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domingo, 6 de mayo de 2018

BATALLA DE CANNAS POR POLIBIO



Apenas llego a Roma la noticia de que los dos ejércitos se hallaban al frente y que cada día se hacían escaramuzas, la ciudad se lleno de inquietud y sobresalto. Las frecuentes derrotas anteriores ponían en cuidado a todos del futuro, y la imaginación les presentaba y anticipaba las funestas consecuencias de la República, caso que fuesen vencidos. No se oía hablar sino de vaticinios. Todos los templos, todas las casas estaban llenas de presagios y prodigios, de que provenían votos, sacrificios, suplicas y ruegos a los dioses. Pues en las calamidades publicas los romanos se exceden en aplicar a los dioses y a los hombres, y en tales circunstancias nada reputan por indecente e indecoroso de cuanto conduzca a este objeto.

 

Lo mismo fue recibir Varrón el mando al dia siguiente (217 años antes de J. C.), que mover sus tropas al rayar el día de los dos campos; y haciendo pasar el Aufido a los de su mayor campamento, al punto los formo en batalla. A estos unió los del menor y los coloco sobre una linea recta, dándoles todo el frente hacia el Mediodía. La caballería romana cubría el ala derecha sobre el mismo río, y a continuación se prolongaba la infantería sobre la misma línea. Los batallones de la retaguardia estaban mas densos que los de la vanguardia; pero las cohortes del frente tenían mucha mas profundidad. La caballería auxiliar se hallaba colocada sobre el ala izquierda. Delante de todo el ejercito estaban apostados los armados a la ligera. El total con los aliados ascendía a ochenta mil infantes, y poco mas de seis mil caballos. Entretanto Aníbal hizo pasar el Aufido a sus baleares y lanceros, y los puso al frente del ejercito. Saco del campamento el resto de sus tropas, las hizo pasar el río por dos partes y las opuso al enemigo. En la izquierda situó la caballería española y gala, apoyada sobre el mismo río en contraposición de la romana; y a continuación la mitad de la infantería africana pesadamente armada. Seguían después los españoles y galos, con los que estaba unida la otra mitad de africanos. La caballería númida cubría el ala derecha. Luego que hubo prolongado todo el ejercito sobre una línea recta, tomo la mitad de las legiones españolas y galas y salio al frente, de suerte que las otras tropas de sus flancos se hallaban naturalmente sobre una linea recta, y el con las del centro formaba el convexo de una media luna, debilitado por sus extremos. Su propósito en esto era que los africanos sostuviesen a los españoles y galos, que habían de entrar primero en la acción.

 

Los africanos estaban armados a la romana. Aníbal los había adornado con los mejores despojos que había ganado en la batalla anterior. Los escudos de los españoles y galos eran de una misma forma; pero las espadas tenían una hechura diferente. Las de los españoles no eran menos aptas para herir de punta que de tajo; pero las de los galos servían únicamente para el tajo, y esto a cierta distancia. Estas tropas se hallaban alternativamente situadas por cohortes; los galos desnudos, y los españoles cubiertos con túnicas de lino de color de púrpura a la costumbre de su país, espectáculo que causo novedad y espanto a los romanos. El total de la caballería cartaginesa ascendía a diez mil, y el de la infantería a poco mas de cuarenta mil hombres con los galos.

 

Emilio mandaba el ala derecha de los romanos, Varrón la izquierda, y los cónsules del año anterior Servilio y Atilio, ocupaban el centro. A la izquierda de los cartagineses estaba Asdrúbal, a la derecha Hannon, y en el cuerpo de batalla Aníbal, acompañado de Magón, su hermano. Como la formación de los romanos miraba hacia el Mediodía, según hemos dicho anteriormente, y la de los cartagineses al Septentrión, cuando salio el sol ni a unos ni a otros ofendían sus rayos. La acción empezó por la infantería ligera, que estaba al frente, y de una y otra parte fueron iguales las ventajas. Pero desde que la caballería española y gala de la izquierda se hubo aproximado, los romanos se batieron con furor y como bárbaros. No peleaban según las leyes de su milicia, retrocediendo y volviendo a la carga, sino que una vez venidos a las manos, saltaban del caballo, y hombre a hombre median sus fuerzas. Pero al fin vencieron los cartagineses. La mayor parte de romanos pereció en la refriega, no obstante haberse defendido con valor y esfuerzo; el resto, perseguido a lo largo del río, fue muerto y pasado a cuchillo sin piedad alguna. Entonces la infantería pesada ocupo el lugar de la ligera, y vino a las manos. Durante algún tiempo guardaron la formación los españoles y galos, y resistieron con valor a los romanos, pero arrollados con el peso de las legiones, cedieron y volvieron pies atrás, abandonando la media luna. Las cohortes romanas, con el anhelo de seguir el alcance, se abrieron paso por las lineas de los contrarios, tanto a menos costa, cuanto la formación de los galos tenia muy poco fondo, y ellos recibían de las alas frecuentes refuerzos en el centro, donde era lo vivo del combate. Pues solo en el cuerpo de batalla, a causa de que los galos, formados a manera de media luna, sobresalían mucho mas que las alas, y representaban el convexo al enemigo. Efectivamente, los romanos siguen y persiguen a estos hasta el centro y cuerpo de batalla, donde se introducen tan adentro, que por ambos flancos se vieron cercados de la infantería africana pesadamente armada. En ese instante los cartagineses, unos por un cuarto de conversión de derecha a izquierda, otros por el movimiento contrario, arremeten con sus escudos y picas, y atacan por los costados a los contrarios, advirtiéndoles lo que habían de hacer el mismo lance. Esto era cabalmente lo que Aníbal se había imaginado; que los romanos, persiguiendo a los galos, serian cogidos en medio por los africanos. De allí adelante los romanos ya no pelearon en forma de falange, sino de hombre a hombre y por bandas, teniendo que hacer frente a los que les atacaban por los flancos.

