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jueves, 29 de diciembre de 2022

DISCURSO DE MARCO EMILIO ESCAURO, PRÍNCIPE DEL SENADO, CONTRA LOS NUEVOS ARRIBISTAS



 Es curioso que estuviese yo hablando de asuntos parecidos a éste antes de abrirse la sesión. De asuntos que indican la erosión de nuestros tradicionales métodos de gobierno y conducta personal en el gobierno. En los últimos años, este augusto cuerpo formado por los más excelsos hombres de Roma viene sufriendo la pérdida, no sólo de su poder sino de su dignidad como brazo más antiguo del gobierno. A nosotros, ¡los hombres más relevantes de Roma!, ya no se nos permite dirigir el rumbo del Estado. Nosotros, ¡los hombres más relevantes de Roma!, nos hemos acostumbrado a que el pueblo... políticos veleidosos, inexpertos, irreflexivos y advenedizos, se han acostumbrado a que el pueblo nos haga besar el polvo. Nosotros, ¡los hombres relevantes de Roma!, ya no contamos. Nuestra prudencia, nuestra experiencia, la distinción de nuestras familias durante tantas generaciones desde la fundación de la república, ya no cuentan para nada. Sólo importa el pueblo. Y yo os digo, padres conscriptos, ¡que el pueblo no tiene dotes para gobernar Roma!

 

¿Qué porción del pueblo dirige la Asamblea de la plebe?. ¡Hombres de la segunda, tercera y hasta cuarta clase, caballeros irrelevantes y ambiciosos que quieren dirigir Roma como si fuese su propio negocio, tenderos y pequeños granjeros, incluso artesanos venidos a más para tener varias galerías escultóricas, cómo he visto yo denominar a un patio!. ¡Y hombres que se llaman abogados, pero que tienen que buscarse clientes entre los bucólicos y los imbéciles, y hombres que se denominan agentes y son incapaces de definir de qué son agentes! ¡Sus actividades privadas los aburren y se dedican a acudir a los comitia jactándose de que ellos en sus preciosas tribus pueden gobernar Roma mejor que nosotros en la exclusividad de esta curia! ¡La jerga política chorrea de su boca cual vómito fétido y grumoso, y parlotean de subvencionar a este o a aquel tribuno de la plebe, aplaudiendo cuando las prerrogativas senatoriales se conceden a los caballeros! ¡Son hombres medios esa gente! ¡Ni lo suficiente grandes para pertenecer a la primera clase de las centurias, ni lo bastante bajos para dedicarse a sus propios asuntos en la quinta clase y en el censo por cabezas! ¡Os lo repito, padres conscriptos, el pueblo no tiene dotes para gobernar Roma!. Se le ha concedido excesivo poder y en su presuntuosa arrogancia, fomentada e instigada, hay que añadir, por diversos miembros de esta cámara cuando eran tribunos de la plebe, ahora alardean de ignorar nuestros consejos, nuestras orientaciones, nuestras personas!

 

Ha llegado la hora de que en el Senado invirtamos ese proceso. ¡Ha llegado la hora de que demostrémos al pueblo que ellos son subalternos en esta empresa común de gobernar!: Por supuesto que los orígenes de este deterioro del poder senatorial son fáciles de discernir. Esta augusta cámara ha permitido el acceso a demasiados advenedizos, a demasiadas setas venenosas, a demasiados hombres nuevos, a cargos de magistratura superior. ¿Qué significa en definitiva el Senado de Roma para un hombre que ha tenido que limpiarse la mierda de cerdo del rostro antes de llegar a Roma para probar su suerte en política?. ¿Qué significa el Senado de Roma para alguien que, en el mejor de los casos, es un latino a medias, originario de las tierras fronterizas de los samnitas... que alcanzó su primer consulado amparado en las faldas de la mujer patricia que compró? ¿Y qué significa el Senado de Roma para un híbrido bizco de las colinas infectadas de celtas del norte de Picenum?

 

Nuestros hijos, padres conscriptos, son seres timoratos que crecen en una atmósfera que ahoga al Senado de Roma hasta en su tarea de insuflar vida al pueblo de Roma. ¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos vayan a gobernar Roma en su día, si el pueblo los intimida?. ¡Os lo repito, si no habéis empezado ya, desde hoy mismo debéis comenzar a educar a vuestros hijos para que se hagan fuertes en el Senado e implacables con el pueblo!. ¡Hacedles entender la natural superioridad del Senado! ¡Y preparadlos para luchar por el mantenimiento de esa superioridad natural!

