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domingo, 20 de mayo de 2018

CONDICIONES DE PAZ PROPUESTAS POR ESCIPION EL AFRICANO A LOS CARTAGINESES TRAS LA BATALLA DE ZAMA



Ciertamente en los grandes infortunios todo lo que excede la regla común si se advierte que procede de sincero afecto, excita la compasión en los que lo ven y oyen, y apenas hay alguno a quien la novedad no le conmueva; pero si se nota que nace de la impostura y del fingimiento, en vez de la misericordia granjea la cólera y aborrecimiento. Esto es lo que aconteció entonces a los embajadores de Cartago. Escipión les dijo en pocas palabras: "No merecéis que los romanos usen con vosotros de alguna indulgencia, si se atiende a que vos mismos confesáis que desde el principio les habéis declarado la guerra tomándoles a Sagunto contra el tenor de los tratados; y que acabáis de faltarles a la fe pactada, quebrantando los artículos de la paz firmados con juramento; sin embargo, ellos, atendiendo a su honor, a la fortuna y a la condición de las cosas humanas, han decidido usar con vosotros de la conmiseración y generosidad acostumbrada. Esto mismo confesareis vosotros, si consideráis atentamente el estado actual. Porque si ahora se os impusiese cualquiera pena que sufrir, cualquiera cosa que hacer, o cualquiera impuesto que pagar, no deberíais reputarlo como tratamiento riguroso, por el contrario, deberíais tener por una especie de milagro el que después de haberos cerrado la puerta la fortuna a toda conmiseración y condescendencia, y haberos puesto vuestra perfidia a discreción del enemigo, se os tratase con alguna benignidad". Manifestado esto, Escipión les entrego primero los artículos que contenían sus liberalidades, y después las condiciones que habían de sufrir. Se reducían en sustancia: A que retendrían en el África todas las ciudades, campos, ganados, esclavos y demás bienes que poseían antes de declarar la ultima guerra a los romanos; que desde aquel día no se les haría hostilidad alguna, vivirían según sus leyes y costumbres, y quedarían exentos de toda guarnición. Tales eran las condiciones benignas; las duras contenían: Que los cartagineses resarcirían a los romanos todos los menoscabos que habían sufrido durante las treguas; que les devolverían todos los prisioneros y siervos fugitivos sin prescripción de tiempo; que les entregarían todos los navíos largos, a excepción de diez trirremes; que lo mismo se observaría con los elefantes; que de ningún modo harían guerra fuera ni dentro del África sin licencia del pueblo romano; que todas las casas, tierras, ciudades y cualquiera otra cosa del rey Massinisa o de sus descendientes, serian restituidas a este príncipe, dentro de los términos que se les señalasen; que proveerían de víveres el ejercito por tres meses, y le pagarían el sueldo hasta que volviese de Roma la noticia de la ratificación del tratado; que darían diez mil talentos de plata en cincuenta años, pagando doscientos talentos eubeos en cada uno; que para resguardo de su fidelidad entregarían cien personas en rehenes, que escogería Escipión entre su juventud, ni menores de catorce anos, ni mayores de treinta.
 

Estos fueron los artículos que Escipión propuso a los embajadores cartagineses, los cuales, así que los oyeron, partieron sin dilación y los participaron al Senado. Refieren que en esta ocasión, queriendo oponerse cierto senador a las condiciones propuestas, y habiendo empezado a hablar, Aníbal se fue a él y le arrojo de la tribuna; y que irritados los demás de una acción tan contraria a la costumbre de una ciudad libre, Aníbal se había levantado y manifestado, que merecía perdón si por ignorancia había cometido alguna falta contra los usos, cuando les constaba que desde la edad de nueve años que había salido de su patria no había regresado a ella hasta pasados los cuarenta y cinco; que no debían atender a si había pecado contra la costumbre, sino a si había sabido sentir los males de la patria, puesto que por su causa había incurrido ahora en este desacato; que se admiraba y extrañaba en extremo que existiese un cartaginés que, sabiendo lo que la patria en general y cada miembro en particular había maquinado contra los romanos, no bendijese la fortuna de que, puesto a discreción de Roma, se le tratase con tal humanidad; que si pocos días antes de la batalla se hubiera preguntado a los cartagineses que males pensáis sufrirá la patria caso que los romanos salgan vencedores, no los hubieran podido explicar con palabras: tan grandes y excesivos eran los que la imaginación les representaba. Por lo cual les rogaba no volviesen a deliberar ya mas sobre el asunto, sino que recibiesen con conformidad los artículos propuestos, hiciesen sacrificios a los dioses, y todos les pidiesen que el pueblo romano tuviese a bien ratificarlos. El consejo de Aníbal pareció acertado y conveniente a las actuales circunstancias, en cuya atención decidió el Senado concertar la paz con las dichas condiciones, y despacho al instante sus embajadores para pasar por ellas.

