Los dos primeros días de sextilis eran feriae, pero el tercero era
más polémico, pues se celebraba la procesión de los perros crucificados, una ceremonia
que rememoraba un episodio de cuando cuatrocientos años atrás los galos de
Breno habían invadido Roma, intentando establecer una cabeza de puente en el
Capitolio, y los perros guardianes no habían ladrado; siendo la causa de que se
despertase el cónsul Marco Manlio el graznido de los gansos sagrados. Y desde
aquella noche, se celebraba el aniversario con una solemne procesión que daba
la vuelta al circo Máximo, portando nueve perros crucificados en cruces de saúco,
y un ganso en una litera púrpura con guirnaldas, para conmemorar la traición de
los perros y el heroísmo de los gansos. No eran buenos día para cualquier
actividad laboral, pues los perros eran animales ctónicos y suponían mala
influencia.
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
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domingo, 27 de octubre de 2019
lunes, 6 de noviembre de 2017
EXPANSIÓN DE ROMA POR ITALIA Y PIRRO, REY DEL EPIRO
De la humillación sufrida a causa de los
galos y de las convulsiones de la lucha interna entre patricios y plebeyos,
Roma salió con dos grandes triunfos en la baraja: la supremacía en la Liga,
respecto a las rivales latinas y sabinas que, mucho más devastadas que
ella, no encontraron después un Camilo para reconstruirse; y un orden social
más equilibrado que garantizaba una tregua entre las clases.
Así que, apenas se
hubo disipado la humareda de los incendios que Breno había dejado en la
estela de su retirada hacia el norte, la Urbe, totalmente nueva y más
modernamente urbanizada que antes, comenzó a mirar a su alrededor en busca de
botín.
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GUERREROS GALOS ANTE LAS PUERTAS DE ROMA
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De las tierras limítrofes, la Campania era
la más fértil y rica. La habitaban los samnitas, una parte de los cuales,
empero, había permanecido en los Abrazos. Y de aquí, acosados por el frío y el
hambre, descendían a menudo para saquear los rebaños y las mieses de sus hermanos
de la llanura. Bajo la amenaza de una de esas incursiones, los samnitas de
Capua se dirigieron en busca de protección a Roma, que de todo corazón se la
concedió, porque era la mejor manera de dividir en dos aquel pueblo y de meter
la nariz en sus asuntos interiores. Así comenzó la primera de las tres guerras
samnitas contra los de Abruzo, que duraron, en total, unos cincuenta años.
Fue breve, desde 343 hasta 341, y algunos
dicen que ni siquiera tuvo lugar, porque los abrazos no se dejaron ver y los
romanos no tuvieron ganas de irles a desanidar en sus montañas. Pero quedó una
consecuencia; la «protección» de Roma sobre Capua, que se sintió protegida
hasta tal punto como para invitar a los latinos a un frente único contra la
común protectora. Los latinos se adhirieron y Roma, de aliados que eran, se los
encontró de improviso como enemigos. Fue un momento feo, que requirió los
consabidos episodios heroicos para superar sus dificultades. Para dar un
ejemplo de disciplina, el cónsul Tito Manlio Torcuato condenó a muerte a
su propio hijo, quien, contrariamente a la orden de no moverse, había salido de
las filas para contestar al ultraje de un oficial latino. Y su colega Publio
Decio, cuando los augures le dijeron que con el solo sacrificio de su vida
salvaría a la patria, avanzó solo contra el enemigo, gozoso de hacerse matar
por él.
Sean ciertos o inventados estos episodios,
Roma venció, y deshizo la Liga Latina que le había traicionado. Con esto acabó
la política «federalista» usada hasta entonces, y se inauguró la «unitaria» del
bloque único. Roma concedió a las diversas ciudades que habían compuesto la
Liga formas diversas de autonomía, con objeto de impedir una comunidad de
intereses entre ellas. Era la técnica del divide et impera que asomaba.
Entre las ciudades subditas no tenían que haber relaciones políticas. Cada una
de ellas las mantenía sólo con la Urbe. Se mandaron colonos a Campania,
a los que, como premio, se les entregaron las tierras conquistadas y donde
constituyeron las avanzadillas de la romanidad en el Sur. Nacía el Imperio.
La segunda guerra samnítica comenzó, sin
pretexto alguno, unos quince años después, en -328. Los romanos, que llegaron
con la precedente hasta el umbral de Nápoles, capital de las colonias griegas,
le echaron los ojos encima y quedaron encantados de sus largas murallas
helénicas, de sus palestras, de sus teatros, de sus comercios y de su
vivacidad. Y un buen día la ocuparon.
