exigencias romanas a los tervingios, a quienes reclamaban refuerzos militares para la guerra en Persia. Constancio recibió a Ulfilas con grandes honores y le dio acogida, junto a sus seguidores, cerca de Nicópolis, a orillas del Danubio, el lugar donde hizo la traducción del griego al gótico de la Biblia que se conserva parcialmente en el Codex Argenteus.

Ulfilas tradujo la Biblia completa exceptuando el Libro de los Reyes, por considerarlo excesivamente belicoso para los godos, y la Epístola a los hebreos, probablemente por razones doctrinales. Aunque disponía del alfabeto rúnico, Ulfilas prefirió crear uno nuevo de 27 signos basándose principalmente en el alfabeto griego, del que adoptó 19 letras (2 con significado exclusivamente numérico), además de 6 que provenían del latino y solo 2 del rúnico.
El estudio de la vida de Ulfilas se basa en cinco fuentes primarias. Dos fueron escritas por autores arrianos (la Vida de Ulphilas en la Epistula de fide, vita et obitu Ulfilas de Auxencio de Durostorum, y fragmentos de Historia Ecclesiastica de Philostorgius) y tres por autores de la tradición nicena (las Historia Ecclesiastica de Sozomeno, Sócrates Escolástico y Teodoreto de Ciro).

Hay diferencias importantes entre los relatos según se consulten las obras de una u otra corriente. Las fuentes arrianas muestran a Ulfilas como un arriano desde la niñez, quien descendía de una familia capadocia que los godos habían apresado en una de sus incursiones. Según estas fuentes, fue ordenado obispo alrededor de 340 y predicó a los godos durante siete años en la década de 340. Entonces se trasladó a Moesia (en el Imperio romano) bajo la protección del emperador arriano Constantino II.Más tarde asistió a varios concilios y participó mucho en los debates religiosos de su tiempo. Fijan la fecha de su muerte en 383.
 Los testimonios de los historiadores nicenos difieren en muchos detalles, pero el cuadro general es parecido. De acuerdo con estas fuentes, Ulfilas fue ortodoxo durante su niñez y juventud. Se convirtió al arrianismo alrededor de 360 a causa de la presión de los poderes eclesiásticos y gubernamentales favorables al arrianismo. Las fuentes difieren al atribuir a Ulfilas la conversión de los godos.



Sócrates Escolástico le concede un papel menor, atribuyendo la conversión masiva de los godos al jefe Fritigerno, que se convirtió al arrianismo como signo de gratitud por el apoyo militar del emperador Valente, que era, justamente, arriano. Sozomeno otorga un mayor peso en la conversión a Ulfilas, aunque reconoce también el papel desempeñado por Fritigerno.
Por muchas razones, los eruditos modernos confían más en los testimonios arrianos que en los nicenos. Auxencio fue discípulo directo de Ulfilas y por lo tanto seguramente tuvo acceso a información más fiable. Los testimonios nicenos divergen demasiado entre ellos como para facilitar la identificación de una versión común. Sin embargo, a principios del siglo XXI todavía sigue vivo el debate sobre la reconstrucción de la vida de Ulfilas.

El credo de Ulfilas, como se adjunta en una carta elogiándole escrita por su discípulo Auxencio de Durostorum (moderna Silistra en el Danubio), es una clara declaración de los principios centrales del arrianismo, que separan a Dios padre (“inmortal”) del segundo, el dios menor, Cristo (“unigénito”), que nació antes que el tiempo y creó el mundo, y el Espíritu Santo, creado por el Padre a través de su Hijo:

Creo que sólo hay un Dios Padre y en su Hijo unigénito, nuestro Dios y Señor, creador y hacedor de todas las cosas, como el que no hay nadie. Por lo tanto hay un Dios de todo, que es también Dios de nuestro Dios, y creo en el Espíritu Santo como un poder iluminador y santificador. Como Cristo dice tras la resurrección a sus Apóstoles: “Y he aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros: mas vosotros asentad en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de potencia de lo alto” (Lucas, 24.49) y después “Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la Tierra” (Hechos 1.8) Ni Dios ni Señor, sino el ministro de Cristo; no igual, pero sujeto y obediente en todas los aspectos al Hijo. Y creo que el Hijo está sujeto y obedece en todo a Dios Padre.


