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domingo, 18 de junio de 2023

MUNERAS DEL EMPERADOR TITO

El Coliseo fue inaugurado por el emperador Tito en el verano de 80.

 

Nos dejó escrito  Suetonio: (…)  Ninguno de sus predecesores le superaba en munificencia;  cuando inauguró el anfiteatro y las termas colindantes que tan rápidamente fueron construidas ofreció un munera aparatosísimo y abundantísimo. Dio también una batalla naval en la vieja naumaquia ( la de Octavio Augusto), y ahí mismo también juegos de gladiadores y en un día exhibió 5000 fieras de todas las clases.

 

Nos dejó escrito Dión Casio: (…)  La mayor parte de lo que hizo Tito no se caracterizó por nada que no fuese digno de reseñar, pero en la dedicación ( inauguración) del teatro de caza ( el Coliseo) y de las termas que llevan su nombre ofreció muchos espectáculos destacables. Hubo una batalla entre grullas y también entre cuatro elefantes. Tanto animales domados como salvajes fueron sacrificados hasta la cifra de 9000, y mujeres –aunque ninguna de prominencia- tomaron parte en sacrificarlas. En cuanto a los hombres, muchos se batieron en combate singular ( uno contra uno) y muchos grupos se enfrentaron tanto en batallas de infantería como navales, pues Tito de repente llenó este mismo teatro de agua y trajo caballos y toros y algunos otros animales domésticos que habían sido enseñados a comportarse en el líquido elemento igual que sobre la tierra. También trajo a gente sobre barcos, quienes ahí se enzarzaron en un combate naval, representado a los corcyreos y a los corintios, y otros dieron una exhibición similar fuera de la ciudad, en el bosque de Cayo y Lucio, un lugar que había construido Augusto para este mismo propósito ( celebrar naumaquia). Ahí ( en la naumaquia Augusta) el primer día también hubo un espectáculo gladiatorio y una caza de bestias; el lago había sido antes cubierto con una plataforma de planchas de madera y se levantaron gradas de madera a todo su alrededor. El segundo día ahí, en la naumaquia, hubo una carrera de caballos, y el tercer día una batalla naval entre 3000 hombres, seguida por una batalla de infantería. Los “atenienses” conquistaron a “los de Siracusa” –fueron estos los nombres que usaron los combatientes-, realizaron un desembarco en la isleta y capturaron un muro que había sido construido ahí. Estos fueron los espectáculos que se ofrecieron, y continuaron por un centenar de días.


Los testimonios de Suetonio y Dión Casio dan para reflexionar sobre las contradicciones entre la crueldad y la magnanimidad del emperador Tito, que por un lado ordenó la masacre y la esclavización de miles de judíos y por otro lado socorrió a los damnificados por las catástrofes naturales como fue el caso de Pompeya sepultada por la lava del Vesubio. Dan para reflexionar sobre el contraste entre el esplendor y el horror de los espectáculos ofrecidos por Tito, que implicaron la muerte de miles de animales salvajes, gladiadores y prisioneros contra los que no había sensibilidad y se aprovechaban de espectáculo que tanto agradaba a la plebe romana. Y dan para reflexionar  sobre el impacto económico, social y cultural de los muneras en el Imperio romano, que supusieron un enorme gasto público al Estado Romano,  pero una fuente de entretenimiento y propaganda para el pueblo pudiendo durar hasta 100 días de interminables festejos muchas veces ofrecidos por intereses políticos , y finalmente una expresión artística y arquitectónica para la posteridad en la construcción de tan magníficos anfiteatros.



martes, 6 de junio de 2023

MONJE BRITÓN LLAMADO BEDA ESCRIBIÓ SOBRE EL COLISEO

Mientras esté en pie el Coliseo estará en pie Roma. Cuando caiga el Coliseo, caerá también Roma. Cuando caiga Roma, caerá también el mundo.

