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domingo, 18 de junio de 2023

SITIO DE JERUSALEN EN AL AÑO 70

 

“A través de la ciudad, la gente moría de hambre en grandes números, y soportaban indescriptibles sufrimientos.  En cada casa la sola insinuación de comida encendía la violencia, y los familiares se derrumbaban jadeantes, arrebatándose unos a otros los miserables soportes de vida. No se respetaba ni aún a los moribundos …profundamente hambrientos como perros enloquecidos, pandillas sin ley iban vacilantes y tambaleantes por las calles, golpeando las puertas como ebrios, y tan desconcertados, que irrumpían en la misma casa dos o tres veces en una hora.  La necesidad conducía a los hambrientos a roer cualquier cosa.  Negándose a rechazar aún lo que los animales rechazarían, era recogido y convertido en comida. Al final, ellos comían cinturones y zapatos, y la piel que desprendían de sus escudos.  Matas de pasto seco eran devoradas, y vendidas en pequeños manojos por cuatro dracmas”.   

( Flavio Josefo)

 

El texto es un fragmento de la obra "La guerra de los judíos" de Flavio Josefo, un historiador judío que vivió durante el sitio de Jerusalén en el año 70 por parte del ejército romano. Este sitio fue el acontecimiento decisivo de la primera guerra judeo-romana, que terminó con la caída de Masada en el año 73.

 El ejército romano, dirigido por el futuro emperador Tito, con Tiberio Julio Alejandro como su segundo al mando, sitió y conquistó la ciudad de Jerusalén, que había estado ocupada por sus defensores judíos desde el año 66. La ciudad y su importante templo fueron destruidos el mismo año de su conquista.

 

El texto describe con dramatismo las condiciones de hambre, violencia y desesperación que sufrieron los habitantes de Jerusalén durante el asedio, que duró unos cinco meses. La escasez de alimentos y los terribles sufrimientos llevaron a que la gente recurriera a medidas extremas para sobrevivir. El hambre era tan desesperante que los familiares llegaban a arrebatarse la escasa comida unos a otros, e incluso los moribundos no eran respetados.

 

La situación descrita revela el nivel de desesperación y desorganización que prevalecía en la ciudad asediada. Las pandillas sin ley, afectadas por el hambre, merodeaban por las calles buscando comida y golpeando puertas para obtener algo de sustento.

 La narración también menciona que la gente llegaba a comer cualquier cosa disponible, incluso cuero de cinturones, zapatos y la piel de sus propios escudos.

 

Según Flavio Josefo, más de 600.000 civiles murieron, fueron esclavizados o exiliados por los romanos. El autor también relata cómo los judíos se dividieron en facciones rivales que se enfrentaron entre sí dentro de la ciudad sitiada. 

El texto es una fuente histórica muy valiosa, pero también tiene un tono propagandístico, ya que Flavio Josefo se pasó al bando romano y trató de justificar su acción y la de sus nuevos aliados.




martes, 27 de diciembre de 2022

CARTA DE CNEO POMPEYO MAGNO DESDE JUDEA, A CAYO JULIO CÉSAR


¡Sigo teniendo problemas con los judíos, César! La última vez que te escribí estaba planeando reunirme con los dos hijos de la reina en Damasco, cosa que hice la primavera pasada. Hircano me impresionó y me pareció más apropiado que Aristóbulo, pero no quise que supieran a cuál de los dos prefería yo hasta que me hubiera ocupado de ese viejo granuja, el rey Aretas de Nabatea. Así que envié a los hermanos de vuelta a Judea bajo órdenes estrictas de mantener la paz hasta que supieran cuál era mi decisión: no quería que el hermano perdedor empezase a intrigar a mis espaldas mientras yo marchaba sobre Petra.

 

Pero Aristóbulo supuso cuál era la respuesta correcta, que yo pensaba entregarle el lote a Hircano, así que decidió prepararse para la guerra. No es muy listo, pero claro, supongo que todavía no me tenía tomadas las medidas. Pospuse la expedición contra Petra y marché hacia Jerusalén. Monté el campamento para rodear por completo la ciudad, que está muy bien fortificada y naturalmente bien situada para la defensa: valles rodeados de precipicios alrededor de la ciudad y otros accidentes del terreno por el estilo.