Los samnitas, tanto los del llano como los
de la montaña, comprendieron que, si se la dejaba hacer, aquella gente
devoraría toda Italia, y concluyeron paces entre ellos, atacando por la espalda
a las legiones que habían penetrado tan lejos en el sur. De momento, su
Ejército, más de guerrilleros que de soldados, fue batido, mas luego, mejor
conocedores del terreno que los romanos, les atrajeron a las gargantas de
Caudio, cerca de Benevento, donde les estrangularon. Tras repetidas e inútiles
tentativas de resistencia, los dos cónsules tuvieron que capitular y sufrir la
humillación de pasar bajo el yugo de las lanzas samnitas; fueron éstas las
llamadas «horcas caudinas».
Como de costumbre, Roma encajó la afrenta,
pero no pidió paz. Aprovechando la experiencia adquirida, reorganizó las
legiones de modo a no exponerlas más a semejantes desventuras, convirtiéndolas
en un instrumento de más fácil y ágil manejo. Después, en -316, reemprendió la
lucha. Una vez más se encontró ante el peligro cuando los etruscos al Norte y
los hérnicos al Sudeste trataron de cogerla por sorpresa. Los derrotó
separadamente. Luego, dirigió todas sus fuerzas contra los aislados samnitas y
en -305 expugnó su capital, Boviano, y por primera vez las legiones,
atravesando los Apeninos, alcanzaron la costa adriática de la Apulia.
Estos éxitos preocuparon hondamente a los
demás pueblos de la península que, por miedo, hallaron el valor de desafiar,
coligados, a Roma. A los samnitas se sumaron esta vez, además de los etruscos,
los umbros y los sabinos, decididos a defender, con la propia independencia, la
propia anarquía. Acopiaron un ejército, que se enfrentó con los romanos en
Sentino, en los Apeninos umbros. Eran superiores en número, pero los varios
generales que mandaban los distintos contingentes, en vez de colaborar entre
sí, tiraban a sacar partido cada cual por su cuenta. Y, naturalmente, fueron
derrotados. Decio Mur, hijo del cónsul que se había sacrificado
voluntariamente por la patria durante la campaña precedente, repitió el gesto
de su padre y aseguró definitivamente el nombre de la familia en la Historia.
La coalición se deshizo. Etruscos, lucanios y umbros pidieron una paz separada.
Samnitas y sabinos siguieron combatiendo aún cinco años. Después, en -290 antes
de Jesucristo, se rindieron.
Los historiadores modernos sostienen que
Roma afrontó ese ciclo de guerras teniendo como mira un objetivo estratégico
concreto: el Adriático. Nosotros creemos que sus legiones se encontraron en el
Adriático sin saber cómo ni por qué, sólo persiguiendo al enemigo en fuga. Los
romanos de la época no tenían mapas, ignoraban que Italia constituía lo que hoy
se llamaría «una natural unidad geopolítica», que tenía forma de bota y que,
para tenerla sujeta, se necesitaba dominar los mares. Pero, sin conocer ni
formular la teoría, practicaban, sencillamente, el principio del Lebensraum,
o «espacio vital», según el cual, para vivir y respirar, un territorio necesita
anexionarse los contiguos. Así, para garantizar la seguridad de Capua,
conquistaron Nápoles; para garantizar la seguridad de Nápoles, conquistaron
Benevento; hasta que llegaron a Tarento, donde se detuvieron, porque más allá
no había más que el mar.
En aquellos tiempos Tarento era una gran
metrópoli griega, que había hecho grandes progresos especialmente en el campo
de la industria, el comercio y las artes, bajo la guía de Arquitas, uno
de los más grandes hombres de la Antigüedad, medio filósofo medio ingeniero. No
era una ciudad belicosa. En -303 había pedido y obtenido de la Urbe la promesa
de que las naves romanas no rebasarían jamás el cabo Colonna, es decir, que los
romanos la dejarían en paz por la parte de mar, segura como estaba de que por
vía terrestre no podrían llegar hasta allí. Y en cambio ahora se la veía caer
encima precisamente por aquella parte.
El pretexto de guerra fue deparado, como de
costumbre, por una petición de ayuda que los de Tunos, hostigados por los
lucanios, dirigieron a Roma que, como siempre, la acogió con presteza y mandó
una guarnición para defenderla, pero por vía marítima. Sin duda lo hizo aposta
para armar camorra. Para alcanzar Turios, las naves tuvieron que rebasar el
cabo Colonna, y los tarentinos cerraron los ojos ante esta infracción de los
pactos. Pero cuando las diez trirremes de Roma pretendieron fondear en su
puerto, consideraron la cosa como una provocación, las asaltaron y hundieron
cuatro.