 

El texto cita una frase atribuida al monje británico Beda el Venerable, que vivió entre los siglos VII y VIII y fue un importante historiador y teólogo de la Edad Media1. La frase hace referencia al Coliseo de Roma, el gran anfiteatro construido por los emperadores de la dinastía Flavia en el siglo I d.C. para albergar espectáculos públicos como luchas de gladiadores, batallas navales o ejecuciones de cristianos. El nombre de Coliseo proviene de una enorme estatua de bronce que representaba al emperador Nerón como el dios Sol y que se encontraba cerca del anfiteatro. La lucha de gladiadores era un espectáculo popular en el Coliseo de Roma, donde se enfrentaban hombres armados y entrenados en diferentes modalidades. Los gladiadores podían ser esclavos, prisioneros o voluntarios que buscaban fama y fortuna. Los combates solían ser a muerte o hasta que uno de los contendientes se rendía. El público y el emperador podían decidir el destino del vencido.

 

 La frase de Beda expresa la idea de que el Coliseo simboliza la grandeza y la duración de Roma y, por extensión, de la civilización occidental. Es una forma de resaltar el valor histórico y cultural del monumento, que ha sobrevivido a terremotos, saqueos y expolios a lo largo de los siglos. El comentario también podría incluir una reflexión sobre el contraste entre la belleza arquitectónica del Coliseo y la crueldad de los espectáculos que se celebraban en su interior, así como sobre el significado que tiene hoy en día para los visitantes y los romanos.



PODÉIS VER LA PELÍCULA GLADIADOR II, CLICLANDO EN LA SIGUIENTE IMAGEN: 



domingo, 14 de mayo de 2023

PRISCO Y VERO, LOS DOS GLADIADORES PREMIADOS POR EL EMPERADOR TITO, POR SU IGUAL VALOR EN UN ÉPICO COMBATE

 

Cuando Prisco y Vero alargaron el combate, y el valor de ambos se mantuvo igual por largo rato, con gran clamor se pidió repetidamente la missió para ambos hombres, que es lo mismo que decir el empate. Pero el emperador siguió su propia ley; la ley era luchar hasta levantar el dedo habiendo tirado el escudo. El César hizo lo permitido, dándoles varias veces vasijas con agua y regalos. Sin embargo halló un final el igualado combate: lucharon a la par, se rindieron a la par. A ambos envió el emperador Tito espadas de madera y a ambos palmas, este es el premio que obtuvo el valor constante. Bajo ningún príncipe ocurrió esto, salvo contigo, César, que dos lucharan y ambos fuesen vencedores.

 ( Marco Valerio Marcial)








miércoles, 22 de febrero de 2023

viernes, 6 de diciembre de 2019

ESTO ES EL COLISEO, ESTO ES LA ARENA



Un lugar sin justicia ni clemencia, donde sólo los más hábiles o los más despiadados podían sobrevivir.

 

Inaugurado por el emperador Vespasiano,  el Coliseo el lugar donde más sangre se ha derramado de la Historia de la humanidad.
 

Y ninguno de los otros lugares es comparable con el Coliseo de Roma porque en los 500 años que estuvo en activo murieron más de un millón de personas y entre 10 y 12 millones de animales.

 

 El Coliseo era un lugar donde no había ni justicia ni clemencia, y donde solo los más hábiles y los más despiadados tenían alguna pequeña posibilidad de sobrevivir.

 

 El Coliseo se llenaba con más de 50.000 gargantas vociferantes en busca de sangre. Los gladiadores, fueran esclavos o libres, iban en busca de gloria, fama y fortuna.

 

También muchos presos, asesinos y delincuentes eran echados a los leones como condena, también los primeros cristianos fueron martirizados de esa manera.



jueves, 12 de abril de 2018

LOS GLADIADORES VERO Y PRISCO



Vero y Prisco fueron dos esclavos de la Antigua Roma que se convirtieron en gladiadores famosos durante los reinados de Vespasiano y Tito, hacia finales del siglo I. El combate que ambos amigos mantuvieron fue el momento culminante del día de apertura de los juegos celebrados por Tito para inaugurar el Anfiteatro Flavio (más tarde conocido como Coliseo) en el año 80.
 
