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lunes, 13 de abril de 2020

AB URBE CONDITA




 Ab Urbe condita (AUC) es una expresión latina que significa «desde la fundación de la Ciudad» (de Roma), que se sitúa conforme al cálculo de Marco Terencio Varrón en el tercer año de la sexta olimpiada, 753 a. C., aunque se manejaban también otras fechas, como el primer año de la séptima olimpiada según Catón el Viejo.​ Por lo tanto, el año 1 de la era cristiana equivale al año 754 ab Urbe condita.


Desde el imperio de Claudio ( 41 a 54), este cálculo fue aceptado como el más correcto, dado que lo utilizó este emperador para celebrar, en 48, los ochocientos años desde la fundación de Roma. Un siglo después, también lo emplearon Adriano y Antonino Pío. En 248, por último, el emperador Filipo, el árabe, conmemoró el Milenio de la Urbe, con los Ludi saeculares que indicaban expresamente la fecha, al mismo tiempo su rival, Pacatiano, hacía acuñar monedas con la inscripción: "año mil y uno".


No obstante, esta expresión era utilizada raramente en la Antigua Roma para contar los años, y de hecho existían dataciones rivales respecto del comienzo de la era. Otra manera de computar los años era "desde la expulsión de los reyes" (post reges exactos) es decir, desde la creación de la república en 509 a. C.​ Sin embargo, a efectos prácticos, los romanos nombraban los años según el cónsul epónimo e incluso por el nombre de cualquier otro magistrado.​ Así, para designar el año 216 a. C. solía decirse el año del consulado de Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varrón; o para indicar el 44 a. C., el quinto consulado de Julio César. Más tarde se empleó el sistema de contar los años de los emperadores o, en ocasiones, tomar como inicio de la era el comienzo de alguna dinastía (Era Seleúcida) o un evento (Era Hispánica, Era de los Mártires)


En el siglo VI, el monje Dionisio el Exiguo calculó las fechas del ciclo pascual a partir de la fecha de la encarnación de Cristo, fijada por él en el 754 de la fundación de Roma, pero el nuevo sistema de cómputo no se generalizó hasta el reinado de Carlomagno, cuando fue introducido por Alcuino según la práctica anglosajona. Incluso siglos después, se mantuvieron en uso las eras antiguas.


El uso de la era ab urbe condita se hizo común a partir del Renacimiento, impulsado por la costumbre de los primeros editores de los clásicos de colocar en los márgenes la datación AUC. Esto ha dado la falsa impresión de que esta era se utilizaba habitualmente en la Antigüedad.


Imagen de una de las primeras
 monedas romanas datadas 
ab Urbe condita

miércoles, 27 de septiembre de 2017

LOS ESCRITORES Y POETAS DEL PERÍODO ÁUREO DE AUGUSTO


VIRGILIO

Años antes, cuando volvió victorioso de la campaña contra Antonio, Augusto había encontrado, esperándole en Brindisi, a Mecenas con un joven poeta mantuano, Virgilio. Era hijo de un empleado del Estado de sangre céltica, a quienes los legionarios habían requisado la pequeña granja donde había un libro de poesías, las Églogas, que tuvieron un buen éxito. Mecenas le protegía y a la sazón quería hacer de él un instrumento para la propaganda de Augusto, a quien venía a presentarle.