Realizada la empresa, se dieron cuenta de
que ello entrañaba la guerra, y que ésta acabaría muy mal para ellos si desde
fuera no acudía algún poderoso auxilio. Pero, ¿cuál? En Italia ya no había
ningún Estado que pudiese oponerse a Roma. Y entonces mandaron a buscarlo al
extranjero, iniciando una costumbre que en nuestro país todavía dura. La
encontraron allende el mar, en Pirro, rey del Epiro.
Pirro era un curioso personaje que, de
haberse contentado con su pequeño reino montañés, hubiese podido vivir largamente
como un gran señor. Pero había leído en la llíada la gesta de Aquiles;
por sus venas corría sangre macedonia, que había sido la sangre de Alejandro
Magno y todo concurría a hacer de él una figura muy similar a la de
nuestros condottieri del siglo xv. Era, en suma, como se diría hoy, un
tipo que buscaba maraña. La que le ofrecían los tarentinos le iba justo a la
medida, y la acogió al vuelo. Embarcó su ejército en las naves de aquéllos y
afrontó a los romanos en Heraclea.
Éstos se hallaron por primera vez cara a
cara con un arma nueva cuya existencia jamás habían imaginado y que les hizo la
misma impresión que hicieron los carros blindados ingleses sobre los alemanes,
en Flandes, en 1916: los elefantes. De momento creyeron que eran bueyes, y así los
llamaron efectivamente: «bueyes lucanios». Pero al verlos venírseles encima, se
sobrecogieron de miedo y perdieron la batalla, pese a haber infligido tales
pérdidas al enemigo como para quitarle toda alegría por el triunfo. Las
«victorias a lo Pirro» fueron, a partir de entonces, las pagadas a precio
demasiado caro.
El epirota repitió el año siguiente (-279)
en Ascoli Satriano. Pero también aquí sus pérdidas fueron tales que, mirando al
campo de batalla sembrado de muertos, fue presa de la misma crisis de espanto
que dos mil años después había de sobrecoger a Napoleón III al ver el campo de
batalla de Solferino. Y mandó a Roma a su secretario Cineas con
proposiciones de paz, dándole por compañeros a dos mil prisioneros romanos que,
si la paz, no se concluía, se habían comprometido a volver. Dicen que el Senado
estaba a punto de aceptar aquellas ofertas, cuando se levantó a hablar el
censor Apio Claudio el Ciego, para recordar a la Asamblea
que no era digno tratar con un extranjero mientras su ejército invasor seguía
vivaqueando en Italia.
No creemos que sea verdad, porque para Roma,
Italia, en aquel momento, era solamente Roma. Pero es cierto que el Senado
rechazó las propuestas y que Cineas, al regresar con los dos mil prisioneros,
ninguno de los cuales había faltado a la palabra dada, dio un informe tal a
Pirro de lo que había visto en Roma, que el epirota prefirió abandonar la
empresa, y, aceptando una invitación de los siracusanos para que les ayudase a
liberarse de los cartagineses, marchó hacia Sicilia. Tampoco aquí las cosas le
anduvieron bien porque las ciudades griegas que venía a defender jamás lograron
ponerse de acuerdo ni procurarle los contingentes que le habían prometido.
Desalentado, Pirro volvió a cruzar el estrecho para echar de nuevo una mano a
Tarento, que las legiones romanas atacaban en aquel momento. Esta vez ya
estaban habituadas a los elefantes y no se dejaron asustar. Pirro fue derrotado
en Malevento, que por la ocasión, en -275, fue bautizada Benevento por los
romanos. Decididamente, Italia no le había traído fortuna. Amargado, volvió a
la patria, fue a buscar un desquite en Grecia y halló la muerte en ella.
Habían transcurrido exactamente setenta años
desde que Roma, recompuesta como podía interiormente tras el terremoto que
siguió a la caída de la Monarquía y superada la lucha por la existencia, se
había puesto en pie de verdaderas guerras de conquista. Y he aquí al fin
árbitro de toda la península desde el Apenino toscazo emiliano al estrecho de
Mesina. Uno tras otro, todos los pequeños países que la constelaban cayeron en
sus manos, incluso los de la Magna Grecia continental, carentes de defensores
después de la partida de Pirro. Tarento se rindió en -272 y Regio en -270. Pero
después de la experiencia habida con la Liga Latina, Roma comprendió que no
había que fiarse de los «protegidos» y de los «aliados a la fuerza». Y un poco
por esto, y otro poco empujados por la presión demográfica de la Urbe, los
romanos iniciaron la verdadera romanización de Italia con el método de las
«colonias» ensayado ya después de la primera guerra samnítica. Las tierras
enemigas fueron confiscadas y distribuidas a ciudadanos romanos pobres,
basándose especialmente sobre los méritos que hay llamaríamos «de
combatividad». Se las entregaban, sobre todo, a veteranos; gente segura,
dispuesta a pelear para defenderse y defender a Roma. Los indígenas,
naturalmente, les acogían sin simpatía, como a depredadores opresores. Del
nombre de uno de ellos. Cafo, cabo del ejército de César, inventaron más
tarde la palabra cafone, término despectivo que significa tosco y
vulgar. E inspirada por esta hostilidad fue el uso, nacido entonces, del «corte
de mangas», gesto irreverente con el que los pueblos vencidos saludaban a los
romanos que entraban en sus ciudades y que al principio, al parecer, fue tomado
por una expresión de bienvenida.