 

¿Quiere alguien decirme por qué un miembro de esta augusta cámara puede deliberadamente optar por minarla?. ¿Puede alguien decírmelo?. ¡Porque es algo que sucede constantemente! . ¡Y ahí están sentados, llamándose senadores, miembros de esta augusta cámara!. ¡Y también llamándose tribunos de la plebe!. ¡Ahora sirven a dos señores!. Y yo os digo, recordémosles que son antes que nada senadores, y tribunos de la plebe después. Que su real cometido ante la plebe es educarla a ese papel subordinado. Pero ¿es lo que hacen?. ¡No! ¡Claro que no! Sí, algunos de esos tribunos guardan lealtad al orden establecido, lo admito, y por ello son encomiables. Otros, como siempre ha sucedido desde que el mundo es mundo, no hacen nada por el Senado ni por el pueblo, temerosos de que si se sientan a un extremo u otro del banco de los tribunos el resto se levante y ellos caigan al suelo en medio del ridículo. Pero es que hay otros, padres conscriptos, que deliberadamente se dedican a minar a esta augusta cámara, al Senado de Roma. ¿Por qué?. ¿Qué es lo que puede inducirlos a destruir su propio orden?

 

Yo os diré por qué, colegas senadores. Porque algunos se dejan comprar como baratijas de mercadillo. ¡A ésos todos los comprendemos!. Pero hay otros con motivaciones más sutiles, y entre éstos el primero fue Tiberio Sempronio Graco. Hablo de la clase de tribuno de la plebe que ve en ella un instrumento para sus propias ambiciones, la clase de hombre que codicia la categoría de primer hombre de Roma sin ganársela entre sus pares, como hizo Escipión Emiliano, Escipión Africano y Emilio Paulo, y, os ruego me perdonéis todos por la presunción, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. Hemos adoptado un vocablo griego para describir el estilo de tribunos de la plebe de Tiberio y Cayo Graco: los llamamos demagogos. No obstante, no lo empleamos exactamente igual que los griegos. Nuestros demagogos no arrastran a toda la ciudad al Foro pidiendo sangre, tiran a los senadores por la escalinata de la curia y hacen su voluntad mediante la violencia de las masas. Nuestros demagogos se contentan con inflamar a los que habitualmente se congregan en la zona de comicios y hacen su voluntad por medio de la legislación. 


Sí, claro, hay violencia de vez en cuando, pero no es frecuente; somos nosotros, el Senado, quienes tenemos que recurrir a la violencia para restablecer el status quo. Porque nuestros demagogos son legisladores y leguleyos, más sutiles, más rencorosos, ¡mucho más peligrosos que los que incitan a la revuelta!. Corrompen al pueblo para lograr sus ambiciones. Y eso, padres conscriptos, no tiene nombre. Y, sin embargo, se hace todos los días y cada día es más evidente. El atajo hacia el poder, el camino fácil hacia la preeminencia.

 

El atajo al poder, el camino fácil a la preeminencia. Bien, todos conocemos a esa clase de hombres, ¿no es cierto?.  El primero es Cayo Mario, nuestro estimado primer cónsul, quien, según tengo entendido, está otra vez a punto de hacerse elegir cónsul ¡y otra vez in absentia! . cPor deseo nuestro?. ¡No!. ¡Por medio del pueblo, naturalmente!. ¿Cómo, si no, iba a haber llegado Cayo Mario a donde ha llegado de no haber sido por el pueblo?. Algunos de nosotros le hemos combatido con uñas y dientes, le hemos combatido con todos los recursos legales de nuestro arsenal constitucional. ¡Pero en vano!. Cayo Mario cuenta con el apoyo del pueblo, el oído del pueblo, y echa dinero en las bolsas de algunos de los tribunos de la plebe. En los tiempos actuales, basta con eso. Ese es Cayo Mario. Pero no me he levantado para hablar de Cayo Mario. Me perdonaréis, padres conscriptos, por dejar que mis sentimientos me hagan apartarme de lo esencial de mi exposición.

 

Me he levantado para hablar de otro arribista, una modalidad de arribismo menos ostensible que la de Cayo Mario. La clase de arribista que aduce antepasados senatoriales y habla bien el griego, que ha tenido una buena educación y vive en una casa lo bastante lujosa en la que sus ojos nunca han visto mierda de cerdo, es decir, en la que nunca ha visto nada de nada. No es un romano descendiente de romanos, por mucho que diga. Me refiero a Cneo Pompeyo Estrabo, legado de esta augusta cámara para servir al gobernador de Cerdeña, Tito Anio Albucio.

 

Y bien, ¿quién es este Cneo Pompeyo Estrabo?. Un Pompeyo que dice tener vínculos de sangre con los Pompeyos de esta cámara desdé hace generaciones, aunque seria interesante ver hasta qué punto son verdad esos vínculos. Rico como Craso, con una clientela que cubre casi la mitad del norte de Italia, un rey dentro de sus tierras. Ese es Cneo Pompeyo Estrabo.

 

Miembros del Senado ,¿adónde va a llegar esta augusta cámara si un senador bisoño disfrazado de cuestor tiene la osadía y el... el... descaro de acusar a su superior?. ¿Tan faltos de jóvenes romanos estamos que no podemos sentar culos romanos en trescientas escasas sillas?. ¡Me... me... escandaliza!. ¿Es que ese Pompeyo bizco está tan poco instruido en los detalles de comportamiento que debe guardar un miembro del Senado como para llegar a imaginarse que puede acusar a su superior?. ¿Qué nos sucede que consentimos que gentes como Pompeyo el bizco sienten sus posaderas en una silla senatorial?. ¿Cómo es que se atreve a cosa semejante?. ¡Por ignorancia y falta de clase, por eso se atreve!. ¡Hay cosas, conscriptos padres, que no se hacen!. Cosas como acusar a un superior o a un pariente próximo, incluidos los que lo son por matrimonio. ¡No se hacen!. ¡Descarado, bovino, grosero, inculto, presuntuoso, estúpido... nuestra lengua latina carece de epítetos suficientes para calificar los defectos de una seta venenosa como este Cneo Pompeyo Estrabo, ese Pompeyo bizco!

 

Aquí no se trata de Tito Anio, cuya conducta reconozco que es reprochable. Naturalmente que ese asunto se tratará como es debido, en este caso con un proceso. Si se le declara culpable, recibirá el castigo que la ley prescribe. Pero aquí de lo que se trata es del protocolo, la cortesía, la etiqueta, en otras palabras, padres conscriptos, ¡de modales!.  ¡Esa seta venenosa de Pompeyo el bizco es culpable de una flagrante transgresión de modales!

 

Propongo, padres conscriptos, que Tito Anio Albucio responda de cargos con cariz de traición, pero que el praetor urbanus escriba al mismo tiempo una carta contundente al cuestor Cneo Pompeyo Estrabo diciéndole que, primero, bajo ninguna circunstancia se le permitirá procesar a un superior, y, segundo, que tiene modales de patán.



miércoles, 22 de abril de 2020

EL CÓNSUL SERVIO SULPICIO GALBA



Servio Sulpicio Galba (en latín, Servius Sulpicius Galba; c. 194-c. 129 a. C.) fue un político y militar romano del siglo II a. C. perteneciente a la gens Sulpicia.

 

Ocupó diversas magistraturas, entre las que destacan la pretura y el consulado. Su gobierno de la Hispania Ulterior destacó por su conducta cruel que pudo ser el detonante de la guerra de guerrillas que después enfrentó a la República con Viriato. Cicerón lo consideraba un gran orador.


Galba fue miembro de los Sulpicios Galbas, una familia patricia de la gens Sulpicia. Fue hijo de Servio Sulpicio Galba y padre de Servio Sulpicio Galba y Cayo Sulpicio Galba.

 

Tribuno militar en el año 167 a. C. comandando la segunda legión romana en Macedonia a las órdenes de Emilio Paulo, a quien era profundamente hostil. Después de la derrota de Perseo de Macedonia, cuando Emilio regresó a Roma, Galba trató de impedir que le fuera concedido el triunfo, pero sin éxito.

