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lunes, 9 de abril de 2018

INSCRIPCIÓN JEROGLÍFICA SOBRE ANTINOO DEL OBELISCO ERIGIDO POR ADRIANO EN ANTINOPOLIS



 Perdió durante una travesía por el Nilo a su favorito Antinoo, al que lloro como si fuera una mujer. Sobre lo cual corren diversos rumores, pues unos autores dicen que el se había consagrado al servicio de Adriano, otros que hacen presumir la belleza de Antinoo y la excesiva sensualidad de Adriano. Pero, como quiera que sea, los griegos le deificaron accediendo al deseo de Adriano, pues afirmaban que pronunciaba oráculos que, según dicen, había compuesto el mismo emperador (oracula per eum dari adserentes, quae Hadrianus ipse composuisse iactatur).


( Historia Augusta )


lunes, 2 de abril de 2018

ANTINOO, EL AMANTE DEL EMPERADOR ADRIANO



ANTONIO GARCÍA Y BELLIDO DICE DE LAS EFIGIES DE ANTINOO


Las efigies de Antinoo no nos denuncian sólo su caso concreto; son eco, además, de un ambiente social, de una civilización materialista, sin ideas de redención. En esa cabeza, bella como pocas, reclinada, vencida por el peso de un dolor sin lágrimas, de un llanto seco, parece reflejarse la desolación del alma frívola, insaciable de placeres, sensual, escéptica y vacía no ya sólo del momento hadrianeo, sino de toda la Roma pagana de antes y de después; de una muchedumbre de seres y generaciones que no hallando consuelo en su propia religion, lo buscan afanosamente en otras extrañas, en las que de un modo o de otro tenían respuestas liberadoras y prometedoras a las dos eternas preguntas: nuestro origen y nuestro destino.

 

El tipo creado por la plástica hadrianea es doblemente interesante por la íntima contradicción que en él late. Esta silenciosa desesperanza, este anonadamiento, esta ruina anímica, parecen incompatibles con la plenitud y rotundidez de formas —un tanto femeninas, digámoslo de paso— que palpitan en la belleza ephébica de Antinoo. Sus correctas facciones, de anchos carrillos, de labios sensuales, de ojos ensoñadores, enmarcadas por una cabellera de rizosas guedejas; su amplio y carnoso pecho, sus hermosos hombros, contradicen la debilidad y hasta la enfermedad psíquica de este adolescente, que parecía destinado a triunfar sobre la muerte, a vencer en la vida y, en verdad, no llegó a ser sino una víctima prematura de una y otra. Se dan en él a un tiempo «el dolor y la alegría de vivir, las tinieblas y la luz, la muerte y la juventud», imprimiendo a su expresión un patetismo infinito. «Con el rostro de Antinoo, la melancolía ha entrado en el arte antiguo» (Dietrichson).


(Antonio García y Bellido, arqueólogo y escritor )





































viernes, 1 de agosto de 2014

VIAJES DE ADRIANO Y ORGANIZACIÓN




EL EMPERADOR VIAJERO

Después de Augusto, Adriano fue el gran organizador de la monarquía imperial. El Senado romano, que había cooperado con Trajano, se convirtió en puramente honorífico.





El nuevo emperador habría de recurrir sobre todo a los caballeros (equites) para cubrir las funciones de sus ministerios. El Consejo del príncipe, en efecto, del que formaban parte juristas tan renombrados como Salviano, se transformó en un organismo permanente que juzgaba en última instancia.





El edicto perpetuo reunía todas las actas de los pretores y, así, las leyes acumuladas se podían consultar fácilmente.




La cancillería archivaba la correspondencia imperial, las finanzas fueron centralizadas, los publicanos fueron sustituidos por funcionarios, los procuradores, que percibían los impuestos. Todos los cargos se hicieron accesibles a los simples ciudadanos.



Emperador pacífico que, al contrario que Trajano renunció a las conquistas orientales, Adriano, sin embargo, se hizo igualmente cargo del ejército y de la defensa de las fronteras, sin dejar de viajar y complaciéndose en inspeccionar las provincias más alejadas, en largos periplos que a veces duraban hasta cinco años.




Circulaba como un particular, casi sin escolta, con un séquito compuesto por técnicos, y sorprendió a los gobernadores y a los generales, ocupándose de todos los detalles de su administración: Mandaba construir un nuevo puente, promocionaba a uno, destituía a otro, trasladaba una legión, etc...




La Galia, la más rica y la más tranquila de las posesiones romanas, fue la primera en recibir su visita; después, el emperador vivió en Germania durante un año, inspeccionando los campos, reorganizando el limes -una línea de fortificaciones entre el Rin y el Danubio-, contemplando con inquietud los misteriosos bosques donde se ocultaban los gigantes rubios prestos a caer sobre los soldados de Roma.



A continuación, el emperador descendió por el Rin, penetró en las regiones belgas, visitó Britania -la actual Inglaterra- y, atravesando de nuevo la Galia, se estableció en Hispania -la Península Ibérica-.



Desde allí pasó a Africa y, antes de continuar su viajes hacia el Asia Menor, visitó el país de los faraones.



Pero, durante este viaje, Adriano se vio muy afectado por la misteriosa muerte de su amigo Antinoo, que le acompañaba, y que tal vez se dio muerte voluntariamente para cumplir la voluntad de un oráculo que había afirmado que sólo su desaparición permitiría al emperador realizar su destino.



ANTINOO


A partir de entonces, el hombre solitario que tomó el camino de regreso a su capital, no experimentó ya la misma vitalidad, refugiándose en el trabajo para huir de las horas vacías. Escribió, compuso una gramática y algunas poesías. Digno en este aspecto de sus predecesores, se dedicó con entusiasmo a los grandes trabajos urbanísticos.

Después volvió a partir, dirigiendo sus pasos esta vez hacia Grecia, Cartago, y nuevamente Egipto. La paz se vio perturbada entonces por una más de las muchas rebeliones de Judea.




Las legiones tardaron tres años en dominarla: Vencidos por el hambre, por la sed y por las armas, los rebeldes acabaron por sucumbir. Judea, llorando a sus hijos exterminados, o vendidos como esclavos, o dispersos, era un desierto, y de Jerusalén no quedó piedra sobre piedra.

En adelante, los judíos serían un pueblo errante, admitidos en Jerusalén un sólo día al año para gemir ante el Muro de las lamentaciones.

El emperador, enfermo desde hacía años y víctima de espantosos sufrimientos, rechazaba la muerte para no desertar de su puesto, pero, finalmente, expiró a los 62 años. Con él desapareció uno de los personajes más complejos y más atractivos de toda la historia de Roma (año 138).




ANTINOO




EL JOVEN ANTINOO

VISITA A LA VILLA DE ADRIANO DIGITALIZADA: