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domingo, 22 de octubre de 2017

LOS ANTECESORES DE DIOCLECIANO Y LA TETRARQUÍA

ALEJANDRO SEVERO


La anarquía que siguió a la muerte de Alejandro Severo duró cincuenta años, o sea hasta el advenimiento de Diocleciano, y ya no formaba parte de la historia de Roma, sino de la descomposición de su cadáver. Resulta incluso difícil seguir la sucesión al trono, y no cabe la esperanza de que el lector, por mucha voluntad que ponga, pueda recordar los nombres de todos los que se fueron turnado, cada uno degollando regularmente a su predecesor. Limitémonos a un «memorial».

MAXIMINO

Maximino debía haberse llamado Maximión porque medía más de dos metros, con su tórax a proporción y dedos tan gruesos que usaba por anillos los brazaletes de su mujer. Era hijo de un campesino de Tracia, tenía el complejo de inferioridad de su propia ignorancia y en sus tres años de reinado no quiso poner el pie en Roma que, en efecto, jamás le vio. Prefirió quedarse entre los soldados con los que había crecido, y para financiar las guerras, que constituían su única diversión y en las que alcanzaba bonísimos logros, impuso tales tributos a los ricos que éstos atizaron contra él la rivalidad de Gordiano, procónsul de África, señor culto y refinado, pero ya octogenario. Maximino le mató al hijo en combate y Gordiano se suicidó.

GORDIANO

Los capitalistas se dirigieron entonces a Máximo y a Balbino, proclamándoles conjuntamente emperadores. Maximino estaba a punto de derrotarles a ambos, cuando fue asesinado por sus soldados. Sus adversarios no pudieron gozar de aquel triunfo gratuito porque sufrieron inmediatamente la misma suerte por obra de los pretorianos, que instalaron en el trono a su hombre, otro Gordiano. Los legionarios le mataron cuando les conducía contra los persas y aclamaron a Filipo el Árabe, que a su vez fue liquidado por Decio, en Verona.

DECIO

Decio logró ser emperador dos años, que por aquellos tiempos era casi una hazaña, y emprendió algunas reformas serias, entre ellas el restablecimiento de la antigua religión, en perjuicio del cristianismo que él quería destruir. Pero fue derrotado y muerto por los godos. A Decio le sustituyó Galo, que también murió asesinado por sus soldados, que aclamaron a Emiliano, a quien eliminaron pocos meses después.

EMPERADOR EMILIANO

Subió al trono Valeriano, ya sesentón, que se encontró con cinco guerras simultáneas a cuestas: contra los godos, los alemanes, los francos, los escitas y los persas. Fue a combatir a los enemigos de Oriente dejando los de Occidente al cuidado de su hijo Galieno; pero cayó prisionero y Galieno se quedó como único emperador. Tenía menos de cuarenta años, valor, decisión e inteligencia. En otros tiempos hubiera sido un magnífico soberano. Pero no existía ya fuerza humana para detener la catástrofe. Los persas estaban en Siria, los escitas en Asia Menor y los godos en Dalmacia. La Roma de César, por no decir la de Escipión, hubiera podido hacer frente a esas catástrofes simultáneas. La de Galieno era una embarcación a la deriva, en espera sólo de algún milagro para salvarse.

GALIENO

Uno se produjo en Oriente, cuando Odenato, que gobernaba Palmira por cuenta de Roma, batió a los persas, se proclamó rey de Cicilia, Armenia y Capadocia, murió, y dejó el poder a Zenobia, la más grande reina del Este. Era una criatura que, al nacer, se equivocó de sexo. En realidad tenía el cerebro, el valor y la firmeza de un hombre. De mujer sólo tenía la sutileza diplomática. Oficialmente actuó en nombre de Roma, y como representante suya se anexionó también a Egipto. En realidad, el suyo fue un reinado independiente que se formó en el corazón del Imperio, pero que al mismo tiempo actuó de dique contra los invasores sármatas y escitas que descendían en masa del Norte y habían invadido ya a Grecia. Galieno logró batirles con dificultad y sus soldados, en agradecimiento le asesinaron. Su sucesor, Claudio II, se los volvió a encontrar delante más fuertes que antes. También logró batirles dificultosamente en un encuentro que, si lo hubiese perdido, habría significado el fin de la misma Roma. De aquella carnicería se propagó la peste, y él mismo murió. Era el 270 después de Jesucristo.