Naturalmente, no se puede esperar ensanchar
el propio territorio de quinientos a veinticinco mil kilómetros cuadrados, como
hizo Roma en aquel período, sin pisar los pies a nadie. Pero en compensación
toda la Italia del Centro y del Sur comenzó a hablar una sola lengua y a pensar
en términos de nación y de Estado en vez de aldea y tribu.
Contemporáneamente a aquellas largas y
sangrientas guerras y bajo su presión, los plebeyos alcanzaban uno tras otro
sus objetivos, hasta el último y fundamental garantizado por la Ley
Hortensia, llamada asi por el nombre del dictador que la impuso: aquélla
por la cual el plebiscito se tornaba automáticamente ley, sin necesidad de
ratificación por parte del Senado. Desde que con la Ley Canuleya del
-445, había sido abolida, al menos sobre el papel, la prohibición de matrimonio
entre patricios y plebeyos, éstos no estaban ya, legalmente, excluidos de
ningún derecho o magistratura. Y dado que la praetura, abierta
libremente a ellos, permitía a quien la hubiese ejercido libre ingreso en el
Senado, también esta ciudadela de la aristocracia, pese a mil cautelas y limitaciones,
les fue accesible.
Todo eso había sido alcanzado después de
infinitas contiendas que de vez en cuando pusieron en peligro la existencia de
la Urbe. Mas el hecho de que, bien ó mal, se hubiese llegado a ello, demostraba
que las clases altas de Roma eran conservadoras, sí, pero con mucho
discernimiento. No se avergonzaban de defender abiertamente sus propios
intereses de casta, y no fingían coquetear con las «izquierdas» como hacen hoy
día muchos príncipes e industriales. Pero pagaban los impuestos, cumplían diez
años de duro servicio militar, morían al frente de sus soldados, y cuando se
trataba de elegir entre los propios privilegios y el bien de la patria, no
titubeaban. Por esto, aun después de haber aceptado la equiparación de derechos
con los plebeyos, permanecieron en el poder, como todavía consigue hacer, pese
a este mundo socialista, la nobleza inglesa.
En el período de descanso que se concedió
después de la victoria sobre Pirro y que le sirvió para digerir aquella especie
de banquete, Roma dio los últimos retoques a su equilibrio interno y orden en
el buen pedazo de península del que era dueña. La Vía Apia, que antes Apio
Claudio hiciera construir para unir Roma a Capua, fue prolongada hasta Brindisi
y Tarento. Y por ella, además de los soldados, se encaminaron los colonos que
iban a romanizar Benevento, Isernia, Brindisi y muchas otras ciudades. Roma
reconoció a los vencidos pocas autonomías, las respetó menos aún, y fue la
primera y mayor responsable del fallido nacimiento, en Italia, de las
libertades municipales y cantonales, que, en cambio, se desarrollaron con gran
lozanía en el mundo germánico. En compensación llevó a su más alta expresión el
concepto de Estado, del cual fue prácticamente inventora, y lo apoyó sobre
cinco pilares que aún lo rigen: el Prefecto, el Juez, el Gendarme, el Código y
el Recaudador de impuestos.
Fue con este
aparejo que marchó a la conquista del Mundo. Y ahora veamos más de cerca por
qué logró realizarla.
lunes, 19 de diciembre de 2016
SPQR ( SENADO Y PUEBLO, ES DECIR, ARISTOCRATAS PATRICIOS Y PLEBEYOS ADINERADOS), LA PLEBE ROMANA DEL CENSO POR CABEZAS, Y LA INVASIÓN GALA DE BRENO
Desde
aquel año de -508 en que fue fundada la República, todos los monumentos que los
romanos elevaron un poco en todas partes llevaron la sigla SPQR, que
quiere decir; Senatus Populos Que Romanas, o sea «el Senado y el pueblo
romano».
Ya
hemos dicho lo que era el Senado. En cambio, no hemos dicho todavía qué era el
pueblo, que no correspondía en absoluto a lo que nosotros entendemos con esta
palabra. En aquellos lejanos días de Roma no incluía toda la ciudadanía, como
ocurre hoy, sino tan sólo dos «órdenes», o sea dos clases sociales: la de los
«patricios» y la de los ¿quites o «caballeros»?.