 

No bien hubo visto Aristóbulo aquel magnífico ejército de romanos acampado en las colinas que rodean la ciudad, vino corriendo a ofrecerme la rendición. Junto con varios asnos cargados hasta los topes con bolsas llenas de monedas de oro. Muy amable por su parte el ofrecérmelas, le dije, pero, ¿no comprendía que había echado a perder mis planes de campaña y le había costado a Roma una cantidad de dinero mucho mayor que la que contenían sus bolsas? Le expliqué que se lo perdonaría todo si él accedía a pagarme los gastos que supone trasladar tantas legiones hasta Jerusalén. Eso, le dije, haría que yo no tuviera que saquear el lugar para encontrar dinero con que sufragar dichos gastos. Me complació de muy buen grado.

 

Envié a Aulo Gabinio a recoger el dinero y a ordenar que abrieran las puertas de la ciudad, pero los seguidores de Aristóbulo optaron por resistirse. No quisieron abrirle las puertas a Gabinio e hicieron algunas cosas muy groseras encima de las murallas, un modo como cualquier otro de decir que iban a desafiarme. Yo retuve a Aristóbulo e hice avanzar al ejército. Aquello hizo que la ciudad se rindiera, pero no una parte de ella, donde se alza ese imponente templo, aunque más bien habría que llamarlo fortaleza. Unos cuantos miles de intransigentes se hicieron fuertes allí y se negaron a salir. Es un lugar difícil de tomar, y a mí nunca me ha entusiasmado el asedio. Sin embargo había que darles una lección, y se la di. Resistieron durante tres meses, luego me aburrí y tomé el lugar. Fausto Sila fue el primero en pasar por encima de las murallas; muy bonito en un hijo de Sila, ¿verdad? Buen chico. Pienso casarlo con mi hija cuando volvamos a casa, ella ya tendrá edad suficiente para cuando llegue ese momento. ¡Qué capricho tener al hijo de Sila como yerno! He subido en el mundo de lo lindo.

 

El templo era un lugar interesante, nada parecido a los nuestros. Ni estatuas ni nada de eso, y parece que te gruña cuando estás dentro. ¡Te digo que me puso los pelos de punta! Leneo y Teófanes -echo de menos terriblemente a Varrón- querían ir detrás de esa cortina y entrar en lo que ellos llaman el Sancta Sanctorum. También querían entrar Gabinio y algunos otros. Seguro que está lleno de oro, decían. Bueno, lo estuve pensando, César, pero al final dije que no. Nunca puse los pies allí dentro, ni dejé que los pusiera nadie. Pero para entonces ya les había tomado las medidas yo a ellos. Un pueblo realmente muy extraño. Como para nosotros, la religión forma parte del Estado también para ellos, pero son muy diferentes de nosotros en ese aspecto. Yo diría que son fanáticos religiosos, en realidad. Así que di órdenes para que nadie los ofendiera en cuestión de religión, desde los soldados rasos hasta mis legados de más categoría. ¿Por qué remover un avispero cuando lo que yo quiero de una punta a la otra de Siria es paz, orden y reyes clientes obedientes a Roma, sin trastocar las costumbres locales ni las tradiciones? Cada lugar tiene su mos maiorum.

 

Instauré a Hircano como rey y sumo sacerdote a la vez, e hice prisionero a Aristóbulo. Eso es porque conocí a Antípatro, el príncipe idumeo, en Damasco. Un tipo muy interesante. Hircano no resulta impresionante, pero confío en Antípatro para que lo maneje... en la dirección conveniente para Roma, desde luego. Ah, sí, no se me olvidó informarle a Hircano de que él no está ahí por la gracia de su dios, sino por la gracia de Roma; que él no es más la marioneta de Roma y que estará siempre debajo del pulgar del gobernador de Siria. Antípatro me sugirió que le endulzase esa taza de vinagre diciéndole a Hircano que debería canalizar la mayor parte de sus energías en el sumo sacerdocio... ¡Muy inteligente, ese Antípatro! Y me pregunto, ¿sabrá él que yo estoy al corriente de cuanto poder civil ha usurpado sin levantar siquiera un dedo para guerrear?

 

No dejé Judea exactamente tan grande como era antes de que esos dos hermanos tan tontos atrajesen mi atención hacia ese lugar insignificante. A todos los lugares en los cuales los judíos eran minoría los obligué a formar parte oficialmente de la provincia romana de Siria: Samaria, las ciudades costeras, desde Jope a Gaza, y las ciudades griegas de la Decápolis, todas ellas consiguieron la autonomía y se convirtieron en sirias.