ZENOBIA

Y he aquí, finalmente, que subió al trono un gran general. Domicio Aurelio, hijo de un pobre campesino de Iliria, llamado por sus soldados «mano sobre la espada». No había sido más que militar, pero tenía también fuste de hombre de Estado. Comprendió en seguida que no podía combatir contra todos aquellos enemigos, por lo que pensó ganarse alguno con diplomacia y cedió Dacia a los godos, que eran los más peligrosos, para que se estuvieran tranquilos. Después atacó separadamente a vándalos y germanos, que ya invadían Italia, y les dispersó en tres batallas consecutivas. Pero se daba cuenta de que con aquellas victorias no se evitaba la catástrofe, sino que sólo se retrasaba, por lo que recurrió a una medida que era el sello de la muerte de Roma y el comienzo del Medievo; ordenó a todas las ciudades del Imperio que se amurallasen y que en adelante cada una confiase en sus propias fuerzas. El poder central abdicaba.

AURELIANO

Sin embargo, esa visión pesimista de la realidad no impidió a Aureliano continuar cumpliendo con su deber hasta el final. No aceptó el separatismo de Zenobia, marchó contra ella, batió a su ejército, la capturó en su misma capital, condenó a muerte al primer ministro y consejero, Longino, la llevó encadenada a Roma y la confinó en Tívoli, en una espléndida villa y en relativa libertad, a que esperara tranquilamente la vejez. Por un momento Roma creyó haber vuelto a ser caput mundi y otorgó el título de Restitutor, restaurador, a Aureliano, que intentó cimentar firmemente su obra sobre bases políticas y morales. Aquel hombre singular que lo veía todo con tan desencantada claridad, creyó resolver el conflicto religioso que corroía el Imperio creando una nueva fe que conciliase los viejos dioses paganos con el nuevo Dios cristiano, e inventó la del Sol, al que hizo elevar un espléndido templo. Con él, la religión fue por vez primera monoteísta, o sea que reconoció a un solo Dios, si bien no fuese el verdadero. Ello significó un gran paso adelante hacia el definitivo triunfo del cristianismo. Por aquel dios único, y no ya del Senado, es decir, de los hombres, Aureliano declaró haber sido investido del poder supremo. Y con ello sancionó el principio de la monarquía absoluta, la que se proclama tal precisamente «por la gracia de Dios» y que, de origen oriental, se difundió después por el mundo.


En prueba, sin embargo, del escepticismo con que sus súbditos acogieron aquella invención está el hecho de que, aunque «ungido del Señor», se cargaron a Aureliano como habían hecho con casi todos sus predecesores. Y para sucederle, sin aguantar ninguna indicación del Cielo, el Senado nombró a Tácito, un descendiente del ilustre historiador, el cual aceptó sólo porque ya tenía setenta y cinco años, y, por tanto, no tenía nada que perder. Efectivamente sobrevivió sólo seis meses, y gracias a esto pudo morir en su lecho.

TÁCITO

Le sucedió (276 después de Jesucristo), Probo, que era tal de nombre y de hechos. Desgraciadamente, era también un soñador. Y cuando, tras haber ganado sus buenas guerras contra los alemanes que seguían desbordándose un poco por todas partes, puso los soldados a sanear las tierras pensando fijarlas en ellas como labradores, ellos, acostumbrados ya a hacer de lansquenete de oficio y a vivir de rapiñas, le mataron, aunque se arrepintieron inmediatamente después y erigieron un monumento a su memoria.