Los
patricios eran los que descendían de los paires,o sea de los
fundadores de la ciudad. Según Tito Livio, Rómulo había elegido un
centenar de cabezas de familia que le ayudasen a construir Roma. Naturalmente,
éstos acapararon los mejores predios y se consideraban un poco los dueños de la
casa con respecto a los que, vinieron después. Los primeros reyes no habían
tenido, en efecto, ningún problema social que resolver, porque todos los
súbditos eran iguales entre sí, y el mismo soberano no era más que uno de ellos
encargado por todos los demás del desempeño de funciones determinadas, sobre
todo de las religiosas.
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| RÓMULO VICTORIOSO |
Con
Tarquino Prisco había comenzado a llover sobre Roma un montón de otra
gente, especialmente de Etruria. Y con estos nuevos vecinos, los descendientes
de los paires mantenían las distancias con mucho recelo, defendiéndose
dentro de la fortaleza del Senado, accesible solamente a los miembros de sus
familias. Cada una de éstas llevaba el nombre del antepasado que la fundara: Manlio,
Julio, Valerio, Emilio, Cornelio, Horacio, Fabio.
Fue
a partir del momento, en que dentro de los muros de la ciudad comenzaron a
convivir esas dos poblaciones, los descendientes de los antiguos pioneros y los
llegados luego, cuando las clases principiaron a diferenciarse; de un lado, los
patricios y del otro los plebeyos.
No
tardaron los patricios en ser desbordados por el número, como siempre sucede en
todos los países nuevos, por ejemplo, América del Norte. En lo que es hoy
Estados Unidos los patricios se llamaban pilgrim fathers, los padres
peregrinos, y estaban representados por los trescientos cincuenta colonizadores
que fueron los primeros en establecerse allí a bordo de un buque llamado
Mayflower, hace un poco más de tres siglos. También sus descendientes
siguen aún hoy considerándose un poco como los patricios de América pero no han
podido mantener ningún privilegio porque las sucesivas oleadas de inmigrantes
pronto los sumergieron. Descender de un padre peregrino del Mayflower es
sólo un título honorífico.
Los
patricios romanos resistieron a esa mezcla mucho más tiempo. Y para
defender mejor sus prerrogativas, hicieron lo que hacen todas las clases
sociales, cuando son astutas y se encuentra en minoría numérica; llamaron a los
plebeyos a compartir sus privilegios, comprometiéndoles así a
defenderles también a ellos.
Bajo
el rey Servio Tulio, las clases sociales no eran ya tan sólo dos. Entre
los plebeyos se había diferenciado una alta burguesía o clase media, bastante
numerosa y sobre todo muy fuerte desde el punto de vista financiero. Cuando el
rey organizó los nuevos comicios centuriados dividiéndolos en cinco
clases según los patrimonios y dando a la primera, la de los millonarios, votos
suficientes para derrotar a las otras cuatro, los patricios no estuvieron nada
contentos porque se vieron sobrepasados, como potencia política, por gente «sin
cuna», como se dice hoy, o sea que no tenían antepasados, pero que en
compensación, poseía más dinero que ellos. Sin embargo, cuando Tarquino el
Soberbio fue echado y en su puesto se instauró la República, comprendieron
que no podían quedarse solos contra todos los demás y pensaron en tomar por
aliados a aquellos ricachones que en el fondo, como todos los burgueses de
todos los tiempos, no pedían nada mejor que entrar a formar parte de la
aristocracia, es decir, del Senado. Si los nobles franceses del siglo XVIII
hubiesen hecho otro tanto, se habrían ahorrado la guillotina.
Aquellos
ricachones, como hemos dicho, se llamaban quites, caballeros. Procedían
todos del comercio y de la industria y su gran sueño era convertirse en
senadores. Para lograrlo, no sólo votaban siempre, en los comicios
centuariados, de acuerdo con los patricios que tenían las llaves del
Senado, sino que no vacilaban en entrar pagando de su bolsillo cuando se les confiaba
una oficina o un cargo. Pues los patricios se hacían pagar muy caro la
concesión del alto honor. Y cuando se casaban con una hija de caballero, por
ejemplo, exigían una dote de reina. Y tampoco el día en que el caballero
lograba finalmente convertirse en senador, no era acogido como pater, es
decir como patricio, sino como conscriptus, en aquella asamblea que de
hecho estaba constituida por «padres y conscriptos», paires et conscripti.