Aunque su última pelea haya sido una de las mejores documentadas de la Roma Antigua, se sabe muy poco de estos dos rivales. La batalla entre Vero y Prisco en el primer siglo d.C. fue el primer combate entre gladiadores en el célebre Amphitheatrum Flavium (actual Coliseo Romano). Luego de una vigorosa lucha que se extendió por horas, los dos gladiadores se rindieron uno al otro, al mismo tiempo, bajando sus espadas como un signo de respeto mutuo. 
La extasiada multitud gritó como una señal de aprobación y al emperador Tito no le quedó más remedio que premiar a ambos con el rudis, una espada de madera que se les daba a los gladiadores al momento de su jubilación. Vero y Prisco abandonaron la arena como nuevos hombres libres.
 
El combate fue registrado en un poema laudatorio de Marco Valerio Marcial,​ y constituye la única descripción detallada de un combate de gladiadores que ha llegado hasta nuestros días. Ambos gladiadores fueron declarados victoriosos en el combate, y ambos fueron premiados por el emperador con su libertad en un final único.
 
Texto de Marcial ( Marcial, De Spectaculis, XXIX) :

Mientras que Prisco y Vero alargaban el enfrentamiento,
Y por largo tiempo la lucha fue igualada en ambos lados,
Altos y repetidos gritos reclamaban la libertad para los hombres;
Pero César siguió su propia ley; —
Era la ley de luchar con el escudo hasta que un dedo se alzase: —
Hizo lo que le estaba permitido, a menudo dio comidas y regalos.
Pero se llegó al final con la misma igualdad:
Iguales al luchar, iguales al ceder.
César envió espadas de madera a ambos y palmas a ambos:
Por tanto, el coraje y la habilidad recibieron su premio.
Esto no tuvo lugar ante ningún príncipe salvo tú, César:
Cuando dos lucharon, ambos fueron victoriosos.        
 
Prisco y Vero eran esclavos que habían ascendido a lo largo de los rangos de gladiadores. Prisco nació esclavo en la Galia, mientras que Vero nació libre y es conocido principalmente por su combate con Prisco.
 
El combate entre Prisco y Vero tuvo lugar el primer día de los juegos que celebraban la inauguración del Coliseo. Estos juegos ofrecían al público combates de gladiadores, espectáculos con animales y simulaciones de batallas navales.​ Su función esencial era contentar al pueblo e incrementar la popularidad del emperador. Desde tiempos de Julio César, los combates de gladiadores permitían controlar al pueblo de Roma: satisfacían su sed de acción y canalizaban cualquier frustración que el pueblo pudiese tener contra el poder.
 
El relato de Marcial sobre el combate entre Prisco y Vero muestra un resultado inesperado y extremadamente raro. Normalmente, los combates entre gladiadores sólo terminaban cuando un combatiente elevaba un dedo en señal de derrota. Sin embargo, existían otros modos de terminar un combate: se denominaba missio a una acción mediante la cual un luchador podía ser retirado de un combate. Eso no quiere decir que dejase de ser gladiador, sino que dejaba el combate y volvía a los entrenamientos.
 
El missio ocurría de dos maneras: la primera era que uno de los participantes se rindiese, pero fuese indultado. La segunda posibilidad era un empate. El empate podía ser solicitado por el público o por los propios luchadores, que hacían un gesto mediante el cual entregaba cada uno su espada al otro oponente. Sin embargo, los empates eran vistos con desdén.
 
El combate entre Prisco y Vero tuvo un final realmente inusual porque los dos combatientes fueron declarados vencedores. Esto marcaba un inicio triunfante a los juegos inaugurales y daba una imagen muy positiva de Tito. Muestra, según Marcial, la justicia de Tito al mantener la regla de la rendición hasta el final, y también valora justamente la capacidad de los gladiadores.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

LAS DIVERSIONES DE LOS ROMANOS: TEATRO Y CIRCO


Cuando Augusto asumió el poder, el calendario romano contenía setenta y seis días festivos, aproximadamente como hoy; cuando su último sucesor lo dejó, había ciento setenta y cinco, o sea que era festivo un día sí y otro no. Se celebraban con ludes escénicos y con juegos atléticos.