PROBO

Y hétenos aquí a Diocleciano, el último verdadero emperador romano. En realidad se llamaba Diocletes, era hijo de un liberto dálmata, y que sus miras eran ambiciosas se puso de manifiesto cuando intrigó para obtener el mando de los pretorianos: había comprendido finalmente que al trono no se llegaba a través de la carrera política y militar, sino a través de los pasillos de Palacio.

DIOCLECIANO

Pero también había comprendido que, una vez coronado, y para no tener el fin de todos los otros emperadores, no debía quedarse en Palacio; es más, no se debía siquiera permanecer en Roma. Y, efectivamente, su primera decisión como emperador fue la sensacional de transferir la capital a Asia Menor, en Nicomedia. Los romanos se ofendieron, pero Diocleciano justificó aquel paso con las exigencias militares. La Urbe quedaba a trasmano, el mando supremo tenía que acercarse a las fronteras para controlarlas mejor, y por esto fue dividido: Diocieciano, con su título de Augusto y la mayor parte del ejército, cuidó de las orientales, como ya hiciera Valeriano; para atender a las occidentales designó, también con el título de Augusto, a Maximiano, un buen general, que sé instaló en Milán. Cada uno de estos Augustos escogió a su propio César; Diocieciano, en la persona de Galerio, que situó su capital en Mitrovitza, en la actual Yugoslavia; Maximiano, en la persona de Constancio Cloro, llamado así por la palidez de su rostro, quien eligió por sede Tréveris, en Germania. Así se formó la llamada Tetrarquía en la que Roma no tuvo ningún papel, ni siquiera de segundo plano. Se había convertido tan sólo en la mayor ciudad de un Imperio que cada vez se volvía menos romano. Quedaron los teatros y los circos, los palacios de los señores, la chismografía, los salones intelectuales y las pretensiones. Pero el cerebro y el corazón habían emigrado a otra parte.

MAXIMIANO

Los dos Augustos se comprometieron solamente a abdicar después de veinte años de poder, cada uno a favor de su César, a quien para empezar cada uno dio una hija propia. Pero al mismo tiempo, Diocieciano llevó a término la reforma absolutista del Estado iniciada ya por Aureliano, que contradecía plenamente aquella división de poderes. El suyo fue un experimento socialista con una relativa planificación de la economía, nacionalización de las industrias y multiplicación de la burocracia. La moneda quedó vinculada a una tasa de oro que permaneció invariable durante más de mil años. Los campesinos quedaron fijados en las tierras y constituyeron la «servidumbre de la gleba». Obreros y artesanos fueron «congelados» en gremios hereditarios, que nadie tenía derecho a abandonar. Se instituyeron las «aglomeraciones». Aquel sistema no podía funcionar sin un severo control de los precios, que fue instituido por un famoso edicto en 301 después de Jesucristo, el cual representa todavía una de las obras maestras de la economía dirigida. Todo en él está previsto y reglamentado, salvo la natural tendencia de los hombres a las evasiones y su ingeniosidad para tener éxito en ellas. Para combatirlas, Diocleciano tuvo que multiplicar al infinito su Tributaria. «En nuestro Imperio —rezongaba el librecambista Lactancio—, de cada dos ciudadanos, uno suele ser funcionario.» Pululaban confidentes, superintendentes e inspectores. Sin embargo, las mercancías eran sustraídas igualmente de los «stocks» y vendidas de estraperlo, y las deserciones en los gremios de artes y oficios estaban a la orden del día. A causa de todos estos abusos llovieron detenciones y condenas, y fortunas de miles de millones fueron deshechas por las multas del fisco. Y, entonces, por primera vez en la historia de la Urbe, viéronse ciudadanos romanos cruzar a escondidas los «límites» del Imperio, o sea «el telón de acero» de aquellos tiempos, para buscar refugio entre los «bárbaros». Hasta aquel momento habían sido los «bárbaros» quienes buscaron refugio en tierras del Imperio, cuya ciudadanía codiciaban como el más precioso de los bienes. Ahora acontecía lo contrario. Era precisamente ése el síntoma del fin.