 

Emilio, aunque desde el principio había estado en el ala derecha, y había intervenido en el choque de la caballería, se hallaba aun sin lesión alguna. Pero queriendo que las obras correspondiesen a lo que había dicho en la arenga, y advirtiendo que en la infantería legionaria estribaba la decisión de la batalla, atraviesa a caballo las lineas, se incorpora a la acción, mata a cuantos se le ponen por delante, animando y estimulando a sus gentes. Aníbal, que desde el principio mandaba esta parte del ejercito, hacia lo mismo con los suyos. Los númidas del ala derecha que peleaban con la caballería romana de la izquierda, aunque por su particular modo de combatir, ni hicieron ni sufrieron daño de consecuencia; sin embargo, atacando al enemigo por todos lados, le tuvieron siempre ocupado y entretenido. Pero cuando Asdrúbal, derrotada la caballería romana de la derecha a excepción de muy pocos, llego desde la izquierda al socorro de sus númidas; la caballería auxiliar de los romanos, presintiendo el ataque, volvió la espalda y echo a huir. Cuentan que Asdrúbal en esta ocasión hizo una acción sagaz y prudente. Viendo el gran numero de los númidas, y la habilidad y vigor con que persiguen a los que una vez vuelven la espalda, los encargo el alcance de los que huían; y él, mientras marcho con el resto adonde era la acción, para dar socorro a los africanos. Efectivamente, carga por la espalda sobre las legiones romanas y las ataca sucesivamente por compañías en diferentes partes, con lo que a un tiempo anima a los africanos, y abate y aterra el espíritu de los romanos. Entonces fue cuando Lucio Emilio Paulo, cubierto de mortales heridas, perdió la vida en la misma batalla; personaje que, lanzó en el resto de su vida como en este ultimo trance, cumplió tan bien como otro con lo que debía a la patria. Entretanto los romanos peleaban y resistían, haciendo frente por todos lados a los que los rodeaban; pero muertos los que se hallaban en la circunferencia, y por consiguiente encerrados en mas corto espacio, fueron al fin pasados todos a cuchillo. Del numero de estos fueron los cónsules del año anterior, Atilio y Servilio, varones de probidad y que durante la acción dieron pruebas del valor romano. En el transcurso de la batalla, los númidas siguieron el alcance de la caballería que huía. De esta los más fueron muertos, otros despeñados por los caballos, y unos cuantos se refugiaron en Venusia, entre los que estaba Varrón, cónsul romano, hombre de un corazón depravado, cuyo mando fue a su patria tan ruinoso.



lunes, 22 de agosto de 2016

EL CÓNSUL CAYO TERENCIO VARRÓN


Cayo Terencio Varrón (en latín, Gaius Terentius Varro) fue un cónsul romano durante la segunda guerra púnica, cargo que poseyó durante el año 216 a. C. con Lucio Emilio Paulo como colega.
 
Se dice que Varrón era hijo de un carnicero, que se encargaba personalmente de las empresas desde sus primeros años y que subió en preeminencia por apoyar las causas de las clases bajas en oposición a la opinión de los denominados hombres buenos. Si estos relatos son verdaderos o exagerados, no se puede determinar, pero sí se puede considerar como cierto que Varrón surgió de las clases bajas y era considerado como el principal defensor de la facción popular.
 
No puede haber sido una persona tan despreciable como Tito Livio señala, pues de lo contrario el Senado no habría ido a su encuentro después de la batalla de Cannas para darle las gracias por no haber perdido la esperanza en su país; ni se le hubiera empleado, durante el resto de la guerra en importantes mandos militares.
 
Se menciona a Varrón por primera vez en el año 217 a. C., cuando apoyó el proyecto de ley para dar a Marco Minucio Rufo, magister equitum, igual poder que el del dictador Quinto Fabio Máximo.
 