Los ludes escénicos ya no eran el clásico drama, pomposo y solemne, que se extinguió, tras una breve duración, mucho más rápidamente de lo que había nacido. Hay algo en el aire, no sólo de Roma, sino de toda Italia, que provoca alergia teatral. Se continuó escribiendo dramas también en el primer siglo del Imperio, pero como ejercicios poéticos que encontraban algún auditor en los salones donde los leía el autor, no espectadores en los teatros y actores para representarlos. 



Un público tosco, compuesto en buena parte de extranjeros que sólo conocían un latín elemental, prefería la pantomima donde la trama se entiende no por la palabra, sino por el gesto y la danza. Se formó entonces la tradición del «caricato», ordinario y vulgar, que entorna los ojos, hace visajes, gesticula y en quien se inspiran aún hoy nuestros actores.



 Roma tuvo sus Totó y Macario en Esopo y Roscio, las vedettes de aquel tiempo, que cometían extravagancias para crearse publicidad, hacían delirar a los patios de butacas con sus sketches zafios y llenos de doble sentido, llegaron a ser los niños mimados de los salones aristocráticos, tomaban como amantes a las damas más notables, ganaban un montón de millones y dejaban en herencia miles de millones.



 En sus compañías había también mujeres, las girls de la época, que por estar equiparadas oficialmente por su profesión a las prostitutas, ya no tenían nada que perder en cuestión de pudor y contribuían sin recato a la obscenidad de los espectáculos.

 

El ansia de aplausos inducía con frecuencia a esos actores a interpretar escenas llenas de alusiones políticas ante las narices de la censura, como siempre ocurre en los regímenes de tiranía, cuando nadie se atreve a decir nada, pero todos se embelesan ante quien lo hace. La noche del entierro de Vespasiano, un actor parodió el cadáver de éste que se erguía dentro del féretro y preguntaba a los sepultureros; «¿Cuánto cuesta este transporte?» «Diez millones de sestercios.» «Bueno, dadme cien mil —respondió el cadáver— y tiradme al Tíber.» Lo que era, hay que reconocerlo, una salida a tono con el carácter del difunto. Al impío no le pasó nada porque el sucesor era Tito. Pero poco antes Calígula había hecho quemar vivo al autor de una alusión mucho más timorata.

 

Mientras el teatro degeneraba de tal modo en espectáculo de variedades, el auge del Circo iba cada vez más en aumento. Carteles murales como los que hoy anuncian las películas anunciaban los espectáculos atléticos. Constituían el tema del día, se discutían apasionadamente en el hogar, en la escuela, en el Foro, en las termas, en el Senado y hasta el diario Acta diurna publicaba anuncios y reseñas. 


El día de la competición, multitudes de ciento cincuenta a doscientas mil personas se encaminaban hacia el Circo Máximo, como hoy al estadio, luciendo pañuelos con los colores del equipo favorito. Los hombres hacían una pausa en los burdeles que se alineaban a los lados de las entradas. Los dignatarios ocupaban palcos con asientos de mármol ornados de bronce.



 Los demás se acomodaban en bancos de madera, tras haber ido a escarbar en los excrementos de los caballos para asegurarse de que habían sido alimentados debidamente, haberse empeñado hasta la camisa en las apuestas y procurándose un bocadillo y una almohadilla, pues el espectáculo duraba todo el día. El emperador tenía, desde luego, para sí mismo y su familia, un apartamento con dormitorios para descabezar un sueñecito entre competición y competición, el consabido baño para las abluciones y otras comodidades.

 

Como hoy, caballos y jinetes pertenecían a cuadras particulares, cada una con su propia casaca de las que eran más famosas las rojas y las verdes. Las carreras a galope alternaban con las al trote con dos, tres o cuatro caballos. Esclavos casi todos ellos, los aurigas portaban yelmos metálicos, con una mano sujetaban las riendas, con la otra la fusta, y en el tahalí un cuchillo con el que cortar los atalajes en caso de caída. Lo que sucedía con frecuencia, porque la carrera era espantosa, como lo es hoy la del Palio en Siena. Había que recorrer siete circuitos, o sea otros tantos kilómetros, en torno a la pista elíptica, evitando las metae y tomando los virajes lo más cerrados posible. Los carruajes entraban fácilmente en colisión y bípedos y cuadrúpedos rodaban por el suelo con limonera y ruedas para ser aplastados por los que iban llegando detrás. Todo esto en medio de los aullidos de los espectadores que espantaban a los caballos.