( Polibio)

sábado, 12 de mayo de 2018

ARENGA DE ANÍBAL BARCA A SUS SOLDADOS



No hay un hombre entre vosotros ante quien yo no haya efectuado más de una hazaña militar o de quien yo, que soy testigo fehaciente de su valor, no pueda contar sus propias acciones decorosas y el momento y lugar en que las acometió. Yo fui vuestro alumno antes de ser vuestro jefe y entraré en batalla, rodeado por hombres a los que he elogiado y recompensado miles de veces, contra unos que nada saben de los otros y que son mutuos desconocidos. 


domingo, 6 de mayo de 2018

BATALLA DE CANNAS POR POLIBIO



Apenas llego a Roma la noticia de que los dos ejércitos se hallaban al frente y que cada día se hacían escaramuzas, la ciudad se lleno de inquietud y sobresalto. Las frecuentes derrotas anteriores ponían en cuidado a todos del futuro, y la imaginación les presentaba y anticipaba las funestas consecuencias de la República, caso que fuesen vencidos. No se oía hablar sino de vaticinios. Todos los templos, todas las casas estaban llenas de presagios y prodigios, de que provenían votos, sacrificios, suplicas y ruegos a los dioses. Pues en las calamidades publicas los romanos se exceden en aplicar a los dioses y a los hombres, y en tales circunstancias nada reputan por indecente e indecoroso de cuanto conduzca a este objeto.

 

Lo mismo fue recibir Varrón el mando al dia siguiente (217 años antes de J. C.), que mover sus tropas al rayar el día de los dos campos; y haciendo pasar el Aufido a los de su mayor campamento, al punto los formo en batalla. A estos unió los del menor y los coloco sobre una linea recta, dándoles todo el frente hacia el Mediodía. La caballería romana cubría el ala derecha sobre el mismo río, y a continuación se prolongaba la infantería sobre la misma línea. Los batallones de la retaguardia estaban mas densos que los de la vanguardia; pero las cohortes del frente tenían mucha mas profundidad. La caballería auxiliar se hallaba colocada sobre el ala izquierda. Delante de todo el ejercito estaban apostados los armados a la ligera. El total con los aliados ascendía a ochenta mil infantes, y poco mas de seis mil caballos. Entretanto Aníbal hizo pasar el Aufido a sus baleares y lanceros, y los puso al frente del ejercito. Saco del campamento el resto de sus tropas, las hizo pasar el río por dos partes y las opuso al enemigo. En la izquierda situó la caballería española y gala, apoyada sobre el mismo río en contraposición de la romana; y a continuación la mitad de la infantería africana pesadamente armada. Seguían después los españoles y galos, con los que estaba unida la otra mitad de africanos. La caballería númida cubría el ala derecha. Luego que hubo prolongado todo el ejercito sobre una línea recta, tomo la mitad de las legiones españolas y galas y salio al frente, de suerte que las otras tropas de sus flancos se hallaban naturalmente sobre una linea recta, y el con las del centro formaba el convexo de una media luna, debilitado por sus extremos. Su propósito en esto era que los africanos sostuviesen a los españoles y galos, que habían de entrar primero en la acción.

 

Los africanos estaban armados a la romana. Aníbal los había adornado con los mejores despojos que había ganado en la batalla anterior. Los escudos de los españoles y galos eran de una misma forma; pero las espadas tenían una hechura diferente. Las de los españoles no eran menos aptas para herir de punta que de tajo; pero las de los galos servían únicamente para el tajo, y esto a cierta distancia. Estas tropas se hallaban alternativamente situadas por cohortes; los galos desnudos, y los españoles cubiertos con túnicas de lino de color de púrpura a la costumbre de su país, espectáculo que causo novedad y espanto a los romanos. El total de la caballería cartaginesa ascendía a diez mil, y el de la infantería a poco mas de cuarenta mil hombres con los galos.