 

Todavía sigo poniendo orden, pero parece que por fin esto toca a su fin. Espero estar de regreso en casa a finales de este año. Lo cual me lleva al tema de los deplorables acontecimientos del año pasado y principios de éste. En Roma, me refiero. César, no puedo agradecerte bastante la ayuda que le has prestado a Nepote. Tú lo intentaste, pero... ¿por qué tuvimos que permitirle a ese pelma mojigato de Catón que ocupase su cargo? Lo ha echado todo a perder. Y, como sabes, no me queda ni un solo tribuno de la plebe que valga la pena ni para mear encima de él. ¡Ni siquiera puedo encontrar uno para el año que viene!

 

Me llevo conmigo a casa verdaderas montañas de botín, el Tesoro no tiene sitio ni para empezar a dar cabida a la parte de ese botín que le corresponde a Roma. A las tropas, sólo en primas, les han correspondido dieciséis mil talentos. Por ello me niego rotundamente a hacer lo que siempre he hecho en el pasado, conceder a mis soldados la ocupación de tierras de mi propiedad. Esta vez Roma puede darles las tierras. Ellos se lo merecen, y Roma se lo debe. Así que aunque muera en el intento, me encargaré de que reciban tierras del Estado. Confío en que tú hagas lo que puedas al respecto, y si por casualidad tienes a algún tribuno de la plebe que se incline a pensar como tú, con gusto compartiría lo que costase contratarle. Nepote dice que va a haber una gran pelea a causa de las tierras, y no es que yo no me lo esperase. Hay demasiados hombres poderosos que tienen alquiladas tierras públicas para sus latifundia. Algo que demuestra muy poca vista por parte del Senado.

 

Por cierto, he oído un rumor y me pregunto si tú también lo habrás oído. Que Mucia está siendo una niña mala. Le pregunté a Nepote, y se subió tanto por las ramas que me pregunté si volvería a bajar alguna vez. Bueno, los hermanos y las hermanas tienden a hacer bando juntos, así que es natural que a él no le gustase mi pregunta. De todos modos, estoy haciendo investigaciones. Si hay algo de verdad en ello, adiós a Mucia. Ha sido una buena esposa y madre, pero no puedo decir que la haya echado mucho de menos desde que me marché.


( C. McC. )



HERODES ANTIPAS

 



HERODES ANTIPAS, EL REY DE GALILEA QUE MATO A JUAN EL BAUTISTA Y RIDICULIZO A JESÚS, EL AGITADOR QUE SE HACIA LLAMAR "MESIAS" Y "REY DE LOS JUDIOS"



SU REINADO COINCIDIÓ CON LA VIDA DE JESÚS YA QUE EMPEZÓ A REINAR JUSTO CUANDO NACIÓ JESÚS Y TODAVÍA REINABA A SU MUERTE


Herodes Antipas o Herodes el Tetrarca (Judea, 20 a. C. – Lyon, 39) fue tetrarca de Perea y Galilea desde 4 a. C. hasta su muerte. Es célebre merced a los extractos del Nuevo Testamento que relatan su participación en los acontecimientos que desembocarían en las muertes de Juan Bautista y Jesús de Nazaret.


Hijo de Herodes I el Grande y de la samaritana Malthace y hermano de Herodes Arquelao. Fue criado en Roma junto con Arquelao y su hermano Herodes Filipo. A la muerte de su padre, Augusto le otorgó la tetrarquía de Galilea y Perea. Contrajo un escandaloso matrimonio con Herodías, esposa de su hermanastro Herodes Filipo. Para poder casarse con Herodías, repudió a su esposa legítima, hija de Aretas IV, rey de los nabateos (reino árabe con capital en Petra). Enfurecido, Aretas atacó a Herodes Antipas, y sólo la intervención del gobernador romano de Siria, Vitelio, evitó su derrota completa.


Herodes Antipas continuó la labor constructora de su padre. Fortificó Séforis, haciendo de ella su capital, hizo alzar la fortaleza de Bet-haram en Perea y más tarde la ciudad de Tiberíades (que bautizó en honor del emperador Tiberio), a orillas del lago Genesaret, a donde trasladó su capital (la ciudad dio su nombre al lago y fue durante mucho tiempo un gran centro cultural judío).