La carta de Auxencio, que exponía la posición de Ulfilas sobre la controversia surgida tras el concilio de Nicea, está preservada en un manuscrito del siglo V conocido como Parisinus Latinus 8907. Este manuscrito, dedicado principalmente al concilio de Aquilea del año 381, contiene además el comentario donde se incluye la carta, que trata sobre los dos primeros capítulos de la obra de San Ambrosio De fide, escrito por el obispo arriano y antagonista de Ambrosio en Aquilea, Paulino de Ratira.


miércoles, 4 de diciembre de 2019

BASILINA


Basilina (fecha de nacimiento desconocida, probablemente alrededor de 310 - fallecida en 332 o 333) fue la esposa de Julio Constancio y madre del emperador romano Juliano el Apóstata, quien en su honor, dio el nombre de Basilinopolis a una ciudad de Bitinia (la moderna Pazarköy cerca de Gemlik, en Turquía).
 
Basilina, de origen griego, hija de Ceionio Juliano Camenio o, más probablemente, de Julio Juliano, fue educada por Mardonio, un eunuco que se crio en la casa de su padre.
 
Se convirtió en la segunda esposa de Julio Constancio, teniendo de su unión a Juliano. Basilina moriría pocos meses después del parto. Su hermana era la madre de Procopio, usurpador romano contra Valente.​ También era pariente del obispo Eusebio de Nicomedia, tutor de su hijo.
 
Cristiana, en un principio favoreció a los arrianos, pero dejó sus tierras en herencia a la iglesia de Éfeso.


martes, 15 de septiembre de 2015

LOS GODOS DEL EMPERADOR VALENTE ( ARTÍCULO DE ARTURO PÉREZ-REVERTE, REFERENTE A LA ACTUAL DECADENCIA DE EUROPA, SUS CAUSAS Y CAUSANTES )


En el año 376 después de Cristo, en la frontera del Danubio se presentó una masa enorme de hombres, mujeres y niños. Eran refugiados godos que buscaban asilo, presionados por el avance de las hordas de Atila. Por diversas razones -entre otras, que Roma ya no era lo que había sido- se les permitió penetrar en territorio del imperio, pese a que, a diferencia de oleadas de pueblos inmigrantes anteriores, éstos no habían sido exterminados, esclavizados o sometidos, como se acostumbraba entonces. En los meses siguientes, aquellos refugiados comprobaron que el imperio romano no era el paraíso, que sus gobernantes eran débiles y corruptos, que no había riqueza y comida para todos, y que la injusticia y la codicia se cebaban en ellos. Así que dos años después de cruzar el Danubio, en Adrianópolis, esos mismos godos mataron al emperador Valente y destrozaron su ejército. Y noventa y ocho años después, sus nietos destronaron a Rómulo Augústulo, último emperador, y liquidaron lo que quedaba del imperio romano.


EL EMPERADOR FLAVIO VALENTE

Y es que todo ha ocurrido ya. Otra cosa es que lo hayamos olvidado. Que gobernantes irresponsables nos borren los recursos para comprender. Desde que hay memoria, unos pueblos invadieron a otros por hambre, por ambición, por presión de quienes los invadían o maltrataban a ellos. Y todos, hasta hace poco, se defendieron y sostuvieron igual: acuchillando invasores, tomando a sus mujeres, esclavizando a sus hijos. Así se mantuvieron hasta que la Historia acabó con ellos, dando paso a otros imperios que a su vez, llegado el ocaso, sufrieron la misma suerte. El problema que hoy afronta lo que llamamos Europa, u Occidente (el imperio heredero de una civilización compleja, que hunde sus raíces en la Biblia y el Talmud y emparenta con el Corán, que florece en la Iglesia medieval y el Renacimiento, que establece los derechos y libertades del hombre con la Ilustración y la Revolución Francesa), es que todo eso -Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Newton, Voltaire- tiene fecha de caducidad y se encuentra en liquidación por derribo. Incapaz de sostenerse. De defenderse. Ya sólo tiene dinero. Y el dinero mantiene a salvo un rato, nada más.