 

Emilio mandaba el ala derecha de los romanos, Varrón la izquierda, y los cónsules del año anterior Servilio y Atilio, ocupaban el centro. A la izquierda de los cartagineses estaba Asdrúbal, a la derecha Hannon, y en el cuerpo de batalla Aníbal, acompañado de Magón, su hermano. Como la formación de los romanos miraba hacia el Mediodía, según hemos dicho anteriormente, y la de los cartagineses al Septentrión, cuando salio el sol ni a unos ni a otros ofendían sus rayos. La acción empezó por la infantería ligera, que estaba al frente, y de una y otra parte fueron iguales las ventajas. Pero desde que la caballería española y gala de la izquierda se hubo aproximado, los romanos se batieron con furor y como bárbaros. No peleaban según las leyes de su milicia, retrocediendo y volviendo a la carga, sino que una vez venidos a las manos, saltaban del caballo, y hombre a hombre median sus fuerzas. Pero al fin vencieron los cartagineses. La mayor parte de romanos pereció en la refriega, no obstante haberse defendido con valor y esfuerzo; el resto, perseguido a lo largo del río, fue muerto y pasado a cuchillo sin piedad alguna. Entonces la infantería pesada ocupo el lugar de la ligera, y vino a las manos. Durante algún tiempo guardaron la formación los españoles y galos, y resistieron con valor a los romanos, pero arrollados con el peso de las legiones, cedieron y volvieron pies atrás, abandonando la media luna. Las cohortes romanas, con el anhelo de seguir el alcance, se abrieron paso por las lineas de los contrarios, tanto a menos costa, cuanto la formación de los galos tenia muy poco fondo, y ellos recibían de las alas frecuentes refuerzos en el centro, donde era lo vivo del combate. Pues solo en el cuerpo de batalla, a causa de que los galos, formados a manera de media luna, sobresalían mucho mas que las alas, y representaban el convexo al enemigo. Efectivamente, los romanos siguen y persiguen a estos hasta el centro y cuerpo de batalla, donde se introducen tan adentro, que por ambos flancos se vieron cercados de la infantería africana pesadamente armada. En ese instante los cartagineses, unos por un cuarto de conversión de derecha a izquierda, otros por el movimiento contrario, arremeten con sus escudos y picas, y atacan por los costados a los contrarios, advirtiéndoles lo que habían de hacer el mismo lance. Esto era cabalmente lo que Aníbal se había imaginado; que los romanos, persiguiendo a los galos, serian cogidos en medio por los africanos. De allí adelante los romanos ya no pelearon en forma de falange, sino de hombre a hombre y por bandas, teniendo que hacer frente a los que les atacaban por los flancos.

 

Emilio, aunque desde el principio había estado en el ala derecha, y había intervenido en el choque de la caballería, se hallaba aun sin lesión alguna. Pero queriendo que las obras correspondiesen a lo que había dicho en la arenga, y advirtiendo que en la infantería legionaria estribaba la decisión de la batalla, atraviesa a caballo las lineas, se incorpora a la acción, mata a cuantos se le ponen por delante, animando y estimulando a sus gentes. Aníbal, que desde el principio mandaba esta parte del ejercito, hacia lo mismo con los suyos. Los númidas del ala derecha que peleaban con la caballería romana de la izquierda, aunque por su particular modo de combatir, ni hicieron ni sufrieron daño de consecuencia; sin embargo, atacando al enemigo por todos lados, le tuvieron siempre ocupado y entretenido. Pero cuando Asdrúbal, derrotada la caballería romana de la derecha a excepción de muy pocos, llego desde la izquierda al socorro de sus númidas; la caballería auxiliar de los romanos, presintiendo el ataque, volvió la espalda y echo a huir. Cuentan que Asdrúbal en esta ocasión hizo una acción sagaz y prudente. Viendo el gran numero de los númidas, y la habilidad y vigor con que persiguen a los que una vez vuelven la espalda, los encargo el alcance de los que huían; y él, mientras marcho con el resto adonde era la acción, para dar socorro a los africanos. Efectivamente, carga por la espalda sobre las legiones romanas y las ataca sucesivamente por compañías en diferentes partes, con lo que a un tiempo anima a los africanos, y abate y aterra el espíritu de los romanos. Entonces fue cuando Lucio Emilio Paulo, cubierto de mortales heridas, perdió la vida en la misma batalla; personaje que, lanzó en el resto de su vida como en este ultimo trance, cumplió tan bien como otro con lo que debía a la patria. Entretanto los romanos peleaban y resistían, haciendo frente por todos lados a los que los rodeaban; pero muertos los que se hallaban en la circunferencia, y por consiguiente encerrados en mas corto espacio, fueron al fin pasados todos a cuchillo. Del numero de estos fueron los cónsules del año anterior, Atilio y Servilio, varones de probidad y que durante la acción dieron pruebas del valor romano. En el transcurso de la batalla, los númidas siguieron el alcance de la caballería que huía. De esta los más fueron muertos, otros despeñados por los caballos, y unos cuantos se refugiaron en Venusia, entre los que estaba Varrón, cónsul romano, hombre de un corazón depravado, cuyo mando fue a su patria tan ruinoso.