No obstante, aquel experimento era el único que Diocleciano podía intentar. Apuntaba al encierro del mundo romano dentro de un corsé de acero para frenar su descomposición. Aunque ineficaz, el remedio estaba impuesto por las circunstancias y, pese a sus muchos inconvenientes, de algo sirvió. Constancio y Galerio, dedicados a la guerra, llevaron de nuevo las banderas romanas a Britania y Persia. Y en el interior reinó el orden. Era un orden de cementerio, donde todo se esterilizaba y se secaba. Cada categoría se había convertido en casta hereditaria, ocupada en elaborar ante todo una propia y complicada etiqueta de modelo oriental. 

LOS CUATRO TETRARCAS

Por primera vez el emperador tuvo una autentica corte con minucioso ceremonial. Diocleciano se proclamó reencarnación de Júpiter (en tanto que Maximiano se conformó, más modestamente, con serlo de Hércules), inauguró un uniforme de seda y oro, un poco como Heliogábalo, se hizo llamar domino y, en suma, se comportó en un todo como un emperador bizantino, aun antes de que la capital hubiese sido transferida definitivamente a aquellas regiones. Pero no abusó de ese su poder absoluto, del cual tal vez se reía para sus adentros, pues era un hombre de ingenio, lleno de equilibrio y de buen sentido. Fue un administrador cauto y un juez imparcial. Y, al cumplirse el plazo de veinte años de reinado, mantuvo el compromiso adquirido al subir al trono.


En 305 después de Jesucristo, con solemnes ceremonias que se celebraron simultáneamente en Nicomedia y en Milán, los dos Augustos abdicaron a favor de su propio César y yerno. Diocleciano, de cincuenta y cinco años apenas, se retiró al bellísimo palacio que se hiciera construir en Spalato y ya no volvió a salir de él. Cuando, unos años después, Maximiano solicitó su intervención para poner fin a la guerra de sucesión en que había desembocado la nueva Tetrarquía, respondió que semejante invitación sólo podía llegarle de quien jamás había visto con qué lozanía crecían las coles en su huerto. Y no se movió.


Alcanzó los sesenta y tres años, y nadie ha sabido jamás lo que pensaba de la anarquía que empezó de nuevo después de él. Había hecho todo lo que un hombre podía hacer: la demoró durante veinte años.








lunes, 15 de junio de 2015

EL EMPERADOR BALBINO


Decimus Caelius Calvinus Balbinus, 165 - 29 de julio de 238 coemperador romano junto con Pupieno.


Balbino pertenecía a la familia noble romana de los Caelio y pasó una carrera administrativa normal. En 238 y a la edad de 60 años el senado le eligió como miembro del colegio encargado de defender Roma contra Maximino el Tracio quien había sido declarado enemigo público. Tras la muerte de los Gordianos en África el senado buscaba un nuevo emperador y designo a Balbino y a su compañero Pupieno. 


Sin embargo desde el principio hubo rivalidades entre los emperadores y debido a su impopularidad hubo motines y revuelos. Para aliviar la situación adoptaron al nieto de Gordiano I, el futuro Gordiano III como Cesar y sucesor tras sólo unos pocos días en el poder.
Mientras que Pupieno se dirigió hacia el norte para buscar la decisión militar con Maximinio, Balbino se quedó en Roma para ocuparse de las tareas administrativas.


El asesinato de Maximino por sus propias tropas durante el asedio de Aquilea no les ayudó mucho a mantenerse en el poder. Noventa y nueve días después de haber subido al trono imperial y ante la amenaza de ataques de germanos y partos sobre el territorio romano, los pretorianos los asesinaron durante una disputa entre ambos, ya que no estaban interesados en mantener a estos emperadores poco populares y de los que temían recortes en su propio poder.


ESCULTURAS DEL EMPERADOR BALBINO:








viernes, 12 de junio de 2015

EL EMPERADOR MARCO CLODIO PUPIENO


Marco Clodio Pupieno (c. 164-238), emperador romano, gobernó junto a Décimo Caelio Balbino durante unos meses del año 238.