El
pueblo lo constituían, pues, solamente estos dos órdenes: patricios y
caballeros. Todo el resto era plebe, y no contaba. En ésta se incluía un poco
de todo: artesanos, pequeños comerciantes, empleaduchos y libertos. Y,
naturalmente, no estaban contentos de su condición. De hecho, el primer siglo
de la nueva historia de Roma estuvo enteramente ocupado en las luchas sociales
entre los que querían ampliar el concepto de pueblo y los que querían
mantenerlo restringido a las dos aristocracias: la de la sangre y la de las
carteras repletas.
Esa
lucha comenzó en 494 antes de Jesucristo, es decir, catorce años después de la
proclamación de la República, cuando Roma, atacada por todas partes, había
perdido todo lo conquistado bajo el rey y, reducida casi a cabeza de partido,
tuvo que conformarse con ser miembro de la Liga Latina en pie de igualdad con
todas las demás ciudades. Al final de aquella ruinosa guerra, la plebe, que
había proporcionado la mano de obra para llevarla a cabo, se encontró en
condiciones desesperadas. Muchos habían perdido los campos, que quedaron en territorios
ocupados por el enemigo. Y todos, para mantener a la familia mientras estaban
en filas, se habían cargado de deudas, que en aquellos tiempos no era cosa
baladí, como lo es ahora. Quien no las pagaba, se convertía automáticamente en esclavo
del acreedor, el cual podía encarcelarlo en su bodega, matarlo o venderlo.
Si
los acreedores eran varios, estaban autorizados también a repartirse el
cuerpo del desdichado tras haberle degollado. Y aun cuando, al parecer, no se
llegó jamás a este extremo, la condición del deudor seguía siendo igualmente
incómoda.
¿Qué
podían hacer aquellos plebeyos para reclamar un poco de justicia? En los
comicios centuriados no tenían voz, porque pertenecían a las últimas
clases: las que tenían demasiado pocas centurias, y por ende pocos votos, para
imponer su voluntad. Comenzaron a agitarse por calles y plazas, pidiendo por
boca de los más desenvueltos, que sabían hablar, la anulación de las deudas, un
nuevo reparto de tierras que les permitiese remplazar el predio perdido y el
derecho de elegir magistrados propios.
Los
«órdenes» y el Senado prestaron oídos de mercader a estas demandas. Y entonces,
la plebe, o por lo menos amplias masas de plebe, se cruzaron de brazos, se
retiraron al Monte Sacro, a cinco kilómetros de la ciudad, y dijeron que a
partir de aquel momento no darían un bracero a la tierra, ni un obrero a las
industrias, ni un soldado al ejército.
Esta
última amenaza era la más grave y apremiante, pues, precisamente en aquellos
momentos, restablecida de cualquier manera la paz con los vecinos de casa,
latinos y sabinos, una amenaza nueva se perfilaba por la parte de los Apeninos,
desde cuyos montes habían comenzado a irrumpir hacia el valle, en busca de
tierras más fértiles, las tribus bárbaras de los ecuos y de los volseos, que ya
estaban sumergiendo las ciudades de la Liga.
El
Senado, con el agua al cuello, mandó embajada tras embajada a los plebeyos para
inducirles a regresar a la ciudad y a colaborar en la defensa común. Y Menenio
Agripa, para convencerles, les contó la historia de aquel hombre cuyos
miembros, para fastidiar al estómago, se habían negado a procurarle comida; con
lo que, habiéndose quedado sin alimento, acabaron por morir ellos también, como
el órgano del cual querían vengarse. Pero los plebeyos, duros, respondieron que
no había elección: o el Senado cancelaba las deudas liberando a quienes se
habían convertido en esclavos porque no las habían pagado, y autorizaba a la
plebe a elegir sus propios magistrados que la defendiesen, o la plebe se quedaba
en Monte Sacro, aunque viniesen todos los volscos de este mundo a destruir
Roma.
Finalmente,
el Senado capituló. Canceló las deudas, restituyó la libertad a quienes habían
caído en la esclavitud por ellas, y puso a la plebe bajo la protección de dos
tribunos y de tres ediles elegidos por ésta cada año. Fue la primera
gran conquista del proletariado romano, la que le dio el instrumento legal para
alcanzar también las demás por el camino de la justicia social. El año 494 es
muy importante en la historia de la Urbe y de la democracia.
Con
el retorno de los plebeyos, fue posible poner en campaña un ejército para la
amenaza de los volscos y de los ecuos. En esa guerra, que duró cerca de sesenta
años y que tenía como envite su propia supervivencia, Roma no estuvo sola. El
peligro común le mantuvo fieles no sólo a los aliados latinos y sabinos, sino
también otro pueblo limítrofe, el de los hérnicos.