 

En 151 a. C. le fue encomendado el gobierno de la Hispania Ulterior en el reparto de provincias pretorias, donde sustituyó a Marco Atilio Serrano, conquistador de Oxtraca.​

 

Prosiguió la guerra contra los celtíberos. Para castigar las incursiones de los lusitanos a las ciudades sometidas al yugo romano, los atacó en los confines de las actuales Andalucía y Extremadura. Los lusitanos causaron a Galba enormes pérdidas y tuvo que retirarse a sus cuarteles de invierno en Conistorgis.


Renovado el año siguiente su imperium (esta vez en calidad de propretor), en la primavera entró nuevamente en la Lusitania y asoló su país. Cuando los lusitanos enviaron una embajada protestando por la violación del tratado que habían hecho con Atilio, a la vez que prometían observar los términos del acuerdo con fidelidad, Galba recibió amablemente a los embajadores y lamentó que las circunstancias, especialmente la pobreza de su país, los hubiera inducido a la rebelión contra los romanos.

 

Les prometió tierras fértiles donde se podrían establecer para cultivarlas y habitarlas con sus familias, efectuando asentamientos bajo la protección de Roma si permanecían leales. Acudieron unos treinta mil lusitanos solicitando el cumplimiento de esta promesa.

 

Galba los repartió en tres campamentos y les exigió que entregaran sus armas en señal de amistad; entonces los rodeó con todo su ejército y ordenó atacarlos; unos nueve mil fueron acuchillados y más de veintemil fueron hechos prisioneros y vendidos como esclavos en las Galias.

 

 De entre los pocos que pudieron escapar estuvo Viriato, quien años después tomaría venganza de esta traición romana dando comienzo a las guerras lusitanas.

 

Esta conducta fue denunciada por el tribuno de la plebe Lucio Escribonio Libón, que lo acusó cuando al término de su mandato (149 a. C.) volvió a Roma. También recibió críticas de Catón el Viejo, quien ya contaba con ochenta y cinco años, por su conducta.


Se le instruyó un proceso acusado de pactar ilegalmente, de traicionar lo pactado y de retener personalmente la mayor parte del botín. Pero, gracias a su aristocrático origen, al cohecho y a su probada elocuencia, logró la absolución.

 

 No obstante Libón consiguió que se aprobara una ley que ordenaba el rescate de los lusitanos vendidos por Galba y poco después el Senado aprobó la lex Calpurnia que iba especialmente dirigida contra los gobernadores culpables de concusión.

 

En el año 144 a. C., fue elegido cónsul con Lucio Aurelio Cota. Los dos cónsules se disputaron quién tendría el mando de Hispania donde Viriato al frente de los lusitanos se había sublevado.

 

 La discordia reinante también llegó al Senado, pero se resolvió al final que nadie debía ser enviado a la península ibérica y que Quinto Fabio Máximo Emiliano, el cónsul del año anterior, debería seguir al mando del ejército en Hispania.


En el año 138 a. C., habló en favor de los publicani.​

 

Apiano afirmó que, a pesar de ser muy rico, era extremadamente tacaño y que no tenía el menor escrúpulo en mentir o cometer perjurio siempre y cuando con ello pudiera obtener beneficios económicos.


Cicerón habla de su talento como orador con elogio y lo llama el primero de los romanos cuya oratoria era lo que debería ser. Su oratoria tenía gran poder, la cual era incrementada por el uso de una gesticulación apasionada.​

 

El personaje de Servio Sulpicio Galba fue interpretado por el actor Lluís Homar en la serie de televisión española Hispania, la leyenda, en la que se relatan los enfrentamientos con Viriato, y en la secuela de esta, Imperium, en la que se desarrollan las intrigas políticas en Roma.