Al parecer por instigación de Herodías, acudió a Calígula, recién nombrado emperador, a reclamar la corona de Judea, en manos de su sobrino Agripa I. En respuesta, Agripa escribió al emperador Calígula, acusando a Herodes de haber concertado una alianza secreta con los partos contra Roma. Calígula entonces ordenó deportar a Herodes Antipas y su mujer, en 39, a Lugdunum (Lyon), donde Herodes murió ese mismo año.


Herodes Antipas aparece en el Nuevo Testamento como el responsable de la ejecución de Juan el Bautista, a instigación de su esposa Herodías (Marcos 6:17–29, Mateo 14:3–12). En el Evangelio de Lucas, Jesús se presenta ante él y sufre sus burlas (Lucas 23:6–12), en un encuentro que no relata ninguno de los otros evangelistas.

lunes, 12 de octubre de 2020

PRINCIPALES RELIGIONES EN EL IMPERIO ROMANO

Los misterios griegos llevaban la marca de la razón y la moderación griegas. Pero a medida que la influencia romana penetró cada vez más al este, entró en contacto con religiones orientales aún más emocionales y coloridas, muchas de las cuáles también incluían el motivo de la muerte y renacimiento inspirado por el ciclo estacional de la vegetación. En Asia Menor existía un antiguo culto de Cibeles, la Gran Madre de los Dioses, que en algunos aspectos era similar a la Deméter griega. Sus ritos se difundieron por Grecia en época temprana y, en 204 a. C., cuando los romanos estaban cerca del fin de su larga batalla contra el general cartaginés Aníbal, también ellos empezaron a rendir culto a Cibeles. Una piedra consagrada a ella que había caído del cielo (indudablemente, un meteorito), fue llevada con gran pompa de Asia Menor a Roma. Al principio, los romanos se sentían un tanto confusos en las ceremonias, y ante los extraños sacerdotes que habían sido importados junto con la piedra, pero en la época del Imperio temprano el culto de Cibeles llegó a ser uno de los más importantes en Roma.


Las deidades egipcias también se hicieron populares. En tiempos griegos, el dios y la  diosa egipcios más importantes eran Osiris e Isis. Osiris pasaba por la muerte y la resurrección. Se suponía que sufría una reencarnación física en el toro sagrado Apis. Para los griegos, Osiris Apis se convirtió en «Serapis», y el culto de Serapis e Iris se hizo popular en Grecia alrededor del 200 a. C. Un siglo más tarde, estos ritos empezaron a invadir Roma. Augusto, que era un hombre anticuado, los desaprobaba, pero Calígula les dio la sanción oficial.


Las diosas como Deméter, Cibeles e Isis eran particularmente atractivas para las mujeres y, en verdad, para todos los que valorasen la compasión y el amor. Los dioses masculinos a menudo eran dioses de la cólera y la guerra, de modo que también los soldados podían tener el consuelo de la religión.


De las tierras situadas al este del Imperio Romano, de Partia o de Persia, llegó Mitra, figura divina que representaba el Sol. Siempre era pintado como un joven que apuñalaba un toro, y los ritos de iniciación incluían el sacrificio ritual de un toro. Las mujeres estaban excluidas de estos ritos, por lo que el mitraísmo era una religión esencialmente masculina, y particularmente de soldados. Empezó a hacer sus primeras intrusiones en Roma por la época de Tiberio.




EL CRISTIANISMO.- Quedan por mencionar las religiones que surgieron en Judea. La primera de ellas fue el mismo judaísmo, que se expandió desde Judea hacia el exterior con los judíos que se asentaban en las diversas ciudades del Imperio, particularmente en el Este, aunque también había una colonia bastante considerable en la misma Roma. En verdad, con el tiempo, los judíos que vivían fuera de Judea superaron en número a los que habían permanecido en la tierra tradicional. Y aunque aprendiesen a hablar griego y olvidasen el hebreo, no olvidaron su religión. Su libro sagrado, la Biblia, fue traducida al griego para los judíos que ya no podían leer el original hebreo en fecha tan temprana como el 270 a. C.