Cuando tenía ya 74 años, y tras haber sido procónsul de Bitinia y otras provincias, fue elegido por el Senado para gobernar el Imperio de Roma junto con Balbino, en oposición a Cayo Julio Vero Maximino. Pupieno avanzó contra éste, pero al enterarse de que había sido asesinado cerca de Aquilea, en la península Itálica, regresó a Roma. Allí preparó un ataque contra los persas, a pesar de que la Guardia Pretoriana estaba a favor de Maximino. Durante un espectáculo de los Juegos Capitolinos al que había asistido gran cantidad de público, miembros de la Guardia accedieron al palacio y acabaron con las vidas de Balbino y Pupieno.





ESCULTURAS DEL EMPERADOR MARCO CLODIO PUPIENO:








viernes, 5 de junio de 2015

EL EMPERADOR GORDIANO I





Marco Antonio Gordiano Semproniano Romano Africano (Marcus Antonius Gordianus Sempronianus Romanus Africanus) (159-12 de abril de 238) fue emperador romano en el año 238.


Se sabe muy poco de su vida privada, suponiéndose por su nombre que su familia provenía de Frigia (Anatolia). Era hijo de Metio Marullus, de la ilustre familia de los Gracos, y de Ulpia Gordiana. Era una simple familia equestre, aunque de grandes riquezas, pero fue ascendiendo en la jerarquía hasta que entró en el Senado. Tenía dos hijos: Marco Antonio Gordiano (Gordiano II) y Maecia Faustina, la madre del futuro emperador Gordiano III.



SUS ORÍGENES Y CARRERA

Pasó su juventud estudiando retórica y literatura, entrando en política siendo ya bastante mayor. Como militar, comandó la IV Legión Escita, cuando estaba estacionada en Siria. En 216 fue nombrado gobernador en Britania, y fue un cónsul competente durante el reinado de Heliogábalo. Como edil promocionó magníficos juegos y espectáculos que le ganaron el favor de la plebe, pero su prudencia y su vida retirada de aspiraciones políticas no despertaron la sospecha de Caracalla, en cuyo honor escribió un poema épico titulado Antoninias. El hecho de que se mantuviera intacto tras los caóticos reinados de los Severos sugiere su poca afición a la intriga.



ASCENSO AL PODER

Durante el reinado de Alejandro Severo, Gordiano (que ya era un anciano de 80 años) se arriesgó con el peligroso gobierno de África. Siendo Gordiano procónsul, Maximino el Tracio asesinó al emperador Alejandro Severo y se autoproclamó su sucesor. Maximino no fue un emperador popular, y el descontento general causado por su opresivo gobierno culminó en una revuelta en África, en 238. Esta revuelta era dirigida por los ricos y jóvenes terratenientes de la región de Tisdro, opulenta por el cultivo de olivo, quienes unieron a sus esclavos y los armaron. Tal grupo pensaba instaurar al anciano procónsul Gordiano como emperador.


Gordiano se hico eco del clamor popular y asumió tanto el cargo de emperador como el título de Africano el 22 de marzo de ese año. Insistió, por su avanzada edad, en asociar al trono a su hijo Gordiano II. Pocos días después entró en la ciudad de Cartago, siendo vitoreado por la población y por los líderes locales. Mientras tanto en Roma el prefecto pretoriano de Maximino era asesinado, y parecía que la rebelión iba a tener éxito. El Senado confirmó a Gordiano como emperador y la mayoría de las provincias se pusieron de su parte.



MUERTE

Curiosamente la oposición a su reinado vendría de la vecina provincia de Numidia. Capeliano, gobernador de Numidia y leal a Maximino el Tracio, renovó su alianza con el antiguo emperador e invadió la provincia de África con varias legiones de veteranos. Gordiano fue vencido, y su hijo Gordiano II murió en la batalla. Apenado por la muerte de este último, Gordiano se suicidó con su propio cinturón. Había sido emperador sólo 36 días.