miércoles, 26 de junio de 2019

TEMPLO DE BELONA


Belona era la diosa original de la guerra de Roma, y se remontaba a las épocas en que los dioses romanos eran simples fuerzas que no tenían rostro ni sexo. Su otro nombre era Nerio, una deidad todavía más misteriosa entrelazada con Marte, el posterior dios de la guerra. Cuando Apio Claudio el Ciego inauguró el templo para que los protegiera durante las guerras etruscas y samnitas, colocó una estatua de ella en el edificio; era elegante y estaba bien conservada: se pintaba regularmente con vividos colores. Como la guerra era algo que no se podía discutir dentro del pomerium de la ciudad, el recinto de Belona, que era muy espacioso, estaba en el Campo de Marte, fuera del recinto sagrado. Como todos los templos romanos, estaba montado sobre un alto podio. Para llegar al interior había que subir veinte escalones en dos tramos de diez; sobre la ancha extensión de la plataforma, entre los dos tramos de escalera y exactamente en el medio, había una columna de mármol rojo cuadrada de un metro veinte de altura. Al pie de los escalones había un iugerum de lozas, los márgenes marcados con plintos fálicos sobre los que descansaban las estatuas de los grandes generales romanos: Fabio Máximo Cunctator, Apio Claudio Caecus, Escipión el Africano, Emilio Paulo, Escipión Emiliano, Cayo Mario, César Divus Julius y muchos otros, todos tan bien pintados que parecían vivos.












domingo, 6 de enero de 2019

PRIMERA BIBLIOTECA PÚBLICA DE ROMA



 

El primero que introdujo en Roma gran cantidad de libros fue Emilio Paulo, después de la derrota de Perseo, rey de los Macedonios; después de él, Lúculo, como parte del botín del Ponto. Más tarde César confió a Marco Varrón el encargo de organizar una gran biblioteca. Sin embargo, Polión fue el primero que abrió en Roma una biblioteca pública, integrada por obras tanto griegas como latinas; las imágenes de muchos escritores aparecían expuestas en su atrio, que había adornado con la mayor magnificencia con obras procedentes de compras de botines».


(Isidoro de Sevilla, Etimologías, VI, 5.)








lunes, 1 de mayo de 2017

MARCO PORCIO CATÓN, EL CENSOR

En -195, inmediatamente después de la primera guerra púnica, las mujeres de Roma, formando cortejo, se dirigieron al Foro y pidieron al Parlamento la abrogación de la Ley Oppia, promulgada durante el régimen de austeridad impuesto por la amenaza de Aníbal, que prohibía al bello sexo los adornos de oro, los vestidos coloreados y el uso de vehículos.


Por primera vez en la historia de Roma, las mujeres eran protagonistas de algo, tomaban una iniciativa política y, en suma, afirmaban sus derechos. Hasta entonces, no había sucedido jamás. Durante cinco siglos y medio, o sea. desde el día en que fue fundada, la historia de Roma había sido una historia de hombres, en la que las mujeres actuaron, en masa y anónimamente, de coro. Las pocas cuyos nombres se conocen, Tarpeya, Lucrecia, Virginia, acaso no existieron nunca y no encarnan personajes verosímiles, sino monumentos a la Traición o a la Virtud. La vida pública romana era solamente masculina. Las mujeres no contaban más que en la privada, es decir, en el ámbito familiar de la casa, donde su influencia quedaba circunscrita exclusivamente a sus funciones de madre, de esposa, de hija o de hermana de los hombres.


En el Senado, Marco Porcio Catón, en su calidad de «censor» encargado de vigilar las costumbres, se opuso a la petición. Y su discurso, que nos ha sido dado a conocer por Livio, dice mucho sobre las transformaciones acaecidas aquellos últimos años en la vida familiar y social de la Urbe:


«Si cada uno de nosotros, señores, hubiese mantenido la autoridad y los derechos del marido en el interior de la propia casa, no hubiéramos llegado a este punto. Ahora henos aquí: la prepotencia femenina, tras haber anulado nuestra libertad de acción en familia, nos la está destruyendo también en el Foro.

Recordad lo que nos costaba sujetar a las mujeres y frenar sus licencias, cuando las leyes nos permitían hacerlo. E imaginad qué sucederá de ahora en adelante, si esas leyes son revocadas y las mujeres quedan puestas, hasta legalmente, en pie de igualdad con nosotros. Vosotros conocéis a las mujeres: hacedlas vuestras iguales e inmediatamente os las encontraréis convertidas en dueñas. Al final veremos esto: los hombres de todo el Mundo, que en todo el Mundo gobiernan a las mujeres, serán gobernados por los únicos hombres que se dejan gobernar por sus mujeres: los romanos.»