Hasta había judíos que recibían una educación griega y podían defender las creencias judaicas en términos comprensibles para los griegos y los romanos de la época. El más destacado de ellos fue Philo Judaeus (Filón el Judío), quien nació en Alejandría por el 20 a. C. y, en su vejez, encabezó la delegación a Roma que iba a defender la causa de los judíos ante Calígula.


En los últimos días de la República y los primeros del Imperio, el judaísmo hizo conversos entre los romanos, incluidos algunos que estaban en elevada posición. Se hubiera difundido más aún si hubiese estado dispuesto a transigir. Otras religiones tenían sus ritos especiales, pero no impedían a sus miembros participar en el culto imperial. El judaísmo, en cambio, quería que sus prosélitos abandonasen hasta las formas más inocuas de sus antiguos cultos. Esto significaba que los romanos que deseaban hacerse judíos debían abandonar la religión del Estado, apartarse de la sociedad y aun correr el riesgo de que se levantase contra ellos la seria acusación de traición. Además, el ritual judío era bastante complicado y difícil para cualquiera que no hubiese nacido y sido educado en él. Partes de ese ritual parecían irracionales y confusas para los educados en la filosofía griega. Por añadidura, todo el que quisiese ser judío tenía que someterse a la penosa operación de la circuncisión. Por último, el judaísmo en sentido estricto estaba centrado en Judea, y el Templo de Jerusalén era el único lugar donde alguien podía realmente acercarse a Dios.


El último golpe que dio fin a toda posibilidad de que los judíos lograsen prosélitos fue la sangrienta revuelta de Judea. Los judíos se convirtieron entonces en peligrosos enemigos de Roma y se hicieron más impopulares que nunca en todo el Imperio. Sin embargo, el judaísmo no era una religión monolítica; había sectas dentro de él, y algunas de ellas eran más afines a los diversos no-judíos («gentiles») del Imperio que otras. Una de esas sectas fue la creada por los discípulos de Jesús. Después de la crucifixión de Jesús, podía haberse pensado que sus seguidores se dispersarían, puesto que su muerte parecía reducir al ridículo sus pretensiones mesiánicas. Pero se difundió la historia de que fue visto nuevamente tres días después de la crucifixión, y que había vuelto de la muerte. No era meramente un Mesías humano, un rey que restauraría la monarquía judía; era un Mesías divino, el Hijo de Dios, cuyo Reino estaba en el Cielo y que retornaría pronto (aunque nadie sabía exactamente cuándo) para juzgar a todos los hombres e instaurar la ciudad de Dios.


Los cristianos (como fueron llamados luego los discípulos de Jesús y sus seguidores), al principio siguieron siendo judíos en sus creencias y rituales, y obtuvieron sus conversos principalmente entre los judíos. Pero muchos judíos siguieron siendo férreamente nacionalistas. No querían un Mesías que había muerto y dejado la nación esclavizada; querían un Mesías que se manifestase gloriosamente liberándolos de Roma. Este fue uno de los factores que llevó a la desastrosa rebelión contra Roma.


En esa rebelión, los cristianos no tomaron parte alguna. Ya tenían su Mesías; Roma no iba a durar eternamente, y era un error anticipar los planes de Dios para la culminación de la historia secular. La no violencia predicada por los cristianos, el deber de ofrecer la otra mejilla, de amar a los propios enemigos y de dar al César lo que era del César, también les impidió tomar parte en la rebelión.


Esta renuncia de los judíos cristianos a unirse a sus compatriotas judíos en la guerra contra Roma hizo impopular el cristianismo entre los judíos que sobrevivieron, y ya no hizo progresos entre ellos. Tampoco los judíos, en general, han aceptado a Jesús como el Mesías hasta el día de hoy, pese a las mayores presiones posibles. Pero si el cristianismo fracasó entre los judíos, no ocurrió lo mismo con otros pueblos. Esto fue el resultado en gran medida de un judío llamado Saulo, quien en su trato con el mundo de los gentiles era conocido por el nombre similar, pero de resonancias más romanas, de Pablo.


Pablo nació en la ciudad de Tarso, en la costa meridional de Asia Menor, al parecer en el seno de una familia acomodada, pues su padre (y por tanto él mismo) era ciudadano romano. Recibió una educación judía estricta en Jerusalén y fue ortodoxo en sus creencias, tan ortodoxo que en su primer encuentro con las enseñanzas de los cristianos quedó horrorizado por su blasfemia y tuvo un papel de primera línea en los movimientos de persecución contra ellos. Se ofreció para viajar a Damasco a fin de dirigir allí el movimiento anticristiano, pero, según el relato de la Biblia, Jesús se le apareció en el camino, y desde ese momento fue un ardiente cristiano.