jueves, 3 de mayo de 2018

ARENGA DE ANÍBAL BARCA A SUS SOLDADOS TRAS CRUZAR LOS ALPES




A derecha e izquierda os cercan dos mares y no tenéis ni un solo barco con el que escapar; a vuestro lado fluye en Po, un río más grande que el Ródano y más rápido; la barrera de los Alpes se cierne a vuestra espalda, esos Alpes que apenas lograsteis cruzar cuando vuestra fuerza y vigor estaban intactos. Aquí, soldados, en este lugar donde habéis encontrado por primera vez al enemigo, tenéis que vencer o morir. La misma fortuna que os ha impuesto la necesidad de luchar guarda también la recompensa de la victoria, recompensas tan grandes como las que los hombres suelen solicitar a los dioses inmortales. Incluso si fuésemos solo a recuperar Sicilia y Cerdeña, posesiones que fueron arrebatadas a nuestros padres, serían premios lo suficientemente grandes como para satisfacernos. Todo lo que los romanos poseen ahora, ganado a través de tantos triunfos, todo lo que han acumulado, se convertirá en vuestro junto con sus propietarios. Venid, pues, tomad vuestras armas y ganad, con la ayuda del cielo, tan magnífica recompensa. 







martes, 1 de mayo de 2018

TRAVESÍA DE LOS ALPES POR ANÍBAL



Aníbal, sentados allí los reales, hizo alto todo un día, y volvió a emprender la marcha. En los días siguientes marcho el ejercito sin riesgo particular. Pero al cuarto volvió a incurrir en un gran peligro. Los pueblos próximos al camino fraguan una conspiración, y le salen al paso con ramos de oliva y con coronas. Esta es una señal de paz casi general entre los bárbaros, así como lo es el caduceo entre los griegos. Aníbal, que ya vivía con recelo de la fe de estos hombres, examino con cuidado su intención y todos sus propósitos. Ellos le expusieron que les constaba la toma de la ciudad y ruina de los que le habían atacado; le manifestaron que el motivo de su venida era con el deseo de no hacer daño ni de que se les hiciese, para lo cual le prometían dar rehenes. Aníbal dudo durante mucho tiempo y desconfió de sus palabras; pero reflexionando que si admitía sus ofertas haría acaso a estos pueblos mas contenidos y tratables, y que si las desechaba los tendría por enemigos declarados, consintió en su demanda y fingió contraer con ellos alianza. Como los bárbaros entregaron al instante los rehenes, proveyeron abundantemente de carnes el ejercito y se entregaron del todo y sin reserva en mano de los cartagineses, Aníbal empezó a tener alguna confianza, tanto que se sirvió de sus personas para guías de los desfiladeros que faltaban. Pero a los dos días que iban de batidores, se reúnen todos, y al pasar Aníbal un valle fragoso y escarpado, le acometen por la espalda.


Esta era la ocasión en que hubieran perecido todos sin remedio, si Aníbal, a quien duraba aun alguna desconfianza, pronosticando lo que había de ocurrir, no hubiera situado delante el bagaje y la caballería y detrás los pesadamente armados. Este auxilio hizo menor la perdida, porque reprimió el ímpetu de los bárbaros. Bien que, aun con esta precaución, murieron gran numero de hombres, bestias y caballos. Porque, como los contrarios caminaban por lo alto a medida que los cartagineses por lo bajo de las montañas, ya echando a rodar peñascos, ya tirando piedras con la mano, pusieron las tropas en tal consternación y peligro, que Aníbal se vio en la precisión de pasar una noche con la mitad del ejercito sobre una áspera y rasa roca, separado de la caballería y bestias de carga para vigilar en su defensa, y aun apenas basto toda la noche para desembarazarse de aquel mal paso. Al día siguiente, retirados los enemigos, se reunió con la caballería y acemilas, y prosiguió su marcha a lo mas encumbrado de los Alpes. De allí adelante ya no le embistieron los bárbaros con el total de sus fuerzas. Solamente le atacaban por partidas, y presentándose oportunamente, ya por la retaguardia, ya por la vanguardia, le robaban algún bagaje. De mucho le sirvieron en esta ocasión los elefantes, pues por la parte que ellos iban jamas se atrevieron acercarse los contrarios, asombrados con la novedad del espectáculo. Al noveno día llego a la cima de estos montes, donde acampo y se detuvo dos días para dar descanso a los que se habían salvado y esperar a los que se habían rezagado. Durante este tiempo muchos de los caballos espantados y bestias de las que habían arrojado las cargas, descubriendo maravillosamente por las huellas el ejercito, volvieron y llegaron al campamento.