 

Pero los números más esperados eran las luchas gladiatorias: entre animales, entre animal y hombre, entre hombres. El día en que Tito inauguró el Coliseo, Roma se quedó boquiabierta de admiración.

 
La arena podía ser bajada e inundada formando un lago, o bien emerger de nuevo con otra decoración, como un pedazo de desierto o de selva. Una galería de mármol estaba reservada a los altos dignatarios y en el centro se elevaba el suggestum, el palco imperial, con todos sus accesorios, donde el emperador y la emperatriz se sentaban en tronos de marfil. Cualquiera podía acercarse al soberano para impetrar una pensión, un traslado, el indulto para un condenado. En todos los rincones había fuentes que lanzaban al aire chorros de agua perfumada, y en las salas de descanso se preparaban mesas para un piscolabis entre número y número. Todo era gratuito: entrada, asiento, almohadilla, asado, vino.


El primer número consistió en la presentación de animales exóticos que los romanos no habían visto nunca todavía. Entre elefantes, tigres, leones, leopardos, panteras, osos, lobos, cocodrilos, hipopótamos, jirafas, linces, etc., desfilaron diez mil, muchos de ellos adornados caricaturescamente y parodiando personajes de la historia o la leyenda. Después la arena fue echada hacia abajo y resurgió adaptada a la lucha; leones contra tigres, tigres contra osos, leopardos contra lobos. Total, que al final del espectáculo sólo la mitad de aquellas pobres diez mil bestias estaba viva. La otra mitad había desaparecido en sus panzas. 



Luego la arena volvió a bajarse y resurgió en plaza de toros. La corrida, ya practicada por los etruscos, había sido importada después a Roma por César, que las había visto en Creta. Tenía una debilidad por esa clase de fiestas y fue el primero en ofrecer a sus conciudadanos un combate entre leones. El toreo gustó enormemente a los romanos que en seguida se apasionaron por él y a partir de entonces lo reclamaron siempre. Los toreros no conocían el oficio y por lo tanto estaban destinados a morir. Eran, en efecto, escogidos entre esclavos y condenados, como asimismo todos los gladiadores en general. Muchos de ellos ni siquiera combatían. 


Tenían que representar a algún personaje de la mitología y sufrir de verdad el trágico fin de aquél. Para reavivar la propaganda patriótica, uno era presentado como Mucio Escévola y obligado a quemarse la mano sobre los carbones ardientes; otro, como Hércules, era quemado vivo en la pira, y otro, como Orfeo, despedazado mientras tocaba la lira. Pretendían ser, en suma, espectáculos «edificantes» para la juventud y como tales no eran prohibidos en absoluto a los menores de dieciséis años, al revés que ahora.


Seguían los combates entre gladiadores, todos condenados a penas capitales por homicidio, robo, sacrilegio o motín, que eran los motivos por los cuales se aplicaba la pena de muerte. Mas cuando había escasez de aquéllos, complacientes tribunales condenaban también a muerte por otros delitos mucho menos graves; Roma y sus emperadores no podían prescindir de aquella carne humana de matadero. Sin embargo, había también voluntarios y no todos de baja extracción, que se inscribían en escuelas especiales para después combatir en el Circo. Eran tal vez las escuelas más serias y rigurosas de Roma. Se ingresaba en ellas casi como en un seminario, tras haber jurado estar dispuesto a hacerse «azotar, quemar y apuñalar». 


En los combates, los gladiadores tenían una probabilidad contra dos de convertirse en héroes populares, a quienes los poetas dedicaban sus poemas, los escultores sus estatuas, los ediles sus calles y las damas sus gracias. Antes del encuentro se les ofrecía un banquete pantagruélico. Y, si no vencían, tenían la obligación de morir con sonriente indiferencia. Se llamaban con varios nombres según las armas que empleasen y en cada espectáculo se celebraban centenares de esos duelos que hasta podían terminar sin muerte si el vencido, por haberse conducido valientemente, era indultado por la multitud con el ademán del pulgar alzado. 