MECENAS

Augusto se hizo leer por el autor el manuscrito de las Geórgicas, inéditas aún, y le tomó simpatía por dos razones que, con el arte que le importaba un ardite, tenían poco que ver: en primer lugar, porque Virgilio era enfermizo y enclenque como él y, por lo tanto, podía conversar a placer de bronquitis, amigdalitis y colitis; y después porque sus poesías celebraban los placeres de la vida rural y frugal a la que Augusto quería que volviesen todos los romanos. En realidad, como después dijo Séneca, Virgilio describía la campiña con el tono y el sabor de quien vive en la ciudad, o sea sobre una nota falsa. Pero Augusto no tenía oído para advertirlo. Lo que importaba era que la poesía de Virgilio tuviese cualidades didácticas. Recompensó al autor haciéndole restituir la alquería que había requisado a su padre. Virgilio no volvió a ella porque prefería escribir acerca del campo permaneciendo en Roma, pero, quedó agradecido a Augusto y en su honor compuso la Eneida, destinada a celebrar sus victorias. Escribía despacio, con mucha diligencia y escrupuloso estilo, dedicando a la labor la mayor parte del día, porque con las rentas de la finca y las liberalidades de Mecenas no tenía necesidad de trabajar para vivir, y otras distracciones no las conocía. No se había casado por motivos de salud, y sus amigos de Nápoles, donde de vez en cuando iba a invernar, le llamaban «la virgencita». Augusto estaba ansioso de ver el trabajo acabado. Virgilio le leía un fragmento de vez en cuando, pero no llegaba a terminarlo. En 19, interrumpió el veraneo para reunirse con el emperador en Atenas, sufrió una insolación, y en trance de morir en Brindisi, donde le trasladaron, recomendó que quemasen el manuscrito del poema. Tal vez se había dado cuenta de que la épica no era su cuerda, y prefería confiar su recuerdo a los otros escritos, fragmentarios y elegiacos. Augusto prohibió que se cumpliera la voluntad del difunto. Queriendo conservar a su propia gloria aquel monumento inacabado, salvó a la poesía una auténtica obra maestra del artificio.


Las solicitudes de Augusto para con la literatura no se pararon en Virgilio, sino que se extendieron también a muchos escritores, entre ellos Horacio y Propercio. Se los presentaba Mecenas, que era su empresario, y dio nombre a la categoría de los protectores del arte, haciéndose perdonar con ellos los malos versos que él mismo se jactaba de componer. Pero esa actitud ya estaba entonces muy difundida entre los romanos ricos, vueltos sensibles a la «cultura» aun cuando carecían de ella. Después de la primera casa editorial de Ático, nacieron otras muchas, que dieron impulso a un floreciente comercio. Ediciones de cinco o diez mil ejemplares, a mil o dos sestercios liras el ejemplar, todos escritos a mano por esclavos, quedaban agotados en pocos meses. El libro se había convertido en ornato obligatorio de toda casa que se respetase, aunque después no se leyese, y desde provincias llovían los pedidos.

HORACIO

Esta moda produjo gran efecto en la sociedad que, de guerrera e inculta, se fue aficionando cada vez más a los salones literarios. Y precisamente por esto, Augusto vio en ello un instrumento de reforma moral. Hasta que la vejez y las dolencias no le hubieron convertido en susceptible y quisquilloso, se mostró muy tolerante incluso para los epigramas y las sátiras que le afectaban personalmente. Hizo construir bibliotecas públicas, recomendó siempre a Tiberio que se abstuviese de castigar y que se guardase la censura, y él mismo compuso una vez algún verso que otro para mandarlo a un griego que cada día le aguardaba a la puerta del palacio para leerle los suyos. El griego le recompensó con una gratificación de pocos dineros y una carta cortés en la que se excusaba, dada su pobreza, de no poder pagar mejor. Augusto se divirtió bastante con aquella réplica ingeniosa y le hizo entregar cien mil sestercios.

EMPERADOR TIBERIO

Los escritores y los poetas, empero, decepcionaron las esperanzas del emperador, dando a la propaganda del Estado lo peor de sus producciones, y secundando con lo mejor las deplorables tendencias de una sociedad que cada vez se volvía más libertina y más burlesca, y renegaba de los grandes tiempos de la gloria, de la religión y de la naturaleza, a los que prefería el del amor y de la galantería. El bardo de estos nuevos motivos fue Ovidio, un abogado de los Abrazos que amargó a su padre negándose a seguir una carrera política y se proclamó designado personalmente por Venus para hablar de Eros. Se casó con tres mujeres, amó a muchas otras más, y de todas ellas escribió sin prejuicio alguno, declarando que se burlaba de todos los «catoncillos» que le criticaban. El éxito que obtuvo con sus versos dulces y lascivos le hizo creer hasta tal punto que era un gran poeta que las últimas palabras de sus Metamorfosis fueron, modestamente: Viviré en los siglos.