Era entonces el final del otoño, y se hallaban ya cubiertas de nieve las cimas de estos montes, cuando advirtiendo Aníbal que los infortunios pasados y los que esperaban aun habían abatido el valor de sus tropas, las convoca a junta y procura animarlas, valiéndose para esto del único medio de enseñarles la Italia. Esta, pues, esta región de, tal modo situada al pie de los Alpes, que de cualquier parte que se mire, parece que la sirven de baluarte estas montañas. De esta forma, poniéndoles a la vista las campiñas que riega el Po, recordándoles la buena voluntad de sus moradores, y señalándoles al mismo tiempo la situación de la misma Roma, recobro de algún modo el espíritu de sus soldados. Al dia siguiente levanto el campo y emprendió el descenso. En el no se le presentaron enemigos, fuera de algunos que rateramente le molestaron. Pero la desigualdad del terreno y la nieve le hicieron perder poca menos gente que había perecido en la subida. Efectivamente, como la bajada era angosta y pendiente, y la nieve ocultaba el paso al soldado, cualquier traspié o desvió del camino era un precipicio en un despeñadero. Bien que la tropa, acostumbrada ya a este genero de males, sufría con paciencia este trabajo. Pero luego que llego a cierto paso cuya estrechez imposibilitaba el paso a los elefantes y bestias (era un despeñadero que, a mas de que ya anteriormente tenia casi estadio y medio de camino, a la sazón estaba aun mas escarpado con el desmoronamiento de la tierra), allí comenzó de nuevo a desalentarse y acobardarse la tropa. El primer pensamiento de Aníbal fue evitar el precipicio por un rodeo; pero como la nieve le imposibilitaba el camino, desistió del empeño.


Era cosa particular y extraña lo que allí acaecía. Sobre la nieve que antes había y permanecía del invierno anterior, había caído otra nueva en este año. En esta fácilmente se hacia impresión, como que estaba blanda por haber caído recientemente y ser poca su altura; pero, cuando pisoteada la nueva se llegaba a la que estaba debajo congelada lejos de poderse asegurar el soldado parecía que nadaba, y faltándole los pies, caía en tierra, a la manera que acontece a los que andan por un terreno resbaladizo. A esto se añadía otro mayor trabajo. Como el soldado no podía imprimir la huella en la nieve que había debajo, si caído quería tal vez valerse de las rodillas o manos para levantarse, tanto con mayor lastima el y todo lo que le había servido de asidero iba rodando por aquellos lugares generalmente pendientes. Las acémilas, cuando caían, rompían el hielo forcejeando por levantarse: una vez este quebrado, quedaban atascadas con la pesadez de la carga y como congeladas con la opresión de la nieve anterior. A la vista de esto, fue preciso desistir de este arbitrio y acampar en el principio del desfiladero, quitándole antes la nieve que contenía. Después, con el auxilio de la tropa, se abrió un camino en la misma pena, aunque con mucho trabajo. En un solo dia se hizo el bastante para que transitasen las bestias y caballería. Luego que estas hubieron pasado, se mudo el real a un sitio que no tenia nieve y se las soltó a pastar. Aníbal mientras, distribuidos en partidas los númidas, prosiguió la conclusión del camino, y apenas después de tres días de trabajo pudo hacer pasar los elefantes, que se hallaban ya muy extenuados del hambre. Pues las cumbres de los Alpes y sus inmediaciones, como en invierno y verano las cubre la nieve de continuo, están del todo rasas y desnudas de arboles; pero las faldas de uno y otro lado producen bosques y arboledas, y generalmente son susceptibles de cultivo.


Finalmente, incorporado todo el ejercito, prosiguió Aníbal el descenso, y tres días después de haber atravesado los mencionados despeñaderos, alcanzo el llano con mucha perdida de gente, que los enemigos, los ríos y la longitud del camino habían causado; y mucha mas, no tanto de hombres cuanto de caballos y acémilas, que los precipicios y malos pasos de los Alpes se habían tragado. Había tardado cinco meses en todo el camino desde Cartagena, contando los quince días que le había costado el superar los Alpes hasta que penetro con el mismo espíritu en las llanuras del Po y pueblos de los insubrios. El cuerpo de tropas que le había quedado a salvo se reducía a doce mil infantes africanos, ocho mil españoles y seis mil caballos, como el mismo lo testifica en una columna hallada en Lacinio, describiendo el numero de su gente.


Durante este tiempo Publio Escipión, que, como arriba hemos indicado, había dejado las legiones a su hermano Cnelio, le había recomendado los negocios de España y que hiciese la guerra con vigor a Asdrúbal, desembarco en Pisa con poca gente. Pero atravesando la Etruria, y tomando allí de los pretores las legiones que estaban a su cargo para hacer la guerra a los boios, marcho a acamparse a las llanuras del Po, donde aguardo al enemigo, deseoso de venir con el a las manos.