Varrón había sido pretor el año anterior (218 a. C.) y había ejercido previamente los cargos de cuestor, edil plebeyo y edil curul. El pueblo ahora había resuelto elevarlo al consulado, pensando que necesitaban un hombre de energía y decisión a la cabeza de una fuerza abrumadora para llevar la guerra a su fin. La aristocracia en vano le ofreció la mayor oposición a su elección. El otro cónsul electo, Lucio Emilio Paulo, era uno de los líderes del partido aristocrático.
 
Comandó el ejército romano contra Aníbal en la batalla de Cannas (216 a. C.). La batalla fue librada por Varrón en contra del consejo de Paulo. El ejército romano fue casi aniquilado. Emilio Paulo y casi todos los oficiales perecieron. Varrón fue uno de los pocos que logró escapar y llegar a salvo a Venusia, con cerca de setenta jinetes. Su conducta después de la batalla le hizo ser merecedor de grandes elogios.
 
Procedió a ir a Canusium, donde los restos del ejército romano se habían refugiado, y allí, con gran presencia de ánimo, aprobó todo tipo de medidas que las exigencias del caso hacían necesarias.
 
Su conducta fue muy elogiada por el Senado y el pueblo romano y su derrota fue olvidada dados los servicios que había prestado últimamente. A su regreso a la ciudad todas las clases fueron a su encuentro y el Senado le dio gracias por no haber perdido la esperanza en sus compatriotas.
 
Varrón continuó empleándose en Italia durante varios años sucesivos en importantes mandos militares hasta casi el final de la guerra púnica. Fue nombrado procónsul al año siguiente, cargo que mantuvo hasta 213 a. C., y propretor en 208 a. C. y 207 a. C., defendiendo Etruria ante los ataques de Asdrúbal Barca.
 
En 203 a. C. fue uno de los tres embajadores enviados a Filipo V de Macedonia y tres años después (200 a. C.) se le volvió a enviar en una embajada a África para arreglar los términos de la paz con Vermina, el hijo de Sifax. A su regreso en el curso del mismo año, Varrón fue nombrado uno de los triunviros para asentar a los nuevos colonos en Venusia.






domingo, 12 de abril de 2015

EL CÓNSUL LUCIO EMILIO PAULO

 
Lucio Emilio Paulo (en latín, Lucius Aemilius M. f. M. n. Paullus) (f. 216 a. C.) fue un magistrado de la República romana, hijo del cónsul Marco Emilio Paulo.

 

Elegido cónsul por primera vez, en 219 a. C. junto a Marco Livio Salinator. Fue enviado contra los ilirios, que se habían levantado de nuevo en armas bajo el mando de Demetrio; en la Segunda Guerra Ilírica.
 
Paulo lo derrotó sin ninguna dificultad: tomó el puerto de Pharos y sometió a Demetrio a tal acoso que obligó a éste a huir a la corte de Filipo V de Macedonia. Por estos servicios, Paulo obtuvo un triunfo a su regreso a Roma, pero fue llevado a juicio junto con su colega M. Livio Salinator, con el argumento de que no se había repartido equitativamente el botín entre los soldados. Salinator fue condenado, y Paulo fue absuelto con dificultad.
 
En 216 a. C., durante la Segunda Guerra Púnica, Emilio Paulo fue cónsul por segunda vez con C. Terencio Varrón. Comandó el mayor ejército romano reunido hasta la fecha junto a Varrón, con quien se turnaba diariamente el mando de las tropas. El mando correspondió a Varrón durante la batalla de Cannas, la cual se libró en contra del consejo de Paulo; y él fue uno de los muchos romanos ilustres que perecieron en la batalla, negándose a abandonar el campo de batalla, cuando un tribuno le ofreció su caballo.
 
El heroísmo de su muerte es cantado por Horacio:

Animaeque magnae Prodigum Paulum superante Poeno Grato insigni referam camena
Paulo fue uno de los pontífices (Liv. XXIII. 21).
 
Fue durante toda su vida un partidario acérrimo de la aristocracia, y fue apoyado para su segundo consulado por esta última fracción para contrarrestar la influencia de los plebeyos de Terencio Varrón. Él mantuvo todos los principios tradicionales de los patricios, de los cuales tenemos un ejemplo en los hechos relatados por Valerio Máximo.
 
El Senado siempre miró con sospecha la introducción de cualesquiera nuevos ritos religiosos en la ciudad, y, en consecuencia ordenó en el primer consulado de Paulo la destrucción de los santuarios de Isis y Serapis, que habían sido erigidos en Roma. Pero debido a que ningún trabajador se atrevía a tocar los edificios sagrados, el cónsul arrojó a un lado su toga praetexta, se apoderó de un hacha, y rompió las puertas de uno de los templos.