OVIDIO

Apenas las había esbozado, le llegó una orden de Augusto, intimándole a que se confinase en Constanza, en el mar Negro. Jamás se ha sabido con precisión de qué quería castigarle el emperador. Dícese que a causa de unas relaciones que tuvo con la nietecita Julia, que, en efecto, había sido expulsada en aquellos días. Ovidio, como todos los hombres de éxito fácil, no tenía temple para soportar la desgracia. Sus lamentos desde aquel lugar de confinamiento, Pónticas y Tristes, son más elogiables por su vena elegiaca que por su carácter. Volvió a Roma cadáver, tras haber pedido inútilmente en mil cartas piedad al emperador y ayuda a los amigos.

OCTAVIO AUGUSTO

En general, si bien se la ha llamado Período Áureo, la época de Augusto no vio un florecer literario y artístico comparable a la de la Grecia de Pericles o a la de la Italia del Renacimiento. Bajo aquel emperador burgués, se desarrolló un gusto igualmente burgués que prefería el justo medio, y el justo medio es, a menudo, mediocre. La moderación y la mesura, sazonadas con un poco de escepticismo bonachón y hogareño, eran las cualidades más apreciables. Y, efectivamente, el verdadero escritor de aquel tiempo es el que lo representó: Horacio.


Era hijo de un recaudador de contribuciones apulio, que quería hacer de su vástago un abogado y un hombre político y, a costa de quien sabe qué sacrificios, le mandó a estudiar, primero a Roma y después a Atenas. Aquí Horacio conoció a Bruto, que se aprestaba a la batalla de Filipos y que tomó simpatía a aquel joven, nombrándole por las buenas comandante de una legión, lo que ayuda a comprender por qué su ejército fue derrotado. Horacio, en lo más recio del combate, tiró yelmo, escudo y espada y se volvió a Atenas para escribir una poesía sobre lo noble y dulce que es morir por la patria.


Repatriado sin un real, se empleó con un cuestor y se puso a escribir versos sobre las cortesanas que frecuentaba, pues a los salones no se le invitaba, y señoras honestas no conocía. Un día, Virgilio leyó un libro de Horacio y habló de él con entusiasmo a Mecenas, quien le rogó que le trajese al autor. En seguida le tomó simpatía a aquel provinciano un poco zafiote, regordete, orgulloso y tímido, y le propuso a Augusto como secretario, quien aceptó. Pero Horacio rehusó lo que a cualquier otro le hubiese parecido el maná del cielo: en parte porque su temperamento le inclinaba más a la contemplación que a la acción, y también porque no era ambicioso ni codicioso, y sobre todo, creemos, porque no se fiaba de ligar su suerte a la de un hombre político que mañana podía ser liquidado y arrastrarle a él al mismo fin. Mecenas, para que pudiera dedicarse más desahogadamente a la literatura, le regaló en Sabina una villa con buenas tierras. Ha sido desenterrada en 1932 y nos ha dado la medida de la generosidad de aquel ricachón. Tenía veinticuatro estancias, un gran pórtico, tres baños, un hermoso jardín y cinco cortijos.


Ahora que era un acomodado propietario, Horacio pudo entregarse de lleno a su verdadera vena, que era la de moralista. Sus sátiras son un precioso muestrario de los tipos más corrientes de romano de aquel tiempo. Los tomó de la calle, no de la Historia o de los palacios, y los representó con burlona displicencia, haciendo de cada uno un «carácter». De vez en cuando, para congraciarse con el Gobierno, escribía algún verso de loa insincera y retórica a Augusto, que quedaba muy halagado, por lo que le ordenó completar las Odas con su Carme saeculare en las que se celebrasen sus empresas y las de Druso y Tiberio. Horacio se aprestó a ello suspirando y sin pizca de inspiración. Tenía que habérselas con la Gloria, el Hado y los Destinos Infalibles: todas cosas más grandes que él y por las cuales no tenía simpatía. Terminó aquel feo poema fatigado y aburrido, tras haberlo interrumpido mil veces para escribir aquellas Epístolas a los amigos, sobre todo a Mecenas, que siguen siendo, con las sátiras, su obra maestra.