( Polibio )




domingo, 29 de abril de 2018

LA MUERTE DE AMÍLCAR BARCA EN HISPANA


Una vez que acabo la guerra [de los númidas] y se hizo regresar a Annón a Cartago para responder de ciertos cargos, Amílcar que se hallaba el solo al frente del ejercito y tenia a su cuñado Asdrúbal como asociado suyo, se dirigió hacia Gades y, tras cruzar el estrecho hasta Iberia, se dedico a devastar el territorio de los íberos , que no le habían causado daño alguno (...). 


Finalmente, los reyes íberos y todos los otros hombres poderosos, que fueron coaligándose gradualmente, lo mataron de la siguiente forma: llevaron carros cargados de troncos a los que uncieron bueyes y los siguieron provistos de armas. Los africanos al verlos se echaron a reír, al no comprender la estratagema, pero cuando estaban muy próximos, los íberos prendieron fuego a los carros tirados aun por los bueyes y los arrearon contra el enemigo. 


El fuego, expandido por todas partes al diseminarse los bueyes, provoco el desconcierto de los africanos. Y al romperse la formación, los íberos, cargando a la carrera contra ellos, dieron muerte a Amílcar en persona y a un gran numero de los que estaban defendiéndolo. Sin embargo, los cartagineses, satisfechos con el botín obtenido ya en Iberia, enviaron allí otro ejercito y designaron como general en jefe de todas las tropas a Asdrúbal, el cuñado de Amílcar, que estaba en Iberia. Este llevaba consigo a Aníbal, famoso por sus hechos de armas no mucho después, hijo de Amílcar y hermano de su propia esposa, hombre joven y belicoso que gozaba del favor del ejercito.


 A el lo designo como lugarteniente. Asdrúbal se gano la mayor parte de Iberia por medio de la persuasión, pues era hombre persuasivo en su trato, y en los hechos que requerían de la fuerza se servia del muchacho. Avanzo desde el océano occidental hacia el interior, hasta el río Ebro, que divide a Iberia poco mas o menos por su mitad y desemboca en el océano boreal a una distancia de unos cinco días de viaje de los Pirineos.

( Apiano en "Iberia" )


viernes, 27 de abril de 2018

POLIBIO DICE SOBRE EL TRATADO DE PAZ ENTRE ROMA Y CARTAGO AL FINAL DE LA PRIMERA GUERRA PÚNICA



Habrá amistad entre cartagineses y romanos, si lo aprueba el pueblo romano bajo estas condiciones. Evacuaran los cartagineses toda la Sicilia; no moverán guerra a Hierón; no tomaran las armas contra los siracusanos ni contra sus aliados; restituirán sin rescate a los romanos todos sus prisioneros; pagaran a los romanos en veinte años dos mil y doscientos talentos eubeos de plata.











jueves, 26 de abril de 2018

POLIBIO DESCRIBE LA BATALLA DE MYLAE


Los romanos después, acercándose a las costas de Sicilia y enterados de la desgracia ocurrida a Cneo, dan aviso al instante a Cayo Duilio, que mandaba las tropas de tierra, y esperan su llegada. Al mismo tiempo, oyendo que no estaba distante la escuadra enemiga, se aprestan para el combate. Sin duda al ver sus navíos de una construcción tosca y de lentos movimientos, les sugirió alguno el invento para la batalla, que después se llamo cuervo; cuyo sistema era de esta manera: se ponía sobre la proa del navío una viga redonda, cuatro varas de larga y tres palmos de diámetro de ancha; en el extremo superior tenia una polea, y alrededor estaba clavada una escalera de tablas atravesadas, cuatro pies de ancha y seis varas de larga. El agujero del entablado era oblongo y rodeaba la viga desde las dos primeras varas de la escalera. A lo largo de los dos costados tenia una baranda que llegaba hasta las rodillas, y en su extremo una especie de pilón de hierro que remataba en punta, de donde pendía una argolla; de suerte que toda ella se asemejaba a las maquinas con que se muele la harina. De esta argolla pendía una maroma, con la cual, levantando los cuervos por medio de la polea que estaba en la viga, los dejaban caer en los embebecimientos de los navíos sobre la cubierta de la nave contraria, unas veces sobre la proa, otras haciendo un circulo sobre los costados, según los diferentes encuentros. Cuando los cuervos, clavados en las tablas de las cubiertas, cogían algún navío, si los costados se llegaban a unir uno con otro, le abordaban por todas partes; pero si lo aferraban por la proa, saltaban en el de dos en dos por la misma maquina. Los primeros de estos se defendían con sus escudos de los golpes que venían directos, y los segundos, poniendo sus rodelas sobre la baranda, prevenían los costados de los oblicuos. De este modo dispuestos, no esperaban mas que la ocasión de combatir.