La razón de la victoria de Capeliano radica en que se enfrentó a tropas sin experiencia y a que estas estaban pobremente armadas, muchos soldados sólo usaron arcos y lanzas de caza. Capeliano luego capturó y ejecutó a muchos de los líderes de la rebelión y a confiscar sus ricas propiedades. Posteriormente este mismo general y gobernador de Numidia será derrotado en batalla y asesinado.


Gordiano merece la alta estima que se le tuvo por su carácter amigable. Tanto él como su hijo eran versados en literatura, consiguiendo grandes elogios por sus publicaciones. Esta admiración se extendió también a la forma de llevar las cuestiones de estado. Habiéndose puesto del lado de Gordiano, el Senado se vio obligado a continuar la revuelta contra Maximino, designando a Pupieno y a Balbino como co-emperadores, quienes demostraron su lealtad al ex-emperador nombrando emperador a su nieto, como Gordiano III, a finales de 238.




jueves, 11 de septiembre de 2014

EL EMPERADOR GORDIANO III




Marco Antonio Gordiano Pío (en latín: Marcus Antonius Gordianus Pius) (* 20 de enero 225, † 11 de febrero 244), conocido como Gordiano III, emperador romano de 238 a 244


Gordiano III nació como hijo de Antonia Gordiana, hija de Gordiano I y hermana de Gordiano II. El nombre del padre no ha sido trasmitido, al igual que el suyo propio antes de adoptar el nombre de su abuelo en 238.


LA LLEGADA AL TRONO
Maximino el Tracio, emperador romano tras el asesinato de Alejandro Severo era muy impopular en muchos círculos de la sociedad romana. Esto llevó a una revuelta en el norte de África. Los rebeldes proclamaron a Gordiano I como emperador y consiguieron su reconocimiento por parte del Senado. Maximino fue declarado enemigo público. Sin embargo, Gordiano I y su hijo Gordiano II cayeron en la batalla contra las tropas del gobernador de Numidia, Capelliano, quien había seguido fiel a Maximino.


Mientras tanto, Maximino empezó su marcha sobre Roma. En su defensa, el Senado proclamó dos nuevos emperadores, Balbino y Pupieno. Estos eran muy impopulares en la ciudadanía de Roma y fueron obligados a adoptar a Gordiano III como sucesor ya que su abuelo y tío respectivamente gozaban aún de una muy buena reputación.


Tras el reinado de tan sólo noventa y nueve días de los dos emperadores, que terminó con el asesinato de ambos por parte de los pretorianos, Gordiano III fue proclamado emperador a la edad de tan sólo 13 años el 29 de julio de 238.


EL REINADO
Gordiano proclamó casi enseguida a su tutor y mentor Timesteo, prefecto del pretorio. Timesteo se ocupó también de una buena parte del gobierno del estado. En 241 Gordiano se casó con Furia Sabina Tranquilina, hija de Timesteo. En esta época empezaron casi simultáneamente ataques de los germanos sobre las fronteras del Rin y del Danubio y los persas bajo Sapor I invadieron Mesopotamia pasando las fronteras del río Éufrates. Gordiano abrió las puertas del templo de Jano por última vez en la historia y se puso en marcha hacia Oriente próximo con su ejército.


 Consiguió una victoria sobre los persas que fueron expulsados a la otra orilla del Éufrates. Cuando estaba planificando conjuntamente con Timesteo la campaña militar en territorio enemigo, su suegro murió en oscuras circunstancias.
En esta situación, Gordiano encargó el liderazgo de los pretorianos a Marcus Julius Phillipus (Filipo el Árabe) y siguió con la expedición. A principios de 244 los persas comenzaron su contraataque. En sus crónicas mencionan una gran victoria cerca de la actual Faluya (Irak) en cuyo transcurso dicen haber matado a Gordiano III.


Sin embargo, las fuentes romanas no mencionan esta batalla, situando a Gordiano más río arriba. Apuntan a que fue asesinado por Filipo, quien por su parte aspiraba al trono y consiguió ser proclamado emperador.


Tras su muerte, Gordiano fue deificado por el Senado con la oposición del nuevo emperador. Este probablemente cedió para evitar revueltas populares por la muerte de su popular antecesor.