Se volvía cada vez más sedentario, en parte a causa de su estado de salud que le obligaba a muchos cuidados y a una rígida dieta. En vano Mecenas le invitaba a viajes turísticos. Horacio prefería quedarse en Roma, y más aún en su villa, a comer unos «spaghettini» hechos en casa, un poquitín de cocido y una manzana asada. Aunque después se vengaba cantando en sus poesías la amistad convival y los amores con Glicera, Neera, Pirra, Lidia, Lalage e infinitas mujeres más que nunca existieron o que apenas conoció. Tenía por la virtud un respeto de estoico, por el placer una simpatía de epicúreo, pero no pudo jamás practicar ni aquélla ni éste a causa de sus ardores de estómago, el reumatismo y la insuficiencia hepática.


No se engañaba sobre la decadencia de la sociedad y la atribuía justamente a la de la religión. Pero no tenía la fuerza de apoyarla porque tampoco él creía en nada.


La angustia de la muerte nubló sus últimos años, durante los cuales ni siquiera quiso volver a Roma. Sus cartas están henchidas de ella. «Has hecho, comido y bebido suficiente: ahora ya es hora de irse», se repetía a sí mismo. Mas no era verdad. Hubiera querido hacer, comer y beber todavía un poco más, pero sin dolor de estómago.


Murió a los cincuenta y siete años, dejando su propiedad al emperador y rogándole que le hiciera enterrar al lado de Mecenas, que había fallecido pocos meses antes. Y le dieron satisfacción.


Lo que la edad de Augusto no supo dar a las Artes y a la Filosofía, lo dio en cambio a la Historia á través de Tito Livio, otro céltico como Virgilio, nacido en Padua. También él, según las intenciones de la familia, hubiese debido ser abogado, pero prefirió dedicarse al estudio de la Roma antigua por el desagrado que le inspiraba la contemporánea. Desgraciadamente, no nos ha dejado ningún escrito de sus vicisitudes personales; estaba demasiado atareado en contarnos las de los Horacios y de los Escipiones, que llenaban, ab urbe condita, o sea desde la fundación de la ciudad, ciento cuarenta y dos libros, de los cuales sólo una cuarentena han llegado hasta nosotros. Era una labor inmensa, haciéndola como la hacía él, es decir, sin ahorrar, a la Bacchelli. Y se comprende por qué, al llegar a las guerras púnicas, no le quedasen ya alientos y quisiera dejarlo. Augusto le estimuló a proseguir.


Asombra un poco, dado que la obra de Livio es toda ella una exaltación de la gran aristocracia republicana y conservadora, y como tal, adversa a César y al cesarismo. Pero es asimismo un himno a las antiguas y austeras costumbres, o sea al «carácter» romano, y esto era lo que gustaba al emperador. Sobre la exactitud de lo que Livio refiere hacemos nuestras reservas, especialmente allí donde él pone en boca de sus personajes discursos enteros que se asemejan más a Livio que a ellos. La suya es una Historia de héroe, un inmenso fresco en episodios y sirve más para exaltar al lector que para informarle. De darle crédito, Roma estaría poblada tan sólo, como la Italia de Mussolini, por guerreros y navegantes absolutamente desinteresados, que conquistaron el mundo para mejorarlo y moralizarlo. En Roma estaban solamente los buenos, y fuera de Roma tan sólo los malos. Hasta un gran general como Aníbal se convierte bajo su pluma, en un vulgar ratero.


Esto no quita que la «Historia» de Livio, que costó cuarenta años de trabajo a un autor que se dedicó tan sólo a ella, quede como un monumento literario. Acaso el más. grande de los que, más bien mediocres, se erigieron bajo el signo de Augusto.



lunes, 26 de diciembre de 2016

ORÍGENES Y FUNDACIÓN DE ROMA


No sabemos con precisión cuándo fueron instituidas en Roma las primeras escuelas regulares, o sea «estatales». Plutarco dice que nacieron hacia 250 antes de Jesucristo, esto es, casi quinientos años después de la fundación de la ciudad. Hasta aquel momento los muchachos romanos habían sido educados en casa, los más pobres por sus padres y los más ricos, por magistri, o sea maestros o institutores, elegidos habitualmente en la categoría de los libertos, los esclavos liberados, que, a su vez, eran elegidos entre los prisioneros de guerra, preferentemente entre los de origen griego, que eran los más cultos.