Al punto que supo Cayo Duilio el descalabro del jefe de la escuadra, entregando el mando de las tropas de tierra a los tribunos, dirigíose a la armada, e informado de que los enemigos talaban los campos de Mila, salio del puerto con toda ella. Los cartagineses, a su vista, ponen a la vela con gozo y diligencia ciento treinta navíos, y despreciando la impericia de los romanos no se dignan poner en orden de batalla, antes bien, como que iban a un despojo seguro, navegan todos vuelta las proas a sus contrarios. Mandábalos Aníbal, el mismo que había sacado de noche sus tropas de Agrigento. Mandaba una galera de siete ordenes de remos, que había sido del rey Pirro. Al principio los cartagineses se sorprendieron de ver, al tiempo que se iban acercando los cuervos levantados sobre las proas de cada navío, extrañando la estructura de semejantes maquinas. 


Sin embargo, llenos de un sumo desprecio por sus contrarios, acometieron con valor a los que iban en la vanguardia. Pero al ver que todos los buques que se acercaban quedaban atenazados por las maquinas, que estas mismas servían de conducto para pasar las tropas y que se llegaba a las manos sobre los puentes, parte de los cartagineses fueron muertos, parte asombrados con lo sucedido se rindieron. Fue esta acción semejante a un combate de tierra. Perdieron los treinta navíos que primero entraron en combate, con sus tripulaciones. Entre ellos fue también tomado el que mandaba Aníbal; pero él escapo con arrojo en un bote como por milagro. El resto de la armada vigilaba con el fin de atacar al enemigo, pero advirtiéndoles la proximidad el estrago de su primera linea, se aparto y estudio los choques de las maquinas. No obstante fiados en la agilidad de sus buques, contaban poder acometer sin peligro al enemigo, rodeándole unos por los costados y otros por la popa. Mas viendo que por todas partes se les oponían y amenazaban estas maquinas y que inevitablemente habían de ser asidos los que se acercasen, atónitos con la novedad de lo ocurrido, toman al fin la huida, después de perder en la acción cincuenta naves.


viernes, 20 de abril de 2018

POLIBIO DESCRIBE EL PRIMER TRATADO ROMANO-CARTAGINÉS ( AÑO 509 A. C.)



Que haya paz entre los romanos y sus aliados y los cartagineses y sus aliados bajo las condiciones siguientes: que ni los romanos ni los aliados de los romanos naveguen mas allá del cabo Hermoso si no les obliga una tempestad, o bien los enemigos. Si alguien es llevado allá por la fuerza, que no le sea permitido comprar ni tomar nada, excepción hecha de aprovisionamientos para el navío o para los sacrificios (y que se vayan a los cinco días). Los que lleguen allí con fines comerciales no podrán concluir negocios si no es bajo la presencia de un heraldo o de un escribano. Lo que se venda en presencia de estos, sea garantizado al vendedor por fianza publica, tanto si se vende en África como en Cerdeña. Si algún romano se presenta en Sicilia, en un paraje sometido a! dominio cartaginés, gozara de los mismos derechos. Que los cartagineses no cometan injusticias contra el pueblo de los ardeatinos, ni contra el de Antio, ni contra el de Laurento, ni contra el de Circes, ni contra el de Terracina, ni contra ningún otro pueblo latino sujeto a los romanos. Que los cartagineses no ataquen a las ciudades que no les están sometidas, y si las conquistan, que las entreguen intactas a los romanos. Que no levanten ninguna fortificación en el Lacio. Si penetran en el hostilmente, que no lleguen a pernoctar allí.










miércoles, 18 de abril de 2018

FUNDACIÓN DE CARTAGO POR DIDO ( ELISA DE TIRO ), CONTADA POR JUSTINO



 

Los tirios, pues, fundados de este modo con los auspicios de Alejandro, rápidamente se fortalecieron por su austeridad y por sus esfuerzos para las ganancias. Antes de la matanza de sus amos, como tenían una población abundante y rica, enviaron a África a los jóvenes y fundaron Útica. Entretanto murió en Tiro el rey Mutón, dejando como herederos a su hijo Pigmalion y a su hija Elisa, doncella de extraordinaria belleza. Pero el pueblo confió el reino a Pigmalión cuando todavía era un niño. Y Elisa se caso con su tío materno Aquerbas, sacerdote de Hércules, que era el segundo cargo después del rey. Este tenia grandes riquezas, pero escondidas, y por miedo al rey había guardado su oro no en su casa, sino en tierra; aunque nadie sabia esto con certeza, sin embargo circulaban rumores. Pigmalión, excitado por ello, olvidándose de todo derecho humano, hizo matar a su tío y además cuñado sin consideración a los deberes del afecto. Elisa durante mucho tiempo odio a su hermano por el crimen y finalmente, disimulando su odio y apaciguando entretanto su rostro, prepara en secreto su huida, acompañándose de algunos hombres principales, que, pensaba, tenían igual odio al rey y el mismo deseo de huir. 