Pagamos nuestros pecados. La desaparición de los regímenes comunistas y la guerra que un imbécil presidente norteamericano desencadenó en el Medio Oriente para instalar una democracia a la occidental en lugares donde las palabras Islam y Rais -religión mezclada con liderazgos tribales- hacen difícil la democracia, pusieron a hervir la caldera. Cayeron los centuriones -bárbaros también, como al fin de todos los imperios- que vigilaban nuestro limes. Todos esos centuriones eran unos hijos de puta, pero eran nuestros hijos de puta. Sin ellos, sobre las fronteras caen ahora oleadas de desesperados, vanguardia de los modernos bárbaros -en el sentido histórico de la palabra- que cabalgan detrás. Eso nos sitúa en una coyuntura nueva para nosotros pero vieja para el mundo. Una coyuntura inevitablemente histórica, pues estamos donde estaban los imperios incapaces de controlar las oleadas migratorias, pacíficas primero y agresivas luego. Imperios, civilizaciones, mundos que por su debilidad fueron vencidos, se transformaron o desaparecieron. Y los pocos centuriones que hoy quedan en el Rhin o el Danubio están sentenciados. Los condenan nuestro egoísmo, nuestro buenismo hipócrita, nuestra incultura histórica, nuestra cobarde incompetencia. Tarde o temprano, también por simple ley natural, por elemental supervivencia, esos últimos centuriones acabarán poniéndose de parte de los bárbaros.



A ver si nos enteramos de una vez: estas batallas, esta guerra, no se van a ganar. Ya no se puede. Nuestra propia dinámica social, religiosa, política, lo impide. Y quienes empujan por detrás a los godos lo saben. Quienes antes frenaban a unos y otros en campos de batalla, degollando a poblaciones enteras, ya no pueden hacerlo. Nuestra civilización, afortunadamente, no tolera esas atrocidades. La mala noticia es que nos pasamos de frenada. La sociedad europea exige hoy a sus ejércitos que sean oenegés, no fuerzas militares. Toda actuación vigorosa -y sólo el vigor compite con ciertas dinámicas de la Historia- queda descartada en origen, y ni siquiera Hitler encontraría hoy un Occidente tan resuelto a enfrentarse a él por las armas como lo estuvo en 1939. Cualquier actuación contra los que empujan a los godos es criticada por fuerzas pacifistas que, con tanta legitimidad ideológica como falta de realismo histórico, se oponen a eso. La demagogia sustituye a la realidad y sus consecuencias. Detalle significativo: las operaciones de vigilancia en el Mediterráneo no son para frenar la emigración, sino para ayudar a los emigrantes a alcanzar con seguridad las costas europeas. Todo, en fin, es una enorme, inevitable contradicción. El ciudadano es mejor ahora que hace siglos, y no tolera cierta clase de injusticias o crueldades. La herramienta histórica de pasar a cuchillo, por tanto, queda felizmente descartada. Ya no puede haber matanza de godos. Por fortuna para la humanidad. Por desgracia para el imperio.



Todo eso lleva al núcleo de la cuestión: Europa o como queramos llamar a este cálido ámbito de derechos y libertades, de bienestar económico y social, está roído por dentro y amenazado por fuera. Ni sabe, ni puede, ni quiere, y quizá ni debe defenderse. Vivimos la absurda paradoja de compadecer a los bárbaros, incluso de aplaudirlos, y al mismo tiempo pretender que siga intacta nuestra cómoda forma de vida. Pero las cosas no son tan simples. Los godos seguirán llegando en oleadas, anegando fronteras, caminos y ciudades. Están en su derecho, y tienen justo lo que Europa no tiene: juventud, vigor, decisión y hambre. Cuando esto ocurre hay pocas alternativas, también históricas: si son pocos, los recién llegados se integran en la cultura local y la enriquecen; si son muchos, la transforman o la destruyen. No en un día, por supuesto. Los imperios tardan siglos en desmoronarse.