Sabemos, empero, con certeza, que tenían que fatigarse menos que los de hoy. El latín lo sabían ya. Si hubiesen tenido que estudiarlo, decía el poeta alemán Heine, no habrían encontrado jamás tiempo para conquistar el mundo. Y en cuanto a la historia de su patria, se la contaban más o menos así:


Cuando los griegos de Menelao, Ulises y Aquiles conquistaron Troya, en el Asia Menor, y la pasaron a sangre y fuego, uno de los pocos defensores que se salvó fue Eneas, fuertemente «recomendado» (ciertas cosas se usaban ya en aquellos tiempos) por su madre, que era nada menos que la diosa Venus —Afrodita—. Con una maleta a los hombros, llena de imágenes de sus celestes protectores, entre los cuales, naturalmente, el puesto de honor correspondía a su buena mamá, pero sin un sestercio en el bolsillo, el pobrecito se dio a recorrer mundo, al azar. 



Y después de no se sabe cuántos años de aventuras y desventuras, desembarcó, siempre con la maleta a cuestas, en Italia; se puso a remontarla hacia el Norte, llegó al Lacio, donde casó con la hija del rey Latino, que se llamaba Lavinia, fundó una ciudad a la que dio el nombre de la esposa, y al lado de ésta vivió feliz y contento el resto de sus días.

LAVINIA, HIJA DEL REY LATINO

Su hijo Ascanio fundó Alba Longa, convirtiéndola en nueva capital. Y tras ocho generaciones, es decir, unos doscientos años después del arribo de Eneas, dos de sus descendientes, Numitor y Amulio, estaban aún en el trono del Lacio. Desgraciadamente, dos en un trono están muy apretados. Y así, un día, Amulio echó al hermano para reinar solo, y le mató todos los hijos, menos una: Rea Silvia. Mas, para que no pudiese poner al mundo algún hijo a quien, de mayor, se le pudiese antojar vengar al abuelo, la obligó a hacerse sacerdotisa de la diosa Vesta, o sea monja.

ENEAS Y ASCANIO

Un día, Rea, que probablemente tenía muchas ganas de marido y se resignaba mal a la idea de no poder casarse, tomaba el fresco a orillas del río porque era un verano tremendamente caluroso, y se quedó dormida. Por casualidad pasaba por aquellos parajes el dios Marte, pues bajaba a menudo a la Tierra, un poco para organizar una guerrita que otra, que era su oficio habitual, y otro poco en busca de chicas, que era su pasión favorita. Vio a Rea Silvia. Se enamoró de ella. Y sin despertarla siquiera, la dejó encinta.

LA MADRE DE RÓMULO Y REMO
REA SILVIA JUNTO AL DIOS MARTE, 

Amulio se encolerizó muchísimo cuando lo supo. Más no la mató. Aguardó a que pariese, no uno, sino dos chiquillos gemelos. Después, ordenó meterlos en una pequeñísima almadía que confió al río para que se los llevase, al filo de la corriente, hasta el mar, y allí se ahogasen. Mas no había contado con el viento, que aquel día soplaba con bastante fuerza, y que condujo la frágil embarcación no lejos de allí, encallando en la arena de la orilla, en pleno campo. Ahí, los dos desamparados, que lloraban ruidosamente, llamaron la atención de una loba que acudió para amamantarlos. Y por eso este animal se ha convertido en el símbolo de Roma, que fue fundada después por los dos gemelos.

AMULIO Y NÚMITOR

Los maliciosos dicen que aquella loba no era en modo alguno una bestia, sino una mujer de verdad, Acca Laurentia, llamada Loba a causa de su carácter selvático y por las muchas infidelidades que le hacía a su marido, un pobre pastor, yéndose a hacer el amor en el bosque con todos los jovenzuelos de los contornos. Mas acaso todo eso no son más que chismorreos.