Entonces maquina un engaño contra su hermano y finge que quiere ir a vivir con él, para que la casa del marido no renovara más en ella, deseosa de olvidar, la imagen terrible del duelo y para que no viniera más a sus ojos tan amargo recuerdo. No sin agrado oyó Pigmalión las palabras de su hermana, pensando que con ella vendría a su casa el oro de Aquerbas. Pero Elisa, al anochecer, hace embarcar todas sus riquezas y a los servidores enviados por el rey para la mudanza y, después de navegar a alta mar, les ordena arrojar al mar unos sacos llenos de arena en lugar del dinero. Entonces, llorando ella misma y con voz de duelo, llama a Aquerbas, le pide que reciba de buen grado las riquezas que le había dejado y que acepte como ofrenda lo que había sido la causa de su muerte. 


Después, se dirige a los mismos servidores y les dice que sobre ella sin duda pendía la muerte hacia tiempo deseada, pero sobre ellos pendían duros tormentos y crueles suplicios, pues sustrajeron a la codicia del tirano las riquezas de Aquerbas, en espera de las cuales el rey había cometido el parricidio. Después de meterles miedo con esto, acogió a todos ellos como compañeros de su huida. Se une también un Bruno de senadores que se había preparado para aquella noche y así, después de renovar los sacrificios a Hércules, del que Aquerbas había sido sacerdote, buscan otra patria en el exilio.

 

La primera tierra en la que desembarcaron fue la isla de Chipre, donde el sacerdote de Júpiter con su mujer y sus hijos, por indicación de los dioses, se ofreció a Elisa como compañero y aliado, después de acordar para el y para sus descendientes la dignidad del sacerdocio para siempre. La condición fue aceptada como un manifiesto presagio. Era costumbre de los chipriotas enviar a las doncellas, unos días determinados antes de la boda, a la orilla del mar a traficar con su cuerpo para ganar el dinero de la dote y ofrecer a Venus sus primicias por el pudor del resto de su vida. Así pues Elisa ordena raptar unas ochenta doncellas de estas y embarcarlas, para que los jóvenes pudieran casarse y la ciudad tener descendencia. Mientras esto sucede, Pigmalión, enterado de la huida de su hermana, se dispone a perseguirla en su huida con una guerra impía, pero desistió a su pesar, vencido por los ruegos de su madre y las amenazas de los dioses; puesto que los adivinos, inspirados, le vaticinaron que no quedaría sin castigo, si impedía el engrandecimiento de la ciudad nacida con los mas favorables auspicios de todo el mundo, de este modo se dio a los fugitivos un momento de respiro. 


Así pues Elisa, llevada a un golfo de África, atrae a la amistad a los habitantes de aquel lugar, que se alegraban por la llegada de los extranjeros y por el reciproco comercio. Luego, comprado el terreno que podía cubrirse con la piel de un buey, en el que pudiera hacer que sus compañeros, cansados del largo viaje por mar, se repusieran hasta que partieran, ordena que la piel sea cortada en liras muy finas y así ocupa un espacio mayor del que había pedido, por lo que aquel lugar recibió después el nombre de Birsa. Después ya acudieron los habitantes de los lugares vecinos, quienes llevaban muchas mercancías a los forasteros con la esperanza de ganancias, y se establecieron allí, formándose por la concurrencia de gentes una especie de ciudad. También unos embajadores uticenses les llevaron presentes como a sus consanguíneos y les exhortaron a fundar una ciudad allí donde por el azar se habían asentado. Y también los africanos hicieron presa del deseo de retener a los extranjeros. Así pues, estando todos de acuerdo, se funda Cartago, después de fijarse un canon anual por el suelo que ocupaba la ciudad. Al empezar los cimientos, se encontró una cabeza de vaca, lo que era auspicio de una ciudad ciertamente fecunda, pero trabajada y siempre esclava. Por esto se traslada la ciudad a otro lugar y también allí se encontró una cabeza de caballo, presagiando un pueblo belicoso y poderoso; esto dio a la ciudad un emplazamiento de favorables auspicios. Entonces acudieron las gentes a la fama de la nueva ciudad y en poco tiempo la población y el Estado se hicieron grandes.


( Justino en  "Epitome de las historias filípicas de Trogo Pompeyo" )