En
los combates que en seguida se encendieron con éxito incierto, se distinguió,
cuéntase, un joven patricio llamado Coriolano, por el nombre de una
ciudad que había expugnado. Era un conservador intransigente y se oponía a que
el Gobierno hiciese una distribución de trigo al pueblo hambriento. Los
tribunos de la plebe, que entretanto habían sido elegidos, pidieron su exilio.
Coriolano se pasó entonces al enemigo, hizo entregarse el mando y, como un buen
estratega, lo condujo de victoria en victoria hasta las puertas de Roma.
También
a él los senadores le mandaron embajada tras embajada para hacerle desistir. No
hubo manera. Sólo cuando vio acercársele, suplicantes, a su madre y a su
esposa, ordenó a los suyos que se replegasen, los cuales, por toda
contestación, le dieron muerte; después, habiéndose quedado sin jefe, fueron
derrotados y obligados a retirarse.
Sobre
su remolino aparecieron los ecuos que ya habían despanzurrado a Frascati.
Lograron romper las coaliciones entre los romanos y sus aliados. Y el peligro
fue tan grave que el Senado, para hacer frente a él, concedió títulos y poderes
del dictador a L. Quincio Cincinato, quien, con un nuevo ejército,
liberó a las legiones sitiadas y las condujo, en 431, a una definitiva
victoria; luego, depuesto del mando después de haberlo ejercido solamente
durante dieciséis días, regresó a arar la finca de la cual había venido.
Pero
aún antes de esta feliz conclusión, una nueva guerra se había encendido en el
Norte por parte de la etrusca Veyes que no quería perder aquella favorable
ocasión para destruir definitivamente a Roma. Le había hecho ya varios feos
mientras estaba empeñada en defenderse de ecuos y volscos. Y Roma había
aguantado a la inglesa, es decir, preparando el desquite. En cuanto tuvo las
manos libres, las empleó para ajustar las cuentas. Fue una guerra dura que
también requirió en un momento dado, el nombramiento de un dictador. Éste fue Marco
Furio Camilo, gran soldado y, sobre todo, un hombre de bien, que aportó al
Ejército una gran novedad: el estipendio, o sea la «soldada». Hasta
entonces, los soldados habían tenido que prestar servicio gratis, y si tenían
mujer, las familias que quedaban en la patria se morían de hambre. Camilo lo
encontró injusto y lo remedió. La tropa, satisfecha, redobló su celo, conquistó
de un embate Veyes, la destruyó y deportó como esclavos a sus habitantes.
Esta
gran victoria y el ejemplar castigo que la rubricó llenaron de orgullo a los
romanos; cuadruplicaron sus territorios llevándolos a más de dos mil kilómetros
cuadrados, pero abrigaron hondos recelos de quien se los había procurado.
Mientras Camilo seguía conquistando ciudad tras otra en Etruria,
empezóse a decir en Roma que era un ambicioso y que se embolsaba el botín de
los pueblos vencidos en vez de entregarlo al Estado. Camilo quedó tan amargado
que renunció al mando y en vez de volver a la patria, para disculparse, se
marchó voluntariamente al exilio, en Árdea.
Tal
vez hubiera muerto allí dejando un nombre manchado por la calumnia, si los
ingratos romanos no hubiesen vuelto a necesitarle para salvarse de los galos,
el último y más grave peligro del que tuvieron que defenderse antes de iniciar
la gran conquista. Los galos eran una población bárbara, de raza céltica, que,
venida de Francia, había inundado ya la llanura del Po. Repartieron aquel
fértil territorio entre sus tribus, los insubrios, los bonnos, los cenomanos,
los senones: mas una de éstas, al mando de Breno, dirigióse hacia el
Sur, conquistó Chiusi, desbarató las legiones romanas en el río Alia, y marchó
sobre Roma.
Los
historiadores han contado después, envuelto en muchas leyendas, este capítulo que
debió ser muy desagradable para la Urbe. Dicen que cuando los galos intentaron
escalar el Capitolio, los gansos consagrados a Juno se pusieron a chillar
despertando así a Manlio Capitolino quien, al frente de los defensores,
rechazó el ataque. Puede ser. Pero los galos entraron igualmente en el
Capitolio como en todo el resto de la ciudad, de donde la población había huido
en masa para refugiarse en los montes circundantes. Dicen también que los
senadores, sin embargo, se habían quedado, al completo, solemnemente sentados
en los toscos sillones de madera de su curia, y que uno de ellos, Papirio,
al sentirse tirar de la barba por broma de un galo, que la creía postiza, le
arrojó a la cara el cetro de marfil. Y por fin narran que Breno, tras
haber pegado fuego a toda Roma, pidió, para irse, no sé cuántos kilos de oro e
impuso, para pesarlo, una balanza apañada. Los senadores protestaron y entonces
Breno, sobre el platillo de las pesas, arrojó también su espada pronunciando la
famosa frase: Vae victis!, «¡ay de los vencidos!». A lo que
Camilo, reaparecido de milagro respondería: Non auro, sed ferro, recuperanda
est patria, «la patria se restaura con el hierro, no con el oro», se
pondría al frente de un ejército que hasta aquel momento no se comprende dónde
lo tuvo escondido y pondría en fuga al enemigo.