Las manifestantes rubricaron con una burlona risotada las últimas palabras del orador, que, por lo demás, estaba habituado a ello como todos los que dicen la verdad. La ley Oppia fue revocada y Catón trató inútilmente de recobrarse decuplicando los impuestos sobre artículos de lujo. Ciertas ventoleras, cuando empiezan a soplar, no hay barba de censor que pueda pararlas. Y las sufragistas, conseguida la iniciativa, no estaban dispuestas a dejársela arrancar de las manos. Poco a poco obtuvieron el derecho de administrar su propia dote, lo que las hacía económicamente independientes y libres, como se diría hoy, de «vivir su vida»; después, el de divorciarse y de vez en cuando, si no lo conseguían, de envenenar al marido. Y cada vez más se entregaron a la práctica del maltusianismo para evitar el «fastidio» de los hijos.


Contrariamente a lo que se cree y a como nos lo han pintado, el hombre que trataba de cerrar el paso a estas modas nuevas, todas de origen griego, no era en absoluto un insoportable moralista de boca acerba y de hígado enfermo. Todo lo contrario. Marco Porcio Catón era un campesino plebeyo de los alrededores de Rieti, lleno de salud y de buen humor, que llegó a los ochenta y cinco años (edad, para aquellos tiempos, casi legendaria), y murió después de haber conseguido todas las satisfacciones, incluida la de hacerse muchos enemigos, cosa que le agradaba particularmente.


Debióse a la casualidad que llegara a ser un relevante hombre político y acaso el personaje más interesante de aquel período. Vivía con estoica sencillez en su pequeña granja que cultivaba con sus propias manos, cuando, muy cerca, estableció su residencia un viejo senador jubilado, Valerio Flaco, que se retiró allí por el desagrado que le producía la corrupción de Roma. Patricio a la antigua, es decir, de aquellos que sentían horror por los refinamientos, en seguida simpatizó con aquel muchacho desdentado, de manos callosas, de costumbres rústicas y pelo rojo, que leía los clásicos, pero a escondidas porque se avergonzaba de ello como de un vicio poco menos que impúdico, con los cuales había aprendido a escribir y a hablar con un estilo seco y escueto. Se hicieron amigos, compartiendo costumbres e ideas. Y Valerio estimuló a Marco, que se llamaba Porcio porque su familia había criado siempre puercos, y Catón porque sus antepasados habían sido astutos, a que se hiciera abogado. Era la profesión con la que se debutaba en la vida política. Y acaso el senador le lanzó precisamente con este objeto, con la esperanza de dejar un heredero en la polémica antimodernista, que la edad no le permitía ya sostener a él.


Catón lo intentó y ganó, una tras otra, doce causas ante el tribunal local. Después, con una clientela segura, abrió un bufete, como se diría hoy, en Roma, se presentó a las elecciones y batió el llamado «curso de los honores» con anibálico ceño. Edil a los treinta años, en -199, y pretor en -198, tres años más tarde era cónsul. Luego volvió a empezar: tribuno en -191 y censor en -184, prácticamente continuó ejerciendo magistraturas hasta muy avanzada edad, distinguiéndose sobre todo en tiempo de guerra, cuando cambiaba por los militares sus galones civiles. El campamento le convenía más que el Foro, porque con más pertinencia podía apelar a la disciplina, que él consideraba como la condición de los valores morales. Al parecer, era un general tacaño. Pero los soldados se lo perdonaban porque caminaba a pie como ellos, combatía con sereno valor y, en el momento del saqueo, que figuraba en los derechos del vencedor, concedía a cada uno una libra de plata sobre el botín, que después entregaba enteramente al Senado sin guardarse ni una onza para él.


Esta regla, que los generales romanos habían observado casi siempre hasta las guerras púnicas, hacía algún tiempo que constituía una excepción. El Gobierno no se fijaba demasiado en la parte que el vencedor se había embolsado del botín, cuando éste era rico. Quinto Minucio había traído de España treinta mil libras de plata y treinta y cinco mil denarios; Manlio Vulson, cuatro mil quinientas libras de oro de Asia y cuatrocientos mil sestercios que fueron extorsionadas a Antíoco y a Perseo... Bajo aquella lluvia de oro, la honradez de los magistrados y de los generales romanos, estrechamente ligadas, a la pobreza, al ahorro y a la avaricia, era natural que se hundiese. Y la batalla que condujo Catón para impedirlo estaba destinada al fracaso. De todos modos, él la llevó a cabo igualmente.