ACCA LAURENTIA

Los dos gemelos mamaron la leche, luego pasaron a las papillas, después echaron los primeros dientes, recibieron uno el nombre de Rómulo, el otro, el de Remo, crecieron, y al final supieron su historia. Entonces, volvieron a Alba Longa, organizaron una revolución, mataron a Amulio y repusieron en el trote a Numitor. Después, impacientes, como todos los jóvenes, por hacer algo importante, en vez de esperar un buen reino edificado por el abuelo, que sin duda se lo hubiera dejado, se fueron a construir otro nuevo un poco más, lejos. Y eligieron el sitio donde su almadía había encallado, en medio de las colinas entre las que discurre el Tíber, cuando está a puntó de desembocar en el mar. En aquel lugar, como a menudo sucede entre hermanos, litigaron sobre el nombre que dar a la ciudad. Luego decidieron que ganaría el que hubiese visto más pájaros. Remo vio seis sobre el Aventino. Rómulo, sobre el Palatino, vio doce: la ciudad se llamaría, pues, Roma. Uncieron dos blancos bueyes, excavaron un surco y construyeron las murallas jurando matar a quienquiera las cruzase. Remo, malhumorado por la derrota, dijo que eran frágiles y rompió un trozo de un puntapié. Y Rómulo, fiel al juramento, le mató de un badilazo. Todo esto, dícese, aconteció setecientos cincuenta y tres años antes de que Jesucristo naciese, exactamente el 21 de abril, que todavía se celebra como aniversario de la ciudad, nacida, como se ve, de un fratricidio. Sus habitantes hicieron de ella el comienzo de la historia del mundo, hasta que el advenimiento del Redentor impuso otra contabilidad.


Tal vez también los pueblos vecinos hacían otro tanto: Cada uno de ellos databa la Historia del Mundo por la fundación de la propia capital. Alba Longa, Rieti, Tarquinia o Arezzo. Mas no lograron que los otros lo reconocieran, porque cometieron el pequeño error de perder la guerra, más aún, las guerras. Roma, en cambio, las ganó. Todas. La finca de pocas hectáreas que Rómulo y Remo recortaron con el arado entre las colinas del Tíber convirtióse en el espacio de pocos siglos en el centro del Lacio, después de Italia, y más tarde del mundo conocido hasta entonces. Y en todo él se habló su lengua, se respetaron sus leyes, y se contaron los años ab urbe condita, o sea desde aquel famoso 21 de abril de 753 antes de Jesucristo, comienzo de la historia de Roma y de su civilización.


Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero así los papas romanos quisieron durante muchos siglos que les fuesen contadas a sus hijos: un poco, porque creían en ellas y otro poco, porque, grandes patriotas, les halagaba mucho el hecho de poder mezclar los dioses influyentes como Venus y Marte y personalidades de elevada posición como Eneas, al nacimiento de su Urbe. Sentían oscuramente que era muy importante educar a sus hijos en la convicción de que pertenecían a una patria edificada con el concurso de seres sobrenaturales, que seguramente no se hubiesen prestado a ello de no haberles propuesto asignarle un gran destino. Esto dio un fundamento religioso a toda la historia de Roma, que, en efecto, se derrumbó cuando se prescindió de él. La Urbe fue caput mundi, capital del Mundo, mientras sus habitantes supieron pocas cosas y fueron lo bastante ingenuos para creer en aquéllas, legendarias, que les habían enseñado papas y magistri; mientras estuvieron convencidos de ser descendientes de Eneas, de que corría por sus venas sangre divina y de ser «ungidos de Señor», aunque en aquellos tiempos se llamase Júpiter. Fue cuando comenzaron a dudar de ello cuando su imperio se hizo añicos y el caput mundi convirtióse en colonia. Más no nos precipitemos.


En la fábula de Rómulo y Remo, acaso no todo es fábula. Tal vez hay también algo de verdad. Tratemos de desentrañarlo basándonos en los datos bastante seguros que la Arqueología y la Etnología nos han proporcionado.


Parece ser que ya treinta mil años antes de la fundación de Roma, Italia estaba habitada por el hombre. Qué hombre fue, los entendidos dicen haberlo reconstruido con ciertos huesecitos de su esqueleto encontrados aquí y allá, y que se remontan a la llamada «edad de piedra». Pero nosotros nos fiamos poco de estas deducciones, y, por lo tanto, saltamos a una era más próxima, la «neolítica», de hace algo así como ocho mil años, o sea cinco mil antes de Roma. 