La
verdad es que los galos expugnaron Roma, la saquearon y se marcharon
perseguidos por las legiones, pero cargados de dinero. Eran bandoleros robustos
y zafios, que no seguían ninguna línea política y estratégica en sus
conquistas. Asaltaban, depredaban y se retiraban sin preocuparse en absoluto
del mañana. De haber podido imaginar la venganza que Roma habría de sacar de
aquella humillación, no hubieran dejado piedra sobre piedra. En cambio, la
devastaron, sí, pero sin destruirla. Y volvieron sobre sus pasos, hacia la
Emilia y Lombardía, facilitando a Camilo, llamado urgentemente de Árdea,
reparar los daños. Probablemente no tuvo ni una sola escaramuza con los galos.
Habían partido ya cuando él llegó. Mas, dejando a un lado los rencores, volvió
a tomar el título de dictador, se arremangó la camisa y se puso a reconstruir
la ciudad y el ejército.
Los
mismos que le habían llamado ambicioso y ladrón le llamaron ahora «el segundo
fundador de Roma».
Pero
mientras sucedía todo esto en el frente exterior, la Urbe alcanzaba en el
interior una importante meta con la Ley de las Doce Tablas.
Fue
un éxito de los plebeyos que, desde que habían vuelto del Monte Sacro, no
cesaron de pedir que las leyes no fuesen dejadas más en manos del Senado, que a
su vez era monopolio de los patricios, sino que se publicasen de modo que cada
uno supiese cuáles eran sus deberes y cuáles las penas en que incurrirían en
caso de infringirlas. Hasta aquel momento las normas en que se basaba el
magistrado que juzgaba habían sido secretas, reunidas en textos que los
sacerdotes conservaban celosamente y mezcladas con ritos religiosos con los que
se pretendía indagar la voluntad de los dioses. Si el dios estaba de buen
humor, un asesino podía salir de apuros; si el dios tenía mal día, un pobre
ladronzuelo de gallinas podía terminar en la horca. Dado que quienes
interpretaban su voluntad, magistrados y sacerdotes, eran patricios, los
plebeyos se sentían indefensos.
Bajo
la presión del peligro exterior, de los volseos, de los ecuos, de los veientos,
de los galos y la amenaza de una segunda secesión en el Monte Sacro, el Senado,
tras muchas resistencias, capituló, y mandó tres de sus miembros a Grecia, para
estudiar lo que había hecho Solón en este terreno. Cuando los mensajeros
volvieron, fue nombrada una comisión de diez legisladores, llamados por su
número decenviros. Bajo la presidencia de Apio Claudio,
redactaron el código de las Doce Tablas, que constituyó la base, escrita
y pública, del derecho romano.
Esta
gran conquista lleva la fecha del año 451, que correspondía, aproximadamente,
al tricentenario de la fundación de la Urbe.
No
anduvo sobre ruedas, pues los plenos poderes que el Senado había conferido a
los decenviros para realizarla les gustó tanto a éstos, que al finalizar
el segundo año, cuando vencían, se negaron a restituirlos a quien se los había
dado. Cuentan que la culpa fue de Apio Claudio, que quiso continuar
ejerciéndolos para reducir a esclavitud y vencer la resistencia de una bella y
apetitosa plebeya, Virginia, de la que se había enamorado. El padre, Lucio
Virginio, fue a protestar. Y, visto que Apio no le hacía caso, antes que
dejar su hija a merced de aquel tipejo, le apuñaló. Después de lo cual, como ya
hiciera Colatino después del caso de Lucrecia, corrió al cuartel, contó
lo acaecido a los soldados y les exhortó a sublevarse contra el déspota.
Indignada, la plebe se retiró otra vez al Monte Sacro (ya había aprendido), y
el ejército amenazó con seguirla. Y el Senado, reunido de urgencia, dijo a los
decenviros (con profunda satisfacción, creemos) que no podía mantenerles en
el cargo. Fueron, pues, destituidos por decreto, Apio Claudio se convirtió en
bandido, y el poder ejecutivo se devolvió a los cónsules.
No
era aún el triunfo de la democracia, que sólo había de venir un siglo después,
con las leyes de Licinio Sextio, pero era ya un gran paso adelante. La
pe de aquella sigla SPQR comenzaba a ser el Populas, tal y como nosotros
lo entendemos hoy.
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