En 187, cuando era tribuno, pidió a Escipión Emiliano y a su hermano Lucio, que regresaban vencedores de Asia, que rindiesen cuentas al Senado de las sumas pagadas como indemnización de guerra por Antíoco. Era una petición perfectamente legítima, pero que sorprendió a Roma porque ponía en entredicho la corrección del triunfador de Zama, que, en realidad, estaba por encima de toda sospecha. No se comprende bien qué impulsó a dar aquel paso a Catón, que no podía ciertamente ignorar la integridad del Africano y su inmensa popularidad. Tal vez quiso simplemente restablecer el principio, que estaba cayendo en desuso, de que los generales, cualesquiera que fuesen su nombradía y sus méritos, debían rendir esas cuentas; ¿o tal vez fue por una violenta antipatía hacia el clan de los Escipiones, esteticistas, helenizantes y modernistas?


Acaso una y otra cosa. Como fuere, el pretexto coligó contra quien presentaba la petición, a aquella oligarquía de familias dominantes que, en el ámbito de la aristocracia senatorial, detentaba prácticamente el monopolio del poder. Hasta Sila, la historia de Roma se resume en la de algunas dinastías, y de hecho presenta siempre los mismos nombres. De los últimos doscientos cónsules de la República, la mitad pertenece a sólo diez linajes y la otra mitad a dieciséis. Y de ellos, el de los Escipiones era acaso el más insigne, desde el que cayó en Trebia hasta el que había triunfado en Zama y que era padre adoptivo del que más tarde destruyó Cartago.


El Africano, aun cuando herido en su orgullo, se disponía a responder. Pero su hermano Lucio se lo impidió. Y, sacándose de la cartera los documentos que comprobaban las percepciones habidas y los pagos correspondientes, los hizo pedazos delante del Senado. Por este gesto fue llevado ante la Asamblea y condenado por fraude. Mas el castigo le fue ahorrado por veto de un tribuno, un tal Tiberio Sempronio Graco, de quien pronto oiremos hablar, lo que venía a confirmar más la regla supradicha de la política por dinastías, pues era pariente del acusado, por haber casado con la hija del Africano, Cornelia. El héroe de Zama fue convocado a la Asamblea para ser sometido a juicio. Interrumpió el debate invitando a los diputados al templo de Júpiter para celebrar el aniversario de su gran victoria, que caía precisamente en aquel día. Los diputados le siguieron y asistieron a las funciones que allí se celebraron. Mas, de vuelta en el Senado, convocaron de nuevo al general. Éste se opuso a ello y, amargado por aquella insistencia, se retiró a su villa de Liternum, donde permaneció hasta la muerte. Sus perseguidores le dejaron finalmente en paz. Pero Catón deploró, justamente, que por primera vez en la historia de Roma los méritos de combatiente de un acusado obstaculizaran la justicia, y en este episodio denunció el primer vislumbre de un individualismo que pronto corrompería la sociedad con el culto del héroe y había de destruir la democracia. Los hechos se encargarían de darle la razón.


Alguien se preguntará cómo, teniendo en contra adversarios poderosos como las mujeres y la «mafia» de las familias aristocráticas, aquel implacable debelador logró, sin embargo, seguir en el machito y ganar las elecciones cada vez que se presentaba candidato a cualquier magistratura. Pocos le querían, ciertamente. Su honestidad en aquellos tiempos de corrupción, su ascetismo en aquella época de molicie, eran sentidos por todos como un remordimiento. Representaba lo que cada uno hubiera debido, y acaso querido ser, pero que, desgraciadamente no era. Y precisamente por esto, pese a detestarle, le respetaban y le concedían el voto. Era, además, un gran orador. Y la cosa era bastante extraña, pues había debutado en las letras publicando un tratado contra los retóricos y anticipando la famosa frase de Verlaine: Cuando veas la oratoria, tuércele el cuello. Pero precisamente a fuerza de enseñar a los demás cómo «no» se debía hablar, había aprendido él mismo a hablar perfectamente. Lo poco que nos queda de sus discursos basta para que le reconozcamos como más grande que Cicerón, ciertamente más rotundo, enfático y literariamente perfecto que él, pero menos directo, eficaz y sincero. Lo que demuestra que no hay elocuencia, como no hay literatura, como no hay música ni pintura, como no hay nada, sin una fuerza moral y una convicción sincera que las sostengan.