ESTATUA QUE REPRESENTA A ROMA TRIUNFANTE

Parece ser que nuestra península estaba poblada entonces por ciertos ligures al norte y sículos al sur, gentes de cabeza en forma de pera, que vivían un poco en las cavernas, un poco en cabañas redondas construidas con estiércol y fango, domesticaban animales y se alimentaban de caza y pesca.


Hagamos otro salto de cuatro mil años, es decir, lleguemos al año 2000 antes de Jesucristo. Y he aquí que del Septentrión, o sea de los Alpes, llegan otras tribus, quién sabe desde cuánto tiempo en marcha desde su patria de origen; la Europa central. Éstas no están mucho más adelantadas que los indígenas de cabeza en forma de pera; pero tienen la costumbre de construir sus viviendas no en cavernas, sino sobre estacas sumergidas en el agua, las llamadas palafitos. Proceden, se ve, de sitios pantanosos y, en efecto, al llegar a nuestro país eligen las regiones de los lagos, el Mayor, el de Como, el de Garda, anticipándose en algunos milenios al gusto de los turistas modernos. E introducen en nuestro país algunas grandes innovaciones; la ganadería, la agricultura, el tejido de telas y la construcción de bastiones de barro y tierra apisonada en torno a los poblados para defenderlos tanto de los ataques de animales como de hombres.


Poco a poco empezaron a descender hacia el sur, donde se habituaron a construir cabañas también en tierra firme pero apuntalándolas todavía sobre estacas; aprendieron de ciertos primos suyos, instalados al parecer en Germania, el uso del hierro con el que fabricaron un montón de zarandajas nuevas: azadas, cuchillos, navajas, etc., y fundaron una verdadera ciudad, que se llamó Villanova, y que debió de estar emplazada en las cercanías de la que hoy es Bolonia. Éste fue el centro de una civilización que se llamó precisamente de Villanova y que poco a poco se extendió por toda la península. De ella se cree que derivan, como raza, como lengua y como costumbres los umbros, los sabinos y los latinos.


No se sabe lo que aquellos villanoveses, tras haberse establecido a horcajadas del Tíber, hicieron con los indígenas ligures y sículos. Tal vez les exterminaron, como era de uso en aquellos tiempos llamados «bárbaros» para distinguirlos de los nuestros en que se hace otro tanto si bien se llamen «civilizados»; acaso se mezclaron con ellos tras haberlos sometido. El hecho es que, hacia el año 1000 antes de Jesucristo, entre la desembocadura del Tíber y la bahía de Nápoles, los nuevos venidos fundaron muchas poblaciones que, aun cuando habitadas por gente de la misma sangre, se hacían la guerra entre sí y no se apaciguaban más que ante algún enemigo común o en ocasión de alguna fiesta religiosa.


La mayor y más poderosa de aquellas ciudades fue Alba Longa, capital de Lacio, a los pies del monte Albano, que corresponde probablemente a Castelgandolfo. Los albalonganos son considerados como aquel puñado de jóvenes aventureros que un buen día emigraron una docena de kilómetros más hacia el Norte, y que fundaron Roma. 



Tal vez eran braceros, que iban en busca de un poco de tierra que apropiarse y cultivar. Tal vez eran un poco maleantes que tenían cuentas que ajustar con la policía y los tribunales de su ciudad. Tal vez eran emisarios mandados por su Gobierno a vigilar aquellos parajes, en los confines de la Toscana, en cuyas costas había desembarcado a la sazón un nuevo pueblo, el etrusco, que no se sabía de qué parte del Mundo venía, pero del que se decían pestes. Y tal vez entre aquellos pioneros había dos que verdaderamente se llamaban Rómulo y Remo. A pesar de todo, no debían de ser más de un centenar.


El lugar que eligieron tenía muchas ventajas y no pocas desventajas. A una veintena de kilómetros del mar, se hallaba a resguardo de los piratas que lo infestaban, y podía ser convertido en puerto, pues para las embarcaciones de aquel tiempo, el brazo de río que lo separaba de la desembocadura era fácilmente navegable. Pero las marismas y los pantanos que lo rodeaban lo condenaban al paludismo, enfermedad que ha llamado a sus puertas hasta hace pocos años. Pero estaban las colinas que, al menos en parte, protegían a los habitantes de los mosquitos. Y fue, en efecto, en una de ellas, el Palatino, donde se alojaron primero, con el propósito de poblar también en seguida las otras seis que se elevaban en torno.