Pablo empezó a predicar el cristianismo a los gentiles y, al hacerlo, llegó a la creencia de que el intrincado ritual del judaísmo no era esencial para la religión verdadera y que hasta podía llevar a alejarse de ella al concentrar la atención en detalles insignificantes y oscurecer la esencia interior («pues la letra mata, pero el espíritu da vida»). Para ser cristiano, pues, un gentil no necesitaba circuncidarse, ni tenía que observar todo el rigor del ritual judío ni asumir el nacionalismo judío y venerar el Templo de Jerusalén. Casi inmediatamente el cristianismo empezó a difundirse por las ciudades de Asia Menor y Grecia, y más tarde en la misma Italia. La crucifixión y resurrección de Jesús, y los ritos con que se conmemoraban estos sucesos, recordaban las religiones mistéricas. La figura de María, la madre de Jesús, brindaba un suavizante toque femenino. Sus costumbres austeras eran como las de los estoicos. El cristianismo parecía tener algo que agradaba a todo el mundo.


En verdad, el cristianismo tenía una flexibilidad que el judaísmo nunca tuvo. Cuando el cristianismo se difundió entre personas que no sabían nada del judaísmo pero mucho sobre sus propias costumbres paganas, el nuevo credo adaptó a sus propios fines la filosofía griega y las costumbres paganas. El mitraísmo, por ejemplo, que fue el principal competidor del cristianismo durante un par de siglos, celebraba el 25 de diciembre como su principal festividad. El mitraísmo era una forma de culto del sol, y el 25 de diciembre estaba cerca del momento del solsticio de invierno, cuando el sol de mediodía desciende a su punto máximo al Sur y comienza su lento retorno hacia el Norte. Este es, en cierto sentido, el nacimiento del Sol, la garantía de que el invierno terminará algún día y de que la primavera volverá, y con ella una nueva vida. Esta época del año era celebrada también por otras religiones. Los antiguos romanos consagraban ese período a su dios de la agricultura, Saturno, y las celebraciones recibían el nombre de saturnales. Las saturnales eran momentos de buena voluntad entre los hombres (hasta a los esclavos se les permitía participar en la festividad en un temporal rango de igualdad), de festejos y de regalos.


Los cristianos, al hallar irresistibles las emociones de la estación del renacimiento del Sol, las adaptaron a sus creencias, en vez de luchar contra ellas. Dieron a las emociones un nuevo uso. Puesto que la Biblia no dice exactamente cuándo se produjo el nacimiento de Jesús, se lo podía ubicar en el 25 de diciembre tanto como en cualquier otra fecha; esta fecha se convirtió en la Navidad y su celebración subsiste hasta hoy. Y aún hoy la fiesta de Navidad tiene algo de las características de las viejas saturnales.

 

Para los romanos, en general, al menos durante el medio siglo posterior a la muerte de Jesús, los cristianos eran meramente otra secta judía. En verdad, parecían más fastidiosos que otras sectas judías, pues se esforzaban duramente por lograr conversos. Puesto que los cristianos no adoraban a los dioses romanos oficiales, eran considerados ateos. Y puesto que no participaban del culto imperial, eran considerados radicales peligrosos y posibles traidores. De hecho, los romanos juzgaban a los primeros cristianos de manera muy similar a como la mayoría de los norteamericanos de hoy juzgan a los comunistas.


domingo, 26 de julio de 2020

CAIFÁS DICE SOBRE JESUCRISTO



En 29 (782 A. U. C.), quizá, Jesús fue llevado a juicio ante Poncio Pilato, el sexto procurador que gobernó Judea desde la deposición de Arquelao. Había sido nombrado para ese cargo tres años antes. 


Según el relato bíblico, se mostró renuente a condenar a Jesús y sólo lo hizo bajo la presión de las autoridades religiosas judías, quienes pensaban que liberar a Jesús provocaría una rebelión nacionalista, seguida inevitablemente por una represión romana.

 

Se dice en la Biblia que el Sumo Sacerdote Caifás afirmó: «Es conveniente para nosotros que un hombre muera por el pueblo, y que no perezca toda la nación».