Catón sazonaba con notas de humor incluso sus más severas requisitorias. Y cuando, por ejemplo, como censor, hizo expulsar del Senado a Manilio por haber besado a su mujer en público, alguien le preguntó si él no lo había hecho nunca, respondió: «Sí, pero solamente cuando truena. Por esto el mal tiempo me pone siempre de buen humor.» Hasta cuando intentaban procesarle, y lo hicieron, al parecer, cuarenta y cuatro veces, con las más variadas acusaciones, conservaba su jovialidad y se reía en igual medida que mordía. Con aquel sarcasmo siempre a punto, con aquellos chistes populares, con aquel rostro surcado de cicatrices, el pelo rojo y los dientes separados, no era agradable encontrárselo enfrente como contradictor. Y nadie hubiera conseguido arrinconarle, si él mismo no se hubiera cansado, en un momento dado, de aquel inútil combate; así que retiróse espontáneamente a escribir libros, ocupación que, en su fuero interno, despreciaba.


Lo hizo porque quería oponer algún texto escrito en latín a los que entonces todos los literatos se habían puesto a componer en griego, lengua que iba en camino de alcanzar el monopolio de la cultura romana. El De agricultura, el único, en efecto, que nos queda de él, es el primer libro en prosa propiamente dicho que apareció en Roma. Es un curioso manual práctico en el que, junto a ideas vagamente filosóficas, se mezclaban consejos sobre el sistema de curar los reumatismos y la diarrea. En cuanto a los criterios sobre el modo de explotar las tierras, helos aquí: Lo mejor —dice— es una provechosa cría de ganado. ¿Después? Una cría de ganado moderadamente provechosa. ¿Después? Una cría de ganado ni siquiera moderadamente provechosa. ¿Después? Después..., después, la labranza y la siembra. Catón no quería siquiera volver a la agricultura sino al pastoreo.


Nadie tuvo más vivo que él el pensamiento de la decadencia de Roma y nadie mejor que él diagnosticó el foco de infección: Grecia. Había estudiado la lengua y, culto y avisado como era bajo sus toscos hábitos, había comprendido que la cultura helénica era demasiado más alta y refinada que la romana para no corromperla. Llamaba a Sócrates «una solterona chismosa», y aprobaba a los jueces que le condenaron a muerte por saboteador de las leyes y del carácter de Atenas. Pero le odiaba precisamente tanto como le admiraba, y se daba cuenta de que sus ideas conquistarían también la Urbe. Créeme bajo palabra —escribía a su hijo—; sí este pueblo consigue contaminarnos con su cultura, estamos perdidos. De momento ha comenzado con sus médicos que, con la excusa de curarnos, han venido a destruir a los «bárbaros». Te prohíbo que tengas trato con ellos. Le prefería muerto antes que sanado con las aspirinas y las vitaminas griegas.


Fue probablemente ese terror lo que le sugirió la insistencia, que le ha hecho célebre, sobre el delenda Carthago. Más que impedir un renacimiento de Roma, él propendía a distraer Roma de las tentaciones de una conquista de Grecia. Quería que su patria mirase a Occidente, no a Oriente, de donde, según él, sólo vendrían vicios y males. Y acaso quedóse muy decepcionado por la rapidez con que Escipión llevó a cabo la empresa. Hubiese preferido una guerra defensiva contra diez Aníbales a una ofensiva contra la Hélade_ Y cuando vio a los cónsules Marcelo, Fulvio y Emilio Paulo volver de allí con carros cargados de estatuas, pinturas, copas de metal, espejos, muebles de precio y telas recamadas, y al pueblo apiñarse ante aquellas maravillas y discutir de modas, de estilos, de sombreritos, de sandalias, de vajilla y de cosméticos, debió de llevarse, desesperado, las manos a la cabeza.


Murió en -149, cuando el Senado había ya decidido mandar el último Escipión ad delendam Carthaginem. Tal vez aquel gesto le devolvió un soplo de esperanza, o por lo menos nos complace pensarlo. De haber vivido un poco más, habría advertido que la destrucción de Cartago no había servido verdaderamente para nada. Al contrario, una vez derrotada aquella ciudad del África asomada al Mediterráneo, los romanos no tuvieron ya ojos, oídos ni pensamientos más que para Fidias, Praxíteles, Aristóteles, Platón, la cocina, los afeites y las «hetairas» de Atenas.