Más, para poblarlas, tenían que nacer hijos. Y para ello, hacían falta esposas. Y aquellos pioneros eran solteros.


Aquí, en defecto de historia, hemos de volver por fuerza a la leyenda, que nos cuenta lo que hizo Rómulo, o como se llamase el capitoste de aquellos tipejos, para procurarse mujeres para él y sus compañeros. Organizó una gran fiesta, tal vez para celebrar el nacimiento de su ciudad e invitó a tomar parte en ella a los vecinos sabinos (o quirites), con su rey Tito Tacio, y sobre todo, a sus hijas. Los sabinos acudieron. Más, mientras estaban dedicados a apostar en las carreras a pie y a caballo, que era su deporte preferido, los dueños de la casa, muy poco deportivamente, les robaron a sus hijas y les echaron a ellos a puntapiés.

EL RAPTO DE LAS SABINAS

Nuestros antiguos eran muy sensibles en cuestiones de mujeres. Poco antes, el rapto de una de ellas, Helena, había costado una guerra que duró diez años y que acabó con la destrucción de un gran reino: el de Troya. Los romanos las raptaron a docenas y es, por tanto, natural que el día siguiente tuvieran que enfrentarse con sus papas y hermanos, que volvieron, armados, a recuperarlas. Se atrincheraron en el Campidoglio, pero cometieron el imperdonable error de confiar las llaves de la fortaleza a Tarpeya, una chica romana que, dícese, estaba enamorada de Tito Tacio. Abrió una puerta a los invasores, los cuales, gente caballeresca, por lo tanto, refractaria a toda traición, comprendieron la perpetrada en su favor y la recompensaron aplastando a la chica bajo sus escudos. Los romanos dieron más tarde su nombre a las rocas desde donde solían arrojar a los traidores a la patria condenados a muerte.
TITO TACIO CON TARPEYA

Todo acabó en un pantagruélico banquete nupcial. Pues las otras mujeres, en nombre de las cuales se había encendido la batalla, en cierto momento se interpusieron entre ambos ejércitos y declararon que no querían quedarse huérfanas, como habría sucedido si sus maridos romanos hubiesen vencido, o viudas, como habría ocurrido si hubiesen vencido sus papas sabinos. Y que ya era hora de dejarlo porque con aquellos maridos, aunque expeditivos y largos de manos, lo habían pasado muy bien. Más valía regularizar los matrimonios, en vez de seguir degollándolos. Y así fue Rómulo y Tacio decidieron gobernar juntos, ambos con el título de rey, aquel nuevo pueblo nacido de la fusión de las dos tribus, de las cuales llevó el nombre conjuntamente; romanos quirites. Y como que Tacio tuvo, acto seguido, la gentileza de morir, el experimento de reino a dos marchó bien aquella vez.


¡Quién sabe lo que se ocultaba bajo esta historia! Tal vez no sea más que la versión, sugerida por el patriotismo y el orgullo, de una conquista de Roma por parte de los sabinos. Pero puede darse también que los dos pueblos se hubieran mezclado voluntariamente y que el famoso rapto fuese tan sólo la normal ceremonia del matrimonio, como se celebraba entonces, es decir, con el robo de la novia por parte del novio, pero con el consentimiento del padre de ella, como todavía se hace en ciertos pueblos primitivos.


Si ocurrió verdaderamente así, es probable que esa fusión fuese, más que sugerida, impuesta por el peligro de un enemigo común: aquellos etruscos que, mientras tanto, se habían desparramado desde la costa tirrena por Toscana y Umbría y que, provistos de una técnica mucho más adelantada, presionaban hacia el Sur. Roma y la Sabina estaban en la dirección de esta marcha y bajo su amenaza directa. Efectivamente, no se libraron de ella.


La Urbe había nacido apenas y ya tenía que habérselas con uno de los más difíciles e insidiosos rivales de su historia. Lo abatió a través de prodigios de diplomacia primero, y de valor y tenacidad después. Pero necesitó siglos.


MOSAICO DE LA DIOSA ROMA