Eso nos mete en el cogollo del asunto: la instalación de los godos, cuando son demasiados, en el interior del imperio. Los conflictos derivados de su presencia. Los derechos que adquieren o deben adquirir, y que es justo y lógico disfruten. Pero ni en el imperio romano ni en la actual Europa hubo o hay para todos; ni trabajo, ni comida, ni hospitales, ni espacios confortables. Además, incluso para las buenas conciencias, no es igual compadecerse de un refugiado en la frontera, de una madre con su hijo cruzando una alambrada o ahogándose en el mar, que verlos instalados en una chabola junto a la propia casa, el jardín, el campo de golf, trampeando a veces para sobrevivir en una sociedad donde las hadas madrinas tienen rota la varita mágica y arrugado el cucurucho. Donde no todos, y cada vez menos, podemos conseguir lo que ambicionamos. Y claro. Hay barriadas, ciudades que se van convirtiendo en polvorines con mecha retardada.



 De vez en cuando arderán, porque también eso es históricamente inevitable. Y más en una Europa donde las élites intelectuales desaparecen, sofocadas por la mediocridad, y políticos analfabetos y populistas de todo signo, según sopla, copan el poder. El recurso final será una policía más dura y represora, alentada por quienes tienen cosas que perder. Eso alumbrará nuevos conflictos: desfavorecidos clamando por lo que anhelan, ciudadanos furiosos, represalias y ajustes de cuentas. De aquí a poco tiempo, los grupos xenófobos violentos se habrán multiplicado en toda Europa. Y también los de muchos desesperados que elijan la violencia para salir del hambre, la opresión y la injusticia. También parte de la población romana -no todos eran bárbaros- ayudó a los godos en el saqueo, por congraciarse con ellos o por propia iniciativa. Ninguna pax romana beneficia a todos por igual. 



Y es que no hay forma de parar la Historia. «Tiene que haber una solución», claman editorialistas de periódicos, tertulianos y ciudadanos incapaces de comprender, porque ya nadie lo explica en los colegios, que la Historia no se soluciona, sino que se vive; y, como mucho, se lee y estudia para prevenir fenómenos que nunca son nuevos, pues a menudo, en la historia de la Humanidad, lo nuevo es lo olvidado. Y lo que olvidamos es que no siempre hay solución; que a veces las cosas ocurren de forma irremediable, por pura ley natural: nuevos tiempos, nuevos bárbaros. Mucho quedará de lo viejo, mezclado con lo nuevo; pero la Europa que iluminó el mundo está sentenciada a muerte.



 Quizá con el tiempo y el mestizaje otros imperios sean mejores que éste; pero ni ustedes ni yo estaremos aquí para comprobarlo. Nosotros nos bajamos en la próxima. En ese trayecto sólo hay dos actitudes razonables. Una es el consuelo analgésico de buscar explicación en la ciencia y la cultura; para, si no impedirlo, que es imposible, al menos comprender por qué todo se va al carajo. Como ese romano al que me gusta imaginar sereno en la ventana de su biblioteca mientras los bárbaros saquean Roma. Pues comprender siempre ayuda a asumir. A soportar. 



La otra actitud razonable, creo, es adiestrar a los jóvenes pensando en los hijos y nietos de esos jóvenes. Para que afronten con lucidez, valor, humanidad y sentido común el mundo que viene. Para que se adapten a lo inevitable, conservando lo que puedan de cuanto de bueno deje tras de sí el mundo que se extingue. Dándoles herramientas para vivir en un territorio que durante cierto tiempo será caótico, violento y peligroso. Para que peleen por aquello en lo que crean, o para que se resignen a lo inevitable; pero no por estupidez o mansedumbre, sino por lucidez. Por serenidad intelectual. Que sean lo que quieran o puedan: hagámoslos griegos que piensen, troyanos que luchen, romanos conscientes -llegado el caso- de la digna altivez del suicidio. Hagámoslos supervivientes mestizos, dispuestos a encarar sin complejos el mundo nuevo y mejorarlo; pero no los embauquemos con demagogias baratas y cuentos de Walt Disney. Ya es hora de que en los colegios, en los hogares, en la vida, hablemos a nuestros hijos mirándolos a los ojos.