En un espectáculo ofrecido por Augusto que duró ocho días, tomaron parte diez mil gladiadores. Guardias vestidos de Caronte y de Mercurio punzaban a los caídos con bieldos afilados para comprobar si estaban muertos, los simuladores eran decapitados y esclavos negros apilaban los cadáveres y traían arena limpia para los combates siguientes.


Este modo de divertirse con la sangre y la tortura no levantaba objeciones ni entre los moralistas más severos. Juvenal, que lo criticaba todo, era un «hincha» del Circo y lo encontraba del todo legítimo. Tácito tuvo algunas dudas, pero luego reflexionó que lo que se derramaba en la arena era «sangre vil» y con este adjetivo lo justificó. Hasta Plinio, el más civil y moderno hombre de bien de entonces, encontró que aquellas matanzas tenían un valor educativo porque acostumbraban a los espectadores al estoico desprecio de la vida (ajena). No hablemos de Estacío y de Marcial, los dos poetas ensalzadores de Domiciano, que se pasaban la vida en el Circo donde alcanzaron sus inspiraciones poéticas. Estacio era un napolitano que había adquirido cierta fama con un mal poema, Las Tebaidas, representado en los teatros; fue invitado a comer por el emperador y, para enterar de ello a toda Nápoles, escribió al respecto un libro en el que representaba a Domiciano como un dios y dedicándole sus Silvae, que son las únicas poesías legibles de ese autor. Murió a los cincuenta años, cuando ya su estrella estaba oscurecida por Marcial, que buscaba la inspiración sobre todo en el Circo y en el burdel.

Marcial era un español de Bílbilis que se trasladó a Roma a los veinticuatro años y gozó en ella la protección de sus compatriotas Séneca y Lucano. Pues entonces los españoles se ayudaban, como hacen hoy los sicilianos. No fue un gran poeta. Pero se anticipó a Longanesi con el «latido», que dejaba huellas como un mordisco. «Mis páginas huelen a hombres», decía, y es verdad. 


Sus personajes son de bajo rango porque los escogía en los ambientes mal reputados de prostitutas y gladiadores; pero precisamente por esto son vividos dentro de su vulgaridad y abyección. Él mismo era un tipo más bien innoble. Aduló a Domiciano, calumnió a sus bienhechores, vivió en los bajos fondos comiéndose el dinero en vino y jugando a los dados y en las apuestas hípicas.


 Pero sin saber lo que significaba la retórica, sus Epigramas han quedado como el más perfecto monumento del género y el testimonio que nos ha dejado de Roma es acaso el más auténtico. Acabó volviéndose a Bílbilis, situada cerca de la actual Calatayud, donde vivió, para cambiar, a costillas de un amigo que le regaló una villa y donde de Roma sólo añoró una cosa; el Circo, por no tener ya edad para añorar también la otra; los burdeles.


Tan sólo Séneca nos ha dejado una condenación de los juegos gladiatorios que dice no haber frecuentado nunca. Fue a visitar el Coliseo una sola vez y quedó aterrado. «El hombre, la cosa más sagrada para el hombre, aquí es matado por deporte y diversión», escribió al volver a su casa.


Pero el hecho es que ese deporte y diversión estaba ya a tono con el nivel moral de una Roma no cristiana todavía, pero tampoco pagana ya. El emperador que la dirigía era también el Sumo Sacerdote, o sea el papa de una religión de Estado que no encontraba nada que objetar a semejantes ignominias por la sencilla razón de que ya ella misma no creía en nada.


Celebraba las fiestas con una liturgia cada vez más complicada, elevaba templos cada vez más fastuosos y creaba nuevos ídolos, como Annona y Fortuna. Pero para sustentarlos sólo había capiteles de mármol. La fe, no. 


Ésta era monopolio de aquellos pocos centenares o millares de cristianos, sobre todo hebreos, que, en vez de ir al Circo a solazarse con la muerte de los hombres, se reunían en sus pequeñas ecclesiae a rezar por sus almas.